El nacimiento del movimiento obrero


Todo lo referente al factor trabajo en época tardofeudal –precios y salarios principalmente- estaba establecido. Por tanto, resultaba sumamente difícil llegar a controlarlo. Sin embargo, esa rigidez del sistema económico del Antiguo Régimen chocaba de frente con el liberalismo económico, según el cual todos los factores de producción –trabajo, propiedad y capital- debían estar liberalizados.

Desde finales del siglo XVIII, los liberales tendieron a transformar las relaciones laborales para adecuarlas a su ideología. Se procedió a reubicar al Estado en su nuevo papel: defensor de la libertad de mercado. Por otro lado, como el mercado se regía por criterios armónicos, todo lo que fijase era justo, porque también era libre.

Llevando esta última idea al campo de las relaciones laborales, no cabe duda de que resulta sumamente injusta. Así, con el objetivo de luchar contra estas injusticias, nacieron las asociaciones obreras.

Estas, aunque de hecho siguieron existiendo, fueron prohibidas en un primer momento. Los parlamentos liberales consideraban que las asociaciones obreras la libertad del empresario, y que, por tanto, atacaban directamente al mercado de igual modo que en su momento habían hecho los gremios.

Más adelante, a finales del siglo XIX, llegaron a ser legalizadas, y consiguieron que los Estados comenzasen a intervenir en contra esas injusticias.

La protesta obrera toma forma política: el Cartismo

Hasta 1830 la tendencia preponderante del obrerismo inglés reducía sus proyectos a mejoras exclusivamente laborales. Sin embargo, hacia esa fecha la miseria de las clases obreras inclinó a los líderes hacia posturas más precisas de reforma política.

En 1831, durante la campaña sobre la reforma electoral, Lovett reclamó el sufragio universal, argumentando que la clase obrera producía la mayoría de la riqueza del país y sólo gozaba de una ínfima parte.

En 1838 fue redactado un documento histórico, la “Carta”, en el que se pedía, entre otras cosas, el sufragio universal y la supresión del certificado de propiedad para ser miembro del parlamento. Dentro de este movimiento cartista podemos distinguir dos tendencias:

  • Los moderados (Lovett y Owen) ponían el acento en las cuestiones económicas, postulando la organización de cooperativas de producción y la supresión de los intermediarios.
  • Los violentos (O´Connor y O´Brien) eran la tendencia más popular, y se inclinaban por los mítines y huelgas de carácter violento.

Finalmente, el Congreso cartista celebrado en 1839 optó por la segunda postura. Esto trajo consigo el comienzo de las actuaciones represivas por parte del gobierno inglés. Esto fue seguido del enfrentamiento entre violentos y moderados, que acabó por desbaratar toda opción de triunfo.

La I Internacional

Dos procesos contribuyeron de manera decisiva a la aparición de una organización internacional del movimiento: la conciencia obrera de que, en todas las naciones, los problemas de la clase trabajadora eran similares; y la experiencia de que la acción esporádica de las masas debía ser sustituida por una actividad organizada.

Por fin, tras numerosos contactos entre británicos y franceses, se convocó la primera reunión en Londres (28 de septiembre de 1864), a la que asistieron representantes de las trade unions inglesas, franceses de diversas tendencias, y numerosos políticos y líderes obreros de otras nacionalidades.

El grupo era excesivamente heterogéneo, pero, a pesar de eso, se logró formar un comité que elaborara los estatutos. Sin duda, el papel de Marx en la redacción de este documento fue fundamental, pudiendo resumirse su aportación en tres puntos:

  • Defensa de que la Internacional no debía abolir las asociaciones nacionales, sino potenciar su actividad a escala mundial.
  • Creencia en que la emancipación de la clase obrera sería única y exclusivamente labor de los trabajadores.
  • Afirmación de que sin lucha por el poder político no habría emancipación.

El debilitamiento y disolución de la Primera Internacional se debió más a las disensiones internas que a la persecución externa. Los choques entre socialistas marxistas y anarquistas fueron creciendo en violencia, hasta que en el Congreso celebrado en La Haya (1872) estos últimos fueron expulsados de la A.I.T.

La II Internacional

En los últimos años del siglo XIX, ante el importante desarrollo del movimiento obrero, muchos sectores del mismo comenzaron a pensar en reinstaurar una organización supranacional que relacionase a los nacientes partidos obreros y sindicales de carácter nacional.

De esta manera, en el verano de 1889 los principales líderes y representantes del movimiento obrero reinstauraban, con una reunión en París, la Internacional. En estas reuniones se acordó la estructura de la nueva organización –de carácter flexible- y, con el fin de mantener la cohesión, la convocatoria de sucesivos congresos. Además, otras de las cuestiones que ocuparon estos congresos fueron:

  • El debate en torno a las versiones ortodoxas y revisionistas del pensamiento de Marx.
  • La toma de posición ante los problemas de la época: colonialismo y conflictos bélicos a escala mundial.
  • La posibilidad de participar en gobiernos de coalición con partidos de la izquierda burguesa.
La disolución de la Segunda Internacional vino marcada por dos hechos: la Gran Guerra y la Revolución Soviética. El primer suceso supuso la victoria del nacionalismo sobre la solidaridad obrera, mientras que del segundo surgió la Tercera Internacional o Internacional Comunista.

Imperialismo: auge del predominio europeo


Como ocurre con frecuencia en la historia, para llegar a comprender en su totalidad un fenómeno planteado y desarrollado en un momento concreto, hay que dar marcha atrás en el tiempo y buscar las claves que lo han propiciado e impulsado. Esto ocurre, sin duda, en el proceso de expansión europea que se pone en marcha en torno a 1880.

En este caso, esa marcha atrás nos sitúa en el inicio de los años setenta, en ese momentos histórico que marca el comienzo de una nueva época para el mundo occidental.

En líneas generales, cabe afirmar que entre esa fecha (1870-1871) y el comienzo de la I Guerra Mundial (1914-1918), el continente europeo alcanzó su máxima plenitud en todos los sentidos: triunfo del liberalismo, reconocimiento de los derechos sociales, proceso de industrialización, desarrollo científico y técnico…

La expansión colonial durante la primera mitad del siglo XIX

En un principio la expansión colonial estuvo muy ligada al gusto por la aventura propio del romanticismo. Fue esa una época de claro protagonismo británico y, en menor medida francés. Sin embargo, ese no era todavía el momento del gran imperialismo, sino el de sentar las bases para el gran desarrollo del último tercio del siglo.

A partir de la década de 1870, y especialmente en la de 1880, las potencias europeas, los EE.UU. y Japón, se repartieron los territorios del mundo.

Únicamente los territorios de América Latina, que habían sido colonizados en los siglos XV y XVI, y emancipados a comienzos del XIX, quedaron al margen de este proceso.

Teorías sobre el imperialismo

En términos generales, las corrientes de análisis sobre el fenómeno imperialista pueden agruparse en torno a cuatro variables.

La primera de ellas hace hincapié en la proliferación de las políticas de prestigio impulsadas por el auge del nacionalismo.

Desde la perspectiva económica se explica el imperialismo como consecuencia de la crisis de 1873, surgida a raíz de la saturación de los mercados. Ante esta situación, las potencias comerciales comenzaron a buscar nuevos espacios para sus economías. No obstante, la objeción que comúnmente se ha lanzado contra esta teoría es que la ocupación de territorios coloniales no siempre rentable.

Las otras dos teorías sobre el fenómeno imperialista se basan en la demografía –la necesidad de dar salida a la superpoblación de la metrópoli- y en la ideología racista que sostenía la superioridad del hombre blanco y su responsabilidad en la instrucción de las restantes culturas y razas.

Tipología de la colonización

Atendiendo a la ocupación del territorio, el gobierno del mismo y la explotación económica, podemos distinguir los siguiente tipos de colonización:
  • Colonia; territorio en el que se implanta un gobierno y una administración de la metrópoli; sometiéndose de esta manera totalmente la población nativa a estos nuevos organismos.
  • Bases económicas; lugares sobre los que se establece un control económico, pero no político.
  • Colonia de poblamiento; relativo al traslado de grandes contingentes humanos desde la metrópoli a los territorios coloniales a causa de la superpoblación del país colonizador.
  • Bases de carácter estratégico, generalmente pequeños enclaves destinados al mantenimiento de una guarnición militar; bien por razones estratégicas o comerciales.
  • Protectorado; territorio en el que, a pesar de la existencia de una estructura política y cultural de origen antiguo, se asientan tropas de las grandes potencias con el fin de prestar ayuda a esos regímenes. Esto supone por tanto el control militar y explotación económica de ese territorio.

La Conferencia de Berlín (1884-1885)

A medidos de siglo XIX los europeos, que hasta ese momento se habían contentado con el control de enclaves costeros, comenzaron a ocupar el interior del continente africano. Para ello utilizaron, como vías de penetración, los grandes ríos: los belgas el Congo, los franceses el Senegal, y los ingleses el Níger.

Mientras esto sucedía en el África central, el norte del continente también empezó a cobrar una enorme relevancia para las grandes potencias. Así, rivalidades en torno a las cuestiones de Argelia, Túnez, y el canal de Suéz, pasaron a un primer plano en las relaciones internacionales de la época.

Este proceso de ocupación de África dio lugar a la Conferencia de Berlín, que, bajo el patrocinio de Bismarck, trataba de dar respuesta a los roces surgidos entre las naciones europeas.

De esta manera, entre noviembre de 1884 y febrero de 1885, los europeos se repartieron África. Bajo la bandera del entendimiento mutuo, las potencias fijaron las zonas de influencia y las normas de las nuevas actuaciones en aquel continente.

Francia bajo el consulado de Napoleón Bonaparte


A lo largo de toda la etapa revolucionaria, Francia vio ampliadas notablemente sus fronteras. De esta manera, ya antes del 18 de brumario, su expansión había alcanzado Bélgica, Renania, Saboya, Niza, Ginebra y numerosas repúblicas dependientes de reciente creación. Sin duda, este aumento de su mercado terrestre, contribuyó al desarrollo económico francés.

El principal mérito de Napoleón fue el establecimiento de una dirección única en el rumbo político francés, muy fragmentado e inestable durante los periodos anteriores de la Revolución. La consecuencia principal de esto fue, sencillamente, el logro de la estabilidad política y social de la nación, que favoreció su recuperación económica y su posterior expansión militar.

Además, hay que destacar que estas conquistas favorecieron enormemente la difusión de los principios revolucionarios por todo el continente.

En lo que se refiere a la figura de Bonaparte, es necesario señalar, en primer lugar, su genial habilidad para todo lo relativo a la guerra y la política. Además, nos encontramos ante un personaje ambicioso y con un enorme deseo de poder, que se fue acrecentando según se sucedían sus triunfos.

Por último, hay que destacar también su carácter contradictorio, que le llevó en numerosas ocasiones a variar sus planes o a tomar decisiones radicalmente opuestas en diversos campos.

La organización política del Consulado (1799-1802)

La forma de gobierno surgida tras el golpe de estado del 18 de brumario establecía un gobierno colegiado compuesto por tres cónsules y cuatro asambleas: Tribunado, Senado, Consejo de Estado y Cuerpo Legislativo. Sin embargo, de hecho, el poder recaía casi exclusivamente en la figura de Napoleón.

Desde agosto de 1800 hasta mayo de 1803, Napoleón impulsó desde París un intenso programa de reformas con el fin de erradicar la anarquía del suelo francés. Con este propósito, el 15 de diciembre de 1800 se aprobó la Constitución del año VIII, que, aunque recogía los principios esenciales de la Revolución, ponía fin a la República democrática.

Desde ese momento, todo dependía del primer cónsul; se mantenía la separación de poderes, pero los tres eran fácilmente manipulables por el mismo individuo.

La obra legislativa de época napoleónica arrancó en el año 1800 con la redacción del Código Civil, que fue renovado con las ampliaciones de 1804 y 1807. También destacan, ya de época imperial, el Código de Comercio (1806), el Derecho Procesal (1807), la Instrucción Criminal (1808) y el Código Penal (1810).

Napoleón logró mantener el orden interno y consolidó su autoridad mediante una eficaz policía secreta, y a través de una política centralizadora y restrictiva, que dejaba escasas competencias a las autoridades de los distintos departamentos. Esta centralización también afectó a la educación, campo en el que planificó y reguló un sistema bastante avanzado para la época, dentro del cual distinguió tres grandes bloques: educación primaria, secundaria y universitaria.

En lo referente a la política económica, hay que destacar que, aunque fiel a la doctrina liberal, el gobierno bonapartista se caracterizó por poseer un carácter proteccionista muy marcado. En líneas generales lo que buscaba Napoleón era sacar a la nación de la bancarrota en que llevaba sumida desde tiempos de Luis XVI.

Con este fin, fomentó el desarrollo agrícola, el progreso de la industria, y mejoró el comercio interior mediante una eficaz red viaria. También se perfeccionaron los métodos de contabilidad y de la recaudación de impuestos; y para organizar las finanzas se fundaron el Banco de Francia, el Tribunal de Cuentas y el de Casación.

La política exterior del Primer Cónsul

La política exterior francesa de finales de 1799 giró en torno a las propuestas de paz hechas por Napoleón a Gran Bretaña y Austria. Sin embargo, ante la negativa por parte de ambas potencias de negociar la paz, los franceses no tuvieron más remedio que continuar la guerra.

El primer objetivo de la política militar napoleónica fue Austria. Para derrotarla, Bonaparte abrió dos grandes frentes, uno en Alemania y otro en Italia. Finalmente, las victorias francesas de Marengo y Hohenlinden obligaron a los Habsburgo a pedir la paz, que se firmó en febrero de 1801 en Luneville.

Este tratado franco-austríaco consolidó las conquistas francesas en el Continente, siendo reconocidas por Austria, y fortaleció el dominio napoleónico sobre Italia.

Con Gran Bretaña, sumida en dos grandes crisis, una de carácter político y la otra de tipo económico, se firmó la paz de Amiens (marzo 1802). En virtud de este acuerdo, Francia se comprometía a devolver Egipto a Turquía y, mientras que los británicos reconocían las conquistas francesas en el Continente.

El Consulado vitalicio (1802-1804)

El imparable crecimiento de la popularidad del Primer Cónsul, fruto de los éxitos cosechados -restablecimiento del orden interno, reorganización del Estado, paz religiosa y exterior-, propicio que en 1802 fuera proclamado por el Senado cónsul vitalicio.

Los primeros momentos del nuevo consulado se caracterizaron por su continuidad con respecto a la etapa anterior. Sin embargo, en ese mismo año, se promulgó la Constitución del año X, que reforzó la centralización del poder en la figura de Napoleón.

Es decir, se redujo la influencia del Cuerpo Legislativo y Tribunado, y se otorgaron poderes dictatoriales al cónsul, que vio ampliadas sus facultades.

La política exterior de esta etapa viene marcada por su tendencia expansionista (Luisiana, Piamonte, Elba, Piombino, Parma, Holanda) e intervencionista (Alemania, Suiza). Esto hizo que entre las demás potencias cundiera la alarma, especialmente en Austria.

La reacción británica fue tal vez la más tajante: rompieron la paz de Amiens en mayo de 1803, enfrentándose así abiertamente a Napoleón. Este, a modo de respuesta, vendió la Luisiana a los EE.UU con el fin de financiar la invasión de las islas británicas. Sin embargo, los problemas en el continente y la derrota naval de Trafalgar impidieron que este proyecto se llevara a término.

La deriva política serbia I

La nueva línea opositora se manifestaba a través de una amplia coalición: el Movimiento Democrático de serbia (DEPOS). Las elecciones al parlamento federal -celebradas el 31 de mayo de 1992 y boicoteadas por la «oposición moderada»- apuntaban, de cualquier modo, resultados confusos, por cuanto la pérdida en el peso de la formación política que apoyaba a Milosevic, el Partido Socialista, se veía acompañada del ascenso de una formación nacionalista de corte neofascista -el mencionado Partido Radical de Seselj-, nada contenida en el comportamiento bélico-nacional. Bien es verdad que, pese a lo anterior, los socialistas se hacían con 73 de los 138 escaños en disputa.

José Carlos Lechado y Carlos Taibo, Los conflictos yugoslavos, p. 124.

La ruptura de la homogeneidad política: nacionalismo serbio y elecciones republicanas I

La especial configuración político-territorial de la Federación Yugoslava guardaba una estrecha relación, por fuerza, con la crisis. Sabrina P. Ramet ha llamado al respecto la atención sobre un fenómeno singular: en el régimen de Tito la «pluralidad ideológica», casi inexistente, se vio relativamente compensada por una «pluralidad regional» que tenía su origen en una notabilísima descentralización administrativa. Con el avance de la crisis del sistema, los conflictos entre las élites de las repúblicas -que no eran en modo alguno nuevos- adquirieron una clara preeminencia dentro de la propia Liga de los Comunistas de Yugoslavia. En este marco, los enfrentamientos ideológicos, de importancia marginal, se vieron visiblemente arrinconados por los enfrentamientos «nacionales».

José Carlos Lechado y Carlos Taibo, Los conflictos yugoslavos, p. 53.

El modelo yugoslavo III

El monarca, que había conseguido atraerse la enemistad de los liberales serbios y de los nacionalistas croatas, fue asesinado en 1934 en Marsella por un macedonio relacionado con los ustaches, un grupo ultranacionalista croata creado en 1929 por Ante Pavelic.

José Carlos Lechado y Carlos Taibo, Los conflictos yugoslavos, p. 16.

Los últimos tiempos de Franco VII

Finalmente, hay que resaltar la evolución de las fuerzas políticas de Cataluña en el ámbito de la oposición. En la primavera del 75, se organizaron unas sonadas conferencias, «Las terceras vías a Europa», en las que intervinieron líderes de los que poco después serían lo principales partidos de la oposición: Cañellas, democristiano; Trías Fargas, liberal; Pujol, nacionalista; Pallach, socialdemócrata; Reventós, socialista; y Solé Barberá, comunista. Este ciclo prefiguró lo que, meses depués, muerto Franco, se constituiría como Consell de Forces Polítiques de Catalunya.

Salvador Sánchez-Terán, La Transición. Síntesis y claves, p.  53.

La reunificación por criterios étnicos

Durante la guerra de Kosovo, el antiguo Secretario de Estado norteamericano, Henry Kissinger declaró estar a favor de la reunificación de los pueblos de la antigua Yugoslavia según el principio étnico, considerando que sólo esto podría garantizar una paz duradera. Su propuesta no era del todo descabellada, porque los proceso de unificación nacional europeos del siglo XIX empezaron en los Balcanes, y porque todos los conflictos en los Balcanes han surgido de cuestiones étnicas. Sin embargo, lo que Kissinger no tuvo en cuenta es el hecho de que los nacionalistas balcánicos, como los nacionalistas en general, tienden a la emulación mimética y que satisfacer las exigencias de unos no garantiza que más tarde no aparecerán otros que pidan más. Saciar los apetitos de los nacionalistas étnicos no convierte a éstos en demócratas.

Mira Milosevich, La situación política de Serbia después de las elecciones generales, p. 3.

Reflexiones sobre la independencia de Kosovo

Si Kosovo obtiene cualquier forma de independencia facilitaría a los serbios despedirse de un pasado falsamente dorado y concentrarse en su propio desarrollo democrático como nación moderna y fuerte, clave de la estabilidad de los Balcanes, y se cumplirá el sueño estatal de los albaneses de la región, pero tendría unas consecuencias dramáticas a corto plazo en la escena política internacional. En primer lugar, los serbios de la llamada República Serbia de Bosnia podrían recurrir al mismo expediente y exigir su independencia o su anexión a Serbia, y otro tanto harían los musulmanes de Sandzak, que ya intentaron en 1993 unirse a los musulmanes de Bosnia.

Mira Milosevich, La situación política de Serbia después de las elecciones generales, p. 1.

El peligro del Cid

La intoxicación nacionalista no fue un invento suyo, pero supo cultivarla y explotarla cómo nadie. Su peor legado es que los rescoldos de esa pasión política todavía humean en la vida pública serbia y el encumbrado prisionero, desde su imponente cárcel en La Haya, ha sabido mantenerlos con su orgullosa autodefensa, utilizando con pericia y desvergüenza como palestra propagandística las amplias garantías jurídicas de que disfrutaba. Perdió guerras con los que eligió como enemigos pero ganó muchas batallas políticas internas encandilando a sus conciudadanos. Como El Cid aún puede ganar alguna después de muerto. Su mito puedes seguir manteniendo a sus paisanos lejos del premio europeo.

Manuel Coma, Adiós, Milosevich, no vuelvas, p. 2.