Imagina. Crea ¿Difunde?


Uno de los aspectos fundamentales que hemos trabajado desde comienzos de curso ha sido la creación de contenidos, ya fuera en forma de ensayos, tweets, comics, podcast… Al alumnado se le ha pedido, en primer lugar, que se documente e imagine una forma de plasmar diversos aspectos de la materia; y, después, que sea capaz de llevar a término esos planes. Ahora bien, el lema de este curso tenía un tercer elemento: la difusión.

A lo largo de las últimas semanas mis estudiantes de 1º de Bachillerato han tenido que ingeniárselas para lograr el mayor número de visitas a sus blogs. Con ese fin pueden utilizar cualquier medio a su alcance, ya sea publicitarlo entre sus conocidos o a través de las redes sociales. Todo esto acompañado de una evaluación realizada por el profesor al finalizar el trimestre.

En contra de la difusión

En cuanto mis alumnos comenzaron a publicitar los contenidos de sus blog, además de personas que les han ayudado desinteresadamente, han encontrado docentes críticos con la idea de dedicar un porcentaje de la nota a la tarea de difundir.

Antes de pasar a resumir los principales argumentos en contra, he de destacar la corrección con la que se desarrollo el debate. No fue, para nada, un “diálogo de besugos”, sino un intercambio de opiniones educado y basado en razonamientos sólidos. Estas fueron las principales objeciones:

  • El sistema educativo debe basarse en el aprendizaje de contenidos y no en la labor de difusión del trabajo del alumnado o en el uso de la red.
  • No es justo que la nota de los alumnos con menores capacidades sociales, con menos facultades para “vender”, se vea afectada por esta medida.

En defensa de la difusión

Me parece interesante señalar, antes de iniciar la justificación de mi proyecto, que la labor de difusión constituye un porcentaje mínimo de la nota, un cuarto de punto o 0.25 del total. Por tanto, se esté de acuerdo o en contra de lo que voy a exponer, es evidente que es mínimo el perjuicio que se le hace al alumno incapaz de dar publicidad a su trabajo.

La primera de esas objeciones fue la más fácil de rebatir: basta para ello con recurrir a la legislación vigente en la mayoría de los países de la Unión Europea. En las diversas normas educativas se hace referencia a las competencias clave como forma de adquirir capacidades. Es decir, además de evaluar el aprendizaje de contenidos, se exige al alumnado –y al profesorado- adquirir una serie de facultades.

En definitiva, sin olvidar en ningún caso la importancia de los contenidos, he introducido la difusión como fórmula que permite trabajar y evaluar, al menos dos, competencias: la digital y la de espíritu emprendedor.

Debo reconocer que el segundo argumento es más complicado de desentrañar. Ahora bien, poco a poco he logrado sintetizar mi punto de vista en tres ideas:

1. Rescatar las capacidades marginadas.

De manera habitual tenemos en cuenta cuestiones como la memoria, el hábito de trabajo, la inteligencia matemática, la corrección a la hora de escribir, las capacidades físicas e incluso el comportamiento. Un porcentaje importante de esas facultades viene “de fábrica” o se han adquirido en cursos anteriores.

Si eso es así ¿por qué marginar las habilidades sociales o las facultades que tienen que ver con el emprendimiento y la imaginación? Si tan en contra estamos de la desigualdad ¿por qué ponemos un diez a los alumnos que, por sus condiciones físicas, pueden correr los cien metros en menos de trece segundos?

No entiendo el motivo que nos lleva a considerar evaluables unas facultades, al tiempo que cercenamos otras. De igual modo que tiene ventaja un alumno hábil en la difusión de contenidos, lo tiene aquel al que la naturaleza le dio una destacada inteligencia matemática, por ejemplo ¿Por qué contar unas capacidades a la hora de poner nota y otras no?

2. Una enseñanza con la vista puesta en el futuro.

Aunque no es nuestro único objetivo, los docentes debemos preparar a los alumnos para su futura incorporación al mercado laboral. En ese sentido, me parece un error grave no trabajar con ellos la difusión por las redes sociales. Debemos tener en cuenta que la inmensa mayoría –si no todos- tendrá que utilizar internet en su futuro puesto de trabajo. A su vez, no pocos deberán utilizar la red para vender sus productos, la imagen de su marca o su propio curriculum ¿Les vamos a privar de ese aprendizaje?

3. De los errores se aprenden: el riesgo de los niños perfectos.

El tercer y último argumento tiene que ver con nuestro modo de concebir la educación. Aunque doy importancia a la nota, me parece simplemente un reflejo de su proceso de aprendizaje, que es lo realmente importante.

Tengo la sensación de que docentes, padres y alumnos vivimos obsesionados con las calificaciones, perdiendo de vista que los niños y adolescentes están en el centro educativo para aprender. En la mayor parte de los casos, eso supone que no saben y, lo más probable, es que se equivoquen varias veces. Sinceramente, eso debería de preocuparnos poco, pues se trata de que, con el tiempo, adquieran facultades, hábitos y conocimientos, que no tenían.

Si nos ceñimos a la cuestión de la difusión, sería un error pretender que todos llegaran al aula siendo experimentados publicistas. Al principio no sabrán cómo llevar a cabo su tarea y cometerán errores. Pero se trata de que, con la práctica y los consejos del profesor, vayan adquiriendo esa capacidad.

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El “self” en George H. Mead


A la hora de explicar el pensamiento sociológico de George Herbert Mead, es necesario tener en cuenta la prioridad que otorga al mundo social. Por tanto, se muestra contrario a los planteamientos de la psicología tradicional, que partía del individuo para explicar la experiencia social, pues considera que la sociedad es anterior al individuo.

El concepto de “self”

Mead define el “self” como la capacidad del ser humano para objetivizarse, para considerarse a sí mismo como objeto además de como sujeto. Su desarrollo se lleva a cabo mediante un proceso social muy concreto: la comunicación con otros seres humanos; de ahí que los animales no puedan generar el “self”. Por el contrario, las personas, nacidas sin “self”, lo desarrollan como consecuencia de la actividad social. Este, una vez aparece, ya no se pierde por mucho que ese ser humano pierda el contacto con los demás.

Nos encontramos, pues, ante un proceso mental, de ahí que “self” y mente humana sean inseparables. Su mecanismo es la reflexión, la capacidad de ponerse en el lugar de otros y actuar como lo harían ellos. Es decir, salir fuera de uno mismo y autoevaluarse.

Las etapas de desarrollo del “self”

Dos son los procesos infantiles en los que los seres humanos desarrollan el “self”: el juego y el deporte. Mediante el primero de ellos, el niño adopta la actitud de otro cuando juega a serlo. Sin embargo, al no objetivizarse a sí mismo, la génesis del “self” es limitada.

En el deporte de equipo, además de ponerse en el lugar de todos los que están implicados en la acción, el niño tiene una relación definida con los otros. Estos esperan algo de él, y él de ellos, generándose así la identidad de grupo. En ese contexto adquiere la noción de organización y se desarrolla aún más su personalidad.

Es precisamente en esta segunda etapa cuando el ser humano se integra dentro de un “otro generalizado”. Es decir, pasa a ser miembro de un grupo, que marca notablemente sus costumbres y actitudes. Dentro de él, la persona espera una serie de cosas de los demás, al tiempo que conoce lo que se espera de él en cada situación.

Las fases del self

El «yo» y el «mí» son los nombres que George H. Mead da a las fases del “self”. El primero de ellos constituye la parte creativa e imprevisible de este, de tal manera que resulta imposible saber con antelación cuál será su reacción. De ahí que el autor sostenga que es el “yo” quien hace posible el cambio social.

Además de por su papel crucial en las transformaciones de la sociedad, Mead valora positivamente el “yo” por otras tres razones. En primer lugar, considera que en él se encuentran nuestros valores más importantes. En segundo término, establece esta fase del “self” como aquella en la que nuestra personalidad se desarrolla de manera más clara y definida. Por último, defiende que, así como las sociedades primitivas estaban dominadas por el “mi”, las modernas lo están por el “yo”.

Por su parte, el “mi” implica acomodación social: adopción del “otro generalizado”, con las actitudes y costumbres que eso conlleva. Esa responsabilidad para con el grupo lo convierte en algo previsible, hasta el punto de que se puede afirmar que la persona se encuentra dominada por la sociedad.

En definitiva, el “mi” es sinónimo de estabilidad social, mientras que el “yo”, huyendo de las posiciones acomodaticias y prestrablecidas, tiende a buscar cambios en el seno de la sociedad.

El concepto de sociedad

Para George Herbert Mead, la sociedad es anterior a la mente humana y al propio “self” que esta genera. Sin embargo, más que hacer hincapié en ella y en los procesos sociales, centra su sociología en el estudio de sus instituciones.

El sociólogo norteamericano entiende que una institución no es más que una respuesta de la sociedad a sus propios hábitos. En definitiva, tratan de educar el “mi” de acuerdo con los usos sociales. En este sentido se puede afirmar que, unas instituciones no respetuosas con el individuo y su creatividad, resultan opresivas.