El americanismo


El hundimiento europeo y el espectacular desarrollo alcanzado por los EE.UU. durante esos años, fueron las principales causas de la aparición de la leyenda de América:

(Georg Grosz, Un sí menor y un NO mayor) “…las noticias americanas que imprimían los periódicos alemanes causaban sensación. Cuando sucedía algo increíble ¿dónde sucedía? Siempre en Norteamérica, país de posibilidades ilimitadas. ¿Dónde si no podían existir aquellas riquezas fabulosas, dónde podía uno, fuese cual fuese su procedencia, empezar limpiando zapatos, repartiendo periódicos o fregando platos, para acabar indefectiblemente siendo multimillonario, tanto si se lo proponía uno como si no? (…) De Norteamérica nos llegaban las historias más descabelladas. Decían que había allí ciruelas del tamaño de la palma de la mano, cultivadas de modo que, al dirigirles una palabra determinada, se abrían y escupían automáticamente el hueso”.

En el anterior fragmento Georg Grosz nos describe cómo se veía desde el Viejo Continente al gigante americano, cómo y por qué se le admiraba. EE.UU. era, para los europeos, sinónimo de industrialización y nuevas posibilidades. Sin embargo, si bien es verdad que buena parte de la leyenda era real, no es menos cierto que la mitificación de la vida americana alcanzó en ocasiones cotas de irrealidad muy altas. Aún así, no cabe duda de que Norteamérica era el nuevo centro del mundo, el lugar donde surgieron las tendencias culturales, económicas y políticas preponderantes durante los años veinte:

(Georg Grosz, Un sí menor y un NO mayor) “De Norteamérica nos llegaba el americanismo, término muy citado y discutido, que hablaba de un progreso técnico y civilizador avanzado que, bajo la guía de los Estados Unidos, alcanzaba al mundo entero. Nuevas formas de racionalización, lo que solía llamarse eficacia, una publicidad comercial según el modelo americano (advertising and selling), el servicio al cliente (service), el famoso sep smiling, el proceso moderno de trabajo en el que se descompone la tarea en determinadas partes aisladas, calculadas con precisión, los sistemas de Taylor, Ford y demás, todo eso procedía de Norteamérica”.

Éste admirado modelo de producción americano se basaba en tres pilares fundamentales:

– El crecimiento la oferta fruto del desarrollo de la producción en masa. Esto permitía, en base al aumento de la productividad, incrementar las ganancias.

– Para colocar esa oferta era necesaria una demanda que la absorbiese. Por tanto, se hizo imprescindible que la población tuviera mayor capacidad adquisitiva con el fin de aumentar también su consumo.

– Se hizo necesario el desarrollo de sistemas internacionales de relaciones comerciales, en base a la libre circulación de mercancías, y financieras; es decir, la existencia de un sistema monetario estable.

Producción en masa.

Se procedió a racionalizar la producción mediante los siguientes mecanismos:

– Proceso de mecanización; el trabajo humano y de la máquina de vapor fue sustituido por el de los motores eléctricos. Además, en el campo de las fuentes de energía, el carbón perdió la primacía a favor de la electricidad y el petróleo.

– Estandarización de los productos; se redujo la oferta a un tipo de materias tipo, es decir, se unificaron los modelos productivos con el fin de facilitar y acelerar los procesos de fabricación. Éste fenómeno nos lo describe ampliamente el periodista español Julio Camba en un capítulo de La ciudad automática.

– Organización más racional del trabajo; se aplicaron los principios de Taylor: cronometrar los tiempos de cada operación con el fin de establecer un ritmo estándar; eliminación de los tiempos muertos y de los movimientos inútiles; cálculo de cada movimiento; mano de obra no especializada, ya que los movimientos a realizar, en general muy sencillos, no la requerían. De éstos obreros inexpertos nos habla Louise Ferdinand Céline en Viaje al fondo de la noche cuando narra cómo, a pesar de sus limitaciones, fue contratado en la fábrica de automóviles Ford en Detroit.

– Organización en cadena del trabajo siguiendo el método fordista, es decir, descomponiendo éste en procesos. Tanto la narración de Louise Ferdinand Céline en Viaje al fondo de la noche como el film de Charles Chaplin Tiempos modernos, son buenos ejemplos de esto.

– Concentración empresarial, bien por medio de trust, holding o konzert, que acabó por generar grandes empresas. Este proceso se vio favorecido, además, por los avances tecnológicos, productivos, y por la necesidad de controlar a la competencia.

Consumo y sociedad de masas.

El segundo aspecto a tener en cuenta era el consumo; es decir, que la demanda absorbiese la oferta empresarial. Con éste fin se desarrollaron los siguientes mecanismos:

– Imparable progreso de la publicidad, que pasó a utilizar medios como la prensa, la radio, los carteles y los luminosos. Se realizaron importantes inversiones en éste campo, que, como se fue comprobando más adelante, acabaron siendo muy rentables. Los principales productos anunciados fueron: los alimentos, los chocolates, los chicles, las bebidas, los tabacos, los productos de belleza e higiene, los perfumes, la ropa y los complementos, el menaje y el hogar, el sonido, los automóviles, las camionetas, y los complementos para vehículos.

– Creció la capacidad adquisitiva de la población gracias al desarrollo del crédito y la caída en desuso de la costumbre del ahorro. Se trataba de poner de moda el consumo-disfrute, en el que jugó un papel fundamental la facilidad dada al consumidor de poder comprar a plazos. De ésta manera, las sociedades de crédito y el crédito mismo se extendieron por el mundo, generalizándose el endeudamiento. Todo éste complejo sistema permitió que la demanda creciera enormemente, ya que la mayoría de la población tenía acceso a casi todos los productos.

– Los cambios en las condiciones de vida, en el trabajo y en el grado de urbanización –mayor durante éstos años-, permitió que se desarrollara con fuerza la civilización de masas.

– El desarrollo de los medios de comunicación fue otro de los factores que posibilitó el aumento de la demanda y la aparición de la cultura de masas. La prensa, la radio, el cine, la industria del ocio… todos se adecuaron a los nuevos tiempos, pasando a formar parte de todo éste engranaje publicitario. Al igual que la sociedad, los medios sufrieron un importante cambio: surgió la prensa de masas, portadora de grandes titulares y rebosante de sensacionalismo; la radio, medio de comunicación estrella de la época, se generalizó entre la población, llegando a convertirse en un medio accesible para todos; y el cine por su parte se convirtió en un importante elemento de ocio.

– Todo esto permitió la difusión del americanismo como forma de cultura: música, moda, entretenimientos…

Marco internacional.

Hemos señalado anteriormente, a modo de tercer elemento necesario para el desarrollo del americanismo, la importancia de que existiese un marco institucional que aportase la seguridad necesaria para las transacciones internacionales. De ésta manera, y tras el caos de la posguerra, se trató de restablecer el patrón oro y reducir la inflación en las distintas naciones con el fin de poder poner en marcha estos mecanismos. Se buscaba, en definitiva, volver a la normalidad económica de la preguerra que tan difícil estaba resultando alcanzar. Los dirigentes de los distintos estados pusieron las bases de éste proceso en la Conferencia Internacional de Génova (1922), donde se acordó como fin para todos los países:

– Alcanzar la estabilidad monetaria.

– Restablecer la convertibilidad de las monedas en oro.

En lo que respecta al primer elemento, hay que señalar que afectaba principalmente, aunque no exclusivamente, a la Europa centro-oriental. De ésta forma, entre 1921 y 1924, se sanearon las finanzas de Polonia, los países bálticos, Checoslovaquia, Hungría y Alemania. Además, con el fin de solucionar los problemas de las indemnizaciones de guerra, se negoció con los alemanes el Plan Dawes, que debía regir desde ese momento el pago de las reparaciones.

En lo referente al segundo aspecto, cabe subrayar que se confirmó la supremacía americana como centro financiero mundial en detrimento de Londres. Los EE.UU. pasaban a ser el principal inversor del mundo, destacando sus inversiones en Europa, América del Sur, Canadá y la India. Con estas medidas se logró alcanzar, por fin, una estabilidad sobre la que se pudo edificar el entramado económico de los años veinte.

Deficiencias del sistema

El sistema económico surgido en la Conferencia Internacional de Génova se mantuvo vigente durante la década de los años veinte. Sin embargo, a causa de diversos factores, no acabó de funcionar a la perfección. Los principales elementos que impidieron el desarrollo de éste modelo económico, y por tanto su pervivencia, fueron:

– El constante estado de depresión económica que se vivió de los años veinte, cuya principal manifestación fue el elevado precio de los productos.

– La escasa adaptación de la estructura económica europea al modelo americano. Europa, poco desarrollada en los sectores industriales en auge, continuó rigiéndose por el modelo británico, es decir, el de preguerra.

– Limitaciones de la demanda a causa del alto número de desempleados, el elevado índice de pobreza, la ruina de los agricultores, y la escasa capacidad adquisitiva de buena parte de la población.

– Otros obstáculos que impidieron éste desarrollo fueron: el proteccionismo y altos aranceles existentes, la interrupción de los trasvases migratorios ante la nueva política de EE.UU. hacia los inmigrantes, y el mal funcionamiento del sistema de pagos.

A largo plazo, la consecuencia de estos desequilibrios del sistema será la llegada de la Gran Depresión.

Bibliografía:

[1] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[2] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson – Barcelona – Debate – 2007.

[3] El periodo de entreguerras en Europa; Martin Kitchen – Madrid – Alianza Editorial – 1992.

[4] Sociedad y cultura en la República de Weimar: el fracaso de una ilusión; José Ramón Díez Espinosa – Valladolid – Universidad – 1996.

[5] La ciudad automática; Julio Camba – Madrid – Espasa-Calpe – 1950.

[6] Viaje al fondo de la noche; Louise Ferdinand Céline – 1932.

[7] Un sí menor y un No mayor; Georg Grosz – Madrid – Anaya – 1991.

La crisis social y económica


El orden vigente hasta 1914, basado en una economía capitalista, una estructura jurídico-constitucional de tipo liberal, una hegemonía social de la burguesía, y un marcado eurocentrismo, se quebró tras el fin de la Gran Guerra. En los años posteriores al conflicto éste sistema sufrió un constante proceso de erosión, surgiendo así importantes alternativas de tipo económico, político, social y mental:

– En el ámbito político fueron apareciendo ideologías antisistema tales como el comunismo, el autoritarismo y el fascismo.

– En materia económica, aparte de los desajustes surgidos tras el final de la guerra, también se desarrollaron alternativas al capitalismo, tales como el socialismo y la autarquía.

– En lo social la burguesía perdió el protagonismo exclusivo, pasando a compartir éste con la nueva clase emergente: el proletariado.

– Durante éstos años Europa perdió la supremacía sobre el mundo: el poder financiero de Londres y la potencia industrial alemana fueron sustituidos por el nuevo gigante americano, que pasó a convertirse en la primera potencia mundial.

El declive de Europa.

Con el final de la Gran Guerra, las grandes potencias mundiales tenían que enfrentarse a los trastornos y problemas provocados por más de cuatro años de enfrentamientos. Al coste demográfico, entre 50 y 60 millones de afectados, hay que añadir que justamente dentro de ese grupo se encontraban los grupos más productivos de la fuerza de trabajo; es decir, los varones jóvenes que marcharon al frente. Sin embargo, no sólo los militares se vieron afectados por la guerra, también murieron civiles, de entre los cuales muchos fallecieron a causa de la epidemia de gripe de 1918-19. En fin, las naciones beligerantes sufrieron las consecuencias de un importante descenso demográfico, dentro del cual habría que tener en cuenta también a los no nacidos durante ese periodo.

Además, la guerra trajo consigo otros problemas, como son la disminución de las reservas de capital, el desgaste del material y de la maquinaria, la insuficiente renovación de los equipos y el freno a la inversión. Todo esto contribuyó a lastrar el despegue del sistema productivo y económico de las potencias beligerantes, las cuales, además, tenían que hacer frente a las deudas contraídas durante los años de enfrentamiento. Estuvieron, pues, los primeros años veinte marcados por un continuo proceso inflacionista y por la contracción del producto.

En lo que se refiere al aspecto social, estos años estuvieron marcados por una enorme inestabilidad, que sin lugar a dudas favoreció el aumento de la incertidumbre. Distinguimos dos etapas dentro de ésta crisis social:

– Crisis del final de la guerra; caracterizada por la ruptura del consenso prebélico –“catástrofe de la euforia”- y por la generalización de los desórdenes, bien en forma de huelgas, motines militares o revoluciones bolcheviques.

– Fin de la guerra; las tensiones contenidas durante el periodo bélico explotaron al término de éste. De ésta forma, en algunos países se fueron produciendo revoluciones, y en otros, a causa de su capacidad de acomodación, reformas se produjo una profunda reestructuración de la correlación de fuerzas.

El coste de la guerra.

Como último factor de ésta gran crisis de posguerra, hay que señalar los efectos negativos de las decisiones de algunos gobiernos. Las desacertadas medidas de los dirigentes mundiales, o la ausencia de las mismas, se plasmaron en los siguientes campos:

– Político; errores sustentados en dos pilares, las directrices de los acuerdos de paz y el aislamiento de los EE.UU., que impidió el desarrollo de un programa general de ayuda a los países afectados.

– Económico; desde un principio los estadistas trataron de dejar a un lado la economía de guerra para volver al sistema vigente en 1914. Sin embargo, eso resultó más difícil de lo esperado: tras el auge inicial, provocado por la demanda reprimida durante el tiempo de guerra, surgió una grave recesión -a partir de 1920- caracterizada por el descenso de precios, de la producción y de la demanda. De ésta manera, se produjo un rápido aumento del desempleo. En ésta situación, los gobiernos tomaron dos posturas distintas para solventar la crisis: política de deflación o “apretarse el cinturón” para volver a gozar de la prosperidad de los años anteriores a la Gran Guerra; o mantener el déficit presupuestario por razones políticas y sociales; no castigar más a los ciudadanos.

El problema fue la falta de concordancia entre ambos sistemas, por eso no funcionó. Los primeros redujeron las exportaciones y establecieron préstamos a alto interés; mientras que los otros eligieron exportar y pedir préstamos. La deflación dio buenos resultados, al tiempo que el déficit presupuestario constituyó una trampa mortal para los gobiernos que lo abrazaron. Nada pudieron hacer ante el proteccionismo y la política de créditos caros de las otras potencias.

Esto agravó los problemas de los países centroeuropeos, que se sumieron de pronto en el caos de la inmediata posguerra. La mayor manifestación de esto fue la hiperinflación de Austria y Alemania. Éstos, además de ser países beligerantes derrotados, ser sometidos a amputaciones territoriales y al pago de fuertes indemnizaciones, fueron también víctimas de la locura económica de aquellos años.

Por tanto la política social, el no querer que la población continuara sufriendo, acabó por hundir más a estos países y a sus propios ciudadanos. El ambicioso proyecto social alemán cayó víctima de un déficit presupuestario excesivo, cuyas consecuencias fueron: el aumento progresivo del precio de la vida y la inflación e hiperinflación. En el año 1923 -“el año inhumano”- Alemania sufrió de una manera brutal las consecuencias de esa crisis. Su retraso en el pago de las reparaciones, la firmeza en no pagar a Francia, y la resistencia pasiva de los obreros del Ruhr, abrieron las puertas del infierno para la nación germana:

(Stefan Zweig, El mundo de ayer) “Viví días en que pagué cincuenta mil marcos por el periódico de la mañana, y cien mil por el de la tarde. El que tenía que cambiar dinero extranjero, distribuía la conversión por horas, pues a las cuatro recibía multiplicada la suma que se pagaba a las tres, y a las cinco, varias veces más que sesenta minutos antes. Recuerdo que entonces remití un manuscrito a mi editor, fruto de un año de trabajo, y casi creí asegurarme pidiendo el pago por adelantado del porcentaje correspondiente a diez mil ejemplares. Pero cuando recibí el cheque, éste cubría apenas el importe que una semana antes había gastado en el franqueo del paquete de cuartillas. Los billetes de tranvía costaban millones de marcos; el papel moneda, del banco del Reich, se transportaba en camiones a los demás bancos, y quince días después se encontraban billetes de cien mil marcos flotando en un desagüe (…) por doquier se hacía evidente que a todo el mundo le resultaba insoportable aquella sobreexcitación, aquel enervante tormento diario en el potro de la inflación, como también era evidente que toda la nación, cansada de la guerra, en realidad anhelaba orden y sosiego, un poco de seguridad y de vida burguesa, y que en secreto odiaba a la República, no porque reprimiera esta libertad desordenada, sino, al contrario, porque aflojaba demasiado las riendas. Quien vivió aquellos meses y años apocalípticos, hastiado y enfurecido, notaba que a la fuerza tenía que producirse una reacción, una reacción terrible (…) los oficiales degradados se organizaban en sociedades secretas; los pequeños burgueses que se sentían estafados en sus ahorros se asociaron en silencio y se pusieron a disposición de cualquier consigna que prometiera orden. Nada fue tan funesto para la República Alemana como su tentativa idealista de conceder libertad al pueblo e incluso a sus propios enemigos (…) Nada envenenó tanto al pueblo alemán, nada encendió tanto su odio y lo maduró tanto para el advenimiento de Hitler como la inflación”.

El ascenso de los EE.UU.

La situación de los EE.UU. contrastaba enormemente con la postración que se vivía en Europa. Esto fue debido entre otros factores a que la guerra no se desarrolló en suelo estadounidense. Sin embargo, los americanos aprovecharon tres ventajas más que les ofrecía el conflicto para crecer económicamente: sustituyeron a las importaciones europeas en los mercados, abastecieron a Europa durante la guerra y a las colonias desatendidas por sus metrópolis.

EE.UU. era, tras un proceso de crecimiento espectacular, la mayor potencia económica del mundo, la mayor potencia comercial -primera exportadora y segunda importadora-, y el mayor acreedor. Además, los americanos también aprovecharon ésta situación para, con su excedente comercial, liquidar los títulos estadounidenses en poder de extranjeros. No cabía duda, todo esto confirmaba que había despertado un gigante al otro lado del Atlántico.

Bibliografía:

[1] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[2] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson – Barcelona – Debate – 2007.

[3] El periodo de entreguerras en Europa; Martin Kitchen – Madrid – Alianza Editorial – 1992.

[4] Sociedad y cultura en la República de Weimar: el fracaso de una ilusión; José Ramón Díez Espinosa – Valladolid – Universidad – 1996.

[5] El mundo de ayer. Memorias de un europeo; Stefan Zweig – Barcelona – El Acantilado – 2002.

La crisis cultural


La Guerra acabó por minar la confianza que el hombre contemporáneo había depositado en la razón. De esta forma, durante el periodo posbélico un enorme pesimismo invadió la cultura europea: se había perdido la fe ciega en el progreso ilimitado y en el hombre occidental. Además, a esta crisis intelectual se sumó una profunda transformación moral, tras la cual los valores de preguerra quedaron completamente trastocados. Como bien señala Walter Gropius, un mundo había llegado a su fin:

“Esto es algo más que una guerra perdida. Un mundo ha llegado a su fin. Debemos buscar una solución radical a nuestros problemas”.

Al mismo tiempo, con el regreso de los soldados a casa, se fue forjando el mito de la generación perdida. Esos jóvenes que en el verano de 1914 se habían lanzado a las calles en favor de la guerra, esos mismos que se habían alistado llevados por un hondo sentimiento romántico, volvían ahora del frente tras cuatro años de duros enfrentamientos. Todos habían perdido buena parte de su juventud en la trinchera, pero a algunos la guerra les habían quitado algo más. A los heridos, a los lisiado, a los ciegos… les había sido arrebatado su futuro, su vida. Es justamente uno de esos “desfiles de lisiados” el que narra E. M. Remarque en El regreso.

Creación literaria.

En lo referente a la cuestión literaria, hemos de destacar en primer lugar el importante cambio de rumbo que se produjo en la orientación de éstas obras. La crisis de los fundamentos ideológicos se tradujo en el ámbito cultural en un apogeo del pesimismo, cuyas principales manifestaciones fueron:

– O. Spengler en La decadencia de Occidente describía la estructura cíclica de las civilizaciones con el objetivo de señalar que la occidental se acercaba a su fin.

– H. Hesse en Demian criticó duramente los ideales de la guerra y planteaba la construcción de una nueva civilización con valores distintos.

– Marcel Proust elaboraba un entramado de obras en las que planteaba recuperar el tiempo perdido por el arte en los largos años de conflicto.

– L. Pirandello en sus obras teatrales planteaba el problema de la incertidumbre; afirmaba que el hombre no era ni quien creía ser ni el que los demás creían.

– T. S. Eliot en Tierra baldía abordaba la cuestión de la esterilidad del mundo presente: “Abril es el mes más cruel, criando / lilas de la tierra muerta, mezclando / memoria y deseo, removiendo / turbias raíces con lluvia de primavera. / El invierno nos mantenía calientes, cubriendo / tierra con nieve olvidadiza, nutriendo / un poco de vida con tubérculos secos. / El verano nos sorprendió, llegando por encima de Starnbergersee / con un chaparrón; nos detuvimos en la columnata, / y seguimos a la luz del sol, hasta el Hofgarten, / y tomamos café y hablamos un buen rato. / “Bin gar keine Russin, stamm´ aus Litauen, echt deutsch. / Y cuando éramos niños, estando con el archiduque, / mi primo, me sacó en un trineo, / y tuve miedo. El dijo, Marie, / Marie, agárrate fuerte. Y allá que bajamos. / En las montañas, una se siente libre. / Yo leo, buena parte de la noche, y en invierno me voy al sur

– James Joyce en Ulysses trataba la sordidez del mundo presente. A éste irlandés, cuya obra estaba destinada a revolucionar la literatura y el pensamiento de su tiempo, nos lo describe Stefan Zweig en El mundo de ayer:

“…en un rincón del café Odeon se sentaba, a menudo solo, un joven que llevaba una barbita de color castaño y unas gafas ostentosamente gruesas ante unos penetrantes ojos oscuros; me dijeron que era un escritor inglés de gran talento (…) El resentimiento contra Dublín, contra Inglaterra y contra ciertas personas había adoptado en él la forma de una energía dinámica que sólo se liberaba en la obra literaria. Pero él parecía amar esa dureza suya; nunca lo vi reír ni de buen humor. Daba siempre la impresión de una fuerza oscura concentrada en ella misma y, cuando lo veía por la calle, con los delgados labios estrechamente apretados y caminando siempre con pasos apresurados, como si se dirigiera a algún lugar determinado, me daba cuenta de la actitud defensiva y del aislamiento interior de su carácter mucho más que en nuestras conversaciones. Por eso después no me sorprendió en absoluto que fuera precisamente él quien escribiese la obra más solitaria, la menos ligada a todo y que se abatió sobre nuestra época como un meteoro”.

– F. Kafka describe la impotencia del ser humano en obras como El proceso y El castillo.

– T. Mann en La montaña mágica analiza una Europa enferma.

– A. Malraux en La tentación de Occidente critica los hábitos occidentales contraponiéndolos a los orientales.

– P. La Rochelle; Fuego fatuo.

Sin embargo, el balance de todo éste fenómeno, la obra que resumió toda su complejidad, fue El Anticristo de J. Roth. En él encontramos la esencia y la síntesis del pesimismo literario imperante en aquel periodo.

Fundamentos científicos e ideológicos.

En el ámbito científico y humanístico se apreciaron también los efectos de la crisis, plasmados fundamentalmente en el triunfo de la irracionalidad y de la filosofía vitalista. A continuación analizaremos éstos fenómenos de una forma más sistemática:

El pensamiento de éste periodo estuvo profundamente marcado por el auge de la irracionalidad, la intuición y la experiencia, poniéndose fin así al imperio de la razón. Esto afectó profundamente al campo de la especulación científica, donde:

– Se produjo una degradación del análisis.

– El principio de causalidad fue sustituido por la casualidad.

– Predominó el escepticismo especulativo.

– El principio de la incertidumbre de W. Heisenberg sumió en una profunda crisis a la teoría de Max Plank.

– La física tradicional entró en crisis con la aparición de la teoría de la relatividad de A. Einstein.

– Exaltación de disciplinas como la biología, la medicina y la genética; es decir, todo aquello que, por su relación con la naturaleza, era considerado superior a la razón.

En el campo económico, tras una larga guerra en la que se había consolidado el papel predominante del Estado en la vida económica de los países, se vio claramente que no era posible un retorno al liberalismo clásico. De ésta manera, fueron surgiendo nuevas teorías que tenían como fin último reorganizar la vida económica de posguerra en base a unos nuevos principios; o, más bien, acomodar los ya existentes a la nueva situación. Entre éstos teóricos destacó Keynes, acérrimo defensor del intervencionismo estatal, que en su opinión debía basarse en dos principios:

– La regulación de la economía a través de la gestión de la demanda.

– La solución de las crisis cíclicas a las que estaba condenado el liberalismo clásico.

En el ámbito de las ciencias humanas se produjo una exaltación de las fuerzas irracionales y una profunda crítica de la razón. Esto tuvo una enorme importancia para el Derecho, ya que el parlamento pasó a ser considerado como el aspecto racional de la organización política, y la autoridad y la fuerza la irracional. Por tanto, según este modelo de pensamiento, tomar el gobierno de una manera antidemocrática no sólo estaba perfectamente legitimado, sino que éste se consideraba un poder superior al emanado del parlamento.

También se desarrolló enormemente la música atonal –con ausencia de relaciones armónicas (tonalidad)-, donde destacaron figuras como Berg, Schönberg y Webern.

A modo de conclusión, podemos añadir que no sólo se trató de un declive de los propios valores, bases e ideas del mundo contemporáneo, sino que también influyó la pujanza de las alternativas culturales y científicas.

Alternativas a la crisis.

La crisis mental y cultural posterior a la Gran Guerra llevó a muchos artistas a buscar nuevas salidas: formas de afrontar y superar los problemas surgidos de ella. El fracaso de la razón, plasmado en la catástrofe bélica de 1914, llevó a muchos a renegar de ella, formándose así movimientos culturales que exaltaban la irracionalidad, el vitalismo y el absurdo. Sin embargo, otros prefirieron la huída, física o imaginaria, de la Europa de su tiempo. De ésta manera, podemos distinguir cuatro reacciones ante la crisis, dos del primer tipo y dos del segundo:

– El movimiento dadaísta, fundado en Zurich durante la Gran Guerra, trataba de denunciar el mal funcionamiento de la cultura, la moral, la sociedad… a través del arte. Para ello, argumentando que sólo la nada tenía significado, se basaron en lo absurdo, en lo carente de sentido. Entre sus miembros destacaron: H. Arp, Georg Grosz, T. Tzara…

– El surrealismo, derivación tardía del dadaísmo (1920-1923), estuvo también enormemente influido por las teorías de Sigmund Freud. De ésta manera, podemos considerar que éste movimiento artístico se formó a partir de dos herencias: el valor de lo absurdo y el afán de protesta dadaísta, y el automatismo psíquico -subconsciente e irracionalidad- de Jung y Sigmund Freud. Sobre éste último nos habla Stefan Zweig en sus memorias:

(Stefan Zweig, El mundo de ayer) “Había conocido a Sigmund Freud –ese espíritu grande y fuerte que como ningún otro de nuestra época había profundizado, ampliándolo, en el conocimiento del alma humana-, en una época en que todavía era amado y combatido como hombre huraño, obstinado y meticuloso (…) se había aventurado en las zonas terrenales y subterráneas del instinto, hasta entonces nunca pisadas y siempre evitadas con temor, es decir, precisamente la esfera que la época había solemnemente declarado tabú. Sin darse cuenta de ello, el mundo del optimismo liberal se percató de que aquel espíritu no comprometido con su psicoanálisis le socavaba implacablemente las tesis de la paulatina represión de los instintos por parte de la razón y el progreso, y de que ponía en peligro su método de ignorar las cosas molestas con la técnica despiadada de sacarlas a la luz”.

Entre los miembros de este movimiento, en su inmensa mayoría profundamente comprometidos con diversos grupos políticos, hay que destacar a los poetas G. Stein, A. Breton, P. Eluard y L. Aragon; a los pintores Y. Tanguy, R. Magritte, Joan Miró, P. Delvaux y Salvador Dalí; y al cineasta Luis Buñuel. Así nos describe El mundo de ayer la actividad de éstos nuevos fenómenos artísticos y culturales:

(Stefan Zweig, El mundo de ayer) “La nueva pintura dio por liquidada toda la obra de Rembrandt, Holbein y Velázquez e inició los experimentos cubistas y surrealistas más extravagantes. En todo se proscribió el elemento inteligible: la melodía en la música, el parecido en el retrato, la comprensibilidad en la lengua (…) se tiraba a la basura toda la literatura que no fuera activista, es decir, que no contuviera teoría política. La música buscaba con tesón nuevas tonalidades y dividía los compases; la arquitectura volvía las casas del revés como un calcetín, de dentro a afuera; en el baile el vals desapareció en favor de figuras cubanas y negroides; la moda no cesaba de inventar nuevos absurdos y acentuaba el desnudo con insistencia (…) Pero en medio de este caótico carnaval, ningún espectáculo me pareció tan tragicómico como el de muchos intelectuales de la generación anterior que, presas del pánico a quedar atrasados y ser considerados “inactuales”, con desesperada rapidez se maquillaron con fogosidad artificial e intentaron, también ellos, seguir con paso renqueante y torpe los extravíos más notorios”.

– La expatriación física fue otra de las salidas que se le presentó a la intelectualidad de la época: abandonar la patria para huir de la desilusión que había supuesto la guerra. Dentro de éste grupo encontramos a personajes como H. Hemingway, James Joyce, D. Herbert Lawrence y Lawrence de Arabia.

– Se produjo también una huída de Europa por medio de la imaginación, cuyos objetivos fueron civilizaciones lejanas o perdidas: H. Hesse se refugió en la India con su obra Siddartha; D. Herbert Lawrence, retornó al pasado azteca con La serpiente emplumada; Lawrence de Arabia se adentró con Los siete pilares de la sabiduría en el mundo árabe; H. Hemingway prefirió orientar su imaginación hacia el continente africano; Malinowski, fiel a su disciplina, retorno a épocas pasadas sirviéndose de teoría antropológicas; J. R. R. Tolkien se refugió en la Tierra Media, cuya defensa convirtió en una alegoría de la lucha entre la naturaleza y la industrialización que la destruye; Marcel Proust, como ya indicamos más arriba, continuó con su búsqueda del tiempo perdido; Otros prefirieron el regreso a la religión antigua. Éste fue el caso de J. Maritain y su neotomismo.

Bibliografía:

[1] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[2] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson – Barcelona – Debate – 2007.

[3] El periodo de entreguerras en Europa; Martin Kitchen – Madrid – Alianza Editorial – 1992.

[4] Sociedad y cultura en la República de Weimar: el fracaso de una ilusión; José Ramón Díez Espinosa – Valladolid – Universidad – 1996.

[5] El mundo de ayer. Memorias de un europeo; Stefan Zweig – Barcelona – El Acantilado – 2002.

[6] El regreso; Erich Maria Remarque – 1931.

El mundo de entreguerras


Los siguientes artículos están dedicados al periodo de entreguerras. Este bloque se inserta dentro de un grupo más amplio que, emulando a Stefan Zweig, he titulado El mundo de ayer. Les dejo con la cita introductoria que he sacado del citado autor:

(Stefan Zweig, El mundo de ayer) “Toda una generación de jóvenes había dejado de creer en los padres, en los políticos y los maestros; leía con desconfianza cualquier decreto, cualquier proclama del Estado. La generación de la posguerra se emancipó de golpe, brutalmente, de todo lo que había estado en vigor hasta entonces y volvió la espalda a cualquier tradición, decidida a tomar en sus manos su propio destino, a alejarse de todos los pasados y marchar con ímpetu hacia el futuro. Con ella había de empezar un mundo completamente nuevo, un orden completamente diferente en todos los ámbitos de la vida. Y, naturalmente, los comienzos fueron impetuosos, exagerados y hasta brutales”.

La crisis cultural
La crisis social y económica
El americanismo
Los años de la catástrofe
La crisis ideológica

Bibliografía:

[1] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[2] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson – Barcelona – Debate – 2007.

[3] El periodo de entreguerras en Europa; Martin Kitchen – Madrid – Alianza Editorial – 1992.

[4] Sociedad y cultura en la República de Weimar: el fracaso de una ilusión; José Ramón Díez Espinosa – Valladolid – Universidad – 1996.

[5] El mundo de ayer. Memorias de un europeo; Stefan Zweig – Barcelona – El Acantilado – 2002.

Enfoques ideológicos sobre el imperialismo

Artículo publicado por Historia en Presente el 9 de enero de 2009.


Continúo con el repaso sobre el concepto de “imperialismo”. Este es ya el tercer artículo que dedico a la cuestión , y posee un esquema similar a los anteriores: ideas sueltas expuestas con más o menos acierto. Pido disculpas porque el contenido es quizás algo caótico; estos artículos cambiarían mucho si se les sometiera a un repaso intenso antes de publicarse. Lo siento mucho, pero la falta de tiempo me impide hacer algo mejor. Por el momento, ahí quedan esas ideas sueltas que, quizás, en algún momento aproveche para escribir algo más completo y coherente sobre un fenómeno que cada vez me parece más crucial para entender la época contemporánea.

Las características de la guerra Anglo-Bóer (1899-1902) determinan la primera inflexión crítica hacia una nueva percepción del imperialismo: Imperialism – A Study (1902) de John Hobson.

«Este teórico, desplazado al escenario de la contienda, observa los efectos de la política imperialista sobre el terreno y esboza sus primeras reflexiones. En su búsqueda de los fundamentos que expliquen el imperialismo, adopta una perspectiva que asocia elementos ideológicos –nacionalismo expansionista y patriotero, teorías de la superioridad civilizatoria, mesianismo religioso y humanitario- con otros de índole económica» [7].

Ese conjunto de ideas cristaliza en la denominada “teoría económica del imperialismo”, regida por la idea de que el desarrollo del capitalismo alcanzará, más tarde o más temprano, una especie de barrera natural insuperable. Para Hobson la empresa del imperialismo, con sus connotaciones de prestigio nacional y militar a ultranza, es económicamente ruinosa y políticamente peligrosa.

La adquisición de territorios está cargada de simbolismo, en tanto que expresa el deseo de pasar de ser “sólo” una potencia europea a constituirse en gran “potencia mundial”.

«No se busca tanto el rendimiento de las colonias –ventajas económicas en una concurrencia mundial por mercados y recursos, como la obtención de posiciones estratégicas. La potencia imperialista proyecta sobre sí misma una adaptación espuria del darwinismo (survival of the fittest dentro de la struggle for life). Adquiere resonancias filosóficas en la obra de Rudyard Kipling, autor de la visión que considera que el imperialismo es la pesada, heroica y gloriosa “carga del hombre blanco”.

También se deja notar esa filosofía en la visión de Friedrich Nietzsche, que considera a algunos individuos –y pueblos- como “naturalmente” esclavos o señores. Esta teoría alcanza su elaboración más sistemática y radical en la obra de H. S. Chamberlain» [7]. Los escritos, discursos y panfletos de la época se impregnan de este espíritu que todo el mundo considera inocuo y legítimo (Jacob Burckhardt, Max Weber, Friedrich Naumann, Jules Ferry…). Este clima general presente en buena parte del pensamiento político europeo suscita fuertes tendencias hacia el irracionalismo, el biologismo y el autoritarismo.

Concluida la Primera Guerra Mundial, surge la obra del austríaco Joseph A. Schumpeter, que emprende una sociología del imperialismo desvinculando por primera vez a este del capitalismo. «En el imperialismo encontramos impulsos que no se corresponden con el espíritu de cálculo racional propio del capitalismo; subyacen en él componentes tan atávicos como el deseo de dominio, el afán de victoria, el instinto bélico…

Sostiene que las fuerzas motoras del imperialismo corren a la par con los valores e intereses de la sociedad que lo sustenta» [7]. Define así el imperialismo: “propensión, sin objetivo, por parte de un Estado, a la expansión violenta ilimitada”.

Bibliografía:

[1] Historia Universal Contemporánea; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[2] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson – Barcelona – Debate – 2007.

[3] Postguerra. Una historia de Europa desde 1945; Tony Jutd– Madrid – Taurus – 2006.

[4] Historia del mundo actual; VVAA – Valladolid – Universidad – 2000.

[5] Los orígenes del totalitarismo; Hannah Arendt – Madrid – Alianza -2006.

[6] Historia de las relaciones internacionales; Charler Zorgbibe I – Madrid – Alianza Universidad – 1994.

[7] Teoría breve de las relaciones internacionales; Paloma García Picazo – Madrid – Tecnos – 2004.

El seismo político de postguerra


Al seísmo territorial, señalado en el artículo anterior, hay que añadir otro de tipo político: el fin de la guerra supuso el triunfo universal del sistema democrático-liberal. Después de que Rusia abandonase a sus aliados al firmar la paz por separado con Alemania, las potencias de la Triple Alianza trataron de presentar el conflicto como una lucha entre la democracia –representada por ellas mismas- y el autoritarismo –personificado en los imperios centrales-. De esta forma, la victoria de los occidentales sobre los imperios centrales trajo consigo la consolidación del sistema democrático en todo el continente

Podemos señalar las siguientes manifestaciones del cambio político producido en Europa tras el término de la Gran Guerra:

– La desaparición de los imperios autocráticos: Rusia, Austria-Hungría, Alemania y Turquía.

– La proclamación de repúblicas democráticas en Alemania, Polonia, Austria, Checoslovaquia, Turquía, Letonia, Lituania, Finlandia y Estonia.

– La creación de nuevos estados en base a los postulados de autodeterminación wilsonianos. De hecho, el presidente de los EE.UU. se convirtió en el héroe de aquella inmediata postguerra, en la que sus catorce puntos estaban llamados a formar un mundo nuevo basado en la paz, la democracia y la concordia. No obstante, su derrota electoral acabó por convencer a los utópicos seguidores de Wilson de que los EE.UU. preferían el aislamiento al compromiso: Europa, al igual que Wilson, se quedo sin el apoyo americano en la fundamental tarea de construir el mundo de posguerra. Stefan Zweig nos narra en sus memorias cómo percibían los europeos la figura de Woodrow Wilson:

“Creíamos en el grandioso programa de Wilson, que suscribíamos por entero (…) Quien vivió aquella época recuerda que las calles de todas las ciudades retronaban de júbilo al recibir a Wilson como salvador del mundo, y que soldados enemigos se abrazaban y besaban; nunca en Europa había existido tanta fe como en aquellos primeros días de paz…”

– Elaboración de textos constitucionales basados en los principios del liberalismo:

(Programa del gobierno provisional alemán, mil novecientos dieciocho) “…todas las elecciones para corporaciones públicas se efectuarán de ahora en adelante con arreglo al derecho de sufragio universal; serán secretas y se regirán por el sistema proporcional participando en ellas todos los varones y mujeres de edad no inferior a veinte años. Este derecho de sufragio es también válido para la Asamblea Constituyente, sobre la cual se publicarán ulteriores disposiciones más detalladas”.

– Reformas electorales en los países donde la democracia ya estaba consolidada; introducción del sufragio femenino y desarrollo de nuevas fórmulas de representación más proporcionales.

– Reformas en la estructura económica; jornada de ocho horas, convenios colectivos, arbitrajes obligatorios, y desarrollo de la pequeña propiedad.

– Creación de instituciones internacionales; entre estas destacaba la Sociedad de Naciones que, regida por el voto democrático de los distintos países, estaba encargada del arbitraje de las relaciones entre las potencias.

La crisis del parlamentarismo.

El retroceso del sistema democrático en Europa fue adquiriendo, a medida que pasaba el tiempo, un ritmo más acelerado. De ésta forma, en el periodo comprendido entre 1920 y 1945, todos aquellos sistemas parlamentarios surgidos tras la Gran Guerra fueron desapareciendo. El terreno conquistado por la democracia en 1918 se había perdido a la altura de 1938. Tan sólo se mantenía en ocho países europeos: Gran Bretaña, Suecia, Finlandia, Suiza, Checoslovaquia, Francia, Bélgica y Holanda. A esto hay que añadir que en 1945 ese número se veía reducido a cuatro, ya que las últimas –Checoslovaquia, Francia, Holanda y Bélgica- también habían desaparecido. Expresado de manera esquemática, este era el panorama que presentaba el Viejo Continente:

– Rusia; dictadura del proletariado desde 1917.

– Hungría; sistema comunista durante el breve mandato de Bela Kun (1919), y fascismo con Miklós Horthy (1920-1944).

– Polonia; dictadura de Josef Pildsuski.

– Alemania: Adolf Hitler.

– Austria; fascismo de Engelbert Dollfuss (1932-1934), y triunfo del nacionalsocialismo tras la anexión con Alemania (1938).

– Italia; fascismo forjado por Benito Mussolini entre 1922 y 1925, que se mantuvo durante casi veinte años.

– España; regímenes dictatoriales de Miguel Primo de Rivera (1923-1929) y Francisco Franco (1939-1975).

– Portugal: dictaduras de Antonio Óscar Carmona (1926) y Antonio de Oliveira Salazar (1932).

– Países bálticos: regímenes antidemocráticos en Lituania (1926), Letonia (1934) y Estonia (1934).

-Países balcánicos: regímenes antidemocráticos en Albania (1928), Yugoslavia (1929), Bulgaria (1926), Grecia (1922) y Rumania (1938).

Teoría de las oleadas antidemocráticas.

Con el fin de explicar esta debacle del parlamentarismo, surgió la teoría de las oleadas antidemocráticas. Según esta, la desaparición de los sistemas democráticos fue fruto de dos oleadas protagonizadas por las fuerzas antisistema, que coincidieron con dos situaciones de crisis: la postguerra y la Gran Depresión. No obstante, aunque es verdad que muchos estallidos antidemocráticos surgieron en esos dos momentos, nos encontramos con algunas objeciones:

– Existieron oleadas intermedias que no se pueden enmarcar en ninguno de esos dos contextos. Nos referimos al ascenso de Miguel Primo de Rivera en España (1923), de Antonio de Oliveira Salazar en Portugal (1925) y del príncipe Alejandro I en Yugoslavia (1927).

– Surge la dificultad de en qué momento situar el fin del parlamentarismo en naciones como Alemania y Rumania.

– Se produjeron algunos reflujos democratizadores en países donde ya se había asentado el modelo autoritario: España y Grecia.

– Dentro de cada país las variantes antidemocráticas -es decir, de izquierdas y de derechas- se sucedieron (caso de Hungría).

– Fue un periodo en el que también funcionaron mal las democracias de los países tradicionalmente democráticos.

Pugna de legitimidades.

Continuamos, tras descartar las oleadas de la crisis de posguerra y la Gran Depresión, sin resolver el enigma de por qué el triunfo de la democracia fue tan evidente como su repliegue. No obstante, viendo como ante dificultades similares en algunos estados se mantuvo el parlamentarismo y en otros no, cabe plantearse si el problema no radicó en la escasa legitimidad que alcanzó entre los habitantes de algunos países al sistema democrático. De esta forma, comprobamos como en esos años tres tipos de legitimidad se enfrentaron reclamando para sí ese privilegio: la tradicional, la democrática y la popular o de masas.

Además, mientras estos tres modelos pugnaban por alcanzar la supremacía, se produjeron tres procesos paralelos que acabaron por minar las estructuras del mundo liberal. Tres crisis –moral, socioeconómica e ideológica- que prepararon el terreno para el advenimiento de los sistemas antidemocráticos:

– Crisis moral e intelectual; se aprecia durante este periodo un avance de la cultura del pesimismo y de las fuerzas irracionales, caracterizadas por la pérdida de la fe en la razón y el triunfo de la casualidad sobre la causalidad.

– Crisis social y económica; con el fin de la Gran Guerra se comprobó que el sistema económico vigente en la preguerra era inadecuado para los nuevos tiempos: se hizo imposible un retorno al liberalismo clásico. Así, el fin del capitalismo imperante desde la década de 1880 fue debido a tres fenómenos: las distorsiones propias de la posguerra, la intervención estatal en la economía durante el conflicto, y el alcance universal y la duración inusitada del enfrentamiento.

– Crisis ideológica; los grupos antisistema, que se proclamaban superiores a la decadente democracia, fueron tomando fuerza durante este periodo. Se trataba, en la mayoría de los casos, de grupos antagónicos, enfrentados entre sí; sin embargo, hemos de tener en cuenta que la legitimidad o deslegitimidad del parlamentarismo no sólo dependía de la fuerza de un grupo antisistema, sino de la del conjunto de éstos. Georg Grosz narra así la aparición de estos grupos antidemocráticos:

(Georg Grosz, Un sí menor y un No mayor) “…algunos llevaban la vela negra, otros blanca, otros roja. Había embarcaciones que llevaban gallardetes con tres signos que simbolizaban el rayo, con la hoz y el martillo, o con la cruz gamada sobre un casco de acero… y a cierta distancia, todos esos signos mostraban algo parecido”.

Por su parte, Stefan Zweig nos describe sus primeros encuentros con uno de esos movimientos antisistema, el nacionalsocialismo:

(Stefan Zweig, El mundo de ayer) “No recuerdo cuando oí por primera vez el nombre de Adolf Hitler, ese nombre del que ya desde hace años nos vemos obligados a recordar o pronunciar en relación con cualquier cosa todos los días, casi cada segundo, el nombre del hombre que ha traído más calamidades a nuestro mundo que cualquier otro en todos los tiempos. Sin embargo, debió ser bastante pronto, pues nuestra Salzburgo, situada a dos horas y media de tren, era como una ciudad vecina de Munich, de modo que los asuntos puramente locales de allí nos llegaban bastante rápido. Sólo sé que un día –no sabría precisar la fecha- me visitó un conocido de allá quejándose de que en Munich volvía a reinar la agitación. Había sobre todo un agitador tremebundo llamado Hitler que celebraba reuniones con muchas broncas y peleas e incitaba a la gente del modo más vulgar contra la República y los judíos (…) También me cayó una vez en las manos aquel periodicucho del nuevo movimiento nacionalsocialista, el Miesbacher Anzeiger (del que más tarde nacería el Völkische Beobachter)”

Bibliografía:

[1] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[2] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson – Barcelona – Debate – 2007.

[3] El mundo de ayer. Memorias de un europeo; Stefan Zweig – Barcelona – El Acantilado – 2002.

[4] Sociedad y cultura en la República de Weimar: el fracaso de una ilusión; José Ramón Díez Espinosa – Valladolid – Universidad – 1996.

[5] Un sí menor y un No mayor; Georg Grosz – Madrid – Anaya – 1991.

[6] La revolución alemana de 1918-1919; Sebastian Haffner – Barcelona – Inédita – 2005.

El surgimiento de nuevos Estados


El final del conflicto bélico, y la inmediata firma de los distintos tratados de paz entre las potencias vencedoras y vencidas, configuró un nuevo mapa de Europa. A partir de los grandes imperios plurinacionales de finales del XIX –en su mayoría derrotados en la Gran Guerra- surgieron una serie de nuevas y, por lo general, pequeñas naciones. También se reestructuraron las fronteras entre los países que existían antes del estallido del conflicto. Toda esta transformación del mapa Europeo se efectuó por medio del llamado Sistema de Versalles, que anuló la paz de Brest Litovsk. Sin embargo, como en lo referente al aspecto territorial Versalles ratificó las pérdidas rusas contenidas en el tratado germano-soviético, podemos distinguir dos grandes elementos en la transformación territorial de Europa: la paz de Brest-Litovsk y el sistema de Versalles.

La paz de Brest-Litovsk; sancionó la aparición de cinco nuevos Estados a partir de la desmembración del antiguo Imperio ruso: Finlandia, Estonia, Letonia, Lituania y Polonia. Además, los soviéticos se comprometieron en virtud de este tratado a ceder Besarabia a Rumania.

El sistema de Versalles; el complejo entramado político y territorial que funcionó en Europa desde finales de la Gran Guerra hasta el advenimiento de Adolf Hitler, estuvo marcado por las discrepancias surgidas entre las potencias vencedoras durante su proceso de formación. De esta manera, mientras David Lloyd George buscó defender los intereses británicos, y Woodrow Wilson hacer realidad sus catorce puntos, Georges Clemenceau basó toda su actuación en alcanzar la seguridad de Francia, para lo que vio necesario hundir a Alemania. Además, otras potencias de menor rango, como Italia o Japón, vieron con creciente descontento como los esfuerzos de la guerra resultaban poco productivos tras la firma del tratado: esperaban sacar más partido de la victoria del que realmente les permitió la paz. No obstante, los vencedores lograron superar sus discrepancias y alcanzar los siguientes acuerdos:

– Alemania; además de cargar sobre hombros alemanes la responsabilidad de la guerra, Versalles sometió a Alemania a una dura amputación territorial. La nación germana perdió numerosos territorios europeos, poblados además por una mayoría étnica alemana, y todas sus colonias. A todo esto habría que añadir las pérdidas económicas y demográficas de éstas pérdidas, y las humillantes cláusulas del diktat: desmilitarización, reparaciones económicas, reconocimiento de la propia culpabilidad del conflicto…

– Austria-Hungría; éste imperio, como paradigma de plurinacionalidad y plurietnicidad, estaba condenado tras su derrota a un complejo proceso de disolución territorial. A partir de la antigua Austria-Hungría surgieron tres naciones: Austria, Hungría y Checoslovaquia. Pero, además, el antiguo imperio tuvo que ceder buena parte de sus territorios a los países vecinos.

– Bulgaria; en la paz de Neully los búlgaros fueron tratados con especial dureza por las potencias vencedoras. A las pérdidas territoriales se unieron fuertes sanciones económicas que, para una nación como Bulgaria, constituyeron un muro en su proceso de desarrollo.

– Turquía; el caso turco (Paz de Sevres) fue muy similar al de las tres potencias anteriores. Sin embargo, en lo que respecta a sus pérdidas territoriales, hay que señalar que, tras la victoria lograda en la guerra contra Grecia (1920-1922), Turquía recuperó buena parte de sus antiguos territorios (Paz de Lausana, 1923).

Bibliografía:

[1] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[2] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson – Barcelona – Debate – 2007.

El contexto histórico del término «imperialismo»

Artículo publicado por Historia en Presente el 3 de enero de 2009.


Un breve estudio del contexto histórico de la aparición del término “imperialismo” puede ayudarnos a la hora de comprender este fenómeno.

«Durante el siglo XIX, las nuevas dimensiones adquiridas por el tradicional concepto de imperio se vieron notablemente ampliadas. Su primera asociación terminológica se dio en Francia con los partidarios del bonapartismo; un régimen imperial que se reanudó con el Segundo Imperio de Napoleón III. A su vez, estas connotaciones se extendieron a los defensores del viejo imperio alemán» [7].

Sin embargo, la versión más precisa se produjo en Gran Bretaña, hacia 1850, donde el término “imperialismo” era utilizado para designar al régimen de Luis Napoleón, fundado en la gloria nacional y el prestigio militar. Pasados veinte años empezó a aplicarse para señalar los lazos de los británicos con el imperio del que eran titulares. «Este debate se centró en torno a los postulados de Gladstone que, desde el liberalismo, se oponía a la política colonial de Disraeli, a la que crítica con el descalificativo de imperialista. El significado del término evolucionó entre los propios liberales británicos, donde hay que destacar a Salisbury y Chamberlain» [7].

Fue adquiriendo así connotaciones más complejas, entendiendo que el imperio era un marco de difusión de valores superiores ligados a un humanismo genérico que lo convertía en un fenómeno admirable.

También los marxistas fueron desarrollando una teoría sobre el imperialismo. «De esta forma, en sus primeros planteamientos, se entendía este fenómeno como una consecuencia directa del funcionamiento y la evolución del capitalismo. Por tanto, sus estudios se dirigieron a analizar el capitalismo como proceso que, en su desarrollo, engendraba sus propias contradicciones» [7].

Una parte de los enfoques marxistas se centró en estudiar las causas del imperialismo, mientras que otra se fijó más en sus consecuencias, si bien ambas se entendían como complementarias.

Como queda dicho, los contemporáneos de este fenómeno fueron plenamente conscientes de que se encontraban ante algo distinto al clásico colonialismo. Ese movimiento, desarrollado desde el siglo XVI de manera discontinua, comenzó en América y en los establecimientos, costeros en su mayoría, de África y Asia.

No obstante, la situación general del siglo XIX presentaba un panorama claramente distinto: «un mundo sometido a un proceso de aceleración insólita hasta entonces.

Una clave de este fenómeno fue el ingente crecimiento demográfico que se produjo en la población europea entre 1850 y 1900, con una tasa del 50%. Esto vino acompañado de una sensación de optimismo y omnipotencia generalizados en las poblaciones nacionales, que consideraban estas empresas como una especie de expresión de la innata superioridad propia» [7].

Bibliografía:

[1] Historia Universal Contemporánea; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[2] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson – Barcelona – Debate – 2007.

[3] Postguerra. Una historia de Europa desde 1945; Tony Jutd– Madrid – Taurus – 2006.

[4] Historia del mundo actual; VVAA – Valladolid – Universidad – 2000.

[5] Los orígenes del totalitarismo; Hannah Arendt – Madrid – Alianza -2006.

[6] Historia de las relaciones internacionales; Charler Zorgbibe I – Madrid – Alianza Universidad – 1994.

[7] Teoría breve de las relaciones internacionales; Paloma García Picazo – Madrid – Tecnos – 2004.

El seismo territorial de postguerra


El final de la Gran Guerra transformó de manera radical la estructura territorial de las potencias derrotadas. Estas se vieron afectadas por un complejo proceso de desmembración, basado en la doctrina de Wilson referida a las nacionalidades. A partir de este surgieron una serie de nuevos Estados. De esta manera, la estructura territorial europea en 1919 varió notablemente con respecto a la de 1914: se había producido un gran seísmo territorial.

En primer lugar abordaremos la cuestión de la desmembración territorial de las potencias derrotadas. Estas, generalmente formadas por vastos y complejos territorios, se vieron afectadas por los siguientes tratados:

– El Tratado de Sevres (10 de agosto de 1920) confirmó el fin de la presencia turca en los Balcanes, que, por otro lado, ya era evidente en los años anteriores a la Gran Guerra.

– La paz de Brest-Litovsk, firmada entre alemanes y soviéticos, concedió la autonomía a buena parte de los territorios más occidentales del antiguo Imperio ruso.

-El Tratado de Versalles (29 de junio de 1919) sancionó las pérdidas territoriales alemanas.

– El Imperio austro-húngaro, tal vez el más característico de los estados plurinacionales de la época, fue reducido a la mínima expresión mediante los Tratados de Saint Germain (10 de septiembre de 1919) y Trianon (4 de junio de 1920). De esta forma, Austria, amputada y empobrecida, tenía que hacer frente a la crítica situación de posguerra que Stefan Zweig nos describe en el siguiente fragmento:

(S. Zweig, El mundo de ayer) “Tan pronto como el tren hubo desaparecido en la lejanía, nos mandaron bajar de los relucientes y limpios vagones suizos y subir a los austriacos. Y sólo bastaba con poner el pie en ellos para adivinar lo que le había ocurrido a este país. Los revisores que señalaban los asientos a los pasajeros se arrastraban de un lado para otro, delgados, hambrientos y desarrapados; los uniformes, rotos y gastados, colgaban holgados de sus hundidos hombros. Las correas para subir y bajar las ventanillas habían sido cortadas, porque cualquier trozo de cuero tenía un gran valor (…) Para un trayecto que normalmente se cubría en una hora, hacían falta cuatro o cinco y, al anochecer, la oscuridad en el interior del tren era absoluta. Las bombillas estaban rotas o habían sido robadas (…) Los pasillos estaban abarrotados, incluso en los estribos se acurrucaban algunas personas, expuestas al frío de la noche casi invernal y, además, todo el mundo apretaba contra su cuerpo el equipaje y un paquete de víveres; nadie se atrevía a soltar nada de la mano en medio de la oscuridad, ni siquiera por un minuto. Me daba cuenta de que había salido de un mundo de paz para volver a los horrores de la guerra que ya creía acabados”.

Bibliografía:

[1] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[2] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson – Barcelona – Debate – 2007.

[3] El mundo de ayer. Memorias de un europeo; Stefan Zweig – Barcelona – El Acantilado – 2002.

El mundo de postguerra


Iniciamos el repaso de la primera postguerra europea. Este bloque de artículos se inserta dentro de un grupo más amplio que, emulando a Stefan Zweig, he titulado El mundo de ayer. Les dejo con la cita introductoria que he sacado de este autor:

(Stefan Zweig, El mundo de ayer)“Nací en 1881, en un imperio grande y poderoso –la monarquía de los Habsburgo-, pero no se molesten en buscarlo en el mapa: ha sido borrado sin dejar rastro”.

El seismo territorial de postguerra
El surgimiento de nuevos Estados
El seismo político de postguerra

Bibliografía:

[1] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[2] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson – Barcelona – Debate – 2007.

[3] El mundo de ayer. Memorias de un europeo; Stefan Zweig – Barcelona – El Acantilado – 2002.