Sexto pecado: Brest-Litovsk o la última oportunidad desaprovechada


El penúltimo “pecado” capital guarda una íntima relación con el quinto: el apoyo la revolución de Lenin. Con la paz de Brest-Litovsk, favorecida indudablemente por el triunfo del partido bolchevique en Rusia, Alemania podía, por fin, combatir en un solo frente: el occidental. El II Reich debía haber apostado todo a la única carta que le quedaba para lograr la victoria o, al menos, una paz honrosa. Tenía que utilizar todo su poderío en el oeste para dar un golpe definitivo antes de que los americanos desembarcaran con todo su potencial en el Viejo Continente. Sin embargo, los líderes alemanes, no supieron aprovecharlo:

“El fallo que cometió Alemania en el invierno de 1917-1918 y la primavera de 1918 no fue arriesgarlo todo a esa oportunidad, sino no hacerlo. Si realmente se hubiese querido aprovechar aquella posibilidad inesperada, surgida una vez más en el último instante, de lograr una victoria militar en el oeste (una posibilidad desesperada, escasa, y terriblemente efímera), Alemania debería haber volcado todo, absolutamente todo lo que tenía en ese momento al frente oeste”.

Este sexto “pecado” es, en contra de lo que llega a afirmar Haffner en la cita anterior, gemelo de los anteriores. Es cierto que Alemania, al contrario que en otros casos, no arriesgó justamente cuando debía hacerlo. Sin embargo, no lo hizo porque dejó, una vez más, que el idealismo tomara el las riendas del carro germano. El Imperio Alemán volvió a huir de la realidad al no aprovechar todo su potencial oriental en el oeste. Mientras medio ejército del II Reich preparaba la última y desesperada ofensiva occidental, la otra mitad de sus efectivos se lanzaba a la aventura asiática. Si, los alemanes nunca penetraron tanto en Rusia –un país ya derrotado- como en esos meses en los que perdía la guerra en territorio francés.

El II Reich estuvo muy cerca de derrotar a sus enemigos en el frente occidental con aquella ofensiva de 1918; le faltó tan solo un último empujón. Pero ese impulso estaba dedicado a una gran e inútil aventura: un juego oriental en el que incluso se permitieron el lujo de intervenir en la guerra civil rusa a favor de los blancos.

¿Qué habría sucedido si Alemania no hubiese pecado por sexta vez? Sebastian Haffner deja que al lector vislumbrar un Reich victorioso, pero no lo asegura al cien por cien. Es un autor lo suficientemente prudente e inteligente como para darse cuenta de que podían haber sucedido muchas cosas: no solo los alemanes movía ficha. En primer lugar, los rusos podía haber vuelto a las armas ante la certeza de una retirada germana, lo que haría retornar la guerra en dos frentes. Y, en segundo término, quedaba la por despejar la incógnita de cómo reaccionarían los occidentales ante un hipotético triunfo de la última ofensiva alemana. Podían no dar por acabado el conflicto, decisión fatal para el II Reich.

Bibliografía:

[1] Los siete pecados capitales del Imperio Alemán en la Primera Guerra Mundial; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2006.

[2] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[3] La Primera Guerra Mundial; Hew Strachan – Barcelona – Crítica – 2004.

Quinto pecado: el juego de la revolución mundial y la bolchevización de Rusia


“…en el hecho de que a raíz de la Primera Guerra Mundial hubiese un gobierno comunista en Moscú no sólo influyó de manera decisiva el entonces gobierno del Reich, sino que éste así lo quiso. La bolchevización de Rusia fue consecuencia de una política consciente, muy meditada y sólo en esa ocasión lograda por parte de la Alemania imperial durante la Primera Guerra Mundial. Sin embargo, serán pocos los que hoy en día disientan de que, a pesar de todo, aquello también fue un error desde el punto de vista alemán”.el II Reich se alió con todos sus fantasmas con el fin de acabar con la guerra en dos frentes. Resulta difícil comprender como dos ideas políticas tan opuestas -el autoritarismo y el socialismo bolchevique- pudieron llegar a entenderse; pero así fue.

No obstante, Alemania no buscaba tan solo firmar una paz por separado con la Rusia revolucionaria para poder volcarse en el frente occidental. La política germana esperaba que, tras el triunfo de Lenin, el antiguo imperio zarista quedase sumido en el caos: consideraban a los bolcheviques incapaces para la labor de gobierno. El II Reich trasladó al líder revolucionario de Suiza a Rusia con el fin de borrar a esta nación de la lista de grandes potencias durante mucho tiempo. La Historia ha demostrado que el efecto fue el contrario.

Alemania y los bolcheviques, aliados por mutua necesidad, sabían que tarde o temprano su camino tendría que separarse. Los objetivos de ambos eran divergentes, de ahí que cada uno tratase de sacarle todo lo posible al compañero de viaje para luego reírse de él.

Durante los primeros meses el general alemán se presentó al mundo como el gran triunfador de la partida. Sin embargo, el tiempo demostró lo contrario: el II Reich quedó sumido en el caos, mientras los bolcheviques construían una superpotencia que con los años sometería a la misma Alemania que la había creado. Los dirigentes romántico-conservadores alemanes no dudaron en aliarse con algunos de sus grandes miedos: revolución proletaria, nacionalismo, islamismo, antimperialismo…

Lenin fue, por contra, más pragmático: dio varios pasos hacia atrás con el convencimiento de que la revolución -auspiciada y financiada por el Imperio Alemán- acabaría abriéndose camino en la vieja Europa.

Bibliografía:

[1] Los siete pecados capitales del Imperio Alemán en la Primera Guerra Mundial; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2006.

[2] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[3] La Primera Guerra Mundial; Hew Strachan – Barcelona – Crítica – 2004.

Cuarto pecado: la guerra submarina sin cuartel


“Con la guerra submarina sin cuartel Alemania cometió por segunda vez el mismo error, sólo que de mayor envergadura, que el que había supuesto el plan Schlieffen. De nuevo estuvo dispuesta a aceptar un mal seguro a cambio de una mera expectativa de obtener un beneficio incierto”.

De inicio Sebastián Haffner nos plantea una acertada analogía entre el segundo y el cuarto “pecado capital”. La entrada del Imperio Británico en el conflicto fue fruto del empecinamiento alemán por derrotar más fácilmente a Francia ignorando la neutralidad belga. De la misma manera, tratar de someter a los ingleses por medio del empleo masivo de fuerzas submarinas iba a provocar que los EE.UU. declarasen la guerra al II Reich.

Se repetía, pues, la misma situación: con el fin de derrotar a un enemigo se asume el riesgo de provocar –con total seguridad- la animadversión de otra potencia mayor. Si a esto añadimos que, como sucedió tanto en el caso francés como en el británico, el tan ansiado objetivo de dejar fuera de combate a un enemigo puede no cumplirse, el desastre es aún mayor. A causa de esta política El Imperio Alemán introdujo a Inglaterra y los EE.UU. en la Gran Guerra, y a cambio no consiguió nada: de dos contrincantes pasó a tener cuatro. No obstante, Haffner defiende que existieron importantes diferencias entre estos dos “pecado”: la guerra submarina sin cuartel fue un fallo aún más imperdonable que la invasión de Bélgica. En primer lugar porque se cometió el mismo error por segunda vez.

En segundo término porque la posición de los EE.UU. en 1917 era bastante más clara que la del Imperio Británico en 1914: los americanos manifestaron repetidamente que en caso de guerra submarina declararían la guerra a Alemania, afirmación que nunca fue pronunciada en Londres cuando se planteo la cuestión belga. La entrada de Inglaterra en la Gran Guerra era una posibilidad; la de los Estados Unidos era segura. Finalmente el autor señala que la tercera diferencia consistió en la forma de tomar la decisión: mientras que el plan Schlieffen, rodeado de todo el secretismo militar, se ejecutó rápidamente, la guerra submarina se debatió durante dos años, siendo sometida a la voluntad del Reichstag y de la opinión pública.

¿Cómo llegaron los alemanes a convencerse de que la guerra submarina sin cuartel era la mejor manera para ganar la guerra? La respuesta a esta incógnita hemos de buscarla en el tercer “pecado capital”: la huída de la realidad. Alemania, encerrada en su habitual idealismo, había renunciado a toda paz que no supusiera una victoria total. De esta manera, es lógico llegar a la conclusión de que solo ahogando el comercio marítimo británico se podía llegar a tal meta. Una vez conseguido ese objetivo el II Reich confiaba en poder mantener a los americanos lejos de Europa mediante un cordón submarino en el Atlántico.

Sin embargo, aunque estuvieron cerca provocar el colapso de la flota inglesa, los alemanes no llegaron nunca a controlar los océanos. Sus enemigos, duramente golpeados por el impacto inicial de la guerra submarina sin cuartel, fueron poco a poco encontrando revulsivos ante el acoso germánico. De esta forma, las islas británicas nunca quedaron aisladas, y los americanos pudieron cruzar el Atlántico y luchar en suelo francés con el fin de derrotar a Alemania.

Bibliografía:

[1] Los siete pecados capitales del Imperio Alemán en la Primera Guerra Mundial; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2006.

[2] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[3] La Primera Guerra Mundial; Hew Strachan – Barcelona – Crítica – 2004.

Tercer pecado: Bélgica y Polonia o la huída de la realidad


«A lo largo de cuatro años –más exactamente hasta el 29 de septiembre de 1918-, el gobierno alemán, secundado por el aplauso de la opinión pública, rechazó siempre en un tono casi indignado, como si de una exigencia inmoral se tratara, pactar una paz general sobre las bases de un status quo, sin vencedores ni vencidos”.El tercer capítulo de la obra de Haffner nos describe una Alemania heroica, sacrificada y fuerte, enfrentada a una misión que supera sus fuerzas. La alabanza a la capacidad de resistencia del pueblo y del ejército alemán es una constante a lo largo de estos párrafos. No obstante, el autor lamenta la ceguera existente dentro del II Reich: el no percatarse de que la victoria era imposible. Tras el fracaso del Plan Schlieffen, y con los británicos como enemigos, la guerra estaba perdida. A los germanos solo les quedaba llegar una paz entre iguales que les permitiera salir de ese conflicto sin demasiados daños que lamentar. Los dirigentes del Imperio Alemán tuvieron a lo largo de esos cuatro años varias ocasiones para firmar esa paz “sin vencedores ni vencidos” que tanto le convenía a su nación; sin embargo, rechazaron, una tras otra, las posibilidades que se les presentaban. Para la ceguera del II Reich solo valía la victoria, y esta era imposible. Ese es el tercer “pecado” denunciado por Sebastián Haffner en su libro: la huída de la realidad. Ahora bien, ese juego infantil de no querer afrontar a los hechos –soñar con una victoria imposible- fue acompañado de otras manifestaciones poco coherentes. Toca, pues, hablar de Polonia y Bélgica. De pronto estos dos territorios, que no le habían importado nunca a ningún alemán –habían interesado solo como lugar de paso para otras grandes conquistas-, se convirtieron, de la noche a la mañana, en partes fundamentales del proyecto imperial. A tal punto llegó esa obsesión que en más de una ocasión la paz “sin vencedores ni vencidos” se frustró por la incapacidad de los alemanes para renunciar a sus conquistas en esos territorios.

Por tanto, Polonia y Bélgica son nombres propios que representan parte de esa huída de la realidad. Los dirigentes del Reich se agarraron con todas sus fuerzas a la idea de una Alemania victoriosa; sueño demente en el que, poco a poco, fueron ocupando su lugar los territorios de esas dos naciones. Mientras esto sucedía, a la nación se le acababa el tiempo: cada vez resultaba más difícil mantener la línea del frente. No obstante, durante cuatro años, la posibilidad de evitar la catástrofe fue rechazada por unos líderes borrachos de un triunfalismo inexistente.

Bibliografía:

[1] Los siete pecados capitales del Imperio Alemán en la Primera Guerra Mundial; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2006.

[2] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[3] La Primera Guerra Mundial; Hew Strachan – Barcelona – Crítica – 2004.

Segundo pecado: el Plan Schlieffen


“La política alemana se encontraba ya ante un duro dilema. Debido lógicamente a sus errores previos tenía encima dos “guerras frías”: una contra Rusia y Francia por la hegemonía continental y otra contra Inglaterra por ocupar “un lugar bajo el sol”. Alemania estaba obligada a separar ambas cosas y reventar la Entente”. Y lo cierto es que, como afirma Sebastian Haffner en los siguientes párrafos de este segundo capítulo, casi lo consiguió. El II Reich estuvo muy cerca de mantener al margen de la guerra a Inglaterra, pero sus errores –el segundo “pecado”- lo impidieron.

Las relaciones entre los germanos y las potencias continentales apuntaban inevitablemente hacia la guerra; una lucha en la que Alemania tenía posibilidades de alzarse con la victoria. Por el contrario, en el caso británico, la distensión comenzaba a dar sus frutos, por lo que es de suponer que los insulares se mantendrían al margen de una guerra europea. A Inglaterra no le interesaba poner en peligro su mastodóntica y frágil estructura comercial, y al II Reich no se le pasaba por la cabeza enfrentarse a tal potencial naval al tiempo que desarrollaba una guerra con Francia y Rusia. En definitiva, el enfrentamiento entre Austria y Serbia podía arrastrar al campo de batalla a alemanes, rusos y franceses, pero no tenía porque dar pie a la entrada de Inglaterra. Es más, al tratarse básicamente de una guerra en la Europa oriental, la situación de Francia era más que comprometida. Resultaba impensable que los ejércitos de la tricolor se plantaran en los Balcanes; la única misión de los franceses en la conflagración adveniente era atacar Alemania por su frontera occidental. Basándose en el testimonio de los miembros del gobierno inglés y de sus embajadores en París y Berlín, Haffner llega a afirmar que, salvo que se produjera una invasión germana del territorio francés, Inglaterra estaba dispuesta a mantenerse al margen del conflicto. Es decir, el Imperio Alemán debía contentarse con una guerra oriental, limitándose solo a defenderse en el oeste de los ataques franceses. Por tanto, se le presentaba a Alemania la posibilidad, no solo de mantener la neutralidad británica, sino también de mostrar al mundo como Francia se había apuntado –fruto de su revanchismo- a una guerra a la que no había sido invitada y en la que no tenía nada que hacer. En los primeros días de la guerra los militares tomaron el control de las operaciones en Alemania, fijando entre sus prioridades la materialización del Plan Schlieffen. Este contemplaba la invasión de Francia atravesando Bélgica y Luxemburgo con el fin de evitar las líneas defensivas francesas; así quedaba desbaratada toda la acción diplomática germana para con Inglaterra. Este acto no solo significaba la renuncia a un conflicto puramente oriental, sino que suponía una acción hostil hacia dos países que se habían manifestado neutrales ante la lucha que se avecinaba. A esto hemos de añadir el compromiso del Imperio Británico para con estas dos naciones europeas en peligro.

Los militares alemanes con sus tácticas y envolventes lograron lo que con tanto esmero habían procurado evitar los políticos: la entrada de Inglaterra en la guerra. Ese fue el segundo “pecado” capital del II Reich: “ante la posibilidad de dejar fuera de combate a una gran potencia, Francia, el plan prefería arrastrar hacia el conflicto con toda seguridad a otra más fuerte, Inglaterra”. De esta manera, aún logrando un rotundo éxito en el frente francés –que como sabemos no se produjo-, la situación de Alemania en la Gran Guerra había empeorado.

Hoy sabemos -al igual que Haffner cuando redactó en 1964 Los siete pecados capitales del Imperio Alemán en la Primera Guerra Mundial- que las cosas hubieran sido muy distintas si los dirigentes del II Reich se hubieran inclinado por un conflicto oriental. Los hechos demostraron en esos años de lucha que Alemania estaba más que capacitada para defenderse de Francia en el oeste y resultar victoriosa en el frente este; sin embargo, la elección fue otra. Aún así, al Imperio Alemán se le presentarían otras ocasiones de alcanzar resultado favorable de cara al fin de la guerra. Oportunidades que, como veremos en los próximos “pecados”, tampoco aprovechó.

Bibliografía:

[1] Los siete pecados capitales del Imperio Alemán en la Primera Guerra Mundial; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2006.

[2] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[3] La Primera Guerra Mundial; Hew Strachan – Barcelona – Crítica – 2004.

Primer pecado: El alejamiento de Bismarck


“El primero de los grandes errores que cometió Alemania fue, para empezar, provocar la Primera Guerra Mundial, y eso es exactamente lo que hizo”. Así comienza Sebastian Haffner a relatar las siete grandes faltas de su nación a lo largo de la Gran Guerra. Son puntos fulminantes que dejan al descubierto los principales errores del Imperio Alemán en esa contienda. Sin embargo, el autor aclara desde el comienzo que su estudio se centra en Alemania y, por tanto, no abarca los “pecados” de los otros contendientes; que, sin duda, fueron también numerosos y graves.

Haffner señala a Alemania como provocadora del estallido bélico. No obstante, defiende que no fue la única responsable de la Gran Guerra: todos la aceptaron, y la “euforia de la catástrofe” –el júbilo por la lucha- fue un fenómeno general entre los ciudadanos de las potencias en conflicto. Solo al final, con los alemanes derrotados y bajo el efecto de la “catástrofe de la euforia”, los vencedores impusieron ese pesado yugo a la recién nacida República Alemana: la responsabilidad de la guerra. En una Europa en tensión –rompecabezas de alianzas defensivas y ofensivas- fue Alemania la que se dignó a prender la mecha del enorme polvorín. Y, como veremos a lo largo de los resúmenes de este libro, lo hizo de la peor manera posible para sus intereses. Los disparos de Sarajevo, afirma el autor, no fueron la causa: el asesinato del Archiduque podía solucionarse por vías pacíficas –o que no salpicaran a las grandes potencias- como tantos otros entuertos en los Balcanes. Sin embargo, ahí basa Haffner su acusación, Alemania quiso que no fuera así; aprovechó ese asesinato para lanzarse a una guerra que difícilmente podía ganar.

¿Cómo llegó el II Reich a esa situación? El periodista alemán responde con un nombre: Bismarck. El gran hombre de Europa a finales del XIX fue un prusiano: un gobernante que supo hacer a su nación imperio; un estadista que tuvo la habilidad suficiente para introducir a Alemania entre las grandes potencias sin provocar la hostilidad de estas. Esta labor tenía dos premisas fundamentales: conservar la confianza de Inglaterra y evitar un acercamiento entre Francia y Rusia. Bismarck sitúo al kaiser Guillermo I al frente de una nación satisfecha con sus logros y su estatus internacional. Sin embargo, en el cambio de siglo la política germana, con su gran hombre fuera de los círculos de poder, experimentó un giro. El Imperio comenzó a soñar con una situación de predominio mundial; los alemanes ya no eran felices con el estatus legado por Bismarck. Fue entonces cuando, a la par que las demás potencias, el II Reich empezó a prepararse para la guerra.

Antes de finalizar esta exposición del pensamiento de Sebastian Haffner, conviene desarrollar dos aspectos que, hasta ahora, hemos dado por supuestos. En primer lugar es bueno señalar que ese conflicto que todos preparaban no tenía porque tomar el cariz que después adquirió. Es decir, podía tratarse de una guerra entre dos o tres potencias, incluso dos enfrentamientos simultáneos o cercanos cronológicamente. Cabía esperar una conflagración de carácter general, como después sucedió, pero no era la única posibilidad. En segundo término es preciso matizar el papel de Alemania como nación deseosa de lanzarse a las hostilidades. En cierto modo todos lo deseaban: no solo había virado la política germana. No olvidemos, por tratarse de una monografía referida al Imperio Alemán, el revanchismo francés, el expansionismo Austrohúngaro, o las necesidades de los zares ante la situación interna de Rusia.

Por consiguiente, el primer error de Alemania consistió en abandonar el equilibrio bismarckiano. Sin embargo, no fue lo único imputable a los dirigente germanos en este primer “pecado”. El Reich no solo se lanzó a la hostilidad evitada con tanto esmero por el “canciller de hierro”, sino que provocó una guerra que no podía ganar. Los alemanes tenían ante sí dos grandes metas: alcanzar la hegemonía en el Continente, y hacer lo propio a escala mundial. En el primer caso tendría que lidiar con Francia y Rusia, y en el segundo con Inglaterra. Resulta evidente que Alemania no podía hacer frente a las tres potencias a la vez –en una misma guerra-, pero existían posibilidades de victoria si luchaba primero por un objetivo y después por el otro. Pues bien, como veremos con más detalle en futuros “pecados”, Alemania se lanzó a la vez por ambos premios. El Imperio de Guillermo II generó la desconfianza y el recelo suficientes para lograr el difícil acercamiento entre estas potencias.

Bibliografía:

[1] Los siete pecados capitales del Imperio Alemán en la Primera Guerra Mundial; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2006.

[2] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[3] La Primera Guerra Mundial; Hew Strachan – Barcelona – Crítica – 2004.

Un repaso histórico a la Unión Europea

 Artículo publicado por Historia en Presente el 23 de julio de 2008.


Orígenes y bases del proyecto europeísta

En la presente exposición explicaremos de forma resumida el origen, desarrollo y presente de la integración europea. Tal como reflejan los epígrafes de este texto, trataremos de alcanzar ese objetivo siguiendo dos vías bien diferenciadas: por un lado abordaremos la cuestión relativa al proceso histórico –de la Declaración Schuman al Tratado de Lisboa-, donde incluimos tanto los acuerdos entre estados como las sucesivas incorporaciones de los veintisiete miembros; y por otro, el desarrollo institucional del mismo en sus aspectos intergubernamentales, supranacionales, judiciales, representativos, y de carácter económico.

Antes de comenzar con el anunciado repaso histórico, conviene recordar cuáles fueron, en sus inicios, las tres ideas fuerza del movimiento europeísta: la paz perpetua, el buen gobierno y el bienestar de los pueblos.

Estos ideales, que alcanzaron plena actualidad en los años posteriores a las dos guerras mundiales, hunden sus raíces en la tradición cultural continental de los siglos anteriores; en el pensamiento de personajes como Kant, Rousseau, Montesquieu, Comte, Voltaire, Goethe, Jovellanos… En ellos se basaron los europeístas de principios de siglo XX a la hora de fundar un movimiento que tardó varias décadas en producir sus primeros frutos.

Paneuropa, de Coudenhove-Kalergi, y los esfuerzos políticos de Aristide Briand fueron los primeros intentos de establecer una solidaridad europea. Sin embargo, la crisis económica de los años treinta y la Guerra Mundial que la siguió impidieron que los proyectos de estos “abuelos” de Europa llegaran a buen puerto. Europa tuvo que encontrarse a sí misma entre la miseria de la posguerra para darse cuenta de que la colaboración entre las naciones del Viejo Continente era beneficiosa para todas ellas.

La generación de posguerra y la integración europea

Los proyectos europeístas comenzaron a tener repercusiones prácticas tras la II Guerra Mundial. Las consecuencias del conflicto –destrucción de las infraestructuras, reducción de la actividad industrial, caída de la renta, escasez de alimentos, abatimiento moral…- favorecieron de manera considerable el afán de los europeos por colaborar entre ellos. Distinguimos cinco hitos en la prehistoria del proceso de integración europea:

1. El discurso de Churchill en Zürich sobre los “Estados Unidos de Europa”. El antiguo premier británico defendió durante esa alocución de 1946 la necesidad de construir un entidad que agrupase a las naciones europeas. Afirmaba que, sólo así, el Viejo Continente podría llevar a cabo una reconstrucción duradera, basada en la colaboración de los antiguos enemigos, Francia y Alemania. Además, veía en la unidad europea un instrumento eficaz para evitar la expansión del socialismo soviético. No obstante, Churchill no creía en la integración británica dentro de estos “Estados Unidos de Europa”; para el mundo anglosajón tenía otros planes: una mayor colaboración con el gigante norteamericano.

2. El Programa de Recuperación Económica de Europa o Plan Marshall (1947). Siguiendo la línea de pensamiento esbozada por Churchill en su famoso discurso de Fulton (Missouri), la administración Truman comenzó a desarrollar una intensa actividad con el fin de evitar la expansión del comunismo. En lo que se refiere a Europa, la medida más importante fue este plan de ayuda económica, que no sólo sacó a los europeos de la miseria, sino que les obligó a colaborar en la distribución de la ayuda. Cabe destacar en este ámbito el papel jugado por Jean Monet, que pocos años después se convirtió en uno de los padres de la unidad europea.

3. El congreso europeísta de La Haya (1948). Fue convocado por el Comité de Coordinación de movimientos europeístas, y en el se debatió fundamentalmente la cuestión de cómo se debía construir la Paneuropa esbozada por los europeístas del periodo de entreguerras.

4. La Conferencia de José Ortega y Gasset en la Universidad Libre de Berlín, donde animaba a Europa a levantarse de entre los escombros.

5. La Declaración Schuman del 9 de mayo de 1950, donde se invitaba a las naciones europeas a establecer un mercado único en relación al carbón y al acero. Este proyecto francés dio lugar un año después a la primera Comunidad Europea, la CECA.

Tal como indicábamos en el epígrafe anterior, a raíz del llamamiento del ministro de exteriores francés Robert Schuman, se constituyó el 18 de abril de 1951 la Comunidad Europea del Carbón y del Acero (CECA).

El objetivo de esta era crear un mercado común limitado al carbón y al acero, aunque con vistas a futuras ampliaciones. En ella se integraron seis naciones: Francia, la República Federal Alemana, Italia, Bélgica, Holanda y Luxemburgo. Además, para su mejor funcionamiento, se doto a la nueva estructura supranacional de instituciones propias: Alta Autoridad, Consejo de Ministros, Asamblea Común y Tribunal de Justicia.

Más tarde, en 1954, Francia intentó poner en marcha la segunda de las Comunidades Europeas, la de Defensa (CED). Sin embargo, la oposición de la propia Asamblea Francesa dio al traste con el proyecto de colaboración en materia de seguridad.

El 25 de mayo de 1957 se firmaron en Roma los tratados por los cuales vieron la luz dos nuevas Comunidades Europeas: la Comunidad Económica Europea (CEE) y la Comunidad Europea de la Energía Atómica (EURATOM). Las principales consecuencias de ellas fueron: eliminación de barreras; fijación de una tarifa exterior común; libre circulación de mercancías; políticas comunes en agricultura, transporte, comercio y energía; homogeneización en los mecanismo de intervención económica; y colaboración en lo relativo a la cuestión atómica.

Sin embargo, unos años más tarde el proceso de integración se vio sacudido por otra nueva crisis; su protagonista era, una vez más, el nacionalismo francés. La llamada “crisis de la silla vacía” –la denominación hace referencia a la ausencia de la representación francesa- se solucionó con el Acuerdo de Luxemburgo (1966). A partir de ese momento la Comisión quedó sometida al Consejo, y las decisiones dejaron de tomarse por mayoría.

El Tratado del Acta Única Europea (AUE) fue firmado por los estados miembros en 1986, y tenía como fin perfeccionar el mercado único creado con los Tratados de Roma. Se trataba, en definitiva, de establecer medidas que evitaran los obstáculos a la libre circulación.

No obstante, el nuevo acuerdo también introdujo nuevas políticas en materia de medioambiente, investigación y desarrollo, y cohesión económica y social. Además, se ampliaron también las funciones del Parlamento Europeo. El Acta Única Europea fue negociada por diez países -los seis fundadores, los tres de la incorporación de 1973 (Reino Unido, Irlanda y Dinamarca), y Grecia, integrada en 1981- y firmada por estos más España y Portugal, que se incorporaron ese mismo año.

El siguiente paso en el proceso de construcción europeo fue el Tratado de la Unión Europea (1992), conocido también como Tratado de Maastricht. Este acuerdo sentó las bases de la moneda única, que no entró en circulación hasta 2001. Con este fin se impusieron los criterios de convergencia y se fundó el Banco Central Europeo. También se reconoció la ciudadanía europea –superpuesta y fundamentada en la del estado miembro-, cuyas principales ventajas son las siguientes:

  • Derecho de circulación y residencia en el territorio comunitario.
  • Derecho al sufragio en las elecciones europeas y municipales.
  • Derecho de petición ante el Parlamento Europeo.
  • Derecho a gozar de la representación diplomática de la Unión Europea.

En lo que se refiere a las reformas institucionales establecidas en Maastricht, cabe destacar las siguientes:

  • Ampliación de las competencias del Parlamento –investidura de la Comisión y poder de codecisión.
  • Aplicación de los supuestos para la aplicación de la mayoría en el Consejo de Ministros.
  • Creación de nuevas instituciones tales como el Comité de Regiones, el Defensor del Pueblo, y el Tribunal de Primera Instancia.
Por último, se procedió a reformar la cooperación en política exterior mediante la creación de una Política Exterior de Seguridad Común (PESC) y la Cooperación Judicial en Asuntos de Interior.

Tras la incorporación a la Unión Europea de Austria, Suecia y Finlandia en 1995, se firmaron dos tratados más, el de Ámsterdam (1997) y el de Niza (2000). Ambos ratificaron lo acordado en Maastrich, a lo que añadieron escasas medidas institucionales. No obstante, hay que destacar dos aspectos de ambos tratados: el protagonismo en ellos del reparto de poder entre los estados miembros, y la preparación de la próxima apertura de la Unión Europea a los países de la Europa central y oriental.

Este último fenómeno se produjo en dos etapas: en mayo de 2004 se integraron diez nuevos estados –Estonia, Letonia, Lituania, Eslovenia, Malta, Chipre, Polonia, la República Checa, Eslovaquia y Hungría-, y en enero de 2007 dos más –Bulgaria y Rumania-. Con estas últimas incorporaciones, a falta de lo que suceda con Croacia, Macedonia y Turquía, finaliza a día de hoy el proceso de ampliación territorial de la Unión Europea.

El que se refiere a los acuerdos y tratados se completaría con el malogrado Proceso de Laeken, también conocido como Tratado Constitucional Europeo, y el Tratado de Lisboa, firmado en 2007.

Las sucesivas ampliaciones de las Comunidades Europeas

A lo largo del epígrafe anterior, al tiempo que explicábamos el contenido y repercusiones de los tratados comunitarios, hemos procurado indicar también cómo se fue produciendo el proceso de ampliación de las Comunidades Europeas a nuevos países. No obstante, con el fin de aportar una visión más amplia en los relativo a ese punto, vamos a proceder a repasar, de forma clara y esquemática, el proceso de ampliación de la Unión desde 1951 hasta 2007.

Desde sus inicios, en 1951, la CECA contó con seis miembros: Francia, República Federal Alemana, Italia, Holanda, Bélgica y Luxemburgo.

A estos pretendió unirse el Reino Unido en la década de los sesenta. Sin embargo, el veto francés evitó durante varios años que los británicos se unieran al proceso de integración. Hubo que esperar a 1973 para que las Comunidades Europeas pasaran de los seis a los nueve miembros. Ese mismo año entraron a formar parte de las mismas el Reino Unido, Irlanda y Dinamarca. Noruega, cuya solicitud también había sido aceptada, rechazó su integración a causa del rechazo que esta provocaba entre la población del país.

La Europa de los nuevo pasó a ser de los doce con la ampliación al sur. Esta se llevó a cabo en dos etapas: en 1981 se incorporó Grecia, y en 1986 lo hicieron España y Portugal. Sobre las integraciones de la década de los ochenta habría que destacar dos aspectos: su importancia de cara a la consolidación democrática en estos tres países –recién salidos de regímenes dictatoriales-, y la oposición de Francia a la entrada de España antes de la negociación del Acta Única Europea (1986) por cuestiones relacionadas con la Política Agraria Común.

El 3 de octubre de 1990, como consecuencia de la reunificación germana, se integraron en las Comunidades Europeas los territorios de la antigua República Democrática Alemana.

Sin embargo, no se incorporó ningún nuevo estado en esta ampliación; los länder orientales pasaron a formar parte del proyecto europeo dentro de un único estado alemán. Esta no sería la única consecuencia de la desintegración del mundo soviético. Sin embargo, antes de que se produjera la entrada en la Unión de los antiguos países de la Europa central y oriental, se llevó a cabo una nueva ampliación. En 1995, tras la llegada de Austria, Finlandia y Suecia al seno de la Unión, surgió la Europa de los quince.

En los primeros años del siglo XXI, tal como anunciábamos en el párrafo anterior, entraron a formar parte de la Unión Europea los antiguos países de la Europa central y oriental. La ampliación al este se produjo en dos etapas: en 2004 lo hicieron Estonia, Letonia, Lituania, Eslovenia, Malta, Chipre, Polonia, la República Checa, Eslovaquia y Hungría; y en 2007 Bulgaria y Rumania.

Esta ha sido la mayor ampliación de la historia europea y, en cierto modo, ha venido a saldar la deuda que la Europa occidental adquirió con sus hermanos orientales tras los sucesos de Yalta y Potsdam.

Bibliografía:

[1] La idea de Europa, 1920-1970, H. Brugman .

[2] La Unión Europea: guiones para su enseñanza, A. Calonge, (dir).

[3] Paneuropa. Dedicado a la juventud de Europa, R. Coudenhove-Kalergi.

[4] La idea de Europa: historia, cultura, política, P. García Picazo.

[5] Postguerra: una historia de Europa desde 1945, T. Judt.

[6] Robert Schuman. Padre de Europa (1886-1963), R. Lejeune.

[7] Historia de la integración europea, R. Martín de la Guardia y G. Pérez.

[8] La Unión Europea: procesos, actores y políticas, F. Morata.

[9] Meditación de Europa, J. Ortega y Gasset.

[10] Historia de la Unión Europea, R. Pérez Bustamante.

Aliá: Historia de la emigración judía a Palestina

Artículo publicado por Historia en Presente el 16 de julio de 2008.


Al iniciar el proyecto de “Historia en Presente”, tenía claro que una de las cuestiones centrales del mismo iba a ser Oriente Próximo, y en concreto el Estado de Israel. Por diversas razones he tardado mucho en iniciar el repaso a la problemática de Palestina; otros temas como Kosovo, Serbia o Turquía han copado la mayor parte de mis esfuerzos. Sin embargo, con casi varios meses de retraso sobre la fecha del sexagésimo aniversario de la fundación de Israel, presento el primer artículo dedicado al mismo. Se trata de un repaso histórico de la emigración judía a Palestina.

Los emigrantes rusos y la primera aliá

La emigración al territorio palestino se inició a finales del siglo XIX; sus protagonistas fueron los judíos de la Europa oriental y balcánica.

En el ambiente opresivo que se respiraba dentro de los confines de la inmensa Rusia se fue formando, poco a poco, un modesto y desorganizado movimiento migratorio. Por medio de este, entre 1882 y 1891, llegaron a los casi despoblados distritos otomanos de Palestina algo más de 25.000 jóvenes obreros y estudiantes judíos. Su objetivo principal era redimir a su pueblo de las consecuencias negativas de la ya milenaria diáspora.

Pretendían construir en su antigua patria, condenada a una situación de pobreza y atraso, un nuevo estado sobre la base del trabajo agrícola. Además, entre sus tareas prioritarias se encontraba la recuperación de la lengua hebrea.

Esta primera aliá de época contemporánea, nombre con el que se conoce a las sucesivas emigraciones judías a Palestina, tuvo escasas repercusiones en su momento. Empezó a adquirir importancia a raíz de los movimientos sionistas que se desarrollaron poco después de la misma. Sin los hechos posteriores, la epopeya que conocemos hoy día, esta migración de judíos orientales, no hubiera pasado de mera anécdota en el gran libro de la Historia.

El surgimiento del problema judío y la segunda aliá

Las consecuencias del affaire Dreyfus convencieron a los judíos occidentales de que la ansiada asimilación era un objetivo demasiado arduo como para seguir persiguiéndolo. Se demostró que el antisemitismo, mito que ellos mismos también habían ayudado a forjar a lo largo de varios siglos, no era tan sólo un fenómeno propio de las sociedades poco desarrolladas –la Rusia de los zares era el ejemplo más característico hasta la fecha-, sino que también se daba en la Europa occidental.

Cuando el fenómeno estalló con toda su virulencia en la Francia de la Revolución y de los Derechos del Hombre, cuando al calor del affaire Dreyfus las muchedumbres gritaban “¡muerte a los judíos!” por las calles de París, algunos intelectuales judíos que hasta la fecha se sentían despreocupadamente asimilados empezaron a sospechar que la emancipación de los hebreos de Europa era una quimera. Así, en el caso del “problema judío”, la crisis de la solución liberal allanó el camino a la solución nacional.

En esas fechas tomó cuerpo el movimiento sionista, cuyo líder más representativo fue Theodor Herzl.

Pocos años después, tras la muerte prematura de Theodor Herzl en el verano de 1904 y el rechazo de una oferta territorial de Londres en el África Oriental Británica (el llamado “proyecto Uganda”, aunque en realidad se trataba de una porción de Kenya), el movimiento sionista se vio inmerso, durante la década inmediatamente anterior a la Gran Guerra (1914-1918), en una ardua travesía del desierto.

En medio del parón diplomático, otros 40.000 jóvenes judíos de la Europa Oriental emprendieron el camino hacia Palestina, resueltos a levantar desde abajo, poco a poco, lo que Herzl el visionario había concebido desde arriba en una curiosa novela de anticipación, Antigua y nueva tierra (Altneuland), publicada en 1902. La historiografía ha etiquetado a ese contingente de inmigrantes como “la segunda aliá“.

La Declacración Balfour y las emigraciones de entreguerras

En noviembre de 1917, en medio de la enorme convulsión geopolítica de la Gran Guerra, el sionismo obtuvo el primer compromiso internacional relevante a favor de sus aspiraciones: la Declaración Balfour, a través de la cual el gobierno británico hacía suya y garantizaba su apoyo a la idea de crear en Palestina “un hogar nacional para el pueblo judío”, sin perjuicio de “los derechos civiles y religiosos de las comunidades no judías” en aquel territorio.

Es, desde luego, un compromiso ambiguo, contradictorio con las promesas hechas casi simultáneamente a los árabes para espolear su rebelión antiturca, y concebido por Londres más que nada para asegurar su futuro control sobre Palestina, frustrando toda aspiración francesa sobre el territorio.

Hitler y la quinta aliá

El sionismo, hijo de la fobia antijudía de Europa, recibió de la crisis política, social y moral europea de las décadas de 1930 y 1940 un impulso decisivo hacia la obtención de sus objetivos fundacionales.

En los ocho años comprendidos entre 1932 -en que el Partido Nacionalsocialista Alemán (NSDAP) obtuvo el 37,4% de los votos y se convirtió en la primera fuerza política del Reich alemán- y 1939 -en que Hitler desencadena por fin la Segunda Guerra Mundial (1939-1945)-, la amenaza directa del nazismo empujó hacia Palestina a 200.000 judíos centroeuropeos (alemanes, austríacos, checos…) que, sin ese peligro y sin las restricciones crecientes a la emigración hacia América, jamás habrían ido a establecerse allá abajo.

Fueron ellos quienes transformaron la precedente comunidad pionera judeopalestina en una sociedad de perfil completamente occidental, con sus clases medias, sus profesionales cualificados e incluso su incipiente burguesía; fueron ellos quienes convirtieron dicha sociedad (de unos 450.000 miembros en 1939, el 29 por ciento de la población total) en el embrión de un Estado. ¿Y cuál fue el motor de esa quinta aliá? Hitler. No es una coincidencia que sólo en 1935 -el año de promulgación de las Leyes Raciales de Nüremberg- arribasen a las costas palestinas 62.000 fugitivos de Europa.

Como era inevitable, la espectacular consolidación demográfica y económica del proyecto sionista desencadenó el miedo y la hostilidad de la comunidad árabe palestina, y nutrió una escalada de disturbios y violencias intercomunitarias que iba a culminar con la gran revuelta árabe de 1936 para convertirse en algo crónico.

La potencia mandataria, la Gran Bretaña, intentó, por medio de comisiones, planes y conferencias, propiciar una conciliación imposible y luego, cada vez más inquieta ante la cólera creciente de un mundo árabe cuyo apoyo frente a Hitler no le convenía enajenarse, decidió dar un vuelco a su política en Palestina. El Libro Blanco británico de mayo de 1939 cerraba las puertas del territorio a nuevos inmigrantes judíos, cuatro meses antes de que el Führer nazi convirtiese el continente europeo en una ratonera mortal para sus 8,5 millones de habitantes hebreos.

Bibliografía:

[1] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[2] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson – Barcelona – Debate – 2007.

[3] Postguerra. Una historia de Europa desde 1945; Tony Jutd– Madrid – Taurus – 2006.

[4] Europa en la era global; Anthony Giddens – Barcelona – Paidós. Estado y sociedad – 2007.

[5] Los orígenes del totalitarismo; Hannah Arendt – Madrid – Alianza -2006.

[6] Oriente Medio. Crisis y desafíos; Alain Duret – Barcelona – Salvat -1995.

[7] En defensa de Israel; VVAA – Barcelona – Libros Certeza – 2004.

El Japón contemporáneo hasta 1945

Artículo publicado por Historia en Presente el 10 de julio de 2008.


La semana pasada publicaba un artículo sobre la Historia de China entre 1800 y 1949. En esta ocasión, teniendo en cuenta la intensa relación entre el gigante asiático y sus vecinos nipones, me he decidido a escribir algo acerca de Japón en esas mismas fechas. Como se comprueba a lo largo de las siguientes líneas, las referencias a China son constantes.

Japón a comienzos del siglo XIX

Japón era a principios del periodo contemporáneo un país agrícola. Sin embargo, aunque era heredero cultural de China, no estaba tan lastrado por la tradición como esta. La estructura japonesa, que presentaba rasgos propios de la jerarquización feudal, estaba abierta a un rápido desarrollo; tan sólo era necesario ponerlo en marcha. Hemos dicho que Japón debía buena parte de su identidad a la aportación del gigante continental.

No obstante, a diferencia de los chinos, los japoneses no despreciaban las virtudes militares, sino todo lo contrario. Además, aunque existía un rechazo al extranjero, veían con buenos ojos la práctica del comercio, que era controlado por el grupo de los daimíos.

La evolución japonesa es análoga a la de China. A lo largo de este periodo Japón hace concesiones a los países industrializados: cede una base a los holandeses en Nagasaki, permite la entrada de los norteamericanos en 1853, y otorga privilegios a Rusia tras ser derrotada militarmente. No obstante, en lugar de cerrarse más sobre sí mismo, tal como tendió a hacer el gobierno chino, Japón se sume en una profunda crisis. El final de esta marcó el comienzo del desarrollo de los nipones hasta llegar a convertirse en una gran potencia industrial, diplomática y militar.

La formación del imperio japonés: ruptura del aislacionismo

Tras la crisis originada por las derrotas y concesiones comerciales de la década de 1850, Japón emprendió el camino del desarrollo; un avance que le iba a equiparar en pocas décadas a las potencias occidentales. De esta forma, en la guerra que le enfrentó a China por el control de Corea y Manchuria (1894-1895), los japoneses obtuvieron un rápida y sorprendente victoria.

El éxito militar se repitió en el conflicto de 1904-1905 con Rusia por idénticos territorios. Cinco años más tarde, en 1910, Japón se anexionó Corea, y en 1914, aprovechando la Gran Guerra, las posesiones alemanas en el Océano Pacífico. Finalmente, los japoneses presentaron a China en 1915 una lista de veintiún peticiones. La aceptación de la misma suponía de hecho el control de la nación nipona sobre el gigante continental.

Las causas del imperialismo japonés que acabamos de describir hemos de buscarlas en la Revolución Meiji, que afectó a casi todos los campos de la vida política, económica, social y cultural de Japón.

A este hecho hemos de añadir la explosión demográfica experimentada por el país, el aumento de la producción de arroz y las consiguientes ganancias vía exportación, el rápido desarrollo industrial de esos años, las indemnizaciones de guerra aportadas por las naciones derrotadas… Además, los japoneses tomaron conciencia de que la escasez de materias primas en su propio territorio les obligaba a importarlas y, por tanto, para equilibrar la balanza de pagos debían exportar productos manufacturados. En definitiva, este desarrollo le permitió a Japón llevar una política de rechazo a la presencia occidental en extremo oriente algo similar a la Doctrina Monroe norteamericana.

El expansionismo japonés

Tras la Gran Guerra (1914-1918), Japón se integró en las corrientes políticas de Occidente. Fue uno de los protagonistas de los tratados de paz, en los que, como potencia victoriosa, sacó compensaciones; eso sí, no tantas como las que esperaba, lo que le llevó a formar bloque con la irredenta Italia. Los japoneses se vieron arrastrados también por la oleada democrática-liberal que sacudió el globo tras el conflicto. Esto obligó al gobierno imperial a introducir ligeros cambios en su propio sistema político. No obstante, esos ideales democráticos fueron barridos por la crisis de los años treinta.

En esos años, el poder militar, que nunca había llegado a someterse a las autoridades civiles, tomó el poder tras un breve periodo de rumores y “ruido de sables”.

Con un gobierno semifascista en el poder, los japoneses invadieron Manchuria en el año 1931, estableciendo en este territorio un estado satélite. Posteriormente, envalentonados con el progresivo repliegue británico en el Pacífico, presentaron nuevas exigencias a la China de Chiang Kai-shek, a la que finalmente declararon la guerra en 1937. Este conflicto se solapó con la II Guerra Mundial, en la que Japón se integró en virtud del pacto Antikomintern firmado con la Alemania nacionalsocialista y la Italia fascista.

El declive de la potencia japonesa en la guerra se inició con el mayor de sus éxitos: el bombardeo de Pearl Harbour.

El enfrentamiento con los EE.UU., caracterizado por numerosos enfrentamientos en las numerosas islas del Pacífico, terminó en derrota tras la batalla de Midway y los ataques atómicos sobre Hiroshima y Nagasaki en verano de 1945. En los acuerdos de Potsdam y Yalta se sancionaba la pérdida, por parte de Japón, de los territorios ocupados en China, Formosa y Corea. Además, los norteamericanos ocuparon varias islas en el Pacífico a costa del poder japonés, que era obligado a desmilitarizarse y a establecer un régimen democrático de estilo anglosajón.

Bibliografía

[1] Historia Universal Contemporánea I y II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[2] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson – Barcelona – Debate – 2007.

[3] La creación de Japón 1853-1964; Ian Buruma – Barcelona – Mondadori– 2003.

[4] Historia del Japón I. El fin del shogunato y el Japón Meiji, 1853-1912; J. Mutel – Barcelona – Vicens Vives– 1972.

[5] Japón en el siglo XX: de imperio militar a potencia económica; Luis Eugenio Togores Sánchez – Madrid – Arco-Libros– 2000.

[6] Historia del nacionalismo; Hans Kohn – México – Fondo de Cultura Económica – 1984.

China: el gigante asiático de 1800 a 1949

 Artículo publicado por Historia en Presente el 3 de julio de 2008.


Existen mil y un motivos para escribir en la actualidad sobre China, así que este artículo apenas precisa de presentación. No obstante, como siempre viene bien explicar el porqué de las cosas, les diré que he escogido este momento con motivo de los próximos Juegos Olímpicos de Pekín. A continuación trato de analizar, de forma sintética y general, la Historia de ese país entre comienzos del XIX y mediados del XX. Pongo punto y final a mi relato con el triunfo del comunismo maoísta en China; aunque no descarto completar ese repaso histórico en artículos futuros.

China a comienzos del XIX: política interior y exterior

A comienzos del siglo XIX China era, como en la actualidad, un enorme país que contaba con un gran potencial demográfico. Sin embargo, ese gigante oriental era víctima de la inercia marcada por su centenaria tradición y por las élites gobernantes. Mientras el mundo occidental vivía un intenso proceso de urbanización e industrialización, China era un país de campesinos, compuesto por un sinfín de pequeñas y grandes aldeas; apenas existían ciudades que, desde luego, no eran como las europeas.

Esa sociedad rural era relativamente homogénea; tan sólo destacaba del común un pequeño grupo aristocrático al que, debido al inmovilismo existente, era muy difícil acceder.

En Pekín, una de las pocas urbes a las que nos referíamos anteriormente, vivía el emperador con su séquito y los miembros de la administración estatal. El gobernante, para escarnio de algunos habitantes del país, pertenecía a una dinastía extranjera de origen manchú [3]. No obstante, la labor de gobierno, donde destacaba la figura de los mandarines, era relativamente eficaz. Estos, al igual que la mayor parte de la población china, recelaban de la presencia mercantil y militar extranjera que, a lo largo del siglo XIX, se fue haciendo más abrumadora.

La primera apertura de China a las exigencias comerciales de esos países –exceptuando, claro está, las tímidas relaciones establecidas desde los viajes de Marco Polo- se produjo en Cantón, y los beneficiados fueron los británicos. Posteriormente, el Tratado de Nankín puso fin a la llamada Guerra del Opio, que enfrentó a los chinos con el Imperio de la Reina Victoria entre 1839 y 1842 [4].

Según las cláusulas del mismo, los vencedores adquirían el derecho a comerciar en cinco puertos de China, uno de ellos a orillas del Yang Tse Kiang. Además, se otorgaba un estatuto especial para Hong Kong. En este mismo periodo también Francia y los EE.UU. lograron arrancar concesiones al receloso gobierno oriental. Había dado comienzo el reparto de la “tarta china” que tan bien caricaturizaron a finales de siglo los dibujantes de la prensa europea.

Estas concesiones fueron ampliadas a estas y otras potencias con motivo de la larga insurrección de los Taiping, donde los occidentales tomaron postura en favor de estos o del gobierno en función de sus propios intereses [4].

Estancamiento y crisis en China

La, en cierto modo violenta, incursión comercial de Occidente provocó un generalizado rechazo -en ocasiones rozando lo cómico- hacia todo lo relacionado con los “invasores”; incluido el desarrollo de estos. Y, por si fuera poco, la fidelidad a la civilización tradicional china no ayudó precisamente a superar estos prejuicios. Mientras el poder imperial se iba poco a poco descomponiendo, el territorio fue dividiéndose en feudos controlados por los “señores de la guerra”.

Sin embargo, no todo eran desgracias para el pueblo chino. En los puertos abiertos al comercio, lugares donde se concentraban los principales intereses europeos y norteamericanos, se fueron formando enclaves de desarrollo económico. Fruto de la acumulación de población que huía de la pobreza rural, se levantaron grandes ciudades; lugares que sirvieron como catalizadores de las nuevas ideas.

La manifestación más clara del retraso de China la encontramos en el control que su vecino nipón empieza a tener sobre ella. Japón se convierte, al igual que las potencias occidentales, en “señor” de los destinos chinos tras derrotar al gigante asiático en la Guerra de Corea.

La victoria japonesa tuvo consecuencia territoriales y comerciales para la propia China, de las que también procuraron sacar partido los europeos. Sin embargo, el temor de estos últimos a que el expansionismo japonés pusiera en peligro sus intereses comerciales, les llevó a apoyar al más débil. De esta manera, la nueva potencia fuerte –Japón- no pudo sacar de su victoria todas las concesiones que deseaba.

Las sucesivas derrotas y humillaciones facilitaron el surgimiento de sociedades secretas que actuaban contra los intereses del gobierno, de los señores, y de las propias potencias occidentales. Esas organizaciones constituyeron el germen de la “revuelta de los boxers”, ante cuyas reclamaciones los emperadores no tuvieron más remedio que ceder.

Tan sólo la intervención occidental en pleno cambio de siglo impidió que los radicales chinos se hicieran con todo el poder. Las potencias, que por supuesto descartaban la posibilidad de colonizar territorialmente China –era demasiado extensa y llevaba asociada consigo demasiados problemas-, se limitaron a obtener nuevas garantías y privilegios una vez finalizado el conflicto.

Las revoluciones chinas

La crítica situación que vivía China obligó a la emperatriz Tseu-Hi a aceptar el programa reformista propuesto por la nueva clase de hombres de negocios que había surgido en el país [3].

Estos impulsaron un proceso de desarrollo basado en prácticas económicas de tipo moderno, que vino acompañado de una reforma del Ejercito y del funcionariado, y por la promulgación de una Constitución. Además, se abandonaron muchas de las antiguas tradiciones, de entre las que destaca el culto a la figura divina imperial. Esto, junto con el aumento del número de funcionarios y altos cargos antidinásticos, debilitaron la posición de la familia imperial.

En 1912, tras la caída de la dinastía reinante Sun Yat Sen se convirtió en el primer presidente de la República China. Este personaje había elaborado unos años antes una teoría política en la que defendía el nacionalismo antimanchú, el antiimperialismo, la democracia y el socialismo. Sin embargo, su ineficacia en la lucha contra los imperiales y los “señores de la guerra”, a la que se unió la anarquía existente dentro del propio territorio republicano acabaron propiciando el relevo en la presidencia; Sun Yat Sen fue sustituido por Yuan Che-kai.

Al término de la Gran Guerra (1914-1918), los acuerdo de paz acabaron por legitimar la ocupación japonesa de varios territorios del Pacífico, incluidos algunos pertenecientes a China.

Este hecho, unido a la inercia desastrosa que arrastraba el gigante asiático desde comienzos del XIX, volvió a sumir al país en una profunda crisis. Tras el periodo de caos, en 1927 el Kuomintang asumió el poder. La tranquilidad se prolongo durante un breve periodo de cuatro años, en los cuales este grupo mantuvo unidos en su seno a nacionalistas, socialistas y demócratas. La ruptura del pacto con los comunistas marcó el inicio de un nuevo periodo de crisis.

Las luchas entre “señores de la guerra” volvieron a asolar el territorio chino, al tiempo que Japón invadía Manchuria en 1931. Con este panorama interno China iba a enfrentarse al convulso periodo bélico de finales de los años treinta y principios de los cuarenta. En 1937 iniciaba una guerra con Japón que, enlazando con los II Guerra Mundial, no tocó a su fin hasta el años 1945 [1]. La nación china sufrió grandes pérdidas en el conflicto, fue humillada en numerosas ocasiones, pero gracias a la victoria aliada salió triunfadora en la conflagración.

El final victorioso sobre Japón en la guerra de 1937-1945 no acabó de apaciguar los ánimos en China. La división dentro del Koumintang tras la ruptura protagonizada por los comunistas de Mao Tse-Tung, llevó al ejército de este a enfrentarse con el gobierno de Chang Kai-Shek [5].

La guerra civil china duró cuatro años (1945-1949). En ella los comunistas, con apoyo de la URSS, se alzaron con la victoria.

Los nacionalistas huyeron del territorio continental, constituyendo un gobierno en el exilio en la isla de Taiwán (Formosa) bajo la protección y el reconocimiento de los EE.UU. Desde entonces existen dos estado que reclaman la herencia china: uno comunista en el continente, y otro nacionalista en la isla.

Bibliografía

[1] Historia Universal Contemporánea I y II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[2] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson – Barcelona – Debate – 2007.

[3] Los Manchúes; Pamela Kyle Crossley – Barcelona – Ariel – 2002.

[4] Historia breve de China; Pedro Ceinos – Madrid – Silex – 2003.

[5] Cisnes salvajes: tres hijas de China; Jung Chang – Barcelona – Circe – 2006.

[6] Historia del nacionalismo; Hans Kohn – México – Fondo de Cultura Económica – 1984.