Los demonios del nacionalismo

Lo que sí es de desear es que con él desaparezcan los demonios balcánicos y que éstos sean los últimos residuos de sus predecesores europeos. Los demonios del nacionalismo exclusivista y agresivo, vendedor de frustraciones, atizador de injustificados e injustificables complejos de superioridad emparejados con victimismos que pretenden legitimar toda clase de reivindicaciones así como los métodos para satisfacerlas.

Manuel Coma, Adiós, Milosevich, no vuelvas, p. 1.

Evolución y principales problemas del Reino de los serbios, croatas y eslovenos (1918-1941)

Los croatas, e incluso los eslovenos, siempre vieron en la Constitución de Vidovdan el medio ideado por los serbios para terminar con sus tradiciones seculares y lograr su completa asimilación (como sucedía con los albaneses de Kosovo y los macedonios, considerados serbios a todos los efectos). Por ellos, pretendieron la revisión de la misma, al menos sobre postulados federalistas. En este sentido, los croatas, y de forma parecida el proyecto del «Club Yugoslavo» auspiciado por el Partido popular esloveno, reivindicaban la división del Estado yugoslavo en seis regiones: Serbia con Kosovo y Macedonia, Croacia con Eslavonia y Dalmacia, Eslovenia, Montenegro, Bosnia-Herzegovina y Voivodina; una organización, recordémoslo, que con algunas variantes hizo suya Tito.

Ricardo Martín de la Guardia y Guillermo Pérez Sánchez, Europa balcánica. Yugoslavia, desde la Segunda Guerra Mundial hasta nuestros días, p. 31.

Causas de la Guerra


Causa inmediata.

La crisis diplomática del verano de 1914, provocada por el asesinato del Archiduque Francisco Fernando en Sarajevo a manos de un nacionalista serbio el 28 de junio de ese mismo año, fue la causa inmediata del comienzo de la Gran Guerra. Así narra Stefan Zweig las repercusiones del atentado en Viena:

(Stefan Zweig, El mundo de ayer) “Unas semanas más y el nombre y la figura de Francisco Fernando habrían desaparecido para siempre de la Historia. Pero luego, aproximadamente al cabo de una semana, de repente empezó a aparecer en los periódicos una serie de escaramuzas, en un crescendo demasiado simultáneo para ser del todo casual. Se acusaba al gobierno serbio de anuencia con el atentado y se insinuaba con medias palabras que Austria no podía dejar impune el asesinato de su príncipe heredero, al parecer tan querido. Era imposible sustraerse a la impresión de que se estaba preparando algún tipo de acción a través de los periódicos, pero nadie pensaba en la guerra”.

A estos hechos, tras un breve periodo de calma –señalado ya por el intelectual austríaco-, siguió un enrarecimiento del ambiente y un ultimátum presentado por los austrohúngaros al gobierno de Belgrado. La negativa de los serbios a someterse a unas condiciones que creían inaceptables dejó las manos libres a Austria para bombardear la capital serbia el 28 de julio. Fue entonces cuando se vieron claramente las consecuencias del complejo sistema de alianzas que entrelazaba a los distintos países europeos: a la guerra en la que estaban inmersas Austria y Serbia se sumaron en los días posteriores Rusia, Alemania, Francia e Inglaterra. Ese ajetreo diplomático es el que en El mundo de ayer nos continúa describiendo Stefan Zweig:

“Pero las malas noticias se iban acumulando y cada vez eran más amenazadoras. Primero el ultimátum de Austria a Serbia, después la respuesta evasiva, los telegramas entre monarcas y, al final, las movilizaciones ya apenas disimuladas”.

Como ya hemos indicado más arriba, el mecanismo de las alianzas entró en funcionamiento después de que Austria declarase la guerra a Serbia: Rusia se movilizó para ayudar a los serbios; mientras que el 1 de agosto Alemania declaró la guerra a los rusos con el fin de respaldar a Austria-Hungría. Francia, que estaba comprometida con Rusia, extendió la guerra al frente occidental el 3 de agosto. Al día siguiente, los ejércitos alemanes invadieron Bélgica, acto que llevó a los británicos a declarar la guerra a Alemania.

De esta manera, las grandes potencias, que llevaban décadas sin protagonizar grandes enfrentamientos entre sí, se prepararon para una guerra a la que, según aseguraban unos y otros, habían sido empujados…

(Canciller Bethmann Hollweg, discurso ante el Reichstag en 1914) “Durante cuarenta y cuatro años, desde la época en que luchamos por ganar el Imperio alemán y acceder a nuestra posición en el mundo, hemos vivido en paz y protegido la paz de Europa. En la búsqueda de la paz hemos sido firmes y poderosos, lo que ha despertado la envidia de otros. Con paciencia nos hemos enfrentado al hecho de que, bajo el pretexto de que Alemania deseaba la guerra, se haya despertado la enemistad contra nosotros tanto en el Este como en el Oeste, y se hayan forjado nuestras cadenas. El viento entonces esparcido ha terminado ahora por desencadenar el torbellino (…) ha llegado el momento en que debemos hacerlo, contra nuestro deseo, y a pesar de nuestros sinceros esfuerzos. Rusia ha prendido fuego al edificio. Estamos en guerra con Rusia y Francia, una guerra a la que se nos ha forzado”.

…y así también lo creían los ciudadanos de las distintas naciones contendientes:

(Stefan Zweig, El mundo de ayer) “…un gran respeto hacia los “superiores”, los ministros, los diplomáticos y hacia su juicio y honradez, animaba todavía al hombre de la calle. Si había guerra, por la fuerza tenía que ser contra la voluntad de sus gobernantes; ellos no podían tener la culpa, nadie del país la tenía. Por lo tanto, los criminales, los instigadores de la guerra tenían que ser de otro país; era legítima defensa alzarse en armas…”

Los dirigentes de los países beligerantes comenzaron a lanzarse mutuamente acusaciones: cada uno culpó al contrario del estallido del conflicto. Desde los gobiernos se afirmó que la entrada en la guerra era simplemente una medida defensiva, que habían sido sus enemigos los que les habían forzado a luchar, que ellos no deseaban el conflicto. Cada cual utilizó los medios propagandísticos de los que disponía para defender su postura y atacar a sus rivales. Y esa constante propaganda acabó por calar en esa crédula población descrita por Stefan Zweig, que respaldó unánimemente las decisiones de sus dirigentes.

Causas profundas.

No obstante, el mundo occidental vivía ya un estado de guerra virtual antes de los sucesos de 1914. Es más, teniendo en cuenta la situación internacional de principios del siglo XX, que se desencadenase un conflicto de grandes dimensiones era algo bastante probable. Por lo tanto, podemos afirmar que el atentado de Sarajevo fue tan solo el desencadenante, la excusa, de una guerra cuyas causas fueron mucho más profundas y complejas. Veamos como describe ese ambiente prebélico Stefan Zweig:

(Stefan Zweig, El mundo de ayer) “De repente todos los Estados se sintieron fuertes, olvidando que los demás se sentían de igual manera; todos querían más y todos querían algo de los demás. Y lo peor fue que nos engañó precisamente la sensación que más valorábamos todos: nuestro optimismo común, porque todo el mundo creía que en el último momento el otro se asustaría y se echaría a atrás; y, así, los diplomáticos empezaron el juego del bluf recíproco. Hasta cuatro y cinco veces en Agadir, en la guerra de los Balcanes, en Albania, todo quedó en un juego; pero en cada nueva ocasión las alianzas se volvían cada vez más estrechas y adquirían un carácter marcadamente belicista. En Alemania se introdujo un impuesto de guerra en pleno período de paz y en Francia se prolongó el servicio militar; a la larga, el exceso de energía tenía que descargar…”

Causa jurídica.

Según lo firmado en Versalles al término de la Gran Guerra, la política hegemónica y expansionista alemana había sido la causante del conflicto, que formaba parte de los planes alemanes para alcanzar dichos objetivos. Por lo tanto, era sobre Alemania donde había de recaer el peso de la guerra, y, en consecuencia, la mayor parte del pago de las reparaciones a los vencedores.

Dejando de lado si fue o no fue esa política del II Reich la causante del enfrentamiento, vamos a tratar de analizarla para conocer mejor en que consistía y en que se basan aquellos que afirman que ahí se ha de buscar una de las causas del conflicto. Por medio de esta política, diseñada por Fisher, el gobierno alemán buscaba alcanzar los siguientes objetivos mediante la guerra:

– Los objetivos internos: fomentar un sentimiento nacional que ahogase el creciente peso social del socialismo; estimular una situación económica estancada, en gran medida, causada por el aislamiento al que las potencias de la Entente Cordial –Inglaterra, Francia y Rusia- tenían sometida a Alemania; destruir el cerco territorial en el que se encontraba Alemania: situada entre las fuerzas de la Entente Cordial.

– Los objetivos externos: creación de una potencia hegemónica pangermánica en Centroeuropa; someter a Bélgica a la condición de Estado vasallo; lograr la sumisión de Francia, que pasaría a ser un Estado dependiente de Alemania; creación de una serie de estados tapones entre Alemania y Rusia; creación de un imperio alemán en África, cuya base inicial habría de ser el Congo belga; movilización económica en favor del desarrollo alemán de los distintos territorios ocupados.

Causa territorial.

Otra de las causas de la Gran Guerra hay que buscarla en la existencia de numerosos contenciosos territoriales mal solucionados o sin solucionar a la altura de 1914. A continuación señalaremos los tres más importantes:

– Cuestión de Alsacia y Lorena; tanto Francia como Alemania reclamaban la soberanía sobre estos territorios, en poder de la segunda tras la guerra de 1870. De esta forma, mientras los alemanes buscaban germanizar a la población autóctona, los franceses trataban de mantener vivo el sentimiento nacional galo entre esa gente. Esta doble presión influyó notablemente sobre los oriundos de esas regiones, cuya situación describe Stefan Zweig de la siguiente manera:

(Stefan Zweig, El mundo de ayer) Pero esa situación ambigua era difícil sobre todo para los alsacianos y más aún para aquellos que, como René Schickele, tenían el corazón en Francia y escribían en alemán. En realidad, era porque la guerra había estallado a causa de su país, y su guadaña les partía el corazón. Hubo intentos de atraerlos a la derecha y a la izquierda, de obligarlos a manifestarse a favor de Alemania o de Francia, pero ellos abominaban una disyuntiva que les resultaba imposible.

– Cuestión polaca; tres potencias se repartían el territorio de Polonia, y las tres con posiciones divergentes en torno al problema polaco: los alemanes buscaban germanizar la Polonia prusiana; los austríacos trataban con benevolencia a la población de Galitzia, lo que propició en nacimiento del nacionalismo polaco que tanto perjudicaba a la posición de los zares; los rusos intentaban expandirse por el territorio polaco, chocando así con los alemanes en su afán de conquista y con el nacionalismo fomentado por los austríacos.

– Cuestión balcánica; en esta zona se enfrentaron por el control del territorio dos naciones: Austria y Serbia, contando esta última con el apoyo ruso. La monarquía de los Habsburgo, buscando una salida al mar, se anexionó Bosnia en 1908. Sin embargo, esto chocaba con las aspiraciones del naciente nacionalismo panserbio. Surgió, de esta manera, la enemistad que, a la postre, acabó desencadenando el conflicto.

Causa económica.

La economía jugó sin duda un papel fundamental en el inicio y desarrollo del conflicto. Fue, entre otras, la rivalidad económica entre las grandes potencias lo que las llevó a enfrentarse; pero además, fue también su propio potencial económico el que les permitió mantener el frente durante un periodo de tiempo tan largo.

En lo que al estallido de la guerra se refiere, la economía jugó, como ya hemos indicado, un papel fundamental en base a la rivalidad entre las potencias. No obstante, con el fin de no extendernos en exceso con el estudio de varias naciones nos limitaremos a analizar el caso más representativo e importante: el de Alemania y Gran Bretaña. El crecimiento experimentado por los germanos a lo largo de las décadas anteriores a la Gran Guerra, y el peligro que esto constituía para los intereses comerciales británicos fue una de las razones que llevaron al enfrentamiento entre ambas potencias.

Manifestaciones del crecimiento económico alemán posterior a 1890:

– Grandes avances en la fundición del acero y la construcción de innovaciones en maquinaria industrial y agrícola.

– Importante desarrollo industrial y comercial. En muchos casos esto se basaba en la técnica del dumping y en la invasión de mercados:

(E. Williams, Made in Germany) “…los juguetes, las muñecas, los libros de estampas que leen nuestros niños y hasta el papel en que se escribe la prensa más patriótica, todo viene de Alemania. Desde el piano del salón hasta la olla de la cocina son made in Germany”.

– Importante peso demográfico alemán; lo que suponía contar con una abundante mano de obra.

Manifestaciones de la competencia anglo-germánica por el control del comercio mundial:

– Proteccionismo imperante durante los primeros años del siglo XX, y más especialmente a partir de 1910.

– Alemania se encontraba aislada a causa del proteccionismo ejercido por los grandes imperios, lo que se agravaba por la ausencia de un imperio colonial alemán con el que poder comerciar. De esta forma, a los germanos, para salir de ese aislamiento que paralizaba su economía, no les quedaba más salida que la guerra.

Causa Psicológica.

La década anterior a la Gran Guerra estuvo marcada por una serie de crisis internacionales que, si bien no desembocaron en un gran conflicto, favorecieron la consolidación de dos bloques enfrentados.

Podemos distinguir las siguientes crisis en política internacional entre 1905 y 1913:

– 1905-1906. Primera crisis marroquí.

– 1908-1909. Los Habsburgo anexionan Bosnia a su imperio.

– 1911. Segunda crisis marroquí.

– 1913. Segunda Guerra de los Balcanes.

Así, paulatinamente, se fue forjando una opinión pública que no sólo veía el enfrentamiento como algo inevitable, sino que lo deseaba como si de un bien se tratase: unos jefes de Estado que favorecieron el rearme y planificaron conscientemente las distintas políticas de alianzas en caso de que estallase el conflicto; unas autoridades militares que estudiaban con ahínco los planes de movilización a poner en práctica, las innovaciones armamentísticas y la forma de abastecer a las tropas del frente; unas masas populares plenamente empapadas de la propaganda nacionalista que les llegaba desde los medios… todo parece indicar que se vivía en un ambiente prebélico.

Además, a muchas de las naciones involucradas a posteriori en el conflicto les favorecía, en principio –luego resultó ser nefasta para todos-, el estallido de una guerra. De esta manera, nos encontramos con el caso de Alemania, aislada política y económicamente, cuya única salida era la ruptura violenta de su complicada situación internacional; el de Rusia, que tras su derrota con Japón necesitaba relanzar el sentimiento patriótico para acallar las voces revolucionarias; y el del Imperio Austro-húngaro, sumido en una importante crisis territorial que amenazaba con la descomposición de ese vasto domino plurinacional.

Por lo tanto, como factor de cohesión social, a casi todas las potencias les beneficiaba el surgimiento de un conflicto. Sin embargo, en lo relativo al momento –verano de 1914- y la duración del mismo, no todos resultaban igual de favorecidos. Así, el momento era idóneo para dos naciones como Alemania y Austria-Hungría siempre que el conflicto no se prolongase en exceso; mientras que para Rusia, Inglaterra y Francia la Gran Guerra estalló demasiado pronto, estando estos en pleno proceso de rearme.

Bibliografía:

[1] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[2] Los siete pecados capitales del Imperio Alemán en la Primera Guerra Mundial; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2006.

[3] La Primera Guerra Mundial; Hew Strachan – Barcelona – Crítica – 2004.

[4] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson – Barcelona – Debate – 2007.

[5] Made in Germany; Ernest Edwim Williams – Harvester – 1973.

Turquía: Atatürk camina hacia Europa

Presento a continuación un texto que escribí en mayo de 2007 para la revista digital «Luz y Taquígrafos». El sexto número de esta publicación se dedicó, con motivo del Día de Europa -9 de mayo-, al proceso de integración europeo. Yo me decidí, animado por los recientes acontecimientos de abril y mayo, a tratar la cuestión turca dentro del marco de su posible incorporación a la Unión Europea. Este es el resultado.


La Historia de los turcos es la de un pueblo que lleva casi mil años llamando a las puertas de Europa. Constituyen el recuerdo de una antigua amenaza para la entonces llamada Cristiandad, pero también el de un muro de contención contra las imprevisibles y devastadoras incursiones centroasiáticas. Forman parte de la tradición histórica de nuestro entorno; sin embargo, somos muy diferentes. Han sido durante mucho tiempo el límite oriental del mundo europeo. Y, como habitantes de una tierra de frontera, han desarrollado aspectos culturales propios de nuestro ámbito, pero también del de otros pueblos situados más allá de ese limes. Tal vez esa peculiar situación geográfica sea la responsable de que hoy por hoy los europeos veamos al turco como un extraño.

No obstante, aunque también participan de otras tradiciones culturales, ellos se consideran parte de Europa. Y lo cierto es que, tal vez, pesen más las similitudes que las diferencias.

Turquía comenzó hace más de ochenta años su proceso de occidentalización. De la mano de Mustafa Kemal Atatürk se iniciaron una serie de reformas tendentes a desislamizar el Estado y proporcionar a la población una educación moderna y de carácter liberal. Incluso, en ese afán por abandonar las viejas tradiciones, el líder turco llegó a prohibir el alfabeto árabe, imponiéndose como oficial el de tipo occidental. Tras la Segunda Guerra Mundial, Turquía se convirtió en una pieza clave en el escenario de Guerra Fría como aliada de los Estado Unidos. Eso explicaría las abundantes ayudas que recibió del Plan Marshall, y su elección como miembro del Consejo de Europa en 1949. No obstante, su entrada en el proyecto comunitario se frustró en tres ocasiones –1973, 1981 y 2004- por la desidia de sus gobernantes y las dificultades internas.

Entre estas últimas destaca una que, a día de hoy, todavía preocupa notablemente en Bruselas. Se trata de la continua intromisión del ejército en la vida política del país. Desde los años de gobierno de Atatürk, los militares han cumplido el papel de defensores de la democracia y la laicidad del Estado. Esto explicaría un fenómeno que en Occidente, cuya Historia casi siempre ha funcionado en el sentido contrario, difícilmente podemos entender: el ejército es el garante del liberalismo republicano. Así ha sucedido hasta la década de 1980, cuando se produjo el último de los cuatro golpes militares vividos por Turquía desde el final de la Gran Guerra. Es cierto que desde entonces el estamento militar no ha vuelto a tomar el control directo del país, pero su sombra –como bien se ha podido comprobar a raíz de la crisis presidencial de este año- siempre ha estado presente en la vida política nacional.

Turquía pretende ahora acercarse a la Unión Europea, y esta, consciente de la complejidad de la cuestión, elude responder de forma inmediata. Los miembros comunitarios no quieren precipitarse a la hora de dar entrada a un gigante tan peculiar en el seno de Europa. Por su parte, los turcos, de la mano del islamista Recep Tayyip Erdogan, repiten la misma jugada que durante siglos han utilizado para alcanzar sus objetivos: presionar al adversario –en este caso futuro aliado- jugándose todo a una carta. Sin embargo, como tantas veces les ha sucedido en la Historia a los gobiernos turcos y otomanos, se han encontrado con divisiones dentro de su propio territorio: son muchos los turcos que no quieren entrar en Europa. Y, para complicar la cuestión, son más los europeos que no desean ver dentro del proceso integrador a los hijos de la media luna.

Turquía frente a Europa

Las negociaciones para la adhesión de Turquía a la Unión Europea como miembro de pleno derecho se iniciaron el 3 de octubre de 2005. El largo camino de los turcos hacia el paneuropeísmo parecía estar llegando a su fin cuarenta años después. Sin embargo, los ciudadanos europeos hemos abierto un debate completamente nuevo: se trata de dilucidar si queremos tener a los antiguos otomanos dentro de nuestro proceso integrador. Y, como suele suceder en los casos en que la prensa no especializada toma la batuta, la discusión está marcada por la ignorancia y los viejos prejuicios.

De pronto han resurgido de las páginas de la Historia las figuras de los antiguos sultanes que ponían cerco a Viena y asaltaban naves venecianas en el Mediterráneo Oriental. La atención de nuestros ojos se ha centrado en su retraso socioeconómico y en el auge de los movimientos islamistas en todo Próximo Oriente. Se han magnificado las diferencias al tiempo que se tapan las numerosas similitudes. En definitiva, muchos europeos estamos dando la espalda a los esfuerzos turcos que, sin ser suficientes, no merecen tal desprecio por nuestra parte.

Nos olvidamos de aquellos sultanes que negociaron con Europa, que respetaron a los cristianos de sus territorios, que frenaron las hordas asiáticas dispuestas a terminar con la cultura occidental… Reprochamos a los gobernantes turcos la deplorable situación de su país mientras dejamos entrar en la Unión a naciones –véase el caso rumano- con similar nivel de desarrollo. Les cerramos las puertas por miedo al Islam sin percatarnos de que un aliado poderoso dentro del mundo musulmán sería beneficioso para la propia Europa.

Cierto es que en la actualidad todavía le queda a Turquía un largo trecho por recorrer en su andadura hacia la Unión Europea.

No obstante, lo curioso es que a esta nación no se le perdona ninguno de sus errores y carencias, mientras que otros países en situaciones similares pudieron integrarse fácilmente en el ámbito europeo sin demasiados reproches. Es más, los turcos tienen una mayor riqueza que aportar a Europa, tanto en el ámbito geoestratégico como en el cultural. A mi juicio, Turquía está llamada a ser la puerta de Europa en sus futuras relaciones con el Islam. Y eso incluye tanto el avispero de Oriente Próximo como toda la franja costera del norte de África. También es, por tradición histórica, uno de lo grandes protagonistas de la región que más quebraderos de cabeza ha dado a Europa: los Balcanes. Turquía vendría a cerrar el círculo creado con la integración de los antiguos países del Este, al tiempo que daría a la Unión un mayor potencial diplomático y militar. El peso de los europeos en política exterior se vería sumamente reforzado con la presencia turca.

Europa también ha de entonar el mea culpa

Una de las cuestiones que más ha perjudicado a Turquía en este debate sobre su posible entrada en la Unión Europea ha sido la relativa al genocidio armenio. No pretendo quitar hierro a un asunto tan grave como este, pero pienso que exige atender a numerosos matices. Armenia pertenecía desde siglos atrás al Imperio Otomano, y sus habitantes habían convivido pacíficamente con los turcos. Incluso habían llegado a desempeñar altas responsabilidades de gobierno.

No obstante, a finales del XIX, al tiempo que el territorio de los sultanes era invadido por el nacionalismo turcomano, los armenios rescataron del baúl de la Historia su propia identidad. Reclamaban un Estado-nación propio, algo que el gobierno de Estambul no podía permitir. La actuación imperial para detener el movimiento independentista no estuvo exenta de actos represivos. Sin embargo, hasta 1915 la situación estuvo marcada por una relativa normalidad.

Fue en la Gran Guerra cuando las autoridades otomanas, previendo el peligro quintacolumnista que el pueblo armenio constituía en la frontera con Rusia, se decidieron a internar a miles de personas en campos de prisioneros. Se esperaba para el verano de 1915 una invasión zarista que contase con el apoyo incondicional de la población de Armenia; por esa razón se optó por trasladar a los habitantes de esta región al sur del Imperio. No se trataba de una operación de exterminio como la que llevarían a cabo los nazis treinta años después, pero todo acabó en tragedia.

La causas de esta catástrofe, no del todo involuntaria, fueron la escasez de suministros que asoló Anatolia desde esa fecha hasta el final de la contienda, el odio al “traidor armenio”, y la dureza física que suponía trasladar por el desierto a miles de personas famélicas con el calor del verano a sus espaldas. La mayor parte de los deportados sucumbieron de camino a su destino, y los que quedaron vivos acabaron por encontrar la muerte en los propios campos de prisioneros.

Las cifras oficiales hablan de un millón y medio de seres humanos desaparecidos; aunque los turcos rebajan ese número a doscientos mil.

No se trató, aunque muchas veces se ha querido ver así, de un plan para exterminar la nación Armenia. Y, aunque así fuera, eso justificaría poco el empeño occidental por lastrar a los turcos con semejante losa. Fue el Imperio Otomano, y no la República de Turquía, la que llevó a cabo tales actos. La nueva nación democrática y laica surgida tras la Gran Guerra hizo todo lo posible por alejarse de la herencia imperial. Sería, pues, una situación similar a la de los alemanes cuando renegaron del Tercer Reich. La diferencia es que a Alemania se le permitió dar ese paso, mientras que en el caso turco miramos con recelo y desconfianza ese deseo por olvidar el pasado.

Desde Bruselas se exige a Turquía que pida perdón por el exterminio armenio de 1915. Sin embargo, los europeos nos olvidamos con demasiada facilidad de los años del imperialismo. Naciones como Inglaterra, Italia, Francia o Alemania tienen tras de sí –incluso en el siglo XX- una larga lista de víctimas equiparable, si no superior, a la de los turcos. Hoy todos nos sentamos juntos para construir una Europa más justa y solidaria; nos horrorizamos por los errores cometidos en el pasado, y procuramos evitar que se repitan ¿Acaso no debemos dar la misma oportunidad a la República Turca? Han de pedir perdón, eso está claro, pero esperemos que ahí termine el acoso contra la candidatura de los turcos.

Actualidad: la crisis presidencial de 2007

En las últimas semanas Turquía ha sido noticia por el enfrentamiento entre islamistas y kemalistas. Los primeros, agrupados en torno a la formación política mayoritaria en el Parlamento –Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP)-, trataron de llevar a la presidencia de la República a Abdullah Gül, Ministro de Exteriores del ejecutivo Erdogan. Por su parte, la oposición –Partido Republicano del Pueblo (CHP)-, con el apoyo del Ejército y del Tribunal Constitucional, logró bloquear ese nombramiento. En definitiva, el país ha atravesado la mayor crisis institucional y política de los últimos veinte años.

Estas pocas líneas resumen los hechos acaecidos en Turquía a lo largo del malogrado proceso de investidura de Abdullah Gül. No obstante, detrás de cada una de esas palabras se vislumbra cuál es la situación actual de la política turca; reflejo, al fin y al cabo, de su desarrollo a lo largo del siglo XX. El kemalismo sirvió en su momento para modernizar la nación y librarla de las ataduras de la confesionalidad más estricta. Sin embargo, ochenta años después, su discurso choca con la libertad religiosa defendida por las democracias occidentales. Atatürk, en su afán por desislamizar Turquía, pisoteó muchos derechos reconocidos como fundamentales por la Carta de los Derechos Humanos y los propios postulados del liberalismo democrático.

Ahí es donde se sitúan los llamados islamistas del Partido de la Justicia y el Desarrollo. No son, como piensan los altos mandos del ejército turco –de ahí su oposición al AKP-, radicales ni fundamentalistas; tampoco han de ser considerados continuadores de las formaciones políticas fundadas por Necmettin Erbakan. Los actuales gobernantes de Turquía son republicanos y demócratas que defienden un ligero, a la par que necesario, viraje en la política kemalista. Desean vivir en una nación laica –que no laicista-; un país que reconozca los derechos de las religiones, incluida la musulmana. Y son precisamente estos hombres los que desean ardientemente entrar en la Unión Europea.

La élite kemalista, ahogada en su nacionalismo laicista, mira con recelo a Bruselas.

Desde Occidente se mira con desconfianza a los miembros del actual gobierno turco por tratarse de islamistas. Sin embargo, esa denominación no tiene, como en otras naciones musulmanas, un carácter radical. Son personajes contrarios al laicismo predominante en Turquía. No quieren volver al Estado-religión de otras épocas y lugares, sino establecer una aconfesionalidad respetuosa con las creencias. Por esa razón miran a Europa. Esperan que ella ayude a consolidar su democracia, a hacerla más estable. Buscan también en la Unión un respaldo a sus reivindicaciones en pro de la libertad individual; en este caso referida a la expresión religiosa.

Por su parte, no quedan dudas, tras las últimas declaraciones de las autoridades comunitarias, de que Bruselas prefiere a Abdullah Gül al frente de Turquía. Una vuelta de la élite kemalista al poder reavivaría las llamas del nacionalismo turco, contrario a la integración de la República en Europa. El futuro es incierto, aunque todo parece indicar que el Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP) volverá a imponerse sobre las destartaladas filas socialdemócratas en las elecciones del próximo mes de julio. Para entonces, con el sólido respaldo de las urnas, Recep Tayyip Erdogan podrá operar el cambio que necesita Turquía para encaminarse definitivamente a Europa.

Los balcanes en el siglo XX (1918-1999)

Artículo publicado por Historia en Presente el 21 de junio de 2008.


En los tres meses de vida que tiene este blog he dedicado muchos artículos a la problemática balcánica. Dos hechos han sido los responsables de esa atención especial: la independencia de Kosovo, que recientemente ha aprobado su Constitución, y las elecciones serbias del pasado mes de mayo, con sus consecuencias para la futura adhesión de ese país a la UE. Con el fin de aportar una visión global acerca de las cuestiones tratadas, me ha parecido oportuno publicar el presente artículo en mi blog. Lo escribí en febrero de 2008 para la Tribuna del Club Lorem-Ipsum.

El final de la Gran Guerra acabó con el sueño de la Monarquía Dual austrohúngara. Su derrota en el conflicto puso fin al estado de los Habsburgo, surgiendo a partir de este un nuevo mapa de la Europa centro-oriental. Serbia, gran rival de los austriacos en los territorios balcánicos, fue una de las grandes beneficiadas en su proceso de descomposición.

Bajo el nombre de Yugoslavia surgió un gran estado que agrupaba en su seno a croatas, eslovenos, albaneses, macedonios, montenegrinos, italianos, bosnios y serbios. Se trataba de una estructura política artificial, una cesión de las potencias de la Triple Alianza a las pretensiones expansionistas de los serbios.

Los postulados nacionales de tipo wilsoniano no se tuvieron en cuenta a la hora de establecer este nuevo estado; y, por si fuera poco, en lugar de procederse al reparto del poder entre los grupos que lo integraban, todo quedó bajo la batuta de Serbia. A lo largo de este artículo trataremos de explicar el desarrollo histórico de Yugoslavia: un Estado que surgió de manera artificial al término de una guerra y que, en medio de una década conflictiva, desapareció sin dejar rastro.

La situación yugoslava durante el periodo de entreguerras (1918-1939) nos puede ayudar a entender mejor el papel jugado por serbios y croatas en la Guerra Nacionalsocialista (1939-1945). Estos últimos, como segunda etnia más importante dentro del estado, mostraron su malestar -cuando no insubordinación- ante el fuerte centralismo serbio.

De esta manera, al comienzo de las operaciones militares llevadas a cabo por alemanes e italianos en los Balcanes, no dudaron en unirse a las potencias del Eje en calidad de fuerzas colaboracionistas. Surgió así, bajo el amparo del Reich hitleriano, el estado ustacha. Este se mantuvo, en constante enfrentamiento con los chetniks y los partisanos serbios, hasta el repliegue de las tropas alemanas.

El final de la II Guerra Mundial dejó paso a la denominada Europa de Yalta, en donde se daba carta de naturaleza a la división del Continente.

Los soviéticos, mediante la táctica frentepopulista, amparada por la presencia en media Europa del Ejército Rojo, establecieron gobiernos afines en Hungría, Rumania, Bulgaria, Polonia, Checoslovaquia, Alemania Oriental y Albania. Yugoslavia no se quedó al margen del fenómeno bipolar que afectó al mundo entre 1945 y 1991. Sin embargo, siguió un desarrollo un tanto peculiar.

El poder alcanzado por los partisanos de Jose Broz (Tito) durante el conflicto, hizo innecesaria la presencia de la URSS para liberar los territorios yugoslavos. A esto hay que añadir las buenas relaciones que, por aquel entonces, tenían Stalin y Tito. De esta manera, Yugoslavia siempre vivió un poco al margen de las directrices soviéticas.

Poco a poco las relaciones entre Moscú y Belgrado se fueron enfriando hasta el punto de llegar al nivel de enemistad en 1948. La no aceptación de varios puntos de la doctrina estalinista supuso la expulsión de Yugoslavia del Kominform. El gobierno de Tito recuperó entonces sus relaciones con Occidente, y pasó a formar parte del grupo de estados no alineados. A lo largo de las décadas siguientes las relaciones entre Yugoslavia y la URSS estuvieron marcadas por la desconfianza y por los reproches mutuos.

Los yugoslavos apoyaron en la medida de lo posible cualquier tipo de autonomía con respecto a Moscú por parte de los gobiernos orientales (Hungría, Polonia, Checoslovaquia…), mientras que los soviéticos siempre mantuvieron su amenaza militar sobre los territorios balcánicos. Tan sólo la muerte de Tito y la llegada al poder de Mijaíl Gorbachov destensaron un tanto las relaciones de dos estados que, por aquel entonces, se encontraban ya en un periodo terminal.

El final del comunismo en Yugoslavia coincidió cronológicamente con el del resto de países del bloque soviético. Sin embargo, el cambio de régimen disto mucho de ser pacífico.

Entre los condicionantes históricos de la guerra de Yugoslavia hay que destacar, en primer lugar, los problemas generados en el proceso de sustitución del estado comunista. Los restantes países de la Europa central y oriental también se enfrentaron a este reto, pero otros factores, como el nacionalismo de los distintos territorios balcánicos o la actitud de algunas potencias occidentales, imposibilitaron ese proceso.

Dentro de la cuestión nacional, hay que destacar los siguientes aspectos: el problema religioso, el viraje ideológico de los comunistas hacia el nacionalismo, la identificación de divisiones étnicas como fronteras políticas, y el papel desestabilizador de las oligarquías y del nacionalismo populista.

Las presiones serbias sobre la autonomía de Kosovo y Vojvodina marcaron el inicio de la descomposición de Yugoslavia como edificio estatal unificado. Los nacionalistas de Slobodan Milosevic alcanzaron el objetivo de hacerse con la mayoría de los votos dentro del entramado federal, pero despertaron con esto el sentimiento nacional entre los demás miembros.

De esta manera, y a pesar de que el Ejército Popular yugoslavo actuó a lo largo de esos años como prolongación del gobierno serbio, Eslovenia y Croacia abandonaron Yugoslavia entre 1991 y 1992. No obstante, Milosevic no renunció a su idea de la Gran Serbia; es más, la ausencia de Croacia y Eslovenia le permitía actuar con más libertad en favor de sus propios intereses. Le llegó entonces el turno a Bosnia, territorio que serbios y croatas no dudaron en repartirse.

Sólo la actuación internacional pudo poner fin a un conflicto que en 1995 llevaba ya tres años sembrando de cadáveres los Balcanes. La ineficaz intervención europea, y el colapso de la ONU ante el veto de Rusia, obligaron a los norteamericanos a intervenir de manera unilateral. Los acuerdo de Dayton y la presencia militar internacional pusieron fin a la guerra de Bosnia, que se establecía como estado independiente. Perdida también Macedonia, las apetencias del nacionalismo serbio se dirigieron de nueva hacia Kosovo, donde los movimientos en favor de la autonomía de la región iban tomando fuerza.

Finalmente, los serbios se decidieron a iniciar una guerra que tenía como fin último expulsar a la etnia albanesa del territorio kosovar. Una vez más, la reacción de la comunidad internacional, hacia lo que de hecho era una limpieza étnica, fue lenta e ineficaz. Tan sólo la actuación de los EE.UU. evitó la catástrofe. En 1999, Belgrado era sometido a un duro bombardeo; poco después caía el régimen de Milosevic.

Bibliografía:

[1] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[2] Postguerra. Una historia de Europa desde 1945; Tony Judt – Madrid – Taurus -2006.

[3] La Europa balcánica. Yugoslavia, desde la Segunda Guerra Mundial hasta nuestros días; Ricardo M. Martín de la Guardia y Guillermo A. Pérez Sánchez – Madrid – Síntesis – 1997.

[4] La trampa balcánica; Francisco Veiga – Barcelona – Grijalbo – 2002.

[5] Los conflictos yugoslavos. Una introducción; Carlos Taibo y José Carlos Lechado – Madrid – Fundamentos – 1993.

[6] Guerra en Kosovo; Carlos Taibo – Madrid – Catarata – 2002.

[7] Los conflictos de los Balcanes a finales del siglo XX; Enrique Fojón -GEES – 18 de septiembre de 2002.

[8] Adiós, Milosevich, no vuelvas; Manuel Coma – GEES – 15 de marzo de 2006.

Kosovo: albaneses, serbios y demás interesados

 Artículo publicado por Historia en Presente el 13 de junio de 2008.


Tal como anuncié al publicar mi último artículo –“Kosovo: una discrepancia historiográfica”– voy a dedicar unos pocos párrafos a los aspectos más significativos de la Historia kosovar durante el XIX. No trato de ofrecer con esto un repaso exhaustivo y cronológico de cómo se fueron sucediendo los acontecimientos. Mi objetivo es dar algunas pinceladas que ayuden a comprender el devenir histórico de la región a largo de ese siglo.

A mi entender, el rasgo más significativo de este periodo, y seguramente de los últimos seiscientos años en los Balcanes, es la influencia de las potencias exteriores en el conflicto local. Así lo reflejo en el texto y en el título, donde las palabras “demás interesados” hacen referencia a Rusia, Austria-Hungría y el Imperio Otomano.

La progresiva retirada de “el hombre enfermo”

El Imperio Otomano, tan temido por la Europa de los siglos XVI y XVII, fue perdiendo poder de manera progresiva hasta los años inmediatamente anteriores a la Revolución Francesa (1789). Por aquel entonces, el gigante oriental comenzó a ser conocido en las cancillerías europeas como “el hombre enfermo” [5]. Su estado de postración era algo evidente a los ojos de los demás países, donde se esperaba con ansia y temor su más que previsible desmembración. Ansia por las ganancias territoriales y económicas que esto traería consigo; temor por la amenaza que eso suponía para el equilibrio pactado entre las principales potencias.

Europa jugó durante todo el XIX a mantener, más o menos de forma artificial, el poderío otomano. Juego que no siempre se respetó; el nacimiento de Grecia es, tal vez, el mejor ejemplo de esto.

Con alguna que otra pérdida territorial y, sobre todo, con su prestigio por los suelos, el Imperio Otomano se mantuvo como pudo hasta la Primera Guerra Mundial. El Tratado de Sevres [5], punto de partida del moderno estado turco, supuso a su vez la sentencia de muerte contra “el hombre enfermo”. Sus territorios, con excepción de Anatolia –no respetada en su totalidad- quedaron convertidos en protectorados, nuevas naciones, y ampliaciones de las ya existentes.

No obstante, en lo relativo a Serbia y Kosovo, la desmembración otomana posterior al conflicto de 1914 carece de importancia; ambos territorios, por sus propios medios o con la ayuda exterior, se habían sacudido el control de la Sublime Puerta un siglo antes. Es más, la última oportunidad del Imperio Otomano para influir en los Balcanes fue también previa a la Primera Guerra Mundial: el conflicto contra la Liga Balcánica. En él los otomanos sufrieron una humillante y rápida derrota a manos de Serbia y Bulgaria [4].

La batalla de Kosovo-Polje (1389) marcó el inicio de la influencia musulmana en los Balcanes; si bien el control no se hizo efectivo hasta el siglo XVI.

A la sombra del poder oriental los albaneses islamizados comenzaron a hacerse fuertes en la región de Kosovo [7]. Los serbios sufrieron la represión otomana en toda su crudeza, pero mantuvieron su predominio demográfico en el territorio kosovar hasta bien entrado el XIX. El Imperio Otomano continúo siendo en ese siglo un factor importante en el desarrollo histórico de los Balcanes en general y de Kosovo en particular. Sin embargo, su poder, cada vez más endeble, topo con dos poderosos rivales: Austria-Hungría y Rusia.

Los austrohúngaros como potencia balcánica

Las sucesivas derrotas militares del Imperio Austrohúngaro frente a Piamonte en 1859 -norte de Italia- y Prusia en 1866 -en el seno del territorio imperial alemán-, acabaron por forzar una reorientación de la política exterior de la Monarquía Dual. El centro de gravedad de Viena giró hacia los Balcanes, donde ejerció una notable influencia hasta la Primera Guerra Mundial.

Tanto serbios como albaneses se vieron afectados por la intromisión -deseada en muchos casos- de esta nueva potencia en su particular pugna. En los primeros momentos, los serbios pensaron que la presencia austríaca favorecería sus intereses. Por esa razón, buena parte de los habitantes de Kosovo pertenecientes a esa etnia emigraron a los territorios septentrionales con el fin de buscar la protección de los Habsburgo [7]. En ese preciso instante comenzó a producirse un cambio decisivo para la futura Serbia: su centro de gravedad, que desde la Edad Media se había situado en la región de Kosovo, comenzó a trasladarse hacia Belgrado.

De esta forma, los albaneses, que continuaban llegando en grandes grupos provenientes de las comarcas montañosas, fueron ganando terreno en la lucha por la región kosovar.

Por tanto, la influencia austrohúngara sobre los Balcanes resultó nefasta en la lucha de Serbia por mantener la supremacía en Kosovo. En un primer momento las preferencias de la población autóctona por los territorios del norte –bajo la protección de los Habsburgo- provocó el éxodo que hemos descrito en el anterior párrafo. Más tarde, cuando el nacionalismo serbio comenzó a resultar peligroso para la Monarquía Dual, esta se encargó de favorecer a los albaneses, que no sólo intensificaron su emigración al territorio kosovar, sino también al norte de Macedonia y a la comarca de Nis [7]

Las ambiciones de Rusia y la intervención internacional

El Tratado de San Stefano (1878), que puso fin a la guerra entre Rusia y el Imperio Otomano, consagró a la primera de ellas como potencia balcánica. Los rusos llevaban varias décadas aprovechándose de la debilidad mostrada por la Sublime Puerta [5]. En un primer momento se conformaban con obtener una salida al mar por su territorio meridional (mar Negro y mar Mediterráneo); sin embargo, extender su influencia a los Balcanes era un caramelo demasiado apetitoso como para dejarlo escapar. Su victoria militar sobre los otomanos le permitió cumplir ambos sueños.

La presencia de Rusia en la región no sólo supuso un freno importante para la expansión austrohúngara, sino que impulsó un proceso yugoslavista liderado por los serbios –sus “hermanos” del sur-, en cuyo territorio se incluía la mayor parte de Kosovo (el resto quedó repartido entre Montenegro y el Imperio Otomano).

Poco duraron, sin embargo, las estructuras configuradas a partir de San Stefano. A comienzos de 1879 Las potencias de la Europa occidental y central comenzaron a presionar a Rusia para que redujera su presión sobre “el hombre enfermo”. Las consecuencias de este hecho fueron considerables para Kosovo, que fue devuelto al Imperio Otomano ese mismo año. De esta forma se cumplieron las exigencia de la “Liga de Prizren”, fundada en 1878 en esa misma ciudad [7].

Este grupo de trescientos delegados albaneses, en su mayoría de carácter conservador, manifestaron su deseo de retornar al redil otomano. La situación de dependencia con respecto a Estambul se mantuvo hasta 1912, momento en el que la Liga Balcánica derrotó militarmente a la Sublime Puerta. Según los Acuerdos de Londres, firmados al final de la contienda, el territorio kosovar pertenecía a Serbia.

Bibliografía:

[1] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[2] Postguerra. Una historia de Europa desde 1945; Tony Judt – Madrid – Taurus -2006.

[3] La Europa balcánica. Yugoslavia, desde la Segunda Guerra Mundial hasta nuestros días; Ricardo M. Martín de la Guardia y Guillermo A. Pérez Sánchez – Madrid – Síntesis – 1997.

[4] La trampa balcánica; Francisco Veiga – Barcelona – Grijalbo – 2002.

[5] El turco. Diez siglos a las puertas de Europa; Francisco Veiga – Barcelona – Debate – 2007.

[6] Los conflictos yugoslavos. Una introducción; Carlos Taibo y José Carlos Lechado – Madrid – Fundamentos – 1993.

[7] Guerra en Kosovo; Carlos Taibo – Madrid – Catarata – 2002.

Kosovo: una discrepancia historiográfica

Artículo publicado por Historia en Presente el 9 de junio de 2008.


Voy a completar el repaso iniciado en este blog sobre la cuestión de Kosovo con dos artículos más. El primero de ellos –el que publico hoy- aborda el tema desde una perspectiva historiográfica; es decir, la interpretación del pasado de la región desde el punto de vista de los historiadores serbios y albaneses. El segundo de ellos, que publicaré en las próximas semanas, tratará de recoger los aspectos más significativos de la Historia kosovar durante el siglo XIX. Para escribir ambos textos me he basado en la información contenida en los libros que cito en la bibliografía. Sin embargo, debo reconocer que estos artículos siguen muy de cerca los planteamientos del profesor Carlos Taibo en “Guerra en Kosovo”.

Kosovo según los albaneses

Los historiadores albaneses consideran a su etnia descendiente directa de los ilirios de época clásica. La provincia romana de Iliria ocupaba el territorio que va desde el Danubio hasta el Adriático, alcanzando su límite septentrional en la actual Macedonia. Este pueblo se vio obligado a retroceder hacia la costa como consecuencia de las invasiones eslavas del siglo VI [6]. Sin embargo, con la conquista otomana de los Balcanes, pudieron regresar a su antiguo hogar en los siglos XV y XVI.

La historiografía albanesa sostiene que, bajo la protección del Islam, la región de Kosovo comenzó a repoblarse de albaneses. Desde ese momento superaron a los eslavos, convirtiéndose en la etnia mayoritaria de la región; situación que se mantiene hoy día.

Según la visión albanesa expuesta anteriormente, los serbios serían una etnia invasora y ajena a Kosovo y al resto de los Balcanes. Estos habrían desarrollado a lo largo de varios siglos, y especialmente a partir del XIX, una labor claramente hostil a la población autóctona. Su gran pecado habría sido tratar de dividir a los albaneses en distintos estados –Kosovo, Macedonia, Montenegro, Albania…- con el fin de obstaculizar la construcción de un gran estado propio [4].

Kosovo según los serbios

Los historiadores serbios, como es lógico, discrepan de la visión expuesta anteriormente. Según ellos, los albaneses no serían más que el conjunto de pueblos suroccidentales de los Balcanes que en su cruce de los ilirios formaron un nuevo grupo étnico. Reconocen la presencia de estos en la costa del Adriático en épocas anteriores a las invasiones eslavas. Sin embargo, niegan su relación con Kosovo hasta bien entrado el siglo XVII; es decir, al amparo de las conquistas otomanas. La historiografía de serbia los acusa de jugar, hasta el siglo XIX, el papel de punta de lanza de la colonización islámica que tanto mal les hizo.

Por tanto, para los serbios Kosovo es un territorio que les pertenece por “derechos históricos” desde que, en el año 1389, se libró la batalla de Kosovo-Polje [3].

Ellos se consideran la población autóctona de la región. Es más, la represión a la que se vieron sometidos durante siglos no ha hecho más que acrecentar el mito de la vinculación del espíritu de Serbia a Kosovo, así como el odio al invasor albanés. Esto último no sólo surge de la oposición entre ambas etnias; también se basa en el carácter oportunista de los albaneses; primero se aprovecharon de la presencia otomana, y más tarde se mostraron fieles servidores del poder autro-húngaro [6], claramente contrario a los serbios.

Breve conclusión

Es indudable el carácter nacionalista de los dos puntos de vista expuestos anteriormente; razón por la que no podemos fiarnos a pies juntillas de ninguno de ellos. Sin embargo, una lectura crítica de los postulados de cada grupo nos permite ver algo de luz en medio de tantos argumentos contrapuestos. Parece evidente que los albaneses, bien fueran ilirios o miembros de otra etnia, estaban en los Balcanes antes de la llegada de los serbios. Controlaban tan sólo una pequeña región cercana al Adriático que, tal vez, llegase hasta el propio Kosovo.

Esta claro, ya que lo afirman ambas versiones, que los albaneses fueron desplazados hacia el oeste por la invasión eslava del siglo VI.

Con la llegada musulmana, y gracias a su conversión mayoritaria al Islam y a su fidelidad a la Sublime Puerta, recuperaron algunos de sus antiguos territorios. No obstante, parece inexacto considerar que ya en el siglo XVII eran mayoría en Kosovo; sobre la cuestión mantengo lo enunciado en mi artículo De Kosovo a Kosova: una visión demográfica. En este sostenía que hasta mediados XIX los serbios habían sido la etnia mayoritaria de la región [3].

Además, parece poco creíble la postura albanesa de considerar que sus antepasados volvieron diez siglos después a sus antiguos territorios. Puede que en el pasado hubieran habitado allí, pero de ahí a tener conciencia de regresar al hogar mil años después es poco probable.

En definitiva, el pasado de ambos pueblos se entrecruza constantemente a lo largo de los últimos siglos. En muchas ocasiones adquiere un carácter mítico, y siempre, en ambos casos, un tono victimista. Nos encontramos, pues, ante un clásico puzzle balcánico en el que la Historia se utiliza y transforma para convencer al resto del mundo de lo honorable de la propia postura.

Bibliografía:

[1] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[2] Postguerra. Una historia de Europa desde 1945; Tony Judt – Madrid – Taurus -2006.

[3] La Europa balcánica. Yugoslavia, desde la Segunda Guerra Mundial hasta nuestros días; Ricardo M. Martín de la Guardia y Guillermo A. Pérez Sánchez – Madrid – Síntesis – 1997.

[4] La trampa balcánica; Francisco Veiga – Barcelona – Grijalbo – 2002.

[5] Los conflictos yugoslavos. Una introducción; Carlos Taibo y José Carlos Lechado – Madrid – Fundamentos – 1993.

[6] Guerra en Kosovo; Carlos Taibo – Madrid – Catarata – 2002.

La cocina serbia en los noventa

 Artículo publicado por Historia en Presente el 5 de junio de 2008.


El objetivo de este artículo es aportar a los lectores una visión general acerca de la política interna serbia de los años noventa. En el fondo se trata de un repaso de los resultados electorales y grupos políticos durante esa década. Vendría a completar, pues, la información de dos artículos anteriores: “Serbia después de Milosevic (2000-2008)” y “Una crónica de las elecciones serbias” (mayo de 2008).

Pido disculpas por el caos cronológico de mis publicaciones, ya que esta última entrega del repaso al panorama político serbio es temporalmente anterior a las otras dos. A modo de disculpa sólo puedo decir que los acontecimientos –las elecciones serbias del pasado 11 de mayo- me han obligado a hacerlo así.

A modo de introducción: la llegada de Milosevic al poder

Con independencia de los vaivenes de partidos minoritarios o de la disparidad en las alianzas de gobierno, los resultados electorales serbios a lo largo de la década de 1990 se caracterizaron por la hegemonía de los socialistas liderados por Slobodan Milosevic. Los fundamentos de la aventura política de este personaje hemos de buscarlos en lo que Paul Garde denominó “revolución cultural serbia” [4].

Esta se basó en el Memorándum redactado en 1986 por un grupo de responsables de la Academia de las Ciencias de Serbia.

Su representante más conocido era el escritor nacionalista Dobrica Cosic. Este documento denunciaba la discriminación de la que, según los autores, eran objeto los serbios en la provincia autónoma de Kosovo. Posteriormente, ya dentro de la obra política del gobierno Milosevic, las reivindicaciones se extendieron a otros territorios de la Federación Yugoslava en los que la presencia, mayoritaria o no, de serbios era significativa.

Del juego del trapecista a los años de la “tranquilidad”

El predominio del Partido Socialista serbio, al igual que en resto de los países balcánicos de tradición oriental, se vio reforzado a finales de los ochenta y principios de los noventa. Al mismo tiempo, la figura del líder carismático iba tomando cuerpo en la persona de Slobodan Milosevic. Poco a poco, el presidente de Serbia fue absorbiendo en su ámbito étnico el culto a la personalidad propio del fallecido Tito [1].

Sin embargo, las sucesivas derrotas en los conflictos con Eslovenia y Croacia, rompieron el sueño nacionalista del pueblo serbio. Así, a principios de los noventa, la oposición al régimen se organizó en una amplia coalición denominada Movimiento Democrático de serbia (DEPOS). Había comenzado lo que algunos autores denominan “el juego del trapecista”; un periodo de varios meses en el que Milosevic tuvo que defender con uñas y dientes su posición política.

Desde algunos medios occidentales se llegó a hablar del fin de Slobo; sin embargo, la habilidad política del “trapecista” le permitió sortear los peligros.

La oposición democrática boicoteó las elecciones al parlamento federal del 31 de mayo de 1992. En ellas el Partido Socialista obtuvo 73 de los 138 escaños en disputa. Sin embargo, el hecho más significativo de los comicios fue el ascenso del Partido Radical de Seselj, que hasta ese momento había apoyado al gobierno socialista. Los resultados pusieron en guardia al presidente Milosevic, que se dispuso a cortar de raíz el crecimiento de los radicales.

El primer acto fue la disolución del parlamento el 20 de octubre de 1993 y la convocatoria de elecciones para el 19 de diciembre. La victoria de los socialistas fue clara: 123 de los 250 escaños; si bien se vieron empañadas por las quejas del resto de formaciones políticas. Los radicales de Seselj fueron los grandes derrotados; obtuvieron tan sólo 39 actas parlamentarias, siendo superados por la coalición opositora DEPOS (45 escaños). Por su parte, el Partido Demócrata de Zoran Djindjic obtuvo 29 actas parlamentarias [4].

Los resultados electorales venían a completar la tela de araña tejida por Milosevic para asegurarse el poder en Serbia durante muchos años. Previamente, en marzo de 1993 había logrado la destitución de Milan Panic como cabeza del gobierno federal, poniendo en su lugar a Radoje Kontic, fiel al Partido Socialista. A esto hemos de añadir un relevo de similares características al frente de la presidencia de la Federación Yugoslava. El 25 de junio de 1993, Zoran Lilic, hasta entonces presidente socialista del parlamento serbio, sustituyó a Cosic, poco dócil a los deseos de Milosevic [4].

Todos sus rivales internos estaban fuera de combate; les había llegado el turno a los exteriores.

Serbia necesitaba cambiar su mala imagen internacional. Los acuerdos de Dayton, la paz de Bosnia de 1995, fueron el escenario ideal para la rehabilitación del país y de su líder [3]. Curiosamente, el mismo presidente norteamericano que le tendió la mano en esa ocasión, Bill Clinton, le condenó casi cuatro años más tarde. El conflicto de Kosovo puso fin a la etapa de tranquilidad. El presidente serbio volvió a ejercer de trapecista, pero en esta ocasión no tuvo tanta suerte.

Los últimos episodios electorales y la caída de Milosevic

La candidatura de Vojislav Kostunica a la presidencia federal, fruto de la reunificación de la oposición serbia apoyada incondicionalmente por las potencias occidentales, marcó el inicio del declinar de Milosevic. Tras una larga polémica, en la que el aparato de poder de los socialistas hizo todo lo posible por ocultar la derrota de su líder, las fuentes oficiales confirmaron la victoria de la oposición casi un mes después de los comicios de septiembre del 2000 [6].

El seis de octubre de ese mismo año una revolución democrática acababa con el régimen nacionalista de Slobodan Milosevic.

Los serbios se levantaron contra el hombre que había conducido al país a cuatro guerras balcánicas (1991-1995) y a un enfrentamiento con la OTAN a causa de los sucesos de Kosovo (1997-1999). Dos meses después, con el inestimable apoyo occidental, la oposición alcanzó un claro triunfo en las legislativas. Zoran Djindjic, del Partido Demócrata, se convertía así en primer ministro de la república. Sin embargo, hasta la llegada al poder del actual presidente Borislav Tadic, las autoridades serbias no entregaron a Milosevic a las autoridades internacionales.

Bibliografía:

[1] Postguerra. Una historia de Europa desde 1945; Tony Judt – Madrid – Taurus -2006.

[2] La Europa balcánica. Yugoslavia, desde la Segunda Guerra Mundial hasta nuestros días; Ricardo M. Martín de la Guardia y Guillermo A. Pérez Sánchez – Madrid – Síntesis – 1997.

[3] La trampa balcánica; Francisco Veiga – Barcelona – Grijalbo – 2002.

[4] Los conflictos yugoslavos; Carlos Taibo y José Carlos Lechado – Fundamentos – 1994.

[5] Los conflictos de los Balcanes a finales del siglo XX; Enrique Fojón -GEES – 18 de septiembre de 2002.

[6] Adiós, Milosevich, no vuelvas; Manuel Coma – GEES – 15 de marzo de 2006.