La cocina serbia en los noventa

 Artículo publicado por Historia en Presente el 5 de junio de 2008.


El objetivo de este artículo es aportar a los lectores una visión general acerca de la política interna serbia de los años noventa. En el fondo se trata de un repaso de los resultados electorales y grupos políticos durante esa década. Vendría a completar, pues, la información de dos artículos anteriores: “Serbia después de Milosevic (2000-2008)” y “Una crónica de las elecciones serbias” (mayo de 2008).

Pido disculpas por el caos cronológico de mis publicaciones, ya que esta última entrega del repaso al panorama político serbio es temporalmente anterior a las otras dos. A modo de disculpa sólo puedo decir que los acontecimientos –las elecciones serbias del pasado 11 de mayo- me han obligado a hacerlo así.

A modo de introducción: la llegada de Milosevic al poder

Con independencia de los vaivenes de partidos minoritarios o de la disparidad en las alianzas de gobierno, los resultados electorales serbios a lo largo de la década de 1990 se caracterizaron por la hegemonía de los socialistas liderados por Slobodan Milosevic. Los fundamentos de la aventura política de este personaje hemos de buscarlos en lo que Paul Garde denominó “revolución cultural serbia” [4].

Esta se basó en el Memorándum redactado en 1986 por un grupo de responsables de la Academia de las Ciencias de Serbia.

Su representante más conocido era el escritor nacionalista Dobrica Cosic. Este documento denunciaba la discriminación de la que, según los autores, eran objeto los serbios en la provincia autónoma de Kosovo. Posteriormente, ya dentro de la obra política del gobierno Milosevic, las reivindicaciones se extendieron a otros territorios de la Federación Yugoslava en los que la presencia, mayoritaria o no, de serbios era significativa.

Del juego del trapecista a los años de la “tranquilidad”

El predominio del Partido Socialista serbio, al igual que en resto de los países balcánicos de tradición oriental, se vio reforzado a finales de los ochenta y principios de los noventa. Al mismo tiempo, la figura del líder carismático iba tomando cuerpo en la persona de Slobodan Milosevic. Poco a poco, el presidente de Serbia fue absorbiendo en su ámbito étnico el culto a la personalidad propio del fallecido Tito [1].

Sin embargo, las sucesivas derrotas en los conflictos con Eslovenia y Croacia, rompieron el sueño nacionalista del pueblo serbio. Así, a principios de los noventa, la oposición al régimen se organizó en una amplia coalición denominada Movimiento Democrático de serbia (DEPOS). Había comenzado lo que algunos autores denominan “el juego del trapecista”; un periodo de varios meses en el que Milosevic tuvo que defender con uñas y dientes su posición política.

Desde algunos medios occidentales se llegó a hablar del fin de Slobo; sin embargo, la habilidad política del “trapecista” le permitió sortear los peligros.

La oposición democrática boicoteó las elecciones al parlamento federal del 31 de mayo de 1992. En ellas el Partido Socialista obtuvo 73 de los 138 escaños en disputa. Sin embargo, el hecho más significativo de los comicios fue el ascenso del Partido Radical de Seselj, que hasta ese momento había apoyado al gobierno socialista. Los resultados pusieron en guardia al presidente Milosevic, que se dispuso a cortar de raíz el crecimiento de los radicales.

El primer acto fue la disolución del parlamento el 20 de octubre de 1993 y la convocatoria de elecciones para el 19 de diciembre. La victoria de los socialistas fue clara: 123 de los 250 escaños; si bien se vieron empañadas por las quejas del resto de formaciones políticas. Los radicales de Seselj fueron los grandes derrotados; obtuvieron tan sólo 39 actas parlamentarias, siendo superados por la coalición opositora DEPOS (45 escaños). Por su parte, el Partido Demócrata de Zoran Djindjic obtuvo 29 actas parlamentarias [4].

Los resultados electorales venían a completar la tela de araña tejida por Milosevic para asegurarse el poder en Serbia durante muchos años. Previamente, en marzo de 1993 había logrado la destitución de Milan Panic como cabeza del gobierno federal, poniendo en su lugar a Radoje Kontic, fiel al Partido Socialista. A esto hemos de añadir un relevo de similares características al frente de la presidencia de la Federación Yugoslava. El 25 de junio de 1993, Zoran Lilic, hasta entonces presidente socialista del parlamento serbio, sustituyó a Cosic, poco dócil a los deseos de Milosevic [4].

Todos sus rivales internos estaban fuera de combate; les había llegado el turno a los exteriores.

Serbia necesitaba cambiar su mala imagen internacional. Los acuerdos de Dayton, la paz de Bosnia de 1995, fueron el escenario ideal para la rehabilitación del país y de su líder [3]. Curiosamente, el mismo presidente norteamericano que le tendió la mano en esa ocasión, Bill Clinton, le condenó casi cuatro años más tarde. El conflicto de Kosovo puso fin a la etapa de tranquilidad. El presidente serbio volvió a ejercer de trapecista, pero en esta ocasión no tuvo tanta suerte.

Los últimos episodios electorales y la caída de Milosevic

La candidatura de Vojislav Kostunica a la presidencia federal, fruto de la reunificación de la oposición serbia apoyada incondicionalmente por las potencias occidentales, marcó el inicio del declinar de Milosevic. Tras una larga polémica, en la que el aparato de poder de los socialistas hizo todo lo posible por ocultar la derrota de su líder, las fuentes oficiales confirmaron la victoria de la oposición casi un mes después de los comicios de septiembre del 2000 [6].

El seis de octubre de ese mismo año una revolución democrática acababa con el régimen nacionalista de Slobodan Milosevic.

Los serbios se levantaron contra el hombre que había conducido al país a cuatro guerras balcánicas (1991-1995) y a un enfrentamiento con la OTAN a causa de los sucesos de Kosovo (1997-1999). Dos meses después, con el inestimable apoyo occidental, la oposición alcanzó un claro triunfo en las legislativas. Zoran Djindjic, del Partido Demócrata, se convertía así en primer ministro de la república. Sin embargo, hasta la llegada al poder del actual presidente Borislav Tadic, las autoridades serbias no entregaron a Milosevic a las autoridades internacionales.

Bibliografía:

[1] Postguerra. Una historia de Europa desde 1945; Tony Judt – Madrid – Taurus -2006.

[2] La Europa balcánica. Yugoslavia, desde la Segunda Guerra Mundial hasta nuestros días; Ricardo M. Martín de la Guardia y Guillermo A. Pérez Sánchez – Madrid – Síntesis – 1997.

[3] La trampa balcánica; Francisco Veiga – Barcelona – Grijalbo – 2002.

[4] Los conflictos yugoslavos; Carlos Taibo y José Carlos Lechado – Fundamentos – 1994.

[5] Los conflictos de los Balcanes a finales del siglo XX; Enrique Fojón -GEES – 18 de septiembre de 2002.

[6] Adiós, Milosevich, no vuelvas; Manuel Coma – GEES – 15 de marzo de 2006.

La carta turca y sus peligros

Artículo publicado por Historia en Presente el 1 de junio de 2008.


Llevamos más de dos años dándole vueltas a la cuestión turca. En numerosos círculos se ha discutido, y se sigue discutiendo, acerca de la conveniencia de la entrada de Turquía en la Unión Europea. Con este artículo trato de aportar una visión histórica del problema, al tiempo que advierto –siguiendo la línea marcada por Anthony Giddens en “Europa ante la era global”- de las consecuencias negativas de tener a los turcos de espaldas al proyecto europeísta.

He de reconocer que este texto no es más que la refundición –en ocasiones copia- de varios artículos que había escrito ya sobre la cuestión. Principalmente me he basado en dos: “Turquía: Atatürk camina hacia Europa” y “Turquía si, pero más tarde”. Ambos se encuentran en la bibliografía que he añadido al final.

Turquía: currículum vitae

El proceso de occidentalización llevado a cabo por el primer presidente de Turquía, Mustafa Kemal Atatürk, está a punto de cumplir noventa años. Durante ese periodo, y especialmente en sus inicios, se llevaron a cabo una serie de reformas tendentes a desislamizar el Estado y proporcionar a la población una educación moderna y de carácter liberal. Incluso, en ese afán por abandonar las viejas tradiciones, el líder turco llegó a prohibir el alfabeto árabe, imponiéndose como oficial el de tipo occidental [1]. Además, es evidente que el devenir histórico fue favorable para el desarrollo de esos planes reformistas.

Tras la Segunda Guerra Mundial, y en pleno escenario de Guerra Fría, Turquía se convirtió en una pieza clave como aliada de los Estado Unidos.

Eso explicaría las abundantes ayudas que recibió del Plan Marshall, y su elección como miembro del Consejo de Europa en 1949. A los turcos parece faltarles tan sólo una importante pieza para completar su puzzle: la entrada en la Unión Europea. La adhesión de Turquía al proyecto Europeo, bien por desidia de sus gobernantes o por las dificultades internas del país, se frustró en tres ocasiones: 1973, 1981 y 2004 [1].

Sin embargo, el 3 de octubre de 2005 se iniciaron por fin las negociaciones para admitir a Turquía como miembro del proyecto europeísta [4].

En relación a estas, hemos de indicar algo de lo que son plenamente conscientes muchos dirigentes de la Unión: los turcos pueden aportar una gran riqueza al proceso de integración europea, tanto en el ámbito geoestratégico como en el cultural. Turquía está llamada a ser la puerta de Europa en sus futuras relaciones con el Islam. Y eso incluye tanto el avispero de Oriente Medio como toda la franja costera del norte de África.

También es, por tradición histórica, uno de lo grandes protagonistas de la región que más quebraderos de cabeza ha dado a Europa: los Balcanes. Turquía vendría a cerrar el círculo creado con la integración de los antiguos países del Este, al tiempo que daría a la Unión un mayor potencial diplomático y militar. El peso de los europeos en política exterior se vería sumamente reforzado con la presencia turca [5].

Turquía si, pero todavía no

El 1 de mayo de 2004 se producía la mayor ampliación en la historia de la Unión Europea. Este organismo supranacional acogía en su seno a diez estados más: Letonia, Estonia, Lituania, Polonia, República Checa, Eslovaquia, Hungría, Eslovenia, Malta y Chipre. Casi tres años después, con la integración de Rumania y Bulgaria, surgía la Europa de los veintisiete. Además, las negociaciones para adhesión de Croacia y Macedonia comenzaron a dar sus primeros frutos a mediados de 2007.

Este cúmulo de acontecimientos, así como la tajante oposición del presidente francés, han hecho resurgir el debate acerca de la conveniencia o inconveniencia de la entrada de Turquía en la Unión. En principio la respuesta es afirmativa, pero parece que Europa no acaba de hacerla efectiva. Esto levanta suspicacias entre los políticos y la población turca, que temen una marcha atrás en el proceso de integración [6].Es evidente que el acceso de Turquía a la Unión Europea genera divisiones entre los países miembros. Estas no son injustificadas, ya que los motivos para apoyar o rechazar la adhesión turca son abundantes.

No obstante, todos –los a favor y los en contra- entienden que factores como el tamaño, la localización geográfica, el nivel de desarrollo económico y el carácter de sociedad predominantemente islámica, dificultan la entrada de este país en las instituciones europeas.

El problema podría plantearse cuando la actitud esquizofrénica de la Unión acabe desencantando a los propios turcos. Esto nos dejaría una Turquía de espaldas a Europa y, seguramente, a las puertas del fundamentalismo islámico. La Unión Europea debería respaldar mucho más incondicionalmente la decisión que ya ha tomado: aceptar a Turquía como candidata al ingreso. Muchos europeístas de Turquía, de diversas tendencias del espectro político, se sienten decepcionadas por la poco entusiasta acogida que Europa les ha dispensado. Los turcos son miembros de todas las organizaciones europeas salvo la UE, y pertenece a la OTAN desde su fundación.

Además, es miembro del Consejo de Europa desde los primeros años de la posguerra. No hay duda de que existen obstáculos importantes que superar antes de que el ingreso de Turquía pueda hacerse realidad; seguramente pase más de un lustro antes de que los representantes de ese estado se siente con los demás como miembro de pleno derecho. Sin embargo, si la Unión le diera la espalda a Turquía en ese momento, el resultado podría ser una disminución del ritmo de crecimiento del país, así como una mayor polarización política y una sociedad resentida que tendería a mirar hacia el este antes que hacia el oeste. Quienes hablan actualmente de poner obstáculos a la entrada de Turquía deberían reflexionar [2].

Si su postura triunfa, tendremos a las puertas de Europa un estado lleno de problemas, dividido y, posiblemente, antagonista.

Una Turquía democrática, liberal y próspera como estado miembro de la Unión es una perspectiva mucho más atractiva que una Turquía en quiebra y en actitud introspectiva. Turquía necesita unos años para completar su transformación, y Europa un tiempo para construir una estructura donde quepan los turcos. Sin embargo, eso no nos ha de llevar a decir no a la integración de ese país. La respuesta ha de ser afirmativa, pero sin hacerla realidad hasta que no llegue el momento oportuno para ambos negociadores.

Bibliografía:

[1] El turco. Diez siglos a las puertas de Europa; Francisco Veiga – Barcelona – Debate – 2007.

[2] Europa en la era global; Anthony Giddens – Barcelona – Paidós. Estado y sociedad – 2007.

[3] Turquía, entre Occidente y el Islam: una historia contemporánea; Glòria Rubiol – Barcelona – Viena -2004.

[4] Turquía: el largo camino hacia Europa; Delia Contreras – Madrid – Instituto de Estudios Europeos – 2004.

[5] Turquía: Atatürk camina hacia Europa; Carlos González Martínez – Luz y Taquígrafos – Mayo de 2007.

[6] Turquía si, pero más tarde; Carlos González Martínez– Planisferio – 25 de mayo de 2008.

Sobre la Historia y el cine II

Artículo publicado por Historia en Presente el 27 de mayo de 2008.


Continuamos con las reflexiones acerca de la relación entre Historia y cine. En la primera parte de este artículo –“Sobre la Historia y el cine I”– nos centrábamos en la importancia de la imagen para conocer y dar a conocer el pasado. En esta segunda el objetivo es analizar la influencia del cine sobre la sociedad y sus miembros.

La influencia del cine histórico sobre el espectador

“Consecuentemente, como historiadores hemos de estudiar los films como productos de consumo; hemos de intentar analizar la influencia que la organización requerida para producir y vender las películas tienen sobre las mismas”. [1]

Hasta el momento hemos abordado la cuestión del cine histórico desde el ámbito de los estudiosos del pasado. El centro del debate lo ha ocupado su validez como fuente para la construcción del discurso histórico o su uso como lenguaje divulgativo de esos contenidos. Este epígrafe, tal como indica su título, presenta la cuestión desde otro punto de vista, el del espectador.

Hablamos de personas con escasos conocimientos acerca de la temática que se trata; con ningún o escaso interés por observar la película con ojos críticos. Son gente más fácil de influenciar por el contenido del film, y es poco probable que acudan a fuentes bibliográficas para ampliar o corregir los conocimientos que han adquirido gracias a él. Por tanto, la visión que van a tener de un acontecimiento o de un personaje histórico se va a limitar a lo que observan en la gran pantalla.

Es evidente que la televisión y el cine tienen mucha más influencia sobre la sociedad que los historiadores. Las personas forman su composición de la Historia a través de lo que observan en la pantalla y, en ocasiones, con algún libro que cae en sus manos. Los films tienen una capacidad divulgativa infinitamente mayor que la de los estudiosos del pasado, por grandes que sean sus conocimientos o por muy vendidos que sean sus libros.

En definitiva, los que forman la conciencia histórica de las personas no son los historiadores, sino la industria del cine.

Eso no nos debe llevar a la conclusión de que todo está perdido, sino todo lo contrario: si hay cine histórico es porque la Historia atrae a los espectadores; les interesa. La cuestión pasa a ser qué hacer con el gigante audiovisual; pregunta a la que ya respondimos más arriba. Se trata de influir en las producciones que traten temas históricos, en asesorar a los profesionales del cine para evitar que den una visión distorsionada de la Historia.

En la mayor parte de los casos los historiadores son poco comprensivos con los directores de cine y demás personas responsables de la realización de un film histórico. Hemos de ser conscientes de las dificultades que supone trasladar un acontecimiento del pasado a la gran pantalla, de las limitaciones y ventajas de este proceso, y de las condiciones en las que se mueven los responsables de producción.

El cine histórico, por la complejidad de su temática, se encuentra en la mayor parte de los casos unido a las superproducciones. Esta gran inversión requiere, para ser rentable, una comercializadas a escala mundial, lo cual limita notablemente la manera de tratar el relato; ha de hacerse atractivo en culturas diversas y para un público heterogéneo.

Además, la estructura dramática que requiere toda narración fílmica –planteamiento, nudo y desenlace- es ajena al mundo de la Historia. Ahí no existe una estructura clara; el relato está abierto y las causas del desenlace se nos escapan. Otro de los factores que condicionan la realización de producciones históricas es el relativo al tiempo utilizado. El cine narra en presente, mientras que, salvo cuando usamos el presente histórico, la Historia se escribe en pasado.

En definitiva, a un historiador, por lo general, no le van a convencer las películas con temática histórica; no obstante, ha de ser comprensivo, pues la tarea de realización no es fácil. Además, ese film que el considera imperfecto influye, en la mayor parte de los casos, mucho más que las investigaciones históricas puestas por escrito.

La influencia del cine sobre la sociedad

“Entre los diversos aspectos que debemos tener en cuenta para aprender a juzgar un film histórico, ninguno es tan importante como el de la invención. Es el punto central, la palabra clave para entender la historia como relato filmado y, por ello, el más controvertido. De hecho, es el que separa más al cine histórico de los ensayos, que, en principio, evitan la ficción (aunque aceptan la ficción principal que supone considerar que la gente, los movimientos y las naciones viven hechos con un desarrollo lineal y moral). Si podemos encontrar un mecanismo que nos permita aceptar y juzgar las invenciones que cada film comporta, entonces podremos aceptar las alteraciones menores -omisiones y combinación de distintos episodios- que hacen que la historia en imágenes sea tan diferente de la impresa en los textos”. [4]

A los historiadores les ha de interesar la visión que los grandes medios de masas, en especial el cine, dan sobre la materia que trabajan.

Esa es una cuestión que hemos tratado en el apartado anterior. Sin embargo, la influencia de estos sobre sus receptores no sólo ha de ser motivo de preocupación, sino de estudio. Y no exclusivamente en el campo del cine histórico, sino en todos aquellos films del pasado considerados de interés por el historiador de un determinado tema. Al referirnos a Siegfried Krakauer decíamos que el cine era reflejo de la sociedad que lo producía y consumía. Podemos completar esa afirmación al defender su importancia como agente de la Historia.

Las obras cinematográficas del pasado les pueden servir a los historiadores tanto para estudiar una determinada sociedad como para conocer la influencia de la gran pantalla sobre la misma. Si nos preocupa la visión que actualmente dan las películas sobre determinados acontecimientos históricos, nos han de interesar también los valores que transmitían en el pasado. La temática tratada por el cine en cada época y lugar, así como la forma de presentarlo, no son una cuestión baladí.

Las pautas para el análisis de una producción cinematográfica que presenta J. M. Caparrós en Análisis histórico de los films de ficción no es exclusivo de las películas actuales; se puede aplicar al cine del pasado. Y ha de hacerse tanto para comprender esa sociedad como para conocer de qué forma se veía influida por la gran pantalla. Más difícil, seguramente, sea llegar a conocer el grado de esa influencia.

Conclusiones: fuente, lenguaje y agente

“Un partidario de la radio y de la película como medios de enseñanza ha escrito un libro: The decline of the writen word (El ocaso de la palabra escrita), en donde, con alegre convicción, vaticina un porvenir próximo en el cual los niños se alimentarán con reproducciones cinematográficas y con palabras habladas. ¡Enrome paso hacia la barbarie! ¡Eficacísimo medio para paralizar en la juventud el pensamiento y mantenerla en un estado de puerilidad y además, probablemente, sumergirla en profundo aburrimiento!” . [5]

Tras varios párrafos alabando la grandeza del cine y su utilidad para la construcción y divulgación de la Historia, la cita de Johan Huizinga nos puede servir para volver a poner los pies en el suelo. Suscribo todo los afirmado en las páginas anteriores, pero precisa de una matización. La defensa hecha de los medios audiovisuales como instrumentos validos para el trabajo del historiador no significa que estos sean los únicos o los más importantes. Hemos de valorar el cine en su justa medida. Puede que mi afán por atacar algunos prejuicios existentes me haya llevado en algún momento a dar al cine una importancia mayor que a otras fuentes o trabajos de Historia. Sin embargo, no es esa mi opinión.

A lo largo de las páginas anteriores hemos tratado el cine como fuente para el trabajo del historiador; tanto en lo referente a documentos históricos como a películas comerciales de épocas pasadas.

En este último ámbito distinguíamos aquellas que reflejaban a la sociedad de la época de las que trataban de influir en ellas; lo cual no quiere decir que ambos aspectos no se encontraran presentes en la mayor parte de las producciones cinematográficas. También extendíamos nuestro análisis a su capacidad de divulgar, bien por medio de documentales como por la vía del cine histórico. Hemos defendido, al fin y al cabo, el valor del cine como fuente, lenguaje y agente de la Historia.

Bibliografía:

[1] Análisis histórico de los films de ficción; José María Caparrós Lera y Sergio Alegre- Barcelona – 1999.

[2] Fotogramas de papel y libros de celuloide: el cine y los historiadores. Algunas consideraciones; Julio Montero.

[3] El pasado como espectáculo: reflexiones sobre las relación entre la Historia y el cine; José-Vidal Pélaz López – Valladolid – Universidad de Valladolid – 2008.

[4] El pasado en imágenes. El desafío del cine a nuestra idea de la historia; Robert A. Rosenstone – Barcelona – Ariel – 1997.

[5] Entre las sombras del mañana; Johan Huizinga – Barcelona – Península – 2007.

Sobre la Historia y el Cine I

 Artículo publicado por Historia en Presente el 23 de mayo de 2008.


En el siguiente artículo trato de analizar la compleja relación existente entre Historia y cine. Pienso que la temática es adecuada para este blog, pues la gran pantalla es el medio de divulgación -también en contenidos históricos- más importante en la actualidad. Esto, no cabe duda, afecta a nuestra visión del pasado, bien sea reciente o lejano. 

Esta entrada tiene una segunda parte que puede leerse pulsando en el enlace: «Sobre la Historia y el Cine II».

Algunos aspectos previos

“Y el cine es la gran tentación. El cine, el medio de expresión contemporáneo capaz de tratar el pasado y atraer a grandes audiencias. ¿No parece evidente que éste es el formato en el que elaborar trabajos históricos que lleguen al gran público? ¿Se pueden hacer films históricos que satisfagan a los que hemos dedicado nuestras vidas a entender, analizar y recrear el pasado con palabras? ¿No hará el cine cambiar nuestra concepción de la historia? ¿Estamos dispuestos a ello? La cuestión se resume así: ¿Es posible explicar la historia en imágenes sin que perdamos todos la dignidad profesional e intelectual?” [4]

Las luces se apagan y da comienzo la película. La tendencia general es de curiosidad; una mínima tensión se deja sentir en medio de la oscuridad. Tendemos a recostarnos un poco más en la butaca: es imprescindible estar cómodo para poder poner los cinco sentidos en la enorme pantalla. Durante un tiempo las imágenes nos arrastran por vidas ajenas que, poco a poco, vamos haciendo propias. Nos identificamos con algunos de los personajes; a veces, con casi todos. Se van creando lazos con ellos. Tras un periodo variable, la “evasión” toca a su fin.

En medio de la música, vuelven a encenderse las luces. Ha terminado todo, pensamos. Pero, ¿realmente es así? Pienso que no. Ese tiempo frente a la pantalla, viviendo experiencias ajenas, admirando personajes, observando sus gestos, aptitudes y costumbres, han dejado un poso en nosotros. El cine no es sólo un entretenimiento. Nos transmite pensamientos y modos de conducta; influye en nuestro comportamiento y en nuestra manera de ver el mundo. Es, en palabras de Rosenstone, un desafío.

Cuando los hermanos Lumière presentaron La llegada del tren, no sólo descubrían al mundo un modo de entretenimiento más. El desafío estaba presente en el Salon Indien del Gran Café de París aquel 28 de diciembre de 1895.

Desde ese día a la narración se le abría un nuevo campo para comunicarse. El paso de lo oral a lo escrito –la invención de la escritura en torno al IV milenio antes de Cristo- ha sido tenido tradicionalmente como una de las grandes revoluciones de la Historia humana. En una situación similar se encontrarían la invención de la imprenta por parte de Johannes Gütemberg en el siglo XV o la aparición de la fotografía en el XIX.

Considerar a esas imágenes móviles, al cine en definitiva, como una revolución no parece del todo descabellado. El sueño de los hermanos Lumière y de todos los que han seguido sus pasos desde entonces era avanzar un poco más en el afán humano por contar historias, transmitir experiencias, exponer ideas. El oficio de narrar se vio, pues, perfeccionado con la aparición del séptimo arte.

Hablamos más arriba de desafío. Es cierto lo que hemos comentado hasta ahora: el cine abre puertas –posibilidades- al narrador. No obstante, también le enfrenta a nuevos problemas y conflictos. La complicación, una vez resuelta por el que cuenta, se traslada al receptor. Este, además de tratar de entender el mensaje que se le transmite, ha de defenderse de él, de sus engaños. Todo relato posee una pequeña dosis de ilusión necesaria para atraer al oyente.

El problema del cine –quizás su ventaja- es que en él ese artificio parece más real. Los medios que posee la imagen móvil, y más aún en la actualidad, le permiten crear ficciones tan presentables que llegan, incluso, a confundirse con la realidad.

La influencia de todo esto sobre el espectador es, si este no tiene un mínimo sentido crítico, enorme. Por esa razón, en el momento en que se encienden las luces y suena la música, no termina todo. Lo que hemos visto nos interpela, nos afecta. Lógicamente, el efecto se multiplica cuando en la mente de los que elaboran la película está presente ese objetivo de influir, de inculcar ideas. En el caso de los documentales y films históricos, ese fin se presupone.

Cuando el desafío llega a la Historia

“No se puede entender la Edad Contemporánea sin estudiar la producción cinematográfica de cada momento. Es imposible comprender la Alemania de Hitler sin acercarnos a Leni Riefenstahl o a la trayectoria de la URSS sin conocer el cine de Eisenstein. Pero tampoco la América de Roosevelt sin Frank Capra, o si se apura el argumento, la de Bush, sin el cine de Michael Moore”. [3]

El desafío al que nos venimos refiriendo afecta de lleno a los profesionales de la Historia. Si hemos aceptado los textos y las fotografías como fuentes válidas para la construcción del discurso histórico, qué impedimento hay en utilizar con el mismo fin una grabación de tiempos pretéritos.

No se trata de menospreciar el documento tradicional, pero la comunidad de historiadores ha de ser consciente de la riqueza que aporta el cine a sus estudios.

La sucesión de imágenes nos ofrece una información que pocos textos o fotografías pueden igualar. Y, además, lo hace de forma sencilla; si se me permite, entra por los ojos. Esto no quiere decir que con el mero hecho de observar nos hayamos apropiado de toda la información presente en esa fuente. El cine precisa de un análisis; trabajo sobre y a partir de los fotogramas.

Sin embargo, por qué limitarnos a imágenes móviles de un suceso histórico cuando podemos recurrir al cine de cada época para conocer mejor esa sociedad, sus anhelos, los mensajes que les llegaban a partir de la gran pantalla… Tal como indicaba Siegfried Kracauer en su ensayo sobre el cine de la República de Weimar, este es el medio artístico que mejor refleja la mentalidad de una nación. No sólo de las personas que acuden masivamente a las salas, sino de sus propios dirigentes, de los hombres y mujeres que marcan las orientaciones culturales de cada época con uno u otro fin.

El hecho de que cada película, sea cual sea su temática, tenga un valor histórico es de una importancia capital. Si pretendemos conocer a las personas de una época y un lugar determinado debemos saber qué gustos tenían, qué leían, qué comía, cuál era su sueldo, cómo eran sus viviendas… y qué iban a ver al cine. Esas películas –seguimos con Kracauer- reflejan sus anhelos, pero también los elementos que influían en su vida, en su manera de pensar y actuar.

Los profesionales de la Historia cometerían un gran error si se mantuvieran al margen de un fenómeno tan rico como el cine. Abandonar esta fuente para su trabajo no sólo perjudicaría la calidad de los mismos, sino que dejaría este enorme campo a los académicos de otras áreas que, sin duda, no tendrán ningún prejuicio en explotar. Los historiadores terminarían por aislarse en su mundo de fuentes escritas que, insisto, son necesarias, pero no son las únicas.

El valor de las imágenes del pasado, bien realizadas con fines documentales o como entretenimiento, comienza a ser reconocido por numerosos investigadores. Sin embargo, no debemos darle una importancia excesiva. Basarnos, principal o exclusivamente, en el cine a la hora de realizar un trabajo de Historia sería cometer el mismo error en dirección inversa. El trabajo del historiador ha de integrar el mayor número de fuentes que sea posible. El cine, con todos sus defectos y virtudes, no deja de ser un elemento más entre el material de investigación.

El cine como lenguaje de la Historia

“El historiador profesional es el consumidor principal de las publicaciones históricas, al menos en España. Quizá sea éste uno de los motivos de las reducidas tiradas –salvo excepciones- de este tipo de libros. Sólo cuando un título desborda el interés –los intereses- del reducido círculo de los historiadores profesionales llega a ser popular”. [2]

En el epígrafe anterior analizábamos brevemente el papel del cine como fuente histórica. Lo estudiábamos desde dos perspectivas: la del documento que refleja realidades acaecidas en el pasado, y la del film que tiene como objetivo entretener al espectador. A continuación nos detendremos en otro atributo del cine: su valor como transmisor de la Historia, como trabajo acabado en lugar de cómo fuente.

Si nos preguntásemos que nos resulta más cómodo leer un libro o ver una película, casi todos escogeríamos la segunda opción. Eso, orientado al campo de la divulgación, y entendiendo esta como una de la misiones de los historiadores, nos lleva a una conclusión clara: la Historia necesita utilizar el canal audiovisual para darse a conocer. En ocasiones, las personas que investigan pueden llegar a pensar que la sociedad, o más bien las personas que la componen, están obligadas a leer, o al menos conocer, el objeto y resultado de su trabajo. No cabe duda de que un poco de cultura le viene bien a todo el mundo; pero pretender que gente con otros problemas y obligaciones lea libros largos, tediosos y demasiado específicos, es mucho pedir.

Cabe plantearle al señor investigador la posibilidad de facilitar a los demás el acceso a su trabajo; y qué mejor medio que el cine.

Eso no significa que los historiadores deban organizarse para constituir empresas productoras de películas, pero han de buscar influir en el mundo del cine. Ese peso se concreta de dos maneras: promoviendo la elaboración de films con un contenido histórico, y supervisando trabajos de otras personas con el objetivo de que den una visión realista de los hechos pretéritos.

Las críticas al cine como transmisor de la Historia son, desde el ámbito académico, todavía mayores que aquellas referidas a su valor como fuente. A los historiadores les suele incomodar que otras personas, o incluso los propios profesionales de la Historia, se dediquen a presentar trabajos cinematográficos relacionados con su especialidad, bien en forma de documentales o como películas con pretensiones de historicidad. Sin embargo, parece que no es tanto un problema de los responsables de las productoras como una necesidad –demanda- de los propios consumidores.

A las personas nos atrae la Historia, queremos conocer más sobre determinados aspectos, situaciones o personajes de la misma.

Ese es un fenómeno que, con la llegada del cine, parece amenazar a los expertos de las distintas temáticas históricas; es como si creyeran que les van a arrebatar algo que tienen como propio. La realidad es bien distinta: se le da la posibilidad de contribuir, de dar a conocer su trabajo. Esa tarea es para los historiadores, y si ellos no la llevan a cabo, otros la harán. Seguirán apareciendo películas de cine histórico y documentales sobre diversas épocas, civilizaciones, y acontecimientos. Los profesionales de la Historia pueden criticar ese tren -dejar que pase, sin más- o ponerse al frente de ese proceso. En definitiva, nos encontramos de nuevo ante el desafío que describíamos más arriba.

La negación del cine como documento histórico

“El filósofo Ian Jarvie, autor de dos ensayos sobre cine y sociedad, defiende una postura totalmente opuesta. Las imágenes sólo pueden transmitir “tan poca información” y padecen tal “debilidad discursiva” que es imposible plasmar ningún tema histórico en la pantalla. La historia, explica, no consiste en “una narración descriptiva de aquello que sucedió” sino en “las controversias entre historiadores sobre lo que pasó, por qué sucedió y su significado”. Aunque es cierto que “un historiador podría explicar su punto de vista por medio de una película o de una novela, ¿cómo podría defenderlo, introducir notas al pie y refutar a sus críticos?” [4]

Los académicos que niegan al cine el estatus de documento histórico le acusan, por motivos evidentes, de tender a comprimir la información del pasado. Argumentan que la historia presentada en la pantalla es lineal y cerrada como consecuencia de los objetivos del director y de la propia incapacidad de los films para expresar la compleja realidad. Cabe preguntarse si realmente existen trabajos históricos que logren atrapar en sí mismos toda la complejidad de un periodo pasado.

Sin poner en duda la existencia de una realidad, de una verdad histórica, me parece demasiado pretencioso creer que podemos llegar a conocerla al cien por cien. Si el cine, con todas sus carencias, presenta al espectador algo de esa realidad, bienvenido sea. Tampoco los libros de Historia escritos por el máximo experto en una determinada cuestión lograrán aportarnos una visión total de los acontecimientos.

No obstante, hay algo de cierto en la cita sobre Ian Jarvie que reproducimos al inicio del epígrafe. El documental se presenta al espectador como algo cerrado. Esto afecta notablemente a su capacidad de generar debate. Surge como creación inamovible, que no requiere del visto bueno de la comunidad científica. Las imágenes se visten de tal forma que resulta muy difícil negar la verdad de lo que se nos presenta; parece tan real que no genera ningún tipo de duda o inquietud.

Además, mientras todo libro o artículo histórico muestra en algún apartado del mismo las fuentes utilizadas para su realización, el documental no suele informarnos acerca del origen de su información. Es, en cierto modo, como algo venido de los alto que hemos de aceptar por su belleza, amenidad y perfección técnica.

De todo lo dicho con anterioridad se puede extraer una conclusión: el cine es un medio eficaz para dar a conocer la Historia, pero no puede compararse con el libro.

Ambos son muy diferentes. El primero divulga mejor, pero genera menos debate que el segundo. El texto da la impresión de ser más académico, mientras que la imagen es más agradable al aficionado a la Historia. Eso en lo relativo al cine como lenguaje histórico, porque en lo que a fuentes se refiere no tiene porque ser de menor valor que los documentos escritos. En ese último caso dependerá de la calidad e importancia de la fuente ante la que nos encontremos.

Bibliografía:

[1] Análisis histórico de los films de ficción; José María Caparrós Lera y Sergio Alegre- Barcelona – 1999.

[2] Fotogramas de papel y libros de celuloide: el cine y los historiadores. Algunas consideraciones; Julio Montero.

[3] El pasado como espectáculo: reflexiones sobre las relación entre la Historia y el cine; José-Vidal Pélaz López – Valladolid – Universidad de Valladolid – 2008.

[4] El pasado en imágenes. El desafío del cine a nuestra idea de la historia; Robert A. Rosenstone – Barcelona – Ariel – 1997.

Una crónica de las elecciones serbias

Artículo publicado por Historia en Presente el 19 de mayo de 2008.


Con el fin de complementar la información aportada en “Serbia después de Milosevic (2000-2008)” -artículo recientemente publicado en este blog-, me dispongo a escribir sobre los últimos sucesos políticos: las elecciones del pasado 11 de mayo. Sin embargo, vistos los resultados, querría también centrarme en la figura de uno de los grandes derrotados, el líder del PDS Vojislav Kostunica.

Serbia ante la segunda transición

El análisis de los resultados electorales serbios a lo largo de la última década nos permite hablar, en cierto modo, de dos transiciones. El primer cambio político se produjo en Serbia el 6 de octubre de 2000, día en que una revolución popular ponía fin al régimen de Solobodan Milosevic. El segundo ha tenido lugar el pasado 11 de mayo, fecha de las elecciones legislativas. Por primera vez los demócratas del PD (Partido Demócrata) han logrado imponerse a los nacionalistas del PRS (Partido Radical Serbio).

El triunfo del actual presidente, Boris Tadic, permite al país mirar hacia delante; y, más en concreto, a Europa. La victoria de su adversario, Tomislav Nikolic, hubiera supuesto lo contrario: rechazar la mano tendida por la Unión Europea en el reciente Acuerdo de Asociación y Estabilización (AAE), y volver, una vez más, a la deriva nacionalista que tanto mal ha traído a Serbia y a sus vecinos.

Los demócratas -Partido Demócrata (PD), Grupo 17 (G17), Partido Democrático de Sandzak (PDS), Liga Socialdemócrata de Voivodina (LSV), Movimiento Serbio de Renovación (MSR)- han alcanzado en los comicios la cifra de 102 escaños sobre un parlamento de 250 diputados [6]. Por su parte, los radicales se sitúan como segunda fuerza política con 77 representantes. En definitiva, una vez más, los de Tadic están obligados a pactar si quieren afianzarse en el gobierno. La alianza con el Partido Demócrata Serbio (PDS) del antiguo primer ministro Vojislav Kostunica parece poco probable. Este, a pesar de sus decepcionantes resultados, mantiene 30 de los 47 escaños obtenidos en las elecciones de 2007.

Sin embargo, hemos de recordar que la principal razón de que los serbios hayan vuelto a acudir a las urnas un año después es, precisamente, la falta de entendimiento entre Tadic y Kostunica.

Así las cosas, lo más probable es que el PD escoja a grupos más moderados y europeístas como compañeros de viaje. Destaca entre estos el Partido Socialista Serbio (SPS), fundado en su día por Slobodan Milosevic. Estos han sabido modernizarse y librarse del fantasma de su antiguo líder, proceso avalado por su reciente incorporación al grupo de partidos socialdemócratas europeos.

Los serbios han elegido el camino de la reforma en lugar de la vuelta al pasado. Los intentos frustrados que personificaron figuras como Vojislav Kostunica o Zoran Djindjic –primer ministro del PD asesinado en 2003- dejan paso a la decidida actuación de los hombres de Tadic. La consigna es solucionar los problemas del presente mirando al futuro, no al pasado. Dejar de lado “los demonios del nacionalismo exclusivista y agresivo, vendedor de frustraciones, atizador de injustificados e injustificables complejos de superioridad emparejados con victimismos que pretenden legitimar toda clase de reivindicaciones así como los métodos para satisfacerlas” [8].

El objetivo principal es caminar hacia la Unión Europea con la ayuda de Europa, sin “vender”, de antemano (aunque puede que ya esté perdida), la soberanía sobre Kosovo.

Serbia deja atrás ocho años –la primera transición- algo frustrantes; un periodo de tiempo en el que no supieron o no quisieron cambiar. Algunos analistas políticos afirman que esa etapa era necesaria, que los serbios no estaban preparados para el cambio en el año 2000. Eso puede ser verdad, pero no es menos cierto que Europa –pendiente actualmente de solucionar el entuerto kosovar- no le tendió la mano entonces con tanta firmeza como lo hace ahora. Se abre una etapa esperanzadora para el país, y los recientes resultados electorales son una buena prueba de que ese gran pueblo está dispuestos a afrontarla con decisión.

El viaje de Kostunica al cementerio de las estatuas

La revolución del años 2000 contra el régimen de Slobodan Milosevic se inventó una figura emblemática: Vojislav Kostunica. Este personaje surgía como un monumento al movimiento opositor; el color dorado del mismo lo ponía el beneplácito occidental. Durante los primeros meses fue el hombre del momento; más tarde se convirtió en la bisagra para gobernar; hoy, al igual que tantos otros, descansa en el cementerio de las estatuas.

La Historia está llena de ídolos derrumbados, Kostunica ha sido el último. Tan sólo nos queda dilucidar si la culpa fue suya o de quienes propiciaron su aparición.

Militó en las filas del Partido Demócrata (PD) hasta el 1992, año en que abandonó ese grupo para fundar el PDS. Desde ese momento llevó a cabo una encarnizada, aunque poco eficaz, oposición al régimen de Milosevic. Sin embargo, al igual que la mayor parte de los serbios, se dejó arrastras por las ideas nacionalistas de Slobo. Cuando llegó al poder –“héroe por accidente”- pudo ofrecerle a su pueblo la libertad, pero no consiguió librarlos del veneno que el mismo llevaba dentro.

Serbia no sólo necesitaba –y necesita- un sistema democrático firme y una economía moderna; el rechazo del nacionalismo radical que había marcado la década anterior era condición sine qua non para el desarrollo del país. Eso Kostunica no lo podía lograr; había llegado al límite de su reformismo. Si me permiten la comparación, les diría que jugó un papel similar al de Carlos Arias Navarro al finalizar el franquismo; llevó a cabo la reforma más radical que podía pergeñar, pero esta era insuficiente.

Kostunica fue estatua de bronce durante el tiempo que supo mantener el consenso entre los grupos políticos serbios. Encandiló a los demócratas con sus indudables convicciones democráticas; y tranquilizó a los nacionalistas con su patriotismo y promesas de no entregar a ninguno de los criminales de guerra serbios. Los problemas surgieron cuando ambos bandos salieron del letargo posrevolucionario.

Los demócratas querían ir más rápido con las reformas, y los nacionalistas deseaban volver a un supuesto glorioso pasado. El bronce de la estatua empezó a perder su brillo, y las sucesivas elecciones ponían al descubierto la realidad: el partido de Kostunica era la tercera fuerza política. Había empezado el periodo de la bisagra. El PDS tenía menos votos que demócratas y radicales, pero hacerle la corte era necesario para gobernar. En esta tarea ganaron sus antiguos compañeros del PD.

La cuestión de Kosovo acabó por consumar la ruptura en la alianza entre Vojislav Kostunica y Boris Tadic. El primero se negó a formar parte de un gobierno que mantenía relaciones cordiales con países europeos que reconocían la independencia de esa región. La deriva nacionalista del líder del PDS puso fin a un ejecutivo que apenas llevaba un año al frente de los destinos serbios. Los resultados del 11 de mayo, así como el final de su estatus de bisagra, han condenado a Kostunica a permanecer en el cementerio de las estatuas.

Es poco probable que volvamos a verlo en primera línea, aunque nunca se sabe, también Napoleón tuvo su Imperio de los Cien Días.

Bibliografía

[1] La Europa balcánica. Yugoslavia, desde la Segunda Guerra Mundial hasta nuestros días; Ricardo M. Martín de la Guardia y Guillermo A. Pérez Sánchez – Madrid – Síntesis – 1997.

[2] La trampa balcánica; Francisco Veiga – Barcelona – Grijalbo – 2002.

[3] La situación política de Serbia después de las elecciones generales; Mira Milosevich – GEES – 1 de febrero de 2007.

[4] Serbia: Elecciones para la continuidad; Mira Milosevich – GEES – 23 de enero de 2007.

[5] Gobierno de Serbia: entre aceite y agua; Mira Milosevich – GEES – 22 de mayo de 2007.

[6] Las elecciones legislativas en Serbia; Mira Milosevich – GEES – 13 de mayo de 2008.

[7] Los conflictos de los Balcanes a finales del siglo XX; Enrique Fojón -GEES – 18 de septiembre de 2002.

[8] Adiós, Milosevich, no vuelvas; Manuel Coma – GEES – 15 de marzo de 2006.

De Kosovo a Kosova: una visión demográfica

Artículo publicado por Historia en Presente el 14 de mayo de 2008


Tras haber analizado la realidad kosovar desde una perspectiva económica, histórica y políticoinstitucional, nos disponemos a dar una visión de la cuestión desde el punto de vista de la población. A lo largo de este artículo nos detendremos en aspectos como el crecimiento demográfico, la composición étnica de los habitantes de la región, su credo, o la posibilidad de denominar a los kosovares pueblo con derecho a constituir una nación. Con el estudio de la población finalizo esta serie de artículos relativos a la independencia de Kosovo. Espero haber aportado una síntesis clara y completa sobre la cuestión, aunque no descarto completar todo esto con futuros textos.

De Kosovo-Polje a la Yugoslavia de Joseph Broz

A lo largo de la última década, Belgrado ha repetido hasta la saciedad que su Historia comienza en Kosovo. La derrota ante los ejércitos otomanos en la batalla de Kosovo-Polje (28 de junio de 1389) marcó el final del reino medieval serbio; espejo en el que se miró la nación contemporánea al lograr su independencia casi cinco siglos después. Sin embargo, fuera del ámbito mitológico o simbólico, es interesante comprobar hasta qué punto Serbia puede reclamar la región kosovar como un territorio tradicionalmente suyo. Lógicamente, este estudio no se puede basar en argumentos políticos o estatales, puesto que hasta 1912 Kosovo estuvo bajo la administración del Imperio Otomano. El ámbito demográfico parece el mejor indicador.

La composición étnica de la población kosovar a lo largo de la Historia puede darnos una respuesta medianamente satisfactoria a la pregunta de si esta región ha de considerarse territorio de serbios.

Un siglo después de la conquista otomana, la realidad de la región había variado poco en lo relativo al origen étnico de la población. Según fuentes turcas, la inmensa mayoría –más de un 90% de entre los, aproximadamente, 75.000 habitantes de Kosovo- eran serbios [10]. Las minorías más representativas en esa época eran de origen albanés, judío, croata, búlgaro y griego. Por tanto, no sólo es cierto que la región fuese territorio de serbios en época medieval, sino que también lo era a las puertas de la Modernidad.

Sin embargo, en el siglo XIX la realidad cambió notablemente. En 1871, un estudio encargado por el Imperio Austro-húngaro a Peter Kukulj muestra como, sobre una población de medio millón de personas, la composición étnica se distribuía de la siguiente manera: 64% serbios, 32% albaneses, y 4% otros grupos (croatas, turcos, gitanos, griegos y judíos). Este proceso de transformación racial se fue intensificando hasta principios del XX. En pleno cambio de siglo -1899-, las estadísticas austro-húngaras arrojaban estos datos: 47,88% albaneses, 43,7% serbios, 8,42% otros grupos [10].

Una reflexión breve sobre los datos expuestos anteriormente nos lleva a concluir que la segunda mitad del XIX se caracterizó por un proceso de colonización de Kosovo por parte de Albania. Hasta el año 1800 este fue un territorio de serbios; un siglo después lo era de albaneses.

Las razones de este cambio son diversas. En primer lugar, habría que mencionar la política otomana favorable a esa corriente migratoria, que tenía como fin de asentar la superioridad demográfica de los musulmanes en los díscolos territorios balcánicos. En segundo término, señalar también la diferencia, en cuanto a natalidad, entre la población albanesa y la serbia; a lo largo del XIX fue mucho más alta la del primer grupo que la del segundo. Por último, hemos de referirnos a los aspectos económicos. Una pobre y superpoblada Albania, en aquellos años integrada dentro del territorio otomano, veía como a pocos kilómetros de su frontera las condiciones de vida eran mucho mejores. Esto se veía alentado por la presencia, desde siglos atrás, de una importante comunidad albanesa en Kosovo, la cual no dudó en recibir con los brazos abiertos a sus hermanos.

La primera mitad del XX no hizo más que confirmar la tendencia del siglo anterior (en 1921 el 65,8% de la población era albanesa, mientras que el 26% de origen serbio). Sin embargo, en este periodo apareció un fenómeno nuevo, un elemento recurrente a lo largo de los cien años siguientes: el odio entre las distintas etnias. En las décadas anteriores, las relaciones entre los pueblos balcánicos no habían sido del todo buenas, pero nunca se había llegado al nivel de las luchas de exterminio que se vivieron tanto en la Primera Guerra Mundial como durante la Segunda.

Mientras las grandes potencias se desangraban en enfrentamientos globales, los Balcanes vivieron una serie de conflictos “civiles” [4]. Estos afectaron también a Kosovo, donde tanto albaneses como serbios practicaron la política de limpieza étnica. Había nacido el problema que todavía hoy tratamos de resolver: una pequeña región formada por dos pueblos que se odian a muerte, que tienen miedo el uno del otro.

De la Federación Yugoslava a la “Gran Serbia” de Milosevic

La Yugoslavia titoista, constituida al término de la Segunda Guerra Mundial, logró detener los enfrentamiento étnicos en todo el territorio federal, Kosovo incluido. No obstante, los albaneses nunca se mostraron muy entusiasmados con el nuevo estado comunista. Tal como muestran las estadísticas del año 1957, estos sólo constituían el 2,4% del total de los afiliados a la Liga de los Comunistas de Yugoslavia (LCY); dato que hemos de contrastar con su porcentaje sobre la población total de la Federación: un 4,5% [4]. Quedaba, por tanto, muy lejos de la masiva presencia, en las filas de partido único, de serbios (54,5%), croatas (19%), eslovenos (7,7%) o macedonios (6,4%).

Pero, lo más importante de todo es que la inmensa mayoría de esos albaneses vivían en Kosovo, donde constituían más del 70% de la población.

Tras el análisis de estos datos, es más fácil entender porque, desde finales de los sesenta hasta la disolución de la Federación, la región ha sido uno de los más conflictivas de toda Yugoslavia. A esto hemos de añadir la desconfianza de las autoridades federales con respecto a la población albano-kosovar debido a las pretensiones expansionistas de Albania –respaldadas por Moscú-, la negativa a concederle a la provincia el estatus de república dentro de la Federación [5], y la crisis económica que ya tratamos en el artículo anterior.

Al comienzo de los años ochenta, Kosovo superó el millón y medio de habitantes. Durante las décadas anteriores, no sólo fue el territorio yugoslavo con mayor índice de natalidad, sino que se había convertido en la provincia europea que más crecía demográficamente. Rondaba el 24% en lo relativo a este último aspecto, mientras que la media federal se situaba, entre 1948 y 1981, en el 10,7%. Sin embargo, seguía siendo la región menos entusiasta en cuanto a afiliación al partido.

En 1985, sobre el total de su población, sólo el 5,6% pertenecían al LCY, cifra que superaban los restantes territorios yugoslavos: Eslovenia 6,5%, Macedonia 7,2%, Croacia 7,4%, Bosnia-Herzegovina 8,9%, Serbia 9,5%, Voivodina 10,7% y Montenegro 12,4% [4]. Además, el predominio albanés sobre el resto de las etnias seguía incrementándose: albaneses 77,42%, serbios 13,2%, Montenegrinos 1,7%, otros grupos 8,68% [7].

De las limpiezas étnicas al Plan Ahtisaari

El final de los noventa estuvo marcado por los duros enfrentamientos entre los albanokosovares y el ejército de Serbia. La marginación a la que se veía sometida la población serbia de Kosovo por parte de las autoridades de la región autónoma, así como la actividad terrorista de los independentistas albaneses, convencieron al presidente Milosevic de que debía actuar con contundencia. Se desató entonces una limpieza étnica que obligó a cientos de miles de albanokosovares a abandonar sus hogares. La respuesta internacional, que conocemos todos –vía OTAN-, no se hizo esperar.

Las consecuencias demográficas de estos desastres que marcaron el fin de siglo fueron abundantes, pero no variaron demasiado el mapa étnico de la región.

Tras la emigración masiva de los serbios, fruto de su inestable situación en Kosovo, y el exterminio de miles de albaneses, la distribución entre ambos grupos se mantuvo similar a la de las décadas anteriores. El gran cambio llegó en los primeros años del siglo XXI. Los serbios, convencidos de que el futuro de la región no les pertenecía, comenzaron a abandonarla de forma masiva. De esta forma, de los casi dos millones de personas que viven en Kosovo algo más del 90% son albaneses, mientras que sólo un 6% es serbio.

Hemos llegado en nuestro repaso de la población kosovar al momento actual. No obstante, este quedaría incompleto si no hiciéramos referencia a los aspectos religiosos. La evolución demográfica que hemos ido describiendo en los epígrafes anteriores poco se diferencia de la distribución de credos en el territorio de Kosovo. Por lo general, en los Balcanes etnia y religión se identifican. En consecuencia, las cifras aportadas más arriba nos informarán de la situación religiosa de cada momento, en tanto que los albaneses son mayoritariamente musulmanes sunníes -con minorías poco importantes de sufíes, católicos y ortodoxos- y los serbios cristianos ortodoxos.

¿Existe un pueblo kosovar?

Hannah Arendt, al analizar la cuestión del antisemitismo en Los orígenes del totalitarismo, afirma que la idea de estado-nación surgida en el siglo XIX fue enterrada por el nacionalsocialismo alemán.

Con el advenimiento y caída del III Reich los postulados que defendía el derecho de cada pueblo a formar su propio estado entraron en crisis. Es verdad que los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial estuvieron marcados por la aparición de nuevas naciones –entre ellas el Estado de Israel, del que celebramos su sesenta aniversario-, pero esto puede ser considerado más una consecuencia de la debilidad de las antiguas potencias coloniales que del auge de los postulados nacionalistas. Estos no han desaparecido de la órbita de las relaciones internacionales, pero es cierto que se han suavizado notablemente. La comunidad internacional no está tan dispuesta como antaño a admitir que todo pueblo o nación tiene derecho a constituir su propio estado.

La crisis del estado-nación, en tanto que algunos argumentos en favor de la independencia de Kosovo se basan en aspectos étnicos, afecta de manera tangencial a la cuestión. La Europa del siglo XXI, por mucho que en los antiguos países del Este se haya vivido recientemente un auge de las ideas nacionalistas, no puede guiarse por la voluntad de las etnias. No obstante, poco importa eso en lo relativo a la problemática que tratamos porque, aunque algunos políticos y periodistas lo sostengan con todas sus fuerzas, no existe un pueblo o una etnia kosovar. Por consiguiente, no se puede formar una nación tal como tradicionalmente la entendemos, basada en un pueblo, si este no existe.

En Kosovo hay serbios, albaneses, turcos, bosnios e italianos, pero no hay kosovares étnicamente hablando. La independencia de esta antigua provincia yugoslava se basa en la necesidad de resolver un conflicto, no en cuestiones raciales. Porque si usásemos la etnia como criterio de actuación, entonces deberíamos integrar Kosovo en Albania, con la excepción de Leposavic, Zubin Potok y Strpce que, por su mayoría serbia, deberían rendir pleitesía a Belgrado. No nos engañemos, esto es, en palabras de Mila Milosevich, “un caso de autodeterminación humanitaria”.

Bibliografía

[1] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[2] Postguerra. Una historia de Europa desde 1945; Tony Judt – Madrid – Taurus -2006.

[3] Los orígenes del totalitarismo; Hannah Arendt – Madrid – Alianza -2006.

[4] La Europa balcánica. Yugoslavia, desde la Segunda Guerra Mundial hasta nuestros días; Ricardo M. Martín de la Guardia y Guillermo A. Pérez Sánchez – Madrid – Síntesis – 1997.

[5] La trampa balcánica; Francisco Veiga – Barcelona – Grijalbo – 2002.

[6] Los conflictos yugoslavos. Una introducción; Carlos Taibo y José Carlos Lechado – Madrid – Fundamentos – 1993.

[7] Guerra en Kosovo; Carlos Taibo – Madrid – Catarata – 2002.

[8] Kosovo. Una independencia sin dinero; Ramón Lobo – El País – 31 de mayo de 2007.

[9] Kosovo independiente; Florentino Portelo – ABC -12 de junio de 2007.

[10] Dos varas de medir en el orden internacional; Pablo Pinés – El escaño 351 (Club Lorem Ipsum) – 30 de marzo de 2008.

[11] La dimensión internacional de la independencia de Kosovo: un caso de autodeterminación humanitaria; Mila Milosevich – GEES – 13 de julio de 2007.

Serbia después de Milósevic (2000-2008)

Artículo publicado por Historia en Presente el 10 de mayo de 2008.


Hago un ligero parón en la serie de artículos que estoy escribiendo sobre la cuestión del Kosovo para centrarme en Serbia, estado del que se ha independizado recientemente. El motivo: las elecciones legislativas celebradas en el país balcánico el domingo 11 de mayo. Mi objetivo al escribir esto es aportar a los lectores una visión resumida de la situación política serbia desde la caída del régimen de Milosevic en octubre del 2000 hasta la víspera de los citados comicios. No descarto publicar más tarde un análisis de los resultados y de sus consecuencias de cara a la posible integración de Serbia en la Unión Europea. No obstante, en el próximo artículo volveré sobre la cuestión kosovar.

De la esperanza sin Slobo, a la decepción tras Slobo

El seis de octubre de 2000 una revolución democrática acababa con el régimen nacionalista de Slobodan Milosevic. Los serbios se levantaron contra el hombre que había conducido al país a cuatro guerras balcánicas (1991-1995) y a un enfrentamiento con la OTAN a causa de los sucesos de Kosovo (1997-1999). Se abría en Serbia un periodo de esperanza, de vuelta al seno de la comunidad internacional. La desaparición del gobernante parecía redimir, cual victima propiciatoria, a todos los miembros de la nación [6].

Una vez más los serbios cayeron en la trampa del mesianismo, de las soluciones fáciles. Primero habían seguido a Slobo en su búsqueda del paraíso nacionalista durante una década de guerras. Cuando este se demostró falso buscaron el Edén perdido entregando al supuesto culpable de esos conflictos. No obstante, las miles de personas que celebraban, aquella tarde de octubre, la apoteosis purificadora en las calles de Belgrado ignoraban la dura realidad que le esperaba al país.

Occidente no pareció conmoverse con las muestras de buena voluntad serbia. El retorno al orden internacional no fue inmediato, y la ayuda económica tardó en llegar. Belgrado, condenado al ostracismo, se acostumbró a ver como la Unión Europea hacía guiños, en incluso admitía en su seno, a los antiguos enemigos (Eslovenia, Croacia y Macedonia).

Aunque la caída de Slobodan Milosevic había limpiado algo la imagen de Serbia en el mundo, a ojos de la mayoría seguía llevando el cartelón de culpable, de criminal de guerra. Todos fueron nacionalistas en los conflictos de desintegración yugoslava, todos llevaron a cabo limpiezas étnicas, todos mataron y torturaron, pero sólo los serbios perdieron [3]. Belgrado no tenía aspiraciones y métodos muy distintos a los de Zagreb, Sarajevo o Pristina, el problema fue que no supo vender su causa a los occidentales; le falló la propaganda que tan bien utilizaron sus enemigos [4].

No obstante, sería un error echar sobre los hombros de la desidia europea todo el fracaso de la reinserción serbia. La oportunidad no sólo la perdió Bruselas. Belgrado se empeñó en jugar un doble juego que gustó muy poco en el seno de la Unión: rompió con el pasado, pero no del todo; derrocó al antiguo gobernante, pero no lo entregó a la justicia internacional hasta varios meses después; decía buscar a los genocidas de Srebrenica -Radovan Karadzic y Ratko Mladic- pero nunca había resultados; se sometió a la resolución sobre Kosovo, aunque poniendo unas condiciones inaceptables para los albanokosovares de Ibrahim Rugova. Serbia perdió el tren de la “vuelta a Europa” [1]. No estaba totalmente decidida a tomarlo, y nadie estaba dispuesto a ayudarle a subir.

Ocho años de errática política interna

La situación política del país después de octubre de 2000 parece carecer de dinamismo. Los serbios están paralizados ante un futuro incierto y un pasado que, tal vez erróneamente, perciben como glorioso. Seis años tardaron en modificar la Constitución impuesta por Milosevic, muestra clara de que las reformas democráticas exigidas por Europa han sido lentas e insuficientes [6]. Además, mientras el país se estanca económicamente, la corrupción crece a pasos agigantados. Siendo esta la situación es lógico que durante todos estos años Vojislav Kostunica, bandera de la revolución contra Slobo, haya acabado centrando su discurso el ataque a la incomprensión internacional.

Serbia también parece estar estancada en lo relativo al comportamiento del electorado. Poco han variado los resultados de los pasados comicios de 2007 con respecto a los de 2003; y tampoco se prevén grandes cambio de cara al 11 de mayo. El gobierno del país dependerá una vez más de los pactos. La diferencia con respecto a otras ocasiones es que las rencillas personales y las discrepancias en torno a Kosovo pueden romper las tradicionales alianzas y abrir nuevos caminos en la formación del ejecutivo.

Tanto en 2003 como en 2007 el Partido Radical Serbio (PRS), liderado por el nacionalista Tomislav Nikolic, alcanzó la victoria electoral. Sin embargo, la alianza de otros grupos, especialmente el Partido Demócrata (PD) de Borislav Tadic y el Partido Demócrata Serbio (PDS) de Vojislav Kostunica, impidieron que formara gobierno. En esta ocasión, no está claro que se vaya a producir la alianza entre demócratas contra los herederos de Milosevic –los nacionalistas del PRS-, así que la emoción, más que en las urnas, estará en la “diplomacia” posterior.

En los días anteriores a las elecciones los sondeos arrojaban un resultado de empate entre Nikolic y el actual presidente Tadic. Ante esta situación parece que Kostunica volverá a ser el árbitro en la disputa por el poder.

Sin embargo, no hay que descartar que algún otro grupo político, del perfil del Partido Liberal Demócrata (PLD) o el Partido Socialista Serbio (PSS), de la campanada. Además, los últimos acontecimientos relacionados con la independencia de Kosovo -mediados de febrero- y el Acuerdo de Asociación y Estabilización (AAE) firmado con la Unión Europea -finales de abril-, pueden tener también importantes repercusiones en las preferencias de los votantes.

Entre Kosovo y la Unión Europea

La demagogia nacionalista ha vuelto al panorama político serbio con motivo de la declaración de independencia por parte de Kosovo. No se sabe hasta que punto es bueno para Serbia seguir mirando al pasado, conservar una región deprimida donde dominan las mafias del narcotráfico; todos parecen tener claro que lo mejor para el desarrollo del país es abandonar el lastre kosovar.

Sin embargo, los nacionalismos suelen dejar de lado la razón para lanzarse de lleno a los brazos del sentimiento; y este, en lo referente a los serbios, es muy fuerte cuando se trata de Kosovo, la tierra que vio nacer a la patria.

Por esa razón, los políticos del país, aunque saben que la secesión es inevitable e incluso beneficiosa, intuyen que con un “no a la independencia” pueden ganar votos. Esta ha sido a lo largo la campaña la postura de Nikolic y Kostunica; Tadic, garante del europeísmo, no ha querido pronunciarse. Todos saben que si gana venderá Kosovo a cambio del plato de lentejas de la Unión Europea. No obstante ¿acaso sus rivales tienen algo mejor que ofrecer?

El Partido Democrático (PD) del actual presidente no habla de aceptar la situación kosovar, por miedo a perder votos, pero es un hecho que cederá ante las exigencias internacionales. Sin duda alguna se repetirá una escena similar a la de la entrega de Slobodan Milosevic al Tribunal de La Haya. También en esa ocasión fue Tadic, en contra de la voluntad de Kostunica, el que cedió ante la comunidad internacional.

Desde mi punto de vista, es la decisión más inteligente. A día de hoy, Serbia puede aceptar las cosas por las buenas o por las malas; recibir una recompensa que le permita desarrollarse e integrarse de lleno en Europa, o encerrarse en sí misma, en la intoxicación nacionalista inventada por Slobo [9]; puede subirse de nuevo al tren, o quedarse al margen.

Europa parece haber apostado de nuevo por Serbia. El ostracismo al que nos referíamos anteriormente ha desaparecido, si bien por motivos interesados: la solución del conflicto kosovar. Las autoridades europeas se ha implicado hasta tal punto que, aunque no sea oficial, pone la victoria de Tadic como condición sine qua non para la futura integración de Serbia en la Unión.

La firma, en plena campaña electoral, del Acuerdo de Asociación y Estabilización (AAE) entre el ministro de asuntos exteriores serbio, Vuc Jeremic, y los representantes de la UE, es la mejor muestra de ello. En las próximas semanas veremos los derroteros que va tomando la cuestión balcánica. Serbia puede dirigirse rumbo a Europa o convertir a “Milosevic en un nuevo Cid; un hombre que gana batallas después de muerto. Su mito puede seguir manteniendo a sus paisanos lejos del premio europeo” [9].

Bibliografía

[1] Postguerra. Una historia de Europa desde 1945; Tony Judt – Madrid – Taurus -2006.

[2] La Europa balcánica. Yugoslavia, desde la Segunda Guerra Mundial hasta nuestros días; Ricardo M. Martín de la Guardia y Guillermo A. Pérez Sánchez – Madrid – Síntesis – 1997.

[3] La trampa balcánica; Francisco Veiga – Barcelona – Grijalbo – 2002.

[4] La situación política de Serbia después de las elecciones generales; Mira Milosevich – GEES – 1 de febrero de 2007.

[5] Serbia: Elecciones para la continuidad; Mira Milosevich – GEES – 23 de enero de 2007.

[6] ¿Un nuevo Trianon?; Mira Milosevich – GEES – 16 de octubre de 2006.

[7] Gobierno de Serbia: entre aceite y agua; Mira Milosevich – GEES – 22 de mayo de 2007.

[8] Los conflictos de los Balcanes a finales del siglo XX; Enrique Fojón -GEES – 18 de septiembre de 2002.

[9] Adiós, Milosevich, no vuelvas; Manuel Coma – GEES – 15 de marzo de 2006.

De Kosovo a Kosova: una visión económica

Artículo publicado por Historia en Presente el 5 de mayo de 2008.


Mi último artículo sobre Kosovo se centraba exclusivamente en la Historia Política de esta región balcánica. La cronología de este repaso abarcaba desde la conquista serbia en el año 1912, hasta la declaración unilateral de independencia por parte de las autoridades kosovares el pasado febrero. Si bien es cierto que hacía un guiño a la época medieval al incluir una referencia a la batalla del Kosovo-Polje (28 de junio de 1389). En el presente escrito abordo la cuestión desde una perspectiva distinta: la económica y demográfica. Espero que con lo que aporta este artículo –a falta de la publicación de los que estoy escribiendo actualmente- podamos juzgar mejor lo que está sucediendo actualmente en Serbia y Kosovo, así como extraer nuestras propias conclusiones y posibles soluciones al conflicto.

Construir un Estado sobre la ruina económica

Los procesos de independencia, esos esfuerzos de un supuesto pueblo por alcanzar su libre determinación, tienen algo de atracción romántica. El efecto se multiplica cuando el que practica la lucha por rechazar al invasor extranjero se presenta ante el mundo como un nuevo David que trata de derrotar al gigante Goliat. En Kosovo se dan ambas características, a las que se une la reciente limpieza étnica –no han pasado ni diez años- que en su día inició el expresidente serbio Slobodan Milosevic.

Sin embargo, pocos de los simpatizantes de esta causa se han parado a pensar si es viable económicamente la construcción del nuevo estado en el avispero balcánico.

Kosovo es un territorio que vive a base de subvenciones internacionales, las cuales suponen casi la mitad de su presupuesto. Resulta curioso que medio mundo esté empeñado en buscar una solución nacional a la región cuando lo realmente necesario es un plan de desarrollo económico. No pretendo con esto restar importancia a los aspectos políticos, pero muchas veces se da a estos un valor excesivo.

En Pristina, Belgrado, Bruselas, Moscú o Washington se debate sobre la posibilidad de que Kosovo sea un estado independiente. Pero en esas reuniones se pasa por alto cuestiones como su alto índice de paro –entre un 35% y un 50% de la población activa- o la extrema pobreza de esa sexta parte de la población total -300.000 personas- que vive con apenas un euro diario [6].

Una herencia que viene de lejos

Los defensores acérrimos del nuevo estado kosovar podrían argumentar que la ruina actual es consecuencia de las guerras que han afectado a los Balcanes, y especialmente a Kosovo, desde principios de los años noventa. Sin embargo, los datos económicos del último medio siglo desmienten esas afirmaciones. Mientras el conjunto de la Federación Yugoslava creció un 5% de media anual en producto social per cápita entre 1947 y 1978, los kosovares tan sólo alcanzaron un 3,2% [3].

Kosovo fue la región que menos creció en ese periodo, muy alejada de la república más próspera, Eslovenia, que lo hacía al 5,8%, pero también de otras no tan boyantes como Bosnia (4,1%) y Macedonia (4,9%). Es más, si en lugar de compararlo con repúblicas lo hacemos con otras provincias autónomas, el resultado es todavía más alarmante: Montenegro (4,1%) y Voivodina (5,5%). Visto esto se entiende perfectamente porque, en Fondo para el Desarrollo Acelerado de las Repúblicas atrasadas, aprobado en febrero de 1966 por la Asamblea Federal, se hacía una mención especial a esta provincia.

Kosovo no es, al fin y al cabo, una región arruinada a causa del yugo serbio; es una región arruinada sin más.

Lleva décadas hundiéndose en la miseria, preocupada exclusivamente de sus problemas políticos. A mi entender, necesita más urgentemente que un Plan Ahtisaari, un programa de recuperación económica.

Cuando la ruina lleva al conflicto

Tal como indican Ricardo M. Martín de la Guardia y Guillermo A. Pérez Sánchez en su obra La Europa balcánica. Yugoslavia, desde la Segunda Guerra Mundial hasta nuestros días, en el año 1986 el desempleo alcanzaba a más de la mitad de la población activa de Kosovo. Ese 55,9% al que hacen referencia contrasta con la media existente dentro de la Federación Yugoslava, un 16,2%. Como es lógico, este y otros aspectos de la crisis, fueron generando un enorme malestar entre los afectados y sus familias.

La pobreza buscó poco a poco culpables, lo fuesen realmente o no. Pronto los encontraron en la situación política de la región. Los albano-kosovares nunca estuvieron a gusto dentro de Serbia antes de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), y tampoco habían aceptado de buen grado su inclusión en Yugoslavia como provincia autónoma. Tal como vimos en el anterior artículo, sus reclamaciones para formar una república independiente dentro de la Federación se sucedieron a lo largo de las últimas décadas de existencia de la misma.

El sentimiento de rechazo hacia Serbia, presente desde principios del siglo XX, se fue acentuando como consecuencia de la crisis. La incapacidad del gobierno federal para resolver los problemas económicos estructurales alimentó la cuestión nacionalista, no sólo en Kosovo, sino en toda Yugoslavia [5].

El nacionalismo y la pobreza fueron de la mano en todo el proceso de descomposición federal. No obstante, es lógico que el descontento fuera mayor en aquellos lugares donde la economía tomaba peor cariz. Los kosovares empezaron a asociar, ya en los años sesenta, la independencia con el final de la crisis. Fieles al ideario nacionalista –también practicado por personajes como Milosevic o Tudjman-, Ibrahim Rugova y otros líderes de etnia albanesa identificaron la autodeterminación con el paraíso terrenal; con el fin de todos los problemas y sufrimientos. Demagogia, en definitiva, que no se diferenciaba mucho de la practicada a principios de los noventa en Belgrado y Zagreb.

El mejor ejemplo de un nacionalismo moderado en los territorios balcánicos es el de Eslovenia; curiosamente la república con mejores índices económicos. A partir de datos extraídos por Ricardo M. Martín de la Guardia y Guillermo A. Pérez Sánchez de los trabajos de Sabrina P. Ramet podemos establecer una comparación con el Kosovo: “en 1972, Croacia y Eslovenia, con el 29% de la población total del Estado yugoslavo, publicaban el 44% de los periódicos de todo el país y desde su territorio emitían el 46% de las emisoras de radio. Kosovo, con el 7% de la población global, tenía el 2,7% de los cines, sólo disponía de un diario en lengua albanesa y dos emisoras de radio de las 174 existentes en el país”.

Tras esta cita es fácil entender porqué Eslovenia está en el euro y Croacia a las puertas de Europa, mientras Serbia y Kosovo continúan en las viejas disputas nacionalistas. En Belgrado y Pristina se sigue soñando con el paraíso nacional –cada uno a su manera: la Gran Serbia y el Kosovo independiente- que solucionará todas las carencias socioeconómicas. El problema es que esa falsedad parece haber contagiado también a las potencias occidentales.

Tanto ellas como los gobiernos balcánicos parecen no darse cuenta de que la solución al problema político tiene bastante que ver con el fin de la estrechez económica.

Bibliografía:

[1] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[2] Postguerra. Una historia de Europa desde 1945; Tony Judt – Madrid – Taurus -2006.

[3] La Europa balcánica. Yugoslavia, desde la Segunda Guerra Mundial hasta nuestros días; Ricardo M. Martín de la Guardia y Guillermo A. Pérez Sánchez – Madrid – Síntesis – 1997.

[4] La trampa balcánica; Francisco Veiga – Barcelona – Grijalbo – 2002.

[5] Los conflictos yugoslavos. Una introducción; Carlos Taibo y José Carlos Lechado – Madrid – Fundamentos – 1993.

[6] Kosovo. Una independencia sin dinero; Ramón Lobo – El País – 31 de mayo de 2007.

[7] Kosovo independiente; Florentino Portero – GEES -12 de junio de 2007.

De Kosovo a Kosova (1912-2008)

Artículo publicado por Historia en Presente el 24 de abril de 2008.


Presento a continuación un artículo que pretende analizar la reciente independencia de Kosovo con respecto a Serbia. El original es, a mi juicio, demasiado largo para publicarlo de una vez, por esa razón lo he dividido en varios fragmentos. Este primero se centra casi exclusivamente en los aspectos histórico-políticos de la región a lo largo del siglo XX; mi intención es que el siguiente se refiera a la evolución económica kosovar en ese mismo periodo de tiempo. El título elegido pretende reflejar el cambio introducido por la independencia de esta región balcánica: de Kosovo, propio del idioma serbio, a Kosova, como lo denominan los albaneses. La bibliografía que encontrarán al final del texto es igualmente válida para los próximos fragmentos del artículo.

Introducción: Kosovo en el puzzle yugoslavo

Si la antigua Yugoslavia fuera un complicado puzzle, Kosovo sería, recién inaugurado el siglo XXI, una pieza que no acaba de encajar. Casi tres lustros después de los Acuerdo de Dayton (21 de noviembre de 1995), la herida de los Balcanes continúa sangrando por esta región de mayoría albanesa.

A pesar de los esfuerzos -no siempre desinteresados- de gobiernos, organismos internaciones y personalidades de la vida pública, el mapa definitivo para la zona aún no acaba de perfilarse. La declaración unilateral de independencia –si bien con el respaldo de numerosas naciones occidentales- por parte de las autoridades albano-kosovares ha sido, en 2008, el último capítulo de este episodio en la Historia europea.

¿Qué es Kosovo?

Hoy día, como el resto de las antiguas Repúblicas de la Yugoslavia de Joseph Broz (Tito), no es más que el resultado de la desintegración de un Estado artificial. Es el final de un sueño forjado por los eslavos del sur que, arrastrado por el oleaje de los años ochenta y noventa –la desaparición del mundo bipolar-, terminó convirtiéndose en una pesadilla.

Al igual que los otros dos experimentos surgidos al finalizar la Primera Guerra Mundial -la URSS y Checoslovaquia- Yugoslavia desapareció al derrumbarse el Telón de Acero.

No pertenecía del todo al bloque soviético, pero la crisis del socialismo real también se llevó consigo a la federación balcánica. La transición del comunismo al capitalismo estuvo marcada en este estado multinacional, al contrario que el de los demás países de la Europa centro-oriental, por una sucesión de enfrentamientos bélicos. En ese contexto hemos de enmarcar Kosovo: en el fracaso del ideal yugoslavista.

No obstante, Kosovo es mucho más que otra consecuencia de la desmembración de Yugoslavia. Es una región que nunca estuvo a gusto con su estatus dentro de la federación; no es que pretendiera abandonarla, pero deseaba actuar en ella de manera autónoma, como una república más en lugar de como provincia de Serbia, a la que pertenecía desde la guerra entre la Liga Balcánica y el Imperio Otomano (1912). Las raíces históricas de su dependencia con respecto a los serbios se remontan a la batalla de Kosovo-Polje (28 de junio de 1389). La victoria de los turcos marcó el final del reino serbio, que desapareció del mapa europeo durante muchos siglos.

La Serbia contemporánea –desde los años de lucha con turcos y austro-húngaros, hasta la época de Slobodan Milosevic- ha entendido que la región de Kosovo, como último vestigio del antiguo reino medieval, es la cuna de la nueva nación balcánica. Por esa razón, la renuncia a ese territorio es considerada en Belgrado como algo parecido a una herejía. Sin embargo, Kosovo es una región de mayoría albanesa; ciudadanos que no tienen nada que ver –y no quieren tener nada que ver- con Serbia. La cuestión es, por tanto, compleja.

¿Qué ha sido Kosovo dentro de Yugoslavia?

Al término de la Primera Guerra Mundial surgió el Reino de los serbios, croatas y eslovenos. Se trataba de un estado multiétnico –serbios, croatas, eslovenos, montenegrinos, bosnios, albaneses, húngaros, búlgaros, italianos y griegos- cuya constitución (Vidovdan, 1921) fue denunciada por organizaciones contrarias a la política de Belgrado como “un medio ideado por los serbios para terminar con sus tradiciones seculares y lograr su completa asimilación (como sucedía con los albaneses de Kosovo y los macedonios, considerados serbios a todos los efectos). Por ello, pretendieron una revisión de la misma, al menos sobre postulados federalistas” [3].

En concreto, el Partido popular esloveno propuso, sin éxito, la formación de un Estado yugoslavo muy parecido al que años después presidió Tito: “Serbia con Kosovo y Macedonia, Croacia con Eslavonia y Dalmacia, Eslovenia, Montenegro, Bosnia-Herzegovina y Voivodina” [3]. Por tanto, en la época de entreguerras, nos encontramos con un Kosovo sometido al gobierno serbio, tanto en los planteamientos centralistas de la Constitución de Vidovdan y del gobierno del rey Alejandro I, como en los postulados revisionistas de croatas y eslovenos.

Pocos meses antes de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945) el Reino de los serbios, croatas y eslovenos comenzó a desmembrarse “fruto de las crisis internas y de la tensión internacional” [4].

Esa situación fue aprovechada por las potencias del Eje en 1941, año en que decidieron a ocupar el territorio yugoslavo y establecer ahí estados colaboracionistas. Italia, que previamente había satelizado Albania, se anexionó la región de Kosovo por considerarla, precisamente, territorio albanés. Esto ha sido olvidado de manera sistemática por historiadores y expertos en relaciones internacionales. Sin embargo, es de una importancia vital, no tanto por sus repercusiones –la situación se prolongó sólo unos meses – como por su valor simbólico: la única vez en todo el siglo XX en que Kosovo ha abandonado el yugo del gobierno serbio.

Tras la derrota de las potencias del Eje en 1945, los vencedores procedieron a reorganizar el mapa europeo. Los Balcanes quedaron bajo la órbita de la URSS. Sin embargo, la Yugoslavia liberada por los partisanos de Tito pudo desarrollarse con cierta autonomía. “Al contrario que otros estados de la Europa central y oriental, no eran un territorio ocupado por el Ejército Rojo” [2].

La primera constitución de la Federación declaraba que esta estaba compuesta por cinco repúblicas (Serbia, Croacia, Eslovenia, Bosnia-Herzegovina y Macedonia) y, como muestra de reconocimiento a las peculiaridades de las poblaciones albanesa y húngara, dos provincias autónomas vinculadas a Serbia: Kosovo y Voivodina. A estas les correspondían, respectivamente, diez y dieciocho representantes en la Cámara de las Nacionalidades, de ciento setenta y ocho miembros.

La muerte de Stalin fue aprovechada por las autoridades yugoslavas para redactar una nueva Constitución (1953). Esta mantuvo los principios del anterior documento, pero marcaba ciertas distancias con los principios centralistas de tipo estalinista. Los albano-kosovares vieron en esto un avance hacia el objetivo definitivo: ser reconocidos como república independiente dentro de la Federación yugoslava.

Sin embargo, en contra de las esperanzas albergadas por Kosovo, la Constitución de 1963 no varió en nada la estructura de Yugoslavia.

En ella se mantenían las cinco repúblicas, con diez diputados cada una en el Consejo de las Nacionalidades, y las dos provincias autónomas, con cinco representantes. La protesta ante el inmovilismo de las autoridades federales se hizo esperar hasta 1968. Kosovo participó a su manera en ese mar de sentimiento inconformista que sacudió al mundo a finales de los sesenta. Pedían ser reconocidos como república independiente dentro de la Federación. La concesión de un mayor grado de autonomía sirvió para acallar temporalmente las protestas en la provincia.

El último episodio en lo que a la cuestión constitucional se refiere es el de 1974. Este documento establecía, de cara al gobierno yugoslavo, un Consejo Federal, con treinta delegados por república y veinte de cada provincia autónoma, y un “consejo de repúblicas y provincias compuesto por doce delegados de las repúblicas y ocho de las provincias” [3].

¿Qué es Kosovo después de Yugoslavia?

El proceso de descomposición de la Federación yugoslava se inició en la década de los ochenta; si bien es verdad que sus repercusiones no se dejaron notar hasta los años noventa. En Kosovo las protestas reaparecieron, de forma violenta, en 1981. La reivindicación de la independencia como república apareció acompañada en este caso de dos fenómenos cada vez más extendidos: la crisis económica y el odio a la minoría étnica serbia, que era marginada de manera sistemática por las autoridades autonómicas (durante la década de los setenta abandonaron Kosovo el 17% de sus ciudadanos serbios). La resistencia albano-kosovar fue reprimida por la policía y el ejército federal, pero su ejemplo sirvió para avivar el sentimiento nacionalista dentro de todo el territorio yugoslavo.

El auge nacionalista en Serbia tuvo un nombre: Slobodan Milosevic. Este personaje se erigió en el salvador de un pueblo que, a pesar de ser mayoría, se sentía maltratado dentro de las estructuras federales.

La grandeza de los serbios parecía perderse en medio de la crisis económica de la república y la ineficacia del aparato yugoslavo para evitar el descalabro. Por esa razón, el nuevo gobierno republicano, aupado por los aires de cambio que recorrían la Europa centro-oriental, se decidió a redactar una nueva Constitución en 1989. Este texto sancionaba el fin de la autonomía de Kosovo y Voivodina, lo que provocó la protesta de ambas minorías étnicas. Sin embargo, el proyecto de Milosevic siguió adelante.

Poco a poco Yugoslavia se fue rompiendo en medio de guerras y secesiones pactadas. No obstante, Kosovo no conseguía quitarse de encima el yugo serbio. El 19 de octubre de 1991, como consecuencia del centralismo practicado por Belgrado, la provincia proclamó su independencia. Esta sólo contó con el reconocimiento expreso de Albania, lo que sirvió para que Milosevic proclamara, una vez más, que detrás de la cuestión kosovar estaba el irredentismo albanés. Unos meses después, Ibrahim Rugova era elegido Presidente en el exilio de la República nonata.

Los años que siguieron a estos hechos estuvieron marcados por la actividad terrorista de ambas facciones: la albanesa y la serbia. Una vez resueltos los conflictos con Eslovenia, Croacia, Bosnia y Macedonia, Serbia volvió los ojos a Kosovo. Corría el año 1999, y había llegado el momento de llevar a cabo la tan ansiada limpieza étnica que iba a “solucionar” la cuestión de Kosovo. Para el gobierno de Milosevic la única solución era echar a los albaneses de la región. La intervención de los EE.UU. a través de la OTAN impidió que el ejército serbio completara su tarea.

La ocupación del territorio kosovar por parte de las fuerzas internacionales pospuso sine die la solución para el problema de la región. No obstante, desde las Naciones Unidas se empezó a trabajar por medio de una comisión presidida por Martti Ahtisaari. La actual independencia de Kosovo se ha basado en las conclusiones publicadas por este organismo en primavera de 2007. El problema es que, ante la amenaza del veto ruso, estas no han sido aprobadas por el Consejo de Seguridad de la ONU. Por esa razón, muchos entendidos no dudan en tildar este proceso emancipador de ilegal.

Además, en el seno de la Unión Europea, organismo al que se ha encargado la tutela del nuevo estado de Kosovo, no existe consenso en torno a la cuestión. En apariencia, el camino hacia la solución de esta problemática parece despejarse; sin embargo, no debemos engañarnos, queda mucho por andar. No sólo ha de confirmarse la independencia kosovar –reconocimiento por parte de la comunidad internacional, con Serbia a la cabeza-, sino también la viabilidad del proyecto en un territorio lastrado por abundantes desequilibrios económicos, culturales y sociales.

Bibliografía:

[1] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[2] Postguerra. Una historia de Europa desde 1945; Tony Judt – Madrid – Taurus -2006.

[3] La Europa balcánica. Yugoslavia, desde la Segunda Guerra Mundial hasta nuestros días; Ricardo M. Martín de la Guardia y Guillermo A. Pérez Sánchez – Madrid – Síntesis – 1997.

[4] La trampa balcánica; Francisco Veiga – Barcelona – Grijalbo – 2002.

[5] Los conflictos yugoslavos. Una introducción; Carlos Taibo y José Carlos Lechado – Madrid – Fundamentos – 1993.

[6] Kosovo. Una independencia sin dinero; Ramón Lobo – El País – 31 de mayo de 2007.

[7] Kosovo independiente; Florentino Portero – GEES -12 de junio de 2007.

Turquía: continúa la lucha entre islamistas y kemalistas

Artículo publicado por Historia en Presente el 11 de abril de 2008.


El pasado 14 de marzo Abdurrahman Yalçınkaya, fiscal jefe de la Corte Suprema de Apelaciones de Turquía, presentaba una demanda de cierre contra el Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP). Apenas dos semanas después –el lunes 31-, el Tribunal Supremo del país admitía esta demanda contra el grupo político liderado por el primer ministro Recep Tayyip Erdogan.

La decisión se producía por rotunda unanimidad a pesar de incluir el procesamiento del actual Presidente, también miembro de AKP, Abdullah Gül. Una vez expuestos los hechos, cabe plantearse qué es tan grave como para que la Corte de Apelaciones y el Tribunal Supremo se pongan de acuerdo en el inicio del proceso de ilegalización de un partido que, en los último comicios celebrados (julio de 2007), obtuvo algo más del 47% de los votos.

Para entender la problemática turca hemos de remontarnos al final de la I Guerra Mundial (1914-1918). Un derrotado Imperio Otomano, mermado territorialmente tras la firma de los acuerdo de paz, desapareció como entidad política para dar paso a un nuevo estado: Turquía.

Bajo la presidencia de Mustafa Kemal, conocido también con el nombre de Atatürk –padre de los turcos- el país inició un intenso y fructuoso proceso de reformas. Estas tenían por objetivo la modernización de Turquía y su conversión en una nación competitiva. El motivo de la actitud de la justicia turca ante los actuales jefes de Estado y de Gobierno es la supuesta traición de estos a las bases nacionales impuestas por Atatürk. Erdogan y Gül son acusados de ir contra las reformas de posguerra, y en especial contra la laicidad del estado; su supuesto carácter islamista parece no concordar con los principios del estado turco.

Lo primero que hay que determinar a la hora de hablar del Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP) es si realmente es un grupo islamista. En su origen la mayor parte de estos personajes –Erdogan y Gül incluidos- fueron seguidores de Necmettin Erbakan. Este aspiraba a que la política turca volviera a sus antiguas tradiciones religiosas. No obstante, los actuales gobernantes de Turquía se alejaron bien pronto de los planteamientos de su antiguo líder y fundaron un nuevo partido que muchos definen como “islamista moderado”.

Se trata de un grupo que defiende la continuidad del actual régimen turco, pero suavizando determinados aspectos laicistas que rozan la paranoia antirreligiosa (Turquía no es hoy un Estado laico, sino laicista) Son partidarios de la modernización del país y de su integración en la Unión Europea. Es más, con el ejecutivo Erdogan se han dado los pasos más importantes en el proceso integrador.

Dicho esto, cabe plantearse si realmente AKP es peligroso para la democracia y el progreso de Turquía. Mi opinión es que no. Entonces ¿de dónde viene la oposición de la justicia del país a este grupo y a sus representantes? ¿Cómo justificamos su actitud?

A la muerte de Mustafa Kemal sus seguidores trataron de continuar su obra política. Dos pilares les sirvieron de base para alcanzar ese fin: el partido kemalista –actual CHP, liderado por Deniz Baykal- y el Ejército. Durante varias décadas los primeros han defendido, a través de las urnas, el estado laicista y democrático impuesto por su fundador; mientras que los segundos han intervenido militarmente cuando, tras la derrota electoral del kemalismo, sus rivales amenazaban con desmontar el sistema. Sin embargo, este modus operandi ha ido degenerando poco a poco hasta convertirse en una simple excusa para que determinadas élites nacionales se mantengan en el poder. Su gran rival en los últimos años ha sido AKP, por eso ahora pretenden ilegalizarlo.

En abril de 2007 Turquía sufrió la mayor crisis política de los últimos años. Recep Tayyip Erdogan pretendió aprovechar el final del mandato Ahmet Necdet Sezer para situar como presidente de la República a Abdullah Gül, Ministro de Exteriores y hombre de confianza del líder de AKP. La élite kemalista se opuso tenazmente; no estaba dispuesta a entregar a sus rivales uno de sus últimos bastiones. Ante las presiones de los parlamentarios de CHP y de los altos mandos del ejército, el primer ministro decidió convocar elecciones anticipadas para recabar el apoyo de la población a su proyecto. La maniobra salió según los planes de Erdogan: AKP resultó ganador en los comicios de julio, aumentando su ventaja con respecto a sus rivales. A las pocas semanas, mientras los kemalistas de CHP se sumían en una profunda crisis interna, Gül fue investido presidente.

Los últimos acontecimientos han ensombrecido un tanto el panorama político turco. Tras varios meses de relativa tranquilidad, periodo en el que daba la impresión que Erdogan y los suyos habían vencido las resistencias de la vieja élite, se ha reabierto el debate. De nuevo se cuestiona la legitimidad política del gobierno de AKP. En esta ocasión el ataque viene de otro de los bastiones del kemalismo: el Tribunal Supremo.

Esta por ver si, tras vencer en las urnas y lograr mantener al levantisco ejército turco a raya, los islamistas consiguen imponerse a sus enemigos en esta nueva batalla.

Bibliografía:

[1] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[2] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson – Barcelona – Debate – 2007.

[3] El turco. Diez siglos a las puertas de Europa; Francisco Veiga – Barcelona – Debate – 2007.

[4] Turquía, entre Occidente y el Islam: una historia contemporánea; Glòria Rubiol – Barcelona – Viena -2004.

[5] Turquía: el largo camino hacia Europa; Delia Contreras – Madrid – Instituto de Estudios Europeos -2004.