Los Tratados de Roma vistos desde Moscú

 Artículo publicado por la web Club Lorem Ipsum el 8 de abril de 2007.


Han pasado 50 años de la firma de los Tratados de Roma; un periodo de tiempo en el que el proceso integrador ha ido consolidándose. Este se ha enfrentado a no pocas dificultades. Una de ellas, sin lugar a dudas de las más difíciles de superar, ha sido la oposición de la Unión Soviética. Sin embargo, desde hace pocos años contemplamos un fenómeno impensable hace décadas: Europa se extiende más allá de lo que fuera el “Telón de Acero”.

La incorporación en mayo de 2004 y enero de 2007 de los países excomunistas al proyecto europeo ha venido a cumplir uno de los grandes sueños de las personas que, tras la II Guerra Mundial, iniciaron su construcción. Éste ha sido el gran triunfo de miles de occidentales. Pero también el de tantos otros ciudadanos del Este que, con su oposición desde el interior al régimen comunista, o con su actividad desde el exilio, han permitido la caída del totalitarismo de izquierdas en Europa.

Desde sus inicios -Tratado de París, 1951- el proceso integrador era visto por los líderes soviéticos como una amenaza para el “statu quo” de posguerra.

Sin embargo, la oposición del Parlamento francés a la construcción de la Comunidad Europea de Defensa (1954) precipitó el fracaso de la misma. En un pacto extraño, gaullistas y comunistas -los primeros por miedo al rearme alemán y los segundos siguiendo órdenes del Partido Comunista de la Unión Soviética- echaron por tierra el que estaba llamado a ser el segundo gran paso de la nueva Europa.

Tras estos hechos el Kremlin bajó la guardia: el peligro paneuropeo parecía desvanecerse. Aún así, la consigna era clara: en caso de que el embrión de la Comunidad Europea del Carbón y del Acero se fortaleciera habría que descargar contra él toda la artillería propagandística comunista. Los Tratados de Roma (1957) vinieron a corroborar los temores de Moscú. Desde entonces se inició un pulso que, con mayor o menor virulencia, acabó a finales de los años ochenta.

Las sucesivas incorporaciones de la Europa del Este a la Unión Europea son reflejo de la lucha de dos mundos contra la maquinaria soviética: el oriental buscaba emanciparse, y el occidental consolidarse.

El porqué de la actitud hostil de la URSS es, a primera vista, evidente. Los protagonistas de la construcción europea siempre dejaron claro que esta quedaba abierta a todo el Continente. Por su parte, Moscú veía en esas declaraciones una amenaza a su “imperio” de Estados satélite. Además, en plena pugna con los otros vencedores de la II Guerra Mundial por el futuro germano, el Kremlin no podía permitir que la República Federal de Alemania fuera una de las protagonistas en la configuración de las Comunidades Europeas.

Esto no sólo suponía reconocer la división del pueblo alemán en dos Estados, sino que también venía a demostrar la viabilidad de la mitad occidental. La Unión Soviética siempre había sido partidaria de un solo país de carácter neutral y, en su defecto, una República Democrática que demostrase su superioridad sobre la otra parte. Lógico que, ante las perspectivas abiertas por los tratados de París y Roma, surgiera la alarma entre las élites comunistas.

Los ideólogos soviéticos respondieron al fortalecimiento del constructo europeo con dos documentos: uno en 1957, formado por 17 tesis, y otro en 1962, de 32 puntos. Ambos están magistralmente estudiados en La URSS contra las Comunidades Europeas, obra de Ricardo M. Martín de la Guardia y Guillermo A. Pérez Sánchez.

En este libro también se resalta la importancia de la efeméride que celebramos: clave para el despegue de Europa que tanto revuelo levantó al otro lado del “Telón de Acero”. En definitiva se trata de una investigación que, bajo la excusa de ofrecer una explicación a los postulados soviéticos, repasa casi cuarenta años de coexistencia entre los proyectos europeos y el bloque comunista.

La situación actual del panorama comunitario y continental viene a desmentir muchos de los argumentos esgrimidos en su momento –algunos, incluso, han llegado hasta nuestros días- por intelectuales prosoviéticos. Las Comunidades Europeas no constituían la última resistencia del capitalismo contra el inevitable triunfo del socialismo real; entre otras cosas porque era éste el que estaba condenado al fracaso. Y, por supuesto, tampoco constituía una organización militarista auspiciada por los EE.UU. con el fin de derrotar a la URSS; hoy no existe dicho Estado y, a pesar de todo, Europa sigue su andadura.

Bibliografía:

[1] La URSS contra las Comunidades Europeas: la percepción soviética del mercado común (1957-1962); Ricardo M. Martín de la Guardia, Guillermo A. Pérez Sánchez – Valladolid- Universidad – 2005.

[2] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[3] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson – Barcelona – Debate – 2007.

[4] Postguerra. Una historia de Europa desde 1945; Tony Judt – Madrid – Taurus -2006.

[5] La Unión Europea: guiones para su enseñanza; Antonio Calonge Velázquez (Coord.) – Comares – Granada – 2004.

[6] El proceso de integración comunitario en marcha: de la CECA a los Tratados de Roma; Guillermo A. Pérez Sánchez – Comares – Granada – 2007.

1923-1939: la vendetta alemana

 Artículo publicado por la web Club Lorem Ipsum el 30 de marzo de 2007.


Sebastian Haffner escribió en su juventud que nada había envenenado tanto el alma de los alemanes como los sucesos del año 1923. El berlinés afirmaba que ninguna nación del mundo había experimentado un acontecimiento equivalente: “todas han vivido una Guerra Mundial, la mayoría también revoluciones, crisis sociales, huelgas, reclasificaciones de bienes y devaluaciones de la moneda. Sin embargo, ninguna ha experimentado el desbordamiento fantástico y grotesco de todo eso a la vez (…) esa danza de la muerte carnavalesca y gigante, esa saturnal eterna, sangrienta y grotesca, en la que no sólo se devaluó la moneda, sino todos los demás valores”.

El llamado “año inhumano” ha quedado reflejado también en obras de otros literatos, periodistas e historiadores como si se tratase de un acontecimiento demente a la par que clave en la experiencia vital del género humano. No obstante, sólo en los escritos de este alemán he encontrado una conclusión tan certera y lanzada con tanta decisión:

“El año 1923 preparó a Alemania no para el nazismo en particular, sino para cualquier aventura fantástica”.

Para entender qué sucedió en Alemania en el año 1923 hay que remontarse a los días de la Gran Guerra (1914-1918). Durante casi un lustro el II Reich luchó hasta la extenuación en un conflicto que difícilmente podía ganar. La decepción de la derrota, la penosa situación en la que se encontraba el país tras la contienda y las duras sanciones impuestas por los vencedores lastraron el desarrollo del sistema republicano nacido en noviembre de 1918.

Sin embargo, la situación germana fue mejorando en los siguientes años: la nación, aunque todavía envenenada interiormente por el amargo fruto de la derrota, parecía tender a estabilizarse. Todo hubiera seguido su rumbo ascendente si Francia, celosa defensora de sus intereses, no hubiera decidido intervenir nuevamente en los asuntos alemanes.

La IV República, necesitada de fondos para salir de una crisis de posguerra que también afectó a los vencedores, exigía al Estado germano el pago de las indemnizaciones atrasadas. La negativa alemana a saldar esa ingente deuda tuvo como respuesta la invasión de la región industrial del Ruhr por parte de los franceses. Fue entonces cuando los obreros germanos de esa comarca se declararon en huelga. Se produjeron disturbios y enfrentamientos entre el ejército ocupante y los huelguistas que se saldaron con varios muertos.

La maquinaria industrial alemana se paró y la economía se fue al traste. Al mismo tiempo la moneda se desplomaba en un proceso inflacionista sin precedente en la Historia.

Los ahorros de los ciudadanos perdían todo su valor, y los precios aumentaban con el paso de las horas. En Alemania se vivieron días de auténtica locura, pero no faltaron los que, con cierta dosis de audacia y pocos escrúpulos, aprovecharon la situación para enriquecerse. El final de la crisis no tardó en llegar, pero en la mente de los alemanes quedó grabado el recuerdo de ese “año inhumano”.

Fueron muchas las causas que favorecieron el ascenso de Hitler a la responsabilidad de canciller. Una de ellas fue, sin lugar a dudas, el recuerdo de los sucesos de 1923.

Pasaron diez años entre la locura del carnaval teutón y la constitución del primer gobierno del Führer; sin embargo, en la memoria de los alemanes seguían muy vivas la demencia, privaciones y humillaciones del “año inhumano”. Los nacionalsocialistas, como en muchos otros aspectos, supieron aprovechar de ese recuerdo lo que mejor se adaptaba a sus necesidades.

A aquellos que se beneficiaron con los acontecimientos del pasado –jóvenes que habían disfrutado con el juego del carnaval- les prometieron más dosis de esa extraña droga. Mientras, a los que temían la repetición de esos hechos, les aseguraron que en el III Reich reinaría la estabilidad. Y estos dos objetivos, aunque parezca curioso, no entraban en contradicción: la esquizofrénica maquinaria nacionalsocialista estaba perfectamente capacitada para mostrar al pueblo teutón el espejismo que este desease.

Cada alemán guardó su propio recuerdo del año 1923. Lo escondieron en las profundidades de su alma, y de ahí se evadió con fuerza cuando llegó su momento.

Un país entero estaba dispuesto a enseñar las heridas o los trofeos –depende el caso- de tan extraños días. Cada persona le pidió al nuevo régimen que hiciera realidad sus sueños; deseos de lo más variopintos. Sin embargo, casi todos parecían tener algo en común: necesitaban vengarse de las humillaciones sufridas.

Cierto es que los franceses habían encendido la mecha de semejante polvorín, pero fueron otros los que se beneficiaron de la situación de Alemania. Durante aquellos meses miles de inmigrantes del este y centro de Europa vivieron en las ciudades alemanas como auténticos marqueses. Aprovecharon la fortaleza de las divisas de sus respectivos países para hacer realidad sus fantasías de poder, riqueza y diversión. Los germanos sumidos en el caos y la pobreza fueron testigos de cómo los extranjeros se beneficiaban de su propia miseria.

El literato húngaro Sándor Márai nos relata en Memorias de un burgués sus vivencias en el Berlín de ese año. Se trata de un texto fundamentalmente descriptivo, pero en algunos párrafos encontramos valiosas reflexiones de este intelectual: “Estábamos unidos por unos lazos poco éticos, apartados de los alemanes y, en cierto modo, aliados en su contra, y no me habría sorprendido si un día nos hubiesen echado de la ciudad a patadas. Pero los alemanes, asombrados, se limitaban a callar (…), todos puestos en fila, mudos y severos, servían de telón de fondo para los desfiles tambaleantes de aquellas hordas”.

Años después fueron los nazis los que ofrecieron a los teutones la posibilidad de vengarse de polacos, checoslovacos, húngaros y rusos. Hitler defendía en sus postulados la inferioridad de estos pueblos y la necesidad de convertirlos en siervos del III Reich.

Sin embargo, tras el maltrato y el desprecio de los ejércitos alemanes a las gentes del Este se escondía algo más que los postulados ideológicos del nacionalsocialismo. Se trataba de una venganza por las humillaciones sufridas durante el año 1923; vendetta que no tenía sentido en el caso de los enemigos occidentales, por eso allí las crueldades fueron menores. Alemania purgó el recuerdo del “año inhumano” con las atrocidades de su guerra oriental.

Bibliografía:

[1] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[2] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson – Barcelona – Debate – 2007.

[3] El periodo de entreguerras en Europa; Martin Kitchen – Madrid – Alianza Editorial – 1992.

[4] Sociedad y cultura en la República de Weimar: el fracaso de una ilusión; José Ramón Díez Espinosa – Valladolid – Universidad – 1996.

[5] El mundo de ayer. Memorias de un europeo; Stefan Zweig – Barcelona – El Acantilado – 2002.

[6] Memorias de un burgués; Sándor Márai – Barcelona – Salamandra – 2006.

[7] Historia de un alemán; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2006.

La otra herencia de la II Guerra Mundial

 Artículo publicado por la web Club Lorem Ipsum el 23 de marzo de 2007.


En un artículo anterior indicaba que el nuevo orden internacional surgido tras la II Guerra Mundial era, en buena medida, obra del nacionalsocialismo. La postguerra que planeó Hitler explica como en los propios postulados de dictador alemán se encontraba el germen del sistema de bloques que dio lugar a la llamada “Guerra Fría”.

Él pensaba que el III Reich sería el encargado de dirigir el Imperio del Este contra el poder anglosajón. Sin embargo, como bien sabemos hoy, el conflicto acabó por dejar en bandeja a la Unión Soviética esa posición de privilegio. Hitler fracasó en su intento de llevar a los alemanes hacia la primacía mundial, pero parte de sus pronósticos fueron acertados: el mundo quedó dividido tras el conflicto que sacudió el orbe entre 1939 y 1945.

Pues bien, en este nuevo artículo, en cierto modo continuación del que venimos comentado hasta ahora, trato de mostrar otro de los legados del austriaco: el proceso de integración europea. Esta afirmación, como es lógico, hay que matizarla para evitar que el lector se escandalice; a esa tarea dedicaré el resto del escrito.

La guerra provocada por el mundo nacionalsocialista fue uno de los factores indirectos que permitieron a los sueños de Coudenhove-Kalergi –autor de Paneuropa– hacerse realidad. En la mente de personajes como Robert Schuman, Konrad Adenauer o Jean Monet, estaba muy presente la idea de evitar una nueva guerra civil europea. Este miedo, lógicamente, surgía de la experiencia de dos conflagraciones en apenas treinta años.

Sin estas el ansia de paz hubiera sido imposible. Pues bien, no hemos de olvidar que la segunda de estas dos guerras fue obra, deseo y voluntad de Hitler. Los “padres” de Europa querían dejar atrás para siempre las rivalidades existentes dentro del Continente, esas que tanto habían azuzado el expansionismo alemán y el “revanchismo” francés. Pretendían crear un organismo supranacional basado en la colaboración de todos sus miembros desde una posición de igualdad.

Europa se edificó sobre cimientos de ilusiones y buenos deseos, pero también sobre el miedo a los nazis. Este, no lo olvidemos, fue un factor fundamental en la construcción del edificio europeo en sus primeros años.

No obstante, esta no fue la única aportación de Hitler al proyecto paneuropeo. La colaboración, especialmente de carácter económico, estaba esbozada en los planteamientos hitlerianos. El dictador austriaco tenía un proyecto de lo que debía ser, en el plano productivo y comercial, la Europa de postguerra. Y, como es lógico, la supresión de las aduanas y la planificación económica común estaban presentes en este plan.

Es más, esto no fue sólo una idea en la mente de los economistas del Reich; desde 1941 los nacionalsocialistas fueron ejecutando esa unión económica. Hitler se percató de que los europeos necesitaban colaborar para crecer, de que en las pugnas de las últimas décadas las necesidades económicas jugaban un importante papel.

De esta manera, los dirigentes alemanes fueron configurando esa estructura productiva y comercial en los territorios ocupados. Su éxito, todo hay que decirlo aunque este mal visto, fue notable: la maquinaria de guerra del III Reich se mantuvo más tiempo del previsto gracias a ese modelo económico.

El plan Schuman de 1950 presentaba al mundo un proyecto bastante reducido, pero ambicioso en sus aspiraciones. La CECA (Comunidad Europea del Carbón y del Acero) trataba de solucionar un problema del que Europa comenzaba a ser consciente: el futuro pasaba por la colaboración. Sin ella la paz no sería nunca un valor seguro, y las economías salidas de la guerra no podrían crecer.

Tras las reuniones y discursos que configuraron la primera Comunidad Europea asomaban algunos fantasmas, uno era el de Adolf Hitler. Él provocó la II Guerra Mundial y el miedo a una nueva conflagración europea; él pensó y puso en práctica primero los planes de colaboración económica. La paradoja es que, en la década que siguió a la derrota del nacionalsocialismo, la recuperación económica tenía que fundamentarse en las bases de colaboración europea impuestas por el III Reich a la Europa ocupada.

En cierto modo eso fue lo que hizo la URSS en el centro y este del continente, donde mantuvo la planificación económica de bloque al servicio de Moscú en lugar de Berlín. A esa conclusión también había llegado Jean Monet al presentar su famoso plan para Francia en 1947.

La construcción europea, aunque suene muy mal, era deudora de Hitler en aquellos primeros años. Muchos fueron los factores que condicionaron su formación; el austriaco fue uno de ellos. No obstante, la idea y puesta en práctica del proyecto hitleriano se diferencia en un aspecto fundamental de las incipientes Comunidades Europeas de los años cincuenta. Los alemanes entendían la colaboración entre Estados como una jerarquía: todos debían servir al astro rey, el Reich germano de los mil años. Por su parte, los “padres” de Europa postulaban la igualdad de todas las naciones que integrarían la comunidad. No existirían siervos ni señores; se trataría de una colaboración de todos en favor de todos.

De esta manera, las naciones occidentales del Viejo Mundo comenzaron la postguerra sometidas a dos grandes potencias. En cierto modo Hitler tenía razón cuando, consciente de su derrota, consideró que con él Europa había perdido su “última oportunidad”. Creía profundamente que sólo él y su Reich podrían salvarla de la amenaza bolchevique y anglosajona.

Al fin y al cabo, el final de la II Guerra Mundial vino a confirmar el declive del Continente y su dependencia con respecto a los enemigos de Hitler. Sin embargo, los europeos ya habían tomado su decisión: preferían llevar su propio camino –por muy humillante que fuera- antes que someterse a los mandatos de un megalómano. Ahora que celebramos los cincuenta años después de los Tratados de Roma (25 de marzo de 1957) da la sensación de que la elección fue correcta.

Bibliografía:

[1] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[2] Postguerra. Una historia de Europa desde 1945; Tony Judt – Madrid – Taurus -2006.

[3] La Unión Europea: guiones para su enseñanza; Antonio Calonge Velázquez (Coord.) – Comares – Granada – 2004.

[4] El proceso de integración comunitario en marcha: de la CECA a los Tratados de Roma; Guillermo A. Pérez Sánchez – Comares – Granada – 2007.

[5] Anotaciones sobre Hitler; Sebastian Haffner – Galaxia Gutenberg – Barcelona – 2002.

[6] El mundo de ayer. Memorias de un europeo; Stefan Zweig – Barcelona – El Acantilado – 2002.

La postguerra que planeó Hitler

Artículo publicado por la web Club Lorem Ipsum el 15 de marzo de 2007.


En mayo de 1945 finalizaba la II Guerra Mundial en su ámbito europeo. Tras casi seis años de duro conflicto el Viejo Continente se encontraba devastado, y las otrora poderosas naciones exhaustas.

En ese tiempo el mundo había cambiado mucho: llegaba la hora de las superpotencias, y con ellas el declinar de imperios como el británico o el francés. Norteamericanos y soviéticos ocupaban Europa con el apoyo de sus frágiles aliados.

Sin embargo, esa gran coalición contra el nacionalsocialismo, fraguada en las diversas conferencias interaliadas –Moscú, Teherán, Yalta y Potsdam-, no tardaría en quebrarse. Los gestos de “amistad” entre Stalin, Churchill y Roosevelt fueron sustituidos por duros reproches y discursos acusatorios como el de Sir Winston en la universidad de Fulton (Missouri), el de Harry Truman ante el Congreso de los EE.UU., o el de Jdanov en el seno de la Kominform.

Después de la ruptura de la Gran Alianza, Europa y el orbe tendrían que someterse a uno de los dos bloques; daba comienzo así la Guerra Fría. El mundo anglosajón, capitaneado por los EE.UU., se enfrentaba al desafío de la revolución mundial promovida desde 1917 por los bolcheviques rusos. Se trataba de un nuevo conflicto mundial entre los vencedores de la guerra.

No obstante, la cuestión que nos ocupa aquí no es trazar el recorrido histórico –de ahí que nos centremos únicamente en sus inicios- de ese ciclópeo pulso. El objetivo de este artículo es demostrar que no fueron los políticos eslavos y anglosajones los que idearon el sistema de bloques. La postguerra la planeó un austriaco.

La organización del orbe en torno a dos grandes potencias surgidas tras la guerra era una idea que se encontraba en los planes de Adolf Hitler.

El líder nacionalsocialista pronosticaba en Mein Kampf un enfrentamiento entre el mundo germánico y el blochevique. De él tenía que surgir un Reich más fuerte capaz de dirigir a la Europa centro-oriental en su enfrentamiento contra el otro gran gigante: los EE.UU. La II Guerra Mundial era el medio que los nazis tenían para alcanzar ese objetivo: Hitler la necesitaba, por eso la provocó. El de 1939 fue un conflicto nacionalsocialista; tuvo, al contrario que en 1914, un único responsable.

El desarrollo de las operaciones militares acabó por desengañar a Hitler. En el enfrentamiento entre alemanes y bolcheviques fueron estos últimos los que lograron la victoria. No sería el III Reich el que protagonizaría el gran enfrentamiento de la postguerra, sino la URSS El imperio que pretendía utilizar el megalómano austriaco para derrotar al mundo anglosajón (Europa centro-oriental y la Rusia asiática) pasó a estar -también Alemania- en manos de Stalin. Muy pronto supo Hitler que la derrota era segura. Así se explican muchas de sus acciones desde 1943, incluida la declaración de guerra –prematura según su plan original- a los EE.UU.

El mundo surgido tras la II Guerra Mundial era, en cierto modo, hijo del nacionalsocialismo. Hitler forzó las estructuras del sistema de Versalles para alcanzar sus objetivos, pero lo que consiguió fue poner en manos de Stalin un gran imperio en el corazón de Europa.

Aún así, con independencia de su triunfo o derrota, el III Reich fue el que encendió la mecha de ese gran cambio. Los nazis empezaron la guerra que transformaría el mundo en tan sólo seis años. Es más, el resultado fue, en cierto modo, el que esperaban: del conflicto germano-soviético surgió un gigante, un poderoso imperio. Cierto es que Hitler esperaba que ese coloso fuese Alemania, pero el resultado, con independencia de los protagonistas, fue el mismo.

El mundo polar –dividido en dos bloques- fue idea del austriaco, y la guerra que lo formó también fue obra suya. Su derrota, el fin del Reich de los mil años, dejó en bandeja a su gran enemigo el destino que creía reservado para él. Los bolcheviques fueron los encargados de poner en marcha el “Imperio del Este”, pero de una manera más propia del ámbito panruso.

Efectivamente, la mentalidad alemana poco tenía que ver con la del extenso país oriental. Stalin no era partidario de un enfrentamiento directo con Occidente, simplemente pretendía asentar su dominio sobre los territorios adquiridos y los demás Estados satélite.

Durante los cuarenta años en que se mantuvo vigente el sistema de bloques, los EE.UU. y la URSS no protagonizaron ningún enfrentamiento militar directo. Los dirigentes de ambas potencias siempre fueron conscientes de las catástrofes que una lucha entre ambas hubiera provocado: se temían y respetaban a pesar de su enemistad. Cabe plantearse si los nacionalsocialistas hubieran actuado igual en el caso de vencer al enemigo eslavo en la II Guerra Mundial.

Sin duda, todo habría sido muy distinto; entre otras cosas porque el III Reich ya se había mostrado hostil al mundo anglosajón antes de invadir la Unión Soviética en 1940. Stalin inició la postguerra como aliado de EE.UU. y Gran Bretaña, mientras que Hitler la hubiera comenzado como enemigo. Es más, los planes del austriaco no contemplaban una coexistencia relativamente pacífica entre ambos bloques.

En la cabeza del líder nazi sólo cabía la opción de un choque inevitable, y deseado, entre los dueños de mundo por el control total del mismo.

Bibliografía:

[1] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[2] Postguerra. Una historia de Europa desde 1945; Tony Judt – Madrid – Taurus -2006.

[3] Anotaciones sobre Hitler; Sebastian Haffner – Galaxia Gutenberg – Barcelona – 2002.

[4] El mundo de ayer. Memorias de un europeo; Stefan Zweig – Barcelona – El Acantilado – 2002.

La tenacidad de Simón Bolívar en la obra de John Lynch

Artículo publicado por la web Club Lorem Ipsum el 5 de marzo de 2007.


Recientemente cayó en mis manos una biografía del “Libertador” publicada en 2006 por el hispanista John Lynch. Francamente, me pareció un trabajo más que recomendable. En él se nos presenta la figura de Simón Bolívar en toda su complejidad: con sus méritos y errores. Aunque tal vez predominen los primeros, no se si por las capacidades del biografiado o por el apasionamiento del escritor.

Sea como fuere, la vida del independentista americano y la trayectoria profesional del historiador anglosajón, avalan la calidad y el interés de la obra.

Mi objetivo es tratar un aspecto que admiro de la persona del “Libertador”: su tenacidad. Esta se nos presenta en tres ámbitos distintos, el militar, el legislativo y el ejecutivo. Bolívar era tenaz y fiel a sus principios como general, como teórico de la política y como gobernante. Sin embargo, esta no escondía un empecinamiento en unas opiniones preconcebidas: la tenacidad de Bolívar –sin ceder en lo básico- estaba abierta al cambio, a reconocer los propios errores.

Las ideas políticas de este personaje se adaptaban a las circunstancias de la época y el lugar donde trataba de aplicarlas. Su bien trabajada base teórica –fundamentada en los escritos de pensadores como Montesquieu, Rousseau, Voltaire o Locke- se amoldaba a la complejidad iberoamericana. En definitiva, Bolívar no imponía a venezolanos, colombianos, ecuatorianos, peruanos y bolivianos un proyecto político ajeno a su realidad; y si lo llegaba a hacer –caso de la Constitución que diseñó para Bolivia y trató de aplicar a toda la Gran Colombia- pronto era consciente de ello y ponía los medios para rectificar.

Simón Bolívar era, como el mismo se definió en uno de sus abundantes discursos, el “hombre de las dificultades”; Francisco de Paula Santander gobernaba, José de Sucre conquistaba, pero el “Libertador” siempre estaba detrás poniendo -a costa de un gran esfuerzo- el orden necesario.

Sin duda la Historia de esos países se hubiera iniciado de otra forma si no hubieran contado con la presencia de este gigante: un hombre capaz de vencer en el campo de batalla, de levantarse una y otra vez cuando era derrotado, y al mismo tiempo organizar legislativa y políticamente los territorios que conquistaba.

Tres veces inició Bolívar la conquista de Venezuela para la independencia en apenas ocho años. Todas, con mayor o menor brillantez por su parte, fracasaron. Sin embargo, en 1818, desembarcó en Tierra Firme para liberar, de manera definitiva, a los venezolanos del dominio español. Dos repúblicas venezolanas, con sus respectivas constituciones, se hundieron.

Este gran legislador supo levantarse, y con él a todo un país, para formar otra nueva estructura política. Su fuerza le llevó a seguir adelante, a no conformase con liberar y estructurar su país. Bolívar hizó lo propio –con más o menos escollos- en las actuales Colombia, Ecuador, Perú y Bolivia.

La tarea de este gran personaje viene relatada en la obra de John Lynch como una constante lucha.

Los contendientes: el incansable Bolívar y los casi insalvables escollos que se le presentaban. No obstante, el “hombre de las dificultades” era capaz de irlas superando. Incluso parece que al final, después de tanto tiempo, podrá vencer. Hoy sabemos que no fue así. Bolívar solo logró un triunfo parcial: la Gran Colombia se desmembró, y sus resto cayeron en las garras de un sinfín de caudillos. Sin embargo, su aventura mereció la fama que hoy se le tributa.

A mi juicio, el gran mérito del incansable Bolívar fue iniciar las sucesivas guerras sabiendo qué medidas políticas y legislativas quería aplicar en los territorios liberados del maltrecho yugo español. La Carta de Jamaica (1815) o el Discurso de Angostura (1819) constituyen dos buenos ejemplos de ese convencimiento de que a toda lucha armada ha de precederle un plan de posguerra.

Bibliografía:

[1] Simón Bolívar; John Lynch – Barcelona – Crítica – 2006.

[2] Historia Universal Contemporánea I; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[3] La emancipación de Hispanoamérica; Jaime Delgado Martín

[4] Las revoluciones hispanoamericanas 1808-1826; John Lynch – Barcelona – Ariel- 2008.

[5] Obras completas I, II y III; Simón Bolívar – La Habana – Lex – 1950.

El desempleo de masas en la Gran Depresión

Artículo publicado por la web Club Lorem Ipsum el 23 de febrero de 2007.


“Se ven grupos de gente con vestidos descoloridos y caras lívidas; son los sin trabajo, que esperan algo sin saber qué, pues, ¿quién espera hoy día encontrar trabajo? Pasean sin plan, sin objeto, ya que no pueden soportar la casa donde también todo es malo, todo es miseria, ¿por qué no pasearse entonces? ¿A qué volver a casa, si automáticamente se llega a ella, sin quererlo y siempre demasiado pronto?”

Con esta cita comienza José Ramón Díez Espinosa, profesor de Historia Contemporánea de la Universidad de Valladolid (UVa), su última obra: El desempleo de masas en la Gran Depresión. Palabras, imágenes y sonidos. En ella, este estudioso del periodo de Entreguerras -experto también en Historia de Alemania- realiza una excelente radiografía de la crisis en los años treinta del siglo pasado y sus consecuencias sociales. Se trata de un recorrido por el convulso mundo del desempleado en unos tiempos en los que serlo llegó a resultar casi habitual.

Trece millones en EE.UU., seis en Alemania, cuatro en Gran Bretaña… de la mano de los protagonistas de las llamadas “Novelas del desempleo” el lector se sumerge en la vida de esos millones de personas.

Se trata de un viaje que nos lleva por la Europa Central y el mundo anglosajón, introduciéndonos en las fábricas, en los hogares, en los lugares de ocio y recreo. En definitiva, el autor, mediante un ingente trabajo de recopilación –utiliza numerosas narraciones, películas, canciones, fotografías, crónicas…-, es capaz de transportarnos a la cotidianeidad de los desempleados y sus familias.

El trabajo de Díez Espinosa es imposible de confeccionar con el simple dato; sólo puede realizarse si antes se ha comprendido al objeto del mismo: los hombres y mujeres de los años treinta. El tipo de Historia que nos presenta posee, pues, un marcado carácter cualitativo. Consigue que el lector, además de conocer esa realidad, la sienta, la huela, la viva. No obstante, su labor no se queda ahí. El autor sabe conjugar todo esto con un bien trazado esquema argumental y unos datos numéricos –también abundantes como se refleja en las tablas y gráficos que acompañan al texto- que hablan por si solos.

Al leer El desempleo de masas en la Gran Depresión. Palabras imágenes y sonidos no nos encontramos ante un manual de Historia. Tampoco se trata de una monografía pensada para expertos; aunque a estos les dirá más este trabajo que a los no iniciados. Esta obra es, en cierto modo, una novela. O, mejor, varias a la vez.

El autor se sirve de personajes como Hans Pinneberg, Gisela Kron, Charlie Habble, los habitantes de Kuhle Wampe… –todos ellos protagonistas de las obras de literatos como Hans Falllada, Irgmard Keun, James Thomas Farrell, John Steinbeck…- para fabricar una “gran novela”. Esta mezcla de varias vidas ficticias -basadas en circunstancias reales- está engarzada por la exposición del autor.

Este va moviéndose a su antojo por los sucesos que rodean el quehacer cotidiano de estos personajes para mostrarnos los aspectos sobre los que desea incidir. De esta manera, tras describir la realidad del desempleo en ámbitos como la Europa continental, Gran Bretaña y los EE.UU. –capítulo primero-, nos introduce en cuestiones como la situación laboral y económica de estas personas –capítulo segundo-, la alimentación y la vivienda –capítulo tercero-, los transtornos psicológicos y el ocio como refugio –capítulo cuarto-, y las consecuencias políticas de este fenómeno en los tres ámbitos descritos al inicio –capítulo cinco-. Es, pues, un recorrido muy amplio que abarca prácticamente todos los ámbitos de la vida de estas personas.

Quiebras empresariales, zonas industriales deprimidas, seguros públicos de desempleo desbordados, familias destrozadas, desequilibrios físicos y psicológicos, suicidios… el gran logro del autor consiste en amenizar nuestro paseo por ese mundo con fragmentos –magistralmente escogidos- de obras literarias y películas. A estos añade los datos oficiales -fruto de una investigación de no menor valor- y un esquema fácilmente reconocible.

Sin embargo, Díez Espinosa no se queda en las palabras: su obra sobre el desempleo masivo incluye también imágenes y sonidos. El texto puede llegar a pintar una realidad de forma casi perfecta, pero nunca alcanzará el nivel de las fotografías de Walter Ballhause y Dorothea Lange. A lo largo del libro vamos encontrando estas pequeñas joyas en las que, con sólo un vistazo, percibimos la dureza de esos años en toda su complejidad. También la música ocupa un lugar privilegiado en este libro. La transcripción en castellano de canciones clásicas de ese momento ayuda notablemente a su mejor comprensión.

Cabe destacar de entre estas La canción del desempleo de H. Eisler y D. Weber, Sombrío domingo de R. Seress y L. Jávor, ¿Hermano, puedes darme diez centavos? de E. Y. Harburg y J. Gorney o Lamento de Detroit de V. Spivey.

El desempleo de masas en la Gran Depresión. Palabras, imágenes y sonidos es una obra para leer con calma, y no precisamente por su complejidad o su extensión. Si realmente se quiere disfrutar de su lectura hay que ir sin prisas, deteniéndose en cada uno de los aspectos de la realidad que nos muestra el autor. No es un libro para descubrir ideas madre, sino más bien sensaciones.

Por esa razón, el que busque lo primero saldrá decepcionado. Encontrará sin duda numerosas ideas camufladas bajo la vestimenta literaria, pero le exasperará tanto ejemplo, tanto detenerse en la vida de las personas. Es más, se perderá en el desarrollo de las historias que acompañan la línea argumental de la obra. Sus protagonistas le serán extraños, indiferentes. Por el contrario, aquel que se haga con él para ojearlo con calma hallará en sus páginas un sinfín de recovecos curiosos.

En ese saborear cada detalle está la clave en la lectura de este trabajo, que muy probablemente conduzca al lector hacia las obras originales -literarias, cinematográficas, fotográficas y músicales- en las que se sustenta.

Bibliografía:

[1] El desempleo de masas en la Gran Depresión. Palabras, imágenes y sonidos; José Ramón Díez Espinosa – Valladolid – Universidad – 2006.

[2] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[3] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson – Barcelona – Debate – 2007.

[4] El periodo de entreguerras en Europa; Martin Kitchen – Madrid – Alianza Editorial – 1992.

[5] Sociedad y cultura en la República de Weimar: el fracaso de una ilusión; José Ramón Díez Espinosa – Valladolid – Universidad – 1996.

[6] El mundo de ayer. Memorias de un europeo; Stefan Zweig – Barcelona – El Acantilado – 2002.