Describe las grandes etapas y las causas generales que conducen al mapa político de la península Ibérica al final de la Edad Media


DECIMOSEGUNDO ESTÁNDAR DEL TEMARIO QUE, DE ACUERDO CON LO ESTIPULADO POR LA CONSEJERÍA DE EDUCACIÓN DE CASTILLA Y LEÓN, PODRÁ SER OBJETO DE EXAMEN EN LA EBAU, ANTIGUA SELECTIVIDAD.

A la hora de abordar el análisis de un marco cronológico tan amplio –desde el año 711 hasta el final del siglo XIII- podemos considerar la existencia de tres grandes etapas: el periodo de formación de los reinos cristianos, su primera expansión y el proceso de Reconquista. A su vez, teniendo en cuenta la existencia de distintas entidades territoriales, nos ha parecido conveniente distinguir los núcleos cantábricos (occidentales) de los pirenaicos (orientales).

La primera etapa se inició cuando, tanto en la cordillera Cantábrica como en los Pirineos, la resistencia de los cristianos logró frenar el avance musulmán. Una vez alcanzado ese objetivo, se formaron los siguientes núcleos de resistencia cristiana:

  • En la parte occidental se formó el reino Astur, constituido tras la victoria del noble visigodo Pelayo en la batalla de Covadonga (722). Esta nueva entidad política, que más tarde dio lugar al reino Asturleonés y al reino de León, reivindicó la herencia del antiguo reino de Toledo.
  • En la zona oriental, entre el Ebro y los Pirineos, el emperador Carlomagno fundó la Marca Hispánica, que será encomendada a diversos condes francos y autóctonos. Posteriormente, durante los siglos IX y X, navarros, aragoneses y catalanes se irán independizando progresivamente de los reyes francos.

Nuestro análisis de la segunda etapa, situada cronológicamente en torno a los siglos X y XI, se centrará en las dos entidades políticas más importantes del territorio cristiano de la época. La primera de ellas es el reino asturleonés, que bajo el monarca Alfonso III inició la expansión hasta el Duero hacia el año 900. Además, en la frontera oriental de este reino apareció el condado de Castilla, que terminaría de alcanzar su independencia bajo el gobierno del conde Fernán González.

La segunda entidad política de interés en este segundo periodo fue el reino de Pamplona. Destacó, sin lugar a dudas, el gobierno del rey Sancho III el mayor, quien logró unificar bajo su mandato los territorios de Castilla, León y Aragón, además de su propio reino.

A partir del siglo XI, coincidiendo con la desintegración del Califato de Córdoba y el advenimiento de los reinos de Taifas, los cristianos iniciaron un rápido proceso de expansión que constituye el núcleo del proceso de Reconquista. Este fue protagonizado, en la parte occidental, por la Corona de Castilla y, en la oriental, por la Corona de Aragón. A continuación resumiremos por separado la expansión de cada una de ellas:

  • A medidos del siglo XI, el rey Fernando I, que había logrado unificar León y Castilla bajo su poder, se hizo con el dominio de toda la cuenca del Duero. Eso permitió a su sucesor, Alfonso VI, tomar Toledo en el año 1085, situándose así la frontera en el río Tajo. Más de un siglo después, en la decisiva batalla de las Navas de Tolosa (1212), Alfonso VIII derrotó a los almohades, abriendo así la posibilidad de tomar el valle del Guadalquivir. Esta tarea correspondió a Fernando III, quien en 1230 había logrado unificar nuevamente los reinos de León y Castilla. Entre 1236 y 1248 este monarca conquistó Jaén, Córdoba, Sevilla y Murcia, a lo que habría que añadir la consolidación de su dominio sobre Extremadura.
  • La Corona de Aragón también inició su proceso de expansión entre mediados del siglo XI y principios del XII, siendo la conquista de Zaragoza en 1118 el hito más importante de esos años. Ahora bien, las principales campañas militares contra los musulmanes se llevaron a cabo en el siglo XIII, bajo el reinado de Jaime I el Conquistador. Este ocupó las islas Baleares en 1230 y Valencia en 1238. Con estas nuevas conquistas, la Corona pasó a estar integrada por cuatro territorios: Aragón, Cataluña, Valencia y Baleares.

Resume los cambios económicos, sociales y culturales introducidos por los musulmanes en al-Ándalus


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En paralelo a su evolución política, el territorio peninsular gobernador por los musulmanes experimentó un importante desarrollo en los ámbitos económico, social y cultural entre los siglos VIII y XV. A lo largo de las siguientes líneas se resumirán los puntos más importantes que atañen a cada uno de esos tres ámbitos, haciendo especial hincapié en la pertenencia de al-Ándalus al mundo islámico, así como a su inserción dentro de la historia económica, social y cultural de la Europa Occidental.

En el campo de la economía abordaremos, en primer lugar, la aportación de los musulmanes a la agricultura peninsular. En los territorios andalusíes se introdujeron mejoras en el regadío, que se manifestaron fundamentalmente en la construcción de una importante red de acequias y en la aplicación de instrumentos como la noria, basada en la teoría de los vasos comunicantes. También se generalizaron cultivos como los cítricos, el algodón y el arroz. A su vez, se intensificaron otros como la morera, de especial interés para la cría de los gusanos de seda y la consiguiente producción de tejidos de lujo.

En el ámbito artesanal, tomó especial importancia el trabajo de materiales como el cuero, el pergamino, el papel y el vidrio. También se intensificaron los flujos comerciales, tanto por el desarrollo de las ciudades como por la acuñación del dinar de oro y el dirhem de plata. El intercambio de productos se llevaba a cabo en los mercados o zocos, donde se encontraban los bazares (tiendas especializadas) y las alhóndigas (almacenes). Por último, para comprender ese florecimiento comercial, hay que hacer referencia a la situación estratégica de la Península y a la pujanza económica y amplitud geográfica del Islam medieval.

A la hora de abordar la cuestión social es preciso tener en cuenta que, con la invasión del 711, llegaron al territorio peninsular dos nuevos grupos étnicos. Por un lado estaba la minoría de origen árabe que formaba la élite social; es decir, eran los grandes propietarios de tierras y ocupaban altos cargos en la administración. Y, por el otro, la población de origen bereber, que tenía una posición inferior. De entre estos últimos, muchos eran miembros del ejército y de la administración, si bien la mayoría desempeñaba trabajos artesanales, agrícolas y ganaderos.

Además de estos dos grupos, la sociedad andalusí estaba compuesta por muladíes –cristianos que, tras la invasión, se habían convertido al Islam-, mozárabes –personas que mantenían la fe cristiana a pesar de vivir en territorio musulmán- y judíos. Por último, hemos de hacer referencia al papel secundario al que estaba relegada la mujer en al-Ándalus, pues estaba sujeta a la autoridad del varón y su vida se desarrollaba fundamentalmente dentro de la vivienda familiar.

Como consecuencia del desarrollo económico y una relativa tolerancia intelectual, se introdujeron en al-Ándalus elementos culturales procedentes de todo el mundo musulmán. Este hecho tuvo una especial importancia, pues por aquel entonces el Islam era depositario y transmisor del legado mundo clásico, especialmente de la cultura griega. Esos nuevos elementos se adoptarán siempre con dos principios básicos: el árabe como lengua y el respeto a las creencias islámicas.

De entre las aportaciones andalusíes al conjunto de la cultura islámica, cabe señalar, en primer término, la filosofía de Averroes y, de manera especial, sus comentarios a la obra de Aristóteles. También alcanzaron especial relevancia los escritos en verso del poeta Ibn Hazm y los trabajos de historia de Ibn Jaldun. Ahora bien, al-Ándalus destacó sobre todo en el terreno científico, y más en concreto en matemáticas y medicina. En esta última alcanzó gran fama Abulcasis, autor de una excepcional enciclopedia médica y quirúrgica que posteriormente sería traducida al latín.

Describe la evolución política de al-Ándalus


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En el año 711, aprovechando la división existente en el seno de la nobleza visigoda, el lugarteniente del territorio de Ifriquiya, Tariq ibn Ziyad, desembarcó en territorio peninsular con siete mil hombres de armas, a los que poco después se unieron otro cinco mil. Con ellos derrotó al ejército visigodo en la batalla de Guadalete, donde perdió la vida el propio rey Rodrigo. Esa victoria musulmana fue seguida de un nuevo desembarco, protagonizado en esta ocasión por Musa ibn Nusayr, y por el avance en dirección a Toledo y posterior hacia Zaragoza.

Una vez consolidadas sus conquistas, Tariq y Musa se trasladaron a Damasco, capital del Califato Omeya, en el 714. Como gobernador del territorio peninsular, conocido en adelante con el nombre de al-Ándalus, dejaron a Abd al-Aziz, quien adoptó el título de emir. A partir de entonces, a pesar de las derrotas de Covadonga (722) y Roncesvalles (732), los musulmanes controlaron la inmensa mayoría de la Península, que se convirtió en un emirato dependiente (provincia) del gran Imperio Islámico.

Sin embargo, tras la rebelión de los abasíes en oriente (750), el omeya Abd al-Rahman logró que sus partidarios le introdujeran en al-Ándalus. Una vez allí, logró hacerse con el control del territorio peninsular e independizarlo del Califato Abasí en el año 756. Se iniciaba entonces un nuevo periodo en la historia de la España musulmana: el Emirato independiente. Esta situación, caracterizada por autonomía política y el reconocimiento de la autoridad religiosa del califa de Bagdag, tocó a su fin en el 929. En esa fecha, el emir Abd al-Rahman III se proclamó califa, por lo que asumía ambos poderes, el político y el religioso.

La desintegración del nuevo califato comenzó a gestarse a finales del siglo X, cuando a Hisham II, nieto de Abd al-Rahman III, no le quedó más remedio que someterse a la dictadura de su visir al-Mansur. La muerte de este caudillo militar en el año 1002 abrió en al-Ándalus una larga etapa de fragmentación y disputa que conocemos con el nombre de Fitna. Finalmente, el Califato de Córdoba terminó por desaparecer en el año 1031, quedando en su lugar un mosaico de pequeños y débiles reinos, llamados Taifas.

Tras la conquista de Toledo por parte de Alfonso V en el 1085, los reinos de Taifas, conscientes de su debilidad, decidieron solicitar la ayuda de un importante poder que había surgido en el norte de África: los almorávides. Estos desembarcaron en al-Ándalus, unificaron bajo su mando los distintos reinos musulmanes y derrotaron a los cristianos en la batalla de Sagrajas (1086). Pero su poder entró en decadencia a mediados del siglo XII, lo que llevó a la aparición de los segundos reinos de Taifas y, por consiguiente, a la reanudación del avance hacia el sur de los cristianos.

En el último tercio del siglo XII, ante la intensificación del avance de los reinos del norte, los musulmanes de al-Ándalus recurrieron a un nuevo pueblo norteafricano, los almohades. Durante un tiempo estos lograron restablecer el equilibrio militar en la Península, e incluso infringieron una importante derrota a los cristianos en Alarcos (1195). Ahora bien, la batalla de las Navas de Tolosa (1212) cambió el curso de los acontecimientos. La victoria de los reinos del norte llevó a la desintegración del poder almohade y a la aparición de un tercer periodo de reinos de Taifas.

A partir de entonces el avance de Portugal, Castilla y Aragón apenas se detuvo a lo largo del siglo XIII, quedando únicamente el reino Nazarí de Granada como último vestigio del poder musulmán en la Península. Finalmente, como consecuencia de las campañas militares llevadas a cabo por los Reyes Católicos desde 1482, también este territorio cayó en manos cristianas en 1492.

Explica las causas de la invasión musulmana y de su rápida ocupación de la península.


OCTAVO ESTÁNDAR DEL TEMARIO QUE, DE ACUERDO CON LO ESTIPULADO POR LA CONSEJERÍA DE EDUCACIÓN DE CASTILLA Y LEÓN, PODRÁ SER OBJETO DE EXAMEN EN LA EBAU, ANTIGUA SELECTIVIDAD.

Una explicación de la invasión de la península Ibérica por parte de los musulmanes requiere, en primer lugar, resumir brevemente la evolución del mundo islámico hasta el año 711. A eso se dedicará la primera parte de este texto, que irá seguida de una exposición de los principales motivos que permiten explicar la desintegración del poder visigodo en apenas tres años. El último apartado estará dedicado a los acuerdos entre determinados nobles hispanos y las nuevas autoridades musulmanas.

En las primeras décadas del siglo VII, un comerciante de La Meca comenzó a predicar una nueva confesión monoteísta. Su nombre era Mahoma y, en apenas una década logró convertirla en la principal religión de la península Arábiga. A partir de entonces, gracias en gran medida al impulso de la idea de la yihad o guerra santa, el Islam logró extenderse por todo el norte de África, alcanzando el extremo sur del estrecho de Gibraltar.

Uno de los motivos que permite entender la rapidez de la invasión musulmana del 711 es, sin lugar a dudas, la división existente en el seno de la nobleza visigoda. La disputa entre el rey Rodrigo y los hijos del anterior monarca, Vitiza, favoreció el éxito de las expediciones de conquista comandadas por Tariq ibn Ziyad y Musa ibn Nusayr. El primero de ellos, desembarcó en la Península con siete mil hombres, a los que poco después se unieron otro cinco mil. Con ellos derrotó al ejército visigodo en la batalla de Guadalete, donde perdió la vida el propio rey Rodrigo.

La derrota militar tuvo dos consecuencias funestas para el reino de Toledo. En primer lugar, convenció a Musa, gobernador de Ifriquiya, de la necesidad de cruzar el Estrecho con un nuevo ejército invasor. De esta manera, él mismo penetró en territorio peninsular con otros 12.000 soldados. Y, en segundo término, animó a los musulmanes a proseguir su avance en dirección a Toledo (712) y, una vez tomada la plaza, hacia Zaragoza (714).

En definitiva, el desmoronamiento del poder visigodo, unido al empuje que aportaba la nueva religión surgida en Arabia, hizo posible que, en apenas tres años, la Península pasara a convertirse en parte del Califato Omeya de Damasco. Ahora bien, la rapidez de la conquista se debió también, en gran medida, a los pactos alcanzados por los musulmanes con los nobles visigodos. Estos últimos, temerosos de perder sus territorios y privilegios, decidieron someterse al nuevo poder dominante a cambio de mantener sus posesiones. Por tanto, aunque se dieron episodios violentos, sobre todo en forma de batallas y asedios, buena parte de la invasión se llevó a cabo por la vía del acuerdo.

Identifica las diferencias entre una imagen de pintura cantábrica y otra levantina.


SÉPTIMO ESTÁNDAR DEL TEMARIO QUE, DE ACUERDO CON LO ESTIPULADO POR LA CONSEJERÍA DE EDUCACIÓN DE CASTILLA Y LEÓN, PODRÁ SER OBJETO DE EXAMEN EN LA EBAU, ANTIGUA SELECTIVIDAD.

A la hora de abordar las principales diferencias entre la pintura rupestre cantábrica y la levantina, hay que hacer hincapié, en primer lugar, en la cronología. Si bien los dos tipos de manifestaciones se desarrollaron durante el periodo prehistórico, el arte de la zona norte suele datarse en el Paleolítico Superior (35.000 – 9.000 a. C.) y el de la costa mediterránea en el Mesolítico (9.000-6.000 a. C.).

En segundo término, es necesario detenerse en las características de las figuras representadas. Mientras que en el arte rupestre cantábrico es indiscutible el protagonismo de los animales –sobre todo uros, ciervos, caballos y cabras-, en el levantino predominan las escenas de caza, da combate y de la vida cotidiana, así como danzas guerreras. Además, en el primero se aprecia cierta tendencia al realismo, siendo el carácter esquemático de las figuras el rasgo fundamental de la pintura de la zona mediterránea. En definitiva, no existía una intención realista, sino que les interesaba captar el movimiento y para ello creaban composiciones en diagonal.

En lo relativo a la localización y al uso del color, hay que señalar que el arte rupestre cantábrico se desarrollo fundamentalmente en el interior de las cuevas, siendo la policromía una de sus principales características. Por su parte, el arte levantino situó sus conjuntos en abrigos rocosos o en oquedades naturales al aire libre que se forman en las sierras calizas. Emplearon el color rojo, el negro y blanco, que eran obtenidos de diferentes minerales. Y no los mezclaron, por lo que en sus pinturas, a diferencia de las cantábricas, no existe ni la bicromía, ni la policromía, ni la gradación de tonalidades.

Por último, con el fin de ampliar la información aportada a lo largo de los párrafos anteriores, se procederá a mencionar algunos de los principales yacimientos peninsulares de arte rupestre prehistórico. De la zona cantábrica destaca, sin lugar a dudas, Altamira (Cantabria), si bien existen importantes restos pictóricos en El Castillo (Cantabria), El Pindal (Asturias) y Tito Bustillo (Asturias). Por su parte, en el arte levantino habría que citar Abrigo de Cogull (Lleida), el Barranco des Gascons (Teruel), la Cueva de la Araña (Valencia) y la Cueva de los Caballos de la Valltorta (Castellón).

Representa una línea del tiempo desde el 250 a. C. hasta 711 d. C., situando en ella los principales acontecimientos históricos.


SEXTO ESTÁNDAR DEL TEMARIO QUE, DE ACUERDO CON LO ESTIPULADO POR LA CONSEJERÍA DE EDUCACIÓN DE CASTILLA Y LEÓN, PODRÁ SER OBJETO DE EXAMEN EN LA EBAU, ANTIGUA SELECTIVIDAD.

227 a. C. Fundación de Cartagonova.
225 a. C. Tratado del Ebro entre Roma y Cartago.
218 a. C. Comienzo de la Segunda Guerra Púnica.
211 a. C. Derrota y muerte de Publio y Cneo Cornelio Escipión.
209 a. C. Conquista de Cartagonova por para de los romanos.
206 a. C. Conquista de Gades por para de los romanos.
204 a. C. División provincial de Hispania: Citerior y Ulterior.
201 a. C. Final de la Segunda Guerra Púnica.
155 a. C. Comienzo de las Guerras Celtíberas.
133 a. C. Final de las Guerras Celtíberas.
123 a. C. Los romanos desembarcan en Mallorca.
80-71 a. C. Apoyo hispano a Sertorio.
31 a. C. Inicio del reinado de Augusto.
27 a. C. Comienzo de las Guerras Cántabras.
26 a. C. Fundación de Emérita Augusta.
19 a. C. Final de las Guerras Cántabras.
14. Final del reinado de Augusto.
72. Edicto de Vespasiano.
212. Edicto de Caracalla.
313. Reconocimiento de Constantino.
568. Inicio del reinado de Leovigildo.
586. Final del reinado de Leovigildo.
589. Conversión de Recaredo (III Concilio de Toledo)
653. Liber Iudiciorum
710. Coronación de don Rodrigo.
711. Invasión musulmana.

Dibuja un mapa esquemático de la península Ibérica y delimita en él las áreas ibérica y celta.


QUINTO ESTÁNDAR DEL TEMARIO QUE, DE ACUERDO CON LO ESTIPULADO POR LA CONSEJERÍA DE EDUCACIÓN DE CASTILLA Y LEÓN, PODRÁ SER OBJETO DE EXAMEN EN LA EBAU, ANTIGUA SELECTIVIDAD.

En los mapas adjuntos (ver imágenes de cabecera y pie) aparecen delimitadas las dos culturas predominantes de la Península en época prerromana: íberos y celtas. Como se puede observar, los primeros ocupaba la costa levantina desde los Pirineos hasta Gades (Cádiz), mientras que los segundos extendieron su influencia por las dos mesetas y el noroeste peninsular.

En color verde se representan los pueblos pertenecientes a la cultura íbera, así como el nombre de los grupos que la conformaban. Serían, de norte a sur, los vascones, iacetanos, ilergetes, lacetanos, ilercavones, edetanos, contestanos, bastetanos y bástulos. Por su parte, los celtas aparecen representados en color azul, y de entre ellos cabe destacar a los caláicos, astures, cántabros, autriganes, caristios, várdulos, berones, tumódigos, vacceos, lusitanos, vettones, carpetanos, titos, belos, célticos, oretanos, olcades y turdetanos.

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Resume las características de la monarquía visigoda y explica por qué alcanzó tanto poder la Iglesia y la nobleza.


CUARTO ESTÁNDAR DEL TEMARIO QUE, DE ACUERDO CON LO ESTIPULADO POR LA CONSEJERÍA DE EDUCACIÓN DE CASTILLA Y LEÓN, PODRÁ SER OBJETO DE EXAMEN EN LA EBAU, ANTIGUA SELECTIVIDAD.

A lo largo de los siguientes párrafos se abordarán las principales características de la monarquía visigoda, así como la importancia de la Iglesia y la nobleza en el reino. La explicación se divide en dos grandes bloques, estando dedicado el primero a la organización de poder, y el segundo al proceso de unificación de la cultura hispanorromana y visigoda a través del marco legal y el culto religioso.

Sin duda, una de las principales características del reino visigodo fue el carácter electivo de sus monarcas; es decir, la corona no pasaba de padres a hijos -no era hereditaria-, sino que el nombramiento real dependía de una votación entre la nobleza. Los reyes estaban asistidos en su labor de gobierno por la corte palatina o Aula Regia, con sede en Toledo, de la que formaban parte los principales personajes del reino.

En el ámbito social y jurídico destaca la división entre visigodos e hispanorromanos. Tras la conquista de Hispania, los primeros quedaron bajo la autoridad de sus propios gobernantes, los comes civitatis, mientras que los segundos mantuvieron su propia administración municipal y provincial. Además, por encima de los poderes locales se situaron los duces, jefes militares de las provincias que contaban también con atribuciones civiles y judiciales. A las diferencias institucionales se ha de añadir la prohibición de los matrimonios mixtos y la existencia de una legislación para cada grupo. Mientras los visigodos se regían por el Código de Ervigio, los hispanorromanos lo hacían según la Lex Romana Visigothorum. Ahora bien, en el año 653, el rey Recesvinto puso fin a esta dualidad al refundir los antiguos códigos en el Liber Iudiciorum, común a los dos grupos que poblaban la Península.

La unión religiosa entre visigodos e hispanorromanos se produjo en el III Concilio de Toledo del año 589, cuando el rey Recaredo abandonó la confesión arriana y se convirtió al catolicismo. Como consecuencia de este hecho, la Iglesia fue adquiriendo un importante papel, cuya principal manifestación fue el status de asamblea legislativa que adquirieron los concilios. En ellos los obispos ratificaban las decisiones de los reyes y les daban fuerza legal. Además, pasaron a actuar como jueces e inspectores de impuestos, al tiempo que, con su apoyo, respaldaban el ascenso al poder de los distintos monarcas. Por último, al poder político que adquirió la Iglesia en los últimos decenios de existencia del reino visigodo, hemos de añadir la riqueza que supuso la adquisición de grandes extensiones de tierra y numerosos esclavos.

Define el concepto de romanización y describe los medios empleados para llevarla a cabo


TERCER ESTÁNDAR DEL TEMARIO QUE, DE ACUERDO CON LO ESTIPULADO POR LA CONSEJERÍA DE EDUCACIÓN DE CASTILLA Y LEÓN, PODRÁ SER OBJETO DE EXAMEN EN LA EBAU, ANTIGUA SELECTIVIDAD.

Dedicaremos los siguientes párrafos a tratar la cuestión de la romanización, así como los factores que la hicieron posible. La exposición se iniciará con la definición de este concepto, para pasar, posteriormente, al análisis de cuestiones como las infraestructuras y el urbanismo, la cultura y la religión o los derechos políticos de la población hispana.

Al hablar de romanización nos referimos al proceso de aculturación a través del cual, las ciudades hispanas que habían sido conquistadas por los romanos, comenzaron a adquirir sus costumbres, lengua, religión, moneda, leyes y estructuras políticas.

En este proceso fue especialmente importante la construcción de una red de calzadas que unían las diferentes ciudades de la Hispania romana. Esto permitió una mayor y más rápida circulación de productos, así como una mejor difusión de la cultura romana por suelo peninsular. A esto hemos de añadir la adopción del urbanismo propio de Roma, así como la construcción de teatros, circos, acueductos, termas…

Además de las obras de ingeniería y arquitectura, el latín también desempeñó un papel clave en la romanización de Hispania. La expansión de la lengua romana por la Península se logró, en gran medida, gracias a la llegada de grandes grupos de población latina. Estos, a su vez, traían sus costumbres y, especialmente, su religión. Si bien Roma respetó las costumbres y los cultos autóctonos, con el tiempo los antiguos íberos terminaron adoptando la cultura y las creencias romanas como propias. Finalmente, a finales del siglo IV d. C., el cristianismo pasó a ser la religión oficial del Imperio, medida que también afectó al territorio peninsular.

En el ámbito jurídico hay que destacar la aprobación del Edicto de Vespasiano en el 72 d. C., por el que se concedía el estatuto de municipio latino a las ciudades hispanas. Posteriormente, en el siglo III d. C., el emperador Caracalla concedió la ciudadanía romana a todos los habitantes de la Península. El grado de romanización de Hispania fue tan alto que, a lo largo del siglo II d. C. gobernaron Roma tres emperadores de origen peninsular: Trajano, Adriano y Marco Aurelio.

Explica el diferente nivel de desarrollo de las áreas celta e ibérica en vísperas de la conquista romana en relación con la influencia recibida de los indoeuropeos, el reino de Tartessos y los colonizadores fenicios y griegos


SEGUNDO ESTÁNDAR DEL TEMARIO QUE, DE ACUERDO CON LO ESTIPULADO POR LA CONSEJERÍA DE EDUCACIÓN DE CASTILLA Y LEÓN, PODRÁ SER OBJETO DE EXAMEN EN LA EBAU, ANTIGUA SELECTIVIDAD.

En las siguientes líneas se citaran las principales diferencias y similitudes entre los íberos y los celtas, así como la importancia de la influencia púnica y griega en el diferente desarrollo cultural de cada uno de esos pueblos. En primer lugar se procederá a situarlos en la geografía peninsular para, posteriormente, abordar la configuración de los poblamientos, sus bases económicas y la estructura social.

El área de influencia de la cultura íbera antes de la conquista romana se extendía por la costa mediterránea de la Península, penetrando en su territorio hasta el valle medio del Ebro y el curso del Guadalquivir. El resto del territorio –las dos mesetas y el noroeste- constituyó la zona de asentamiento de los celtas, si bien en los límites de ambas se desarrollaron tipos culturales cercanos a los íberos.

Una de las principales diferencias entre ambos pobladores de la Península tiene que ver con el tipo de asentamiento y su grado de desarrollo. Los celtas solían establecerse en pequeños poblados fortificados de estructuras circulares que conocemos con el nombre de castros. Al frente se situaba una aristocracia encargada del gobierno, de la organización económica y de establecer relaciones con otros grupos, dando lugar así a confederaciones tribales. Por su parte, los asentamientos de los íberos, aunque eran de mayor tamaño que los castros celtas, también contaban con un complejo sistema de fortificaciones. Además, se trataba de una sociedad fuertemente jerarquizada, donde los líderes controlaban a los campesinos mediante la fuerza militar.

En el ámbito económico cabe destacar el fructífero comercio que los íberos establecieron con los pueblos colonizadores venidos del Mediterráneo Oriental y con el reino de Tartessos; en este último caso hasta su desaparición en el siglo VI a. C. El contacto con unas culturas más avanzadas que las peninsulares permite explicar su mayor desarrollo, así como la riqueza de los restos artísticos hallados. De entre estos últimos cabe destacar la Dama de Elche y la Dama de Baza, así como diversos tesoros y ajuares funerarios. Ahora bien, la base de la economía íbera, al igual que la de los pueblos celtas, era la agricultura, que contaba con la ganadería como principal complemento. En la meseta y el noroeste peninsular también tuvo especial importancia la metalurgia, siendo clave para su perfeccionamiento la influencia fenicia.