Kosovo: una pérdida humillante

La cuestión de Kosovo es delicada para cualquier serbio, no porque quiera y crea que Kosovo debe formar parte de Serbia. Nadie en su sano juicio querría lidiar con una población enemiga e independentista, trufada de mafias y narcotraficantes. De hecho, la mayoría de los serbios es consciente de que, sin Kosovo, Serbia solucionaría mucho más rápido sus problemas. La pérdida de Kosovo significaría para Serbia lo mismo que fue para Hungría la amputación de Transilvania en 1920, por el Tratado de Trianon. Una pérdida humillante.

Mira Milosevich, ¿Un nuevo Trianon?, p. 2.

El seismo territorial de postguerra


El final de la Gran Guerra transformó de manera radical la estructura territorial de las potencias derrotadas. Estas se vieron afectadas por un complejo proceso de desmembración, basado en la doctrina de Wilson referida a las nacionalidades. A partir de este surgieron una serie de nuevos Estados. De esta manera, la estructura territorial europea en 1919 varió notablemente con respecto a la de 1914: se había producido un gran seísmo territorial.

En primer lugar abordaremos la cuestión de la desmembración territorial de las potencias derrotadas. Estas, generalmente formadas por vastos y complejos territorios, se vieron afectadas por los siguientes tratados:

– El Tratado de Sevres (10 de agosto de 1920) confirmó el fin de la presencia turca en los Balcanes, que, por otro lado, ya era evidente en los años anteriores a la Gran Guerra.

– La paz de Brest-Litovsk, firmada entre alemanes y soviéticos, concedió la autonomía a buena parte de los territorios más occidentales del antiguo Imperio ruso.

-El Tratado de Versalles (29 de junio de 1919) sancionó las pérdidas territoriales alemanas.

– El Imperio austro-húngaro, tal vez el más característico de los estados plurinacionales de la época, fue reducido a la mínima expresión mediante los Tratados de Saint Germain (10 de septiembre de 1919) y Trianon (4 de junio de 1920). De esta forma, Austria, amputada y empobrecida, tenía que hacer frente a la crítica situación de posguerra que Stefan Zweig nos describe en el siguiente fragmento:

(S. Zweig, El mundo de ayer) “Tan pronto como el tren hubo desaparecido en la lejanía, nos mandaron bajar de los relucientes y limpios vagones suizos y subir a los austriacos. Y sólo bastaba con poner el pie en ellos para adivinar lo que le había ocurrido a este país. Los revisores que señalaban los asientos a los pasajeros se arrastraban de un lado para otro, delgados, hambrientos y desarrapados; los uniformes, rotos y gastados, colgaban holgados de sus hundidos hombros. Las correas para subir y bajar las ventanillas habían sido cortadas, porque cualquier trozo de cuero tenía un gran valor (…) Para un trayecto que normalmente se cubría en una hora, hacían falta cuatro o cinco y, al anochecer, la oscuridad en el interior del tren era absoluta. Las bombillas estaban rotas o habían sido robadas (…) Los pasillos estaban abarrotados, incluso en los estribos se acurrucaban algunas personas, expuestas al frío de la noche casi invernal y, además, todo el mundo apretaba contra su cuerpo el equipaje y un paquete de víveres; nadie se atrevía a soltar nada de la mano en medio de la oscuridad, ni siquiera por un minuto. Me daba cuenta de que había salido de un mundo de paz para volver a los horrores de la guerra que ya creía acabados”.

Bibliografía:

[1] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[2] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson – Barcelona – Debate – 2007.

[3] El mundo de ayer. Memorias de un europeo; Stefan Zweig – Barcelona – El Acantilado – 2002.