Los judíos, el estado-nación y el nacimiento del antisemitismo VIII

Mientras que los políticos y los autores serios se ocupaban entonces de la cuestión judía menos que en cualquier otro momento desde la emancipación, y mientras que el antisemitismo desaparecía casi enteramente de la escena política visible, los judíos se convirtieron en símbolos de la sociedad como tal y en objeto de odio para todos aquellos a quienes la sociedad no aceptaba. El antisemitismo, tras haber perdido su base en las condiciones especiales que habían influido en su desarrollo durante el siglo XIX, podía ser libremente elaborado por charlatanes y fanáticos en esa fantástica mezcla de verdades a medias y salvajes supersticiones que emergió en Europa después de 1914, la ideología de todos los elementos frustrados y resentidos.

Hannah Arendt, Los orígenes del totalitarismo, p. 125-126.

Los judíos, el estado-nación y el nacimiento del antisemitismo VII

Cuando, tras la derrota de 1940, el antisemitismo francés alcanzó su oportunidad suprema bajo el gobierno de Vichy, tuvo un carácter definitivamente anticuado y, para sus fines principales, más bien inútil, algo que los escritores alemanes nazis jamás dejaron de subrayar. No poseyó influencia en la formación del nazismo y siguió siendo más significativo en sí mismo que como factor histórico activo en la catástrofe final.

La razón principal de estas limitaciones generales fue la de que los partidos antisemitas, aunque violentos en la escena nacional, carecían de aspiraciones supranacionales. Pertenecían, al fin y al cabo, al más antiguo y más completamente desarrollado de los estado-nación de Europa. Ninguno de los antisemitas trató siquiera de organizar seriamente un «partido por encima de los partidos» o de apoderarse del estado como partido y sin otra finalidad que los intereses del partido. Los pocos intentos de coup d´etat que pueden ser atribuidos a la alianza entre antisemitas y altos jefes del ejército fueron ridículamente inadecuados y abiertamente tramados. En 1898 fueron elegidos miembros del Parlamento, tras varias campañas antisemitas, unos diecinueve antisemitas, pero ésta fue una cota máxima que jamás volvió a ser alcanzada y a partir de la cual el declive fue rápido.

Hannah Arendt, Los orígenes del totalitarismo, p. 116-117.

Los judíos, el estado-nación y el nacimiento del antisemitismo VI

La completa falta de lealtad hacia su propio país y su gobierno, que los pangermanistas remplazaron por franca lealtad al Reich de Bismarck y el resultante concepto de la nacionalidad como algo independiente del estado y del territorio, condujo al grupo de Schoenerer a una verdadera ideología imperialista, en la que se halla la clave de su debilidad temporal y de su fuerza final. A ello se debe también el hecho de que el partido pangermanista en Alemania (los Alldeutschen), que nunca supero los límites de un chauvinismo corriente, permaneciera tan extremadamente suspicaz y poco inclinado a estrechar la mano que le tendían sus hermanos germanistas de Austria. Este movimiento austríaco apuntaba a algo más que a su elevación al poder como partido, a algo más que a la posesión de la maquinaria del estado. Quería una reorganización revolucionaria de Europa central en la que los alemanes de Austria, unidos y reforzados por los alemanes de Alemania, constituirían el pueblo dominante y en la que todos los demás pueblos de la zona serían mantenidos en el mismo tipo de servidumbre de las nacionalidades eslavas en Austria. Debido a esta estrecha afinidad con el imperialismo y al cambio fundamental que determinó en el concepto de la nacionalidad debemos aplazar el análisis del movimiento pangermanista austríaco. Éste ya no es, al menos en sus consecuencias, un simple movimiento preparatorio decimonónico; pertenece más que cualquier otro tipo de antisemitismo al curso de los acontecimientos del siglo XX.

Hannah Arendt, Los orígenes del totalitarismo, p. 115-116.

Los judíos, el estado-nación y el nacimiento del antisemitismo V

La agitación de Schoenerer en esta cuestión significó el comienzo de un claro movimiento antisemita en Austria. La realidad es que este movimiento, en contraste con la agitación de Stoecker en Alemania, fue iniciado y dirigido por un hombre cuya sinceridad resultaba indudable y que por eso no se detuvo en la utilización del antisemitismo como arma propagandística, sino que desarrolló rápidamente una ideología pangermanista que había de influir sobre el nazismo más que cualquier otro tipo de antisemitismo alemán.

Hannah Arendt, Los orígenes del totalitarismo, p. 114.

Los judíos, el estado-nación y el nacimiento del antisemitismo IV

Al finalizar el siglo, los efectos de los escándalos económicos de la década de los años setenta habían quedado atrás, y una era de prosperidad y de bienestar general, especialmente en Alemania, puso fin a las prematuras agitaciones de los años ochenta. Nadie podía predecir que este fin era sólo un respiro temporal, que todas las cuestiones políticas no resueltas, junto con todos los no apaciguados odios políticos, habían de redoblar en fuerza y violencia tras la Primera Guerra Mundial. Los partidos antisemitas en Alemania, tras sus éxitos iniciales, retornaron a la insignificancia; sus dirigentes, después de una breve agitación de la opinión pública, desaparecieron por la puerta trasera de la historia en la oscuridad de la confusión fanática y de la charlatanería curalotodo.

Hannah Arendt, Los orígenes del totalitarismo, p. 112.

Los judíos, el estado-nación y el nacimiento del antisemitismo III

Estos primeros partidos antisemitas, aun siendo pequeños, se distinguieron inmediatamente de los demás partidos. Formularon la reivindicación original de que no era un partido entre los demás partidos, sino un partido «por encima de todos los partidos». En el estado-nación de clases y partidos, sólo el estado y el gobierno habían afirmado hallarse por encima de todos los partidos y clases y representar a la nación en su totalidad. Los partidos eran reconocidos como grupos cuyos diputados representaban los intereses de quienes les habían votado. Aunque luchaban por el poder, se entendía implícitamente que correspondía al gobierno establecer un equilibrio entre los intereses en conflicto y sus representantes. La reivindicación de los partidos antisemitas de hallarse «por encima de todos los partidos» anunciaba claramente su aspiración a convertirse en representantes de toda la nación, a conseguir el poder exclusivo, a tomar posesión de la maquinaria del estado, a remplazar al estado. Como, por otra parte, continuaban estando organizados como partidos, resultaba también claro que deseaban el poder del estado como un partido para que sus electores llegaran a dominar la nación.

El cuerpo político del estado-nación vino a existir cuando ya no había un grupo en posición de ejercer un poder político exclusivo, de forma tal que el gobierno asumió un dominio político que ya no dependía de factores sociales o económicos. Los movimientos revolucionarios de izquierda, que habían luchado por lograr un cambio radical de las condiciones sociales, jamás había tocado directamente esta suprema autoridad política. Habían desafiado sólo el poder de la burguesía y su influencia sobre el estado, y estaban por eso siempre dispuestos a someterse a la dirección del gobierno en los asuntos exteriores, en los que se hallaban en juego los intereses de una nación supuestamente unificada. Los numerosos programas de los grupos antisemitas, por otra parte, estaban, desde un principio, principalmente relacionados con los asuntos exteriores; su impulso revolucionario se hallaba dirigido contra el gobierno más que contra una clase social y estaban encaminados a destruir la estructura política del estado-nación mediante una organización partidista.

Hannah Arendt, Los orígenes del totalitarismo, p. 107-108.

Los judíos, el estado-nación y el nacimiento del antisemitismo II

La clase media baja, o pequeña burguesía, estaba constituida por los descendientes de los gremios de artesanos y de comerciantes que durante siglos habías estado protegidos contra los azares de la vida por un sistema cerrado que prohibía la competencia y que en última instancia se hallaba bajo la protección del estado. En consecuencia, culparon de su infortunio al sistema de Manchester, que les había expuesto a las asperezas de una sociedad competitiva y privado de toda protección especial y de los privilegios otorgados por las autoridades públicas. Fueron, por eso, los primeros en clamar por el «estado benefactor», del que esperaban no sólo que les protegiera contra la adversidad, sino que les mantuviera en las profesiones y oficios que habían heredado de sus familias. Y dado que el acceso de los judíos a todas las profesiones fue una característica destacada del siglo de la libertad de comercio, era casi corriente considerar a los judíos como «representantes del sistema de Manchester aplicado hasta sus últimos extremos», aunque nada distaba tanto de la verdad.

Hannah Arendt, Los orígenes del totalitarismo, p. 105.

Los judíos, el estado-nación y el nacimiento del antisemitismo I

La oposición liberal a la política continental del régimen policial de Metternich y los airados ataques al gobierno reaccionario prusiano condujeron rápidamente a estilos antisemitas y a una verdadera riada de folletos antijudíos. Precisamente porque eran mucho menos cándidos y francos en su oposición al gobierno de lo que lo había sido el noble Marwitz una década atrás, atacaban a los judíos más que al gobierno. Preocupados fundamentalmente por la igualdad de oportunidades y agraviados sobre todo por la resurrección de los privilegios aristocráticos que limitaban su ingreso en los servicios públicos, introdujeron en la discusión la división entre los individuos judíos, «nuestros hermanos», y la judería como grupo, una distinción que desde entonces se convirtió en característica del antisemitismo de izquierdas.

Hannah Arendt, Los orígenes del totalitarismo, p. 102.

El antisemitismo como insulto al sentido común IV

La diferencia mayor entre los antiguos y los modernos sofistas está en que los antiguos se mostraban satisfechos con una pasajera victoria del argumento a expensas de la verdad, mientras que los modernos desean una victoria más duradera a expensas de la realidad. En otras palabras, aquéllos destruían la dignidad del pensamiento humano, mientras que éstos destruyen la dignidad de la acción humana. Los antiguos manipuladores de la lógica eran motivo de preocupación para el filósofo, mientras que los modernos manipuladores de los hechos obstaculizan la tarea del historiador. Porque la misma historia es destruida y su comprensión -que se basa en el hecho de que la hacen los hombres y, por lo tanto, puede ser comprendida por los hombres- se encuentra en peligro siempre que los hechos ya no sean considerados como parte del mundo pasado y del actual y se manipulen para demostrar esta o aquella opinión.

Hannah Arendt, Los orígenes del totalitarismo, p. 72-73.

El antisemitismo como insulto al sentido común III

El nacimiento y desarrollo del antisemitismo moderno se ha visto acompañado e interconectado con la asimilación judía, la secularización y la debilitación de los antiguos valores religiosos y espirituales del judaísmo. Lo que sucedió realmente fue que grandes sectores del pueblo judío se vieron al mismo tiempo amenazados por la extinción física desde fuera y por la disolución desde dentro. En esta situación, los judíos, preocupados por la supervivencia de su pueblo y en una curiosa y errónea interpretación, llegaron a la consoladora idea de que, al fin y al cabo, el antisemitismo podía ser un excelente medio de mantener unido a su pueblo, y así la presunción de un eterno antisemitismo llegaría a implicar una eterna garantía de la existencia judía.

Hannah Arendt, Los orígenes del totalitarismo, p. 70-71.