Serbia después de Milósevic (2000-2008)

Artículo publicado por Historia en Presente el 10 de mayo de 2008.


Hago un ligero parón en la serie de artículos que estoy escribiendo sobre la cuestión del Kosovo para centrarme en Serbia, estado del que se ha independizado recientemente. El motivo: las elecciones legislativas celebradas en el país balcánico el domingo 11 de mayo. Mi objetivo al escribir esto es aportar a los lectores una visión resumida de la situación política serbia desde la caída del régimen de Milosevic en octubre del 2000 hasta la víspera de los citados comicios. No descarto publicar más tarde un análisis de los resultados y de sus consecuencias de cara a la posible integración de Serbia en la Unión Europea. No obstante, en el próximo artículo volveré sobre la cuestión kosovar.

De la esperanza sin Slobo, a la decepción tras Slobo

El seis de octubre de 2000 una revolución democrática acababa con el régimen nacionalista de Slobodan Milosevic. Los serbios se levantaron contra el hombre que había conducido al país a cuatro guerras balcánicas (1991-1995) y a un enfrentamiento con la OTAN a causa de los sucesos de Kosovo (1997-1999). Se abría en Serbia un periodo de esperanza, de vuelta al seno de la comunidad internacional. La desaparición del gobernante parecía redimir, cual victima propiciatoria, a todos los miembros de la nación [6].

Una vez más los serbios cayeron en la trampa del mesianismo, de las soluciones fáciles. Primero habían seguido a Slobo en su búsqueda del paraíso nacionalista durante una década de guerras. Cuando este se demostró falso buscaron el Edén perdido entregando al supuesto culpable de esos conflictos. No obstante, las miles de personas que celebraban, aquella tarde de octubre, la apoteosis purificadora en las calles de Belgrado ignoraban la dura realidad que le esperaba al país.

Occidente no pareció conmoverse con las muestras de buena voluntad serbia. El retorno al orden internacional no fue inmediato, y la ayuda económica tardó en llegar. Belgrado, condenado al ostracismo, se acostumbró a ver como la Unión Europea hacía guiños, en incluso admitía en su seno, a los antiguos enemigos (Eslovenia, Croacia y Macedonia).

Aunque la caída de Slobodan Milosevic había limpiado algo la imagen de Serbia en el mundo, a ojos de la mayoría seguía llevando el cartelón de culpable, de criminal de guerra. Todos fueron nacionalistas en los conflictos de desintegración yugoslava, todos llevaron a cabo limpiezas étnicas, todos mataron y torturaron, pero sólo los serbios perdieron [3]. Belgrado no tenía aspiraciones y métodos muy distintos a los de Zagreb, Sarajevo o Pristina, el problema fue que no supo vender su causa a los occidentales; le falló la propaganda que tan bien utilizaron sus enemigos [4].

No obstante, sería un error echar sobre los hombros de la desidia europea todo el fracaso de la reinserción serbia. La oportunidad no sólo la perdió Bruselas. Belgrado se empeñó en jugar un doble juego que gustó muy poco en el seno de la Unión: rompió con el pasado, pero no del todo; derrocó al antiguo gobernante, pero no lo entregó a la justicia internacional hasta varios meses después; decía buscar a los genocidas de Srebrenica -Radovan Karadzic y Ratko Mladic- pero nunca había resultados; se sometió a la resolución sobre Kosovo, aunque poniendo unas condiciones inaceptables para los albanokosovares de Ibrahim Rugova. Serbia perdió el tren de la “vuelta a Europa” [1]. No estaba totalmente decidida a tomarlo, y nadie estaba dispuesto a ayudarle a subir.

Ocho años de errática política interna

La situación política del país después de octubre de 2000 parece carecer de dinamismo. Los serbios están paralizados ante un futuro incierto y un pasado que, tal vez erróneamente, perciben como glorioso. Seis años tardaron en modificar la Constitución impuesta por Milosevic, muestra clara de que las reformas democráticas exigidas por Europa han sido lentas e insuficientes [6]. Además, mientras el país se estanca económicamente, la corrupción crece a pasos agigantados. Siendo esta la situación es lógico que durante todos estos años Vojislav Kostunica, bandera de la revolución contra Slobo, haya acabado centrando su discurso el ataque a la incomprensión internacional.

Serbia también parece estar estancada en lo relativo al comportamiento del electorado. Poco han variado los resultados de los pasados comicios de 2007 con respecto a los de 2003; y tampoco se prevén grandes cambio de cara al 11 de mayo. El gobierno del país dependerá una vez más de los pactos. La diferencia con respecto a otras ocasiones es que las rencillas personales y las discrepancias en torno a Kosovo pueden romper las tradicionales alianzas y abrir nuevos caminos en la formación del ejecutivo.

Tanto en 2003 como en 2007 el Partido Radical Serbio (PRS), liderado por el nacionalista Tomislav Nikolic, alcanzó la victoria electoral. Sin embargo, la alianza de otros grupos, especialmente el Partido Demócrata (PD) de Borislav Tadic y el Partido Demócrata Serbio (PDS) de Vojislav Kostunica, impidieron que formara gobierno. En esta ocasión, no está claro que se vaya a producir la alianza entre demócratas contra los herederos de Milosevic –los nacionalistas del PRS-, así que la emoción, más que en las urnas, estará en la “diplomacia” posterior.

En los días anteriores a las elecciones los sondeos arrojaban un resultado de empate entre Nikolic y el actual presidente Tadic. Ante esta situación parece que Kostunica volverá a ser el árbitro en la disputa por el poder.

Sin embargo, no hay que descartar que algún otro grupo político, del perfil del Partido Liberal Demócrata (PLD) o el Partido Socialista Serbio (PSS), de la campanada. Además, los últimos acontecimientos relacionados con la independencia de Kosovo -mediados de febrero- y el Acuerdo de Asociación y Estabilización (AAE) firmado con la Unión Europea -finales de abril-, pueden tener también importantes repercusiones en las preferencias de los votantes.

Entre Kosovo y la Unión Europea

La demagogia nacionalista ha vuelto al panorama político serbio con motivo de la declaración de independencia por parte de Kosovo. No se sabe hasta que punto es bueno para Serbia seguir mirando al pasado, conservar una región deprimida donde dominan las mafias del narcotráfico; todos parecen tener claro que lo mejor para el desarrollo del país es abandonar el lastre kosovar.

Sin embargo, los nacionalismos suelen dejar de lado la razón para lanzarse de lleno a los brazos del sentimiento; y este, en lo referente a los serbios, es muy fuerte cuando se trata de Kosovo, la tierra que vio nacer a la patria.

Por esa razón, los políticos del país, aunque saben que la secesión es inevitable e incluso beneficiosa, intuyen que con un “no a la independencia” pueden ganar votos. Esta ha sido a lo largo la campaña la postura de Nikolic y Kostunica; Tadic, garante del europeísmo, no ha querido pronunciarse. Todos saben que si gana venderá Kosovo a cambio del plato de lentejas de la Unión Europea. No obstante ¿acaso sus rivales tienen algo mejor que ofrecer?

El Partido Democrático (PD) del actual presidente no habla de aceptar la situación kosovar, por miedo a perder votos, pero es un hecho que cederá ante las exigencias internacionales. Sin duda alguna se repetirá una escena similar a la de la entrega de Slobodan Milosevic al Tribunal de La Haya. También en esa ocasión fue Tadic, en contra de la voluntad de Kostunica, el que cedió ante la comunidad internacional.

Desde mi punto de vista, es la decisión más inteligente. A día de hoy, Serbia puede aceptar las cosas por las buenas o por las malas; recibir una recompensa que le permita desarrollarse e integrarse de lleno en Europa, o encerrarse en sí misma, en la intoxicación nacionalista inventada por Slobo [9]; puede subirse de nuevo al tren, o quedarse al margen.

Europa parece haber apostado de nuevo por Serbia. El ostracismo al que nos referíamos anteriormente ha desaparecido, si bien por motivos interesados: la solución del conflicto kosovar. Las autoridades europeas se ha implicado hasta tal punto que, aunque no sea oficial, pone la victoria de Tadic como condición sine qua non para la futura integración de Serbia en la Unión.

La firma, en plena campaña electoral, del Acuerdo de Asociación y Estabilización (AAE) entre el ministro de asuntos exteriores serbio, Vuc Jeremic, y los representantes de la UE, es la mejor muestra de ello. En las próximas semanas veremos los derroteros que va tomando la cuestión balcánica. Serbia puede dirigirse rumbo a Europa o convertir a “Milosevic en un nuevo Cid; un hombre que gana batallas después de muerto. Su mito puede seguir manteniendo a sus paisanos lejos del premio europeo” [9].

Bibliografía

[1] Postguerra. Una historia de Europa desde 1945; Tony Judt – Madrid – Taurus -2006.

[2] La Europa balcánica. Yugoslavia, desde la Segunda Guerra Mundial hasta nuestros días; Ricardo M. Martín de la Guardia y Guillermo A. Pérez Sánchez – Madrid – Síntesis – 1997.

[3] La trampa balcánica; Francisco Veiga – Barcelona – Grijalbo – 2002.

[4] La situación política de Serbia después de las elecciones generales; Mira Milosevich – GEES – 1 de febrero de 2007.

[5] Serbia: Elecciones para la continuidad; Mira Milosevich – GEES – 23 de enero de 2007.

[6] ¿Un nuevo Trianon?; Mira Milosevich – GEES – 16 de octubre de 2006.

[7] Gobierno de Serbia: entre aceite y agua; Mira Milosevich – GEES – 22 de mayo de 2007.

[8] Los conflictos de los Balcanes a finales del siglo XX; Enrique Fojón -GEES – 18 de septiembre de 2002.

[9] Adiós, Milosevich, no vuelvas; Manuel Coma – GEES – 15 de marzo de 2006.

De Kosovo a Kosova: una visión económica

Artículo publicado por Historia en Presente el 5 de mayo de 2008.


Mi último artículo sobre Kosovo se centraba exclusivamente en la Historia Política de esta región balcánica. La cronología de este repaso abarcaba desde la conquista serbia en el año 1912, hasta la declaración unilateral de independencia por parte de las autoridades kosovares el pasado febrero. Si bien es cierto que hacía un guiño a la época medieval al incluir una referencia a la batalla del Kosovo-Polje (28 de junio de 1389). En el presente escrito abordo la cuestión desde una perspectiva distinta: la económica y demográfica. Espero que con lo que aporta este artículo –a falta de la publicación de los que estoy escribiendo actualmente- podamos juzgar mejor lo que está sucediendo actualmente en Serbia y Kosovo, así como extraer nuestras propias conclusiones y posibles soluciones al conflicto.

Construir un Estado sobre la ruina económica

Los procesos de independencia, esos esfuerzos de un supuesto pueblo por alcanzar su libre determinación, tienen algo de atracción romántica. El efecto se multiplica cuando el que practica la lucha por rechazar al invasor extranjero se presenta ante el mundo como un nuevo David que trata de derrotar al gigante Goliat. En Kosovo se dan ambas características, a las que se une la reciente limpieza étnica –no han pasado ni diez años- que en su día inició el expresidente serbio Slobodan Milosevic.

Sin embargo, pocos de los simpatizantes de esta causa se han parado a pensar si es viable económicamente la construcción del nuevo estado en el avispero balcánico.

Kosovo es un territorio que vive a base de subvenciones internacionales, las cuales suponen casi la mitad de su presupuesto. Resulta curioso que medio mundo esté empeñado en buscar una solución nacional a la región cuando lo realmente necesario es un plan de desarrollo económico. No pretendo con esto restar importancia a los aspectos políticos, pero muchas veces se da a estos un valor excesivo.

En Pristina, Belgrado, Bruselas, Moscú o Washington se debate sobre la posibilidad de que Kosovo sea un estado independiente. Pero en esas reuniones se pasa por alto cuestiones como su alto índice de paro –entre un 35% y un 50% de la población activa- o la extrema pobreza de esa sexta parte de la población total -300.000 personas- que vive con apenas un euro diario [6].

Una herencia que viene de lejos

Los defensores acérrimos del nuevo estado kosovar podrían argumentar que la ruina actual es consecuencia de las guerras que han afectado a los Balcanes, y especialmente a Kosovo, desde principios de los años noventa. Sin embargo, los datos económicos del último medio siglo desmienten esas afirmaciones. Mientras el conjunto de la Federación Yugoslava creció un 5% de media anual en producto social per cápita entre 1947 y 1978, los kosovares tan sólo alcanzaron un 3,2% [3].

Kosovo fue la región que menos creció en ese periodo, muy alejada de la república más próspera, Eslovenia, que lo hacía al 5,8%, pero también de otras no tan boyantes como Bosnia (4,1%) y Macedonia (4,9%). Es más, si en lugar de compararlo con repúblicas lo hacemos con otras provincias autónomas, el resultado es todavía más alarmante: Montenegro (4,1%) y Voivodina (5,5%). Visto esto se entiende perfectamente porque, en Fondo para el Desarrollo Acelerado de las Repúblicas atrasadas, aprobado en febrero de 1966 por la Asamblea Federal, se hacía una mención especial a esta provincia.

Kosovo no es, al fin y al cabo, una región arruinada a causa del yugo serbio; es una región arruinada sin más.

Lleva décadas hundiéndose en la miseria, preocupada exclusivamente de sus problemas políticos. A mi entender, necesita más urgentemente que un Plan Ahtisaari, un programa de recuperación económica.

Cuando la ruina lleva al conflicto

Tal como indican Ricardo M. Martín de la Guardia y Guillermo A. Pérez Sánchez en su obra La Europa balcánica. Yugoslavia, desde la Segunda Guerra Mundial hasta nuestros días, en el año 1986 el desempleo alcanzaba a más de la mitad de la población activa de Kosovo. Ese 55,9% al que hacen referencia contrasta con la media existente dentro de la Federación Yugoslava, un 16,2%. Como es lógico, este y otros aspectos de la crisis, fueron generando un enorme malestar entre los afectados y sus familias.

La pobreza buscó poco a poco culpables, lo fuesen realmente o no. Pronto los encontraron en la situación política de la región. Los albano-kosovares nunca estuvieron a gusto dentro de Serbia antes de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), y tampoco habían aceptado de buen grado su inclusión en Yugoslavia como provincia autónoma. Tal como vimos en el anterior artículo, sus reclamaciones para formar una república independiente dentro de la Federación se sucedieron a lo largo de las últimas décadas de existencia de la misma.

El sentimiento de rechazo hacia Serbia, presente desde principios del siglo XX, se fue acentuando como consecuencia de la crisis. La incapacidad del gobierno federal para resolver los problemas económicos estructurales alimentó la cuestión nacionalista, no sólo en Kosovo, sino en toda Yugoslavia [5].

El nacionalismo y la pobreza fueron de la mano en todo el proceso de descomposición federal. No obstante, es lógico que el descontento fuera mayor en aquellos lugares donde la economía tomaba peor cariz. Los kosovares empezaron a asociar, ya en los años sesenta, la independencia con el final de la crisis. Fieles al ideario nacionalista –también practicado por personajes como Milosevic o Tudjman-, Ibrahim Rugova y otros líderes de etnia albanesa identificaron la autodeterminación con el paraíso terrenal; con el fin de todos los problemas y sufrimientos. Demagogia, en definitiva, que no se diferenciaba mucho de la practicada a principios de los noventa en Belgrado y Zagreb.

El mejor ejemplo de un nacionalismo moderado en los territorios balcánicos es el de Eslovenia; curiosamente la república con mejores índices económicos. A partir de datos extraídos por Ricardo M. Martín de la Guardia y Guillermo A. Pérez Sánchez de los trabajos de Sabrina P. Ramet podemos establecer una comparación con el Kosovo: “en 1972, Croacia y Eslovenia, con el 29% de la población total del Estado yugoslavo, publicaban el 44% de los periódicos de todo el país y desde su territorio emitían el 46% de las emisoras de radio. Kosovo, con el 7% de la población global, tenía el 2,7% de los cines, sólo disponía de un diario en lengua albanesa y dos emisoras de radio de las 174 existentes en el país”.

Tras esta cita es fácil entender porqué Eslovenia está en el euro y Croacia a las puertas de Europa, mientras Serbia y Kosovo continúan en las viejas disputas nacionalistas. En Belgrado y Pristina se sigue soñando con el paraíso nacional –cada uno a su manera: la Gran Serbia y el Kosovo independiente- que solucionará todas las carencias socioeconómicas. El problema es que esa falsedad parece haber contagiado también a las potencias occidentales.

Tanto ellas como los gobiernos balcánicos parecen no darse cuenta de que la solución al problema político tiene bastante que ver con el fin de la estrechez económica.

Bibliografía:

[1] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[2] Postguerra. Una historia de Europa desde 1945; Tony Judt – Madrid – Taurus -2006.

[3] La Europa balcánica. Yugoslavia, desde la Segunda Guerra Mundial hasta nuestros días; Ricardo M. Martín de la Guardia y Guillermo A. Pérez Sánchez – Madrid – Síntesis – 1997.

[4] La trampa balcánica; Francisco Veiga – Barcelona – Grijalbo – 2002.

[5] Los conflictos yugoslavos. Una introducción; Carlos Taibo y José Carlos Lechado – Madrid – Fundamentos – 1993.

[6] Kosovo. Una independencia sin dinero; Ramón Lobo – El País – 31 de mayo de 2007.

[7] Kosovo independiente; Florentino Portero – GEES -12 de junio de 2007.

De Kosovo a Kosova (1912-2008)

Artículo publicado por Historia en Presente el 24 de abril de 2008.


Presento a continuación un artículo que pretende analizar la reciente independencia de Kosovo con respecto a Serbia. El original es, a mi juicio, demasiado largo para publicarlo de una vez, por esa razón lo he dividido en varios fragmentos. Este primero se centra casi exclusivamente en los aspectos histórico-políticos de la región a lo largo del siglo XX; mi intención es que el siguiente se refiera a la evolución económica kosovar en ese mismo periodo de tiempo. El título elegido pretende reflejar el cambio introducido por la independencia de esta región balcánica: de Kosovo, propio del idioma serbio, a Kosova, como lo denominan los albaneses. La bibliografía que encontrarán al final del texto es igualmente válida para los próximos fragmentos del artículo.

Introducción: Kosovo en el puzzle yugoslavo

Si la antigua Yugoslavia fuera un complicado puzzle, Kosovo sería, recién inaugurado el siglo XXI, una pieza que no acaba de encajar. Casi tres lustros después de los Acuerdo de Dayton (21 de noviembre de 1995), la herida de los Balcanes continúa sangrando por esta región de mayoría albanesa.

A pesar de los esfuerzos -no siempre desinteresados- de gobiernos, organismos internaciones y personalidades de la vida pública, el mapa definitivo para la zona aún no acaba de perfilarse. La declaración unilateral de independencia –si bien con el respaldo de numerosas naciones occidentales- por parte de las autoridades albano-kosovares ha sido, en 2008, el último capítulo de este episodio en la Historia europea.

¿Qué es Kosovo?

Hoy día, como el resto de las antiguas Repúblicas de la Yugoslavia de Joseph Broz (Tito), no es más que el resultado de la desintegración de un Estado artificial. Es el final de un sueño forjado por los eslavos del sur que, arrastrado por el oleaje de los años ochenta y noventa –la desaparición del mundo bipolar-, terminó convirtiéndose en una pesadilla.

Al igual que los otros dos experimentos surgidos al finalizar la Primera Guerra Mundial -la URSS y Checoslovaquia- Yugoslavia desapareció al derrumbarse el Telón de Acero.

No pertenecía del todo al bloque soviético, pero la crisis del socialismo real también se llevó consigo a la federación balcánica. La transición del comunismo al capitalismo estuvo marcada en este estado multinacional, al contrario que el de los demás países de la Europa centro-oriental, por una sucesión de enfrentamientos bélicos. En ese contexto hemos de enmarcar Kosovo: en el fracaso del ideal yugoslavista.

No obstante, Kosovo es mucho más que otra consecuencia de la desmembración de Yugoslavia. Es una región que nunca estuvo a gusto con su estatus dentro de la federación; no es que pretendiera abandonarla, pero deseaba actuar en ella de manera autónoma, como una república más en lugar de como provincia de Serbia, a la que pertenecía desde la guerra entre la Liga Balcánica y el Imperio Otomano (1912). Las raíces históricas de su dependencia con respecto a los serbios se remontan a la batalla de Kosovo-Polje (28 de junio de 1389). La victoria de los turcos marcó el final del reino serbio, que desapareció del mapa europeo durante muchos siglos.

La Serbia contemporánea –desde los años de lucha con turcos y austro-húngaros, hasta la época de Slobodan Milosevic- ha entendido que la región de Kosovo, como último vestigio del antiguo reino medieval, es la cuna de la nueva nación balcánica. Por esa razón, la renuncia a ese territorio es considerada en Belgrado como algo parecido a una herejía. Sin embargo, Kosovo es una región de mayoría albanesa; ciudadanos que no tienen nada que ver –y no quieren tener nada que ver- con Serbia. La cuestión es, por tanto, compleja.

¿Qué ha sido Kosovo dentro de Yugoslavia?

Al término de la Primera Guerra Mundial surgió el Reino de los serbios, croatas y eslovenos. Se trataba de un estado multiétnico –serbios, croatas, eslovenos, montenegrinos, bosnios, albaneses, húngaros, búlgaros, italianos y griegos- cuya constitución (Vidovdan, 1921) fue denunciada por organizaciones contrarias a la política de Belgrado como “un medio ideado por los serbios para terminar con sus tradiciones seculares y lograr su completa asimilación (como sucedía con los albaneses de Kosovo y los macedonios, considerados serbios a todos los efectos). Por ello, pretendieron una revisión de la misma, al menos sobre postulados federalistas” [3].

En concreto, el Partido popular esloveno propuso, sin éxito, la formación de un Estado yugoslavo muy parecido al que años después presidió Tito: “Serbia con Kosovo y Macedonia, Croacia con Eslavonia y Dalmacia, Eslovenia, Montenegro, Bosnia-Herzegovina y Voivodina” [3]. Por tanto, en la época de entreguerras, nos encontramos con un Kosovo sometido al gobierno serbio, tanto en los planteamientos centralistas de la Constitución de Vidovdan y del gobierno del rey Alejandro I, como en los postulados revisionistas de croatas y eslovenos.

Pocos meses antes de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945) el Reino de los serbios, croatas y eslovenos comenzó a desmembrarse “fruto de las crisis internas y de la tensión internacional” [4].

Esa situación fue aprovechada por las potencias del Eje en 1941, año en que decidieron a ocupar el territorio yugoslavo y establecer ahí estados colaboracionistas. Italia, que previamente había satelizado Albania, se anexionó la región de Kosovo por considerarla, precisamente, territorio albanés. Esto ha sido olvidado de manera sistemática por historiadores y expertos en relaciones internacionales. Sin embargo, es de una importancia vital, no tanto por sus repercusiones –la situación se prolongó sólo unos meses – como por su valor simbólico: la única vez en todo el siglo XX en que Kosovo ha abandonado el yugo del gobierno serbio.

Tras la derrota de las potencias del Eje en 1945, los vencedores procedieron a reorganizar el mapa europeo. Los Balcanes quedaron bajo la órbita de la URSS. Sin embargo, la Yugoslavia liberada por los partisanos de Tito pudo desarrollarse con cierta autonomía. “Al contrario que otros estados de la Europa central y oriental, no eran un territorio ocupado por el Ejército Rojo” [2].

La primera constitución de la Federación declaraba que esta estaba compuesta por cinco repúblicas (Serbia, Croacia, Eslovenia, Bosnia-Herzegovina y Macedonia) y, como muestra de reconocimiento a las peculiaridades de las poblaciones albanesa y húngara, dos provincias autónomas vinculadas a Serbia: Kosovo y Voivodina. A estas les correspondían, respectivamente, diez y dieciocho representantes en la Cámara de las Nacionalidades, de ciento setenta y ocho miembros.

La muerte de Stalin fue aprovechada por las autoridades yugoslavas para redactar una nueva Constitución (1953). Esta mantuvo los principios del anterior documento, pero marcaba ciertas distancias con los principios centralistas de tipo estalinista. Los albano-kosovares vieron en esto un avance hacia el objetivo definitivo: ser reconocidos como república independiente dentro de la Federación yugoslava.

Sin embargo, en contra de las esperanzas albergadas por Kosovo, la Constitución de 1963 no varió en nada la estructura de Yugoslavia.

En ella se mantenían las cinco repúblicas, con diez diputados cada una en el Consejo de las Nacionalidades, y las dos provincias autónomas, con cinco representantes. La protesta ante el inmovilismo de las autoridades federales se hizo esperar hasta 1968. Kosovo participó a su manera en ese mar de sentimiento inconformista que sacudió al mundo a finales de los sesenta. Pedían ser reconocidos como república independiente dentro de la Federación. La concesión de un mayor grado de autonomía sirvió para acallar temporalmente las protestas en la provincia.

El último episodio en lo que a la cuestión constitucional se refiere es el de 1974. Este documento establecía, de cara al gobierno yugoslavo, un Consejo Federal, con treinta delegados por república y veinte de cada provincia autónoma, y un “consejo de repúblicas y provincias compuesto por doce delegados de las repúblicas y ocho de las provincias” [3].

¿Qué es Kosovo después de Yugoslavia?

El proceso de descomposición de la Federación yugoslava se inició en la década de los ochenta; si bien es verdad que sus repercusiones no se dejaron notar hasta los años noventa. En Kosovo las protestas reaparecieron, de forma violenta, en 1981. La reivindicación de la independencia como república apareció acompañada en este caso de dos fenómenos cada vez más extendidos: la crisis económica y el odio a la minoría étnica serbia, que era marginada de manera sistemática por las autoridades autonómicas (durante la década de los setenta abandonaron Kosovo el 17% de sus ciudadanos serbios). La resistencia albano-kosovar fue reprimida por la policía y el ejército federal, pero su ejemplo sirvió para avivar el sentimiento nacionalista dentro de todo el territorio yugoslavo.

El auge nacionalista en Serbia tuvo un nombre: Slobodan Milosevic. Este personaje se erigió en el salvador de un pueblo que, a pesar de ser mayoría, se sentía maltratado dentro de las estructuras federales.

La grandeza de los serbios parecía perderse en medio de la crisis económica de la república y la ineficacia del aparato yugoslavo para evitar el descalabro. Por esa razón, el nuevo gobierno republicano, aupado por los aires de cambio que recorrían la Europa centro-oriental, se decidió a redactar una nueva Constitución en 1989. Este texto sancionaba el fin de la autonomía de Kosovo y Voivodina, lo que provocó la protesta de ambas minorías étnicas. Sin embargo, el proyecto de Milosevic siguió adelante.

Poco a poco Yugoslavia se fue rompiendo en medio de guerras y secesiones pactadas. No obstante, Kosovo no conseguía quitarse de encima el yugo serbio. El 19 de octubre de 1991, como consecuencia del centralismo practicado por Belgrado, la provincia proclamó su independencia. Esta sólo contó con el reconocimiento expreso de Albania, lo que sirvió para que Milosevic proclamara, una vez más, que detrás de la cuestión kosovar estaba el irredentismo albanés. Unos meses después, Ibrahim Rugova era elegido Presidente en el exilio de la República nonata.

Los años que siguieron a estos hechos estuvieron marcados por la actividad terrorista de ambas facciones: la albanesa y la serbia. Una vez resueltos los conflictos con Eslovenia, Croacia, Bosnia y Macedonia, Serbia volvió los ojos a Kosovo. Corría el año 1999, y había llegado el momento de llevar a cabo la tan ansiada limpieza étnica que iba a “solucionar” la cuestión de Kosovo. Para el gobierno de Milosevic la única solución era echar a los albaneses de la región. La intervención de los EE.UU. a través de la OTAN impidió que el ejército serbio completara su tarea.

La ocupación del territorio kosovar por parte de las fuerzas internacionales pospuso sine die la solución para el problema de la región. No obstante, desde las Naciones Unidas se empezó a trabajar por medio de una comisión presidida por Martti Ahtisaari. La actual independencia de Kosovo se ha basado en las conclusiones publicadas por este organismo en primavera de 2007. El problema es que, ante la amenaza del veto ruso, estas no han sido aprobadas por el Consejo de Seguridad de la ONU. Por esa razón, muchos entendidos no dudan en tildar este proceso emancipador de ilegal.

Además, en el seno de la Unión Europea, organismo al que se ha encargado la tutela del nuevo estado de Kosovo, no existe consenso en torno a la cuestión. En apariencia, el camino hacia la solución de esta problemática parece despejarse; sin embargo, no debemos engañarnos, queda mucho por andar. No sólo ha de confirmarse la independencia kosovar –reconocimiento por parte de la comunidad internacional, con Serbia a la cabeza-, sino también la viabilidad del proyecto en un territorio lastrado por abundantes desequilibrios económicos, culturales y sociales.

Bibliografía:

[1] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[2] Postguerra. Una historia de Europa desde 1945; Tony Judt – Madrid – Taurus -2006.

[3] La Europa balcánica. Yugoslavia, desde la Segunda Guerra Mundial hasta nuestros días; Ricardo M. Martín de la Guardia y Guillermo A. Pérez Sánchez – Madrid – Síntesis – 1997.

[4] La trampa balcánica; Francisco Veiga – Barcelona – Grijalbo – 2002.

[5] Los conflictos yugoslavos. Una introducción; Carlos Taibo y José Carlos Lechado – Madrid – Fundamentos – 1993.

[6] Kosovo. Una independencia sin dinero; Ramón Lobo – El País – 31 de mayo de 2007.

[7] Kosovo independiente; Florentino Portero – GEES -12 de junio de 2007.

Turquía: continúa la lucha entre islamistas y kemalistas

Artículo publicado por Historia en Presente el 11 de abril de 2008.


El pasado 14 de marzo Abdurrahman Yalçınkaya, fiscal jefe de la Corte Suprema de Apelaciones de Turquía, presentaba una demanda de cierre contra el Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP). Apenas dos semanas después –el lunes 31-, el Tribunal Supremo del país admitía esta demanda contra el grupo político liderado por el primer ministro Recep Tayyip Erdogan.

La decisión se producía por rotunda unanimidad a pesar de incluir el procesamiento del actual Presidente, también miembro de AKP, Abdullah Gül. Una vez expuestos los hechos, cabe plantearse qué es tan grave como para que la Corte de Apelaciones y el Tribunal Supremo se pongan de acuerdo en el inicio del proceso de ilegalización de un partido que, en los último comicios celebrados (julio de 2007), obtuvo algo más del 47% de los votos.

Para entender la problemática turca hemos de remontarnos al final de la I Guerra Mundial (1914-1918). Un derrotado Imperio Otomano, mermado territorialmente tras la firma de los acuerdo de paz, desapareció como entidad política para dar paso a un nuevo estado: Turquía.

Bajo la presidencia de Mustafa Kemal, conocido también con el nombre de Atatürk –padre de los turcos- el país inició un intenso y fructuoso proceso de reformas. Estas tenían por objetivo la modernización de Turquía y su conversión en una nación competitiva. El motivo de la actitud de la justicia turca ante los actuales jefes de Estado y de Gobierno es la supuesta traición de estos a las bases nacionales impuestas por Atatürk. Erdogan y Gül son acusados de ir contra las reformas de posguerra, y en especial contra la laicidad del estado; su supuesto carácter islamista parece no concordar con los principios del estado turco.

Lo primero que hay que determinar a la hora de hablar del Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP) es si realmente es un grupo islamista. En su origen la mayor parte de estos personajes –Erdogan y Gül incluidos- fueron seguidores de Necmettin Erbakan. Este aspiraba a que la política turca volviera a sus antiguas tradiciones religiosas. No obstante, los actuales gobernantes de Turquía se alejaron bien pronto de los planteamientos de su antiguo líder y fundaron un nuevo partido que muchos definen como “islamista moderado”.

Se trata de un grupo que defiende la continuidad del actual régimen turco, pero suavizando determinados aspectos laicistas que rozan la paranoia antirreligiosa (Turquía no es hoy un Estado laico, sino laicista) Son partidarios de la modernización del país y de su integración en la Unión Europea. Es más, con el ejecutivo Erdogan se han dado los pasos más importantes en el proceso integrador.

Dicho esto, cabe plantearse si realmente AKP es peligroso para la democracia y el progreso de Turquía. Mi opinión es que no. Entonces ¿de dónde viene la oposición de la justicia del país a este grupo y a sus representantes? ¿Cómo justificamos su actitud?

A la muerte de Mustafa Kemal sus seguidores trataron de continuar su obra política. Dos pilares les sirvieron de base para alcanzar ese fin: el partido kemalista –actual CHP, liderado por Deniz Baykal- y el Ejército. Durante varias décadas los primeros han defendido, a través de las urnas, el estado laicista y democrático impuesto por su fundador; mientras que los segundos han intervenido militarmente cuando, tras la derrota electoral del kemalismo, sus rivales amenazaban con desmontar el sistema. Sin embargo, este modus operandi ha ido degenerando poco a poco hasta convertirse en una simple excusa para que determinadas élites nacionales se mantengan en el poder. Su gran rival en los últimos años ha sido AKP, por eso ahora pretenden ilegalizarlo.

En abril de 2007 Turquía sufrió la mayor crisis política de los últimos años. Recep Tayyip Erdogan pretendió aprovechar el final del mandato Ahmet Necdet Sezer para situar como presidente de la República a Abdullah Gül, Ministro de Exteriores y hombre de confianza del líder de AKP. La élite kemalista se opuso tenazmente; no estaba dispuesta a entregar a sus rivales uno de sus últimos bastiones. Ante las presiones de los parlamentarios de CHP y de los altos mandos del ejército, el primer ministro decidió convocar elecciones anticipadas para recabar el apoyo de la población a su proyecto. La maniobra salió según los planes de Erdogan: AKP resultó ganador en los comicios de julio, aumentando su ventaja con respecto a sus rivales. A las pocas semanas, mientras los kemalistas de CHP se sumían en una profunda crisis interna, Gül fue investido presidente.

Los últimos acontecimientos han ensombrecido un tanto el panorama político turco. Tras varios meses de relativa tranquilidad, periodo en el que daba la impresión que Erdogan y los suyos habían vencido las resistencias de la vieja élite, se ha reabierto el debate. De nuevo se cuestiona la legitimidad política del gobierno de AKP. En esta ocasión el ataque viene de otro de los bastiones del kemalismo: el Tribunal Supremo.

Esta por ver si, tras vencer en las urnas y lograr mantener al levantisco ejército turco a raya, los islamistas consiguen imponerse a sus enemigos en esta nueva batalla.

Bibliografía:

[1] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[2] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson – Barcelona – Debate – 2007.

[3] El turco. Diez siglos a las puertas de Europa; Francisco Veiga – Barcelona – Debate – 2007.

[4] Turquía, entre Occidente y el Islam: una historia contemporánea; Glòria Rubiol – Barcelona – Viena -2004.

[5] Turquía: el largo camino hacia Europa; Delia Contreras – Madrid – Instituto de Estudios Europeos -2004.

Los últimos años de los zares

Artículo publicado por la web Club Lorem Ipsum el 18 de enero de 2008.


En la segunda mitad del siglo XIX Rusia era un enorme imperio gobernado de forma autocrática por los zares de la dinastía de los Romanov. Mientras en buena parte de Europa Occidental había triunfado el liberalismo y se desarrollaba la industria capitalista, el imperio ruso mostraba un gran atraso político y económico. Todavía a comienzos del siglo XX aparecía como el último bastión del absolutismo.

El zar ejercía un poder absoluto con el apoyo de la iglesia ortodoxa –era la cabeza de la misma-, del ejército, de una burocracia centralizada y de una policía política omnipresente –Okrana- encargada de reprimir cualquier oposición al régimen oficial. Se encarcelaba a las personas por delitos políticos y se les obligaba a emigrar a las nuevas tierras asiáticas.

En el régimen de la Rusia zarista no existían partidos políticos legales, ni tampoco elecciones. Además, la población era mayoritariamente analfabeta, y en muchos casos padecía las consecuencias del hambre.

La sociedad rusa era predominantemente rural –85% a finales del XIX-. Hasta la abolición de la servidumbre, en 1861, el sistema feudal seguía muy arraigado y la industria era casi inexistente. Ante ese enorme atraso económico, el zar Alejandro II (1855-1881) aconsejado por algunos de sus ministros, decidió impulsar una serie de reformas que lograsen apuntalar un régimen que padecía una lenta agonía.

En 1864 se crearon los “zemstvos”, consejos locales donde conjuntamente nobles, ciudadanos y campesinos adoptaban comunitariamente las medidas por las que se habían de regir las actividades municipales. Los “zemstvos” desarrollaron importantes iniciativas en la construcción de carreteras, en la sanidad y en la enseñanza (hacia 1881 se habían fundado 10.000 escuelas primarias).

Muchos miembros de la oposición al zarismo ejercieron de médicos o como profesores en estas instituciones. Durante estos años mejoraron también las Universidades que empezaron a acoger, además de hijos de la nobleza, a nuevos grupos sociales provenientes de la escasa clase media. La Justicia mejoró fomentando jueces y jurados independientes.

Sin embargo, esta labor reformista no pudo acabar con la lenta agonía del sistema: el propio zar Alejandro II moría, víctima de un atentado terrorista, en 1881.

De todo este proyecto reformista, la medida más importante fue la reforma agraria con la abolición de la servidumbre en 1861. Sin embargo, con esto no se alcanzaron los resultados esperados. Ni introdujo en Rusia una agricultura capitalista, a semejanza de las reformas agrarias liberales de la Europa occidental, ni atenuó la tensión social en el campo derivada de la miseria rural. Además, la ausencia de progreso agrícola frenó la industrialización.

En 1905, Stolypin, primer ministro del zar Nicolás II (1894-1917) emprendió una nueva reforma que pretendía crear una numerosa clase de campesinos prósperos y políticamente leales al régimen. Sin embargo, su alcance se vio limitado al no afectar a las propiedades de la nobleza y de la Iglesia; razón por la cual el campesinado más pobre no se benefició de ella. Además, suprimió definitivamente el “mir” y el pago de las redenciones, lo que favoreció la aparición de unos dos millones y medio de prósperos campesinos propietarios o “kulak”. La agricultura comercial cobró así un cierto auge.

El desarrollo industrial, lento hasta 1890, se aceleró con el cambio de siglo debido a las inversiones extranjeras y a la construcción del ferrocarril. En 1900 la participación de capital no ruso en las empresas privadas del país era del 25%, superando en 1913 el 33%. Ello planteó un grave problema, el endeudamiento y la dependencia del exterior, que llevaron a los gobiernos zaristas a aumentar la presión fiscal para saldar la deuda externa.

El desarrollo del ferrocarril (30.000 km en 1887; 75.000 en 1913) impulsó las industrias siderúrgicas y la minería del carbón. Creó importantes islotes industriales en las regiones de San Petersburgo y Moscú, en Ucrania, en la Polonia rusa y en el bajo Don. Aún así, en 1913 la población activa en la industria moderna era de dos millones y medio de obreros; es decir, sólo el 5% de la población activa total.

Por tanto, el Imperio Ruso conservaba muchos aspectos de una economía atrasada, aunque no estancada. El país estaba transformándose, pero el proceso era muy desigual: provocaba tensiones sociales y políticas en las ciudades, pero también en un mundo rural dominado por la miseria, el hambre y un reparto injusto de la tierra.

Bibliografía:

[1] Historia Universal Contemporánea I y II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[2] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson – Barcelona – Debate – 2007.

[3] La Rusia de los zares; Alejandro Muñoz-Alonso – Madrid – Espasa – 2007.

Austria-Hungría: de la Monarquía Dual a la desintegración (1867-1918)

 Artículo publicado por la web Club Lorem Ipsum el 16 de diciembre de 2007.


El siglo que va desde la derrota napoleónica en 1815 al comienzo de la Gran Guerra en 1914 estuvo marcado por el auge del nacionalismo en el continente europeo. En este contexto la monarquía de los Habsburgo sufrió no pocas dificultades para mantener unido su imperio plurinacional. Además, el XIX no fue únicamente la época de las naciones; lo fue también de la ideología liberal. Es bien sabido que, de igual forma, los austro-húngaros presentaban en este aspecto numerosas carencias.

Por lo tanto, unas estructuras arcaicas tuvieron que hacer frente durante casi cien años a las embestidas de las dos grandes corriente ideológicas del momento.

En esta batalla podemos distiguir claramente los elementos disgregadores de los que tendían a fortalecer el viejo sistema. Entre los primeros encontramos a las fuerzas liberales y democráticas del momento, y a los distintos pueblos que formaban parte del Imperio (germanos, eslavos del norte, eslavos del sur, magiares, rumanos e italianos). Dentro del segundo grupo estaban la propia Corona, el ejército, la burocracia, la alta nobleza, los grandes empresarios y los ciudadanos de las distintas etnias que se mantenían fieles al poder central.

Como consecuencia de la victoria sobre la revolución en 1848, se estableció en el Imperio una política centralista y absolutista; al tiempo que se procedió a la modernización de las estructuras económicas. No obstante, con la derrota en las guerras contra Italia (1859) y Prusia (1866) se hizo inevitable el cambio dentro de la estructura estatal. Nació así la Monarquía Dual.

Se redactó entonces una constitución que prometía la igualdad de derechos, y que obligaba, en el periodo de diez años, a convocar una votación en los territorios húngaros del Imperio con el fin de ratificar o rechazar la unión con Austria (Ausgleich). Además, el triunfo de Prusia puso fin a la influencia de los Habsburgo en territorio alemán. Esto obligó a los austríacos a reorientar su política expansionista hacia los Balcanes, que ya en esas fechas era uno de los puntos más conflictivos del mapa continental. Allí el Imperio chocó tanto con los intereses italianos en el Adriático, como con las ideas yugoslavistas de los propios serbios.

La situación de los Balcanes dentro del panorama internacional fue, hasta los primeros años del siglo XX, una cuestión de segundo orden.

Su cambio de status –la transformación de este en un problema de vital importancia para la paz- fue consecuencia de la intervención de las potencias extra-balcánicas en las luchas de los nacionalismos autóctonos ¿Qué potencias y qué nacionalismos? En el primer grupo destacaron Austria, Rusia, e Italia; y en el segundo Serbia –el sueño de la Gran Serbia- y Bulgaria.

Sin embargo, una guerra de proporciones similares a la de 1914-1918 no se produjo en un primer momento gracias a la vigencia del equilibrio bismarckiano. Fue con la ruptura de este –aproximadamente a partir de 1907- cuando comenzaron los problemas. La Monarquía Dual, aprovechando la debilidad exhibida por Rusia en su conflicto de 1905 con Japón, procedió a la anexión de Bornia-Herzegovina en 1908.

Esto produjo un enorme malestar en la Corte de Pedro I, que en aquellos mismos meses estaba embarcado en el proyecto de construcción de la Gran Serbia. A continuación los acontecimientos siguieron un desarrollo muy similar a los de 1914: se desató la cadena de alianzas, que involucró en el naciente conflicto a Alemania y Francia. Finalmente, la mediación británica y el sentido común de los gobernantes lograron frenar la escalada belicista.

El escollo se salvó en 1908, pero de la crisis se habían extraído enseñanzas muy útiles para el verano de 1914. Además, los bloques que más tarde se enfrentaron en la Gran Guerra quedaron perfectamente perfilados tras estos sucesos.

En 1912 tuvo lugar la guerra entre el Imperio Otomano y la Liga Balcánica. La causa: sacar el mayor provecho a la debilidad del primero en sus posesiones europeas. Los turcos resultaron derrotados, firmándose la Paz de Londres que, sin embargo, no puso fin a la guerra. Una vez vencido el “hombre enfermo” –nombre dado a los otomanos durante el siglo XIX- los miembros de la Liga se enfrentaron para repartirse el botín. Todo acabó con el triunfo de Serbia, que logró hacerse con la hegemonía tras la Paz de Bucarest.

Esto reavivó el recelo austro-húngaro hacia sus vecinos eslavos. Tan sólo hacía falta una afrenta como el atentado sobre el Archiduque Francisco Fernando, asesinado junto con su mujer el 28 de junio de 1914 por el estudiante Gabrilo Princep, para empujar a Europa a una catastrófica guerra civil. En esa ocasión volvió a desencadenarse el juego de las alianzas sin que nadie pudiera detenerlo.

La Gran Guerra duró cuatro años y provocó millones de muertos, entre ellos la Monarquía Dual de Austria-Hungría.

Bibliografía:

[1] Historia Universal Contemporánea I y II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[2] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson – Barcelona – Debate – 2007.

[3] El mundo de ayer. Memorias de un europeo; Stefan Zweig – Barcelona – El Acantilado – 2002.

¿Qué fue la Sociedad de Naciones?

Artículo publicado por la web Club Lorem Ipsum el 30 de noviembre de 2007.


Al finalizar la Gran Guerra (1914-1918) las grandes potencias fueron conscientes de que resultaba imposible el retorno al mundo anterior a 1914. Exhaustas por el esfuerzo que había supuesto el conflicto, emprendieron un nuevo rumbo con el fin de establecer un orden internacional distinto. La creación de la Sociedad de Naciones (SDN) fue uno de los principales acuerdos surgidos a partir del Tratado de Versalles. Fue concebida como instrumento mediante el cual resolver de forma pacífica los conflictos entre los estados.

Al igual que el resto de proyectos del presidente Woodrow Wilson, despertó grandes esperanzas entre los antiguos combatientes. No obstante, el rechazo norteamericano a formar parte de la misma, la debilitó enormemente.

De entre los órganos de la SDN hablaremos en primer lugar de la Asamblea. Era considerada la más importante dentro de su estructura organizativa, ya que en ella participaban todos los países adscritos. Otro órgano era el Consejo, integrado por cinco miembros permanentes y cuatro elegidos por la Asamblea para un periodo de doce meses. A través de él se regulaban los enfrentamientos que amenazasen la paz.

También se constituyó el Secretariado de la Sociedad de Naciones, formado por un amplio y eficaz cuerpo de funcionarios, y un Tribunal Internacional de Justicia, con sede en La Haya. Como hemos indicado anteriormente, los objetivos de la SDN eran la paz y la seguridad colectiva, el desarme, y el arbitraje como sistema para solucionar los conflictos internacionales. Estos eran sometidos al Consejo, cuya decisión debían acatar los estados implicados.

El pacto preveía también la revisión de los tratados de paz, y contaba con medidas de presión para hacer valer su autoridad entre los estados miembros.

Una vez consolidada la paz en Europa, la SDN se encargó de controlar determinados enclaves considerados por los tratados de paz como puntos de jurisdicción internacional. Entre ellos destacaremos dos: la ciudad libre de Danzig y el Sarre. También le fue encomendado al recién creado organismo interestatal la administración de las colonias alemanas y de los países desgajados del imperio otomano.

Además, en el seno del mismo se elaboró un amplio programa de cooperación humanitaria internacional, y se crearon entes paralelos con el fin de atender aspectos concretos de modo cooperativo. Destacaron entre estas la Organización Económica y Financiera, la Organización Internacional del Trabajo y la Organización Mundial de la Salud.

Podemos señalar dos etapas en el funcionamiento de la SDN. Entre 1924 y 1929 la vivió su periodo de esplendor. Fueron años prometedores; una época en que las diversas naciones se esforzaron por la construcción de un orden internacional más justo. Alemania se incorporó en 1926 como fruto del buen desarrollo de este organismo, cuyas indicaciones eran respetadas y respaldadas por todos sus miembros.

El año 1929 marcó el inicio del desprestigio de la SDN. La crisis económica puso fin a la solidaridad internacional que había caracterizado la etapa anterior.

Se había abierto el camino que, en apenas diez años, iba a llevar a esas naciones a un conflicto de proporciones desconocidas. A lo largo de este periodo de crisis fueron surgiendo los primeros roces importantes entre los miembros de este organismo. Finalmente, tanto Alemania como Italia abandonaron ese contexto de paz para sumergirse en sus planes expansionistas; la SDN había dejado de ser un intrumento eficaz para el arbitraje en las disputas internacionales.

Lo que pasó después ya lo conocemos. Seis años de guerra (1939-1945) hicieron falta para acabar con el peligro nazi-fascista en el Viejo Continente. La paz no resucitó este organismo, sino que se creó otro similar: la Organización de las Naciones Unidas (ONU). Sin embargo, a la hora de constituir este nuevo ente, las naciones supieron aprender de los errores cometidos en la construcción de la Sociedad de Naciones.

Bibliografía:

[1] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[2] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson – Barcelona – Debate – 2007.

[3] El periodo de entreguerras en Europa; Martin Kitchen – Madrid – Alianza Editorial – 1992.

[4] Sociedad y cultura en la República de Weimar: el fracaso de una ilusión; José Ramón Díez Espinosa – Valladolid – Universidad – 1996.

[5] El mundo de ayer. Memorias de un europeo; Stefan Zweig – Barcelona – El Acantilado – 2002.

La emancipación de Hispanoamérica

Artículo publicado por la web Club Lorem Ipsum el 14 de octubre de 2007.


A comienzos del siglo XIX, España perdió la inmensa mayoría de sus territorios coloniales en el continente americano. Este proceso duró poco menos de una década; si bien es verdad que los sucesivos gobiernos españoles tardaron más tiempo en reconocer la independencia de esas nuevas naciones. En ese periodo fueron surgiendo nuevas estructuras políticas que pronto tomaron caminos distintos; la unificación -siguiendo el modelo norteamericano- de las colonias en un sólo estado no pudo llevarse a cabo.

Sin embargo, analizando detenidamente el procedo emancipador de los países que hoy forman el mundo hispanoamericano, encontramos numerosos parelelismos.

Por tanto, el objetivo de este artículo es descubrir al lector algunos de estos elementos comunes sin pretender llegar a un alto grado de detalle; seguramente existan más coincidencias en la independencia de estas nacionanes, pero yo sólo he querido centrarme en las pocas que presento en este escrito. Son abundantes las obras que tratan de estudiar las causas que condujeron a los territorios americanos a buscar la independencia de España.

El historiador Jaime Delgado Martín suele citar en sus obras tres aspectos: la peculiaridad del proceso emancipandor hispanoamericano, las causas internas que condujeron al mismo, y la influencia de otras potencias europeas en el proceso. De esta manera, el autor señala como factores importantes el surgimiento de un nuevo hombre americano bien distinto del Europeo, la decadencia de la metrópoli, la pujanza de los criollos, el desarrollo de un movimiento ilustrado específico de las colonias, el malestar provocado por las reformas borbónicas, la invasión de España llevada a cabo por los ejércitos de Napoleón Bonaparte…

Además, es ya clásica la división temporal de la independencia hispanoamericana en tres etapas: los motines de Aranjuez americanos, los movimientos de incomodidad, y los movimientos de supervivencia.

La primera de ella es una buena muestra de la importancia que tuvieron los acontecimientos españoles en el desarrollo del proceso emancipador de las colonias. El acontecimiento histórico que conocemos con el nombre de Motín de Aranjuez fue un levantamiento popular, promovido por algunos notables españoles, con el fin de situar en el trono a Fernando VII, derribando así el gobierno pronapoleónico de Carlos IV y Godoy.

Este nombre ha sevido también para denominar a los sucesos americanos de 1808. Tras la invasión de España por parte de los ejércitos de Napoleón y la coronación como rey de su hermano José I, las autoridades coloniales se vieron empujadas a elegir entre la lealtad a los borbones o el reconocimiento de la dinastía Bonaparte. Todos ellos se decantan por los primeros. Sin embargo, ello supondrá el derrocamiento de aquellos virreyes favorables a la causa francesa.

Se trata, pues, de un ejercicio de autonomía por parte del pueblo, especialmente de los criollos. Con esto, los colonos comenzaron a ser conscientes de que podían gobernarse sólos, tanto si España lograba rechazar al enemigo napoleónico como si no.

La segunda de estas etapas afectó tan sólo a dos núcleos del continente: Quito y Charcas. Estos acontecimientos son denominados movimientos de incomodidad, ya que ambos territorios no estaban satisfechos con su estatus dentro de la organización colonial española; esta fue la causa de la rebelión.

Además, los dos intentos por alcanzar la autonomía coincidieron también en la mano que se encargó de hacerlos volver al redil español: el virrey de Perú José de Abascal.

El tercero de los procesos si afectó a todo el territorio hispanoamericano. Se trata de los movimientos de supervivencia: reacción de las colonias ante lo que parecía el final de la patria madre. La derrota en la batalla de Ocaña llevó a muchos, entre ellos José de San Martín, a pensar que el fin de España era inminente. Sólo parecía quedar una solución: iniciar una nueva aventura nacional que permitiera resistir desde América el empuje de Napoleón.

Desde ese momento, y a pesar de la victoria española frente a los franceses, la voluntad por lograr la independencia no se quebró en el alma de los americanos. De diversas lograron asentarse como estados libre más allá del Atlántico; sin embargo, todos siguieron este triple esquema que acabamos de describir.

Bibliografía:

[1] Historia Universal Contemporánea I; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[2] La emancipación de Hispanoamérica; Jaime Delgado Martín

[3] Simón Bolívar; John Lynch – Barcelona – Crítica – 2006.

[4] Las revoluciones hispanoamericanas 1808-1826; John Lynch – Barcelona – Ariel- 2008.

¿Cuando nació Europa?

Artículo publicado por la web Club Lorem Ipsum el 9 de mayo de 2007.


El 9 de mayo de 1950 Robert Schuman lanzaba a las naciones del Viejo Continente un reto llamado CECA. La primera comunidad europea, la del Carbón y del Acero, marcó el inició del largo camino de integración en el que todavía hoy estamos inmersos. Europa como proyecto hecho realidad surgió en el preciso instante en que el ministro de exteriores francés pronunció su discurso invitando a los demás países a subirse en la barca comunitaria.

Alemania, gobernada por el cristianodemócrata Konrad Adenauer, ya había mostrado con anterioridad su posición favorable hacia el sueño de Schuman y Monet. Italia, Bélgica, Holanda y Luxemburgo acompañaron a franceses y alemanes en este primer viaje paneuropeo.

En esa misma década también tuvieron lugar el fallido proyecto de la Comunidad Europea de Defensa, la Conferencia de Messina y los Tratados de Roma. Posteriormente el marco comunitario se fue ampliando, tanto en lo relativo a logros y acuerdos como en lo que a integrantes se refiere. Sin embargo, el primer paso –el fundamental- lo protagonizó Robert Schuman el 9 de mayo de 1950; y por esa razón, en tan señalada fecha, celebramos el Día de Europa.

El pasado 25 de marzo conmemoramos el quincuagésimo aniversario de la Comunidad Económica Europea y la EURATOM. “Cincuenta años -decían muchos titulares periodísticos- no son nada”, pero lo cierto es que a todos nos gusta celebrarlos como se merecen. Los Tratados de Roma sacaron a Europa de un atolladero que podía haber acabado con el sueño de la solidaridad europea. Sin embargo, la ignorancia de muchos informadores y políticos les ha llevado a identificar esta fecha con la del nacimiento de Europa. Nada más lejos de la realidad: esta barca no tiene cincuenta años, sino siete más.

En ese periodo de tiempo el proyecto inicial ha variado mucho, tanto en actores como en medios y siglas. Sin embargo, los principios que hoy mueven la Unión son los mismos que lo hicieron desde los tiempos de Schuman. Por esa razón, no cabe plantearse la existencia de “muchas europas” desde la CECA hasta la presidencia alemana de Angela Merkel. Europa ha sido una, si bien de diversas formas, durante estos cincuenta y siete años. El cambio de ropajes no varía la esencia del sueño paneuropeo.

Después de esta defensa del 9 de mayo como fiesta europea, cabe preguntarse si no existían esos principios antes del discurso de Schuman. Si fuese así, que lo es, Europa como proceso integrador tendría muchos más años. No podemos ignorar a personajes como Coudenhove-Kalergi o Aristide Briand: europeistas convencidos que defendieron la construcción de una Europa unida.

Sin su labor, la CECA, y todo lo que llegó tras ella, hubiera resultado imposible: abrieron las puertas intelectuales y políticas al paneuropeísmo. No obstante, sin desmerecer la fundamental tarea de estos “abuelos de Europa”, conviene recordar que no lograron plasmar con forma institucional su pensamiento y esfuerzos. Con ellos la Unión no era más que un embrión; un sueño que no se haría realidad –nacer, al fin y al cabo- hasta 1950.

Pienso que los europeos tenemos una referencia cronológica clara en lo referente al nacimiento de la Unión: el discurso Schuman del 9 de mayo. Existen otras efemérides que celebrar y otros personajes a los que admirar, a los que reconocer sus méritos. No todo lo que se plasmó en el Tratado de París salió de la chistera del ministro de exteriores francés; ni siquiera de los que colaboraron con él.

Estos hombres eran deudores de las ideas de otros, de siglos de Historia en común que habían labrado una cultura capaz de abrazar esos deseos de integración. Sin embargo, les tocó a ellos plasmar esa herencia y esos sueños en el primero de los numerosos tratados que conforman la actual Europa. Antes de ellos no había más que ideas. Fueron los constructores de la CECA los que transformaron la potencia de estas en algo tangible donde fortalecer la colaboración y solidaridad entre los estados miembros.

La obra posterior –las ampliaciones a otros países y los diversos tratados que han acabado por configurar la actual Unión Europea-, aunque importante e innovadora, sigue básicamente la pauta marcada por los “padres de Europa”; esos personajes que supieron poner el primer ladrillo de este gran edificio.

En fin, todas las piezas del puzzle son importantes, pero por algún punto se empieza. El 9 de mayo de 1950 constituye esa primera pieza. Por eso, sin desmerecer los hitos del resto del proceso integrador, hemos de celebrarlo como el momento más importante del mismo. Sería una pena que en la conciencia de los ciudadanos europeos faltara un referente básico a la hora de forjar nuestra identidad.

Bibliografía:

[1] La Unión Europea: guiones para su enseñanza; Antonio Calonge Velázquez (Coord.) – Comares – Granada – 2004.

[2] El proceso de integración comunitario en marcha: de la CECA a los Tratados de Roma; Guillermo A. Pérez Sánchez – Comares – Granada – 2007.

[3] Por Europa; Robert Schuman – Encuentro – Madrid – 2006.

[4] Robert Schuman, padre de Europa (1886-1963); René Lejeune – Palabra – Madrid – 2000.

[5] Paneuropa: dedicado a la juventud de Europa; Richard Coudenhove Kalergi – Tecnos – Madrid – 2002.

Los caudillos mexicanos del XIX

Artículo publicado por la web Club Lorem Ipsum el 29 de abril de 2007.


De Miguel Hidalgo a Porfirio Díaz el siglo XIX mexicano es la historia de sus caudillos y héroes que, con más o menos suerte, guiaron los pasos de la nación americana.

En la tradicional pugna de los grandes personajes con el devenir histórico, Enrique Krauze nos presenta Siglo de caudillos. Con este recorrido por la Historia decimonónica de México pretende, sin caer en los extremos que considera erróneos -el culto a la personalidad y la negación de la intencionalidad individual-, aportar su pequeño granito de arena a la polémica. La nación de los antiguos aztecas es resultado de numerosos factores, no sólo la acción de sus élites. Sin embargo, la actuación de estas personas pesó en su configuración final. Esa es la línea argumental que sigue esta investigación con apariencia de novela.

Enrique Krauze se sirve de una celebración -el centenario del “Grito de Dolores”, hito fundamental en el proceso de independencia mexicano-, para iniciar su repaso histórico. Desde esa atalaya de repasa cien años de Historia marcados por dos visiones bien diferenciadas, la liberal y la conservadora. No obstante, ambas coinciden en un punto: tratar a sus padres ideológicos como héroes y a los contrarios como traidores.

La obra parte de la historiografía liberal de la época de Porfirio -personificada en los discursos, monumentos, fiestas y avenidas de la capital- con el fin de criticar su excesivo partidismo. A continuación el autor plantea una reflexión histórica más imparcial -alejada de esa Historia de dioses y demonios- que recupere para México esos protagonistas que la historiografía oficial de principios del XX dejaba a un lado.

A continuación la obra nos muestra con detalle la vida de los principales caudillos de México que, a modo de guías, nos permiten también repasar la Historia de esa nación.

Es más, no faltan en la obra capítulos que, sin tener como protagonista a ninguno de estos personajes, tratan de situarnos en los acontecimientos mexicanos del momento. Por tanto, estos epígrafes son, al mismo tiempo, nexos de unión entre la vida de los diferentes líderes y perspectivas generales de la situación del país.

Además, Krauze nos ofrece también la visión que, en las sucesivas épocas, se ha tenido de estas grandes figuras. Las dos primeras nos muestran lo cerca que se movieron en la década de 1810 la revolución y el sentimiento religioso. No obstante, son muchas las diferencias que se aprecian entre el cura Hidalgo y José María Morelos. El primero se nos presenta en esta obra como un loco, un visionario que desató una orgía de saqueo y muerte sin más finalidad que la propia atrocidad vengativa.

Por el contrario, Morelos si parecía tener un proyecto que poner en práctica tras la guerra. Fue un personaje más equilibrado, ordenado y pragmático; un hombre capaz de legislar con más respaldo que el mero providencialismo de Hidalgo. El de Valladolid de Michoacán demostró una vez más ser superior a su antecesor al no retractarse ante el tribunal que lo juzgaba. José María Morelos murió sin traicionar a sus ideas y a sus compañeros de revolución.

Agustín de Iturbide es la siguiente figura que nos presenta Enrique Krauze. Destaca su magistral actuación en Iguala y su lucha incansable contra la anarquía desatada por los “curas revolucionarios”.

Sin embargo, a juicio de numerosos contemporáneos –Simón Bolívar entre ellos- su gran error fue aceptar la corona imperial en 1822. Esta, a la postre, resultó ser una trampa que lo arrojó sin remedio al infierno de la historiografía mexicana. A juicio del autor, Agustín I abdicó sin ofrecer resistencia por su temor a la anarquía que, inevitablemente, una guerra civil tendría que desatar.

Su vida se movería entre ese miedo y su ansia de poder. Ambos elementos lo llevaron a coordinar la concordia Trigarante, pero también al exilio en Europa tras la rebelión de Santa Anna. Es precisamente esta figura, cuya vida corrió paralela a la de la nación desde Casamata hasta Ayutla, la siguiente en salir al escenario de caudillos fabricado por Enrique Krauze. Este militar, a pesar de su intermitencia en el poder, fue el alma de México entre 1822 y 1854; el líder sediento de gloria al que el país siempre pudo recurrir en los momentos de dificultad.

Santa Anna fue un hombre al que le aburría la tarea de gobierno, de ahí su confianza en la labor del vicepresidente Gómez Farias y sus habituales retiradas de la vida pública. Como el México de su tiempo, parecía encontrarse cómodo en la anarquía, en el rol de salvador. Sin duda este personaje nació para esa época de la Historia mexicana; en periodos de estabilidad hubiera pasado –nos dice el autor- totalmente desapercibido.

Antes de adentrarse en el México de Benito Juárez y Porfirio Díaz, Krauze dedica un amplio capítulo a lo que llama “Biografía del saber”. En él aborda la cuestión ideológica de liberales y conservadores acudiendo a las figuras de sus padres intelectuales: José María Mora –“el futuro como un proceso de liberación”- y Lucas Alamán –“el futuro como un proceso de preservación”-.

Estos personajes guiaron las ideas de ambos partidos hasta el periodo comprendido entre los años de la derrota contra los EE.UU. (1848) y el posterior final del general Santa Anna (1854). Después de esos hechos fueron otros los ideólogos que, manteniendo las líneas fundamentales de los planteamientos de Mora y Alamán, azuzaron el debate político de la nación.

La crisis de 1848 marcó el inició de un cambio que culminó en México seis años después. Toda una generación de estadistas, teóricos y militares desapareció del panorama político para dejar paso a una nueva hornada de caudillos.

El fracaso de los primeros cincuenta años de independencia era fruto de la inoperancia de los líderes recién retirados del gran teatro del poder, pero también el de una clase social: los criollos. El relevo no fue, como destaca Enrique Krauze, únicamente de tipo generacional; el gobierno pasó a manos de mestizos e indios como Melchor Ocampo, Ignacio Ramírez, Ignacio Comonfort y, sobre todo, Benito Juárez y Porfirio Díaz.

Estos hombres que trataron de reformar México en medio de dificultades, guerras civiles, invasiones extranjeras e imperios fabricados desde el Viejo Continente –Krauze dedica también un epígrafe a Maximiliano I-, iban a guiar a su país hasta el centenario de su independencia.

Como hemos indicado, se trataba de una nueva generación no perteneciente al criollismo. Sin embargo, también se produjo un relevo en el ámbito profesional: ya no eran religiosos y militares los que acaudillaban México, estos personajes surgidos a mediados del XIX eran abogados, ingenieros, médicos… las profesiones liberales iban a gobernar la nación desde ese momento.

Siglo de caudillos termina con la revolución que llevó a Porfirio Díaz al exilio en 1911. Con este personaje comenzaba Krauze su obra, y con él da por finalizado un ameno repaso al siglo XIX mexicano.

Nos encontramos, al fin y al cabo, ante un trabajo que, a pesar de sus numerosas lagunas –fruto del modelo prosopográfico escogido por el autor- sabe despertar en el lector el interés por la cuestión mexicana. Enrique Krauze no nos ofrece un repaso exhaustivo de la Historia de México. Sin embargo, todo aquel que tenga una mínima base sobre los asuntos planteados, valorará esta obra como un tesoro y, por qué no, como fuente de conocimientos.

Bibliografía:

[1] Siglo de caudillos; Enrique Krauze – Barcelona – Tusquest – 1994.

[2] Historia Universal Contemporánea I; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[3] La emancipación de Hispanoamérica; Jaime Delgado Martín.

[4] Las revoluciones hispanoamericanas 1808-1826; John Lynch – Barcelona – Ariel- 2008.