La Península Ibérica en la Edad Media: al-Ándalus (siglos VIII a XIII)

1. Introducción.

A finales del siglo VII la monarquía visigoda había entrado en crisis. Las grandes familias nobiliarias se disputaban el trono, y los últimos años del reino transcurrieron en medio de conspiraciones y muertes violentas de reyes y miembros de la familia real.

Unos años antes, había surgido en Arabia un nuevo movimiento religioso encabezado por Mahoma: el Islam. La nueva religión se fundamentaba en la existencia de una comunidad de creyentes en un único dios, Alá, que convirtió el vínculo religioso en un vínculo político.

El virtud de lo establecido en El Corán, libro que contiene la revelación de Alá a Mahoma, los musulmanes están obligados a:

– La Profesión de fe («Alá es Dios y Mahoma su profeta»).

– La oración o Salat; con palabras y gestos establecidos que, previa purificación con agua o arena, se repetían cinco veces al día. Además, la oración del viernes tenía lugar en la mezquita bajo la dirección del imán.

– El ayuno o Sawm durante el mes de Ramadán, desde la salida hasta la puesta de sol.

– La limosna o Zakat .

– El Peregrinaje a La Meca.

– La Yihad o guerra santa; era sólo una obligación temporal del creyente cuando es necesario defender la comunidad musulmana. En principio se refiere a una reforma o lucha interior, siendo la lucha contra los enemigos del Islam algo secundario.

Los musulmanes iniciaron una rápida expansión que les llevó, a principios del siglo VIII, a las puertas del reino visigodo.

2. Evolución política: la conquista, los emiratos y el Califato de Córdoba.

Aprovechando las disputas internas entre los visigodos, en el año 711 un ejército musulmán compuesto por bereberes y árabes mandado por Tarik desembarcó en la península y derrotó al rey visigodo Rodrigo en la batalla de Guadalete.

Esta victoria supuso el derrumbe del reino visigodo, por lo que, dirigidos por Muza, los musulmanes tomaron Toledo y en menos de un lustro casi toda la totalidad de la Península. En muchos casos la conquista se realizó de forma pacífica mediante acuerdos o pactos con la nobleza visigoda.

El impulso del Islam llegó más allá de los Pirineos, hasta que los francos, a cuyo frente iba Carlos Martel, los derrotó en Poitiers en el año 732.

La invasión y ocupación de la Hispania visigoda supuso la gradual islamización del territorio y de la población. Tras la conquista, la Península se incorporó a la comunidad política musulmana con el nombre de Al-Ándalus. Los musulmanes fijaron su capital en Córdoba, que pasó a ser el centro político musulmán en la Península y el lugar de residencia del walí. Poco después, se convirtió en un emirato dependiente (714-756) del Imperio islámico que gobernaban los omeyas desde Damasco.

Pese a la rápida conquista pronto surgieron enfrentamientos entre los conquistadores árabes y bereberes. Del mismo modo, la población hispanovisigoda también mostró cierta resistencia al proceso de islamización y arabización. La principal manifestación de esa oposición fue la Batalla de Covadonga, que probablemente tuvo lugar entre el 718 y el 721.

A mediados del siglo VIII, la familia Omeya que gobernaba el Imperio islámico fue aniquilada por la dinastía abasí que la reemplazó en el poder. No obstante, un miembro de los Omeya, Abd al-Rahmán, consiguió escapar y tomar el control de Al-Ándalus.

En el año 756 proclamó el emirato independiente, que suponía la secesión de la provincia del Imperio islámico. Aún así, seguía reconociendo la primacía religiosa del califato abasí.

Este nuevo periodo supuso el apogeo de Al-Ándalus: desde mediados del siglo VIII y durante el siglo IX se produjeron importantes avances económicos y se impulsó de forma decisiva la islamización.

Sin embargo, la etapa no estuvo exenta de rebeliones (Banu-Qasi y Omar ben Hafsún), al tiempo que la presión de los nacientes reinos hispánicos se incrementó. Al respecto, hay que señalar que buena parte de estas rebeliones se debieron a la resistencia local a la islamización, si bien algunas gozaron del apoyo abasí.

Abd al-Rahmán III accedió al emirato en medio de nuevas revueltas internas y del hostigamiento exterior de los cristianos y de otros reinos musulmanes. De este modo, con el fin de reforzar su autoridad, se decidió a proclamar el Califato de Córdoba en el año 929, lo que suponía la ruptura religiosa con Bagdag.

A partir de ese momento puso término a las rebeliones, sometió a los reinos cristianos al pago de tributos y organizó una flota que contuvo a los ejércitos de los estados musulmanes rivales. Además, instituyó marcas fronterizas en el norte de África y procedió a centralizar el poder mediante el nombramiento de walíes.

Abd al-Rahmán III ordenó construir el palacio de Medina-al-Zahra que se convirtió en el centro de cultura y poder del Califato. Inició, por tanto, un importante desarrollo administrativo y burocrático. Esto permitió que, a lo largo de su reinado, Al Andalus alcanzó un significativo desarrollo económico, basado en una próspera agricultura y un floreciente comercio.

Durante la minoría de edad del tercer califa, Hisham II (hijo de Al-Hakem II), a finales del siglo X, destacó la figura de Almanzor, visir y caudillo militar que pasó a convertirse de hecho en el verdadero gobernante de Al-Ándalus. El ejército musulmán dirigido por Almanzor alcanzó continuas victorias, de tal modo que las razzias contra los reinos cristianos fueron constantes y provechosas.

No obstante, tras la muerte de Almanzor se recrudecieron las tensiones entre las distintas etnias y territorios de Al Andalus. De esta manera, a pesar de los esfuerzos de Abdelmelik, hijo de Almanzor, el territorio del califato se disgregó en diversos reinos taifas en el año 1031. La palabra árabe “taifa” significa bandos, de tal modo que sirvió para designar a los pequeños reinos en que se dividió Al-Ándalus hasta en tres ocasiones: 1031 (tras el califato), 1140 (tras los almorávides) y 1212 (tras los almohades).

3. Los reinos taifas y los imperios norteafricanos.

La división del territorio musulmán en taifas supuso su debilidad política y militar frente a los reinos cristianos, a los que debieron pagar tributo para evitar sus ataques. Sin embargo, el avance cristiano no se detuvo y, en el año 1085, Toledo cayó en sus manos.

Esta circunstancia alarmó a los andalusíes que llamaron en su ayuda a los almorávides, una tribu guerrera bereber que había formado un gran imperio en el actual Marruecos. Los almorávides lograron derrotar a los cristianos en Sagrajas (1086) e incorporaron Al-Ándalus a su imperio. No obstante, no consiguieron recuperar Toledo, y fueron derrotados en Valencia por Rodrigo Díaz de Vivar.

A mediados del siglo XII, el imperio de los almorávides sufrió un colapso que hizo resurgir las taifas en Al-Ándalus. Los reinos cristianos aprovecharon la ocasión para ampliar sus territorios a costa del Islam.

De nuevo los andalusíes solicitaron la ayuda del norte de África, donde había surgido un nuevo estado dirigido por los almohades. Estos iniciaron la invasión de la Península en el año 1146, siendo la batalla de Alarcos (1197) la que marque el cenit de su poder.

Sin embargo, los ejércitos cristianos lograron una decisiva victoria en las Navas de Tolosa (1212), que supuso el derrumbe del poder almohade en la Península. De esta manera, la primera mitad del siglo XIII estuvo marcada por las conquistas de Fernando III y Jaime I el Conquistador, que dejaron al reino nazarí de Granada como único representante del Islam en la Península.

4. Organización política y social.

Las instituciones político administrativas.

Una vez realizada la conquista, los musulmanes organizaron el territorio peninsular como una provincia más del Imperio islámico y Al-Ándalus pasó a estar gobernada por un walí, delegado del califa de Damasco.

Con la proclamación del emirato independiente, el emir pasó a ser la máxima autoridad política, aunque mantenía un reconocimiento tácito de la autoridad religiosa del califa. Esta situación se mantuvo hasta el ascenso de Abd al-Rahman III, que se proclamó califa y pasó a ejercer el poder político absoluto y la máxima autoridad espiritual del mundo andalusí.

Por debajo de los emires y califas existía una administración dirigida por el hayib, que actuaba como primer ministro y que tenía amplias atribuciones en materia militar y de hacienda. A sus órdenes estaban los visires, que controlaban las distintas ramas de la administración.

En tiempos del califato la administración central se completaba con la kitaba, una especie de cancillería que se ocupaba de: la correspondencia, los asuntos fronterizos, la ejecución de los decretos y las reclamaciones.

En materia de justicia era el cadí la máxima figura: juzgaba en función de las leyes islámicas y en nombre del califa.

La administración territorial de Al-Ándalus estaba compuesta básicamente por dos demarcaciones. Por un lado estaban las coras o provincias, a cuyo frente estaba un walí que solía residir en la ciudad principal del territorio. Por otro, existían las marcas situadas en las zonas fronterizas. Con respecto a los reinos cristianos estaban la superior (Zaragoza), la media (Toledo) y la inferior (Mérida).

La sociedad en Al-Ándalus.

La sociedad de la España musulmana era heterogénea en cuanto a su composición étnica, cultural y religiosa. La estructura familiar y social eran, por lo general, de carácter patriarcal. Además, como consecuencia del gran desarrollo de la artesanía y el comercio, la mayor parte de la población se concentraba en las ciudades. Los núcleos urbanos era, por tanto, el centro de las actividades económicas, así como de la vida social y administrativa.

En la sociedad musulmana, los árabes ocupaban la mayor parte de los cargos de poder. Constituían una minoría dirigente que se concentraba en el valle del Guadalquivir. Era, a su vez, propietaria de los grandes latifundios del sur peninsular.

La mayor parte del ejército invasor estaba compuesto por bereberes, que fueron reclutados como mercenarios en el norte de África. En un principio se concentraron en la Meseta, donde se dedicaron a la ganadería itinerante.

Por su parte, la población judía era predominantemente urbana, y su dedicación profesional solía estar relacionada con el comercio, la artesanía, la usura y la orfebrería. En contraposición a este grupo aparecerían los esclavos, predominantemente rurales. Si bien, también servían en el ejército y, con el tiempo, en la administración.

Por último, los hispanogodos, grupo mayoritario en la Península, se dividieron en dos grupos dentro del territorio musulmán. Por un lado, aquellos que se convirtieron a la religión islámica, llamados muladíes, y por otro los mozárabes, que se mantuvieron fieles a la fe cristiana.

Las estructuras económicas.

La estructura económica de Al-Ándalus estaba basada, como todas las de su época, en la agricultura. La triada mediterránea (cereal, vid y olivo) siguió siendo el fundamento de la agricultura peninsular, pero los musulmanes mejoraron la producción introduciendo y perfeccionando sistemas de regadío (caso de la noria).

Además, introdujeron nuevos cultivos procedentes de Oriente (cítricos, algodón, etc.) y hubo un gran desarrollo de la ganadería, especialmente ovina.

Sin embargo, fue el desarrollo del comercio y de la artesanía las notas que hicieron singular la economía andalusí. La actividad artesanal, centrada en los tejidos de lana, algodón y seda, recibió un impulso decisivo gracias al comercio desarrollado en las ciudades. También el comercio exterior conoció una etapa de prosperidad, especialmente con Oriente, y los andalusíes contaron con una importante marina mercante.

Además, mientras en el Occidente cristiano apenas circulaban monedas, el dinar de oro y el dirham de plata se convirtieron en monedas de uso más allá del propio territorio de Al-Ándalus.

El legado cultural musulmán.

El arte ha sido uno de los legados más importantes del mundo islámico a la civilización, de tal modo que las mezquitas, los palacios, las alcazabas, etc. forman parte del patrimonio cultural actual. En concreto, en la Península Ibérica se encuentran grandes monumentos:

– La mezquita de Córdoba.

– El palacio de la Aljafería de Zaragoza.

– Las ruinas del palacio de Medina Azahara.

– El alcázar de Sevilla.

– La alcazaba de Málaga.

– El palacio de la Alhambra de Granada.

– La Torre del Oro y la Giralda de Sevilla.

En la cultura islámica florecieron la literatura, la filosofía, la música, el derecho o la medicina, donde destaca la figura de Maimónides. A su vez, se desarrolló de la poesía popular y áulica.

De la obra de Averroes nos interesan dos libros: Discurso decisivo y su comentario a la República de Platón.

Discurso decisivo es un dictamen sobre las relaciones entre la filosofía y la fe en el que se propone establecer, no sólo la armonía entre razón y revelación, sino también la necesidad de incluir la filosofía en los estudios coránicos.

La Exposición de la República de Platón es una lectura pragmática del texto clásico, tratando de extraer de ella consecuencias para la práctica política, y haciendo referencias constantes a circunstancias de su tiempo.

Fue muy importante el desarrollo científico y técnico, los musulmanes difundieron los principios matemáticos de la trigonometría y el álgebra, además del uso del cero. Igualmente fueron importantes los logros en astronomía y la difusión de artículos procedentes de Oriente, como la pólvora o el papel.

5. Conclusiones.

Para finalizar hemos de destacar tres rasgos que, con mayor o menor profundidad en función del periodo, se dieron durante los siglos de dominio musulmán en la Península Ibérica:

– La diversidad social y religiosa existente en Al-Ándalus.

– El hecho de que, precisamente esa diversidad, en los periodos de paz y tolerancia, hizo posible que Al-Ándalus jugase el papel de puente cultural entre dos mundos: el musulmán y el cristiano

– La existencia de periodos de gran esplendor cultural y de etapas de fanatismo y oscurantismo.

Factores que favorecieron el desarrollo urbano

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A lo largo de este epígrafe trataremos algunos de los fenómenos que facilitaron el desarrollo urbano de Europa durante la Edad Media. No obstante, sin perder de vista que nos encontramos ante aspectos que afectaron a buena parte del territorio europeo –no sólo a las villas vascas-, intentaremos explicar como influyeron en el caso concreto de Vizcaya y Guipúzcoa. Esto se basa en el convencimiento de que, a pesar de ser objeto del mismo fenómeno, este se manifiestó y tuvo consecuencias diferentes en cada lugar donde se dio. Es, en definitiva, un guiño a las circunstancias y peculiariedades de los distintos territorios; en este caso al vasco.

El primero de los factores al que nos referiremos tiene que ver con la oposición rústica al proceso de fundación de villas.

A la hora de estudiar la sociedad vasca anterior al siglo XI se aprecia su eminente carácter rural. También resulta fácil concluir que nos encontramos ante grupos humanos claramente estratificados –existía una clara diferenciación entre pobladores dominantes y dominados- y agrupados en linajes formados por familias extensas. Esa estructura se vio amenazada por el fenómeno urbanizador. Y este, como es lógico, se ganó la animadversión de esa tradición rústica.

En los casos de Vizcaya y Guipuzcoa se aprecia claramente esa oposición ante el establecimiento de redes de villas, pero no fue esta una reacción exclusiva de los vascos. Toda Europa, con mayor o menos virulencia –el caso que nos ocupa ha de situarse entre los de mayor hostilidad-, experimentó ese rechazo hacia la fundación de núcleos urbanos.

El segundo de los aspectos que nos ocupa es el que tiene que ver con el Camino de Santiago.

A día de hoy es incuestionable la importancia que tuvieron para Europa, y más en concreto para los reinos hispánicos del norte, las peregrinaciones a Compostela. Estas vinieron acompañadas de una renovación de la vida cultural, artística, económica y -lo más interesante para nuestro estudio- urbana.

La ruta jacobea favoreció el desarrollo de los numerosos núcleos de población situados en torno a la misma. Estos se convirtieron en lugares de paso muy transitados –ciudades puente- y con amplias posibilidades de desarrollo económico, fundamental para atraer pobladores. Es más, en la mayoría de los casos nos encontramos con villas planificadas -tanto desde el punto de vista legal como material- por los poderes públicos interesados en el florecimiento del camino de los peregrinos.

En lo que atañe al territorio vasco el Camino de Santiago tuvo importantes repercusiones. El fenómeno jacobeo influyó en el desarrollo urbano de Vizcaya y Guipúzcoa de manera similar a como lo hizo en otros lugares de la Península Ibérica. Ahí también existieron ejemplos de villas fundadas a lo largo de la ruta, a la cual debieron su primer florecimiento.

El impulso económico que supuso el camino de los peregrinos fue fundamental para el crecimiento de muchas de las villas vascas; quedando, por contra, al margen del desarrollo urbano y mercantil aquellos núcleos alejados de la ruta jacobea.

Es necesario señalar dos aspectos más de la influencia del Camino de Santiago en las tierras vascas. En primer lugar hay que destacar el carácter lineal, jalonado por hospitales y santuarios, de la urbanización originada por la ruta jacobea. Estas villas se desarrollaron en un primer momento siguiendo el camino de los peregrinos; es decir, una calle principal, secundada por construcciones a ambos lados, que a su vez formaba parte de la ruta compostelana. Además, no resulta raro comprobar que el origen de ese emplazamiento estuvo marcado por la existencia de algún edificio de tipo religioso o asistencial en torno al cual se estructuraba la villa.

En segundo término haremos mención, de manera breve, al sentimiento de rechazo étnico que provocaba la presencia de algunos peregrinos y emigrantes extranjeros. Parece que, gracias a la apertura que supuso el Camino de Santiago, se fortaleció la conciencia de pertenencia a un determinado grupo. No obstante, resultaba raro encontrar en el territorio vasco poblaciones de francos, tan comunes en zonas circundantes como Navarra y La Rioja. Fueron casos excepcionales que generaron tensiones entre los distintos grupos, pero también desarrollo económico.

El tercer elemento a comentar es el que atañe a la propia situación geopolítica de ambas provincias vascas, y tiene como protagonista a la monarquía.

Vizcaya y Guipúzcoa constituyeron a lo largo de la Baja Edad Media la frontera entre Castilla y Navarra. Fueron por tanto territorios de disputa entre ambos reinos, que trataron de asegurar su control mediante el establecimiento de villas fortificadas. Esto explica que se fomentase la agrupación de la población en ciudades y se evitase, a su vez, la dispersión en el poblamiento.

Estamos, pues, ante fundaciones con un fin defensivo, pero también comercial, ya que desde ellas resultaba sencillo controlar los cominos de esas comarcas. De esta manera, a las villas se les concedía el control sobre una zona, incluyendo las rutas mercantiles existentes en ella.

A la propia disputa entre navarros y castellanos por el control del territorio vasco, hay que añadir la lucha que cada monarca mantenía con los diversos poderes autónomos existentes dentro de sus reinos. Los reyes no sólo impulsaron el desarrollo urbano para afianzar sus fronteras, también pretendían con esto arrebatar algo de poder a la nobleza. De esta forma, el hecho de otorgar fuero a una determinada villa tenía en los territorios vascos varios significados: asegurar la frontera, favorecer el desarrollo burgués, debilitar a los nobles, desarraigar ciertas formas de vida rústica…

Por último, en este repaso de los principales factores en el surgimiento y desarrollo de las villas vascas, habría que tratar la cuestión del estrato urbano procedente de época romana.

A pesar de ser abundantes los restos de ciudades romanas en territorios circundantes como Navarra, Álava o La Rioja, en los casos de Vizcaya y Guipúzcoa existe una notable carencia de estas manifestaciones arquitectónicas. En los territorios donde existieron y se conservaron asentamientos romanos fue común su repoblación –se despoblaron fruto de la inseguridad producida por la invasiones germánicas y por las posteriores aceifas musulmanas-; es decir, las nuevas villas medievales se edificaron sobre los núcleos de la Antigüedad.

De esta manera, las redes urbanas de buena parte de Europa fueron herencia directa de las romanas. No sucedió así en el caso que nos ocupa. Nos encontramos ante poblaciones fundadas sin la presencia de un precedente; siendo, por tanto, novedosas también las redes de villas establecidas. Ante la ausencia de ciudades grandes y antecedentes de época romana, las villas fundadas en los siglos XII y XIII constituyeron el estrato fundamental en la conformación económica y física del mundo vasco.

Aspectos introductorios

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En el año 1170 el rey Sancho el Sabio otorgaba a San Sebastián un fuero. Surgía así la primera villa de la actual provincia de Guipúzcoa. Veintinueve años después –1199- era Valmaseda la que recibía ese privilegio, convirtiéndose en la decana de Vizcaya. Ambos casos son itos históricos de un amplio proceso urbanizador que, a finales del siglo XIV, permitió a ambas provincias contar con cuarenta y seis villas en su territorio.

Sin embargo, este no fue un fenómeno exclusivamente vasco. A Vizcaya y Gipúzcoa llegó la influencia del proceso de urbanización más amplio, uno europeo iniciado en el siglo XI y generalizado en los tres siglos siguientes. Este fue, sin duda, el factor fundamental –no el único- de ese desarrollo.

Por tanto, resulta necesario enmarcar la urbanización bajomedieval de Vizcaya y Gipúzcoa dentro de un amplio fenómeno que afectó a buena parte de Europa, dentro de la cual se incluye la Península Ibérica. No obstante, el caso vasco presenta una serie de peculiaridades que trataremos de exponer en los siguientes artículos. Sólo atendiendo a esos dos aspectos, el origen europeo y la peculiaridad vasca, se puede llegar a entender cómo y por qué se llevaron a cabo los procesos urbanizadores vizcaíno y guipuzcoano.