Puerilismo IV

Desde luego no comprendemos el deporte moderno entre las mencionadas aficiones y juegos de sociedad. Es cierto que el ejercicio físico, la caz, los certámenes son, por excelencia, funciones de juventud en las sociedades humanas; pero aquí se trata de una juventud saludable y salvadora. Sin certámenes no hay cultura. El hecho de que nuestro tiempo haya encontrado en el deporte y sus certámenes una nueva forma internacional de satisfacer las antiguas grandes necesidades agonales, es quizá uno de los elementos que más puedan contribuir a conservar la cultura. El deporte moderno es en gran parte un regalo hecho por Inglaterra al mundo; regalo que el mundo ha llegado a manejar bastante mejor que otro regalo, también de Inglaterra, que es la forma de gobierno parlamentaria y la administración de la justicia realizada por tribunales de jurados. El nuevo culto a la fuerza corporal, la destreza y el valor, para las mujeres y los hombres, tiene en sí mismo indudablemente considerable importancia como factor positivo de cultura. El deporte crea fuerza vital, afán de vivir, orden y armonía, todas cosas sumamente valiosas para la cultura.

Y, sin embargo, también en la vida de los deportes se ha insinuado el puerilismo actual de varias maneras. Surge el puerilismo cuando el certamen toma formas que reprimen por completo el interés en los espiritual, como sucede en algunas universidades americanas. Insinúase cautelosamente en la organización excesiva de la vida deportiva misma y en la importancia exagerada que va tomando la rúbrica de deportes en los periódicos y revistas y que muchos consideran como su alimento espiritual. Se muestra de forma elocuentísima allí donde la buena fe del certamen tropieza con las pasiones nacionales u otras.

Johan Huizinga, Entre las sombras del mañana, p. 157

Puerilismo III

Queda por averiguar hasta qué punto el puerilismo está relacionado con este otro rasgo de la vida moderna: el culto a la juventud. El puerilismo no conoce de edades; lo mismo ataca a los viejos que a los jóvenes. El culto a la juventud, que al pronto parece síntoma de fuerza freca, puede ser también considerado como síntoma de senilidad, como abdicación en favor de un heredero menor de edad. La mayoría de las culturas florecientes han amado la juventud y la han reverenciado; pero no la han mimado ni festejado, y siempre han exigido de ella obediencia y respeto para con los mayores. Esos movimientos -ya desaparecidos- que se llamaron futurismo, eran típicamente decadentes y pueriles; pero no se puede decir que de ello tuviera la culpa la juventud.

Johan Huizinga, Entre las sombras del mañana, p. 165

Puerilismo II

Señalemos de paso ese espíritu de parada y desfile militar que se ha apoderado del mundo. Las naciones movilizan cientos y miles de hombres; no hay plaza que sea bastante grande para contener el país entero, formado en filas, como soldaditos de plomo. Y el espectador extranjero no puede eludir la sugestión. Esto parece grandeza, parece poder; es una niñería. Una forma vana crea la ilusión de un fin valioso. Quien sepa reflexionar comprende que nada de esto tiene valor alguno. Sólo revela la proximidad en que viven el heroísmo popular de camisas coloreadas y manos en alto y el puerilismo general.

Johan Huizinga, Entre las sombras del mañana, p. 155

Puerilismo

Puerilismo queremos denominar la actitud de una comunidad que se conduce más puerilmente de lo que debiera consentirle el estado de su discernimiento y que, en vez de elevar al muchacho al nivel de hombre, adapta su conducta al nivel de la edad pueril. Nada tiene que ver este término con el infantilismo del psicoanálisis. Se basa en sencillas observaciones y comprobaciones histórico-culturales y sociológicas. No queremos ponerlo en relación con hipótesis psicológicas.

Johan Huizinga, Entre las sombras del mañana, p. 153

Perspectivas IV

Es probable que las iglesias salgan fortalecidas y purificadas de las persecuciones que están sufriendo ahora. Cabe pensar que en un período subsiguiente el sentido religioso latino, germánico, anglosajón, y eslavo se reúnan, compenetrándose mutuamente, en el fondo inquebrantable del cristianismo, en un mundo que comprenda también la rectitud del islam y las profundidades de Oriente. Pero las iglesias, como organización, sólo podrán triunfar cuando hayan purificado los corazones de los creyentes. No podrán atajar el mal con prescripciones e imposicionesde su voluntad.

Johan Huizinga, Entre las sombras del mañana, p. 210.

Perspectivas II

Nadie podrá quitarnos la confianza en el trabajo, la fe en la posibilidad de salvación y el valor para conseguirla. No preguntamos por los que van a recoger el fruto de nuestro trabajo. El rey Necao d Egipto -segun cuenta Herodoto-, intentó abrir el istmo entre el Nilo y el Mar Rojo. Se le informo de que ya 120.000 hombres habían perecido en esa labor y de que el trabajo no adelantaba. El rey consultó a un oráculo, y este dijo: trabajáis para el extranjero (¡oh Cambises, oh Lesseps!). Y el rey desistió del trabajo. Pero nuestro tiempo, pese a las advertencias de cien oráculos, diría: no importa, sigamos trabajando.

Johan Huizinga, Entre las sombras del mañana, p. 202

Perspectivas

Un partidario de la radio y de la película como medios de enseñanza ha escrito un libro: The decline of the writen word (El ocaso de la palabra escrita), en donde, con alegre convicción, vaticina un porvenir próximo en el cual los niños se alimentarán con reproducciones cinematográficas y con palabras habladas. ¡Enrome paso hacia la barbarie! ¡Eficacísimo medio para paralizar en la juventud el pensamiento y mantenerla en un estado de puerilidad y además, probablemente, sumergirla en profundo aburrimiento!

La barbarie no sólo puede coexistir con una elevada perfección técnica, sino que puede ir unida también a la general difusión de la enseñanza pública. Inferir el grado de cultura por el retroceso del analfabetismo es ingenuidad de un periodo ya superado. Cierta cantidad de conocimientos escolares no garantiza en ningún modo la posesión de cultura. Observando el estado espiritual general de nuestro tiempo, ¿podría calificar alguien de pesimista exagerado al que se expresara en término plañideros como los siguientes?

Por doquiera pululan el error y la mal inteligencia. Más que nunca parecen los hombres esclavos de vocablos y de lemas, que les inducen a matarse unos a otros.

Johan Huizinga, Entre las sombras del mañana, p. 195

Katharsis II

Cada día plantéase con más urgencia el dilema ante el cual nos pone el tiempo. Contemplemos una vez más el mundo en su confusión política. Por doquiera hay embrollos que, dentro de poco, exigirán imperiosamente una solución. Pero es el caso que cualquier espectador imparcial ha de reconocer la imposibilidad de encontrar una solución que no perjudique a algún interés legítimo, ni frustre algún deseo razonable. Trátase unas veces de minorías étnicas; otras, de fronteras trazadas absurdamente; otras, de prohibiciones que impiden agrupaciones naturales; otras, de relaciones económicas insoportables. Cada una de estas condiciones es tolerada con una exasperación que las convierte en otros tantos focos peligrosísimos, hogueras dispuestas a arder al menor chispazo. En cada una de esas condiciones, un derecho se opone a otro derecho. Sólo hay dos posibilidades de solución. Una es la fuerza armada. La otra es un arreglo a base de intensa benevolencia internacional, de renuncia mutua a exigencias razonables, de respeto por el derecho e intereses ajenos. En definitiva, la solución del interés y de la justicia.

El mundo actual se encuentra, al parecer, más lejos que nunca de esas virtudes. Son muchos los hombres que han abandonado incluso la fundamental exigencia de la justicia internacional y del bienestar internacional. El Estado de poderío desenfrenado absuelve de antemano, con sus doctrinas, a todo usurpador. El mundo está desamparado, amenazado por la locura de la guerra destructora, que lleva en su seno una nueva especie de espanto o salvajismo.

Hay fuerzas públicas que actúan para atajar el mal insondable y trabajar por llegar a acuerdos y conciertos mutuos. El más pequeño éxito de la Sociedad de Naciones -aunque lo acoja Marte con escarnio sardónico- vale ahora más que toda una galería de glorias navales y militares. Pero si no cambia el espíritu, no bastarán, a la larga, las energías de un sensato internacionalismo. Y como el restablecimiento del orden y el bienestar en sí no garantiza la purificación de la cultura, tampoco cabe esperarla de los esfuerzos meritorios por prevenir la guerra mediante la política internacional. Una cultura nueva sólo puede ser obra de una humanidad purificada.

Los griegos llamaban katharsis (purificación) al estado de espíritu en que quedaban después de haber contemplado la tragedia. Es el silencio del corazón, cuando la compasión y el terror han desaparecido. Es la purificación del alma, cuando ha comprendido la causa profunda de las cosas, purificación que nos prepara de nuevo para los actos del deber y para la aceptación del destino, que quebranta en nosotros la «hybris», tal como la representaba la tragedia y que desarraiga en nosotros los apetitos vehementes de la vida conduciendo nuestra alma a la paz.

Johan Huizinga, Entre las sombras del mañana, p. 213

Katharsis

El que escribe estas páginas pertenece al grupo considerable de los que, por su trabajo profesional y por su vida personal, gozan del privilegio de estar siempre en contacto con la juventud. Está convencido de que la joven generación de hoy no le cede en aptitud ante las dificultades de la vida a las generaciones anteriores. Ese relajamiento de los vínculos, esa confusión y maraña d elos pensamientos, esa difusión de la atención, ese despilfarro de las energías, todas esas condiciones que han presidido el desarrollo de esta generación, ni la ha debilitado, ni la ha tornado lenta, ni indiferente. Parece franca, amplia de ideas, espontánea, tan pronta a los goces como a las privaciones, rápida en su decisión, valiente y de gran sentido. Camina con pies más ligeros que las generaciones anteriores.

A esa joven generación le incumbe la tarea de dominar otra vez este mundo, tal y como él mismo quiere ser dominado; no dejarle naufragar en la insolencia y la locura; infundirle mucho espíritu nuevo.

Johan Huizinga, Entre las sombras del mañana, p. 219