La encrucijada serbia: entre la «Gran Serbia» y la «tercera y mínima Yugoslavia»

Ante la evolución de los acontecimientos, las autoridades de la República de Serbia, con S. Milosevic al frente, y animadas y rearmadas ideológicamente por el «Memorándum» de la Academia de las Ciencias y de las Artes -documento elaborado en Belgrado en septiembre de 1986, aunque su autoría nunca fue reconocida oficialmente, y, por lo tanto, difundido de manera subrepticia-, tomaron, el 28 de marzo de 1989, la decisión de reformar la Constitución de Serbia, lo que de hecho suponía una reforma unilateral, y por tanto ilegal, de la propia Constitución Federal de 1974, para reducir a la mínima expresión el estatuto de autonomía de las provincias de Kosovo y Voividina: desde ese momento, ambas provincias, en aspectos tan sustanciales como la composición de sus gobiernos o su representación en las máximas instituciones Federales, pasaban a estar dirigidas por Serbia. El gran objetivo perseguido con dicha medida no era devolver a Serbia su antiguo prestigio y prestancia dentro de Yugoslavia; todo ello perdido, según los inspiradores del «Memorándum», en el seno de régimen comunista de Tito, sobre todo desde la instauración de la Constitución 1974, germen del mal gobierno, de la insolidaridad de las repúblicas, y de la descomposición del Estado común. Este ataque serbio a la legalidad vigente fue rechazado radicalmente en Kosovo (poblada en un 82% por albaneses), provincia que venía solicitando desde la época de Tito un mayor autogobierno. La protesta degeneró en enfrentamientos violentos, que sólo la represión policial y el despliegue del ejército federal, pudieron zanjar.

Ricardo Martín de la Guardia y Guillermo Pérez Sánchez, Europa balcánica. Yugoslavia, desde la Segunda Guerra Mundial hasta nuestros días, p. 120-121.

Algunas claves del proceso de desintegración nacional

Pero la clave de la ruptura del sistema titoísta, más allá de los viejos odios ancestrales que marcaron secularmente las relaciones entre las diversas comunidades nacionales que formaban Yugoslavia, debe buscarse según J. Rupnik, en el vínculo estrecho existente entre la crisis del sistema comunista y la del estado multinacional. Los dos procesos de descomposición, de desmoronamiento, más tarde, se han fortalecido mutuamente» ante la inoperancia y división mostrada por las más altas magistraturas del Estado, ya se tratara del Politburo de la Liga de los Comunistas de Yugoslavia, del gobierno Federal o de la propia Presidencia colectiva.

A partir de finales de los ochenta, las autoridades de la República de Serbia forzaban la legalidad constitucional con una reforma de su Ley fundamental que afectaba a la propia Constitución Federal de 1974, al variar el estatus de las provincias autónomas de Kosovo y Voivodina. Para los serbios se trataba, en un momento de profunda crisis en el seno de la Federación, de potenciar la unidad de su propia comunidad nacional, teniendo en cuenta, por una parte, los «derechos históricos» aplicables sobre territorios considerados como serbios: Kosovo, Voivodina, Macedonia o la región de Sandzak; por otra, el «derecho de autodeterminación» o el «derecho de los pueblos a disponer de ellos mismos», libremente ejercido por las comunidades serbias establecidas en el interior de otras repúblicas yugoslavas, especialmente en Croacia y Bosnia-Herzegovina; derecho este último que, aplicando la tesis serbia, entraba en contradicción con el «derecho histórico» que en justa correspondencia debía aplicarse en los demás territorios no serbios. Ante esta iniciativa, entendida en Eslovenia y Croacia como el primer paso hacia la «Gran Serbia», estas dos repúblicas comenzaron a pergeñar un proyecto de confederación sobre las bases de un sistema político «flexible y descentralizado» que debía empezar con la transformación de la Liga de los Comunistas de Yugoslavia; el hecho de que en el XIV Congreso el bloque serbio (Serbia, Montenegro, Kosovo y Voivodina) no aceptase esta reforma produjo la ruptura de la unidad en el seno de la organización comunista y en el propio Estado yugoslavo. Cuando en mayo de 1990 se quiso volver a reunir el XIV Congreso extraordinario de la Liga Comunista, aplazado sine die el 23 de enero, los comunistas eslovenos, croatas y macedonios lo impidieron: en ese momento, de Yugoslavia había dejado de existir, y con ella, en la práctica, las demás instituciones de la Federación.

Ricardo Martín de la Guardia y Guillermo Pérez Sánchez, Europa balcánica. Yugoslavia, desde la Segunda Guerra Mundial hasta nuestros días, p. 116-117.

La situación de las Repúblicas II

Sin duda los acontecimientos desarrollados en la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas y, por extensión, en todo el bloque comunista de su influencia, influyeron en la evolución final de un régimen que hallaba su justificación última en el socialismo marxista. Para Natacha Rajakovic, en su aportación dentro de la obra colectiva dirigida por Jacques Rupnik, De Sarajevo à Sarajevo. L`échec yugoslave, aquellos hechos fueron trascendentales puesto que:

«las contradicciones y el fracaso del yugoslavismo deben entenderse a la luz de la oposición entre dos conceptos dominantes del Estado yugoslavo por un lado (centralizadora y descentralizadora), y las presiones externas por el otro (…). El Estado yugoslavo se ha hecho y deshecho siempre en situaciones de crisis bajo el efecto de grandes mutaciones del sistema internacional: final de la Primera Guerra Mundial en 1918, proximidad de la Segunda en 1939, ocupación de las fuerzas del Eje en 1941, advenimiento del orden de Yalta en 1945, final de la Guerra Fría en 1989.

Ricardo Martín de la Guardia y Guillermo Pérez Sánchez, Europa balcánica. Yugoslavia, desde la Segunda Guerra Mundial hasta nuestros días, p. 113.

La situación de las Repúblicas I

Con el control del poder republicano en sus manos, y una influencia indiscutible en Montenegro, Kosovo y Voivodina, Milosevic dio un paso adelante al reivindicar un cambio profundo en el texto constitucional con el objetivo de dotar a las instituciones serbias de un poder todavía más decisorio en el conjunto de la Federación y de anular competencias de sus provincias autónomas. Así, en los primeros meses de 1989, la Asamblea de Serbia introdujo en la Constitución de la República una serie de enmiendas que ponían fin a la autonomía de Kosovo y Voivodina. Las huelgas y manifestaciones de estudiantes y trabajadores albaneses convocadas en febrero y marzo, muy secundadas por la población de Kosovo, acabaron de forma violenta con el encarcelamiento de los líderes albaneses de las protestas. La represión, con saldo de muertos y heridos, desencadenó la crisis final al abandonar sus puestos la mayor parte de los albaneses que desempeñaban cargos de responsabilidad en la Liga de los Comunistas de Kosovo.

Ricardo Martín de la Guardia y Guillermo Pérez Sánchez, Europa balcánica. Yugoslavia, desde la Segunda Guerra Mundial hasta nuestros días, p. 103-104.

Las instituciones del Estado Federal después de Tito II

Precisamente, la incapacidad de resolver los problemas económicos estructurales alimentó la cuestión nacionalista. Esta vez el foco de tensión fue Kosovo. Los enfrentamientos, más o menos disimulados durante la época titoísta, entre la población musulmana de cultura albanesa y el intento serbio de imponer una política d e uniformidad en en pro de sus intereses, se había resulto con lo incidentes de 1968, acallados por Tito, y habían enconado a partir de entonces el recelo de la población kosovar albanesa hacia la minoría serbia habitante de la Provincia. Pero en marzo de 1981, la tensión acumulada estalló. Todo comenzó el día 11 con una manifestación de estudiantes universitarios en Pristina; una vez reprimida, generó acciones de protesta y, a partir del día 26, se convirtió en una auténtica revuelta popular de obreros y estudiantes, cuya meta última, era el reconocimiento de Kosovo como República, reivindicación a la que se unía toda una serie de peticiones en pro de una mejora de las condiciones de vida de la población. El movimiento, con un acentuado cariz antiserbio, afectó también a los grupos albaneses residentes en otros territorios, sobre todo en Montenegro. La preocupación del gobierno yugoslavo se reflejó en la actitud del presidente de la Federación, el montenegrino Djuranovic, quien condenó sin paliativos los tumultos y afirmó que eran producto de una agitación inducida desde Albania con el propósito de segregar Kosovo de Yugoslavia y anexionarlo.

Pero era evidente que el estallido de la revuelta obedecía a causas más profundas que el irredentismo albanés. En 1981 Kosovo contaba con la tasa de natalidad más elevada de Europa, su población había aumentado casi un 150% entre 1948 y 1981, y superado en esta última fecha la cifra de un millón doscientos mil habitantes. El escaso impacto de los proyectos industrializadores en la mejora económica de la región, los bajos niveles culturales a pesar de la continuada lucha contra el analfabetismo y la promoción universitaria, y la presencia -amenazadora para muchos- de su vecina Albania, facilitaron una expansión, primero entre la élite de la provincia, pero pronto entre el resto de la población, de un cierto sentimiento de unidad nacional albanesa, enmarcada por la tesis del origen común ilirio y el rechazo de los serbios como pueblo invasor. De hecho, algunos autores afirman que, sobre todo desde los años setenta, la influencia ejercida por los albaneses de Kosovo en la Liga de los Comunistas y en el aparato policial y administrativo de la Provincia o del Estado, presionaba en contra de la población de origen serbio del territorio kosovar, que tendría más dificultades para encontrar trabajo o vivienda, estaría marginada de la vida cultural, e incluso, apartada de los centros de decisión de la provincia. Esta marginación progresiva originó una emigración constante hacia la República Serbia (en torno al 17% del total de los habitantes serbios) durante la década de los setenta. Así fueron enturbiándose cada vez más las relaciones interétnicas, en un ambiente en el que la crisis económica en nada ayudaba a un entendimiento.

En cualquier caso, las protestas de 1981 fueron acalladas por las armas. Las autoridades federales no dudaron en utilizar la policía y el ejército para reprimir los focos de sublevación, pero el espíritu reivindicativo y el malestar entre amplios sectores de la población no se disiparon. Por si fuera poco, la cuestión kosovar contribuyó a avivar algunos años después, la llama nacionalista de otros territorios de la Federación.

Ricardo Martín de la Guardia y Guillermo Pérez Sánchez, Europa balcánica. Yugoslavia, desde la Segunda Guerra Mundial hasta nuestros días, p. 96-97.

La Península Ibérica en la Edad Media: al-Ándalus (siglos VIII a XIII)

1. Introducción.

A finales del siglo VII la monarquía visigoda había entrado en crisis. Las grandes familias nobiliarias se disputaban el trono, y los últimos años del reino transcurrieron en medio de conspiraciones y muertes violentas de reyes y miembros de la familia real.

Unos años antes, había surgido en Arabia un nuevo movimiento religioso encabezado por Mahoma: el Islam. La nueva religión se fundamentaba en la existencia de una comunidad de creyentes en un único dios, Alá, que convirtió el vínculo religioso en un vínculo político.

El virtud de lo establecido en El Corán, libro que contiene la revelación de Alá a Mahoma, los musulmanes están obligados a:

– La Profesión de fe («Alá es Dios y Mahoma su profeta»).

– La oración o Salat; con palabras y gestos establecidos que, previa purificación con agua o arena, se repetían cinco veces al día. Además, la oración del viernes tenía lugar en la mezquita bajo la dirección del imán.

– El ayuno o Sawm durante el mes de Ramadán, desde la salida hasta la puesta de sol.

– La limosna o Zakat .

– El Peregrinaje a La Meca.

– La Yihad o guerra santa; era sólo una obligación temporal del creyente cuando es necesario defender la comunidad musulmana. En principio se refiere a una reforma o lucha interior, siendo la lucha contra los enemigos del Islam algo secundario.

Los musulmanes iniciaron una rápida expansión que les llevó, a principios del siglo VIII, a las puertas del reino visigodo.

2. Evolución política: la conquista, los emiratos y el Califato de Córdoba.

Aprovechando las disputas internas entre los visigodos, en el año 711 un ejército musulmán compuesto por bereberes y árabes mandado por Tarik desembarcó en la península y derrotó al rey visigodo Rodrigo en la batalla de Guadalete.

Esta victoria supuso el derrumbe del reino visigodo, por lo que, dirigidos por Muza, los musulmanes tomaron Toledo y en menos de un lustro casi toda la totalidad de la Península. En muchos casos la conquista se realizó de forma pacífica mediante acuerdos o pactos con la nobleza visigoda.

El impulso del Islam llegó más allá de los Pirineos, hasta que los francos, a cuyo frente iba Carlos Martel, los derrotó en Poitiers en el año 732.

La invasión y ocupación de la Hispania visigoda supuso la gradual islamización del territorio y de la población. Tras la conquista, la Península se incorporó a la comunidad política musulmana con el nombre de Al-Ándalus. Los musulmanes fijaron su capital en Córdoba, que pasó a ser el centro político musulmán en la Península y el lugar de residencia del walí. Poco después, se convirtió en un emirato dependiente (714-756) del Imperio islámico que gobernaban los omeyas desde Damasco.

Pese a la rápida conquista pronto surgieron enfrentamientos entre los conquistadores árabes y bereberes. Del mismo modo, la población hispanovisigoda también mostró cierta resistencia al proceso de islamización y arabización. La principal manifestación de esa oposición fue la Batalla de Covadonga, que probablemente tuvo lugar entre el 718 y el 721.

A mediados del siglo VIII, la familia Omeya que gobernaba el Imperio islámico fue aniquilada por la dinastía abasí que la reemplazó en el poder. No obstante, un miembro de los Omeya, Abd al-Rahmán, consiguió escapar y tomar el control de Al-Ándalus.

En el año 756 proclamó el emirato independiente, que suponía la secesión de la provincia del Imperio islámico. Aún así, seguía reconociendo la primacía religiosa del califato abasí.

Este nuevo periodo supuso el apogeo de Al-Ándalus: desde mediados del siglo VIII y durante el siglo IX se produjeron importantes avances económicos y se impulsó de forma decisiva la islamización.

Sin embargo, la etapa no estuvo exenta de rebeliones (Banu-Qasi y Omar ben Hafsún), al tiempo que la presión de los nacientes reinos hispánicos se incrementó. Al respecto, hay que señalar que buena parte de estas rebeliones se debieron a la resistencia local a la islamización, si bien algunas gozaron del apoyo abasí.

Abd al-Rahmán III accedió al emirato en medio de nuevas revueltas internas y del hostigamiento exterior de los cristianos y de otros reinos musulmanes. De este modo, con el fin de reforzar su autoridad, se decidió a proclamar el Califato de Córdoba en el año 929, lo que suponía la ruptura religiosa con Bagdag.

A partir de ese momento puso término a las rebeliones, sometió a los reinos cristianos al pago de tributos y organizó una flota que contuvo a los ejércitos de los estados musulmanes rivales. Además, instituyó marcas fronterizas en el norte de África y procedió a centralizar el poder mediante el nombramiento de walíes.

Abd al-Rahmán III ordenó construir el palacio de Medina-al-Zahra que se convirtió en el centro de cultura y poder del Califato. Inició, por tanto, un importante desarrollo administrativo y burocrático. Esto permitió que, a lo largo de su reinado, Al Andalus alcanzó un significativo desarrollo económico, basado en una próspera agricultura y un floreciente comercio.

Durante la minoría de edad del tercer califa, Hisham II (hijo de Al-Hakem II), a finales del siglo X, destacó la figura de Almanzor, visir y caudillo militar que pasó a convertirse de hecho en el verdadero gobernante de Al-Ándalus. El ejército musulmán dirigido por Almanzor alcanzó continuas victorias, de tal modo que las razzias contra los reinos cristianos fueron constantes y provechosas.

No obstante, tras la muerte de Almanzor se recrudecieron las tensiones entre las distintas etnias y territorios de Al Andalus. De esta manera, a pesar de los esfuerzos de Abdelmelik, hijo de Almanzor, el territorio del califato se disgregó en diversos reinos taifas en el año 1031. La palabra árabe “taifa” significa bandos, de tal modo que sirvió para designar a los pequeños reinos en que se dividió Al-Ándalus hasta en tres ocasiones: 1031 (tras el califato), 1140 (tras los almorávides) y 1212 (tras los almohades).

3. Los reinos taifas y los imperios norteafricanos.

La división del territorio musulmán en taifas supuso su debilidad política y militar frente a los reinos cristianos, a los que debieron pagar tributo para evitar sus ataques. Sin embargo, el avance cristiano no se detuvo y, en el año 1085, Toledo cayó en sus manos.

Esta circunstancia alarmó a los andalusíes que llamaron en su ayuda a los almorávides, una tribu guerrera bereber que había formado un gran imperio en el actual Marruecos. Los almorávides lograron derrotar a los cristianos en Sagrajas (1086) e incorporaron Al-Ándalus a su imperio. No obstante, no consiguieron recuperar Toledo, y fueron derrotados en Valencia por Rodrigo Díaz de Vivar.

A mediados del siglo XII, el imperio de los almorávides sufrió un colapso que hizo resurgir las taifas en Al-Ándalus. Los reinos cristianos aprovecharon la ocasión para ampliar sus territorios a costa del Islam.

De nuevo los andalusíes solicitaron la ayuda del norte de África, donde había surgido un nuevo estado dirigido por los almohades. Estos iniciaron la invasión de la Península en el año 1146, siendo la batalla de Alarcos (1197) la que marque el cenit de su poder.

Sin embargo, los ejércitos cristianos lograron una decisiva victoria en las Navas de Tolosa (1212), que supuso el derrumbe del poder almohade en la Península. De esta manera, la primera mitad del siglo XIII estuvo marcada por las conquistas de Fernando III y Jaime I el Conquistador, que dejaron al reino nazarí de Granada como único representante del Islam en la Península.

4. Organización política y social.

Las instituciones político administrativas.

Una vez realizada la conquista, los musulmanes organizaron el territorio peninsular como una provincia más del Imperio islámico y Al-Ándalus pasó a estar gobernada por un walí, delegado del califa de Damasco.

Con la proclamación del emirato independiente, el emir pasó a ser la máxima autoridad política, aunque mantenía un reconocimiento tácito de la autoridad religiosa del califa. Esta situación se mantuvo hasta el ascenso de Abd al-Rahman III, que se proclamó califa y pasó a ejercer el poder político absoluto y la máxima autoridad espiritual del mundo andalusí.

Por debajo de los emires y califas existía una administración dirigida por el hayib, que actuaba como primer ministro y que tenía amplias atribuciones en materia militar y de hacienda. A sus órdenes estaban los visires, que controlaban las distintas ramas de la administración.

En tiempos del califato la administración central se completaba con la kitaba, una especie de cancillería que se ocupaba de: la correspondencia, los asuntos fronterizos, la ejecución de los decretos y las reclamaciones.

En materia de justicia era el cadí la máxima figura: juzgaba en función de las leyes islámicas y en nombre del califa.

La administración territorial de Al-Ándalus estaba compuesta básicamente por dos demarcaciones. Por un lado estaban las coras o provincias, a cuyo frente estaba un walí que solía residir en la ciudad principal del territorio. Por otro, existían las marcas situadas en las zonas fronterizas. Con respecto a los reinos cristianos estaban la superior (Zaragoza), la media (Toledo) y la inferior (Mérida).

La sociedad en Al-Ándalus.

La sociedad de la España musulmana era heterogénea en cuanto a su composición étnica, cultural y religiosa. La estructura familiar y social eran, por lo general, de carácter patriarcal. Además, como consecuencia del gran desarrollo de la artesanía y el comercio, la mayor parte de la población se concentraba en las ciudades. Los núcleos urbanos era, por tanto, el centro de las actividades económicas, así como de la vida social y administrativa.

En la sociedad musulmana, los árabes ocupaban la mayor parte de los cargos de poder. Constituían una minoría dirigente que se concentraba en el valle del Guadalquivir. Era, a su vez, propietaria de los grandes latifundios del sur peninsular.

La mayor parte del ejército invasor estaba compuesto por bereberes, que fueron reclutados como mercenarios en el norte de África. En un principio se concentraron en la Meseta, donde se dedicaron a la ganadería itinerante.

Por su parte, la población judía era predominantemente urbana, y su dedicación profesional solía estar relacionada con el comercio, la artesanía, la usura y la orfebrería. En contraposición a este grupo aparecerían los esclavos, predominantemente rurales. Si bien, también servían en el ejército y, con el tiempo, en la administración.

Por último, los hispanogodos, grupo mayoritario en la Península, se dividieron en dos grupos dentro del territorio musulmán. Por un lado, aquellos que se convirtieron a la religión islámica, llamados muladíes, y por otro los mozárabes, que se mantuvieron fieles a la fe cristiana.

Las estructuras económicas.

La estructura económica de Al-Ándalus estaba basada, como todas las de su época, en la agricultura. La triada mediterránea (cereal, vid y olivo) siguió siendo el fundamento de la agricultura peninsular, pero los musulmanes mejoraron la producción introduciendo y perfeccionando sistemas de regadío (caso de la noria).

Además, introdujeron nuevos cultivos procedentes de Oriente (cítricos, algodón, etc.) y hubo un gran desarrollo de la ganadería, especialmente ovina.

Sin embargo, fue el desarrollo del comercio y de la artesanía las notas que hicieron singular la economía andalusí. La actividad artesanal, centrada en los tejidos de lana, algodón y seda, recibió un impulso decisivo gracias al comercio desarrollado en las ciudades. También el comercio exterior conoció una etapa de prosperidad, especialmente con Oriente, y los andalusíes contaron con una importante marina mercante.

Además, mientras en el Occidente cristiano apenas circulaban monedas, el dinar de oro y el dirham de plata se convirtieron en monedas de uso más allá del propio territorio de Al-Ándalus.

El legado cultural musulmán.

El arte ha sido uno de los legados más importantes del mundo islámico a la civilización, de tal modo que las mezquitas, los palacios, las alcazabas, etc. forman parte del patrimonio cultural actual. En concreto, en la Península Ibérica se encuentran grandes monumentos:

– La mezquita de Córdoba.

– El palacio de la Aljafería de Zaragoza.

– Las ruinas del palacio de Medina Azahara.

– El alcázar de Sevilla.

– La alcazaba de Málaga.

– El palacio de la Alhambra de Granada.

– La Torre del Oro y la Giralda de Sevilla.

En la cultura islámica florecieron la literatura, la filosofía, la música, el derecho o la medicina, donde destaca la figura de Maimónides. A su vez, se desarrolló de la poesía popular y áulica.

De la obra de Averroes nos interesan dos libros: Discurso decisivo y su comentario a la República de Platón.

Discurso decisivo es un dictamen sobre las relaciones entre la filosofía y la fe en el que se propone establecer, no sólo la armonía entre razón y revelación, sino también la necesidad de incluir la filosofía en los estudios coránicos.

La Exposición de la República de Platón es una lectura pragmática del texto clásico, tratando de extraer de ella consecuencias para la práctica política, y haciendo referencias constantes a circunstancias de su tiempo.

Fue muy importante el desarrollo científico y técnico, los musulmanes difundieron los principios matemáticos de la trigonometría y el álgebra, además del uso del cero. Igualmente fueron importantes los logros en astronomía y la difusión de artículos procedentes de Oriente, como la pólvora o el papel.

5. Conclusiones.

Para finalizar hemos de destacar tres rasgos que, con mayor o menor profundidad en función del periodo, se dieron durante los siglos de dominio musulmán en la Península Ibérica:

– La diversidad social y religiosa existente en Al-Ándalus.

– El hecho de que, precisamente esa diversidad, en los periodos de paz y tolerancia, hizo posible que Al-Ándalus jugase el papel de puente cultural entre dos mundos: el musulmán y el cristiano

– La existencia de periodos de gran esplendor cultural y de etapas de fanatismo y oscurantismo.

Las instituciones del Estado Federal después de Tito

«Toda la historia del régimen titoísta es la de una transferencia de poder, discontinua pero bastante regular, del centro a la periferia», escribió Paul Garde.

Ricardo Martín de la Guardia y Guillermo Pérez Sánchez, Europa balcánica. Yugoslavia, desde la Segunda Guerra Mundial hasta nuestros días, p. 95.

La evolución del sistema yugoslavo durante los años sesenta II

El resto de los territorios también se vieron sacudidos, de una u otra forma, por la oleada contestataria. Así, la reactivación del problema de Kosovo tuvo lugar en noviembre de 1968, cuando distintos sectores sociales de la provincia solicitaron la conversión de su comunidad en República dentro del Estado federal, petición que, aunque no fue posible, si obtuvo cierto reconocimiento en las mayores cotas de autogobierno alcanzadas por Kosovo.

Ricardo Martín de la Guardia y Guillermo Pérez Sánchez, Europa balcánica. Yugoslavia, desde la Segunda Guerra Mundial hasta nuestros días, p. 82.

La evolución del sistema yugoslavo durante los años sesenta I

El desarrollo socioeconómico de las repúblicas continuó siendo muy dispar. Esta evolución diferenciada no puede valorarse sólo en términos de inversiones fijas, de participación de la producción manufacturera de los territorios en el total de la Federación o de volúmenes de exportación. Sabrina P. Ramet da numerosos ejemplos, igual de significativos que los económicos: en 1972, Croacia y Eslovenia, con el 29% de la población total del Estado yugoslavo, publicaban el 44% de los periódicos de todo el país y desde su territorio emitían el 46% de las emisoras de radio. Kosovo, con el 7% de la población global, tenía el 2,7% de los cines, sólo disponía de un diario en lengua albanesa y dos emisoras de radio de las 174 existentes en el país.

Ricardo Martín de la Guardia y Guillermo Pérez Sánchez, Europa balcánica. Yugoslavia, desde la Segunda Guerra Mundial hasta nuestros días, p. 37.

La construcción del socialismo de tipo soviético en Yugoslavia

La nueva república yugoslava se definía como popular y federativa, y establecía la capital en Belgrado. Cada una de las seis repúblicas integrantes de la federación (Serbia, Croacia, Eslovenia, Bosnia-Herzegovina y Macedonia) votarían sus constituciones particulares siempre y cuando éstas no contravinieran la Constitución federal del Estado. Además, la organización territorial se cerraba con dos provincias autónomas vinculadas a Serbia, Kosovo y Voivodina, cuya definición como tales provincias constituía el respeto a las peculiaridades de las poblaciones albanesa y húngara, muy elevadas en número en los territorios respectivos.

La Constitución establecía el sufragio universal y secreto para elegir a los representantes populares en el parlamento, que contaba como dos cámaras. La Cámara Federal (348 diputados) estaba conformada por 87 diputados de Serbia, 86 de Croacia, 58 de Bosnia-Herzegovina, 41 de Voivodina, 29 de Eslovenia, 24 de Macedonia y 9 de Montenegro. La Cámara de las Nacionalidades (178 miembros) se componía de 25 diputados de cada una de las repúblicas, 18 por Voivodina y 10 por Kosovo.

Ricardo Martín de la Guardia y Guillermo Pérez Sánchez, Europa balcánica. Yugoslavia, desde la Segunda Guerra Mundial hasta nuestros días, p. 37.