El proyecto centralizador de Alfonso X


¿Podemos considerar que lo que se ha dado en llamar Estado Moderno ya existía, de modo prematuro, en la Castilla de 1300? Son numerosos los investigadores que responden a esta cuestión de manera afirmativa, basándose para ello en los requisitos que ha de cumplir un Estado de este tipo:

  • Existencia de una serie de instituciones centrales.
  • Considerables avances en lo referente a la unificación jurídica del reino.
  • Capacidad regia para otorgar leyes e impartir justicia en base a los principios revisados del Derecho Romano.
  • Aparición de una fiscalidad de estado estable y ajena al entramado feudo-vasallático.
  • Afirmación del pensamiento político de principios de soberanía regia.

Pues bien, algunos historiadores consideran que estos requisitos se daban en Castilla a lo largo del reinado de Alfonso X (1252-1284); y, por esa razón, puede ser considerado un caso pionero y prematuro de Estado Moderno en la Historia europea. No obstante, otros autores retrasan esa realidad al reinado de su nieto Alfonso XI, en el que consideran que, de forma momentánea, el sistema llega a consolidarse. Sea como fuere, en tiempos del rey Sabio encontramos las siguientes manifestaciones:

  • Superación de la diversidad legal existente en los diversos territorios del reino mediante la elaboración de un completo corpus jurídico. Dentro de este destacaron tres obras: el Fuero Real, unificación jurídica y afirmación del principio de monopolio legislativo del monarca; el Especulo, renovación del Derecho a partir de la armonización de los códigos existentes; y las Partidas: se trataba de una gran recopilación de leyes basadas en el Derecho Común.
  • Fortalecimiento de la potestad jurisdiccional: el rey, a pesar de que se reconocía la jurisdicción de señores y municipios, se convirtió en depositario último de la titularidad. Además, el monarca se reservaba determinadas acciones de justicia -traición, alevosía, quebrantamiento de camino, mujer forzada, muerte…-, así como el derecho de última instancia de apelación. Surgió, pues, un doble aparato de justicia que, no sin roces, convivió a lo largo de ese reinado. Por un lado, encargados de los pleitos foreros, se situaban los justicias forales, y por otro, en lo que se refiere a los pleitos del monarca, los alcaldes del rey.
  • Transformaciones en la administración cortesana y territorial: la aparición de jueces, nuevos oficios domésticos de palacio, y cargos relacionados con la Hacienda –tesoreros-en el área cortesana, fue complementada por un mayor desarrollo de la administración territorial. Esta, basada en merindades y adelantados, tuvo como principal objetivo la organización de los territorios recién incorporados al reino. Además, en 1252, surgieron las Cortes de Castilla que, convocadas por el monarca y formadas por procuradores de las principales villas y ciudades, tenían como principal función estudiar las peticiones de servicios del rey.
  • Transformaciones fiscales: se asistió a la consolidación de la fiscalidad estatal, y, por tanto, a la superación paulatina –el proceso fue muy lento- de la señorial. De esta forma, fueron surgiendo progresivamente formas de extracción fiscal -servicios, monedas foreras, servicio y montazgo de ganados, décimas, tercias reales, bula de cruzada, portazgos, diezmos de la mar, aduanas, almojarifazgos-, gracias a los que se pudieron afrontar los numerosos gastos del Estado, especialmente los de tipo militar.

A pesar de los grandes esfuerzos realizados, podemos afirmar que el proyecto de Alfonso X, si bien solo parcialmente, fracasó. Esto se manifestó principalmente en las sublevaciones nobiliares y concejiles, grupos que consideraban que este proyecto constituía una agresión de la monarquía a sus libertades y privilegios. Además, el problema sucesorio contribuyó también a debilitar la posición monárquica en un reino ya de por sí poco maduro política y socialmente para las ideas de Alfonso X.

Visitamos la Fundación Transición Española


Camino de la International Knowledge Fair 2017, hemos hecho escala en Madrid para visitar la sede de la Fundación Transición Española. Allí hemos participado en un acto que contó con la participación de su director y del ministro de la UCD Salvador Sánchez-Terán. Trece alumnos del IES Juan Martín el Empecinado tuvieron la oportunidad de compartir una hora de conversación con uno de los protagonistas del cambio político en España. Al final el tiempo nos supo a poco y se nos quedaron varias preguntas en el tintero. Otra vez será.

De entrada nos vamos con buen sabor de boca y con ganas de repetir la experiencia. También nos llevamos una serie de conocimientos sobre esa etapa de la historia de España que, hasta la fecha, desconocíamos. Hablo de cuestiones relacionadas con la personalidad de Adolfo Suárez, la crisis de la UCD, el golpe de Estado del 23F o la situación de Cataluña a la muerte de Franco.

Ahora nos espera la Feria de Almagro, en la que pasaremos dos días presentando nuestros proyectos y aprendiendo de alumnos y profesores de otros centro. El evento promete: más de cien alumnos, medio centenar de profesores, participantes de cuatro países y, sobre todo, mucha ilusión por mejorar la educación.

Vídeo para la International Knowledge Fair 2017


La International Knowledge Fair es un evento educativo a nivel Europeo que se celebra este año en el IES Antonio Calvín del Almagro (Ciudad Real). Con ese motivo, varios alumnos del IES Juan Martín el Empecinado acudirán a presentar algunos de los proyectos que han realizado durante este curso en la asignatura Historia del Mundo Contemporáneo. A continuación dejo un aperitivo: nuestro vídeo promocional.

El funcionalismo estructural de Robert Merton


Robert Merton, discípulo de Talcott Parsons, desarrolló en el campo de la sociología algunos de los postulados de ese importante teórico del funcionalismo estructural. Entre sus obras destaca El análisis estructural en la Sociología (1975), donde enuncia su teoría de las funciones manifiestas y latentes. Es uno de los principales representantes del funcionalismo norteamericano. Si bien también hay que destacar su labor en el campo de la sociología de la Ciencia.

La crítica a los postulados funcionalistas

A lo largo de su obra critica los tres postulados básicos del análisis funcional. En primer lugar, no está de acuerdo con que determinados aspectos de la sociedad funcional puedan aplicarse a todos los casos. En concreto, piensa que el alto grado de integración de las partes del sistema social se da sólo en los pequeños grupos primitivos. Quedando los más grandes y complejos al margen de esa afirmación.

Tampoco se muestra de acuerdo con el postulado del funcionalismo universal. Según este, todas las formas y estructuras sociales y culturales estandarizadas cumplen funciones positivas. Para Robert Merton esta afirmación se encuentra en franca oposición con la realidad.

Por último, tampoco admite el postulado de la indispensabilidad. Este sostiene que todos los aspectos estandarizados de la sociedad –todos cumplen funciones positivas según la segunda afirmación enunciada- representan también partes indispensables para el funcionamiento del todo. En contra de esto, y al igual que Parsons, cree que existen alternativas funcionales y estructurales que pueden adecuarse a la sociedad.

El desarrollo del funcionalismo estructural

Por tanto, Robert Merton afirma que los postulados clásicos del análisis funcional se basan en sistemas teóricos abstractos. Es decir, no verificados empíricamente. Para él, todo análisis estructural-funcional ha partir del estudio de los grupos, las organizaciones, las sociedades y las culturas.

Además, todo objeto de análisis debe representar una cosa estandarizada (normada y reiterativa): roles sociales, normas institucionales, normas culturales, normas sociales, estructura social… Desde ese punto de vista, el análisis funcionalista debe basarse en las funciones sociales, no en los motivos individuales.

Merton entiende que no todas las formas y estructuras sociales y culturales estandarizadas cumplen funciones positivas. De esta manera, cuando un hecho social tiene consecuencias negativas para otro, hablamos de disfunción. Igualmente, las acciones tienen consecuencias previstas y consecuencias imprevistas, requiriendo estas últimas de un análisis sociológico para su identificación.

En su clasificación también desarrolla la existencia de funciones manifiestas, o intencionadas y funciones latentes o no intencionadas. Además, introduce dentro de las consecuencias no previstas a las funciones latentes: son un tipo de consecuencias imprevistas funcional para un sistema determinado.

Por último señala que una estructura puede ser disfuncional para el sistema en su conjunto y, no obstante, seguir existiendo. Aunque, al fin y al cabo, Robert Merton mantiene que no todas las estructuras son indispensables, pues algunas partes del sistema social pueden ser eliminadas. Esta idea hace que la teoría funcional supere otro de sus sesgos conservadores: el funcionalismo estructural admite el cambio social intencional.

Estructura social y anomia

Robert Merton nos legó una concreta definición de cultura. Él entiende que se trata de un “cuerpo organizado de valores normativos que gobiernan la conducta que es común a los individuos de una determinada sociedad o grupo».

A su vez, resume el concepto de estructura social como el “cuerpo organizado de relaciones sociales que mantienen entre sí diversamente los individuos de la sociedad o grupo».

A partir de ambas definiciones desarrolla su concepción de anomia. Esta se daría cuando se da una “disyunción entre las normas y los objetos culturales y las capacidades socialmente estructurada de los individuos del grupo para obrar de acuerdo con aquéllos». Es decir, la cultura exige cierto tipo de conducta que la estructura social impide que se produzca.

La unificación alemana


Alemania antes de la unificación

El antiguo I Reich i Imperio alemán, después de 1815 quedó reconstruido en una Confederación Germánica formada por 39 Estados independientes, de entre los cuales Prusia era el más poderoso.

Las bases de la unificación de sentaron en el segundo tercio del siglo XIX, precisamente en torno al reino de Prusia.

Hasta 1848 el panorama del nacionalismo alemán giraba en torno a tres grupos opuestos de Prusia y Austria:

  • El movimiento de la “Joven Alemania”, más literario que político, contaba con apoyo entre la burguesía liberal. Su influencia era limitada, y políticamente eran nacionalistas liberales o republicanos demócratas.
  • La llamada izquierda hegeliana, de tendencia liberal y crítica que dará lugar a la introducción de las ideas socialistas en Alemania durante la década de 1840. Especial mención merece al respecto la obra de Marx y Engels: El manifiesto comunista (1848). Después del fracaso de la revolución de 1848 seguirán defendiendo su ideal de una Gran Alemania unificada a través de la voluntad popular.
  • El liberalismo burgués, cuyo programa se basaba en la demanda de reformas que garantizasen su participación a través de cartas constitucionales. Tras el fracaso de las revoluciones de 1848 este grupo renovó sus aspiraciones unitarias dándoles un carácter conservador y propugnando el liderazgo de Prusia.

El hecho de crucial importancia en la unificación alemana fue la culminación en 1834, bajo la iniciativa del reino de Prusia, de la Zollverein o Unión Aduanera, que englobaba a 25 Estados alemanes.

La Unión Aduanera impulsó los intercambios comerciales al crear un mercado unificado de 26 millones de alemanes.

Promovió, a su vez, la mejora de la red de transportes y especialmente de los ferrocarriles, aspecto fundamental para la gran expansión económica de la segunda mitad de siglo. Además, ayudó decisivamente al proceso de unificación al afirmar la hegemonía de Prusia gracias a su superioridad económica, y a disminuir la influencia de Austria.

A partir de ese momento se definieron las posturas sobre la unificación, que giraban en torno a dos posiciones:

  • Los defensores de la Gran Alemania (Reformverein), que pretendían incluir en la futura unificación del Reich a todo el Imperio Austríaco.
  • Los partidarios de la Pequeña Alemania (Nationalverein), que deseaban integrar únicamente las regiones alemanas del Imperio Austríaco.

Esta última solución no era posible, al negarse Viena a romper los lazos entre los Estados del Imperio. Así como por el miedo a un enfrentamiento por la supremacía entre el rey de Prusia y el Emperador de Austria. Por esa razón, en la década de los sesenta, la política de Prusia se orientó hacia el aislamiento de Austria. De ahí su interés en evitar su entrada en el Zollverein.

En 1862 Otto von Bismarck accedió a la cancillería de Prusia. Bismarck, descendiente de la aristocracia terrateniente prusiana (junkers), era un monárquico conservador que despreciaba el liberalismo y el constitucionalismo.

Su política iba dirigida al engrandecimiento de Prusia y su idea de la nación alemana, indiferente para él, representaba sólo el modo de asegurar la preponderancia prusiana. Con su política de afirmación de la hegemonía de Prusia en Alemania se inició, a través de una serie de guerras, el proceso de unificación.

La crisis de los ducados daneses en 1864.

La muerte de Federico VII de Dinamarca motivó esta crisis ya que los ducados de Schleswig y Holstein –administrados por Dinamarca desde 1852- se negaron a reconocer al nuevo rey. Austria y Prusia decidieron declarar la guerra a Dinamarca y, tras la derrota del ejército danés, hacerse cargo conjuntamente de dichos ducados.

En 1865, por el Tratado de Gastein, Holstein quedaba bajo la administración de Austria y Schleswig de Prusia.

La guerra austro-prusiana de 1866.

El clima de tensión entre Austria y Prusia desembocó en la guerra. Esta última, tras firmar acuerdos con Italia y Francia, decidió invadir Holstein lo que provocó la guerra. El ejército austríaco fue derrotado en Sadowa y Austria tuvo que firmar la Paz de Praga por la que aceptaba la incorporación de Holstein a Prusia.

Se despejaba así el camino para la creación de la Confederación Alemana del Norte (1867). Al mismo tiempo, Bismarck firmaba tratados comerciales y militares con los Estados del sur. Napoleón III consideró que este proceso podía llevar a la hegemonía prusiana en el continente, lo cual empeoró las relaciones entre ambos.

La guerra franco-prusiana y la fundación del II Reich.

El tenso clima entre Francia y Prusia estalló como resultado de la candidatura de Leopoldo de Hohenzollern al trono español (febrero de 1870). Napoleón III rechazó esta posibilidad y las negociaciones entre su embajador y el rey de Prusia en Ems no hicieron sino complicar más las cosas.

En julio estallaba la guerra: a las derrotas de Sedán y Metz siguió la capitulación de París en enero de 1871.

El fervor nacionalista de la victoria fue suficiente para justificar la proclamación del II Reich en Versalles, al que se integraron los Estados alemanes del sur. Este nacía como Estado federal, bajo la presidencia del rey de Prusia, Guillermo I, que se convirtió en Emperador. Además, como consecuencia del enfrentamiento bélico, el nuevo Reich se hacía, a costa de Francia, con los territorios de Alsacia y Lorena.

El proceso de unificación de Italia


Italia antes de la unificación

Antes de la invasión napoleónica, el territorio italiano se hallaba dividido en varios Estados. En 1815, tras el Congreso de Viena, volvió a quedar fragmentado en ocho países:

  • En el norte, el reino de Piamonte-Cerdeña o reino sardo y el reino de Lombardía-Véneto, este último bajo dominio austríaco.
  • En el centro los ducados de Parma, Lucca, Módena y Toscana, más los Estados Pontificios, divididos a su vez en Marcas, Legaciones y ciudad de Roma.
  • En el sur, el reino de las Dos Sicilias o reino de Nápoles.

La influencia austríaca se extendía por el norte de Italia y alcanzaba también a los Estados del Centro.

Hacia mediados del siglo XIX, la burguesía italiana, influida por la creciente oleada nacionalista, se vio obligada a actuar en la clandestinidad (en sociedades secretas como los carbonari).

Paralelamente surgió una corriente cultural de tendencia moderada y ligada a los sectores intelectuales de la burguesía, era el llamado Risorgimento. Este movimiento estaba integrado por historiadores (Cantú, Balbo), escritores (D’Azeglio, Leopardi) y músicos (Verdi, Rossini), que reflejaban en sus obras:

  • Un especial interés por el pasado histórico italiano.
  • Un deseo de independizarse del dominio de Austria.

A raíz de las revoluciones de 1848 se habían forjado las principales posturas nacionalistas en Italia. Unos, como Mazzini y su organización “Joven Italia”, defendían la creación de un república democrática, unitaria y centralista. Otros eran partidarios de un nacionalismo católico que impulsara, bajo la presidencia del Papa, una Confederación de Estados Italianos. Finalmente, estaban los pensadores como D’Azeglio y Balbo, que defendían la idea de que la unidad debía realizarse en torno a la casa de Saboya, reinante en Piamonte.

Desde II Risorgimento, periódico de Cavour, se promovía la unidad bajo un Estado liberal y parlamentario, que tras las 1848 contaba con una Constitución (Estatuto Albertino). Así, desde 1848 a 1859 el Reino de Piamonte se transformó en el plano económico y militar para prepararse en relación al proceso unificador.

La creación del Reino de Italia (1859-1861)

La unificación de Italia se llevó a cabo durante el reinado de Víctor Manuel II de Saboya, quien, en 1852, nombró como primer ministro a Cavour. Una empresa semejante exigía el apoyo internacional, lo que explica la participación del Piamonte en la Guerra de Crimea. Se pretendía una alianza con la Francia de Napoleón III frente a Austria con el fin de ocupar Lombardía y Véneto, lo que se consiguió en el Tratado de Plombières (1858).

Sin embargo, tras la ocupación de Lombardía, el Emperador francés retiró su apoyo, confirmándose únicamente la obtención de ese territorio (Acuerdos de Villafranca).

Posteriormente, las agitaciones nacionalistas en Parma, Módena y Romaña concluyeron con su incorporación al Piamonte. Cavour logró que Napoleón III reconociese estas anexiones y al día siguiente se formó un Parlamento para el Reino de la Alta Italia (1860).

El estallido de las sublevaciones campesinas en Sicilia fue aprovechado por Garibaldi, que dirigía desde Génova una expedición, para hacerse con la isla y, más tarde, con Nápoles. El Reino de las Dos Sicilias se integró en el Piamonte tras una entrevista entre Garibaldi y Víctor Manuel II.

Poco después, las Marcas y Umbría tomaban la misma decisión mediante un plebiscito.
o Finalmente, un nuevo Parlamento proclamó a Víctor Manuel II rey de Italia en 1861, siendo reconocido el reino por las principales potencias.

La incorporación del Véneto (1866)

La anexión del Véneto se produjo como resultado de la guerra entre Prusia y Austria de 1866. El reino de Italia se alió con los prusianos y, aunque los italianos fueron derrotados, al ganar la guerra Prusia, Austria tuvo que ceder este territorio (Paz de Viena).

La anexión de Roma (1870) y la “cuestión romana”

El Papa contaba con el apoyo de Napoleón III desde la revolución de 1848. La guerra que los prusianos iniciaron contra Francia en 1870 marcó el momento propicio para este último eslabón en la cadena de la unidad. Una vez derrotados los franceses en Sedán, los italianos no tuvieron ninguna oposición.

Mediante un plebiscito los Estados Pontificios se integraban en Italia, proclamándose Roma como capital del Estado. Sin embargo, el Papa Pío IX no reconoció esta anexión, iniciándose un conflicto entre el nuevo Estado italiano y el Vaticano, que no se resolverá hasta comienzos del siglo XX.

La verdadera historia del Evangelio de Mateo


De un tiempo a esta parte, la literatura y el cine han rentabilizado enormemente la confusión existente en torno al origen y autoría de algunos textos bíblicos. Además, esto ha dado a pie a que muchos pseudo-historiadores ganen fama con estrambóticas teorías e “investigaciones” que suelen estar más cerca de la ficción que de la realidad. En definitiva, la polémica en torno a la cuestión atrae al lector hasta el punto de ser la temática histórica preferida después de la II Guerra Mundial y los Templarios.

En este artículo se pretende arrojar luz sobre algunas polémicas recientes, como son la autoría del Evangelio de Mateo, la fecha de su confección, la lengua en que se escribió o las personas a las que estaba destinado el texto.

Situando cronológicamente el texto

A la hora de abordar el estudio del texto de Mateo, es imprescindible situarlo en un marco espacio-temporal. Es bastante probable, y comúnmente aceptado por los estudiosos de la cuestión, que fuera redactado en la ciudad siria Antioquía, en torno a las décadas del 50 y 60. Por tanto, estaríamos ante el más antiguo de todos los Evangelios.

La lengua originaria, a su vez, sería el hebreo, aunque no habría que descartar la posibilidad del arameo. Ahora bien, la riqueza lingüística del texto griego que conservamos nos lleva a pensar que quizás el original, además de ser objeto de traducción, lo hubiera sido de alguna variación entre los años 80 y el 90. Esta sospecha no se funda únicamente en la calidad del griego utilizado, sino también en otros dos aspecto más: aclara cuestiones confusas del Evangelio de Marcos –supuestamente posterior- y el autor da muestras de conocer la destrucción de Jerusalén a manos de Tito en el año 70.

Autor y destinatarios del Evangelio de Mateo

Al igual que los demás Evangelios, el de Mateo es anónimo en su materialidad. Ahora bien, por las referencias que hace al discípulo de Jesucristo, así como por la tradición de los primeros siglos del cristianismo, se le atribuye a él. Por tanto, esta dotado de una autoridad apostólica. En tanto que la llamada evangélica es universal, también el texto de Mateo lo es. Sin embargo, tanto por la lengua en la que fue escrita como por el uso de expresiones propias de palestina y la alusión a costumbres judías, parece estar destinado a los judíos bautizados. Esta teoría se basa también en otras cuestiones de suma importancia para el Pueblo Elegido, como son las citas constantes a pasajes del Antiguo Testamento o las palabras de Jesús sobre la relación entre la Antigua y la Nueva Ley.

En esa misma línea hemos de entender el carácter catequético del texto, que busca dar respuesta a los dilemas que se plantean los bautizados. Es decir, no se trata de un Evangelio dirigido a los paganos o a los catecúmenos, sino a los que ya pertenecen a la comunidad cristiana. De esta manera, no es de extrañar que Mateo exponga de forma sencilla y ordenada las normas y enseñanzas de Jesucristo, y tampoco que reproduzca los cinco grandes discursos de la vida pública del Señor (Sermón de la montaña, discurso de la misión de los apóstoles, discurso de las parábolas, discurso eclesiástico y discurso escatológico).

A su vez, justifica con argumentos históricos la potestad que Dios da a sus ministros y, por ende, a la Iglesia. De hecho, los grandes temas de este Evangelio son Jesucristo –Hijo de Dios, Hijo del Hombre y Siervo de Dios- y la Iglesia. Por último, hay que destacar dos rasgos más del texto de San Mateo como catequesis para los bautizados: su carácter quasi-poético, que facilita su memorización, y el papel protagónico que en los milagros poseen las palabras de Jesús.

La estructura del texto

En lo que se refiere a la estructura del Evangelio según Mateo se aprecia, en primer lugar, la presencia de tres tiempos dentro de la actividad de Jesús: el correspondiente a la proclamación del Reino de Dios en Galilea, los sucesos que siguieron a la confesión de San Pedro, y los episodios de la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor. En segundo término, hay que señalar la presencia de una estructura narrativa basada en la presencia de los cinco discursos antedichos, que siempre preceden al relato de milagros.

Georg Simmel y la cultura objetiva


A la hora de explicar su teoría sobre la cultura objetiva, Georg Simmel parte de una verdad evidente: los seres humanos construimos la realidad social. Sin embargo, el sociólogo alemán afirma que ese mundo cultural generado por el ser humano llega a tener vida propia al margen de la voluntad de las personas. Es más, acaba dominando a los actores que contribuyeron a su génesis.

Esa acción coercitiva de la cultura objetiva sobre los seres humanos es identificada por Simmel en algunos elementos cotidianos: el lenguaje, las tradiciones, los dogmas religiosos, los sistemas legales, los productos científicos, los avances tecnológicos…

La expansión de la cultura objetiva y la “tragedia de la cultura”.

Según la teoría de Georg Simmel, la cultura objetiva se expande en mayor medida cuando aumenta el nivel de modernización de la sociedad. En estas circunstancias, crece el número de elementos que la componen, al tiempo que se van engarzando hasta formar un todo más complejo e independiente.

El autor critica ese desarrollo de la cultura objetiva porque entiende que amenza a la individual. Simmel es partidario de que esta última domine el mundo, pero es plenamente consciente de que ese objetivo es inalcanzable en el estado de modernización en el que nos encontramos. En concreto, utiliza una expresión para denominar a esa situación: “tragedia de la cultura”.

Mediante un análisis de las formas de interacción que tienen lugar en la ciudad moderna, Simmel concluye que esta es el escenario ideal para el crecimiento de la cultura objetiva. Por tanto, la conclusión de su obra La metrópoli y la vida mental, es que las ciudades se caracterizan por una marcada decadencia de la cultura individual.

El predominio del dinero en la ciudad moderna.

El papel fundamental del dinero en las metrópolis ha producido, según Georg Simmel, un impacto de gran calado en las relaciones interpersonales. En primer lugar, contribuye a formar unos ciudadanos más calculadores en todos los aspectos de la vida. Además, las relaciones humanas pierden su frescura primigenia para adoptar actitudes distantes, frías y marcadas por la desconfianza. Por último, la influencia del dinero en la ciudad moderna conduce a la génesis de un intelectualismo superficial.

No obstante, en medio de esta crítica al dinero, el sociólogo alemán reconoce que este trae consigo beneficios. Desde su punto de vista, en tanto que una economía basada en el dinero permite una serie infinita de intercambios, puede ser denominado el medio más puro de comercio.

Ahora bien, el intercambio es una de las bases más importantes para el nacimiento y desarrollo de la cultura objetiva. De tal modo que se puede afirmar que el dinero como forma de intercambio contribuye a la alienación de las personas.

La filosofía del dinero.

Al hablar de dinero, Georg Simmel distingue cuatro niveles: como unidad de valor, como dinero en sí mismo, como fenómeno relacionado a otros componentes de la vida y, finalmente, como elemento que nos permite entender la sociedad en su conjunto.

A partir de ahí desarrolla su filosofía del dinero que, en muchos puntos, corre paralela a las doctrinas de Karl Marx. En concreto, los dos autores pusieron especial empeño en denunciar los problemas que genera el capitalismo y la economía monetaria.

Sin embargo, existen grandes diferencias entre ambos autores. De esta manera, mientras Simmel sostiene que los problemas denunciados son consecuencia de una crisis general más amplia –“tragedia de la cultura»-, Marx defiende que están únicamente basados en el capitalismo. Por tanto, este último considera que podrían ser superados con el advenimiento del comunismo, mientras que Simmel los considera inherentes a la vida humana y, por tanto, sin solución posible.

El valor del dinero.

Dentro de su filosofía del dinero, Georg Simmel establece una relación entre este y el valor. En concreto, afirma que los seres humanos, al fabricar objetos y separarnos de ellos, les aportamos un valor. A partir de ahí, la dificultad para obtener un determinado bien será lo que determine su cuantía.

No obstante, esos obstáculos para hacernos con él tienen un límite superior y otro inferior. Así, las cosas más próximas, aquellas que son fáciles de obtener, no son muy valiosas, al igual que las inaccesibles, ya que no aspiramos realmente a poseerlas. Los objetos más valiosos son, por tanto, los situados en un punto intermedio entre los dos enunciados. Su valor dependerá de factores como su escasez, las dificultades y el tiempo para lograrlo, las otras cosas a las que hemos de renunciar para obtenerlo…

Precisamente en el ámbito del valor, Georg Simmel estudió el papel del dinero. Por un lado, afirma que este sirve tanto para generar la distancia que nos separa de ellos como para poseerlos. De esta manera, el valor de las cosas se convierte en dinero, y gracias a él el comercio se desarrolla de un modo más natural y fluido.

El dinero como un fin en sí mismo.

El sociólogo alemán advierte de los peligros que conlleva entender el dinero como un fin en sí mismo. Al respecto, enumera las siguientes consecuencias:

  • Cinismo: todo tiene su precio; cualquier cosa se puede comprar o vender en el mercado.
  • Apatía; pérdida de la noción de valor de los objetos.
  • Fomento de relaciones cada vez más impersonales.
  • La economía pecuniaria lleva a un aumento de la atomización y esclavización; es decir, a una pérdida de libertad individual.
  • La reducción de todos los valores humanos a términos pecuniarios
  • La influencia sobre el estilo de vida de las personas.

El “self” en George H. Mead


A la hora de explicar el pensamiento sociológico de George Herbert Mead, es necesario tener en cuenta la prioridad que otorga al mundo social. Por tanto, se muestra contrario a los planteamientos de la psicología tradicional, que partía del individuo para explicar la experiencia social, pues considera que la sociedad es anterior al individuo.

El concepto de “self”

Mead define el “self” como la capacidad del ser humano para objetivizarse, para considerarse a sí mismo como objeto además de como sujeto. Su desarrollo se lleva a cabo mediante un proceso social muy concreto: la comunicación con otros seres humanos; de ahí que los animales no puedan generar el “self”. Por el contrario, las personas, nacidas sin “self”, lo desarrollan como consecuencia de la actividad social. Este, una vez aparece, ya no se pierde por mucho que ese ser humano pierda el contacto con los demás.

Nos encontramos, pues, ante un proceso mental, de ahí que “self” y mente humana sean inseparables. Su mecanismo es la reflexión, la capacidad de ponerse en el lugar de otros y actuar como lo harían ellos. Es decir, salir fuera de uno mismo y autoevaluarse.

Las etapas de desarrollo del “self”

Dos son los procesos infantiles en los que los seres humanos desarrollan el “self”: el juego y el deporte. Mediante el primero de ellos, el niño adopta la actitud de otro cuando juega a serlo. Sin embargo, al no objetivizarse a sí mismo, la génesis del “self” es limitada.

En el deporte de equipo, además de ponerse en el lugar de todos los que están implicados en la acción, el niño tiene una relación definida con los otros. Estos esperan algo de él, y él de ellos, generándose así la identidad de grupo. En ese contexto adquiere la noción de organización y se desarrolla aún más su personalidad.

Es precisamente en esta segunda etapa cuando el ser humano se integra dentro de un “otro generalizado”. Es decir, pasa a ser miembro de un grupo, que marca notablemente sus costumbres y actitudes. Dentro de él, la persona espera una serie de cosas de los demás, al tiempo que conoce lo que se espera de él en cada situación.

Las fases del self

El «yo» y el «mí» son los nombres que George H. Mead da a las fases del “self”. El primero de ellos constituye la parte creativa e imprevisible de este, de tal manera que resulta imposible saber con antelación cuál será su reacción. De ahí que el autor sostenga que es el “yo” quien hace posible el cambio social.

Además de por su papel crucial en las transformaciones de la sociedad, Mead valora positivamente el “yo” por otras tres razones. En primer lugar, considera que en él se encuentran nuestros valores más importantes. En segundo término, establece esta fase del “self” como aquella en la que nuestra personalidad se desarrolla de manera más clara y definida. Por último, defiende que, así como las sociedades primitivas estaban dominadas por el “mi”, las modernas lo están por el “yo”.

Por su parte, el “mi” implica acomodación social: adopción del “otro generalizado”, con las actitudes y costumbres que eso conlleva. Esa responsabilidad para con el grupo lo convierte en algo previsible, hasta el punto de que se puede afirmar que la persona se encuentra dominada por la sociedad.

En definitiva, el “mi” es sinónimo de estabilidad social, mientras que el “yo”, huyendo de las posiciones acomodaticias y prestrablecidas, tiende a buscar cambios en el seno de la sociedad.

El concepto de sociedad

Para George Herbert Mead, la sociedad es anterior a la mente humana y al propio “self” que esta genera. Sin embargo, más que hacer hincapié en ella y en los procesos sociales, centra su sociología en el estudio de sus instituciones.

El sociólogo norteamericano entiende que una institución no es más que una respuesta de la sociedad a sus propios hábitos. En definitiva, tratan de educar el “mi” de acuerdo con los usos sociales. En este sentido se puede afirmar que, unas instituciones no respetuosas con el individuo y su creatividad, resultan opresivas.

La sociología del Vilfredo Pareto


Vilfredo Pareto distingue dos elementos dentro del ser humano que son, al mismo tiempo, autónomos e incompatibles. Por un lado, destaca la racionalidad o la lógica, a la que el sociólogo puede llegar por medio de la observación y de la experiencia objetiva. Por otro, los sentimientos, que constituyen el reino de lo no-racional o no-lógico; el caprichoso carácter imprevisible del ser humano.

El autor reconoce el predominio del sentimiento sobre la racionalidad en la conducta humana.

Ahora bien, sostiene que la ciencia social ha de basarse en esta última, ya que es la que nos aporta mayor número de regularidades. Aplica, por tanto, el método de las ciencias naturales para estudiar uniformidades y extraer de ellas leyes basadas en la probabilidad; o lo que es lo mismo, no se consideran infalibles. Esta es la manera utilizada por Pareto para resaltar el valor imprevisible del acto humano guiado por los sentimientos.

Las acciones no lógicas

El objetivo de la sociología es, según Vilfredo Pareto, el estudio de la sociedad en general, extrayendo de ahí su teoría correlativa. Para ello parte, como hemos afirmado, de la conducta lógica o racional de los seres humanos. No obstante, su conclusión es que las acciones humanas están dirigidas de manera predominante por el sentimiento; es decir, son no-lógicas.

Concluye, por tanto, que el predominio del sentimiento sobre la razón genera un ser humano que es por naturaleza no-racional o no-lógico a la hora de elegir su conducta.

Pero al mismo tiempo, Pareto descubre el empeño de los hombres por convertir sus acciones en algo racional. Ese interés por dar explicaciones coherentes a sus decisiones es lo que denominamos “derivaciones”

Los residuos y las derivaciones

Los residuos son los elementos que quedan cuando se eliminan de las acciones humanas todos los componentes variables. Por tanto, estos principios nos conducen siempre al predominio de la acción no-lógica: a los instintos humanos en los que se manifiesta el predominio de los sentimientos sobre la razón.

Por su parte, las derivaciones constituyen el esfuerzo del ser humano por explicar de manera racional sus acciones no-lógicas. Son, pues, teorías pseudológicas que les llevan a creer, erróneamente, que sus acciones no las impulsan los sentimientos.

La teoría de las élites

Según Vilfredo Pareto, el conflicto de clases es algo inherente a la condición humana, y no, como afirmaba Karl Marx, un fenómeno histórico transitorio. Las posiciones sociales de los distintos grupos pueden variar, pero siempre existirán elementos dominantes y subordinados. A su vez, dentro de los primeros –denominados élites por Pareto- distingue entre gobernantes y no gobernantes.

Acorde con el resto de su teoría sociológica, sitúa al sentimiento como fuerza dominante de la conducta social, dejando a la lógica un papel residual. Afirma que la élite se mueve en función de sus intereses, mientras que las clases inferiores y sometidas son impulsadas por el sentimiento.

De esta manera, para alcanzar sus objetivos, la élite fomenta el sentimiento social dentro de los subordinados. A mayor intensidad de este, más uniformidad, mientras que su debilitamiento llevará al cambio.

La élite es el grupo social situado en la posición más alta de la pirámide social. Son aquellas personas que poseen una mayor influencia, poder político y riqueza económica. Sin embargo, este grupo tiende una clara tendencia a la degeneración, que le lleva a no perdurar mucho en esa situación privilegiada.

Esto hace que necesite recuperar su vigor con la inclusión de nuevos elementos; generalmente los más capaces de entre los subordinados. En definitiva, según Vilfredo Pareto, la lucha y circulación de las élites es la esencia de la historia, de tal modo que levantamiento popular no trae consigo el final de la élite, sino sus sustitución por otra.