Bosnia-Herzegovina en la encrucijada I

Si sondeos realizados en la primavera de 1990 reflejaban una amplia mayoría favorable a tal permanencia, varios acontecimientos -el antecedente de Kosovo, la guerra en Croacia, la independencia de las dos repúblicas septentrionales y la propia creación de las regiones autónomas serbias en Bosnia- precipitaron un giro en la opinión pública, ahora más reacia a aceptar una ficción de federación que en mucho recordaba al proyecto de la «gran Serbia». A mediados de octubre de 1991 el parlamento bosnio había aprobado una declaración de soberanía a la que había seguido un anuncio de retirada de la Federación Yugoslava.

José Carlos Lechado y Carlos Taibo, Los conflictos yugoslavos, p. 94.

El conflicto bélico de 1998-1999 III

Las razones, con toda evidencia, eran otras. La primera estribaba en restaurar su imagen, muy deteriorada tras tantas amenazas no llevadas a la práctica y en un marco general en el que, por añadidura, la OTAN precisaba de encontrar una justificación ante capas importantes de la opinión pública que seguían sin entender, con razones sobradas, por qué la Alianza Atlántica no había sido disuelta en 1990. Recuérdese que incluso Henry Kissinger, poco amigo de este tipo de intervenciones, acabó por respaldar los bombardeos de la OTAN al entender que si éstos no alcanzaban sus metas el descrédito de la Alianza Atlántica sería tal que pondría en peligro la propia arquitectura de seguridad articulada por las potencias occidentales.

Carlos Taibo, Guerra en Kosovo. Un estudio sobre la ingeniería del odio, p. 126.

Abolición de autonomía y resistencia civil VI

Aunque los resultados de las distintas elecciones celebradas en Serbia en el decenio de 1990 generaron alianzas dispares, parece fuera de duda que el Partido Socialista, la fuerza que dirigía Milosevic, en momento alguno perdió, hasta el otoño de 2000, su condición de preeminencia. El principal reto que los socialistas tuvieron que encarar lo fue, en las elecciones celebradas en 1992 y en 1997, el auge del Partido Radical de Seselj, que al cabo se incorporó sin mayores problemas a fórmulas de coalición. En 1992 el Partido Socialista se hizo con 110 escaños, por 71 el Radical, mientras en 1997 la relación fue de 110 -en la cifra se sumaban los diputados socialistas y los de otras dos fuerzas: Izquierda Unida Yugoslava y Nueva Democracia- a 81. En la elección intermedia, la de 1993, el Partido Radical tuvo un mal resultado, toda vez que consiguió tan sólo 39 escaños frente a los 123 del partido de Milosevic. Mientras, y al margen de estas fuerzas, la oposición cosechaba resultados más bien mediocres: 50 escaños para el DEPOS en 1992, 45 para la misma coalición en 1993 y 46 para el Movimiento de Renovación Serbia de Draskovic en 1997 (recordemos que esta última consulta electoral fue boicoteada por los partidos, también opositores, de Vesna Pesic y Zoran Djindjic).

Carlos Taibo, Guerra en Kosovo. Un estudio sobre la ingeniería del odio, p. 101-102.

La desintegración de Yugoslavia

Los conflictos yugoslavos han tenido una raíz fundamentalmente endógena: han sido viejas rencillas entre pueblos y nuevos problemas entre las élites políticas lo que han provocado el estallido del decenio de 1990. Por ello, atribuir a la comunidad internacional, o a algunos de sus miembros, un papel de relieve en la gestación de los contenciosos yugoslavos parece excesivo. Naturalmente que hay que recordar, eso sí, que la crisis, y la posterior desaparición, del sistema y del bloque soviético algo tuvieron que ver con los conflictos yugoslavos: aunque en modo alguno eran la causa de estos últimos, sí que proporcionaron un entorno internacional en el que la manifestación de tensiones como las que nos ocupan era más factible.

Carlos Taibo, Guerra en Kosovo. Un estudio sobre la ingeniería del odio, p. 85.

Algunas claves del proceso de desintegración nacional

Pero la clave de la ruptura del sistema titoísta, más allá de los viejos odios ancestrales que marcaron secularmente las relaciones entre las diversas comunidades nacionales que formaban Yugoslavia, debe buscarse según J. Rupnik, en el vínculo estrecho existente entre la crisis del sistema comunista y la del estado multinacional. Los dos procesos de descomposición, de desmoronamiento, más tarde, se han fortalecido mutuamente» ante la inoperancia y división mostrada por las más altas magistraturas del Estado, ya se tratara del Politburo de la Liga de los Comunistas de Yugoslavia, del gobierno Federal o de la propia Presidencia colectiva.

A partir de finales de los ochenta, las autoridades de la República de Serbia forzaban la legalidad constitucional con una reforma de su Ley fundamental que afectaba a la propia Constitución Federal de 1974, al variar el estatus de las provincias autónomas de Kosovo y Voivodina. Para los serbios se trataba, en un momento de profunda crisis en el seno de la Federación, de potenciar la unidad de su propia comunidad nacional, teniendo en cuenta, por una parte, los «derechos históricos» aplicables sobre territorios considerados como serbios: Kosovo, Voivodina, Macedonia o la región de Sandzak; por otra, el «derecho de autodeterminación» o el «derecho de los pueblos a disponer de ellos mismos», libremente ejercido por las comunidades serbias establecidas en el interior de otras repúblicas yugoslavas, especialmente en Croacia y Bosnia-Herzegovina; derecho este último que, aplicando la tesis serbia, entraba en contradicción con el «derecho histórico» que en justa correspondencia debía aplicarse en los demás territorios no serbios. Ante esta iniciativa, entendida en Eslovenia y Croacia como el primer paso hacia la «Gran Serbia», estas dos repúblicas comenzaron a pergeñar un proyecto de confederación sobre las bases de un sistema político «flexible y descentralizado» que debía empezar con la transformación de la Liga de los Comunistas de Yugoslavia; el hecho de que en el XIV Congreso el bloque serbio (Serbia, Montenegro, Kosovo y Voivodina) no aceptase esta reforma produjo la ruptura de la unidad en el seno de la organización comunista y en el propio Estado yugoslavo. Cuando en mayo de 1990 se quiso volver a reunir el XIV Congreso extraordinario de la Liga Comunista, aplazado sine die el 23 de enero, los comunistas eslovenos, croatas y macedonios lo impidieron: en ese momento, de Yugoslavia había dejado de existir, y con ella, en la práctica, las demás instituciones de la Federación.

Ricardo Martín de la Guardia y Guillermo Pérez Sánchez, Europa balcánica. Yugoslavia, desde la Segunda Guerra Mundial hasta nuestros días, p. 116-117.