Las revoluciones inglesas del siglo XVII: segunda parte


El sistema del Antiguo Régimen comenzó a resquebrajarse en Inglaterra a lo largo del siglo XVII. Dos revoluciones políticas, con la ejecución de un rey incluida, pusieron al Parlamento al frente del país: había nacido el liberalismo político. Este vídeo está dedicado a la segunda de ellas, la llamada «Gloriosa», mientras que en las demás clases se abordan la revolución de mediados de siglo, y el pensamiento de uno de sus principales ideólogos, John Locke.

Breve biografía de John Locke


John Locke nació en Wrington, una localidad del condado de Somerset (Inglaterra), el 29 de agosto de 1632. Allí permaneció hasta 1647, fecha en que su padre, miembro de la caballería de las fuerzas del Parlamento en la guerra contra Carlos I Estuardo, le envió a estudiar al Westminster School de Londres. Una vez finalizados sus estudios, fue admitido en la Christ Church de Oxford. Allí obtuvo la licenciatura en 1656, y dos años después se doctoró en medicina. Ahora bien, desde muy joven demostró gran interés por la ciencia, y en especial por la física de Newton. A esto hemos de añadir que se trató de un hombre polifacético: fue filósofo, diplomático, economista, teólogo y profesor de griego y retórica.

Ahora bien, en este texto nos interesa destacar su papel en el desarrollo del pensamiento político liberal. Sin lugar a dudas, en ese proceso desempeñó un importante papel el conde de Shaftesbury, de quien fue médico y secretario. Este fue la cabeza visible del partido Whig durante el reinado de Jacobo II y, por tanto, uno de los principales opositores a su intento de instaurar el absolutismo en Inglaterra.

Por su relación con ese grupo político, así como por el contenido de sus obras, John Locke fue perseguido por los partidarios del monarca. Esto le obligó a exiliarse a Holanda, de donde regresaría tras el triunfo de la revolución de 1688, la llamada “Gloriosa”. Tras retornar a Inglaterra publicó su principal obra, “Dos tratados sobre el gobierno civil” (1689). En ella, partiendo del contrato social de Hobbes, sienta las bases del pensamiento liberal al abordar cuestiones como la representación política, la separación de poderes y la existencia de unos derechos inaliebables.

John Locke falleció en Oaks, condado de Essex, el 28 de octubre de 1704.

Las revoluciones inglesas del siglo XVII: primera parte


El sistema del Antiguo Régimen comenzó a resquebrajarse en Inglaterra a lo largo del siglo XVII. Dos revoluciones políticas, con la ejecución de un rey incluida, pusieron al Parlamento al frente del país: había nacido el liberalismo político. Este vídeo está dedicado a la primera de ellas, mientras que los siguientes abordaran la segunda, la llamada «Revolución Gloriosa», y el pensamiento de uno de sus principales ideólogos, John Locke.

Discurso de John Adams en el Congreso Continental de Filadelfia


Este fragmento pertenece a la serie «Adams» (2008), dedicada a la figura del segundo presidente de la historia de los Estados Unidos y uno de los principales promotores de la independencia de ese país. La escena se sitúa en el año 1776, durante la celebración del II Congreso Continental de Filadelfia. En él se reunieron los representantes de las trece colonias americanas que se rebelaron contra Inglaterra para buscar una salida común a su falta de entendimiento con el rey Jorge III y sus ministros.

En concreto, el discurso de John Adams ha de situarse en el contexto del debate entre los partidarios de aprobar una declaración de independencia y aquellos que consideraban que aún se podía negociar con los ingleses. Como representante de una de las colonias más combativas, Massachusetts, John Adams se enfrenta al principal enemigo de la independencia, John Dickinson, de Pensilvania. Con su discurso, que en la seria va precedido de unas palabras de su rival, pretende convencer a los representantes de las colonias de la necesidad de aprobar dicha declaración.

Sobre las ideas que contiene el fragmento hay que indicar, en primer lugar, que las referencias al pensamiento de John Locke son constantes. Llegados a este punto, es bueno recordar que este fue uno de los principales teóricos de la política inglesa de las revoluciones del XVII. Es decir, estamos ante un discurso lleno de planteamientos propios del padre del liberalismo. Ahora bien, la sombra de Locke es bastante más evidente en la Declaración de Independencia posterior a este fragmento de vídeo.

Al margen del pensamiento liberal presente en las palabras de Adams, también hay que destacar la constante referencia a la libertad, así como a un patriotismo en estado embrionario.

 

La independencia de las Trece Colonias americanas


Los hechos acaecidos en las Trece Colonias británicas de América del Norte poseen una doble carga. Por un lado, podemos verlos como un fenómeno de rebeldía e independencia colonial con respecto a la metrópoli; y por otro como revolución política.

La norteamericana es, en definitiva, la primera revolución de los tiempos modernos: la primera colonia en romper sus lazos con la madre patria, la primera nación que elabora una Constitución y la primera implantación de la democracia.

Causas de la independencia

La Guerra de los Siete Años (1756-1763) cambió notablemente el panorama de las colonias británicas del Nuevo Mundo con respecto a la metrópoli. Esta, vencedora del conflicto en detrimento de Francia, se encontró de pronto con enormes extensiones territoriales de nueva adquisición que precisaban de una reorganización administrativa.

Esto perjudicaba notablemente a muchas de las antiguas colonias inglesas en Norteamérica, que habían gozado tradicionalmente de una alta autonomía política. Aparte descontento por las reformas administrativas, otro de los factores desencadenantes de la rebelión colonial fue la política fiscal llevada a cabo por los ingleses.

La guerra con Francia había agotado las arcas británicas, que necesitaban más que nunca de la savia americana para recuperare del alto coste del conflicto.

Por esa razón, las autoridades de la metrópoli exigieron un control más estricto de los impuestos, dejando así de lado la tradicional “negligencia saludable” que, en lo referente a estos cuestiones, había practicado Inglaterra con respecto a Norteamérica. Además de eso, comenzaron a exigir nuevos impuestos –Sugar Act, Stamp Act, Townsend duties, Tea Act…-, que aumentaron notablemente el descontento de los colonos.

Partiendo de estas bases, comprobamos como desde 1764 a 1773 la tensión entre colonia y metrópoli irá en aumento. De esta manera, progresivamente, las clases medias, con importantes intereses económicos, al verse perjudicados en sus negocios, se irán radicalizando en sus posturas hasta llegar a defender la independencia con respecto a Londres.

El mantenimiento de la Tea Act y sus consecuencias

Ante las muestras de oposición ante las nuevas leyes impositivas, el gobierno de Londres dio marcha atrás. De este hecho los colonos sacaron dos enseñanzas: que su unión era fundamental para defender su intereses, y que los británicos daban muestras de debilidad.

Sin embargo, Inglaterra mantuvo una de las leyes arancelarias, la Tea Act, que iba a provocar el estallido del conflicto: el 16 de diciembre de 1773 se produjeron una serie de actos de rebeldía en Boston.

Los hechos acaecidos en Boston fueron más que suficientes para radicalizar las posturas en ambos bandos. Así, tanto los que en Londres defendían una política blanda con las colonias, como los que en América abogaban por mantener una actitud sumisa con la metrópoli, se vieron arrastrados por ambos extremos.

Desde Inglaterra se puso en marcha un proyecto para solucionar, por medio de la coerción, el problema americano. Para ello se proyectó, a modo de castigo, el cierre del puerto de Boston. Medida a la que siguieron el reforzamiento de la autoridad en el gobierno de Massachussets; los cambios en la administración de la justicia, que debía centrarse más en el cumplimiento del pago de los impuestos decretados; la Quatering Act, que obligaba a las colinas a alojar tropas británicas; y la Québec Act, que establecía en esta región un gobierno más centralizado.

Por su parte, los rebeldes se reunieron, entre junio y octubre de 1774, en el Congreso Continental de Filadelfia.

Allí establecieron una Asociación Continental con el objetivo de luchar por unas libertades constitucionales, y se comprometieron a boicotear todos los productos británicos. Además, negaron la legitimidad del parlamento inglés al no poseer este representantes de las propias colonias.

La Declaración de Independencia

Teniendo en cuenta lo enunciado anteriormente, parece evidente que sólo hacía falta un hecho sangriento para que estallase el conflicto bélico. Este sucedió en Lexington, el 19 de abril de 1775. En una operación destinada a desmantelar un almacén de armas perteneciente a los rebeldes, el ejército inglés acabó enfrentándose a un grupo de milicianos que se resistieron a la operación.

Poco después de estos acontecimientos, ya en el año 1776, se reunió el II Congreso de Filadelfia. Allí se tomaron las primeras medidas para organizar la guerra, entre las que destacan el reclutamiento de milicianos y la financiación del conflicto. Además, observamos como las ideas independentistas van ganando terreno entre los congresistas.

Por fin, el 4 de julio de 1776 se aprobaba la Declaración de Independencia de las colonias norteamericanas.

Este texto, redactado por Thomas Jefferson y basado en las ideas de Locke, trataba de justificar ante el mundo la emancipación americana, consecuencia –según los rebeldes- de la tiranía e intolerancia británica.

El conflicto bélico (1776-1783)

En los primeros compases del conflicto, la inferioridad de los colonos era patente. Mandaban a la lucha a soldados entusiastas, pero poco instruidos, que además carecían del equipamiento necesario en numerosas ocasiones. Este fue una de las grandes misiones del Congreso en un principio: la financiación de la causa independentista.

Una de las constantes del conflicto de independencia norteamericano fue la búsqueda, por parte de los rebeldes, del apoyo exterior.

Conscientes de su propia inferioridad, los congresistas tratarán de negociar con otras potencias extranjeras para modificar el equilibrio de esa lucha desigual. De esta manera, desde un primer momento, se buscó el apoyo de Francia, tradicional enemiga de los británicos.

Después de la batalla de Saratoga (17 de octubre de 1777), Francia reconoció oficialmente la independencia norteamericana, declarándole la guerra a Inglaterra. Además, España, que por aquel entonces se movía en la órbita francesa, fue arrastrada al conflicto en junio de 1779.

Ante esta situación del panorama internacional, la victoria de los rebeldes no tardó en llegar. Mientras Francia aprovecha la debilidad británica para hacerse con las islas antillanas de Tobago y Santa Lucía, y España recupera Menorca y Florida, Washington derrotaba a Cornwallis en Yorktown (19 de octubre de 1781).

Esta victoria de los colonos fue decisiva para que una agotada Inglaterra buscase la paz, que se firmó en Versalles el 3 de septiembre de 1783.

El gobierno en David Hume


En el siglo XVIII, especialmente durante la segunda mitad, Escocia se convirtió en el escenario de un importante desarrollo intelectual. Los miembros de la Ilustración Escocesa -Adam Smith, John Millar, David Hume, Adam Ferguson…- se centraron en el estudio de la filosofía moral y política, la ciencia económica y las ciencias naturales.

Como veremos en el caso concreto de David Hume, a la hora de estudiar la sociedad y el gobierno político, estos autores parten de bases distintas a las planteadas por John Locke en sus Dos tratados sobre le Gobierno Civil. A su vez, centraron buena parte de sus estudios en el análisis del comercio y las instituciones políticas adecuadas para el buen funcionamiento de la economía.

La teoría de los sentimientos

Partiendo de los sentimientos (passions) de placer y displacer, David Hume analiza el comportamiento de los hombres y describe la naturaleza humana. Por tanto, su teoría de los sentimientos está en la base de sus ideas políticas.

Para Hume la razón está sometida a los sentimientos, que son los que guían la conducta humana. De esta manera, su única función es la de controlar e iluminar las consecuencias de los actos inspirados por el placer y el displacer.

La incapacidad del ser humano para satisfacer las necesidades inspiradas por sus sentimientos constituye el fundamento de la sociedad. La falta de medios y la consciencia de la propia debilidad llevan a que los hombres formen comunidades capaces de cubrir esas carencias.

En definitiva, para David Hume el origen de la sociedad no está en sentimientos altruistas, sino en la satisfacción de las necesidades egoístas de sus miembros. El Estado ha de tener como principal objetivo esa tarea, midiéndose su eficacia y sus límites en función de ese criterio.

EL fin del poder político

David Hume considera que el contrato social enunciado por Locke es una ficción. Para él no existe estado de naturaleza, sino que el ser humano nace en sociedad. Por tanto, tampoco tiene sentido hablar de un contrato como mecanismo explicativo del poder político.

El Estado tiene legitimidad en tanto que es útil y necesario para los individuos. Únicamente si se cumple esa condición se someterán estos al gobierno.

A su vez, mientras vela por ese interés común, el gobernante ha de respetar la libertad individual de cada uno de los ciudadanos y la igualdad entre ellos. Es decir, ha de ser neutral ante los diversos intereses particulares.

David Hume sostenía que el desarrollo económico de la sociedad era consecuencia directa del buen gobierno. De ahí que, dentro de su teoría política, una de las principales tareas del Estado sea crear las condiciones necesarias para que la economía crezca.

La importancia de las instituciones

Aunque, a diferencia de Locke o Montesquieu, David Hume no llega a enunciar ninguna separación concreta de poderes, en su teoría política se aprecia cierta tendencia hacia ese fin. Para el pensador escocés, el poder ha de estar institucionalizado, de tal modo que las propias instituciones del Estado se equilibren y contrapesen.

En definitiva, para Hume la importancia de las instituciones radica en evitar la arbitrariedad a la hora de ejercer el poder y aplicar las leyes. La primacía de unas normas claras y aplicadas con rigor, igualdad y justicia es una de las claves del pensamiento de este autor y de la ilustración escocesa en su conjunto.

La Enciclopedia francesa y sus principales autores


Con el objetivo de dar a conocer al gran público los postulados de la Ilustración francesa, Denis Diderot y Jean le Rond d`Alembert publicaron la Enciclopedia. Este trabajo salió a la luz en diecisiete volúmenes entre los años 1751 y 1772.

Sin embargo, los promotores de este proyecto no sólo pretendían difundir las ideas ilustradas. El fin de la obra era también, como bien indicaba d`Alembert en el Discurso preliminar, recoger el conjunto de los conocimientos humanos.

Bases ideológicas

Podemos resumir los principios de la Enciclopedia en tres ideas básicas. La primera de ellas es la reivindicación de la libertad de investigación, expresión, pensamiento y religión. En todos estos aspectos, pero especialmente en el último de ellos, se aprecia notablemente la influencia de las ideas de John Locke.

En segundo lugar, los enciclopedistas rechazan toda forma de superstición. A mediados del siglo XVIII estas creencias estaban todavía muy extendidas por Francia y, en ocasiones, se entrelazaban con las ideas religiosas. La religión, salvo en esos aspectos que hemos señalado, no es considerada superstición por los autores de la Enciclopedia. No obstante, exigen a los creyentes una mayor racionalización de sus ideas religiosas.

Por último, los enciclopedistas se muestran confiados en el progreso de la humanidad.

Al respecto hemos de añadir que esa esperanza de avances ilimitados se prolongo durante casi dos siglos. Sólo la I Guerra Mundial (1914-1918) comenzó a despertar al mundo occidental de su sueño de progreso.

El pensamiento de Denis Diderot

Antes de entrar a valorar el trabajo de algunos de los principales colaboradores de la Enciclopedia, conviene analizar brevemente el pensamiento de uno de sus promotores: Denis Diderot.

En primer lugar, entiende que la propiedad privada es, no sólo fuente de riqueza, sino base y origen del Estado. Este ha de estar gobernado por una monarquía moderada. Es decir, que la teoría política de Diderot se estructura en torno a la figura de un rey no despótico y con poderes limitados.

La limitación a los poderes del rey se confía, tal como indicaba Montesquieu en El espíritu de las leyes, a una cámara de representantes.

No obstante, este sistema representativo no era concebido por Diderot como un parlamento liberal, sino estamental. Es decir, que sus miembros eran elegidos por los distintos estamentos -nobleza, clero y estado llano-, a los que se encargaban de representar.

La colaboración de los fisiócratas

En el siglo XVIII, en paralelo a la Enciclopedia y en colaboración con ella, surgió en Francia la escuela económica de los fisiócratas, promovida por Anne Robert Jacques Turgot, François Quesnay y Pierre Samuel du Pont de Nemours.

El pensamiento económico de estos personajes se basaba en tres postulados:

  • La reivindicación de la libertad económica.
  • La crítica a los gremios y a las aduanas.
  • La defensa de la tierra como principal factor económico.

Estas ideas que, fueron recogidas en varios de los artículos de la Enciclopedia, nos recuerdan a los planteamientos económicos de la ilustración escocesa. Encontramos ideas similares a las expuestas por Adam Smith, David Ricardo o T. R. Malthus. Sin embargo, la gran diferencia entre ambas escuelas radica en el factor que sitúan como origen de la riqueza.

Para los fisiócratas este será la tierra, mientras que Adam Smith sostendrá que es el trabajo.

La figura de Voltaire

Quizás Voltaire sea el enciclopedista más conocido y, sin duda, el más admirado por los revolucionarios franceses de finales del siglo XVIII. En sus escritos, este ilustrado francés se defiende la libertad individual, que considera el valor más preciado del ser humano.

Para Voltaire, esta se ha de manifestar de cuatro formas.

  • Como libertad de expresión.
  • Como libertad de creencias.
  • Como libertad de comercio y de propiedad.
A su vez, sitúa a los monarcas ilustrados como garantes de este valor y como impulsores del nuevo orden promovido por la Enciclopedia.

Montesquieu y la división de poderes


El desarrollo teórico del barón de Montesquieu en El espíritu de las leyes (1748) se sustenta sobre dos columnas: la crítica al sistema despótico, y el análisis de las condiciones necesarias para que el individuo pueda desarrollar su libertad política.

De esta manera, a partir de una clasificación de los distintos tipos de gobierno, el autor francés elabora un sistema de división de poderes orientado a garantizar la defensa de la libertad del individuo ante las acciones y pretensiones del poder.

A su vez, el pensamiento de Montesquieu no se detiene en el ámbito político, como en su día hizo Locke al enunciar sus tres poderes, sino que busca también un equilibrio social. Ese componente sociológico, tan ignorado en numerosas ocasiones, es, ciertamente, la gran aportación de este pensador.

Los tres tipos de sociedades

Montesquieu inicia su desarrollo teórico siguiendo el modelo de otros filósofos anteriores. Al igual que Platón, Aristóteles o Santo Tomás, establece una clasificación tripartita de los tipos de organización política: republicana, monárquica y despótica.

La distinción entre cada una de ellas se basa en dos rasgos: la naturaleza del régimen -quién detenta el poder-, y su principio -cuáles son los fines con los que se gobierna. A partir de ahí establece una división entre los gobiernos moderados, en los que existen leyes fijas y seguridad, y el despotismo, donde la ley es el capricho de un gobernante que se sirve del miedo para mantener el poder.

La búsqueda de contrapesos

Montesquieu descarta el despotismo al considerar que limita la libertad individual. Aconseja, por tanto, el establecimiento de gobiernos moderados: república y monarquía.

De entre estos dos, considera superior al republicanismo, pues se rige por el principio de la virtud cívica, mientras que la monarquía tiende a establecer desigualdades. Sin embargo, entiende que los tiempos modernos, con los grandes estados que se han venido formando desde finales del siglo XV, no son los adecuados para el modelo republicano.

En El espíritu de las leyes acabará decantándose, pues, por el régimen monárquico.

Ahora bien, por mucho que catalogue a la monarquía como un gobierno moderado, Montesquieu es consciente de que el poder puede caer en el despotismo, arrastrando consigo la libertad política. De esta manera, tomando el modelo británico de finales del XVII, recomendará el establecimiento de la división de poderes como garantía del individuo ante el gobierno.

La división de poderes

Montesquieu se fijará en el pensamiento político británico, especialmente las obras de Harrington y John Locke, como modelo para su sistema de separación de poderes.

De ellos tomará la idea de una triple división, así como la primacía del legislativo. No obstante, en el Espíritu de las leyes se sustituye el poder federativo por el judicial.

El sistema de contrapesos de Montesquieu no busca únicamente evitar que una persona acumule todos los poderes. No se trata de hacer parcelas, departamentos estancos, con las distintas potestades, sino que cada una de ellas se encuentre, a su vez, bajo la atenta mirada de las otras.

Así, el ejecutivo puede vetar determinadas leyes aprobadas por el legislativo, y este, a su vez, ejerce una función de control sobre el gobierno. Por último, en determinados casos, el legislativo puede suplantar al judicial como tribunal de justicia.

El equilibrio social

La gran aportación de Montesquieu al pensamiento político no es, como suele entenderse, la división de poderes. Esta ya existía desde un siglo antes en los escritos de varios teóricos británicos, y se venía aplicando en Inglaterra desde finales del XVII.

El mérito de El espíritu de las leyes es de carácter sociológico: la búsqueda del equilibrio social a partir de la división de poderes.

De esta manera, Montesquieu relaciona el poder judicial a un estado o profesión determinada, el ejecutivo a la monarquía, y el legislativo a la nobleza, representada en la cámara alta, y al tercer estado, en el caso de la cámara baja. Este modelo, por tanto, permitía a todas las fuerzas sociales participar en el gobierno del estado, evitando así el enfrentamiento entre ellas por el poder.

La libertad política en John Locke


John Locke (1632-1704) puede ser considerado con toda justicia como el primer sistematizador del pensamiento liberal. Sus ideas, surgidas en un contexto revolucionario, han influido notablemente en el desarrollo político de Inglaterra, pero también del resto del mundo.

Este autor es un antecedente claro de muchos de los planteamientos políticos de la Ilustración y, por ende, de las revoluciones de finales del XVIII y principios del XIX. No obstante, como descubriremos a lo largo de los siguientes párrafos, la obra de Locke no se entiende sin las circunstancias históricas en las que le tocó vivir.

El liberalismo británico

La ideología liberal nació en Inglaterra a mediados del siglo XVII. Su manifestación más temprana fue la controversia entre el Parlamento y el rey Carlos I Estuardo, que acabó derivando en una guerra civil y en la ejecución pública del monarca.

Tras casi veinte años de republicanismo, en los que las ideas liberales se fueron asentando en el país, se produjo la restauración monárquica en la figura de Jacobo II Estuardo.

Los intentos del nuevo rey por recuperar en su plenitud los antiguos privilegios de la Corona llevaron a un nuevo levantamiento liberal: la revolución gloriosa de 1688. En estos acontecimientos un hombre, John Locke, aparece como ideólogo del nuevo planteamiento político. De tal modo que, puede ser considerado el padre del liberalismo.

El partido de los «levellers»

Un grupúsculo dentro del Parlamento de 1640 aparece como antecedente más claro del pensamiento de John Locke. Los levellers, que en su traducción al castellano se conocen como los «niveladores», formularon los primeros argumentos en contra de la monarquía absoluta y las desigualdades sociales.

Este grupo de pequeños propietarios, que en su momento formaron parte del ejército de Oliver Cromwell, se organizaron como partido en 1646. Desde ese momento aparecen como opositores al dictador, cuya política les había defraudado.

Una de las ideas básicas del liberalismo político, la defensa de la sociedad como un conjunto de personas libres que comparten los mismos derechos fundamentales, surgió en el seno de este grupo. Además, los levellers sostenían que la persona o grupo de personas que detentaban el poder debían contar con el consentimiento de los gobernados, ante los que tenía la obligación de rendir cuentas. Por tanto, el gobierno no podía ser absoluto de ninguna manera.

Como garantía de la salvaguarda de los derechos individuales, debía tener poderes limitados. A su vez, los levellers defendían la plena libertad de expresión, religión, asociación y comercio.

El origen de la sociedad

El pensamiento político de John Locke se recoge fundamentalmente en sus Dos tratados sobre el Gobierno Civil (1689). En esta obra trata de descubrir el origen de la sociedad, así como el fin para el que fue constituida.

En cuanto al origen, el autor inglés parte del estado de naturaleza, donde los hombres son plenamente libres, pero también susceptibles de sufrir la agresión de los demás sobre su persona y sus propiedades.

Por esa razón, el ser humano abandona esa situación para construir la sociedad. Al incorporarse a ella renuncia a todo el poder sobre los demás, que pasa a ser competencia exclusiva de la autoridad pública, recibiendo, como contraprestación la garantía de que su integridad física y sus propiedades serán respetadas.

Por tanto, mediante un supuesto contrato social, el ser humano abandona el estado de naturaleza para garantizar su seguridad y la de sus pertenencias, cediendo parte de su libertad al estado. Sin embargo, esa cesión afecta única y exclusivamente a la potestad que la persona tiene sobre sus iguales, a la posibilidad de aplicar él mismo la justicia. Esta, así como el poder coercitivo, pasan a depender del soberano.

Los límites del poder político

Una vez explicado el origen de la sociedad, John Locke se plantea la manera de evitar que el depositario del poder cedido abuse de sus competencias. Busca establecer, por tanto, los límites del poder, que permitan al individuo mantener su parcela de autonomía y libertad.

De esta manera, tal como había enunciado anteriormente Harrington en Oceana (1656), y como haría Montesquieu en El espíritu de las Leyes (1748), establece un sistema de separación de poderes. Esta división permite construir un sistema de contrapesos mediante el que ninguna persona o institución acumula todo el poder.

Además, los distintos poderes están sometidos a un control y dependencia entre ellos, de tal manera que la labor de uno es supervisada por los otros. John Locke distingue tres órganos de poder: legislativo -encargado de la elaboración y aprobación de las leyes-, ejecutivo -con competencias en justicia y gobierno interior- y el federativo -responsable de la política exterior.

La tolerancia religiosa como manifestación de libertad

Durante esos convulsos años John Locke abordó otra de las grandes polémicas de la época: la libertad religiosa. En 1667 su Ensayo sobre la tolerancia, donde defendía el derecho de los puritanos a vivir libremente sus creencias sin ser molestados por las autoridades públicas, de orientación anglicana.

Los argumentos de esta primera obra fueron completados y puestos al día en Cartas sobre la tolerancia (1689).

En esta ocasión, en lugar de hacer uso de argumentos económicos -la pérdida de riqueza que suponía la emigración de los puritanos con todas sus propiedades y negocios-, el autor se centra en aspectos políticos. De esta manera, establecía los dos únicos motivos por los que a una persona se le podía negar la libertad religiosa: el perjuicio de los derechos de otro individuo y el atentado contra la existencia misma del Estado.

La tolerancia religiosa en John Locke


John Locke, uno de los principales teóricos del liberalismo británico del XVII, asumió como propia una problemática heredada por el estado y la sociedad británica desde un siglo antes. En ese contexto, que es también el de las guerras de religión en Europa, el autor inglés abordó la cuestión en dos de sus principales obras: Ensayo sobre la tolerancia y Carta sobre la tolerancia.

La influencia de este autor en la revolución gloriosa de 1688 iba a conducir a la imposición de un pensamiento liberal en materia religiosa.

El nacimiento del anglicanismo

1534. Enrique VIII rompía el vínculo existente entre el reino de Inglaterra y la Iglesia de Roma. El monarca británico, con el fin de divorciarse de su esposa Catalina de Aragón, se autoproclamó cabeza de una nueva tendencia dentro del cristianismo: la anglicana.

Eduardo, único hijo de Enrique VIII, siguió la senda marcada por su padre, si bien introdujo numerosas novedades de carácter calvinista. Su prematura muerte en 1553, cuando contaba con sólo dieciséis años, llevó al trono a María Tudor. Las convicciones católicas de esta reina devolvieron a Inglaterra al seno de la Iglesia romana hasta su muerte.

Cinco años duró la reina María en el trono y, puesto que falleció sin descendencia, su hermana Isabel heredó la monarquía inglesa en 1558.

Su largo reinado -murió en 1603- permitió que el anglicanismo, esbozado por su padre Enrique VIII y reformado por su hermano Eduardo VI, tomará fuerza hasta convertirse en la religión única del estado británico.

Los orígenes históricos de una intolerancia

Isabel I dio fuerza a una nueva concepción religiosa, no sólo con novedosas convicciones y dogmas, sino también con el fortalecimiento de la figura de la reina como cabeza del nuevo credo. Sin embargo, el compromiso de la monarquía con la religión anglicana dejaba a los que no profesaban esa fe fuera de la ley.

Por supuesto, los católicos -denominados despectivamente como «papistas»- debían ser perseguidos por obedecer a un poder enemigo y extranjero: Roma.

No obstante, los teólogos y juristas dudaban sobre el estatus que se debía conceder a las concepciones del cristianismo surgidas de la Reforma protestante, especialmente a los puritanos y calvinistas.

Tendría que pasar todo un siglo, el XVII, para que finalmente fueran aceptadas en el seno de Inglaterra las restantes religiones reformadas. Dos revoluciones y el pensamiento de un hombre, John Locke, iban a ser decisivas en ese proceso.

La ruptura de la unidad religiosa

La aparición del puritanismo, que aspiraba a la libertad religiosa con respecto a la Corona y a un modelo de organización anti-jerárquico o no episcopaliano, llevó a la ruptura de la unidad anglicana.

Esta nueva concepción religiosa se mantuvo en la clandestinidad durante los reinados posteriores a Isabel. No obstante, la revolución de la década de 1640, en la que el rey Carlos I Estuardo fue ejecutado, y la república que se instauró como consecuencia de esta, favorecieron el avance de la causa de los puritanos.

Así, durante el protectorado de Oliver Cromwell hubo de hecho un reconocimiento de las distintas sectas protestantes, si bien nunca se estableció con claridad cuál era la situación legal de los puritanos.

En 1660 los Estuardo, en la figura del rey Jacobo, volvieron al poder. Con ellos retornó también la intolerancia religiosa y el debate sobre la cuestión puritana.

Los ensayos de John Locke sobre la tolerancia religiosa

En el contexto que venimos describiendo, John Locke publicó en 1667 su Ensayo sobre la tolerancia. En esa obra se manifestaba en favor de la tolerancia para con los disidentes religiosos.

El argumento de fondo del autor liberal inglés era el mayor peso de las ventajas económicas y religiosas de la tolerancia con respecto a la intolerancia.

Desde el punto de vista de Locke, la falta de libertad religiosa obligaría a los puritanos a emigrar, perdiendo el estado una parte de su población, así como la riqueza asociada a ellos. A su vez, consideraba que el contacto entre distintas religiones sólo podía enriquecer a ambas.

Esta misma argumentación fue recogida y ampliada en Cartas sobre la tolerancia en 1689, un año después de la revolución liberal que derrocó al rey Jacobo Estuardo. En esa segunda obra, Locke abordó la problemática desde una perspectiva política. Establecía que la tolerancia religiosa sólo era inadmisible en el caso de perjudicar a los derechos de otro individuo o atentar contra la existencia misma del Estado.