Wael Ghonim

Esta entrada forma parte de un conjunto de artículos que he escrito sobre el origen y desarrollo de la «Primavera Árabe» en Túnez y Egipto. Para leer los restantes textos dedicados a esta cuestión, haz clic aquí.


En el seno de una familia cairota de clase media nació, el 23 de diciembre de 1980, Wael Said Abbas Ghonim. Siendo todavía un niño, sus padres se trasladaron Dubai, ciudad de los Emiratos Árabes Unidos donde Ghonim pasó los trece primeros años de su vida. Sus conocimientos en materia informática le permitieron colaborar, desde los dieciocho años, en Islamway.com, una empresa dedicada a la apertura de sitios web en el mundo árabe.

Desde esa modesta ocupación dio, en 2002, el salto al departamento de marketing de Gawar.com, un servidor de correo electrónico bastante extendido en Medio Oriente.

A los veinticuatro, Wael Ghonim no sólo había obtenido su primer título universitario -la licenciatura de ingeniería informática por la Universidad de El Cairo-, sino que también había adquirido un marcado espíritu emprendedor. Un año después, en 2005, abandonó el departamento de marketing de Gawar.com para fundar su propio portal con información financiera de Medio Oriente: Mubasher.info. Mientras desempeñaba la tarea de gerente de esta empresa, cursó en la Universidad Americana de El Cairo un MBA en Marketing y Finanzas.

Tras una década dedicado a diversas actividades dentro del mundo de las nuevas tecnologías, Google.INC se cruzó en la vida de este joven egipcio. En 2008, con apenas veintiocho años, Wael Ghonim se convirtió en trabajador de uno de los gigantes de la informática a nivel mundial.

En 2010, apenas unos meses antes de poner en marcha la página de Facebook “Mi nombre es Khaled Saeed”, fue nombrado director de Marketing de Google.INC para Medio Oriente y África del Norte.

A las puertas de la tercera década de su vida, se abría ante Wael Said Abbas Ghonim un futuro prometedor en el sector de las nuevas tecnologías. Las circunstancias, sin embargo, iban a encargarse de llevarle por otro camino: el de la lucha cívica contra el régimen de Hosni Mubarak.

Desconocemos en qué momento desperto ese anhelo por convertir su país en un estado de derecho. Sin embargo, su primer compromiso lo adquirió en la primavera de 2010, poco después de convertirse en director de Marketing de Google.INC. Ghonim colaboró de manera activa en la campaña electoral del opositor Mohamed El Baradei, encargándose, entre otras cosas, de crear y actualizar su perfil de Facebook.

En los días de la revolución egipcia podía verse aún una imagen en el perfil del informático con el siguiente pie de foto: “Mi nombre es Wael Ghonim y apoyo públicamente a El Baradei”. Sobre el texto aparecía él junto al líder de la oposición. De ese “mi nombre es Wael Ghonim…” al “Mi nombre es Khaled Saeed” pasaron menos de tres meses.

A partir de entonces cambió de nombre a la hora de hacer oposición -adoptó ElShaheed (el mártir) como apodo- pero sin abandonar sus armas. Internet seguía siendo su hábitat natural, y desde allí pretendía llevar al pueblo a la calle.

El 23 de enero de 2011, desde el aeropuerto Al Maktoum de Dubai, Wael Ghonim tomaba un vuelo con destino a El Cairo. Su objetivo: participar en “El Día de la Ira”, la protesta masiva contra el régimen de Hosni Mubarak que él mismo había contribuido a organizar.

Al igual que Asmaa Mahfouz, del Movimiento Juvenil 6 de Abril, participó con miles de jóvenes egipcios en una jornada que marcaría el inicio de la revolución. El éxito de esa convocatoria le convenció de la necesidad de continuar adelante. Por esta razón, desde la página homenaje a Khaled Shaeed, promovió una nueva protesta para el 28 de enero.

En la víspera de esa jornada, Wael Ghonim escribía el siguiente mensaje en Facebook: “Nuestro día es mañana. Dios mío, trabajemos para congreguemos a ese millón de personas”. Poco después de teclear esas palabras en su ordenador, era arrestado en plena calle por cuatro agentes de la Mujabarat, el servicio de inteligencia egipcio.

El hombre que había encendido la chispa de la revolución iba a pasar once días incomunicado y, por consiguiente, al margen de la evolución del incendio que él mismo había iniciado. Mientras, al desconocer su paradero, tanto su familiares como los responsables de Google.INC., lo buscaban por los hospitales de El Cairo.

Finalmente, tres días después del primer “Día de la Despedida”, también conocido por los fieles al régimen como “El Día de la Lealtad”, Wael Ghonim fue liberado.

El 7 de febrero la multitud reunida en la Plaza de Tahrir lo recibió como a un héroe. Al ser preguntado por su detención, el ejecutivo de Google.INC. afirmó que en ningún momento había sido objeto de tortura. Si bien había permanecido aislado y con los ojos vendados la mayor parte de ese periodo. Así lo describía él en la página de Facebook sobre Khaled Saeed: “Nadie me amenazó ni me torturó. Los agentes de la seguridad que me interrogaron salieron el último día con lágrimas en los ojos. A la hora de liberarme, algunos me abrazaron y se alegraban de ver a jóvenes que aman y se preocupan por Egipto”.

El triunfo de la revolución

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Una semana del mes de enero había bastado para demostrar tanto la importancia de las redes sociales como plataformas para la protesta como la indefensión del régimen egipcio ante semejante novedad.

Además, el movimiento iniciado el día 25 había ido ganando apoyos en las jornadas siguientes, hasta el punto de gozar de cierta simpatía en determinados ambientes del ejército. La caída de Mubarak parecía inminente, tan sólo hacía falta un último empujón.

Conscientes del estado de shock en el que se encontraba el régimen, los opositores se conjuraron para no dejar pasar la oportunidad: era necesario rematar la revolución cuanto antes. Con ese fin, se programó para el primero de febrero una marcha que pretendía reunir a un millón de participantes. Según datos de Al Jazeera, el objetivo se cumplió con creces: dos millones de personas acudieron ese día a la convocatoria de El Cairo.

Una vez más, el epicentro de la manifestación fue la plaza de Tahrir. Desde allí, bajo la atenta mirada de unos soldados cada vez más comprensivos con las exigencias del pueblo, los opositores se dirigieron al palacio presidencial. El objetivo era, tal como se podía leer en los cientos de pancartas que portaban, pedir la dimisión de Hosni Mubarak.

La situación, no obstante, era delicada, pues un empecinamiento del presidente por mantenerse en el poder podía conducir a una guerra civil entre partidarios de uno y otro bando.

A principios de febrero la actitud de Mubarak podía conducir a una transición pacífica, como la que se había producido Túnez, o a un conflicto bélico similar al que meses después vivió Libia.

Al respecto cabe destacar las palabras que, ese mismo día, pronunciaba en una entrevista Mohamed el-Baradei: «Ahora Mubarak debería abandonar el país para evitar que se extienda la violencia (…) la negociación no llegará hasta que se acepten las exigencias de los egipcios, y la primera de ellas es que el presidente Mubarak abandone el cargo. Deseo ver un Egipto en paz; si el presidente se va, entonces todo se desarrollará correctamente».

Los temores de El Baradei empezaron a tomar forma apenas veinticuatro horas después. El día 2 de febrero los habitantes de El Cairo fueron testigos directos de los duros enfrentamientos que, a base de piedras y palos, protagonizaron los partidarios de Mubarak y los opositores al régimen. La plaza de Tahrir fue el principal escenario de una auténtica batalla campal que ni siquiera el ejército pudo detener. La lucha de ese miércoles dejó como legado un nuevo muerto y más de medio millar de heridos.

El viernes 4 de febrero, tal como había sucedido la semana anterior, la salida de la mezquita se convertía en una oportunidad única para organizar una nueva manifestación.

Así lo percibieron los opositores que, a las puertas del propio palacio presidencial, exigieron el final de la dictadura, en lo que bautizaron como el “Viernes de la Despedida”. Sin embargo, el régimen no se iba a dejar sorprender tan fácilmente en esta ocasión. Los fieles a Mubarak convocaron una contra-manifestación que denominaron el “Día de la Lealtad”.

Ambas marchas coincidieron, como dos días antes, en la plaza de Tahrir. Fue necesaria la intervención de el ejército que, haciendo uso de las tanquetas, dividió a los dos grupos. Tan sólo se produjeron tumultos sin relevancia en una jornada donde la tensión existente podía haber llevado a algo mucho más grave.

Según estimaciones de Al Jazeera, más de un millón de opositores se congregaron en la plaza de Tahrir, y muchos de ellos pasaron allí la noche. Además, otras de las principales ciudades del país celebraron también su particular “Viernes de la Despedida”. De entre ellas hay que destacar una vez más a la segunda ciudad del país, Alejandría, que registró una asistencia de medio millón de personas según datos de Al Jazeera.

Mientras tanto, en el palacio presidencial todo era silencio. De sus salones, pasillos y despachos no salía ninguna declaración pública, nada que arrojara luz sobre las intenciones de Hosni Mubarak. La cabeza visible del régimen, salvo breves entrevistas a medios extranjeros, no hizo acto de presencia hasta el día 10 de febrero, casi una semana después del “Viernes de la Despedida”.

En un discurso televisado, el presidente desmintió los rumores que anunciaban su inminente salida del poder.

Reconocía el descontento del pueblo egipcio y sus deseos de cambio, pero imponía un calendario a su medida para llevar a cabo la ansiada transición: Mubarak manifestó su intención de dejar el poder en el mes de septiembre. Hasta entonces delegaría sus funciones ejecutivas en el vicepresidente Omar Suleiman, que sería el encargado de organizar las elecciones, reformar la constitución y derogar la Ley de Emergencia de 1981.

La instalación de varias pantallas gigantes permitió a los opositores que permanecían en la plaza de Tahrir seguir en directo la declaración pública de Mubarak. Todos esperaban que el presidente anunciara su renuncia inmediata. De ahí que, tras las primeras palabras la expectación inicial se tornara en indignación al hacerse evidente que no sería así. Esa misma noche se convocó un nuevo “Día de la Despedida” para la jornada siguiente.

Los egipcios volvieron a salir a la calle un viernes más para exigir la dimisión inmediata del presidente Mubarak. Argumentaban que las medidas de reforma anunciadas en la declaración pública del día anterior llegaban tarde y era insuficientes.

Mientras miles de personas iniciaban a mediodía una nueva concentración, Al Arabiya informó que el presidente había abandonado el país con toda su familia. La noticia fue seguida con espectación por todo el país, si bien pronto se descubrió que la información no era correcta.

Al parecer, el que había salido del país era Youssef Butros Gali, antiguo ministro de Finanzas. Según fuentes gubernamentales, Hosni Mubarak permanecía en Egipto. En concreto se había desplazado a Sharm el Sheij, ciudad del Sinaí, para descansar tras los agitados días que había vivido.

Un nuevo viernes de concentraciones, unido al malentendido sobre la huída del presidente, acabó por derribar definitivamente el régimen. El encargado de anunciar su defunción fue el vicepresidente Omar Suleimán. En un breve comunicado se dirigía a la nación para informar de que Hosni Mubarak abandonaba definitivamente el poder. En su lugar, el Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas, dirigido por el ministro de Defensa, Hussein Tantawi, sería el encargado de supervisar la transición.

La plaza de Tahrir, desde el 25 de enero principal escenario de las protestas, se convirtió en una auténtica fiesta. El sacrificio de Khaled Saeed no había sido en vano. Su labor a través de la red y su asesinato a manos de la policía habían encendido la mecha de la revolución. Es difícil imaginar el cambio político en Egipto, el final de treinta años de dictadura, sin la figura de este martir.

Sin embargo, la primavera egipcia tuvo otros protagonistas. Ha llegado el momento de hablar del organizador en la sombra: Wael Ghonim.

El pulso por el poder

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El régimen de Hosni Mubarak sobrevivió diecisiete días a la presión popular. Un periodo de tiempo -del 25 de enero y el 11 de febrero- en el que Egipto fue el centro de la opinión pública internacional.

#Día26. Sin tiempo para asimilar lo acaecido en la jornada anterior, los egipcios volvieron a lanzarse a la calle. En El Cairo la violencia entre manifestantes y miembros de los cuerpos de seguridad aumentaba por momentos, hasta el punto de registrarse dos nuevas muertes: una por cada bando.

Sin embargo, donde mayor virulencia tomaron los enfrentamientos fue en Suez, donde los manifestantes tomaron y prendieron fuego a varios edificios gubernamentales. Acosada por la presión popular, la policía tuvo que abandonar la ciudad, quedando esta bajo la custodia del ejército. Era la primera vez que los militares intervenían para sofocar las protestas. De su fidelidad o desobediencia al régimen iba a depender en gran medida el triunfo o el fracaso de la revolución.

La tarde del día 26 tenía reservada una nueva sorpresa para los habitantes de Egipto. Desde el aeropuerto de la capital, en un jet privado, huía a Inglaterra, con su mujer y su hija, Gamal Mubarak, hijo del dictador. La imagen del régimen sufría así un duro golpe, asemejándose a un muro que se resquebraja poco a poco. Sin duda el ejemplo tunecino hacía mella entre los gobernantes del país y sus familias.

#Día27. El 27 de enero fue bautizado por los opositores al régimen como “jornada de descanso”. El motivo de esta interrupción de las protestas no era otro que preparar la manifestación masiva que se había convocado para el día 28. No obstante, en Suez continuaban los enfrentamientos violentos entre la población y las fuerzas de seguridad.

Volvieron a producirse incendios en varios edificios públicos, entre ellos una comisaria. A su vez, los saqueos permitieron a los manifestantes hacerse con armas de fuego. En una nueva jornada de violencia en esta ciudad, el número de muertos se elevó a ocho personas.

Mientras todo esto sucedía dentro del país, Mohamed el-Baradei, líder de la oposición, Premio Nobel de la Paz 2005 y director general de la Agencia Internacional de la Energía Atómica (AIEA) entre 1997 y 2009, anunciaba su intención de volver del exilio para estar el la protesta del día siguiente.

Esa misma tarde, los Hermanos Musulmanes hicieron su primera declaración pública relacionada con los sucesos que venían sacudiendo el país desde “El Día de la Ira”. El grupo islamista mostró su apoyo a las protestas, al tiempo que anunciaban su intención de participar en la manifestación prevista para el viernes 28.

#Día28. El objetivo de las manifestaciones era sacar a la calle a todas aquellas personas que, por miedo, se habían quedado en sus casas durante “El Día de la Ira”. Tanto la revolución de los jazmines en Túnez, como el 25 de enero egipcio habían contribuido a disipar ese temor; por tanto, se esperaba una gran afluencia. Además, la elección del día, un viernes, favorecía que las personas se unieran a la protesta a la salida de las mezquitas.

Las previsiones se cumplieron: pocos minutos después de terminar la oración, cientos de miles de egipcios salieron a la calle con intención de manifestarse contra el régimen de Hosni Mubarak. Según cifras de los organizadores, el número de asistentes sobrepasó el millón de personas. Entre ellos, avanzando por el barrio de Guiza, se encontraba Mohamed el-Baradei.

Por su parte, el gobierno también había aprovechado la jornada de descanso para preparar su defensa. En la noche del 27 de enero el servicio de internet y buena parte de la telefonía móvil quedaron cortados en todo el país; si bien algunas personas lograron comunicarse mediante software alternativo. A su vez, se ordenó la inmediata detención de el-Baradei, que se produjo a pocos metros de la mezquita del barrio de Guiza. Por último, se preparó un amplio dispositivo policial capaz de hacer frente a la multitud mediante la utilizacion de gases lacrimógenos y cañones de agua.

No obstante, a pesar de los esfuerzos del régimen, la convocatoria del 28 de enero fue un éxito sin precedentes en la historia del país.

Esto obligó a Hosni Mubarak a hacer las primeras concesiones: nombró un nuevo gabinete, al tiempo que se comprometía a llevar a cabo un plan de amplias reformas. Era demasiado tarde. Con unos opositores conscientes de su fuerza y más de cuarenta muertos entre El Cairo y Suez, no había marcha atrás.

#Día29. La historia nos enseña que en toda revolución, en tanto que poseedores de la mayor fuerza existente, resulta casi decisiva la postura del ejército. Su fidelidad al poder establecido permite a este enfrentarse a los insurrectos. Ahora bien, el hecho de que los militares apoyen a la oposición o, como mínimo, se mantengan al margen, conlleva, casi con total seguridad, el derrumbe del gobierno.

La jornada del 29 de enero marcó un hito al respecto. Tras las protestas del viernes 28, el gobierno sacó al ejército a la calle con el fin de mantener el orden y evitar disturbios como los del día anterior. Se trataba de una medida desesperada tras el fracaso de la acción policial, pero también de una prueba de fuego para Hosni Mubarak: si los militares no respondían a las expectativas, su régimen comenzaría a tambalearse.

La plaza cairota de Tahrir fue tomada por cerca de 50.000 manifestantes en torno a las 14.00 horas.

Se trataba de una masa envalentonada por los resultados de las últimas protestas, pero también enfurecida por la situación del país y por las muertes que se estaban produciendo. En un primer momento, los soldados cumplieron con las órdenes recibidas: tomaron posiciones en las inmediaciones de la plaza y se limitaron a vigilar a la multitud.

Viendo el cariz que tomaba la situación en la plaza, así como en otros puntos de las principales ciudades del país, el régimen dio un paso más: decretó el toque de queda en la capital, así como en Alejandría y Suez, entre las 16.00 de la tarde del sábado y las 8.00 de la mañana del domingo. Al ejército se le encomendó la tarea de velar por su cumplimiento.

Sin embargo, no pudieron -o no quisieron- conseguir que este se respetara. Por la tarde, una vez sobrepasadas las 16.00, las calles volvieron a llenarse de manifestantes. La respuesta del ejército fue ambigua: en algunos puntos se actuó, y en otros su pasividad demostró que su fidelidad al régimen se estaba resquebrajando.

#Día30. Tras una noche de desórdenes, saqueos y enfrentamientos entre policía y manifestantes; una noche en la que no se respeto, al fin y al cabo, el toque de queda. La plaza de Tahrir amaneció llena egipcios que pedían el final del régimen.

Conforme la luz se iba haciendo dueña de las calles de El Cairo, miles de personas se dirigían a ese punto de encuentro para iniciar una nueva jornada de lucha. Dos dudas flotaban en el ambiente después de comprobar la pasividad del ejército a la hora de hacer respetar el toque de queda. La primera de ellas era si el gobierno volvería a hacer uso de los militares, y la segunda era la reacción de estos.

No hizo falta mucho tiempo para resolver esas dos incógnitas. Mientras la plaza se llenaba de gente, las autoridades dieron orden al ejército de tomar posiciones y disparar contra la multitud. La respuesta de estos no fue simplemente negarse, sino que se unieron al pueblo en su protesta.

El pulso entre el régimen y la oposición había terminado; la caída de Hosni Mubarak era únicamente cuestión de tiempo.

El Día de la Ira

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Tres fueron los factores que llevaron a cientos de miles de habitantes de El Cairo a congregarse el 25 de enero de 2011 –“El Día de la Ira”- para protestar contra el régimen.

El primero de ellos fue, sin lugar a dudas, el descontento generalizado -si bien más intenso entre los jóvenes- por la falta de libertad política y la crisis económica. A los abusos de la autoridad, cuyo paradigma era el asesinato de Khaled Saeed, se unían una tasa de paro del 9.7%, -afectaba a casi ocho millones de personas-, algo más de dieciséis millones de egipcios viviendo bajo el umbral de la pobreza (20% de la población), y un alto índice de corrupción gubernamental: un 3.1 para el año 2010 sobre 10 en el Índice de Percepción de Corrupción.

El segundo elemento que hizo posible la protesta del 25 de enero fue la canalización de ese descontento a través de las redes sociales. En concreto, la labor de la página “Kullum Khaled Saeed” y el empeño de su creador por utilizarla como medio para ganar adeptos y plataforma para llevarlos a la protesta en la calle.

Por tanto, no es aventurado afirmar que sin la muerte de Khaled Saeed y la actividad de Wael Ghonim, “El Día de la Ira” no hubiera tenido lugar; o, al menos, no tal y como lo conocemos.

Ahora bien, no hemos de olvidar el apoyo del que gozó la convocatoria por parte de otros grupos opositores como el Movimiento Juvenil 6 de Abril y la coalición Kifaya. El primero de ellos surgió en la ciudad de Mahallah en solidaridad con los trabajadores del sector textil que se habían declarado en huelga a mediados de 2010. Por su parte, Kifaya había sido fundado en 2004 como grupo político opositor al régimen de Hosni Mubarak y partidario de reformas que condujeran al país hacia la democracia.

De hecho, Asmaa Mahfouz, un joven de 26 años que había participado en la formación del Movimiento Juvenil 6 de Abril, publicó un video en Facebook pocos días antes del 25 de enero. En él se dirigía a los internautas egipcios con las siguientes palabras: “Estoy haciendo este video para darles un simple mensaje: queremos ir a la plaza Tahrir el 25 de enero. Iremos allí a exigir nuestros derechos fundamentales. Simplemente queremos nuestros derechos, nada más. Voy a ir el 25 de enero, y distribuiré octavillas por la calle. No voy a prenderme fuego. Si las fuerzas de seguridad quieren prenderme fuego, que vengan y lo hagan. Si te consideras hombre, ven conmigo el 25 de enero. Quien diga que las mujeres no deberían ir a las manifestaciones porque las van a golpear, que se ahorre el honor y la hombría y venga conmigo el 25 de enero”.

Los sucesos de Túnez fueron, no sólo la tercera de las causas a las que nos venimos refiriendo, sino también la chispa que encendió el polvorín egipcio.

El 17 de diciembre de 2010, el joven vendedor ambulante Mohamed Bouazizi decidió protestar contra los abusos de las autoridades, la corrupción y la situación económica, quemándose a lo bonzo frente a la policía. Con ese lamentable suceso dió comienzo la revolución de los jazmines. Apenas un mes después, el 14 de enero de 2011, caía el régimen de Ben Alí.

La influencia de los acontecimientos de Túnez sobre la revolución egipcia se hace evidente cuando repasamos las fechas de las cuatro inmolaciones registradas en el país del Nilo: una de ellas se produjo el 17 de enero, la de Abdou Abdel-Moneim Jaafar, y las tres restantes el día 18 -Mohammed Farouk Hassan, Ahmed Hashim al-Sayyed y Mohammed Ashour Sorour.

Es decir, tuvieron lugar una vez hubo triunfado la revolución de los jazmines. El modo de protesta de estas cuatro personas fue, además, el mismo que el utilizado por el tunecino Mohamed Bouazizi: quemarse a lo bonzo; si bien el único fallecido fue Ahmed Hashim al-Sayyed, natural de Alejandría.

Por tanto, cuando los egipcios se echaron a la calle el día 25 de enero para expresar su descontento, contaban con el triunfo de la experiencia tunecina, así como con el apoyo virtual de cientos de miles de internautas. La gran incógnita de los convocantes era si de verdad ese clamor popular de la red se transformaría en una manifestación masiva en el “mundo real”.

La respuesta la encontraron en la plaza de Tahrir de El Cairo, con algo más de 15.000 asistentes; pero también en otras ciudades como Alejandría, Asuán, Ismailia o Mahallah.

La policía tenía órdenes de evitar la manifestación de la plaza de Tahrir con todos los medios a su alcance. De ahí que intentaran dispersar a la multitud con gases lacrimógenos y cañones de agua. La población respondió con piedras, y pronto aquel escenario se convirtió en una batalla campal. El saldo: cientos de heridos y un policía muerto. Tampoco Suez, donde apenas una semana antes ya se habían producido disturbios, se libró de la violencia entre población y fuerzas de seguridad. En este caso, el enfrentamiento acabó con la vida de dos manifestantes.

“El Día de la Ira” se había convertido en la mayor muestra de descontento popular de la historia del régimen de Hosni Mubarak. El gobierno comenzaba a ser consciente de que de la red a la calle había sólo un paso. De ahí que entre las primeras medidas tomadas por las autoridades estuviera el cierre de Twitter en todo el espacio egipcio.

Además, fuentes gubernamentales se apresuraron a culpar de los hechos al grupo islamista de los Hermanos Musulmanes. El objetivo, como es lógico, era señalar a los radicales para dar la impresión de que se trataba de un hecho aislado y que el pueblo egipcio seguía siendo fiel al régimen. Sin embargo, esas medidas fueron insuficientes, por lo que el gobierno de Egipto se vio obligado a cortar totalmente internet, siendo el primer país de la historia en tomar esa medida.

Una vez recuperado de las emociones vividas el día anterior, Asmaa Mahofouz, del Movimiento Juvenil 6 de Abril, grababa el siguiente mensaje: «Lo que aprendimos ayer es que somos nosotros los que tenemos el poder, no ellos. La fuerza está en la unidad y no en la división. Ayer vivimos los mejores momentos de nuestras vidas».

Mi nombre es Khaled Said

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Khaled Mohamed Saeed, joven informático de 28 años de edad, caminaba por las calles de Alejandría en la tarde del 6 de junio de 2010. Su objetivo: visitar un cibercafé desde donde subir a la red una serie de grabaciones en las que se demostraba la implicación de la policía en el contrabando de narcóticos. La falta de libertad existente en el país, unida al riesgo que suponía llevar a cabo esa tarea desde su domicilio, le convencieron de la necesidad de acudir a un local situado en el barrio de Sidi Gaber.

La historia de Khaled Saeed era similar a la de cientos de jóvenes egipcios que, haciendo uso de las nuevas tecnologías, denunciaban los abusos de las fuerzas de seguridad y la falta de libertad existente en Egipto.

Un país al que Hosni Mubarak mantenía en el estado de emergencia desde su ascenso al poder. La red se convertía así en el mejor medio de expresión para una generación frustrada por la situación política y la crisis económica.

Sin embargo, en la tarde del 6 de junio, Khaled Saeed iba a dejar de ser uno más de los miles de blogueros, tuiteros y usuarios de Facebook que aprovechaban estos medios para canalizar su descontento. A partir de su visita a ese pequeño cibercafé iba a convertirse en un mito de la oposición al régimen. El precio a pagar: su propia vida.

Mientras iniciaba su labor, un coche patrulla con dos agentes se dirigía al cibercafé con el propósito de acabar con sus denuncias para siempre.

Una vez dentro del local, se acercaron al habitáculo donde se encontraba el joven informático con intención de sacarlo de allí. Según testigos oculares, Khaled Saeed trató de resistirse, pero su defensa se quebró cuando le golpearon con una mesa de mármol en la cabeza. En ese momento, Haizam Hassan Hanafi, propietario del establecimiento, les pidió que se marcharan.

En la misma calle, los agentes empujaron al joven egipcio contra la pared de un edificio cercano. Khaled Saeed volvió a golpearse en la cabeza y cayó al suelo. Sin embargo, su calvario no terminaría ahí. Fue levantado del suelo y, apoyado en el muro, recibió varios puñetazos por parte de sus agresores.

Así transcurrió la escena, entre gritos, golpes y sangre, hasta que el cuerpo del opositor quedó inerte. Los policías volvieron a su vehículo dejandole en el suelo y se marcharon. Sólo entonces salieron los clientes del cibercafé. Uno de ellos, médico de profesión, certificó su muerte tras realizar un breve examen.

La manipulación posterior de la autopsia confirmó la versión de los hechos defendida por los responsables policiales: la causa del fallecimiento había sido la asfixia, provocada por un intento de ingerir hachís.

Los testimonios de los testigos presenciales, así como la condición de opositor de Khaled Saeed, eran motivos más que suficientes para sospechar de ese relato. Finalmente, la difusión de las fotografías de su cadaver, lleno de heridas y contusiones –un rostro completamente desfigurado-, echó por tierra la credibilidad de la versión oficial. La hipótesis sobre un posible abuso policial -un asesinato- comenzó a tomar cuerpo.

Los dos agentes fueron arrestados durante cuatro días e interrogados sobre los sucesos de aquella tarde. Se trató simplemente de una pantomima: la versión oficial se mantuvo y los policías fueron puestos en libertad. Para las autoridades del país, Khaled Mohamed Saeed, de 28 años de edad, no había sido asesinado. Pero ¿qué opinaban sobre esto los egipcios? ¿cómo reaccionaron los jóvenes que, como él, reclamaban más libertad desde internet?

Pocos días después, la fotografía del torturado Khaled Saeed circulaba por la red levantando una oleada de protestas que rebasó, incluso, las fronteras de Egipto. Las críticas internacionacionales se fueron sucediendo, mientras que la situación interna llegó a tal nivel de tensión que las autoridades se vieron obligadas a reabrir el caso. Se celebraría un juicio para determinar la culpabilidad de los dos agentes que le detuvieron y, presuntamente, torturaron.

Una imagen difundida por internet había sido capaz de vencer la fría y tenaz oposición de un régimen con casi tres décadas de vigencia.

El gobierno empezaba a percibir la oposición en la red como algo incomodo, pero seguía sin verla como un peligro real. Para los dirigentes egipcios, no existían puentes visibles entre el ámbito de lo virtual y la calle. Esto les permitía sentirse seguros ante las actividades subversivas llevadas a cabo desde los blogs y las redes sociales. Sería precisamente el fantasma de Khaled Saeed el que, casi seis meses después, acabó por demostrarles lo equivocados que estaban.

La repulsa de buena parte de los egipcios al maltrato y asesinato del joven informático hizo germinar una nueva solidaridad entre los habitantes del país. Un sentimientos que, sin lugar a dudas, les unía más como grupo, al tiempo que despertaba su deseo de acabar con el régimen. Los más afectados fueron, como es lógico, aquellos que, a través de la red, habían desempeñado una labor de oposición similar a la llevada a cabo por Khaled Saeed. De uno de ellos partió la idea que iba a cambiar el rumbo de la vida política en Egipto, el origen de una revolución que, en unos pocos meses, iba a derrocar a Hosni Mubarak.

Bajo el seudónimo ElShaheed (el mártir), Wael Said Abbas Ghonim puso en marcha a principios de julio la página de Facebook “Mi nombre es Khaled Saeed”.

Lo que le motivo a llevar a cabo esa iniciativa fue la conmoción que sintió al ver la fotografía del joven torturado en el perfil del activista político y líder del al-Ghad (Partido del Mañana) Ayman Nur: “Sentí que podía haberme pasado a mí. Al día siguiente, tras verificar lo que había sucedido, decidí crear un grupo en Facebook para unir a la juventud egipcia contra las prácticas brutales de la policía. Soy el único administrador de esta página, y así ha sido desde que comencé”.

Con Khaled Saeed por bandera, ElShaheed se propuso utilizar la red social como plataforma para canalizar el descontento popular y llevarlo de internet a la calle. La cantidad de apoyos recibidos en la primera semana sorprendieron hasta al propio creador del perfil. Sin embargo, la página fue bloqueada, por lo que tuvo que generar una nueva: “Kullum Khaled Saeed” (Todos somos Khaled Saeed).

A comienzos de 2011, pocos días antes de la revolución, los usuarios conectados a ella superaba los 500.000 dentro del territorio egipcio. Faltaba tan sólo la chispa que encendiera la mecha del descontento, la llave que abriera las puertas de la esperanza al país del Nilo. Un pueblo del entorno, el tunecino, sería el encargado de marcar el camino.

Nuevos faraones sobre el país del Nilo

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Gammal Abder Nasser, el primer faraón del siglo XX

A comienzos de la década de 1950, la inestabilidad política hacía tambalearse los otrora sólidos cimientos de la monarquía egipcia. La sumisión de Faruk I a los desginios británicos, así como la dolorosa derrota militar en la guerra de 1948 contra Israel, debilitaron enormemente la credibilidad de la casa real. A esto, por supuesto, tampoco ayudaba la condición de cleptómano del monarca, que era conocido dentro y fuera de sus fronteras como “el ladrón de El Cairo”.

El 23 de julio 1952, una sublevación militar llevada a cabo por la agrupación Movimiento de Oficiales Libres, encabezada por Gamal Abder Nasser y Muhammad Naguib obligó a Faruk a abdicar en su hijo Ahmed, un bebé que subió al trono como Fuad II.

Efímero fue su reinado: sólo se le permitió mantener la corona once meses. El 18 de junio de 1953, la monarquía de la dinastía de Muhammad Alí, que había gobernado el país desde la época napoleónica, fue abolida. Egipto pasó a ser una república bajo la presidencia de Nasser.

Con el incondicional apoyo del ejército, el nuevo presidente convirtió el país en una dictadura con régimen de partido único: Unidad Nacional. A su vez, la importante política social desplegada por el el gobierno, otorgó enorme popularidad a su líder, que se ganó el favor de buena parte del pueblo egipcio.

No obstante, las ambiciones de Nasser iban más allá de las fronteras de su propio país. Aspiraba a unir al pueblo árabe bajo la bandera de una izquierda respetuosa con el Islam. El primer paso en ese proceso fue calificar a su partido como “socialista”, al tiempo que, sin abandonar totalmente las estructuras capitalistas, imitó las medidas nacionalizadoras de corte soviético. El segundo escalón en su ascenso a líder del mundo árabe fue su progresivo acercamiento a Moscú, sin que esto le impidiera pertenecer al grupo de los No Alineados o mantener relaciones comerciales con Occidente.

Por último, gracias al prestigio adquirido fuera de sus fronteras como consecuencia de la crisis de Suez (1956), apadrinó la fundación de la República Árabe Unida.

El proyecto panarabista vio la luz el 1 de febreo de 1958 y a él se adhirieron Siria, Yemen y el propio Egipto. Sin embargo, las diferencias entre las élites de los países miembros, así como la distancia entre lo territorios llevaron a la República Árabe Unida al colapso. En 1961 se certificaba el fracaso del proyecto de unidad. Este acontecimiento marcó, al mismo tiempo, el final del ascenso político del presidente egipcio.

El 28 de septiembre de 1970, entre las lágrimas de sus abundantes partidarios y la alegría contenida de los opositores, moría el carismático Gamal Abder Nasser. El hombre que había derrocado a la monarquía dejaba asentada en el país una dictadura capaz de sobrevivir a su ausencia durante cuarenta años.

Anwar el Sadat, el faraón asesinado

A la muerte de Nasser se hizo con el poder Anwar el Sadat, secretario del partido Unidad Nacional.

El nuevo presidente había luchado desde muy joven contra la monarquía de Faruk I y la influencia británica que este permitía. En 1939 se integró en el grupo de oposición liderado por Gamal Abder Nasser y Muhammad Naguib, el Movimiento de Oficiales Libres; y once años después participó activamente en la sublevación militar contra el rey. Tras la proclamación de la República fue nombrado miembro del Consejo de la Revolución.

En el momento de la muerte de Nasser, Anwar el Sadat ocupaba el cargo de vicepresidente de la República. Era, por tanto, el mejor situado para suceder al carismático difunto. De esta manera, a pesar de no gozar con la popularidad de su antecesor, logró imponerse a todos sus rivales y hacerse con las riendas del poder. Su ideología no se alejaba demasiado del nacionalismo de izquierdas propio de Nasser. Además, a pesar del fracaso de la primera experiencia de unidad árabe, no había abandonado sus ideas panarabistas.

En política interior, Sadat mantuvo en líneas generales marcadas por el gobierno anterior. Es decir, ayudas sociales de corte populista y dura represión de los opositores. Dentro de estos últimos, tomaban cada vez mayor fuerza los Hermanos Musulmanes, un grupo islamista fundado en 1928 por Hassan el-Banna y que, como consecuencia del acercamiento de Egipto a Moscú, venía recibiendo importantes ayudas por parte de los Estados Unidos.

En lo que a política exterior se refiere, Egipto continuó coqueteando, dentro del contexto de Guerra Fría, con la Unión Soviética. A mismo tiempo, desde la perspectiva árabe, Israel constituía el gran obstáculo para construir el sueño de la unidad.

El cambio en la política internacional de Sadat llegó como consecuencia de la derrota en la Guerra del Yom Kippur. En 1973, el ataque combinado de Egipto y Siria contra Israel contaba con el factor sorpresa como principal aliado. Sin embargo, tras un primer momento en el que la victoria parecía algo más que probable, los judíos reaccionaron y desbarataron los planes de las naciones árabes.

A partir de entonces, consciente de que el país no podía estar sometido a las constantes sacudidas que suponían las derrotas contra Israel, el presidente renunció a la lucha por la unidad árabe. En el plazo de cinco años reconoció diplomáticamente al Estado judío, visitó Jerusalén para reunirse con su presidente y se desvinculó de la política soviética.

El establecimiento de relaciones amistosas con Israel y los Estados Unidos fue considerado como una traición por parte de las naciones árabes. A su vez, dentro de sus propias fronteras, las medidas de Sadat tampoco tuvieron buena acogida. Más teniendo en cuenta que abandonó el socialismo populista impuesto por Nasser para abrir una intensa etapa de liberalismo económico. La tensión se hizo notar en la calle, donde las fuerzas de seguridad tuvieron que actuar con dureza contra los opositores.

La represión, en especial contra los Hermanos Musulmanes, alcanzó su grado máximo desde la instauración de la República en 1953.

Finalmente, el 6 de octubre de 1981, Anwar el Sadat era asesinado por los integristas islámicos mientras presidía un desfile militar. Su cruenta muerte abrió las puertas a un estado de excepción que se mantuvo en el país durante todo el gobierno de su sucesor.

El faraón de Occidente

Hosni Mubarak, vicepresidente de la República desde 1975, fue elegido sucesor de Anwar el Sadat tras el atentado que acabó con la vida de este en 1981. El protagonismo de los islamistas en ese acontecimiento permitió al nuevo presidente intensificar aún más el sistema represivo que habían mantenido sus antecesores.

El régimen de Hosni Mubarak contó, a lo largo de sus treinta años de existencia, con el apoyo del mundo occidental, y especialmente de los Estados Unidos.

Para Egipto resultaba fundamental desde el punto de vista económico la alianza con el gigante americano. Mientras que para este, el país del Nilo era un punto geopolítico clave en sus relaciones con el mundo árabe. De esta manera, el silencio de Washington y de las cancillerías europeas ante las constantes violaciones de los derechos humanos en Egipto era el precio a pagar por contar con un Caballo de Troya dentro de la Liga Árabe.

Entre los grandes logros de Mubarak cabe destacar la buena marcha de la economía en sus primeros años al frente del país, así como la restitución de la península del Sinaí por parte de Israel en 1982. Este último hecho le permitió a Egipto recuperar su prestigio dentro del mundo árabe, muy deteriorado tras el establecimiento de relaciones con Israel.

Sin embargo, la estabilidad del régimen iba a verse sacudida a comienzos del siglo XXI por la situación política en la zona y la crisis económica. El pueblo egipcio, sometido durante demasiado tiempo, tenía cada día menos paciencia con el último de los faraones modernos. Una nueva violación de los derechos humanos sería el desencadenante de la revolución.

Profetas de paz, profetas de guerra

Esa fue, en esencia, la postura del laborismo de Rabin y Peres, la que primó en las conferencias de Madrid de 1991 y la Casa Blanca en 1993 (donde, a partir de los principios de Oslo, se creó la Autoridad Palestina). ese fue, sobre todo, el espíritu que Ehud Barak llevó a Camp David y la propuesta que los representantes de ambos bandos estaban a punto de consolidar en las negociaciones de Taba, Egipto, en el año 2001. (En ellas se había pactado la devolución del 96 por ciento de los territorios ocupados.) ¿Por qué fracasaron? En lo sustancial, por obra y gracia de Yasir Arafat. Fue Arafat quien inexplicablemente frustró esa solución política que habría llevado al establecimiento inmediato del Estado palestino. Fue él quien -en otro giro cruel de la dialéctica histórica- provocaría la caída estrepitosa del laborismo y prepararía el ascenso de su enemigo histórico, el torvo general Sharon. Esa decisión de Arafat evitó que lo rebasara su ala radical pero implicó necesariamente la apuesta definitiva por el terrorismo martirológico de su propio pueblo. Ésa es la otra parte de la verdad.

Varios Autores, En defensa de Israel, p. 119 y 120.

#15M. Los movimientos sociales del siglo XXI

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Quizás sea demasiado pronto para sacar conclusiones sobre los acontecimientos que han protagonizado en los últimos meses jóvenes de las dos orillas del Mediterráneo. Es apresurado pretender entenderlos en toda su amplitud, pero se hace necesaria una primera comprensión que permita enmarcar un modus operandi que, lejos de ser algo aislado y temporal, está llamado a protagonizar las protestas sociales de las próximas décadas.

En esta breve reflexión trato de aportar mi punto de vista sobre estos acontecimientos. Se trata, en definitiva, de la opinión de una persona que no pertenece a ninguno de los grupos que han llevado adelante estas protestas. Sin embargo, si mi opinión posee algún valor, ese es el de la reflexión, el seguimiento exhaustivo de estos grupos y de sus actuaciones, así como la labor de comparación con otros fenómenos similares, ya sean contemporáneos o pretéritos.

Dos peligros: la utopía y el desprecio

Mi punto de partida es la desconfianza ante los partidarios de una u otra postura; la huida, al fin y al cabo, de las simplificaciones y del afán de poner etiquetas.

No estamos ante un movimiento que vaya a solucionar todos nuestros problemas llevándonos al paraíso terrenal. Las utopías, por desgracia, siempre nos han conducido a callejones sin salida, a lugares más inhóspitos que aquellos de los que salíamos. Tampoco es cierto que los profesionales de la política sean todos unos sinvergüenzas, ni que el sistema, ya sea político o económico, esté totalmente corrompido y deba ser cambiado –derribado- de arriba a abajo.

Lógicamente, no todos los que protestan piensan así, pero entre algunos de ellos se aprecia una tendencia hacia esa peligrosa utopía, hacia ese querer cambiarlo todo sin contar de donde venimos.

A los historiadores, como es lógico, eso nos produce escalofríos que, según pasan las horas, se transforman en auténtico pánico.

Ahora bien, la simplificación puede tomar otro camino: el desprecio. Las protestas de Sol pueden solucionarse en las mentes más cerradas con la simple descalificación. Es un grave error acusar al movimiento del 15M de turba izquierdista tendente al botellón; de vagos que, por no buscar trabajo, son capaces de irrumpir en nuestras vidas únicamente para molestar; de personajes, al fin y al cabo, despreciables e indignos de nuestra atención.

En la plataforma del 15M hay personas muy válidas. La mayoría de ellos son universitarios, incluso algunos con estudios de posgrado y masters en las más diversas materias. En Sol no hay gente borracha, no hay violencia, no hay ideologías políticas predominantes, lo único que existe es deseo de cambio.  Incluso no son todos desempleados, pues buena parte de los protagonistas de este movimiento son personas que se turnan para compatibilizar sus horarios de trabajo con su presencia en la protesta.

Tampoco son vagos, y buena muestra de ello es el curriculum vitae de algunos de los promotores o el hecho de que hayan logrado ser autónomos en cuestiones como la electricidad. Por no hablar de los servicios de alimentación, guardería, coordinación con las fuerzas de orden público, limpieza, distribución de artículos de primera necesidad, información o alojamiento.

La verdadera importancia del 15M

En la jornada de reflexión –sábado 21 de mayo- las cuestiones en torno a la protesta de Sol se centraban en dos puntos: la abstención electoral y la continuidad del movimiento. De esta manera, el triunfo o fracaso de estos grupos se medirá a partir del domingo en torno a esas dos coordenadas.

Si pensamos así, nos equivocamos. Esas no son las verdaderas claves de lo que está pasando. Creo que la repercusión del 15M en las urnas será mínima, y no vaticino una larga vida a estos grupos. Pero, a pesar de todo, su importancia es demasiado grande como para que pase desapercibida.

No estamos asistiendo a una protesta de unos grupos determinados contra una situación determinada en un lugar determinado, sino al nacimiento de una nueva manera de encauzar el descontento.

Han nacido unos nuevos canales de protesta y una nueva manera de actuar por parte de la ciudadanía. En definitiva, estamos ante el alumbramiento de unos movimientos sociales, los del siglo XXI, cuyo protagonismo amenaza con dejar sin validez a los antiguos modelos asociativos.

Los movimientos sociales del siglo XXI

En la década de los setenta comenzaron a tomar fuerza los llamados Nuevos Movimientos Sociales, con un especial protagonismo de campos como el ecologismo, el feminismo y el pacifismo. Estos, sin perder validez en algunos de sus postulados, iniciaron el siglo XXI en un campo distinto al de su origen. Ya no pertenecían al mundo de la protesta sino que, integrados en las instituciones, habían pasado a formar parte de la estructura contra la que, en sus incios, protestaban.

En definitiva, los Nuevos Movimientos Sociales habían dejado de ser canales de expresión de la ciudadanía para convertirse en instrumentos de los centros de poder. Este anquilosamiento, fruto a su vez de su triunfo, se manifestaba en cuestiones tan evidentes como la aparición de ministerios de Medio Ambiente, la imposición de la ideología de género o el desarrollo de la legislación tendente a la igualdad entre mujeres y hombres.

No cabe duda de que algunas de estas conquistas han resultado positivas. Sin embargo, nos han conducido al inevitable distanciamiento entre estos grupos y la sociedad civil. La respuesta a esta orfandad parace estar en una nueva generación de movimientos sociales, los del siglo XXI.

Estos surgen como los fenómenos asociativos de la juventud actual que, lejos de aceptar el modelo creado por sus padres, busca rebelarse contra él y fundar un nuevo paradigma.

Los movimientos sociales del siglo XXI surgieron en la primavera de 2011 en la revolución egipcia. Desde allí han ido extendiéndose y, ahora, amenazan por extenderse por el continente europeo. No cabe duda de que no son comparables las reclamaciones de los jovenes egipcios con las de los españoles, porque tampoco es comparable el régimen de Mubarak con la democracia de 1978. Sin embargo, los modos de actuación y los protagonistas de ambos movimientos presentan muchos rasgos en común.

En resumen, el contenido de la protesta no es lo que caracteriza a estos nuevos movimientos, sino su modus operandi.

El primer elemento común a las dos principales protestas, la egipcia y la española, es el protagonismo de las redes sociales. Ya sea Facebook –Egipto- o Twitter –España-, lo cierto es que estamos asistiendo al nacimiento de unos nuevos canales de comunicación y expresión capaces de conectar a miles de personas de los más diversos lugares sin necesidad de organizar ningún tipo de reunión.

La novedad, sin embargo, no es esa. La verdadera revolución se produce cuando los contenidos de la red rebosan y son capaces de tomar las calles. Los últimos acontecimientos nos demuestran que las redes sociales son, actualmente, un canal idóneo para convocar protestas.

El segundo rasgo en común es el descontento. En principio, tanto en Egipto como en España los manifestantes pretenden lograr cambios políticos, pues consideran que se encuentran ante un sistema que no funciona bien. Partiendo de la base de que no existe sistema político perfecto, hay que reconocer que el de 1978 se ha ido deteriorando notablemente en las tres últimas décadas.

No obstante, todos sabíamos que era así, y nadie salía a la calle. Cabe preguntarse por qué ahora. La respuesta es económica, no política. Únicamente la falta de trabajo, de dinero, la frustración… han llevado a la calle a personas que, desde hace décadas, sabían de sobra los problemas del sistema político.

La revolución egipcia y los movimientos del 15M español tienen un último rasgo en común: el protagonismo de la juventud.

Los jóvenes siempre han sido inconformistas y menos tendentes al pensamiento conservador que, lógicamente, poseen las personas mayores, con la vida hecha y sin mucha necesidad de cambio. Es más, estos últimos suelen temer ese cambio. No obstante, en el caso actual nos encontramos con dos elementos más que justifican el protagonismo de la juventud en los movimientos sociales del siglo XXI: el uso de las redes sociales y su frustración ante una crisis económica que les afecta, especialmente, a ellos.

Estos jóvenes han nacido con ordenadores en sus casas. De esta manera, desde pequeños se han ido familiarizando con el uso de la informática y, más tarde, con internet. Con el tiempo han ido apareciendo las redes sociales, y, justamente, han sido ellos los primeros en usarlas y los que con más fuerza han participado de este fenómeno.

Por tanto, es lógico que, ante unos movimiento que se mueven en las redes sociales, sean ellos los que lleven la voz cantante.

Pero además, los españoles entre los 25 y los 35 años han sido los más castigados por la crisis. No hemos de olvidar que un 50% de paro juvenil es un escándalo para cualquier país, y un drama para una generación entera. Generación que, además, lejos de obtener compresión, ha sido vilipendiada y etiquetada con las más diversas descalificaciones.

Es cierto que muchos de ellos viven con sus padres y que, por tanto, no pasan necesidad. Sin embargo, la frustración existe y es cada día más pesada, y el deseo de independencia se resiente. Hemos de tener en cuenta que, en muchos casos, hablamos de universitarios, personas de posgrado y masters; es decir, estamos ante buenos curriculums, no ante gente con el graduado escolar y poco más. Lo que no implica que no existan, como en toda generación, personas mal preparadas y con pocas ganas de trabajar.

Conclusión

Las protestas de primavera han conducido, por tanto, al nacimiento de un nuevo modelo asociativo que, lejos de ser algo temporal, ha llegado con vocación de permanencia. El futuro de los movimientos surgidos en torno a él es incierto. Únicamente el paso del tiempo y el desarrollo de cada una de las protestas en cada uno de los países nos darán una respuesta adecuada.

Lo que parece claro es que los Nuevos Movimientos Sociales de los años setenta, predominantes hasta la fecha, irán perdiendo protagonismo. Algunas de sus ideas, no obstante, quedarán recogidas en los programas de sus sustitutos: los movimientos sociales del siglo XXI.

Estos, con una nueva generación como protagonista y con las redes sociales como canal de comunicación, están llamados a canalizar la protesta ciudadana de las próximas décadas.

Ahora bien, todos estos movimientos no están exentos de peligros. La radicalización de los mismos es, sin duda, uno de los más importantes. La moderación debería ser la bandera de las protestas. Sólo a través de ella se puede dar credibilidad a las propias ideas y hacerlas aceptables para toda la sociedad, también para los no tan jóvenes.

Otro peligro es el de la absorción. Es decir, que la protesta caiga en manos de grupos organizados o, incluso, partidos políticos que, con fines distintos a los originales, traten de orientar el descontento hacia sus intereses particulares.

El mundo griego clásico

Heródoto nació a comienzos del siglo V a. C. y llevó a cabo su gran investigación acerca de los conflictos que enfrentaron a griegos y persas al menos hasta los primeros años de la década de 420 a. C. Su ciudad natal no fue Atenas, sino Halicarnaso, en el suroeste de Asia Menor, donde coexistían la cultura griega y la no griega bajo el dominio vacilante del imperio persa. Era de noble cuna, y en su familia ya había precedentes literarios. Se le atribuyen diversos actos políticos contra un tirano de su patria que provocaron su exilio en el extranjero. Al final se estableció en Turios, en el sur de Italia, una ciudad cuya fundación a finales de la década de 440 fue planificada por los atenienses en el antiguo emplazamiento de la lujosa Síbaris. En el mundo griego, los historiadores solían acabar en el destierro, apartados del ejercicio cotidiano de la política y del poder que resultaba mucho más interesante que escribir un libro.

Heródoto se propuso contar y celebrar los grandes acontecimientos de las guerras médicas. La empresa lo llevó a realizar largas digresiones, tanto literarias como personales. Realizó grandes viajes para llevar a cabo su «investigación» y descubrir la verdad en la medida de lo posible. Visitó Libia, Egipto, el norte y el sur de Grecia e incluso Babilonia. No conocía ninguna lengua extranjera y, por supuesto, carecía de convenientes manuales de referencia provistos de fechas que situaran en tablas comparativas los acontecimientos ocurridos en los distintos países. En el curso de sus viajes observó un gran número de diversos objetos y monumentos con inscripciones, pero no siempre describió correctamente todos sus detalles y tampoco se puso a investigar los documentos conservados en los distintos lugares. Sin embargo, dispuso de varias fuentes escritas, incluida una que tomó por una «lista» del ejército de la gran invasión de Jerjes de 480 a. C. La mayoría de sus testimonios fueron orales, esto es, lo que las gentes de los distintos lugares le contaban cuando él les preguntaba. Con todo ello compuso un relato, aunque él no fuera un simple narrador como los demás. De vez en cuando utiliza fuentes escritas, sobre todo la obra (actualmente perdida) de su gran predecesor, Hecateo de Mileto, más inclinado por los detalles «geográficos» que por la «historia» política. Al parecer, se sirvió también de los poemas de Aristeas, el griego que había viajado por Asia central en ca. 600 a. C. Heródoto se mostró explícitamente crítico con muchas de las leyendas que él mismo recogió de sus fuentes orales, pero que no pudo confirmar.

Heródoto ofrece contundentes interpretaciones personales de sus complejas fuentes, relacionando unas con otras. Los grandes temas de la libertad, la justicia y el lujo son sumamente importantes en su «investigación»: compartía el punto de vista griego de que las batallas de 480-479 entre helenos y persas habían sido una lucha por la libertad y por una vida bajo el imperio impersonal y justo de la ley, y es sobre todo su historia la que las ha inmortalizado bajo ese prisma. El discurso final de su «investigación» se recrea en las diferencias existentes entre los persas, duros y pobres, que inauguraron una nueva época de conquistas, y el lujo «muelle» de los pueblos que habitaban en las «muelles» llanuras y se convirtieron en súbditos de otros. A ojo de Heródoto, ciertas cuestiones de la vida humana eran evidentes: que «el orgullo precede a una caída» y que el exceso de buena suerte conduce a una debacle, que una conducta realmente ofensiva recibe a menudo su merecido castigo, que las cosas humanas son muy inestables, que las costumbres de las diversas sociedades son muy distintas unas de otras y que una parte del comportamiento que tanto apreciamos, pero no su totalidad, tiene que ver, por tanto, con la sociedad en la que nos ha tocado vivir. Estos puntos de vista siguen teniendo plena validez en nuestro mundo actual.

Robin Lane Fox, El mundo clásico. La epopeya de Grecia y Roma, p. 186-187.