¿Kemalismo contra islamismo en Turquía?

Artículo publicado en la sección Colaboraciones de La Segunda en mayo de 2007.


La crisis presidencial turca de 2007 parece haber terminado en tablas tras el primer asalto. Esos días a caballo entre abril y mayo finalizaron sin un claro triunfador en la lucha por el poder. El Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP), liderado por el actual primer ministro – Recep Tayyip Erdogan-, no logró que Abdullah Gül alcanzase la presidencia de la nación. No obstante, tampoco la oposición kemalista del Partido Republicano del Pueblo (CHP) y el Ejército han conseguido desbancar a los islamistas del poder.

Hasta el próximo 22 de julio, fecha que la Junta Electoral ha establecido para la celebración de comicios anticipados, todo seguirá igual en Turquía: Ahmet Necdet Sezer continuará siendo presidente, y Erdogan primer ministro

¿Qué sucederá tras las elecciones? Esa es la gran pregunta que nadie acierta a contestar a día de hoy. Parece claro que, salvo sorpresas, los islamistas moderados de AKP reeditarán su mayoría en la Cámara. Sin embargo, no está del todo claro si ese nuevo triunfo desbloqueará la oposición a la designación de un presidente de ese partido. Es más, en caso de que se produjera un nuevo bloqueo, no habría que descartar la intervención de un Ejército ansioso por volver a ser el protagonista de la vida política turca. Y esto, bien lo sabemos, volvería a cerrar a Turquía las puertas de la Unión Europea durante muchos años. De momento lo más sensato es esperar a los sucesos del día electoral; sólo entonces podremos analizar de una manera más certera esta cuestión.

Nadie es capaz de predecir un futuro tan incierto como el de la alta política turca. No obstante, podemos analizar, basándonos en aspectos históricos, sociológicos e ideológicos, su situación actual. La Turquía de Mustafa Kemal inició tras la Gran Guerra su proceso de occidentalización. Este se manifestó en un sinfín de reformas que tenían como objetivo su modernización y conversión en una nación competitiva.

A la muerte de Kemal sus seguidores trataron de continuar su obra política, y para ello se basaron en dos pilares: el partido kemalista –actual CHP- y el Ejército. Los primeros defenderían a través de las urnas el Estado laicista y democrático impuesto por su fundador; y los segundos intervendrían militarmente cuando, tras la derrota electoral del kemalismo, sus rivales amenazaran con desmontar el sistema.

Sin embargo, este “modus operandi” ha ido degenerando poco a poco hasta convertirse en una simple excusa para que determinadas élites nacionales se mantengan en el poder.

El Partido Republicano Popular, que de unos años a esta parte se viene denominando socialdemócrata, es la cuna de los herederos de Atatürk e Ismet Ínönü. Deniz Baykal y los suyos son personajes que, acostumbrados a que sus antecesores controlaran los resortes del poder, no entienden porque ellos no han de hacerlo. Muestran en sus planteamientos una alarmante carencia de cultura democrática: no admiten la alternancia y el ascenso de figura ajenas a sus élites.

Por su parte, el Ejército ha terminado por convertirse en defensor de los intereses kemalistas, que no democráticos. Es más, sus abundantes injerencias en la actividad política –algunas, a mi juicio, justificadas- a lo largo del último siglo, les han dejado buen sabor de boca. Los altos cargos militares turcos se sienten a gusto dirigiendo a la acción gubernamental, bien por coacción o por acción directa.

Hemos descrito brevemente a uno de los dos oponentes en la lucha por el poder en Turquía; a continuación vamos a conocer a sus rivales. Lo primero que hay que determinar a la hora de hablar del Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP) es si realmente es un grupo islamista. En su origen la mayor parte de estos personajes –Erdogan y Gül incluidos- fueron seguidores de Necmettin Erbakan. Este si que fue un verdadero líder islamista; un hombre que aspiraba a que la política turca volviera a sus antiguas tradiciones religiosas.

No obstante, los actuales gobernantes de Turquía se alejaron bien pronto de los planteamientos de su antiguo líder y fundaron un nuevo partido que muchos denominan como islamismo moderado. Se trata de un grupo que defiende la continuidad del actual régimen turco –el kemalista- pero suavizando determinados aspectos laicistas que, a su juicio, rozan la paranoia antirreligiosa (ciertamente, Turquía no es hoy un Estado laico, sino laicista). Son partidarios de la modernización del país y de su integración en la Unión Europea.

Es más, con el ejecutivo Erdogan se han dado los pasos más importantes en el proceso integrador.

Dicho esto, cabe plantearse si realmente AKP es peligroso para la democracia. Mi opinión es que no ¿De dónde viene, pues, la oposición tan radical mostrada en los pasados días –¡y lo que nos queda!- por kemalistas y militares? Lo cierto es que la presidencia de la República es uno de los últimos bastiones que le queda a esta élite todopoderosa desde los tiempos de Mustafa Kemal Atatürk. Es lógico, pues, que se resistan a entregarlo. Aunque en su día les costó, han dejado en numerosas ocasiones que otros ocuparan el gobierno del país. Incluso han permitido que cayera en manos de islamistas radicales como el anteriormente citado Necmettin Erbakan.

Sin embargo, en este proceso de normalización política que dura ya más de ochenta años, todavía no han abandonado nunca la presidencia. Esa es la tecla que han tocado Erdogan y Gül, y parece que el kemalismo todavía no estaba maduro para aceptarlo. En fin, se trata de un paso más hacia el pluralismo; un requisito que algún día –puede que dentro de pocas semanas- Turquía tendrá que cumplir para ser una nación totalmente democrática.

Bibliografía:

[1] El turco. Diez siglos a las puertas de Europa; Francisco Veiga – Barcelona – Debate – 2007.

[2] Turquía, entre Occidente y el Islam: una historia contemporánea; Glòria Rubiol – Barcelona – Viena -2004.

Séptimo pecado: la verdadera puñalada


“Tan sólo un año más tarde volvieron a presentarse los que en octubre y noviembre de 1918 habían huido tan miserablemente de su responsabilidad, y lo hicieron en calidad de acusadores. Los socialdemócratas a quienes ellos habían cargado con la responsabilidad de la derrota se convirtieron entonces en los “criminales de noviembre” que habían “apuñalado por la espalda al frente victorioso” y provocado la derrota, es más, la habían deseado”. Sebastián Haffner trata de desmontar en el último capítulo de su obra la leyenda de la “puñalada por la espalda”, descrita de forma bastante acertada en el párrafo anterior. Al mismo tiempo plantea lo que él llama la “verdadera puñalada”: efectuada por los altos mandos políticos y militares del Imperio Alemán contra sus opositores –socialdemócratas y democristianos fundamentalmente-, el ejército y la propia nación. La artimaña consistió, básicamente, en entregar el poder a otros justo cuando la derrota era inevitable e inminente. De esta forma, las manos de los verdaderos culpables aparecían limpias ante la Historia y el pueblo, quedando como responsables aquellos que se dejaron engañar al tomar las riendas del poder de modo ingenuo.

La Revolución de noviembre no afectó para nada al desenlace final de la guerra. La derrota alemana, una vez fracasada su última embestida sobre el frente occidental, era cuestión de tiempo. Las tropas norteamericanas e inglesas crecían con el paso de los meses, sin que los alemanes encontraran el modo de mantener por más tiempo la firmeza de sus líneas defensivas. Es más, desde el 29 de septiembre se estaba negociando el alto al fuego con el presidente Wilson. Por tanto, la paz deshonrosa para Alemania –el yugo de Versalles- lo forjaron los que después cargaron sobre los hombros de Weimar esa responsabilidad. No obstante, el séptimo “pecado” no consistió tan solo en afirmar que determinados parlamentarios deseaban la derrota para llevar a cabo la revolución. Eso, desde luego, era falso –se podría plantear solamente esta tesis para el caso de los futuros espartaquistas-; pero había más.

La Alemania imperial pudo llegar, una vez sumida en el pozo de la derrota, a una paz más favorable. Lo que sucedió fue que sus líderes, bien por miopía política o bien por la ya habitual huída de la realidad, no tomaron el camino adecuado. Los ejércitos alemanes tenían que haber abandonado Francia y Bélgica a principios de mayo con el fin de plantear una defensa seria y posible en el Rin. Esto obedecía no solo a la lógica militar, sino también diplomática: desde una posición fuerte se podría llegar a una paz más conveniente. Sin embargo, una vez más, el alto mando se mostró incapaz de reconocer la derrota; y eso incluía la cabezonería de no abandonar Bélgica, que en principio era simplemente un lugar de paso.

Haffner nos muestra a Ludendorff como responsable de estos hechos: un general omnipotente, con cierto trastorno mental a esas alturas del conflicto, y ejemplo claro de los dos males más nocivos de Alemania es la Gran Guerra, la huida de la realidad y la búsqueda de chivos expiatorios. Este militar, además de ejercer de comadrona de la puñalada, cometió dos “pecados” en el último momento: no retirarse al Rin y pedir, públicamente y sin ningún tipo de preparación política, el alto al fuego el 29 de septiembre. Este último suceso no solo desmoralizó a la nación entera –exhausta a esas alturas de conflicto-, sino que también mostró a los enemigos el agotamiento alemán. Eso sirvió para que las condiciones de paz fueran más duras, ya que los germánicos pasaron a ocupar una posición de debilidad también en lo diplomático.

El autor suaviza al final del capítulo la culpa de Ludendorff, ya que su ascenso vino causado por la renuncia a su obligación de gobernar de algunos políticos. Si el general se encontró en un momento de la guerra con todo el poder en sus manos fue, básicamente, porque casi le obligaron a aceptarlo; los demás no cumplieron con su obligación de gobierno.

Bibliografía:

[1] Los siete pecados capitales del Imperio Alemán en la Primera Guerra Mundial; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2006.

[2] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[3] La Primera Guerra Mundial; Hew Strachan – Barcelona – Crítica – 2004.

Sexto pecado: Brest-Litovsk o la última oportunidad desaprovechada


El penúltimo “pecado” capital guarda una íntima relación con el quinto: el apoyo la revolución de Lenin. Con la paz de Brest-Litovsk, favorecida indudablemente por el triunfo del partido bolchevique en Rusia, Alemania podía, por fin, combatir en un solo frente: el occidental. El II Reich debía haber apostado todo a la única carta que le quedaba para lograr la victoria o, al menos, una paz honrosa. Tenía que utilizar todo su poderío en el oeste para dar un golpe definitivo antes de que los americanos desembarcaran con todo su potencial en el Viejo Continente. Sin embargo, los líderes alemanes, no supieron aprovecharlo:

“El fallo que cometió Alemania en el invierno de 1917-1918 y la primavera de 1918 no fue arriesgarlo todo a esa oportunidad, sino no hacerlo. Si realmente se hubiese querido aprovechar aquella posibilidad inesperada, surgida una vez más en el último instante, de lograr una victoria militar en el oeste (una posibilidad desesperada, escasa, y terriblemente efímera), Alemania debería haber volcado todo, absolutamente todo lo que tenía en ese momento al frente oeste”.

Este sexto “pecado” es, en contra de lo que llega a afirmar Haffner en la cita anterior, gemelo de los anteriores. Es cierto que Alemania, al contrario que en otros casos, no arriesgó justamente cuando debía hacerlo. Sin embargo, no lo hizo porque dejó, una vez más, que el idealismo tomara el las riendas del carro germano. El Imperio Alemán volvió a huir de la realidad al no aprovechar todo su potencial oriental en el oeste. Mientras medio ejército del II Reich preparaba la última y desesperada ofensiva occidental, la otra mitad de sus efectivos se lanzaba a la aventura asiática. Si, los alemanes nunca penetraron tanto en Rusia –un país ya derrotado- como en esos meses en los que perdía la guerra en territorio francés.

El II Reich estuvo muy cerca de derrotar a sus enemigos en el frente occidental con aquella ofensiva de 1918; le faltó tan solo un último empujón. Pero ese impulso estaba dedicado a una gran e inútil aventura: un juego oriental en el que incluso se permitieron el lujo de intervenir en la guerra civil rusa a favor de los blancos.

¿Qué habría sucedido si Alemania no hubiese pecado por sexta vez? Sebastian Haffner deja que al lector vislumbrar un Reich victorioso, pero no lo asegura al cien por cien. Es un autor lo suficientemente prudente e inteligente como para darse cuenta de que podían haber sucedido muchas cosas: no solo los alemanes movía ficha. En primer lugar, los rusos podía haber vuelto a las armas ante la certeza de una retirada germana, lo que haría retornar la guerra en dos frentes. Y, en segundo término, quedaba la por despejar la incógnita de cómo reaccionarían los occidentales ante un hipotético triunfo de la última ofensiva alemana. Podían no dar por acabado el conflicto, decisión fatal para el II Reich.

Bibliografía:

[1] Los siete pecados capitales del Imperio Alemán en la Primera Guerra Mundial; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2006.

[2] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[3] La Primera Guerra Mundial; Hew Strachan – Barcelona – Crítica – 2004.

Quinto pecado: el juego de la revolución mundial y la bolchevización de Rusia


“…en el hecho de que a raíz de la Primera Guerra Mundial hubiese un gobierno comunista en Moscú no sólo influyó de manera decisiva el entonces gobierno del Reich, sino que éste así lo quiso. La bolchevización de Rusia fue consecuencia de una política consciente, muy meditada y sólo en esa ocasión lograda por parte de la Alemania imperial durante la Primera Guerra Mundial. Sin embargo, serán pocos los que hoy en día disientan de que, a pesar de todo, aquello también fue un error desde el punto de vista alemán”.el II Reich se alió con todos sus fantasmas con el fin de acabar con la guerra en dos frentes. Resulta difícil comprender como dos ideas políticas tan opuestas -el autoritarismo y el socialismo bolchevique- pudieron llegar a entenderse; pero así fue.

No obstante, Alemania no buscaba tan solo firmar una paz por separado con la Rusia revolucionaria para poder volcarse en el frente occidental. La política germana esperaba que, tras el triunfo de Lenin, el antiguo imperio zarista quedase sumido en el caos: consideraban a los bolcheviques incapaces para la labor de gobierno. El II Reich trasladó al líder revolucionario de Suiza a Rusia con el fin de borrar a esta nación de la lista de grandes potencias durante mucho tiempo. La Historia ha demostrado que el efecto fue el contrario.

Alemania y los bolcheviques, aliados por mutua necesidad, sabían que tarde o temprano su camino tendría que separarse. Los objetivos de ambos eran divergentes, de ahí que cada uno tratase de sacarle todo lo posible al compañero de viaje para luego reírse de él.

Durante los primeros meses el general alemán se presentó al mundo como el gran triunfador de la partida. Sin embargo, el tiempo demostró lo contrario: el II Reich quedó sumido en el caos, mientras los bolcheviques construían una superpotencia que con los años sometería a la misma Alemania que la había creado. Los dirigentes romántico-conservadores alemanes no dudaron en aliarse con algunos de sus grandes miedos: revolución proletaria, nacionalismo, islamismo, antimperialismo…

Lenin fue, por contra, más pragmático: dio varios pasos hacia atrás con el convencimiento de que la revolución -auspiciada y financiada por el Imperio Alemán- acabaría abriéndose camino en la vieja Europa.

Bibliografía:

[1] Los siete pecados capitales del Imperio Alemán en la Primera Guerra Mundial; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2006.

[2] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[3] La Primera Guerra Mundial; Hew Strachan – Barcelona – Crítica – 2004.

Cuarto pecado: la guerra submarina sin cuartel


“Con la guerra submarina sin cuartel Alemania cometió por segunda vez el mismo error, sólo que de mayor envergadura, que el que había supuesto el plan Schlieffen. De nuevo estuvo dispuesta a aceptar un mal seguro a cambio de una mera expectativa de obtener un beneficio incierto”.

De inicio Sebastián Haffner nos plantea una acertada analogía entre el segundo y el cuarto “pecado capital”. La entrada del Imperio Británico en el conflicto fue fruto del empecinamiento alemán por derrotar más fácilmente a Francia ignorando la neutralidad belga. De la misma manera, tratar de someter a los ingleses por medio del empleo masivo de fuerzas submarinas iba a provocar que los EE.UU. declarasen la guerra al II Reich.

Se repetía, pues, la misma situación: con el fin de derrotar a un enemigo se asume el riesgo de provocar –con total seguridad- la animadversión de otra potencia mayor. Si a esto añadimos que, como sucedió tanto en el caso francés como en el británico, el tan ansiado objetivo de dejar fuera de combate a un enemigo puede no cumplirse, el desastre es aún mayor. A causa de esta política El Imperio Alemán introdujo a Inglaterra y los EE.UU. en la Gran Guerra, y a cambio no consiguió nada: de dos contrincantes pasó a tener cuatro. No obstante, Haffner defiende que existieron importantes diferencias entre estos dos “pecado”: la guerra submarina sin cuartel fue un fallo aún más imperdonable que la invasión de Bélgica. En primer lugar porque se cometió el mismo error por segunda vez.

En segundo término porque la posición de los EE.UU. en 1917 era bastante más clara que la del Imperio Británico en 1914: los americanos manifestaron repetidamente que en caso de guerra submarina declararían la guerra a Alemania, afirmación que nunca fue pronunciada en Londres cuando se planteo la cuestión belga. La entrada de Inglaterra en la Gran Guerra era una posibilidad; la de los Estados Unidos era segura. Finalmente el autor señala que la tercera diferencia consistió en la forma de tomar la decisión: mientras que el plan Schlieffen, rodeado de todo el secretismo militar, se ejecutó rápidamente, la guerra submarina se debatió durante dos años, siendo sometida a la voluntad del Reichstag y de la opinión pública.

¿Cómo llegaron los alemanes a convencerse de que la guerra submarina sin cuartel era la mejor manera para ganar la guerra? La respuesta a esta incógnita hemos de buscarla en el tercer “pecado capital”: la huída de la realidad. Alemania, encerrada en su habitual idealismo, había renunciado a toda paz que no supusiera una victoria total. De esta manera, es lógico llegar a la conclusión de que solo ahogando el comercio marítimo británico se podía llegar a tal meta. Una vez conseguido ese objetivo el II Reich confiaba en poder mantener a los americanos lejos de Europa mediante un cordón submarino en el Atlántico.

Sin embargo, aunque estuvieron cerca provocar el colapso de la flota inglesa, los alemanes no llegaron nunca a controlar los océanos. Sus enemigos, duramente golpeados por el impacto inicial de la guerra submarina sin cuartel, fueron poco a poco encontrando revulsivos ante el acoso germánico. De esta forma, las islas británicas nunca quedaron aisladas, y los americanos pudieron cruzar el Atlántico y luchar en suelo francés con el fin de derrotar a Alemania.

Bibliografía:

[1] Los siete pecados capitales del Imperio Alemán en la Primera Guerra Mundial; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2006.

[2] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[3] La Primera Guerra Mundial; Hew Strachan – Barcelona – Crítica – 2004.

Tercer pecado: Bélgica y Polonia o la huída de la realidad


«A lo largo de cuatro años –más exactamente hasta el 29 de septiembre de 1918-, el gobierno alemán, secundado por el aplauso de la opinión pública, rechazó siempre en un tono casi indignado, como si de una exigencia inmoral se tratara, pactar una paz general sobre las bases de un status quo, sin vencedores ni vencidos”.El tercer capítulo de la obra de Haffner nos describe una Alemania heroica, sacrificada y fuerte, enfrentada a una misión que supera sus fuerzas. La alabanza a la capacidad de resistencia del pueblo y del ejército alemán es una constante a lo largo de estos párrafos. No obstante, el autor lamenta la ceguera existente dentro del II Reich: el no percatarse de que la victoria era imposible. Tras el fracaso del Plan Schlieffen, y con los británicos como enemigos, la guerra estaba perdida. A los germanos solo les quedaba llegar una paz entre iguales que les permitiera salir de ese conflicto sin demasiados daños que lamentar. Los dirigentes del Imperio Alemán tuvieron a lo largo de esos cuatro años varias ocasiones para firmar esa paz “sin vencedores ni vencidos” que tanto le convenía a su nación; sin embargo, rechazaron, una tras otra, las posibilidades que se les presentaban. Para la ceguera del II Reich solo valía la victoria, y esta era imposible. Ese es el tercer “pecado” denunciado por Sebastián Haffner en su libro: la huída de la realidad. Ahora bien, ese juego infantil de no querer afrontar a los hechos –soñar con una victoria imposible- fue acompañado de otras manifestaciones poco coherentes. Toca, pues, hablar de Polonia y Bélgica. De pronto estos dos territorios, que no le habían importado nunca a ningún alemán –habían interesado solo como lugar de paso para otras grandes conquistas-, se convirtieron, de la noche a la mañana, en partes fundamentales del proyecto imperial. A tal punto llegó esa obsesión que en más de una ocasión la paz “sin vencedores ni vencidos” se frustró por la incapacidad de los alemanes para renunciar a sus conquistas en esos territorios.

Por tanto, Polonia y Bélgica son nombres propios que representan parte de esa huída de la realidad. Los dirigentes del Reich se agarraron con todas sus fuerzas a la idea de una Alemania victoriosa; sueño demente en el que, poco a poco, fueron ocupando su lugar los territorios de esas dos naciones. Mientras esto sucedía, a la nación se le acababa el tiempo: cada vez resultaba más difícil mantener la línea del frente. No obstante, durante cuatro años, la posibilidad de evitar la catástrofe fue rechazada por unos líderes borrachos de un triunfalismo inexistente.

Bibliografía:

[1] Los siete pecados capitales del Imperio Alemán en la Primera Guerra Mundial; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2006.

[2] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[3] La Primera Guerra Mundial; Hew Strachan – Barcelona – Crítica – 2004.

Segundo pecado: el Plan Schlieffen


“La política alemana se encontraba ya ante un duro dilema. Debido lógicamente a sus errores previos tenía encima dos “guerras frías”: una contra Rusia y Francia por la hegemonía continental y otra contra Inglaterra por ocupar “un lugar bajo el sol”. Alemania estaba obligada a separar ambas cosas y reventar la Entente”. Y lo cierto es que, como afirma Sebastian Haffner en los siguientes párrafos de este segundo capítulo, casi lo consiguió. El II Reich estuvo muy cerca de mantener al margen de la guerra a Inglaterra, pero sus errores –el segundo “pecado”- lo impidieron.

Las relaciones entre los germanos y las potencias continentales apuntaban inevitablemente hacia la guerra; una lucha en la que Alemania tenía posibilidades de alzarse con la victoria. Por el contrario, en el caso británico, la distensión comenzaba a dar sus frutos, por lo que es de suponer que los insulares se mantendrían al margen de una guerra europea. A Inglaterra no le interesaba poner en peligro su mastodóntica y frágil estructura comercial, y al II Reich no se le pasaba por la cabeza enfrentarse a tal potencial naval al tiempo que desarrollaba una guerra con Francia y Rusia. En definitiva, el enfrentamiento entre Austria y Serbia podía arrastrar al campo de batalla a alemanes, rusos y franceses, pero no tenía porque dar pie a la entrada de Inglaterra. Es más, al tratarse básicamente de una guerra en la Europa oriental, la situación de Francia era más que comprometida. Resultaba impensable que los ejércitos de la tricolor se plantaran en los Balcanes; la única misión de los franceses en la conflagración adveniente era atacar Alemania por su frontera occidental. Basándose en el testimonio de los miembros del gobierno inglés y de sus embajadores en París y Berlín, Haffner llega a afirmar que, salvo que se produjera una invasión germana del territorio francés, Inglaterra estaba dispuesta a mantenerse al margen del conflicto. Es decir, el Imperio Alemán debía contentarse con una guerra oriental, limitándose solo a defenderse en el oeste de los ataques franceses. Por tanto, se le presentaba a Alemania la posibilidad, no solo de mantener la neutralidad británica, sino también de mostrar al mundo como Francia se había apuntado –fruto de su revanchismo- a una guerra a la que no había sido invitada y en la que no tenía nada que hacer. En los primeros días de la guerra los militares tomaron el control de las operaciones en Alemania, fijando entre sus prioridades la materialización del Plan Schlieffen. Este contemplaba la invasión de Francia atravesando Bélgica y Luxemburgo con el fin de evitar las líneas defensivas francesas; así quedaba desbaratada toda la acción diplomática germana para con Inglaterra. Este acto no solo significaba la renuncia a un conflicto puramente oriental, sino que suponía una acción hostil hacia dos países que se habían manifestado neutrales ante la lucha que se avecinaba. A esto hemos de añadir el compromiso del Imperio Británico para con estas dos naciones europeas en peligro.

Los militares alemanes con sus tácticas y envolventes lograron lo que con tanto esmero habían procurado evitar los políticos: la entrada de Inglaterra en la guerra. Ese fue el segundo “pecado” capital del II Reich: “ante la posibilidad de dejar fuera de combate a una gran potencia, Francia, el plan prefería arrastrar hacia el conflicto con toda seguridad a otra más fuerte, Inglaterra”. De esta manera, aún logrando un rotundo éxito en el frente francés –que como sabemos no se produjo-, la situación de Alemania en la Gran Guerra había empeorado.

Hoy sabemos -al igual que Haffner cuando redactó en 1964 Los siete pecados capitales del Imperio Alemán en la Primera Guerra Mundial- que las cosas hubieran sido muy distintas si los dirigentes del II Reich se hubieran inclinado por un conflicto oriental. Los hechos demostraron en esos años de lucha que Alemania estaba más que capacitada para defenderse de Francia en el oeste y resultar victoriosa en el frente este; sin embargo, la elección fue otra. Aún así, al Imperio Alemán se le presentarían otras ocasiones de alcanzar resultado favorable de cara al fin de la guerra. Oportunidades que, como veremos en los próximos “pecados”, tampoco aprovechó.

Bibliografía:

[1] Los siete pecados capitales del Imperio Alemán en la Primera Guerra Mundial; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2006.

[2] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[3] La Primera Guerra Mundial; Hew Strachan – Barcelona – Crítica – 2004.

Primer pecado: El alejamiento de Bismarck


“El primero de los grandes errores que cometió Alemania fue, para empezar, provocar la Primera Guerra Mundial, y eso es exactamente lo que hizo”. Así comienza Sebastian Haffner a relatar las siete grandes faltas de su nación a lo largo de la Gran Guerra. Son puntos fulminantes que dejan al descubierto los principales errores del Imperio Alemán en esa contienda. Sin embargo, el autor aclara desde el comienzo que su estudio se centra en Alemania y, por tanto, no abarca los “pecados” de los otros contendientes; que, sin duda, fueron también numerosos y graves.

Haffner señala a Alemania como provocadora del estallido bélico. No obstante, defiende que no fue la única responsable de la Gran Guerra: todos la aceptaron, y la “euforia de la catástrofe” –el júbilo por la lucha- fue un fenómeno general entre los ciudadanos de las potencias en conflicto. Solo al final, con los alemanes derrotados y bajo el efecto de la “catástrofe de la euforia”, los vencedores impusieron ese pesado yugo a la recién nacida República Alemana: la responsabilidad de la guerra. En una Europa en tensión –rompecabezas de alianzas defensivas y ofensivas- fue Alemania la que se dignó a prender la mecha del enorme polvorín. Y, como veremos a lo largo de los resúmenes de este libro, lo hizo de la peor manera posible para sus intereses. Los disparos de Sarajevo, afirma el autor, no fueron la causa: el asesinato del Archiduque podía solucionarse por vías pacíficas –o que no salpicaran a las grandes potencias- como tantos otros entuertos en los Balcanes. Sin embargo, ahí basa Haffner su acusación, Alemania quiso que no fuera así; aprovechó ese asesinato para lanzarse a una guerra que difícilmente podía ganar.

¿Cómo llegó el II Reich a esa situación? El periodista alemán responde con un nombre: Bismarck. El gran hombre de Europa a finales del XIX fue un prusiano: un gobernante que supo hacer a su nación imperio; un estadista que tuvo la habilidad suficiente para introducir a Alemania entre las grandes potencias sin provocar la hostilidad de estas. Esta labor tenía dos premisas fundamentales: conservar la confianza de Inglaterra y evitar un acercamiento entre Francia y Rusia. Bismarck sitúo al kaiser Guillermo I al frente de una nación satisfecha con sus logros y su estatus internacional. Sin embargo, en el cambio de siglo la política germana, con su gran hombre fuera de los círculos de poder, experimentó un giro. El Imperio comenzó a soñar con una situación de predominio mundial; los alemanes ya no eran felices con el estatus legado por Bismarck. Fue entonces cuando, a la par que las demás potencias, el II Reich empezó a prepararse para la guerra.

Antes de finalizar esta exposición del pensamiento de Sebastian Haffner, conviene desarrollar dos aspectos que, hasta ahora, hemos dado por supuestos. En primer lugar es bueno señalar que ese conflicto que todos preparaban no tenía porque tomar el cariz que después adquirió. Es decir, podía tratarse de una guerra entre dos o tres potencias, incluso dos enfrentamientos simultáneos o cercanos cronológicamente. Cabía esperar una conflagración de carácter general, como después sucedió, pero no era la única posibilidad. En segundo término es preciso matizar el papel de Alemania como nación deseosa de lanzarse a las hostilidades. En cierto modo todos lo deseaban: no solo había virado la política germana. No olvidemos, por tratarse de una monografía referida al Imperio Alemán, el revanchismo francés, el expansionismo Austrohúngaro, o las necesidades de los zares ante la situación interna de Rusia.

Por consiguiente, el primer error de Alemania consistió en abandonar el equilibrio bismarckiano. Sin embargo, no fue lo único imputable a los dirigente germanos en este primer “pecado”. El Reich no solo se lanzó a la hostilidad evitada con tanto esmero por el “canciller de hierro”, sino que provocó una guerra que no podía ganar. Los alemanes tenían ante sí dos grandes metas: alcanzar la hegemonía en el Continente, y hacer lo propio a escala mundial. En el primer caso tendría que lidiar con Francia y Rusia, y en el segundo con Inglaterra. Resulta evidente que Alemania no podía hacer frente a las tres potencias a la vez –en una misma guerra-, pero existían posibilidades de victoria si luchaba primero por un objetivo y después por el otro. Pues bien, como veremos con más detalle en futuros “pecados”, Alemania se lanzó a la vez por ambos premios. El Imperio de Guillermo II generó la desconfianza y el recelo suficientes para lograr el difícil acercamiento entre estas potencias.

Bibliografía:

[1] Los siete pecados capitales del Imperio Alemán en la Primera Guerra Mundial; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2006.

[2] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[3] La Primera Guerra Mundial; Hew Strachan – Barcelona – Crítica – 2004.

El fenómeno de la descolonización

Artículo publicado por Historia en Presente el 8 de agosto de 2008.


En los años inmediatamente posteriores a la II Guerra Mundial se desarrollo el proceso que conocemos como descolonización.

En un corto periodo de tiempo, las potencias que a finales del siglo XIX protagonizaron la era del imperialismo perdieron sus antiguas colonias. Se trató, pues, de un fenómeno rápido iniciado en el sudeste asiático, de donde pasó al mundo árabe y, de allí, al África negra. Cabe destacar que, entre la formación de esos imperios y su disolución, tal como indica el manual de Historia del Mundo Actual de la Universidad de Valladolid, apenas transcurrieron cinco décadas.

Distinguimos tres factores predominantes en el desarrollo de este proceso. En primer lugar estaría el auge de los movimientos nacionalistas, favorecido desde el final de la Gran Guerra (1914-1918) por los postulados de políticos como el presidente norteamericano W. Wilson o el revolucionario ruso Lenin. Las dos guerras mundiales y sus consecuencias permitieron el desarrollo de la mentalidad emancipadora de las colonias, que empezaron a buscar desde la década de los años veinte raíces históricas y elementos étnico-religiosos que justificaran su postura y aglutinaran al conjunto de la población en torno a un ideal nacional.

En segundo término, hemos de destacar como factor importante la pérdida de la hegemonía mundial por parte de Europa.

Ese predominio del Viejo Continente había permitido la expansión imperialista de finales del XIX; sin embargo, el hundimiento económico e ideológico de los europeos tras la II Guerra Mundial (1939-1945), así como el apoyo de las nuevas superpotencias –los EE.UU. y la URSS- a los movimientos emancipadores, contribuyeron al fin de los antiguos imperios.

A este respecto, es recomendable la lectura de Geografía política en un mundo dividido del profesor Cohen. Por último, hemos de destacar el carácter internacional que tomo el proceso descolonizador, tanto en el apoyo de la ONU a la práctica del Derecho de Autodeterminación de los pueblos como en las presiones ejercidas por los países No Alineados a partir de la Conferencia de Bandung (1955).

La descolonización de Asia

Como comentamos en el epígrafe anterior, uno de los rasgos fundamentales de la descolonización asiática fue su carácter pionero. Podemos rastrear el origen de los nacionalismos orientales desde los años inmediatamente posteriores a la Gran Guerra (1914-1918), e incluso antes si consideramos como manifestación de esto las reivindicaciones a favor de la expulsión de los extranjeros.

Detrás de todo esto hemos de ver esa clásica preocupación de toda cultura por salvar del peligro exterior una supuesta identidad nacional. Esto no impidió que, especialmente en el caso del Asia suroriental, estos movimientos aparecieran en ocasiones de la mano de las tendencias socialistas revolucionarias.

En el caso concreto de China hemos de señalar que, ya desde mediados del siglo XIX, existía un rechazo total a los extranjeros y su influencia. Los sucesivos gobiernos chinos, especialmente tras la llamada guerra del opio, fueron obligados por las potencias occidentales –Gran Bretaña, Francia, EE.UU., Rusia…- a abrir sus fronteras al comercio exterior.

Sin embargo, a diferencia de otros territorios asiáticos, esta penetración económica nunca llegó al estatus de control territorial. Quizás el momento más humillante de este proceso fue la derrota ante Japón y la posterior intromisión de los vecinos insulares en la política china. Sin duda, esto pesó notablemente en la revuelta de los boxers, de marcado carácter antiextranjero. Sólo la decidida intervención de las naciones imperialistas logró salvar sus intereses comerciales en el país durante e cambio de siglo.

En los primeros años del siglo XX China vivió entre los intentos modernizadores y la sucesión de enfrentamientos internos. El inmovilismo mostrado por la dinastía Manchú llevó a su sustitución por el movimiento republicano de Sun Yat Sen, que en pocos años cedió ante el poder del amplio movimiento del Kuomintang. Sin embargo, la diversidad existente dentro de este grupo –nacionalistas, demócratas y comunistas- acabó por sumir al gigante asiático en el caos. Los “señores de la guerra” asolaron el país con sus huestes militares, mientras por Manchuria comenzó a penetrar el ejército japonés en el año 1931.

Esta situación se prolongó hasta el final de la II Guerra Mundial (1939-1945), tras la que comenzó el conflicto civil entre los comunistas de Mao Tse-Tung y los nacionalistas de Chang Kai-Shek. La victoria de los primeros condujo a la aparición de dos naciones: la China continental o comunista, y Taiwán o China nacionalista. Tanto el proceso de secesión chino como sus consecuencias a lo largo de la segunda mitad del siglo XX lo encontramos más desarrollado en el citado manual de la Universidad de Valladolid.

De la India hemos de destacar, en primer lugar, el importante papel que jugaba, tanto en el ámbito comercial como de prestigio, dentro del Imperio Británico. Además de su peso demográfico, era fuente de materias primas y mercado para las manufacturas de la metrópoli. Los primeros movimientos independentistas fueron protagonizados por dos estructuras políticas bien definidas: el partido del Congreso hindú y Liga Musulmana. Existía un claro antagonismo religioso entre ambas, pero supieron dejar de lado esas diferencias para enfrentarse al enemigo común.

Estos grupos, cuyos líderes más representativos fueron Gandhi y Nehru, recibieron fundamentalmente el apoyo de las clases medias urbanas.

Distinguimos tres fases en el proceso de emancipación de la India:

  • Las protestas surgidas en las primeras décadas del siglo XX.
  • Las presiones ejercidas sobre la metrópoli durante la II Guerra Mundial.
  • La consecución de la independencia entre 1945 y 1947.

Tras librarse del yugo británico los habitantes de la antigua colonia se sumergieron en una sucesión de conflictos de carácter étnico religioso. La división del territorio en India y Pakistán, de donde posteriormente se desgajó Bangladesh, así como la rivalidad por el control de Cachemira, son buena muestra de ello. En la actualidad la India vive bajo un estado constitucional y democrática, mientras que Pakistán es una dictadura militar. Indochina, antiguo territorio colonial francés, vivió los años de la II Guerra Mundial (1939-1945) bajo la ocupación japonesa. Al término de esta el retorno al redil de la antigua metrópoli resultaba casi imposible.

En 1945 Ho Chi Minh proclamó la República de Vietnam, mientras Francia, dando por descontado su incapacidad para mantener el territorio, intentó unificar Indochina bajo otro hombre Bao-Dai.

Ho Chi Minh, que previamente habían tildado de imperialista la opción francesa de gobierno en la zona, lograron alcanzar en los acuerdos de Ginebra el reconocimiento de dos estados vietnamitas divididos por el paralelo 17. El norte quedó bajo su dirección. No obstante, la posterior invasión del sur por parte del Vietcong llevó a los norteamericanos a enviar miles de soldados al país.

Finalmente, los EE.UU. alcanzaron un acuerdo con los comunistas en 1968 que les permitió retirar las tropas de manera honrosa. Más tarde Vietnam del norte no respetó lo pactado, convirtiéndose además en la rampa de lanzamiento para el triunfo del comunismo en Camboya.

La descolonización del mundo árabe

La descolonización en el mundo árabe estuvo dominada por dos tendencias: el panislamismo, proyecto político que busca aunar a todos los fieles del Islam en una misma comunidad estatal (Umma); y el panarabismo, con idénticos objetivos pero limitándose a la población de etnia árabe, sean o no musulmanes.

Hemos de buscar las primeras manifestaciones de estos fenómenos en los años de la Gran Guerra (1914-1918), momento en el que tanto británicos como franceses buscaron reavivar el nacionalismo árabe con el fin de debilitar al enemigo turco.

Con la desaparición del Imperio Otomano, la Sociedad de Naciones resolvió que la mejor solución para la región era establecer protectorados que, con el tiempo, dieran lugar a nuevos estados. Esta situación provocó una enorme frustración dentro del mundo islámico, que aprovechó la debilidad europea al finalizar la II Guerra Mundial (1939.1945) para iniciar el proceso emancipador. Este estuvo marcado por la proliferación del fenómeno de revoluciones populares –Nasser en Egipto, el Ayyatolah Jomeini en Irán, y el partido del Baaz en Iraq-; y por el conflicto árabe-israelí, que ha generado desde entonces hasta hoy cinco conflictos bélicos y una enorme inestabilidad en la zona.

En el marco de la descolonización islámica, aunque fuera del marco árabe, nos encontramos con el caso de Argelia, Túnez y Marruecos. Los dos últimos alcanzaron su independencia en 1956, si bien la cuestión del Sahara Occidental no parece del todo solucionada a pesar de la evacuación española de 1975. El caso argelino es más complejo. Tras la Gran Guerra (1914-1918) fueron surgiendo, tímidamente, los primeros movimientos nacionalistas.

Sin embargo, no consiguieron ninguna cesión por parte de Francia hasta después de la II Guerra Mundial (1939-1945): en 1947 París reconocía un estatuto especia para Argelia. Más tarde, la derrota francesa en Indochina y las presiones internas y del exterior acerca de la cuestión norteafricana, obligaron al gobierno De Gaulle a ceder. En 1962 se convocó un referéndum en el que los partidarios de la emancipación alcanzaron sus objetivos. De manera rápida, pero controlada, el personal francés comenzó a abandonar su antigua colonia.

El África negra

La independencia de las colonias inglesas en el África negra se inició en 1957 con la constitución de Ghana como estado. En la década de los sesenta su ejemplo fue seguido por otras colonias británicas como Sierra Leona, Uganda, Tanzania, Zambia, Malawi, Nigeria y Kenya.

En el caso de estas dos últimas hemos de señalar la situación de constante inestabilidad que vivieron a lo largo de sus primeros años de existencia. También la República Sudafricana alcanzó la independencia con respecto a Gran Bretaña; si bien en su caso la situación de “apartheid” –mantenida hasta la llegada al poder de Nelson Madela- ensombreció un tanto el proceso. La emancipación de las colonias francesas se llevó a cabo sin violencia gracias a la política de repliegue llevada a cabo por De Gaulle a partir de 1958. Ejemplos claros de esto fueron Camerún, Togo, Malí y Madagascar. Otras colonias africanas que se independizaron en esa época fueron el Congo belga, que pasó a denominarse Zaire; y las colonias portuguesas de Guinea Bassau, Angola y Mozambique. Dos rasgos fundamentales caracterizan la descolonización del África negra.

El primero de ellos se refiere a lo protagonistas de estos procesos, una minoría intelectual que supo formar y extender el conjunto de los movimientos nacionalistas del continente. Dentro de ese grupo encontramos a los panafricanistas Du Bois y B. Diagnes, al súbdito francés Leopold Sénar, y a los organizadores de los sucesivos congresos proemancipadores. La segunda característica se refiere a las dificultades de la aventura independentista; tanto en aspectos concernientes al desarrollo cultural y material, como a la ausencia de identidades nacionales y estructuras estatales. Además, dentro de este último aspecto, hemos de destacar la excesiva dependencia de África con respecto a Occidente y el peso que el socialismo tuvo en algunos países del continente a lo largo de la Guerra Fría.

El Tercer Mundo y el problema del desarrollo

El concepto de Tercer Mundo surgió en la Conferencia de Bandung (1955) con el fin de identificar a los países No Alineados; se entendía que el primer y segundo mundo eran los dos bloques enfrentados. Además, este término comparaba a estas naciones con el Tercer Estado de la revolución francesa, expuesto por Sieyes en su célebre discurso.

Los protagonistas del movimiento de no-alineación fueron la Yugoslavia de Tito, el Egipto de Nasser, la Indonesia de Sukarno, y la India de Nehru. De entre sus planteamientos destacaremos lo siguiente: la existencia real de estados ajenos a ambos bloques, el repudio de la guerra, y la condena del colonialismo.

En lo que se refiere al subdesarrollo, nos dejaremos llevar por Ives Lacoste, que resume así sus principales características: insuficiencia alimentaria, recursos naturales infrautilizados, gran número de agricultores y baja productividad, industrialización rígida e incompleta, parasitismo del sector terciario, situaciones de subordinación económica, violentas desigualdades sociales, estructuras tradicionales dislocadas por el colonialismo, amplitud del desempleo y trabajo infantil, escasa integración nacional, analfabetismo y escaso desarrollo médico-sanitario, y no asimilación del crecimiento demográfico.

A este respecto, también es recomendable la lectura de El nuevo orden mundial (y el viejo) de Noam Chomsky.

Problemas derivados de la descolonización

A continuación trataremos de explicar de forma breve las principales consecuencias negativas derivadas del proceso descolonizador. En primer lugar, destacan los sucesivos enfrentamientos bélicos y diplomáticos entre los grupos religiosos, a la sazón musulmanes e hindúes, de la antigua India británica: India, Pakistán y Bangladesh. También hemos de mencionar, en relación con otra antigua colonia de Gran Bretaña, el régimen del “apartheid” vigente en Sudáfrica hasta la década de 1990.

En el apartado de los conflictos ideológicos, nos encontramos con la expansión del comunismo –tanto de tipo soviético como maoísta- por el sudeste asiático. Países como Birmania, Camboya o Vietnam vivieron entre los años sesenta y ochenta en una situación bélica permanente, y a veces sometidos a regímenes políticos pseudototalitarios.

El ámbito religioso estaría marcado, además de por el ya citado conflicto indio, por el fundamentalismo islámico; predominante en Oriente Próximo y orientado a las actividades terroristas en las últimas décadas. El caso africano es el menos conocido de todos, pero seguramente el más alarmante. Desde los años sesenta se vienen desarrollando en los territorios de la África negra numerosos enfrentamientos entre las etnias de los distintos países o entre los propios estados. Problemas como los de Ruanda, Burundi o Somalia han alarmado a la opinión pública internacional desde la década de 1990.

Bibliografía:

[1] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[2] Postguerra. Una historia de Europa desde 1945; Tony Jutd– Madrid – Taurus – 2006.

[3] Historia del mundo actual; VVAA – Valladolid – Universidad – 2000.

Un repaso histórico a la Unión Europea

 Artículo publicado por Historia en Presente el 23 de julio de 2008.


Orígenes y bases del proyecto europeísta

En la presente exposición explicaremos de forma resumida el origen, desarrollo y presente de la integración europea. Tal como reflejan los epígrafes de este texto, trataremos de alcanzar ese objetivo siguiendo dos vías bien diferenciadas: por un lado abordaremos la cuestión relativa al proceso histórico –de la Declaración Schuman al Tratado de Lisboa-, donde incluimos tanto los acuerdos entre estados como las sucesivas incorporaciones de los veintisiete miembros; y por otro, el desarrollo institucional del mismo en sus aspectos intergubernamentales, supranacionales, judiciales, representativos, y de carácter económico.

Antes de comenzar con el anunciado repaso histórico, conviene recordar cuáles fueron, en sus inicios, las tres ideas fuerza del movimiento europeísta: la paz perpetua, el buen gobierno y el bienestar de los pueblos.

Estos ideales, que alcanzaron plena actualidad en los años posteriores a las dos guerras mundiales, hunden sus raíces en la tradición cultural continental de los siglos anteriores; en el pensamiento de personajes como Kant, Rousseau, Montesquieu, Comte, Voltaire, Goethe, Jovellanos… En ellos se basaron los europeístas de principios de siglo XX a la hora de fundar un movimiento que tardó varias décadas en producir sus primeros frutos.

Paneuropa, de Coudenhove-Kalergi, y los esfuerzos políticos de Aristide Briand fueron los primeros intentos de establecer una solidaridad europea. Sin embargo, la crisis económica de los años treinta y la Guerra Mundial que la siguió impidieron que los proyectos de estos “abuelos” de Europa llegaran a buen puerto. Europa tuvo que encontrarse a sí misma entre la miseria de la posguerra para darse cuenta de que la colaboración entre las naciones del Viejo Continente era beneficiosa para todas ellas.

La generación de posguerra y la integración europea

Los proyectos europeístas comenzaron a tener repercusiones prácticas tras la II Guerra Mundial. Las consecuencias del conflicto –destrucción de las infraestructuras, reducción de la actividad industrial, caída de la renta, escasez de alimentos, abatimiento moral…- favorecieron de manera considerable el afán de los europeos por colaborar entre ellos. Distinguimos cinco hitos en la prehistoria del proceso de integración europea:

1. El discurso de Churchill en Zürich sobre los “Estados Unidos de Europa”. El antiguo premier británico defendió durante esa alocución de 1946 la necesidad de construir un entidad que agrupase a las naciones europeas. Afirmaba que, sólo así, el Viejo Continente podría llevar a cabo una reconstrucción duradera, basada en la colaboración de los antiguos enemigos, Francia y Alemania. Además, veía en la unidad europea un instrumento eficaz para evitar la expansión del socialismo soviético. No obstante, Churchill no creía en la integración británica dentro de estos “Estados Unidos de Europa”; para el mundo anglosajón tenía otros planes: una mayor colaboración con el gigante norteamericano.

2. El Programa de Recuperación Económica de Europa o Plan Marshall (1947). Siguiendo la línea de pensamiento esbozada por Churchill en su famoso discurso de Fulton (Missouri), la administración Truman comenzó a desarrollar una intensa actividad con el fin de evitar la expansión del comunismo. En lo que se refiere a Europa, la medida más importante fue este plan de ayuda económica, que no sólo sacó a los europeos de la miseria, sino que les obligó a colaborar en la distribución de la ayuda. Cabe destacar en este ámbito el papel jugado por Jean Monet, que pocos años después se convirtió en uno de los padres de la unidad europea.

3. El congreso europeísta de La Haya (1948). Fue convocado por el Comité de Coordinación de movimientos europeístas, y en el se debatió fundamentalmente la cuestión de cómo se debía construir la Paneuropa esbozada por los europeístas del periodo de entreguerras.

4. La Conferencia de José Ortega y Gasset en la Universidad Libre de Berlín, donde animaba a Europa a levantarse de entre los escombros.

5. La Declaración Schuman del 9 de mayo de 1950, donde se invitaba a las naciones europeas a establecer un mercado único en relación al carbón y al acero. Este proyecto francés dio lugar un año después a la primera Comunidad Europea, la CECA.

Tal como indicábamos en el epígrafe anterior, a raíz del llamamiento del ministro de exteriores francés Robert Schuman, se constituyó el 18 de abril de 1951 la Comunidad Europea del Carbón y del Acero (CECA).

El objetivo de esta era crear un mercado común limitado al carbón y al acero, aunque con vistas a futuras ampliaciones. En ella se integraron seis naciones: Francia, la República Federal Alemana, Italia, Bélgica, Holanda y Luxemburgo. Además, para su mejor funcionamiento, se doto a la nueva estructura supranacional de instituciones propias: Alta Autoridad, Consejo de Ministros, Asamblea Común y Tribunal de Justicia.

Más tarde, en 1954, Francia intentó poner en marcha la segunda de las Comunidades Europeas, la de Defensa (CED). Sin embargo, la oposición de la propia Asamblea Francesa dio al traste con el proyecto de colaboración en materia de seguridad.

El 25 de mayo de 1957 se firmaron en Roma los tratados por los cuales vieron la luz dos nuevas Comunidades Europeas: la Comunidad Económica Europea (CEE) y la Comunidad Europea de la Energía Atómica (EURATOM). Las principales consecuencias de ellas fueron: eliminación de barreras; fijación de una tarifa exterior común; libre circulación de mercancías; políticas comunes en agricultura, transporte, comercio y energía; homogeneización en los mecanismo de intervención económica; y colaboración en lo relativo a la cuestión atómica.

Sin embargo, unos años más tarde el proceso de integración se vio sacudido por otra nueva crisis; su protagonista era, una vez más, el nacionalismo francés. La llamada “crisis de la silla vacía” –la denominación hace referencia a la ausencia de la representación francesa- se solucionó con el Acuerdo de Luxemburgo (1966). A partir de ese momento la Comisión quedó sometida al Consejo, y las decisiones dejaron de tomarse por mayoría.

El Tratado del Acta Única Europea (AUE) fue firmado por los estados miembros en 1986, y tenía como fin perfeccionar el mercado único creado con los Tratados de Roma. Se trataba, en definitiva, de establecer medidas que evitaran los obstáculos a la libre circulación.

No obstante, el nuevo acuerdo también introdujo nuevas políticas en materia de medioambiente, investigación y desarrollo, y cohesión económica y social. Además, se ampliaron también las funciones del Parlamento Europeo. El Acta Única Europea fue negociada por diez países -los seis fundadores, los tres de la incorporación de 1973 (Reino Unido, Irlanda y Dinamarca), y Grecia, integrada en 1981- y firmada por estos más España y Portugal, que se incorporaron ese mismo año.

El siguiente paso en el proceso de construcción europeo fue el Tratado de la Unión Europea (1992), conocido también como Tratado de Maastricht. Este acuerdo sentó las bases de la moneda única, que no entró en circulación hasta 2001. Con este fin se impusieron los criterios de convergencia y se fundó el Banco Central Europeo. También se reconoció la ciudadanía europea –superpuesta y fundamentada en la del estado miembro-, cuyas principales ventajas son las siguientes:

  • Derecho de circulación y residencia en el territorio comunitario.
  • Derecho al sufragio en las elecciones europeas y municipales.
  • Derecho de petición ante el Parlamento Europeo.
  • Derecho a gozar de la representación diplomática de la Unión Europea.

En lo que se refiere a las reformas institucionales establecidas en Maastricht, cabe destacar las siguientes:

  • Ampliación de las competencias del Parlamento –investidura de la Comisión y poder de codecisión.
  • Aplicación de los supuestos para la aplicación de la mayoría en el Consejo de Ministros.
  • Creación de nuevas instituciones tales como el Comité de Regiones, el Defensor del Pueblo, y el Tribunal de Primera Instancia.
Por último, se procedió a reformar la cooperación en política exterior mediante la creación de una Política Exterior de Seguridad Común (PESC) y la Cooperación Judicial en Asuntos de Interior.

Tras la incorporación a la Unión Europea de Austria, Suecia y Finlandia en 1995, se firmaron dos tratados más, el de Ámsterdam (1997) y el de Niza (2000). Ambos ratificaron lo acordado en Maastrich, a lo que añadieron escasas medidas institucionales. No obstante, hay que destacar dos aspectos de ambos tratados: el protagonismo en ellos del reparto de poder entre los estados miembros, y la preparación de la próxima apertura de la Unión Europea a los países de la Europa central y oriental.

Este último fenómeno se produjo en dos etapas: en mayo de 2004 se integraron diez nuevos estados –Estonia, Letonia, Lituania, Eslovenia, Malta, Chipre, Polonia, la República Checa, Eslovaquia y Hungría-, y en enero de 2007 dos más –Bulgaria y Rumania-. Con estas últimas incorporaciones, a falta de lo que suceda con Croacia, Macedonia y Turquía, finaliza a día de hoy el proceso de ampliación territorial de la Unión Europea.

El que se refiere a los acuerdos y tratados se completaría con el malogrado Proceso de Laeken, también conocido como Tratado Constitucional Europeo, y el Tratado de Lisboa, firmado en 2007.

Las sucesivas ampliaciones de las Comunidades Europeas

A lo largo del epígrafe anterior, al tiempo que explicábamos el contenido y repercusiones de los tratados comunitarios, hemos procurado indicar también cómo se fue produciendo el proceso de ampliación de las Comunidades Europeas a nuevos países. No obstante, con el fin de aportar una visión más amplia en los relativo a ese punto, vamos a proceder a repasar, de forma clara y esquemática, el proceso de ampliación de la Unión desde 1951 hasta 2007.

Desde sus inicios, en 1951, la CECA contó con seis miembros: Francia, República Federal Alemana, Italia, Holanda, Bélgica y Luxemburgo.

A estos pretendió unirse el Reino Unido en la década de los sesenta. Sin embargo, el veto francés evitó durante varios años que los británicos se unieran al proceso de integración. Hubo que esperar a 1973 para que las Comunidades Europeas pasaran de los seis a los nueve miembros. Ese mismo año entraron a formar parte de las mismas el Reino Unido, Irlanda y Dinamarca. Noruega, cuya solicitud también había sido aceptada, rechazó su integración a causa del rechazo que esta provocaba entre la población del país.

La Europa de los nuevo pasó a ser de los doce con la ampliación al sur. Esta se llevó a cabo en dos etapas: en 1981 se incorporó Grecia, y en 1986 lo hicieron España y Portugal. Sobre las integraciones de la década de los ochenta habría que destacar dos aspectos: su importancia de cara a la consolidación democrática en estos tres países –recién salidos de regímenes dictatoriales-, y la oposición de Francia a la entrada de España antes de la negociación del Acta Única Europea (1986) por cuestiones relacionadas con la Política Agraria Común.

El 3 de octubre de 1990, como consecuencia de la reunificación germana, se integraron en las Comunidades Europeas los territorios de la antigua República Democrática Alemana.

Sin embargo, no se incorporó ningún nuevo estado en esta ampliación; los länder orientales pasaron a formar parte del proyecto europeo dentro de un único estado alemán. Esta no sería la única consecuencia de la desintegración del mundo soviético. Sin embargo, antes de que se produjera la entrada en la Unión de los antiguos países de la Europa central y oriental, se llevó a cabo una nueva ampliación. En 1995, tras la llegada de Austria, Finlandia y Suecia al seno de la Unión, surgió la Europa de los quince.

En los primeros años del siglo XXI, tal como anunciábamos en el párrafo anterior, entraron a formar parte de la Unión Europea los antiguos países de la Europa central y oriental. La ampliación al este se produjo en dos etapas: en 2004 lo hicieron Estonia, Letonia, Lituania, Eslovenia, Malta, Chipre, Polonia, la República Checa, Eslovaquia y Hungría; y en 2007 Bulgaria y Rumania.

Esta ha sido la mayor ampliación de la historia europea y, en cierto modo, ha venido a saldar la deuda que la Europa occidental adquirió con sus hermanos orientales tras los sucesos de Yalta y Potsdam.

Bibliografía:

[1] La idea de Europa, 1920-1970, H. Brugman .

[2] La Unión Europea: guiones para su enseñanza, A. Calonge, (dir).

[3] Paneuropa. Dedicado a la juventud de Europa, R. Coudenhove-Kalergi.

[4] La idea de Europa: historia, cultura, política, P. García Picazo.

[5] Postguerra: una historia de Europa desde 1945, T. Judt.

[6] Robert Schuman. Padre de Europa (1886-1963), R. Lejeune.

[7] Historia de la integración europea, R. Martín de la Guardia y G. Pérez.

[8] La Unión Europea: procesos, actores y políticas, F. Morata.

[9] Meditación de Europa, J. Ortega y Gasset.

[10] Historia de la Unión Europea, R. Pérez Bustamante.