El surgimiento de nuevos Estados


El final del conflicto bélico, y la inmediata firma de los distintos tratados de paz entre las potencias vencedoras y vencidas, configuró un nuevo mapa de Europa. A partir de los grandes imperios plurinacionales de finales del XIX –en su mayoría derrotados en la Gran Guerra- surgieron una serie de nuevas y, por lo general, pequeñas naciones. También se reestructuraron las fronteras entre los países que existían antes del estallido del conflicto. Toda esta transformación del mapa Europeo se efectuó por medio del llamado Sistema de Versalles, que anuló la paz de Brest Litovsk. Sin embargo, como en lo referente al aspecto territorial Versalles ratificó las pérdidas rusas contenidas en el tratado germano-soviético, podemos distinguir dos grandes elementos en la transformación territorial de Europa: la paz de Brest-Litovsk y el sistema de Versalles.

La paz de Brest-Litovsk; sancionó la aparición de cinco nuevos Estados a partir de la desmembración del antiguo Imperio ruso: Finlandia, Estonia, Letonia, Lituania y Polonia. Además, los soviéticos se comprometieron en virtud de este tratado a ceder Besarabia a Rumania.

El sistema de Versalles; el complejo entramado político y territorial que funcionó en Europa desde finales de la Gran Guerra hasta el advenimiento de Adolf Hitler, estuvo marcado por las discrepancias surgidas entre las potencias vencedoras durante su proceso de formación. De esta manera, mientras David Lloyd George buscó defender los intereses británicos, y Woodrow Wilson hacer realidad sus catorce puntos, Georges Clemenceau basó toda su actuación en alcanzar la seguridad de Francia, para lo que vio necesario hundir a Alemania. Además, otras potencias de menor rango, como Italia o Japón, vieron con creciente descontento como los esfuerzos de la guerra resultaban poco productivos tras la firma del tratado: esperaban sacar más partido de la victoria del que realmente les permitió la paz. No obstante, los vencedores lograron superar sus discrepancias y alcanzar los siguientes acuerdos:

– Alemania; además de cargar sobre hombros alemanes la responsabilidad de la guerra, Versalles sometió a Alemania a una dura amputación territorial. La nación germana perdió numerosos territorios europeos, poblados además por una mayoría étnica alemana, y todas sus colonias. A todo esto habría que añadir las pérdidas económicas y demográficas de éstas pérdidas, y las humillantes cláusulas del diktat: desmilitarización, reparaciones económicas, reconocimiento de la propia culpabilidad del conflicto…

– Austria-Hungría; éste imperio, como paradigma de plurinacionalidad y plurietnicidad, estaba condenado tras su derrota a un complejo proceso de disolución territorial. A partir de la antigua Austria-Hungría surgieron tres naciones: Austria, Hungría y Checoslovaquia. Pero, además, el antiguo imperio tuvo que ceder buena parte de sus territorios a los países vecinos.

– Bulgaria; en la paz de Neully los búlgaros fueron tratados con especial dureza por las potencias vencedoras. A las pérdidas territoriales se unieron fuertes sanciones económicas que, para una nación como Bulgaria, constituyeron un muro en su proceso de desarrollo.

– Turquía; el caso turco (Paz de Sevres) fue muy similar al de las tres potencias anteriores. Sin embargo, en lo que respecta a sus pérdidas territoriales, hay que señalar que, tras la victoria lograda en la guerra contra Grecia (1920-1922), Turquía recuperó buena parte de sus antiguos territorios (Paz de Lausana, 1923).

Bibliografía:

[1] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[2] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson – Barcelona – Debate – 2007.

Sebastian Haffner, ¿Hitler u Ohm Kruger?

Hitler_KrugerArtículo publicado por Juan Re Crivello en Retratodelinfierno el 12 de octubre de 2005.

El historiador Sebastián Haffner en un libro suyo de reciente aparición -pero escrito como ensayo en 1940- realiza un breve repaso de las teorías que explican el ascenso de Hitler al gobierno de Alemania.

En primer lugar, nos dirá: “casi todos los biógrafos de Hitler han cometido el error de intentar establecer un vinculo entre Hitler y la historia del pensamiento de su época”. Para ellos Hitler seria el producto, la expresión de una sociedad que ante la angustia vital de la decadencia aceptaría una salida que colmaba sus ilusiones.

En segundo lugar, otros autores plantean que la personalidad de Hitler fue mísera e insignificante. El dictador “no sería más que una pieza de ajedrez de los militares alemanes y de las camarillas capitalistas, que aprovechan su demagogia para enmascarar sus propios planes de guerra y sus transacciones comerciales”. O la clásica interpretación en línea con esta de que las crisis capitalistas traen la guerra como solución cíclica a la sobreproducción mercantil.

El autor plantea un tercer aspecto de la historiografía clásica a saber: “Hitler ha alcanzado su actual posición, por así decirlo, automáticamente y sin merecerlo. Las causas que se mencionan son, entre otras, la decepción de las clases medias alemanas empobrecidas por la inflación de 1923, la desesperación de los patriotas alemanes por el tratado de Versalles y el miedo al bolchevismo”.

Llegados a este punto, nos plantea que seria interesante considerar que la historia alemana pueda estar asociada a su vida privada. Es decir, que el ascenso personal, pueda constituir un aspecto sobresaliente que permitió que “un muerto de hambre se convirtió en multimillonario, un simple soplón de la policía militar paso a ser el jefe supremo del Reich alemán, un residente de un asilo de mendigos vienes devino en el déspota de ochenta millones de personas, un desclasado que era despreciado por todos llegó a ser el ídolo de una gran nación”.

A continuación Haffner con gran acierto se introduce en la peculiar personalidad del dictador para hurgar en los íntimos deseos que le empujaran al ascenso social, no sin antes puntualizar que este “proceso único e irrepetible, que no es comparable con las casualidades inofensivas y frecuentes por las que algunas personas de la clase obrera o de la pequeña burguesía han adquirido dignidad y categoría”, pues en todos ellos este aspecto estará unido al mérito y triunfo con el adecuado reconocimiento legal.

Haffner demostrará con contundencia el verdadero valor personal de Hitler al describir la peripecia vital de un individuo desplazado desde una posición cómoda dentro de la burguesía de provincias hacia la clase obrera, luego hasta la plebe y finalmente a la sórdida posición de soplón en los escalones más bajos del ejército.

“Sus superiores -del ejercito- consideran que no le pueden ascender -tras cuatro años en el servicio-, su carácter no permite siquiera que le confíen el mando de la unidad de tropas más pequeña”.

Existen ensayos que a pesar de estar escritos en el momento en que desarrollan los hechos, no dejan de participar del anhelo premonitorio de su autor. En este autor asistimos a un esfuerzo mental de acceder a la mascara que descansa detrás del dictador que lleva a Alemania a su destrucción. Además de aportarnos elementos de reflexión, nos sitúa en una encrucijada: ¿cuándo el hilo de la historia nos dice que aquello a lo que asistimos y que la mayoría cree normal no es sino el precipicio que se abre ante nosotros?.

*Ohm Kruger, nombre que sus compañeros -los residentes del asilo de mendigos de Viena- le adjudican a Hitler.

La doble vida en la Alemania nazi

Tercer_ReichArtículo de Cristina Losada -resumen de Alemania: Jekill y Hyde– publicado por La ilustración Liberal en julio de 2005.

Sebastian Haffner termina de escribir este libro en abril de 1940, ocho meses después del ataque de Hitler a Polonia que marca el estallido de la Segunda Guerra Mundial. Como informa su primer editor, se imprime antes de que los nazis invadieran los Países Bajos. Antes también de que Churchill se hiciera cargo de la jefatura del Gobierno británico, cosa que ocurriría en mayo, tras la ocupación de Holanda y Bélgica, lo que conferiría más claridad y determinación a la dirección de la guerra, algo que Haffner echa de menos en las potencias occidentales en el momento en que escribe.

El autor, que ha huido de Alemania en 1938, siendo una víctima aria del nazismo, está refugiado en Inglaterra. Su objetivo es suministrar a la propaganda británica y francesa datos tan útiles como los que las fotos aéreas de la línea Sigfrido proporcionan a la artillería aliada. Por propaganda entiende algo más que las octavillas y emisiones radiofónicas. Haffner tiene claro que en las guerras modernas el aspecto militar es, al menos, tan importante como la guerra psicológica. Hay que convencer a la gente de la necesidad de luchar, de la causa por la que se lucha. Hay que desarmar intelectualmente al enemigo. Y a esa labor deben coadyuvar las palabras, los gestos y los propios acontecimientos militares.

El análisis en que sustentará sus recomendaciones se divide en los siguientes tramos: Hitler, los dirigentes nazis, los nazis, la población leal, la población desleal, la oposición y los emigrantes. La suya es una visión desde dentro, tal y como reza el subtítulo del libro. Y da respuesta a la pregunta que surge invariablemente cuando se trata el ascenso del nazismo: ¿cómo fue posible que un pueblo como el alemán cayera en las garras de una pandilla de rufianes como los nazis?

De entrada, desmonta las ideas convencionales acerca de Hitler. Es un error, dice, tratar de entenderlo como “un tender acoplado a la locomotora de una idea o de un movimiento”. Hitler no se siente vinculado a los objetivos que anuncia. La única idea consistente que se oculta tras la política de Hitler es Hitler. Y más útil resulta juzgarle “considerando la historia alemana y europea como parte de su vida privada”.

Eso sí, “fue una casualidad trágica para todo el mundo que la miseria personal de Hitler coincidiera con la miseria alemana en el año 1919”. Alemania, como aquel hombre hundido en la escoria, no reaccionó ante la derrota afrontándola, buscando sus propios errores y rectificando, sino con exasperación, terquedad y odio. Y puede decirse que Hitler es Alemania “en el sentido de que responde a la idea alemana de un poderoso, articula la exasperación alemana y satisface cierta tendencia de los alemanes a lo teatral”.

El autor, que está convencido de que los dirigentes nazis y el régimen nazi no sobrevivirían sin Hitler, prevé ya que el Führer se suicidará “cuando se acabe el juego”. Pues “posee exactamente el valor y la cobardía necesarios para un suicidio por desesperación”.

¿Quiénes son los nazis? La actitud hacia los judíos es el rasgo inconfundible. Y señala un aspecto sobre el que volverá en Historia de un alemán: el objetivo principal del antisemitismo es ser una “señal oculta y de secreto vinculante”, como un asesinato ritual permanente, y anular la conciencia de la segunda generación de nazis.

El autor esboza el retrato, que redondeará en la Historia, de la primera generación de nazis. La que vivió la Gran Guerra como un espectacular acontecimiento deportivo. La que carecía de talento y aptitud para la vida privada y la felicidad personal. La juventud “sin formación y sin ganas de aprender, [que] rechazaba como ridículo e insignificante todo lo que suponía un esfuerzo y era demasiado refinado para su paladar, acostumbrado a una dieta monótona”.

Una juventud, en fin, para la que iba a ser una satisfacción “poder pisarle el cuello a ese extraño mundo del espíritu, la civilización, la burguesía”, acabar con la familia, con los frailes, con los judíos… Para esa generación, con el gran juego de la guerra, la vida volvía a tener sentido.

La segunda generación está formada por hombres a los que se ha extirpado la conciencia, la inteligencia y el alma sin necesidad ya de un pretexto ideológico. Es gente para la que el asesinato, la tortura y la destrucción no suponen “el caos voluptuoso”, sino “el nuevo orden”. Una generación que juzga muy semejante a la segunda generación bolchevique. “En muchos sentidos, Rusia es hoy ya nazi”.

Pero, ¿a qué viene lo de Jeckyll y Hyde? El acertijo que Alemania plantea al mundo, dice, es éste: viven allí millones de personas normales y civilizadas, honradas y amables, y se cometen atrocidades con su consentimiento y, siempre, sin su expresa desaprobación. Es la doble personalidad de la población leal al régimen. Aunque se queja y sufre, quiere la continuidad de los nazis. Son los devotos del Kaiser y el Reich que no admiten que se ha producido un cambio esencial con el desembarco de los nazis.

Haffner examina la propaganda nazi: nadie la cree, pero es efectiva. Genera imágenes y asociaciones imaginarias que ocultan la realidad. No pretende convencer, sino impresionar. No apela a la razón, sino a los sentimientos y la fantasía. Y ello encuentra terreno abonado en el poco desarrollado sentido de la realidad que poseen los alemanes leales. Y en su “apoliticismo”.

El patriotismo de los leales, que les lleva a coincidir con las proclamas de los nazis, no es amor a la patria sino obsesión por ella. Una obsesión que no han creado los nazis: ella ha creado a los nazis. Haffner investiga la leyenda histórica del Reich y concluye que los nazis encajaron a la perfección en la misma. Mientras que la República de Weimar no pudo gobernar “contra ese monstruo asesino [que] seguía moviéndose (…) hacia una nueva guerra y hacia nuevos pillajes”.

¿Y la otra mitad, la población desleal, que desea la derrota y el castigo de los nazis? También debe llevar una doble vida. Se encuentra indefensa, desorganizada y desesperada. Parte de la responsabilidad es de las potencias occidentales, que han hecho más por desmoralizarla –el Acuerdo de Munich de 1938– que por animarla. Frente a quienes creen que son cobardes por no rebelarse, Haffner señala que todos los días hay individuos heroicos que se sacrifican. Pero el régimen ha desarrollado un mecanismo que imposibilita una rebelión masiva. A los desleales sólo les queda la vida privada, el pequeño círculo de amigos. Y aún así. Cada persona está aislada y vigilada. La parte del pueblo hostil a los nazis no ve ninguna posibilidad de derrocarlos. Y prefiere emigrar antes que hacer la revolución.

El autor critica acerbamente la política de las potencias occidentales hacia los emigrantes alemanes y los refugiados judíos. El cierre de puertas a unos y otros hizo que los alemanes perdieran la confianza en el mundo occidental. Hay en Alemania, dice, quienes, “cuando son pisoteados por los hombres de las SS en Buchenwald, al menos mueren con la tranquilidad de tener en regla los papeles con los que podrían haber viajado al país de la libertad en 1942 o 1943… de haber sobrevivido”.

Haffner concluye este libro, escrito con sentido de urgencia, de impecable factura literaria, advirtiendo del peligro de las actitudes apaciguadores y de compromiso que detecta en Inglaterra y Francia. Sólo hay un camino: eliminar el régimen y castigar a los nazis por sus crímenes. Y acabar con el Reich”.

La vida cotidiana en el infierno

Sebastian_HaffnerArtículo de Luís Fernando Moreno publicado por El País el 29 de noviembre de 2001.

El 2 de enero de 1999 fallecía en Berlín, su ciudad natal, el gran publicista Sebastian Haffner, a la edad de 91 años. Su verdadero nombre era Raimund Pretzel y provenía de una familia acomodada. Su padre, un funcionario prusiano que poseía una excelente biblioteca con más de 10.000 volúmenes, le transmitió su pasión por los libros, pero también lo ayudó a adquirir la sensatez necesaria para observar el mundo con sentido común. El muchacho estudió jurisprudencia y, a sus 25 años, era ya pasante en el Tribunal Imperial de Justicia; con cierta probabilidad, su carrera hubiera sido la de un alto y brillante funcionario de Estado de no haber llegado Hitler al poder en Alemania, el 30 de enero de 1933.

Aunque aquel joven rubio y bien parecido no era de origen judío, sino “ario”, y no tenía nada que temer en ese sentido de los nazis, que incluso le hubiesen permitido medrar en la Administración, en 1938 eligió el camino del exilio trasladándose a Inglaterra. Allí trabajó para The Observer como periodista y, tras estallar la Segunda Guerra Mundial, publicó Germany: Jekyll.

Y ya como Sebastian Haffner regresa a su patria en 1954, donde trabaja para Die Welt y, después, durante muchos años, para el semanario Stern. Aparte de sus polémicos artículos de análisis histórico-político -la pacata izquierda germana siempre consideró a Haffner un columnista “de derechas”, dados sus inveterados ataques al comunismo de la RDA-, publicó títulos tan señeros como Churchill, Die November Revolution, Anmerkungen zu Hitler o el único de sus libros aparecido en España, hoy descatalogado: El pacto del diablo (Bruguera), sobre las relaciones germano-soviéticas.

Entre el legado de Haffner, los albaceas hallaron un texto inédito que llevaba por título Historia de un alemán. El original databa de 1939. Apenas publicado en Alemania, el pasado año 2000, el inédito de Haffner se convirtió en un gran éxito de ventas, y es que su contenido resultó ser apasionante. Mezcla de reflexión ensayística y autobiografía, Haffner intentaba explicarse, por una parte, las razones que habían posibilitado el ascenso de Hitler al poder, y con este fin repasaba con admirable claridad y concisión la historia de Alemania desde 1914 hasta aquel momento. Por otra parte, el autor se centraba en su propia vivencia durante los meses que siguieron a aquel acontecimiento fatídico y que tan graves consecuencias traería consigo.

Fue el instinto, la “nariz”, lo que previno en contra de los nazis a aquel chico culto, despabilado, individualista y celoso de su libertad, que era Raimund Pretzel a sus 25 años, en 1933. En modo alguno podía adherirse a un régimen que se inmiscuía sustancialmente en la vida privada de las personas, que se proponía dirigir sus movimientos, controlar las amistades, los gustos y, principalmente, el pensamiento de todos. Aquel joven, que incluso en cierta ocasión se había declarado “más bien de derechas”, sentía que había algo que “olía mal” en los nuevos señores: su retórica, su cinismo, la brutalidad de sus acciones. Pero ese olfato para discernir entre lo carente de valor y aquello que sí lo poseía, desgraciadamente -se lamenta el autor-, era ajeno a la mayoría de los alemanes.

Después de referirse brevemente a las tres décadas que transcurrieron entre el fin de la Primera Guerra Mundial y el advenimiento de Hitler: la inflación, la era Stresemann y, finalmente, los años postreros de la República de Weimar, en tonos que recuerdan lejanamente a El mundo de ayer, de Zweig, Haffner describe magistralmente el infierno en que, en cuestión de días, se convirtió la vida diaria en el Reich. De repente, “la masa lo invadió todo: lo bárbaro se convirtió en cotidiano; lo chato y obtuso, la falta de nouance, de valour se tornó general”. Desde entonces sólo cupo lo “pesado y artificial, lo colectivo aplastó el pensamiento individual; la libertad fue abolida y comenzó el dominio de la oscuridad y el terror”. “El infierno” se convirtió en norma para los ciudadanos que se negaron a colaborar activa o pasivamente con aquella ideología bombástica y fundamentalista. El ambiente se estrechó cada vez más en torno a los espíritus libres y fueron nulas las posibilidades de resistir individualmente a esa especie de Goliat portaesvásticas en que se convirtió la nación entera.

Detrás de las aclamaciones de júbilo al paso de escuadras de jóvenes uniformados, tras el obligatorio saludo a la romana -cualquiera que se abstuviera de alzar el brazo en público recibía una paliza-, oculto bajo la fanfarria militar, se escondía o bien la necedad de un pueblo sin conciencia, machacado por la ideología, o bien el miedo. De súbito, el denominado “pueblo de los poetas y los pensadores” dejó de serlo, pues tanto poetas y pensadores acabaron en los campos de concentración o huyendo al extranjero. “La cultura descendió de golpe hasta niveles ínfimos”, sofocada por el hervidero de consignas, por los discursos de los ideólogos; de pronto, dejó de producirse “algo que mereciera la pena”.

Moralmente, la nación entera se desquició, y no sólo cuantos fueron señalados como víctimas; también quienes se unieron a los nazis, bien por cortedad, mero oportunismo o, simplemente, para salvar la vida, cayeron en una espiral de terror y chantaje emocional, y cuando quisieron salir de ella ya no lo lograron: Hitler y sus centuriones, pero también la gran mayoría de sus conciudadanos, los succionaron hacia un atroz vórtice de dominio. Así, por pura inconsciencia, muchas personas se vieron convertidas en cómplices del gran crimen contra la humanidad perpetrado por Alemania. Y es que, constata Haffner, para los ciudadanos “normales” fue más cómodo dejarse trastornar por aquel régimen extremadamente nacionalista, populista y racista que oponer resistencia; no en vano, se imponía en toda la nación aquel carácter general que era el denominador común de una gran parte de los alemanes de la época: falta de coraje civil, “instinto de rebaño” (en palabras de Nietzsche) y, sobre todo, una marcada incapacidad sustancial de disfrutar de una vida de sosiego y felicidad individuales; nada temía más el burgués medio que “el vacío y el aburrimiento”; así, el horror vacui junto a la estupidez y los difusos deseos de “salvación” lo enjaezaron de tal forma que se convirtió en presa fácil de las ideologías de todo cuño.

Entreverada con tales ideas y reflexiones acaso un tanto generales pero que dan en el clavo, Haffner narra, además, en su impresionante documento -magníficamente traducido al castellano- una tibia historia de amor: la del narrador y una muchacha judía, acaso el trasunto literario de la mujer que lo seguiría a Inglaterra y que más tarde sería su primera esposa: Erika Hirsch. Asimismo, relata el avatar de su mejor amigo, también de origen semita, jurista como él, y ya sin la más mínima posibilidad de vivir con normalidad en Alemania, donde bajo los auspicios de la nueva barbarie legal se ordenaba al pueblo que diese rienda suelta a su ancestral antisemitismo.

Con el nacionalsocialismo, entraron en vigor nuevas leyes que excluían a los funcionarios judíos de la Administración y ordenaban a los “arios” boicotear todo negocio regentado por judíos e incluso a los profesionales autónomos como médicos o abogados pertenecientes a aquella “raza maldita”. Miles de familias judías se vieron, pues, de la noche a la mañana sin posibilidades de subsistencia, y escasos fueron los “arios” que se atrevieron a desobedecer las órdenes recibidas.

La situación de los no-nazis


«La situación de los alemanes no nazis durante el verano de 1933 fue ciertamente una de las más difíciles en las que se puede encontrar el ser humano (…) Todo el que se negara a ser nazi tenía ante sí un panorama nefasto (…) Dicho panorama encierra a su vez sus propias tentaciones… El demonio tiende muchas redes: unas gruesas para las almas rudas y otras finas para las más delicadas».

En la parte final de su libro, Sebastian Haffner nos presenta cuales eran las vías de escape que les quedaban a aquellos alemanes que, en los primeros momentos de la revolución, se habían mostrado contrarios a Hitler. De esta forma, en unas pocas páginas, quedan reflejadas las posturas de los alemanes ante el régimen: la adhesión, la emigración interior –representada por la desesperación-, el aislamiento y la huída a la ilusión, y la emigración.

La adhesión al partido.

«Al mismo tiempo todos los días nos instaban no ya a rendirnos, sino a pasarnos al bando contrario. Bastaba un pequeño pacto con el diablo para dejar de pertenecer al equipo de los prisioneros y perseguidos y pasar a formar parte del grupo de los vencedores y perseguidores (…) Hoy son miles los que pululan por Alemania, los nazis con mala conciencia, hombres que soportan el peso de la insignia de su partido al igual que Macbeth carga con la púrpura de su corona, personas que, cual borregos al matadero, han de llevar sobre los hombros un cargo de conciencia tras otro mientras su mirada furtiva busca en vano alguna posibilidad de escapar. Beben y toman pastillas para dormir, no se atreven a pensar, ni siquiera saben si han de anhelar o temer el fin de la época nazi, gente que, cuando llegue ese día, seguramente deseará no haber pertenecido a ella».

La primera opción que se les presentaba a estos alemanes era unirse a su enemigo. Es decir, pasar a engrosar las filas del nacionalsocialismo. Como podemos leer en el fragmento anterior, no resultaba fácil renunciar al modelo que ofrecía la omnipresente propaganda nazi: la tentación de dejar de ser perseguidos, de acabar con el sufrimiento personal y familiar, y pasar a gozar de las comodidades y la euforia que la pertenencia a la comunidad nacional ofrecía al individuo. Sin embargo, Haffner afirma que esa traición a la propia conciencia, ese falso espejismo que esos individuos aceptaron como forma de vida, tendría en un futuro repercusiones graves para ellos.

La desesperación.

«La segunda tentación consistía en la amargura, en el propio abandono masoquista al odio, al sufrimiento y a un pesimismo sin barreras (…) En algunos casos conduce al suicidio. Pero son muchas más las personas que se organizan para ser capaces de vivir con ella, digamos que torciendo el gesto (…) el único placer oscuro que les queda es deleitarse en la descripción de las atrocidades (…) Por último, hay un estrecho camino que lleva directamente desde este punto al nazismo: una vez que todo da igual, todo está perdido y se ha ido al diablo, ¿por qué no actuar guiados por el más iracundo cinismo y sumarse personalmente al bando de los demonios?»

El mero hecho de considerar imposible escapar de la omnipresencia del régimen nacionalsocialista constituía en sí mismo la puerta de entrada a otra de las “tentaciones” que acosaban al individuo: la desesperación. De hecho, la rendición de la persona ante el Estado se convirtió en un acontecimiento habitual en la Alemania hitleriana. Según el autor, ésta actitud podía conducir a dos caminos bien diferenciados, el suicidio y la adhesión al régimen. Estos eran, al mismo tiempo, muy similares, ya que ambos constituían una renuncia a la propia existencia.

El aislamiento.

«La segunda tentación consistía en la amargura, en el propio abandono masoquista al odio, al sufrimiento y a un pesimismo sin barreras (…) En algunos casos conduce al suicidio. Pero son muchas más las personas que se organizan para ser capaces de vivir con ella, digamos que torciendo el gesto (…) el único placer oscuro que les queda es deleitarse en la descripción de las atrocidades (…) Por último, hay un estrecho camino que lleva directamente desde este punto al nazismo: una vez que todo da igual, todo está perdido y se ha ido al diablo, ¿por qué no actuar guiados por el más iracundo cinismo y sumarse personalmente al bando de los demonios?»

El mero hecho de considerar imposible escapar de la omnipresencia del régimen nacionalsocialista constituía en sí mismo la puerta de entrada a otra de las “tentaciones” que acosaban al individuo: la desesperación. De hecho, la rendición de la persona ante el Estado se convirtió en un acontecimiento habitual en la Alemania hitleriana. Según el autor, ésta actitud podía conducir a dos caminos bien diferenciados, el suicidio y la adhesión al régimen. Estos eran, al mismo tiempo, muy similares, ya que ambos constituían una renuncia a la propia existencia.

La huída a la ilusión.

«…recurrir a medidas de consuelo y alivio tras las que se esconde el anzuelo del demonio. Una de ellas, la favorita de los de mayor edad, consistía en huir hacia un mundo de ilusión (…) trataban de demostrarse a diario a sí mismos y a los demás que era imposible que todo aquello continuase, adoptaban la pose típica del sabelotodo (…) consistía en estar al margen de la situación y observarlo todo con aires de superioridad (…) Una vez alcanzados los éxitos que siempre habían calificado de imposibles, reconocieron su derrota».

Otra posible respuesta ante el acoso nazi era, a juicio del autor, despreciarlos a ellos y, sobre todo, a la locura de su régimen. Pasar a vivir de la ilusión de la caída del nacionalsocialismo. Todos aquellos que opinaban que Hitler no se mantendría en el poder demasiado tiempo, los que insistían en que aquello caería por su propio peso –incluso poniendo fecha al suceso-, engrosaban las listas de este grupo.

Sin embargo, cuando se demostró que el nacionalsocialismo no sólo se aferraba al poder, sino que alcanzaba los éxitos que ningún otro gobierno había logrado obtener, se derrumbaron. De esta forma, estos individuos derrotados pasaron a formar parte de cualquiera de los otros colectivos anteriormente mencionados.

La emigración.

«No, eso de replegarse en la vida privada no funcionó en absoluto. Daba igual donde intentara aislarse uno, pues en todas partes volvía a encontrarse con aquello de lo que pretendía huir. Me di cuenta de que la revolución nazi había suprimido la antigua división entre política y vida privada (…) Si de verdad se quería escapar a sus efectos, solo había una solución posible: el distanciamiento físico, la emigración, despedirse del país al que uno pertenece por nacimiento, idioma y educación y renunciar a todo vínculo patriótico».

El autor defiende que la única solución para salvaguardar la libertad personal en esa “especie de duelo” entre el Estado y el individuo es la emigración de éste último. Sesbastian Haffner sostiene en su obra que dentro del propio régimen nacionalsocialista era imposible mantenerse inviolable, ya que el Estado lo invadía todo. De esta forma, romper con el propio país se presentaba como el único camino. Esto vendría respaldado por algo que indicábamos más arriba: la nación había pasado a identificarse totalmente con la comunidad nacional, y esta con el partido.

Bibliografía:

[1] Historia de un alemán; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2005.

[2] El pacto con el diablo; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2007.

[3] Los siete pecados capitales del Imperio Alemán en la Primera Guerra Mundial; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2006.

[4] Anotaciones sobre Hitler; Sebastian Haffner – Galaxia Gutenberg – Barcelona – 2002.

[5] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[6] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson – Barcelona – Debate – 2007.

[7] La Primera Guerra Mundial; Hew Strachan – Barcelona – Crítica – 2004.

[8] El periodo de entreguerras en Europa; Martin Kitchen – Madrid – Alianza Editorial – 1992.

[9] Sociedad y cultura en la República de Weimar: el fracaso de una ilusión; José Ramón Díez Espinosa – Valladolid – Universidad – 1996.

[10] El desempleo de masas en la Gran Depresión. Palabras, imágenes y sonidos; José Ramón Díez Espinosa – Valladolid – Universidad – 2006.

La Transformación Sociocultural


«Preguntaba con gran ingenuidad por bares y cabarés cerrados hacía tiempo, por actores que habían dejado de existir. Por supuesto que había leído muchas cosas en los periódicos, pero la realidad era muy distinta entonces, tal vez menos sensacionalista, pero mucho más difícil de entender y más dura de soportar. Las banderas con la cruz gamada estaban por todas partes, al igual que los uniformes pardos, de los que no era posible escapar: en el autobús, en el café, en la calle, en el Tiergarten, se extendían por doquier como un ejército de ocupación. El ruido constante de tambores, la música marcial día y noche… era extraño, Teddy seguía aguzando el oído y preguntaba qué era lo que estaba ocurriendo (…) Además estaban los carteles rojos que anunciaban ejecuciones y aparecían casi todas las mañanas pegados en las columnas junto a los del cine y los restaurantes de verano…»

En la labor de transformación sociocultural llevada a cabo por los nacionalsocialistas podemos distinguir dos fases. La primera consistió en la destrucción de las bases del sistema de Weimar. La otra buscó construir sobre esas ruinas, en expandir la ideología del nuevo régimen. De esta manera, se trató de fomentar la aceptación, por parte del pueblo, de la cultura del NSDAP. Un imaginario basado en el espíritu de sacrificio, el heroísmo, el mito germánico y el neoclasicismo.

Las asociaciones profesionales.

«A la mañana siguiente el periódico trajo este titular: “Convivencias para pasantes”. Todos los pasantes que estuviesen preparando el segundo examen de Estado serían convocados una vez concluida la parte escrita para asistir a unos encuentros en los cuales, además de realizar entrenamientos militares y mantener una sana convivencia, recibirían una formación ideológica y se prepararían para hacer frente a su futuro como jueces de la nación alemana».

Con el fin de ampliar su control sobre la sociedad alemana el régimen nacionalsocialista estableció que todos los trabajadores del Reich debían suscribirse a asociaciones profesionales. Estas, realmente, dependían del partido: eran correas de transmisión entre el NSDAP y la sociedad.

Mediante la agrupación de los miembros de cada profesión en organizaciones de trabajadores, se lograba adoctrinarles de una manera más sencilla. El ejemplo que Sebastian Haffner nos narra en el fragmento anterior es tan solo un ejemplo de ese interés del Estado por formar ideológicamente a sus trabajadores.

La depuración en el funcionariado.

«Los campos de concentración ya se habían convertido en instituciones y todos estábamos invitados a acostumbrarnos a esta nueva situación y a cuidar nuestro lenguaje. La “unificación”, es decir, la designación de nazis para que ocupasen todos los puestos dentro de las diversas autoridades, administraciones locales, grandes negocios, juntas directivas de clubes y asociaciones, continuó (…) se llevaba a cabo de forma sistemática y casi meticulosa y ordenada a través de leyes y disposiciones, y no mediante “acciones aisladas” salvajes e imprevisibles. La revolución adquirió un carácter funcionarial».

Pronto afectó el proceso de depuración, tanto por razones étnicas como ideológicas, a la administración pública alemana. Aquellos que se consideraban peligrosos para el régimen eran relevados de sus cargos, que rápidamente se ocupaban con simpatizantes del partido. De esta manera, en un breve periodo de tiempo, ser nacionalsocialista se convirtió en una tarjeta de presentación imprescindible para ser funcionario público.

Ya en 1933, Haffner nos habla de la exclusión de los judíos de las funciones públicas y del rápido ascenso de los miembros del partido dentro de la administración. La revolución, tal como indica en el fragmento reproducido anteriormente, adquirió un carácter funcionarial. Es decir, en muchos casos eran esos miles de funcionarios los que, desde la más estricta legalidad -dentro del aparato estatal-, llevaban a cabo las acciones revolucionarias.

La depuración cultural.

«El mundo en el que había vivido iba desvaneciéndose, desaparecía, iba haciéndose invisible día a día de forma evidente y en medio de un silencio absoluto. Casi a diario podía notarse cómo desaparecía y se hundía un fragmento más de ese mundo (…) Las personas cuyos nombres habían estado en boca de todos, cuyos libros habíamos leído y cuyos discursos habíamos comentado se esfumaron (…) a partir de entonces los libros desaparecieron de las librerías y de las bibliotecas (…) Numerosos periódicos y revistas desaparecieron de los quioscos, pero mucho más inquietante fue lo que ocurrió con los que permanecieron».

Desde el mismo momento de su ascensión al poder, Hitler puso especial interés en depurar la cultura alemana, en eliminar el arte “degenerado” surgido durante la etapa de Weimar. De esta manera, se procedió a la rápida y eficaz tarea de desprestigiar a estos autores y eliminar sus obras. No obstante, los esfuerzos de los nazis no se detuvieron ahí. Tras el triunfo de la destrucción cultural, le llegó el turno a la creación de la nueva cultura: la nacionalsocialista.

En su obra, Sebastian Haffner describe esta sustitución de la famosa cultura de Weimar y la aparición de la nazi de diversas maneras. El fragmento anterior refleja muy bien como percibió el intelectual alemán estos cambios: el mundo en el que había vivido se iba desvaneciendo, poco a poco, con pequeñas “desapariciones” diarias.

Bibliografía:

[1] Historia de un alemán; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2005.

[2] El pacto con el diablo; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2007.

[3] Los siete pecados capitales del Imperio Alemán en la Primera Guerra Mundial; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2006.

[4] Anotaciones sobre Hitler; Sebastian Haffner – Galaxia Gutenberg – Barcelona – 2002.

[5] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[6] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson – Barcelona – Debate – 2007.

[7] La Primera Guerra Mundial; Hew Strachan – Barcelona – Crítica – 2004.

[8] El periodo de entreguerras en Europa; Martin Kitchen – Madrid – Alianza Editorial – 1992.

[9] Sociedad y cultura en la República de Weimar: el fracaso de una ilusión; José Ramón Díez Espinosa – Valladolid – Universidad – 1996.

[10] El desempleo de masas en la Gran Depresión. Palabras, imágenes y sonidos; José Ramón Díez Espinosa – Valladolid – Universidad – 2006.

El consenso y la propaganda


«¿Qué les ha pasado a los alemanes? El 5 de marzo de 1933 la mayoría de ellos votó en contra de Hitler ¿Qué ha sido de esa mayoría? ¿Acaso ha muerto? ¿Se la ha tragado la tierra? ¿O es que se ha vuelto nazi tardíamente? ¿Cómo es posible que no se produjera ni la más mínima reacción por su parte?»

El objetivo de convertir a Alemania en una fuerte y homogénea comunidad nacional pasaba por lograr el consenso de los alemanes en torno al ideal nacionalsocialista. Con este fin se desarrollaron una serie de mecanismos creadores de consenso. Estos, junto a los de represión antes descrita, acabaron por moldear la sociedad alemana al gusto de los dirigentes nazis. Pues bien, en este proceso -de ahí el título del capítulo- jugó un papel fundamental la propaganda. Esta, siguiendo las directrices marcadas por Goebbels, penetró a fondo en la mentalidad de los ciudadanos del III Reich.

Sebastian Haffner alude en numerosas ocasiones a la propaganda nazi en la segunda parte de su libro. Hace lo posible por describir el ambiente en el que vivía, esa presión que lo envolvía todo, y su efecto sobre las personas. Además, en determinados momentos también podemos vislumbrar cómo se fue creando la comunidad nacional: los que se sentían dentro la defendían y los que estaban fuera perdían toda esperanza de victoria o redención.

La omnipresencia de la propaganda.

«Uniformes pardos en las calles, desfiles, gritos de “Heil” (…) se celebraban desfiles a diario, se conmemoraban masivas horas solemnes, había continuas expresiones públicas de agradecimiento por la liberación nacional, música militar de la mañana a la noche, homenajes a los héroes, bendición de las banderas… La gente comenzó a participar, primero sólo por miedo. Sin embargo, tras haber tomado parte una primera vez, ya no quisieron hacerlo por miedo, así que terminaron incorporando el convencimiento político necesario. Éste es el mecanismo emocional básico del triunfo de la revolución nacionalsocialista».

El régimen nacionalsocialista se sirvió, para cumplir sus objetivos, de una propaganda omnipresente. Esta, con el fin de llegar al mayor número de individuos, puso en práctica abundantes innovaciones en el campo de la comunicación. La utilización de todos los resortes que encontrasen a su disposición y la intromisión en todos los ámbitos de la vida de las personas, tanto el público como el privado, fueron dos de las características fundamentales de la maquinaria propagandística de Goebbels.

En Historia de un alemán se destaca también, en lo referente a la propaganda, la omnipresencia de la misma y los múltiples canales por los que ésta viajaba. Los desfiles, los carteles, la radio, la prensa, el cine, el ámbito profesional, la familia… el partido lograba entrar en la vida del individuo y empaparla de sus ideales, logros y proyectos. Esto, como vemos en la obra de Haffner, podía provocar entusiasmo, miedo o rechazo; pero, independientemente de cual de las tres suscitase –también podía suceder que una persona la percibiese de dos o tres maneras a la vez-, lo que está claro es que a nadie dejaba indiferente. El nacionalsocialismo estaba, para bien o para mal, en boca de todos.

La creación de un amplio consenso.

«Ni siquiera los que por entonces se convirtieron en nazis sabían realmente en lo que se estaban convirtiendo; tal vez pensasen que estaban a favor del nacionalismo, del socialismo, en contra de los judíos y a favor de 1914-1918, y la mayoría se alegraban en secreto por la perspectiva de vivir nuevas aventuras ante el gran público y presenciar un nuevo 1923, pero todos, por supuesto, manteniendo las formas “humanitarias” propias de un “pueblo cultivado”. Probablemente la mayoría le miraría a uno con sorpresa ante la pregunta de si estaban a favor de las salas oficiales de tortura permanente o de los pogromos ordenados por el Estado».

La creación de consensos fue una de las grandes obras maestras de los nacionalsocialistas: lograr, de manera eficaz, la adhesión a su causa de distintos grupos por medio de las posibles coincidencias ideológicas o de intereses fue fundamental para la creación de la comunidad nacional y, por tanto, para el triunfo de Hitler. Así, durante el III Reich se llegaron a identificar con el nacionalsocialismo una serie de ideales que compartían la mayoría de los alemanes. Por tanto, el que no era nazi no defendía esas ideas y, en consecuencia, resultaba peligroso para la comunidad nacional.

Esos consensos vienen muy bien reflejados y analizados en la obra de Sebastian Haffner. El intelectual alemán trata de conducirnos en varias ocasiones por la mente de aquellos alemanes que, compartiendo parte del programa del nacionalsocialismo, decidieron abrazar, en virtud de esos puntos, la ideología hitleriana. Eran, según nos muestra Haffner, personas que no respaldaban de forma directa los crímenes nazis, pero que con su apoyo al ideario común sostenían también aquello con lo que no comulgaban. Era como un mal menor e ineludible para alcanzar esos grandes ideales.

La exaltación del nacionalismo.

«…la alegría ávida e infantil que supone el hecho de ver el propio país representado en el mapa por una mancha de color cada vez más y más grande, la sensación de triunfo por las victorias conseguidas, el placer ante la humillación y el sometimiento ajenos, el gozoso paladeo del temor que uno inspira, el autobombo nacional al estilo de “maestros cantores”, la manipulación onanista en torno al pensamiento “alemán”, al sentimiento “alemán”, a la lealtad “alemana”, al hombre “alemán”…»

Sin duda, de entre los ideales que hicieron posibles la formación de consensos y, por tanto, la configuración de la comunidad nacional, el nacionalismo fue el que jugó un papel más destacado. La identificación del partido nazi con la nación y, en consecuencia, la exclusión de la misma de todo aquel contrario al nacionalsocialismo, tuvo un peso vital en el triunfo de Hitler.

Sebastian Haffner refleja de un modo muy particular esa exaltación nacional: nos remite a su propia figura; es decir, un alemán que tiene que renunciar a su patria por el hecho de no comulgar con un régimen totalitario. Así, con ese negarse a despreciar lo extranjero, lo extraño, va engrosando las filas de los que resultan peligrosos para la comunidad nacional. No comparte el afán germanizador de los nacionalistas, esa exaltación infantil de lo alemán. Por esa razón, no tiene más remedio que “jugar” contra su propio país: desear su ruina.

Bibliografía:

[1] Historia de un alemán; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2005.

[2] El pacto con el diablo; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2007.

[3] Los siete pecados capitales del Imperio Alemán en la Primera Guerra Mundial; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2006.

[4] Anotaciones sobre Hitler; Sebastian Haffner – Galaxia Gutenberg – Barcelona – 2002.

[5] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[6] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson – Barcelona – Debate – 2007.

[7] La Primera Guerra Mundial; Hew Strachan – Barcelona – Crítica – 2004.

[8] El periodo de entreguerras en Europa; Martin Kitchen – Madrid – Alianza Editorial – 1992.

[9] Sociedad y cultura en la República de Weimar: el fracaso de una ilusión; José Ramón Díez Espinosa – Valladolid – Universidad – 1996.

[10] El desempleo de masas en la Gran Depresión. Palabras, imágenes y sonidos; José Ramón Díez Espinosa – Valladolid – Universidad – 2006.

La revolución legal


«Por la mañana el titular rezó: “El presidente del Reich convoca a Hitler”, lo cual hizo que sintiéramos cierto enojo nervioso e impotente (…) Alrededor de las cinco llegaron los diarios vespertinos: “Constituido el gabinete de concentración nacional: Hitler es nombrado canciller del Reich” (…) ¿En qué consiste una revolución? Los expertos en Derecho político afirman lo siguiente: una revolución consiste en alterar una Constitución a través de medios no previstos por ella. Si nos atenemos a una definición tan escueta, la “revolución” nazi de marzo de 1933 no fue tal, pues todo transcurrió dentro de la más estricta “legalidad”, a través de los medios que sí estaban previstos por la Constitución».

En un principio nada había cambiado en Alemania, el nuevo gobierno no era más que la cuarta experiencia del régimen presidencialista. Además, a pesar de que Hitler era canciller, los nazis apenas ocupaban puestos relevantes en el nuevo ejecutivo: era más bien un gobierno de tipo conservador. Sin embargo, lentamente, se fue forjando la transformación de Alemania. Una serie de cambios operados dentro de la más estricta legalidad, que a la postre resultaron ser revolucionarios.

Sebastian Haffner nos relata, paso a paso, cómo se fue realizando esa transformación de Alemania. Cómo los nazis, utilizando los medios puestos a su disposición por la Constitución de Weimar, encaminaron a los alemanes por la senda de la revolución legal. Pero además, nos narra también sus impresiones sobre los hechos, y cómo estos afectaron a su vida. Describe la impotencia de los que veían lo que estaba sucediendo y no eran capaces de detenerlo; la frustración de aquellos que, sin éxito, trataban de hacer ver a muchos contemporáneos la gravedad de los acontecimientos.

El incendio del Reichstag.

«Han sido pocos los acontecimientos históricos actuales que “me he perdido” por completo, como el incendio del Reichstag (…) No fue hasta el día siguiente cuando leí en el periódico que el Reichstag estaba ardiendo. Hasta el mediodía no tuve noticias de las detenciones. Más o menos al mismo tiempo fue publicada la disposición de Hindenburg que anulaba la libertad de expresión y el secreto postal y telefónico de los ciudadanos y, a cambio, otorgaba a la policía pleno derecho a efectuar registros domiciliarios, incautaciones y arrestos».

El incendio del Reichstag, perpetrado teóricamente por un militante comunista, dio al gobierno de Hitler la excusa perfecta para avanzar de una manera rápida y efectiva en su tarea revolucionaria. De esta forma, gracias a las disposiciones de urgencia decretadas por el presidente del Reich, los nazis pudieron comenzar sus tareas de control y represión sobre la población y las agrupaciones socio-políticas.

En su obra, Sebastian Haffner hace especial hincapié en señalar que esos cambios –la falta de libertad de expresión, la supresión del secreto postal, los arrestos masivos…- no fueron acogidos con desagrado por parte de los alemanes. Es más, existía una opinión pública favorable. El incendio del Reichstag parecía justificar su aplicación. Así, una vez más –y no será la última-, nos encontramos con que este hombre, en lucha contra el Estado totalitario, se ve traicionado por la insolidaridad y la miopía de sus propios conciudadanos.

La «traición» de los partidos.

«…la traición cobarde de los dirigentes de todos los partidos y organizaciones en quienes confió el cincuenta y seis por ciento de los alemanes que votó contra los nazis el 5 de marzo de 1933 (…) La traición fue total, generalizada y sin excepción, desde la izquierda hasta la derecha».

El fracaso electoral del partido nacionalsocialista en las elecciones de marzo de 1933 pareció frenar momentáneamente las aspiraciones de Adolf Hitler. Sin embargo, lejos de detenerse ante semejante revés, el canciller alemán ensayó vías alternativas para hacerse con la mayoría del Reichstag y lograr así que este aprobase la ley de plenos poderes. Finalmente, mediante habilidosas maniobras, el partido nacionalsocialista logró maniatar a las demás formaciones políticas. Estas tuvieron que elegir entre votar a favor de nueva ley o abandonar el parlamento.

Surge así el reproche de Sebastian Haffner a los estadistas del momento: habla de la traición de los políticos. El día de Potsdam, la sumisión del Zentrum, la prohibición y persecución del KPD y del SPD… fueron acontecimientos vistos con mirada muy crítica por parte del autor. Afirma que los votantes de estos partidos, más de la mitad de los alemanes, se sintieron traicionados por sus dirigentes. Se encontraron de pronto sin una dirección política clara -una “bandera”- con la que oponerse eficazmente a Hitler. Eso explicaría que muchos de ellos pasaran a engrosar las filas del nacionalsocialismo

La «traición» de las agrupaciones paramilitares.

«Las agrupaciones políticas actuaron igual que los partidos (…) En ningún momento se notó la influencia de este Reichsbanner, nada en absoluto. Desapareció sin dejar rastro, como si jamás hubiera existido (…) El Stahlhelm, las fuerzas paramilitares de los nacionalistas alemanes, aceptó ser “unificado” primero y disuelto después».

En su tarea de suprimir todas las asociaciones paramilitares con el fin de consagrar el monopolio de la SA y las SS, los nacionalsocialistas apenas encontraron oposición. Los preparativos, las horas de entrenamiento y de concienciación, los esfuerzos por formar grupos armados capaces de controlar la calle… todo resultó ser vano. Las agrupaciones políticas, en contra de lo esperado, se disolvieron sin resistencia.

Este hecho sorprende poderosamente al autor, que no entiende cómo fue posible semejante desbandada. No obstante, a modo de explicación, trata de establecer una similitud y conexión entre la traición de los partidos y la de las agrupaciones paramilitares. Al fin y al cabo, las segundas dependían de la dirección de las primeras. Como consecuencia, muchos miembros de los grupos disueltos pasaron a formar parte de las asociaciones nazis.

Bibliografía:

[1] Historia de un alemán; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2005.

[2] El pacto con el diablo; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2007.

[3] Los siete pecados capitales del Imperio Alemán en la Primera Guerra Mundial; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2006.

[4] Anotaciones sobre Hitler; Sebastian Haffner – Galaxia Gutenberg – Barcelona – 2002.

[5] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[6] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson – Barcelona – Debate – 2007.

[7] La Primera Guerra Mundial; Hew Strachan – Barcelona – Crítica – 2004.

[8] El periodo de entreguerras en Europa; Martin Kitchen – Madrid – Alianza Editorial – 1992.

[9] Sociedad y cultura en la República de Weimar: el fracaso de una ilusión; José Ramón Díez Espinosa – Valladolid – Universidad – 1996.

[10] El desempleo de masas en la Gran Depresión. Palabras, imágenes y sonidos; José Ramón Díez Espinosa – Valladolid – Universidad – 2006.

El fin del sistema de Weimar


«Hay pocas cosas más extrañas que la tranquilidad indiferente y engreída con la que nosotros, yo y mis semejantes, contemplamos el inicio de la revolución nazi en Alemania como si estuviéramos en el palco de un teatro, viendo un proceso cuyo objetivo, al fin y al cabo, era exactamente borrarnos de la faz de la tierra».

En este capítulo, Haffner aborda los prolegómenos de la revolución nacionalsocialista: los tres años de régimen presidencialista. Durante esta etapa, el presidente Paul von Hindenburg fue nombrando, de manera arbitraria, a los cancilleres del Reich. Esto marcó sin duda el principio del fin de la República, cuyas bases fueron desmontándose pieza a pieza.

En unas pocas páginas, se nos describe la etapa de Brüning en el poder. Éste hombre, aupado a la cancillería por el presidente Hindenburg –primer ensayo, el más duradero, de su experiencia presidencialista- resultó ser el único capaz de detener a Hitler en su camino hacia el poder. En definitiva, un personaje que, tratando de defender la República, la llevó a su final. Su destitución condujo a Alemania a una situación caótica que hacía inminente el asalto nacionalsocialista a la cancillería:

«Según tengo entendido el régimen de Brüning fue el primer estudio y, por así decirlo, el modelo de una forma de gobierno imitada desde entonces en muchos países de Europa: una semidictadura ejercida en nombre de la democracia como defensa frente a una dictadura auténtica (…) Brüning no tenía verdaderos seguidores. Se le “toleraba”. Representaba un mal menor (…) parecía ser el único escudo frente a Hitler».

El crecimiento nacionalsocialista.

«El 14 de septiembre de 1930 tuvieron lugar las elecciones al Reichstag en las que los nazis pasaron de ser un partido ridículo y escindidos a ocupar la segunda posición, de doce mandatos a ciento siete. A partir de ese día la figura que acaparó la atención de la época de Brüning ya no fue él mismo, sino Hitler. La pregunta ya no fue: ¿seguirá Brüning?, sino: ¿llegará Hitler?»

El periodo de inestabilidad atravesado por la República alemana facilitó el afloramiento de esas fuerzas antisistema que hasta el momento se habían mantenido, como sustrato -sin ser derrotadas del todo-, bajo la superficie de la aparente normalidad republicana. De esta manera, los sucesivos triunfos electorales del nacionalsocialismo a partir de 1930, no fueron más que el resultado de la buena gestión, por parte del partido nazi, de la crisis del sistema y de sus errores pasados.

Las consecuencias de este respaldo del electorado se hicieron notar rápidamente: las agrupaciones nacionalsocialistas se hicieron con las calles, el ambiente se torno enrarecido, y Hitler se convirtió en una posibilidad a tener en cuenta a la hora de formar gobierno, bien bajo un régimen parlamentario o bien bajo uno presidencialista, como a la postre resultó ser.

Von Papen y von Schleicher.

«En el verano de 1932 el ambiente se vició aún más. Después cayó Brüning de la noche a la mañana y sin motivo, y llegó el extraño interludio de Papen y Schleicher (…) Por entonces la República fue liquidada, la Constitución anulada, el Reichstag disuelto, reelegido, vuelto a disolver y vuelto a reelegir, los periódicos prohibidos, el Gobierno prusiano destituido, todos los puestos superiores de la Administración reasignados (…) los nazis ya habían ocupado las calles con sus uniformes, permitidos definitivamente, tiraban bombas, esbozaban listas de proscritos».

Los gobiernos de von Papen y von Schleicher constituyeron, como muy bien indica el autor, el último escalón en el proceso de supresión del orden republicano iniciado con Brüning. Haffner dedica pocos párrafos a estos dos personajes, a los que considera grises y poco significativos: antecedentes inmediatos de Hitler.

No obstante, se recrea más es describir el ambiente político y social de Alemania durante aquellos días: hace especial hincapié en mostrarnos como se vivió en las calles el inminente nombramiento de Hitler como canciller.

Bibliografía:

[1] Historia de un alemán; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2005.

[2] El pacto con el diablo; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2007.

[3] Los siete pecados capitales del Imperio Alemán en la Primera Guerra Mundial; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2006.

[4] Anotaciones sobre Hitler; Sebastian Haffner – Galaxia Gutenberg – Barcelona – 2002.

[5] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[6] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson – Barcelona – Debate – 2007.

[7] La Primera Guerra Mundial; Hew Strachan – Barcelona – Crítica – 2004.

[8] El periodo de entreguerras en Europa; Martin Kitchen – Madrid – Alianza Editorial – 1992.

[9] Sociedad y cultura en la República de Weimar: el fracaso de una ilusión; José Ramón Díez Espinosa – Valladolid – Universidad – 1996.

[10] El desempleo de masas en la Gran Depresión. Palabras, imágenes y sonidos; José Ramón Díez Espinosa – Valladolid – Universidad – 2006.

La época Stresemann


«Había comenzado la única época de paz que ha vivido mi generación en Alemania: un periodo de seis años comprendidos entre 1924 y 1929, en el que Stresemann dominó la política alemana desde la cartera de Exteriores: “La época de Stresemann” (…) De repente la política dejó de ser una razón por la cual tirarse los trastos a la cabeza. Aproximadamente a partir de 1926 no hubo absolutamente nada digno de ser discutido (…) Sin embargo, en aquel momento sucedió algo extraño: (…) resultó que toda una generación de alemanes no supo qué hacer con un regalo consistente en gozar de una vida privada en libertad. Alrededor de veinte generaciones de niños y jóvenes alemanes habían estado acostumbrados a que el ámbito de lo público les suministrara gratis, por así decirlo, todo el contenido de sus vidas, la esencia de sus emociones más profundas, del amor y del odio, del júbilo y de la tristeza, pero también de todos los hechos sensacionales y cualquier estado de excitación, aunque vinieran acompañados de pobreza, hambre, muerte, confusión y peligro».

La época Stresemann constituyó el segundo momento, en esta ocasión más prolongado, de la estabilidad que vivieron los alemanes tras los sucesos de 1914. Sin embargo, bajo esta superficie aparentemente en calma se mantenía un sustrato peligroso, cuyas características no dejaban de resultar sorprendentemente parecidas a las de la Gran Guerra, el putsch de Kapp, o la intentona muniquesa de Hitler.

En su opinión, toda una generación de alemanes acostumbrados a las emociones de la última década, no fue capaz de adaptarse y aceptar la normalidad impuesta por Stresemann.

El fin de la crisis.

«Entonces ocurrió algo extraño. Un día empezó a propagarse el increíble cuento de que pronto volvería a haber dinero “de valor constante” y al poco tiempo el rumor se hizo realidad (…) Unas semanas antes Stresemann se había convertido en canciller. La política se volvió mucho más tranquila de repente. Nadie hablaba ya de la caída del Reich. Las “agrupaciones” se retiraron a regañadientes a una especie de hibernación (…) Los redentores se esfumaron de las ciudades (…) Los directores de banco de veintiún años tuvieron que volver a buscar plazas como auxiliares y los alumnos de último curso tuvieron que volver a conformarse con su paga de veinte francos (…) El aire estaba impregnado de un ambiente de resaca, pero también de cierto alivio».

Tras la locura de 1923, Alemania volvió a la calma. Todas y cada una de las extravagancias, dificultades e incoherencias que habían marcado el llamado “año inhumano” fueron desapareciendo: la inflación, el problema diplomático con Francia, la vuelta de las agrupaciones políticas, la aparición de los líderes apocalípticos, las crisis políticas y territoriales, la inversión de los roles, la pasión por la juventud…

La crisis y sus múltiples manifestaciones se esfumaron; incluso ya no se oían rumores. La tranquilidad llegó a Alemania de la mano de Stresemann. Sin embargo, 1923 dejó plantada en la conciencia de los alemanes una peligrosa semilla de rencor: la certeza de que la República fue la responsable de todas las desgracias.

La fiebre por el deporte.

«Uno de estos presagios, malinterpretado en extremo e incluso fomentado y elogiado públicamente, fue la obsesión por el deporte que se adueñó de la juventud alemana en aquella época (…) Asistía a cualquier acontecimiento deportivo, conocía a todos los corredores y la mejor marca de cada uno, por no hablar de la lista de récords alemanes y mundiales, que habría sido capaz de recitar en sueños. La información deportiva desempeñaba el papel que diez años atrás habían representado los partes de guerra (…) No se les ocurrió que aquello era simplemente una forma de practicar y mantener vivo el encanto del juego de la guerra y la antigua representación del gran combate emocionante entre naciones, y que en modo alguno se “liberaban” “instintos bélicos”. No fueron conscientes de la conexión entre ambos hechos ni tampoco de la recaída».

Mientras todos estos acontecimientos se sucedían en la vida política alemana, la que Haffner llama “generación de los nazis” iba creciendo. Aquellos que de niños participaron en el juego de la guerra, y que de adolescentes sufrieron en sus propias carnes –para bien o para mal- la locura del “año inhumano”, se enfrentaron de pronto con un nuevo reto: el deporte.

Las competiciones deportivas se convirtieron en el sustitutivo de aquel entusiasmo que había embargado a los jóvenes en 1914 y 1923. En definitiva, dejando vivo el germen del belicismo, la República desaprovechó, una vez más, la oportunidad de formar una generación verdaderamente republicana.

El regreso a la inseguridad.

«Al día siguiente los periódicos traían este titular: “Stresemann +”. Nosotros al leerlos notamos un gélido sobresalto. ¿Quién iba a dominar a las bestias a partir de ahora? (…) Insultos en las columnas de los anuncios; uniformes diarreicos en las calles y rostros molestos ante ellos por primera vez; los silbidos y el traqueteo de una música marcial estridente y ordinaria. En la Administración, desconcierto; en el Reichstag, alboroto; los periódicos llenos de información sobre una crisis de Gobierno lenta e inacabable».

La desaparición de Stresemann marcó el inicio de una nueva etapa de convulsiones para Alemania. Tal vez Haffner exagera un poco al atribuir a la muerte de este político casi todo el peso de la “vuelta a la inseguridad”; sin embargo, no cabe duda de que este hecho tuvo su peso a la hora de iniciarse la crisis. Fue este un largo proceso de deterioro del sistema parlamentario alemán que culminó en 1933 con el ascenso de Hitler a la cancillería.

Pero, especialmente, fue un periodo de grandes cambios en la vida diaria de los alemanes. La crisis económica, el desempleo, la reaparición de las agrupaciones políticas, y la falta de reacción por parte de los sucesivos gobiernos fueron algunos de los rasgos que marcaron esos tres años de convulsiones.

Bibliografía:

[1] Historia de un alemán; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2005.

[2] El pacto con el diablo; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2007.

[3] Los siete pecados capitales del Imperio Alemán en la Primera Guerra Mundial; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2006.

[4] Anotaciones sobre Hitler; Sebastian Haffner – Galaxia Gutenberg – Barcelona – 2002.

[5] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[6] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson – Barcelona – Debate – 2007.

[7] La Primera Guerra Mundial; Hew Strachan – Barcelona – Crítica – 2004.

[8] El periodo de entreguerras en Europa; Martin Kitchen – Madrid – Alianza Editorial – 1992.

[9] Sociedad y cultura en la República de Weimar: el fracaso de una ilusión; José Ramón Díez Espinosa – Valladolid – Universidad – 1996.

[10] El desempleo de masas en la Gran Depresión. Palabras, imágenes y sonidos; José Ramón Díez Espinosa – Valladolid – Universidad – 2006.