Mi nombre es Khaled Said

Esta entrada forma parte de un conjunto de artículos que he escrito sobre el origen y desarrollo de la «Primavera Árabe» en Túnez y Egipto. Para leer los restantes textos dedicados a esta cuestión, haz clic aquí.


Khaled Mohamed Saeed, joven informático de 28 años de edad, caminaba por las calles de Alejandría en la tarde del 6 de junio de 2010. Su objetivo: visitar un cibercafé desde donde subir a la red una serie de grabaciones en las que se demostraba la implicación de la policía en el contrabando de narcóticos. La falta de libertad existente en el país, unida al riesgo que suponía llevar a cabo esa tarea desde su domicilio, le convencieron de la necesidad de acudir a un local situado en el barrio de Sidi Gaber.

La historia de Khaled Saeed era similar a la de cientos de jóvenes egipcios que, haciendo uso de las nuevas tecnologías, denunciaban los abusos de las fuerzas de seguridad y la falta de libertad existente en Egipto.

Un país al que Hosni Mubarak mantenía en el estado de emergencia desde su ascenso al poder. La red se convertía así en el mejor medio de expresión para una generación frustrada por la situación política y la crisis económica.

Sin embargo, en la tarde del 6 de junio, Khaled Saeed iba a dejar de ser uno más de los miles de blogueros, tuiteros y usuarios de Facebook que aprovechaban estos medios para canalizar su descontento. A partir de su visita a ese pequeño cibercafé iba a convertirse en un mito de la oposición al régimen. El precio a pagar: su propia vida.

Mientras iniciaba su labor, un coche patrulla con dos agentes se dirigía al cibercafé con el propósito de acabar con sus denuncias para siempre.

Una vez dentro del local, se acercaron al habitáculo donde se encontraba el joven informático con intención de sacarlo de allí. Según testigos oculares, Khaled Saeed trató de resistirse, pero su defensa se quebró cuando le golpearon con una mesa de mármol en la cabeza. En ese momento, Haizam Hassan Hanafi, propietario del establecimiento, les pidió que se marcharan.

En la misma calle, los agentes empujaron al joven egipcio contra la pared de un edificio cercano. Khaled Saeed volvió a golpearse en la cabeza y cayó al suelo. Sin embargo, su calvario no terminaría ahí. Fue levantado del suelo y, apoyado en el muro, recibió varios puñetazos por parte de sus agresores.

Así transcurrió la escena, entre gritos, golpes y sangre, hasta que el cuerpo del opositor quedó inerte. Los policías volvieron a su vehículo dejandole en el suelo y se marcharon. Sólo entonces salieron los clientes del cibercafé. Uno de ellos, médico de profesión, certificó su muerte tras realizar un breve examen.

La manipulación posterior de la autopsia confirmó la versión de los hechos defendida por los responsables policiales: la causa del fallecimiento había sido la asfixia, provocada por un intento de ingerir hachís.

Los testimonios de los testigos presenciales, así como la condición de opositor de Khaled Saeed, eran motivos más que suficientes para sospechar de ese relato. Finalmente, la difusión de las fotografías de su cadaver, lleno de heridas y contusiones –un rostro completamente desfigurado-, echó por tierra la credibilidad de la versión oficial. La hipótesis sobre un posible abuso policial -un asesinato- comenzó a tomar cuerpo.

Los dos agentes fueron arrestados durante cuatro días e interrogados sobre los sucesos de aquella tarde. Se trató simplemente de una pantomima: la versión oficial se mantuvo y los policías fueron puestos en libertad. Para las autoridades del país, Khaled Mohamed Saeed, de 28 años de edad, no había sido asesinado. Pero ¿qué opinaban sobre esto los egipcios? ¿cómo reaccionaron los jóvenes que, como él, reclamaban más libertad desde internet?

Pocos días después, la fotografía del torturado Khaled Saeed circulaba por la red levantando una oleada de protestas que rebasó, incluso, las fronteras de Egipto. Las críticas internacionacionales se fueron sucediendo, mientras que la situación interna llegó a tal nivel de tensión que las autoridades se vieron obligadas a reabrir el caso. Se celebraría un juicio para determinar la culpabilidad de los dos agentes que le detuvieron y, presuntamente, torturaron.

Una imagen difundida por internet había sido capaz de vencer la fría y tenaz oposición de un régimen con casi tres décadas de vigencia.

El gobierno empezaba a percibir la oposición en la red como algo incomodo, pero seguía sin verla como un peligro real. Para los dirigentes egipcios, no existían puentes visibles entre el ámbito de lo virtual y la calle. Esto les permitía sentirse seguros ante las actividades subversivas llevadas a cabo desde los blogs y las redes sociales. Sería precisamente el fantasma de Khaled Saeed el que, casi seis meses después, acabó por demostrarles lo equivocados que estaban.

La repulsa de buena parte de los egipcios al maltrato y asesinato del joven informático hizo germinar una nueva solidaridad entre los habitantes del país. Un sentimientos que, sin lugar a dudas, les unía más como grupo, al tiempo que despertaba su deseo de acabar con el régimen. Los más afectados fueron, como es lógico, aquellos que, a través de la red, habían desempeñado una labor de oposición similar a la llevada a cabo por Khaled Saeed. De uno de ellos partió la idea que iba a cambiar el rumbo de la vida política en Egipto, el origen de una revolución que, en unos pocos meses, iba a derrocar a Hosni Mubarak.

Bajo el seudónimo ElShaheed (el mártir), Wael Said Abbas Ghonim puso en marcha a principios de julio la página de Facebook “Mi nombre es Khaled Saeed”.

Lo que le motivo a llevar a cabo esa iniciativa fue la conmoción que sintió al ver la fotografía del joven torturado en el perfil del activista político y líder del al-Ghad (Partido del Mañana) Ayman Nur: “Sentí que podía haberme pasado a mí. Al día siguiente, tras verificar lo que había sucedido, decidí crear un grupo en Facebook para unir a la juventud egipcia contra las prácticas brutales de la policía. Soy el único administrador de esta página, y así ha sido desde que comencé”.

Con Khaled Saeed por bandera, ElShaheed se propuso utilizar la red social como plataforma para canalizar el descontento popular y llevarlo de internet a la calle. La cantidad de apoyos recibidos en la primera semana sorprendieron hasta al propio creador del perfil. Sin embargo, la página fue bloqueada, por lo que tuvo que generar una nueva: “Kullum Khaled Saeed” (Todos somos Khaled Saeed).

A comienzos de 2011, pocos días antes de la revolución, los usuarios conectados a ella superaba los 500.000 dentro del territorio egipcio. Faltaba tan sólo la chispa que encendiera la mecha del descontento, la llave que abriera las puertas de la esperanza al país del Nilo. Un pueblo del entorno, el tunecino, sería el encargado de marcar el camino.

Nuevos faraones sobre el país del Nilo

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Gammal Abder Nasser, el primer faraón del siglo XX

A comienzos de la década de 1950, la inestabilidad política hacía tambalearse los otrora sólidos cimientos de la monarquía egipcia. La sumisión de Faruk I a los desginios británicos, así como la dolorosa derrota militar en la guerra de 1948 contra Israel, debilitaron enormemente la credibilidad de la casa real. A esto, por supuesto, tampoco ayudaba la condición de cleptómano del monarca, que era conocido dentro y fuera de sus fronteras como “el ladrón de El Cairo”.

El 23 de julio 1952, una sublevación militar llevada a cabo por la agrupación Movimiento de Oficiales Libres, encabezada por Gamal Abder Nasser y Muhammad Naguib obligó a Faruk a abdicar en su hijo Ahmed, un bebé que subió al trono como Fuad II.

Efímero fue su reinado: sólo se le permitió mantener la corona once meses. El 18 de junio de 1953, la monarquía de la dinastía de Muhammad Alí, que había gobernado el país desde la época napoleónica, fue abolida. Egipto pasó a ser una república bajo la presidencia de Nasser.

Con el incondicional apoyo del ejército, el nuevo presidente convirtió el país en una dictadura con régimen de partido único: Unidad Nacional. A su vez, la importante política social desplegada por el el gobierno, otorgó enorme popularidad a su líder, que se ganó el favor de buena parte del pueblo egipcio.

No obstante, las ambiciones de Nasser iban más allá de las fronteras de su propio país. Aspiraba a unir al pueblo árabe bajo la bandera de una izquierda respetuosa con el Islam. El primer paso en ese proceso fue calificar a su partido como “socialista”, al tiempo que, sin abandonar totalmente las estructuras capitalistas, imitó las medidas nacionalizadoras de corte soviético. El segundo escalón en su ascenso a líder del mundo árabe fue su progresivo acercamiento a Moscú, sin que esto le impidiera pertenecer al grupo de los No Alineados o mantener relaciones comerciales con Occidente.

Por último, gracias al prestigio adquirido fuera de sus fronteras como consecuencia de la crisis de Suez (1956), apadrinó la fundación de la República Árabe Unida.

El proyecto panarabista vio la luz el 1 de febreo de 1958 y a él se adhirieron Siria, Yemen y el propio Egipto. Sin embargo, las diferencias entre las élites de los países miembros, así como la distancia entre lo territorios llevaron a la República Árabe Unida al colapso. En 1961 se certificaba el fracaso del proyecto de unidad. Este acontecimiento marcó, al mismo tiempo, el final del ascenso político del presidente egipcio.

El 28 de septiembre de 1970, entre las lágrimas de sus abundantes partidarios y la alegría contenida de los opositores, moría el carismático Gamal Abder Nasser. El hombre que había derrocado a la monarquía dejaba asentada en el país una dictadura capaz de sobrevivir a su ausencia durante cuarenta años.

Anwar el Sadat, el faraón asesinado

A la muerte de Nasser se hizo con el poder Anwar el Sadat, secretario del partido Unidad Nacional.

El nuevo presidente había luchado desde muy joven contra la monarquía de Faruk I y la influencia británica que este permitía. En 1939 se integró en el grupo de oposición liderado por Gamal Abder Nasser y Muhammad Naguib, el Movimiento de Oficiales Libres; y once años después participó activamente en la sublevación militar contra el rey. Tras la proclamación de la República fue nombrado miembro del Consejo de la Revolución.

En el momento de la muerte de Nasser, Anwar el Sadat ocupaba el cargo de vicepresidente de la República. Era, por tanto, el mejor situado para suceder al carismático difunto. De esta manera, a pesar de no gozar con la popularidad de su antecesor, logró imponerse a todos sus rivales y hacerse con las riendas del poder. Su ideología no se alejaba demasiado del nacionalismo de izquierdas propio de Nasser. Además, a pesar del fracaso de la primera experiencia de unidad árabe, no había abandonado sus ideas panarabistas.

En política interior, Sadat mantuvo en líneas generales marcadas por el gobierno anterior. Es decir, ayudas sociales de corte populista y dura represión de los opositores. Dentro de estos últimos, tomaban cada vez mayor fuerza los Hermanos Musulmanes, un grupo islamista fundado en 1928 por Hassan el-Banna y que, como consecuencia del acercamiento de Egipto a Moscú, venía recibiendo importantes ayudas por parte de los Estados Unidos.

En lo que a política exterior se refiere, Egipto continuó coqueteando, dentro del contexto de Guerra Fría, con la Unión Soviética. A mismo tiempo, desde la perspectiva árabe, Israel constituía el gran obstáculo para construir el sueño de la unidad.

El cambio en la política internacional de Sadat llegó como consecuencia de la derrota en la Guerra del Yom Kippur. En 1973, el ataque combinado de Egipto y Siria contra Israel contaba con el factor sorpresa como principal aliado. Sin embargo, tras un primer momento en el que la victoria parecía algo más que probable, los judíos reaccionaron y desbarataron los planes de las naciones árabes.

A partir de entonces, consciente de que el país no podía estar sometido a las constantes sacudidas que suponían las derrotas contra Israel, el presidente renunció a la lucha por la unidad árabe. En el plazo de cinco años reconoció diplomáticamente al Estado judío, visitó Jerusalén para reunirse con su presidente y se desvinculó de la política soviética.

El establecimiento de relaciones amistosas con Israel y los Estados Unidos fue considerado como una traición por parte de las naciones árabes. A su vez, dentro de sus propias fronteras, las medidas de Sadat tampoco tuvieron buena acogida. Más teniendo en cuenta que abandonó el socialismo populista impuesto por Nasser para abrir una intensa etapa de liberalismo económico. La tensión se hizo notar en la calle, donde las fuerzas de seguridad tuvieron que actuar con dureza contra los opositores.

La represión, en especial contra los Hermanos Musulmanes, alcanzó su grado máximo desde la instauración de la República en 1953.

Finalmente, el 6 de octubre de 1981, Anwar el Sadat era asesinado por los integristas islámicos mientras presidía un desfile militar. Su cruenta muerte abrió las puertas a un estado de excepción que se mantuvo en el país durante todo el gobierno de su sucesor.

El faraón de Occidente

Hosni Mubarak, vicepresidente de la República desde 1975, fue elegido sucesor de Anwar el Sadat tras el atentado que acabó con la vida de este en 1981. El protagonismo de los islamistas en ese acontecimiento permitió al nuevo presidente intensificar aún más el sistema represivo que habían mantenido sus antecesores.

El régimen de Hosni Mubarak contó, a lo largo de sus treinta años de existencia, con el apoyo del mundo occidental, y especialmente de los Estados Unidos.

Para Egipto resultaba fundamental desde el punto de vista económico la alianza con el gigante americano. Mientras que para este, el país del Nilo era un punto geopolítico clave en sus relaciones con el mundo árabe. De esta manera, el silencio de Washington y de las cancillerías europeas ante las constantes violaciones de los derechos humanos en Egipto era el precio a pagar por contar con un Caballo de Troya dentro de la Liga Árabe.

Entre los grandes logros de Mubarak cabe destacar la buena marcha de la economía en sus primeros años al frente del país, así como la restitución de la península del Sinaí por parte de Israel en 1982. Este último hecho le permitió a Egipto recuperar su prestigio dentro del mundo árabe, muy deteriorado tras el establecimiento de relaciones con Israel.

Sin embargo, la estabilidad del régimen iba a verse sacudida a comienzos del siglo XXI por la situación política en la zona y la crisis económica. El pueblo egipcio, sometido durante demasiado tiempo, tenía cada día menos paciencia con el último de los faraones modernos. Una nueva violación de los derechos humanos sería el desencadenante de la revolución.

Túnez después de Ben Alí

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La huida de Ben Alí y la formación, el 17 de enero, de un nuevo ejecutivo no marcaron el final de la Revolución de los Jazmines.

Apenas veinticuatro horas bastaron para que el pueblo tunecino retirara su confianza al gobierno de transición. En la base del rebrote de la protesta estaba la presencia en el ejecutivo de personalidades que habían ostentado cargos de alta responsabilidad durante el régimen –doce en el gabinete sobre un total de veinte miembros-, en especial el primer ministro Mohamed Ghanuchi, hombre de confianza del ex presidente.

De esta manera, convencidos de que se encontraban ante un gobierno continuista, los tunecinos volvieron a salir a la calle el día 18 de enero. Argumentaban que no habían hecho la revolución para terminar simplemente con Ben Alí, sino con el régimen en su conjunto.

Miles de personas llenaron la medina del centro de Túnez, sede de los principales edificios gubernamentales, para mostrar su rechazo al ejecutivo dirigido por Mohamed Ghanuchi. Ante la ventana de la oficina del primer ministro, en la plaza del Palacio de Gobierno, se formó, en pocas horas, un extenso campamento.

La capital de esta república Mediterránea inauguraba, por tanto, ese mecanismo de protesta, que más tarde se haría famoso en España y los EE.UU.

La mayor parte de los miembros de esa improvisada acampada eran habitantes del interior del país, de regiones como Gafsa, Kaserín, Gabes o Sidi Bouzid, ciudad natal de Mohamed Bouazizi. Personas, al fin y al cabo, que se habían trasladado a la capital para unirse a la protesta y que, a falta de un lugar donde hospedarse, habían echado mano de sus propias tiendas.

Los manifestantes se comprometieron a no marcharse de la plaza hasta que todos los colaboradores del régimen de Ben Alí abandonaran el gobierno. Sin embargo, ese mismo día, las fuerzas de seguridad consiguieron dispersar a los ciudadanos, obligándoles a levantar la acampada. La violencia policial, esta vez sin víctimas mortales, volvió ha hacer acto de presencia. En protesta contra estos actos, cuatro miembros del ejecutivo, todos ellos miembros de la oposición, presentaron su dimisión a Mohamed Ghanuchi.

La jornada del 18 de enero, con su gran manifestación, la actuación policial y la dimisión de cuatro ministros, había dejado herido de muerte al gobierno de transición.

Quizás por esa razón, el ejecutivo decidió tomar una serie de medidas para congraciarse con el pueblo. En primer lugar, declaró su intención de legalizar todos los partidos políticos salvo el islamista Ennahdha, al tiempo que se anunciaba la liberación de los presos políticos. En segundo término, con el fin de distanciarse lo máximo posible del huido presidente, las autoridades pidieron a Arabia Saudí su extradición. La diplomacia tunecina basaba sus exigencias en los crímenes cometidos por Ben Alí durante la revuelta de los días anteriores.

En concreto, se le acusaba de participar en varios delitos graves como “incitación al asesinato o fomento de la discordia entre los ciudadanos del país”. Además, a estos cargos había que añadir aquellos anteriores a la Revolución de los Jazmines: especulación ilegal, blanqueo de dinero, corrupción a gran escala… El documento de la embajada tunecina terminaba pidiendo a los saudíes información sobre el estado de salud de Ben Alí, puesto que, sobre la cuestión, circulaban rumores contradictorios, e incluso se hablaba de la posible muerte del dictador.

No obstante, las medidas tomadas por el gobierno de Ghanuchi no fueron suficientes para calmar al pueblo. En los días que siguieron al desalojo del 18 de enero, los manifestantes volvieron a ocupar la plaza, llenándola nuevamente con sus tiendas de campaña. Además, a partir del día 22, cientos de agentes de policía comenzaron a simpatizar con la protesta, hasta el punto de unirse a ella.

Finalmente, la llegada a la plaza de un gran grupo de universitarios y jóvenes de la capital, elevó el número de acampados a los tres mil en la tarde del jueves 24.

Con el fin de aprovechar la masa humana que se concentraba frente al Palacio de Gobierno, y percibiendo a su vez la fragilidad del ejecutivo, la oposición convocó para el viernes 25 de enero una nueva manifestación masiva por las calles del centro de la capital. Lo que comenzó siendo una marcha pacífica en pro de la dimisión de Ghanuchi, fue degenerando hasta terminar en una batalla campal entre un grupo de radicales y la policía.

El enfrentamiento tuvo su origen en la avenida Burguiba, donde los agentes de seguridad cortaron el paso a los manifestantes que se disponían a asaltar la sede del Ministerio del Interior. En respuesta a la acción policial, estos comenzaron a lanzarles piedras, al tiempo que prendían fuego al mobiliario urbano. En ese momento se produjo la carga policial, que dejó a su paso tres muertos. Escenas similares se vivieron en los aledaños del Parlamento, cuyo asalto fue también detenido por las fuerzas de seguridad.

La primera reacción del gobierno ante los acontecimientos de la jornada de protesta fue pedir calma a la población, al tiempo que apelaba a su responsabilidad, vital para llevar a buen puerto el proceso de transición. Pero, a pesar de esas recomendaciones, los disturbios continuaron a lo largo del 26 de enero, con un saldo de tres muerto y ochenta y cinco heridos.

Al día siguiente, con la situación totalmente fuera de control, el primer ministro Mohamed Ghanuchi presentaba su dimisión ante el presidente Fouad Mebaza. Desaparecía así de la escena política el sucesor de Ben Alí, un hombre que, a causa de su pasado ligado al régimen, no había podido llevar a buen puerto el cambio político en su país.

El elegido para sucederle fue Beji Caid-Essebsi, un veterano político de ochenta y cuatro años que, durante la etapa de Habib Burguiba, había desempeñado cargos ministeriales.

Tras el relevo gubernamental, las aguas volvieron a su cauce. Las manifestaciones cesaron, al tiempo que la acampada frente al Palacio de Gobierno fue perdiendo integrantes poco a poco hasta desaparecer a comienzos del mes de marzo. A todo esto contribuyó, sin lugar a dudas, la mejora de las relaciones entre el ejecutivo y las fuerzas de oposición agrupadas en el Alto Consejo para la Protección de la Revolución.

También influyó la dimisión de los ministros Aziz Chlabi y Mohamed Nuri Yuini. Estos, titulares de los departamentos de Industria y Cooperación Internacional respectivamente, pertenecían al partido Reagrupación Constitucional Democrática (RCD), vinculado al régimen de Ben Alí.

Otro símbolo del cambio político fue la legalización, tras veintitrés años en la clandestinidad, del partido islamista Ennahdha. El 1 de marzo, a las pocas horas de confirmarse la noticia, su líder, Rachid Ghanuchi, manifestaba su voluntad de aceptar y respetar las reglas del juego democrático, al tiempo que anunciaba su deseo de convocar un congreso nacional del partido.

El 3 de marzo, en un discurso televisado a la nación, Fouad Mebaza anunciaba que las elecciones a la Asamblea Constitucional se celebrarían el 24 de julio.

El presidente confirmó que el gobierno de transición se mantendría en el poder hasta que los nuevos representantes del pueblo estuvieran en situación de designar un nuevo ejecutivo. A su vez, Mebaza informó a los ciudadanos sobre la elaboración de una normativa electoral, cuya aprobación estaba prevista para finales de marzo. Terminaba su intervención asegurando que la gran misión del gobierno interino, así como de la asamblea elegida por el pueblo en julio era “consagrar las aspiraciones del pueblo tunecino y su revolución”.

Cuatro días después de este importante discurso, se legalizaban nueve partidos políticos, entre ellos Congreso para la República (CPR) del médico, escritor y opositor a Ben Alí, Moncef Marzouki. De igual modo, el 18 de marzo, el Partido Comunista de los Obreros de Túnez (PCOT) abandonaba la clandestinidad.

A comienzos de junio, el ejecutivo tunecino decidió retrasar las elecciones legislativas hasta el 23 de octubre. En una comparecencia pública, Beji Caid-Essebsi explicó detenidamente las razones por las que creían preferible convocar los comicios en otoño en lugar del 24 de julio.

A lo largo de su discurso, el octogenario primer ministro, puntualizó que la decisión se había tomado teniendo en cuenta la opinión de la Comisión Electoral. Este organismo era partidario de dar más tiempo a los partidos políticos para organizar sus estructuras y confeccionar las listas de candidatos. A su vez, Beji Caid-Essebi dejó entrever que la situación del país aún era demasiado tensa como para enfrentarse a una consulta popular.

El cambio de la fecha fue acogido con cierto malestar en el seno de las fuerzas opositoras. Sin embargo, la inmensa mayoría de los partidos políticos no dudó en reconocer que ese plus de tiempo otorgado por la Comisión Electoral les permitiría llegar mejor organizados a los comicios. De esta manera, salvo incidentes aislados protagonizados por simpatizantes del Tahrir, grupo político fundamentalista de carácter salafista, la noticia no provocó ningún tipo de reacción popular.

Además, los actos de protesta de ese grupo islamista, declarado ilegal por el gobierno de transición, eran más un intento de presión para estar presente en las urnas que una expresión de malestar por el cambio de fecha. Los incidentes de comienzos de junio, así como otros previos a la cita electoral, no influyeron en la decisión del ejecutivo: se mantuvo el carácter ilegal del partido Tahrir basándose en su rechazo a la democracia, así como en su intención de imponer el Sharia de forma integral.

Las pocas esperanzas del movimiento salafista se desvanecieron cuando, el 12 de septiembre, la Instancia Superior Independiente para las Elecciones publicó el registro de las listas autorizadas a participar en los comicios. Las candidaturas del partido Tahrir no se encontraban presentes entre las 11.618 admitidas. La comisión organizadora había seleccionado 1517 listas -148 del extranjero-, de las cuales 828 pertenecían a partidos políticos, 34 a coaliciones, y 655 a independientes.

Además, una cuarta parte de los candidatos no superaban los treinta años, mientras que únicamente un 7% de las listas estaban encabezadas por mujeres.

En los días previos a la cita electoral del 23 de octubre, comenzaron a circular un gran número de encuestas. La mayoría de ellas daba como vencedor, con un 30% de los votos, al partido islamista Ennahdha. Desde ese momento, algunos de sus rivales -Partido Democrático y Progresista (PDP) y el Foro Democrático para el Trabajo y las Libertades (FDLL)- comenzaron a explotar el argumento del miedo al establecimiento de un régimen fundamentalista en el país.

Sin embargo, el alto número de simpatizantes con los que contaba este grupo, así como el discurso moderado de su líder Rachid Ghanuchi, contrarrestaron con bastante eficacia el discurso de los demás partidos. A lo largo de la campaña, el Ennahdha trató de mostrarse como un partido respetuoso con la democracia y partidario de la línea política del islamismo moderado. Es decir, manifestaron su deseo de seguir los pasos del AKP turco de Recep Tayyip Erdogan.

Además, Rachib Ghanuchi no olvidó cuidar su imagen en el exterior, tal como se reflejó en la entrevista que concedió a The Guardian la semana previa a las elecciones. En ella, anunció su intención de estrechar las relaciones con la Unión Europea, al tiempo que apostaba por la vía democrática “dentro de la tendencia general del Islam político moderado”, con Turquía como modelo.

El Ennahdha también tuvo que hacer frente a las declaraciones de los grupos feministas, temerosos de que, con su victoria, el país retrocediera en el campo de la igualdad.

El líder del partido salió al paso de esas acusaciones en numerosas intervenciones y entrevistas, entre ellas la citada para The Guardian: «Nuestro manifiesto subraya nuestra defensa de los derechos de la mujer y el respaldo al sistema de participación que fija la igualdad de hombres y mujeres.

Las mujeres juegan un papel importante a todos los niveles de nuestro partido, como cabría esperarse de cualquier formación democrática». Las palabras de Ghanuchi estaban, además, respaldadas por los hechos. Un alto porcentaje de los candidatos de su partido eran mujeres, y la mayoría de ellas no usaba de manera habitual el velo.

El domingo 23 de octubre, los ciudadanos tunecinos acudieron a las urnas para elegir a los parlamentarios que iban a formar parte de la Asamblea Constituyente.

Además, tal como quedaba reflejado en la convocatoria electoral, si estos lo creían conveniente, estarían autorizados para nombrar un nuevo gobierno, así como un presidente de la república. El sistema electoral, diseñado por la Alta Instancia para la Realización de los Objetivos de la Revolución, de la Reforma Política y de la Transición Democrática, contemplaba un modelo representativo proporcional mayoritario, a una vuelta y con listas cerradas.

A su vez, el país quedaba dividido en treinta y tres circunscripciones diferentes. Estas, en función de su población, se repartían ciento noventa y nueve de los doscientos diecisiete asientos parlamentarios, quedando los restantes dieciocho reservados para el voto emigrante. Yadh Ben Achour, director del citado organismo, aseguraba que, de este modo, se buscaba establecer “un panorama lo más representativo posible”, al tiempo que se evitaba la presencia de un partido hegemónico. Así, las distintas fuerzas políticas estaban obligadas a llegar a acuerdos, construyendo una Constitución basada en el consenso.

Si bien en la mañana del día 24 ya circulaban numerosos rumores, los resultados no fueron publicados por la Instancia Superior Independiente para las Elecciones hizo hasta el día 28 de octubre. El recuento final arrojó una participación del 86% -4.308.888 votos emitidos-, con un 3,6% de votos nulos y un 2,3% en blanco. El sistema electoral utilizado configuró un parlamento con doce fuerzas parlamentarias, de las cuales ninguna llegaba a la mayoría absoluta. En lo que se refiere a distribución de escaños por género, las mujeres alcanzaron un 27% frente al 73% de los varones. Porcentajes, por otro lado, muy similares al de los candidatos de cada sexo.

El triunfo fue para los islamistas del Ennahda, con el 37% de los votos. El partido de Rachib Ghanuchi obtuvo así 89 escaños, 42 de ellos ocupados por mujeres. El Partido Congreso para la República, liderado por Moncef Marzouki, se convirtió en la segunda fuerza política, con el 8,7% y un total de 29 representantes.

El 6,9% y tres parlamentarios menos obtuvo el grupo Al Aridha, y veinte, con un 7% de los sufragios, Ettakatol (Forum Democrático para el Trabajo y las Libertades). El Partido Democrático Progresista (PDP) obtuvo un 4% de los votos y 16 escaños, mientras que Polo Democrático Modernista (PDM) y Al Moubadara consiguieron 5 representantes cada uno, con un 2,8% el primero y un 3,2% el segundo. Por debajo del 2% se situaron Afek Tounis, con 4, Alternativa Revolucionaria, con 3 escaños, así como el Movimiento de los Socialdemócratas y Echaab, con 2 cada uno. A su vez, 16 independientes alcanzaron también representación parlamentaria.

La comparecencia pública del líder de Ennahda se produjo a las pocas horas de conocerse los resultados. Ghanuchi volvió a tranquilizar a la población y a las fuerzas políticas laicas, dando a entender de forma clara que su partido respetaría las conquistas democráticas de los tunecinos, así como el papel de la mujer y los derechos humanos: “La democracia es para todo el mundo, nuestros corazones están abiertos a todo el mundo y pedimos a nuestros hermanos, cualesquiera que sean sus orientaciones políticas, que participen en la redacción de la Constitución y en la instauración de un régimen democrático (…) Ennahda no va a cambiar el modo de vida. Dejará el asunto en manos de las mujeres tunecinas. Habrá mujeres en el nuevo Gobierno que lleven o no lleven velo”.

A su vez, el líder islamista aprovechó para lanzar varios mensajes al exterior: “Ennahda se compromete (…) a respetar todos los compromisos de Túnez (…) La revolución no ha destruido al Estado, solo destruyó al régimen (…) Estamos abiertos a las inversiones de todas partes y nos comprometamos a respetar los intereses de los inversores”.

Hamadi Jebali, número dos de Ennahda, fue la persona designada por Rachib Ghanuchi para formar un nuevo gobierno. La negociación con los restantes partidos políticos no se cerró hasta finales de diciembre. De ella salió un ejecutivo de coalición con cuarenta y dos miembros, dieciocho de ellos islamistas. A su vez, Jebali fue nombrado primer ministro.

Previamente, con el apoyo de Ennahda, Congreso para la República y Ettakatol, el parlamento había aprobado una Constitución provisional que debía regir el país durante un año. Es decir, hasta la redacción de un texto definitivo. Sus veintiséis artículos, además de distribuir los poderes entre las distintas instituciones de la república, establecían el proceso para designar al presidente y al primer ministro.

A partir de lo establecido por el texto constitucional, los parlamentarios eligieron presidente de Túnez al líder del Congreso para la República. Moncef Marzouki, médico de profesión, comenzó su labor como opositor en la etapa de Habib Burguiba, poco tiempo después de licenciarse en la Universidad de Estrasburgo.

En 1980 se unió a la Liga Tunecina de Derecho Humanos, cuestión sobre la que publicó más de diez obras en francés y árabe. A sus sesenta y seis años, este polifacético personaje fue elegido presidente de su país con el apoyo de 153 parlamentarios, 3 votos en contra, 44 en blanco y 2 abstenciones.

De esta forma, con la designación de Marzouki y, posteriormente, con la formación del ejecutivo de Jebali, se iniciaba en Túnez una nueva etapa. El gobierno de transición, así como el presidente Mebaza, dejaban paso a los nuevos cargos electos, encargados de llevar a buen puerto el último reto de la Revolución de los Jazmines: la redacción de la Constitución.

Bosnia-Herzegovina en la encrucijada II

Al margen de lo anterior, el conflicto de Bosnia-Herzegovina estaba produciendo el más alto número de refugiados registrado en Europa desde la segunda guerra mundial: más de dos millones de desplazados, en su mayoría croatas y musulmanes. Hay quien empezó a hablar de los «palestinos de Europa». Croacia, que acogió a muchos de esos refugiados -acaso 600.000-, debía encarar grandes problemas económicos para mantenerlos. Alemania recibió a 220.000, Suecia a 55.000, y Hungría y Austria hicieron lo propio con 50.000 cada una.

José Carlos Lechado y Carlos Taibo, Los conflictos yugoslavos, p. 101-102.

La Península Ibérica en la Edad Media: al-Ándalus (siglos VIII a XIII)

1. Introducción.

A finales del siglo VII la monarquía visigoda había entrado en crisis. Las grandes familias nobiliarias se disputaban el trono, y los últimos años del reino transcurrieron en medio de conspiraciones y muertes violentas de reyes y miembros de la familia real.

Unos años antes, había surgido en Arabia un nuevo movimiento religioso encabezado por Mahoma: el Islam. La nueva religión se fundamentaba en la existencia de una comunidad de creyentes en un único dios, Alá, que convirtió el vínculo religioso en un vínculo político.

El virtud de lo establecido en El Corán, libro que contiene la revelación de Alá a Mahoma, los musulmanes están obligados a:

– La Profesión de fe («Alá es Dios y Mahoma su profeta»).

– La oración o Salat; con palabras y gestos establecidos que, previa purificación con agua o arena, se repetían cinco veces al día. Además, la oración del viernes tenía lugar en la mezquita bajo la dirección del imán.

– El ayuno o Sawm durante el mes de Ramadán, desde la salida hasta la puesta de sol.

– La limosna o Zakat .

– El Peregrinaje a La Meca.

– La Yihad o guerra santa; era sólo una obligación temporal del creyente cuando es necesario defender la comunidad musulmana. En principio se refiere a una reforma o lucha interior, siendo la lucha contra los enemigos del Islam algo secundario.

Los musulmanes iniciaron una rápida expansión que les llevó, a principios del siglo VIII, a las puertas del reino visigodo.

2. Evolución política: la conquista, los emiratos y el Califato de Córdoba.

Aprovechando las disputas internas entre los visigodos, en el año 711 un ejército musulmán compuesto por bereberes y árabes mandado por Tarik desembarcó en la península y derrotó al rey visigodo Rodrigo en la batalla de Guadalete.

Esta victoria supuso el derrumbe del reino visigodo, por lo que, dirigidos por Muza, los musulmanes tomaron Toledo y en menos de un lustro casi toda la totalidad de la Península. En muchos casos la conquista se realizó de forma pacífica mediante acuerdos o pactos con la nobleza visigoda.

El impulso del Islam llegó más allá de los Pirineos, hasta que los francos, a cuyo frente iba Carlos Martel, los derrotó en Poitiers en el año 732.

La invasión y ocupación de la Hispania visigoda supuso la gradual islamización del territorio y de la población. Tras la conquista, la Península se incorporó a la comunidad política musulmana con el nombre de Al-Ándalus. Los musulmanes fijaron su capital en Córdoba, que pasó a ser el centro político musulmán en la Península y el lugar de residencia del walí. Poco después, se convirtió en un emirato dependiente (714-756) del Imperio islámico que gobernaban los omeyas desde Damasco.

Pese a la rápida conquista pronto surgieron enfrentamientos entre los conquistadores árabes y bereberes. Del mismo modo, la población hispanovisigoda también mostró cierta resistencia al proceso de islamización y arabización. La principal manifestación de esa oposición fue la Batalla de Covadonga, que probablemente tuvo lugar entre el 718 y el 721.

A mediados del siglo VIII, la familia Omeya que gobernaba el Imperio islámico fue aniquilada por la dinastía abasí que la reemplazó en el poder. No obstante, un miembro de los Omeya, Abd al-Rahmán, consiguió escapar y tomar el control de Al-Ándalus.

En el año 756 proclamó el emirato independiente, que suponía la secesión de la provincia del Imperio islámico. Aún así, seguía reconociendo la primacía religiosa del califato abasí.

Este nuevo periodo supuso el apogeo de Al-Ándalus: desde mediados del siglo VIII y durante el siglo IX se produjeron importantes avances económicos y se impulsó de forma decisiva la islamización.

Sin embargo, la etapa no estuvo exenta de rebeliones (Banu-Qasi y Omar ben Hafsún), al tiempo que la presión de los nacientes reinos hispánicos se incrementó. Al respecto, hay que señalar que buena parte de estas rebeliones se debieron a la resistencia local a la islamización, si bien algunas gozaron del apoyo abasí.

Abd al-Rahmán III accedió al emirato en medio de nuevas revueltas internas y del hostigamiento exterior de los cristianos y de otros reinos musulmanes. De este modo, con el fin de reforzar su autoridad, se decidió a proclamar el Califato de Córdoba en el año 929, lo que suponía la ruptura religiosa con Bagdag.

A partir de ese momento puso término a las rebeliones, sometió a los reinos cristianos al pago de tributos y organizó una flota que contuvo a los ejércitos de los estados musulmanes rivales. Además, instituyó marcas fronterizas en el norte de África y procedió a centralizar el poder mediante el nombramiento de walíes.

Abd al-Rahmán III ordenó construir el palacio de Medina-al-Zahra que se convirtió en el centro de cultura y poder del Califato. Inició, por tanto, un importante desarrollo administrativo y burocrático. Esto permitió que, a lo largo de su reinado, Al Andalus alcanzó un significativo desarrollo económico, basado en una próspera agricultura y un floreciente comercio.

Durante la minoría de edad del tercer califa, Hisham II (hijo de Al-Hakem II), a finales del siglo X, destacó la figura de Almanzor, visir y caudillo militar que pasó a convertirse de hecho en el verdadero gobernante de Al-Ándalus. El ejército musulmán dirigido por Almanzor alcanzó continuas victorias, de tal modo que las razzias contra los reinos cristianos fueron constantes y provechosas.

No obstante, tras la muerte de Almanzor se recrudecieron las tensiones entre las distintas etnias y territorios de Al Andalus. De esta manera, a pesar de los esfuerzos de Abdelmelik, hijo de Almanzor, el territorio del califato se disgregó en diversos reinos taifas en el año 1031. La palabra árabe “taifa” significa bandos, de tal modo que sirvió para designar a los pequeños reinos en que se dividió Al-Ándalus hasta en tres ocasiones: 1031 (tras el califato), 1140 (tras los almorávides) y 1212 (tras los almohades).

3. Los reinos taifas y los imperios norteafricanos.

La división del territorio musulmán en taifas supuso su debilidad política y militar frente a los reinos cristianos, a los que debieron pagar tributo para evitar sus ataques. Sin embargo, el avance cristiano no se detuvo y, en el año 1085, Toledo cayó en sus manos.

Esta circunstancia alarmó a los andalusíes que llamaron en su ayuda a los almorávides, una tribu guerrera bereber que había formado un gran imperio en el actual Marruecos. Los almorávides lograron derrotar a los cristianos en Sagrajas (1086) e incorporaron Al-Ándalus a su imperio. No obstante, no consiguieron recuperar Toledo, y fueron derrotados en Valencia por Rodrigo Díaz de Vivar.

A mediados del siglo XII, el imperio de los almorávides sufrió un colapso que hizo resurgir las taifas en Al-Ándalus. Los reinos cristianos aprovecharon la ocasión para ampliar sus territorios a costa del Islam.

De nuevo los andalusíes solicitaron la ayuda del norte de África, donde había surgido un nuevo estado dirigido por los almohades. Estos iniciaron la invasión de la Península en el año 1146, siendo la batalla de Alarcos (1197) la que marque el cenit de su poder.

Sin embargo, los ejércitos cristianos lograron una decisiva victoria en las Navas de Tolosa (1212), que supuso el derrumbe del poder almohade en la Península. De esta manera, la primera mitad del siglo XIII estuvo marcada por las conquistas de Fernando III y Jaime I el Conquistador, que dejaron al reino nazarí de Granada como único representante del Islam en la Península.

4. Organización política y social.

Las instituciones político administrativas.

Una vez realizada la conquista, los musulmanes organizaron el territorio peninsular como una provincia más del Imperio islámico y Al-Ándalus pasó a estar gobernada por un walí, delegado del califa de Damasco.

Con la proclamación del emirato independiente, el emir pasó a ser la máxima autoridad política, aunque mantenía un reconocimiento tácito de la autoridad religiosa del califa. Esta situación se mantuvo hasta el ascenso de Abd al-Rahman III, que se proclamó califa y pasó a ejercer el poder político absoluto y la máxima autoridad espiritual del mundo andalusí.

Por debajo de los emires y califas existía una administración dirigida por el hayib, que actuaba como primer ministro y que tenía amplias atribuciones en materia militar y de hacienda. A sus órdenes estaban los visires, que controlaban las distintas ramas de la administración.

En tiempos del califato la administración central se completaba con la kitaba, una especie de cancillería que se ocupaba de: la correspondencia, los asuntos fronterizos, la ejecución de los decretos y las reclamaciones.

En materia de justicia era el cadí la máxima figura: juzgaba en función de las leyes islámicas y en nombre del califa.

La administración territorial de Al-Ándalus estaba compuesta básicamente por dos demarcaciones. Por un lado estaban las coras o provincias, a cuyo frente estaba un walí que solía residir en la ciudad principal del territorio. Por otro, existían las marcas situadas en las zonas fronterizas. Con respecto a los reinos cristianos estaban la superior (Zaragoza), la media (Toledo) y la inferior (Mérida).

La sociedad en Al-Ándalus.

La sociedad de la España musulmana era heterogénea en cuanto a su composición étnica, cultural y religiosa. La estructura familiar y social eran, por lo general, de carácter patriarcal. Además, como consecuencia del gran desarrollo de la artesanía y el comercio, la mayor parte de la población se concentraba en las ciudades. Los núcleos urbanos era, por tanto, el centro de las actividades económicas, así como de la vida social y administrativa.

En la sociedad musulmana, los árabes ocupaban la mayor parte de los cargos de poder. Constituían una minoría dirigente que se concentraba en el valle del Guadalquivir. Era, a su vez, propietaria de los grandes latifundios del sur peninsular.

La mayor parte del ejército invasor estaba compuesto por bereberes, que fueron reclutados como mercenarios en el norte de África. En un principio se concentraron en la Meseta, donde se dedicaron a la ganadería itinerante.

Por su parte, la población judía era predominantemente urbana, y su dedicación profesional solía estar relacionada con el comercio, la artesanía, la usura y la orfebrería. En contraposición a este grupo aparecerían los esclavos, predominantemente rurales. Si bien, también servían en el ejército y, con el tiempo, en la administración.

Por último, los hispanogodos, grupo mayoritario en la Península, se dividieron en dos grupos dentro del territorio musulmán. Por un lado, aquellos que se convirtieron a la religión islámica, llamados muladíes, y por otro los mozárabes, que se mantuvieron fieles a la fe cristiana.

Las estructuras económicas.

La estructura económica de Al-Ándalus estaba basada, como todas las de su época, en la agricultura. La triada mediterránea (cereal, vid y olivo) siguió siendo el fundamento de la agricultura peninsular, pero los musulmanes mejoraron la producción introduciendo y perfeccionando sistemas de regadío (caso de la noria).

Además, introdujeron nuevos cultivos procedentes de Oriente (cítricos, algodón, etc.) y hubo un gran desarrollo de la ganadería, especialmente ovina.

Sin embargo, fue el desarrollo del comercio y de la artesanía las notas que hicieron singular la economía andalusí. La actividad artesanal, centrada en los tejidos de lana, algodón y seda, recibió un impulso decisivo gracias al comercio desarrollado en las ciudades. También el comercio exterior conoció una etapa de prosperidad, especialmente con Oriente, y los andalusíes contaron con una importante marina mercante.

Además, mientras en el Occidente cristiano apenas circulaban monedas, el dinar de oro y el dirham de plata se convirtieron en monedas de uso más allá del propio territorio de Al-Ándalus.

El legado cultural musulmán.

El arte ha sido uno de los legados más importantes del mundo islámico a la civilización, de tal modo que las mezquitas, los palacios, las alcazabas, etc. forman parte del patrimonio cultural actual. En concreto, en la Península Ibérica se encuentran grandes monumentos:

– La mezquita de Córdoba.

– El palacio de la Aljafería de Zaragoza.

– Las ruinas del palacio de Medina Azahara.

– El alcázar de Sevilla.

– La alcazaba de Málaga.

– El palacio de la Alhambra de Granada.

– La Torre del Oro y la Giralda de Sevilla.

En la cultura islámica florecieron la literatura, la filosofía, la música, el derecho o la medicina, donde destaca la figura de Maimónides. A su vez, se desarrolló de la poesía popular y áulica.

De la obra de Averroes nos interesan dos libros: Discurso decisivo y su comentario a la República de Platón.

Discurso decisivo es un dictamen sobre las relaciones entre la filosofía y la fe en el que se propone establecer, no sólo la armonía entre razón y revelación, sino también la necesidad de incluir la filosofía en los estudios coránicos.

La Exposición de la República de Platón es una lectura pragmática del texto clásico, tratando de extraer de ella consecuencias para la práctica política, y haciendo referencias constantes a circunstancias de su tiempo.

Fue muy importante el desarrollo científico y técnico, los musulmanes difundieron los principios matemáticos de la trigonometría y el álgebra, además del uso del cero. Igualmente fueron importantes los logros en astronomía y la difusión de artículos procedentes de Oriente, como la pólvora o el papel.

5. Conclusiones.

Para finalizar hemos de destacar tres rasgos que, con mayor o menor profundidad en función del periodo, se dieron durante los siglos de dominio musulmán en la Península Ibérica:

– La diversidad social y religiosa existente en Al-Ándalus.

– El hecho de que, precisamente esa diversidad, en los periodos de paz y tolerancia, hizo posible que Al-Ándalus jugase el papel de puente cultural entre dos mundos: el musulmán y el cristiano

– La existencia de periodos de gran esplendor cultural y de etapas de fanatismo y oscurantismo.

Perspectivas IV

Es probable que las iglesias salgan fortalecidas y purificadas de las persecuciones que están sufriendo ahora. Cabe pensar que en un período subsiguiente el sentido religioso latino, germánico, anglosajón, y eslavo se reúnan, compenetrándose mutuamente, en el fondo inquebrantable del cristianismo, en un mundo que comprenda también la rectitud del islam y las profundidades de Oriente. Pero las iglesias, como organización, sólo podrán triunfar cuando hayan purificado los corazones de los creyentes. No podrán atajar el mal con prescripciones e imposicionesde su voluntad.

Johan Huizinga, Entre las sombras del mañana, p. 210.

Las caricaturas de Mahoma en Jyllands-Posten

Inmediatamente después de los atentados del 11 de septiembre de 2001, el diario francés «Le Monde» publicó un artículo en el que declaraba que «Hoy todos somos americanos». Tras el episodio de las caricaturas danesas, varios diarios europeos publicaron titulares con la leyende «Hoy todos somos daneses». Pues bien, ¿lo somos? Y si lo somos, ¿qué significa realmente, en la práctica, esa declaración? ¿Somos todos daneses ahora? Sí, en el sentido de que la libertad de expresión, acción e investigación (libertad en la que se incluyen también los resultados de las decisiones democráticas) no debe sucumbir a la violencia o a la amenaza del empleo de ésta. Pero, en ese sentido, no deben preocuparnos únicamente los grupos que actúan por motivos religiosos. Cabe aplicar el mismo principio a los activistas en defensa de los derechos de los animales que amenazan o atacan instalaciones científicas, por ejemplo.

¿Hoy somos todos daneses? Sí, si esa declaración significa también hacer frente al dogmatismo y a la intolerancia. En el contexto de la religión, de los que se trata es de enfrentarse al fundamentalismo, de no permitir que una pequeña minoría de fieles hable en nombre de la mayoría de seguidores de una confesión religiosa. Sobre los hombros de los líderes moderados de todas las religiones recae una gran responsabilidad.

Anthony Giddens, Europa en la era global, p. 173.

La comunidad islámica en la guerra de Bosnia

«El islam y Occidente» es el tema del momento y con razón. Aparte de los sucesos globales acaecidos fuera de Europa, ha habido numerosos conflictos, choques e incidentes. La guerra en la antigua Yugoslavia «redescubrió» la cultura musulmana como objeto de escarnio y odio. La línea entre los musulmanes y el resto de la población no afloró nunca durante la Yugoslavia de Tito. La mayoría de las personas de origen musulman no tenían una especial conciencia de ello y, desde luego, no lo consideraban un rasgo divisivo en su vida cotidiana. Sólo llegó a serlo cuando estallaron los conflictos y la escalada de los antagonismos infundió fuerza renovadora en los viejos estereotipos.

En los últimos años, hemos sido testigos de atentados terroristas a cargo de radicales islámicos en Madrid y Londres, del asesinato de Theo van Gogh en Holanda, y de marchas y manifestaciones en numerosos países de todo el mundo en protesta por la publicación en un periódico danés de unas caricaturas satíricas con el profeta Mahoma como protagonista.

Las caricaturas aparecieron en el «Jyllands-Posten», un diario con una tirada de unos 150.000 ejemplares. El director tomó la decisión de publicarlas tras una conversación con Frank Hvam, cómico de profesión. Hvam le comentó que él no se atrevía nunca a burlarse del Corán. Kara Bluitgen, un autor de libros infantiles, añadió que, en el libro que acababa de escribir sobre el profeta Mahoma, los artistas cuya colaboración había pedido para que dibujaran las ilustraciones sólo habían accedido a hacerlo de manera anónima. Cuando se publicaron las caricaturas, la reacción se limitó a unas cuantas cartas indignadas de protesta. El asunto alcanzó mucha mayor difusión cuando se informó de que dos de los dibujantes habían recibido amenazas de muerte, con lo que el debate se hizo mucho más extenso. Las caricaturas fueron entonces publicadas de nuevo y se reprodujeron en periódicos de varios países, con lo que la disputa se volvió verdaderamente mundial. Los dibujos desataron violentos enfrentamientos en varios países y más de treinta personas perdieron la vida a consecuencia de ellos.

Los problemas del mundo han dejado de estar «en el exterior», alejados de nosotros, y ahora tienden a introducirse en el centro de nuestras vidas. Nos vemos confrontados personalmente a los problemas globales, por mucho que queramos desmarcarnos de ellos. Que una joven musulmana opte por llevar un pañuelo en la cabeza por la calle, en la escuela o en la universidad en Londres ya no es la decisión inocente que podía ser antaño. Hoy está cargada de significados reales y potenciales.

Anthony Giddens, Europa en la era global, p. 71.