La autosugestión de la sociedad

La autosugestión era un elemento crucial en el proceso de condicionamiento totalitario. La adaptación a las formas de conducta exigidas se producían a menudo como anticipación de las órdenes oficiales, más que como consecuencia de ellas. Mientras el castigo aplicado a los delitos no estaba definido como tal por las leyes, ocurría que, en apariencia, los ciudadanos obedecían los mandatos del estado por su propia voluntad, pues lo que determinaba inmediatamente su conducto no era la promulgación de ninguna ukase sino su sensación de inquietud. Esta progresiva limitación de la autonomía individual podía imponerse con notable facilidad en una sociedad en una sociedad en la cual la propia estimación del individuo no deriva tanto de la sensación de libertad como de su función profesional o de su papel dentro de la familia. Este hecho contribuye también a explicar la preferencia de la nación por un buen gobierno (es decir: un gobierno eficaz) antes que por el autogobierno. Se daba, además, una carencia de anticuerpos capaces de resistir el contagio de la ideología nazi. La oposición habría necesitado una contra-ideología viable, más allá de la simple no aceptación de la doctrina corrientemente impuesta. Pero los recuerdos de la debacle republicana pesaban obsesivamente sobre todas las opiniones políticas; ni siquiera los socialdemócratas, situados ahora en la ilegalidad, se planteaban un retorno a los mecanismos de Weimar después de la eventual desaparición de Hitler.

Richard Grunberger, Historia social del III Reich, p. 34.

1938: la «Kristallnacht»

El régimen daba frecuente satisfacción a aquellos de sus súbditos que querían ser engañados, llegando a veces a organizar ridículos juicios en los cuales unos cuantos de los miles de participantes en la Noche de Cristal -la orgía de saqueo e incendio de propiedades judías que tuvo lugar a escala de todo el país en noviembre de 1938- fueron acusados de allanamiento de morada y robo y condenados a sentencias irrisorias.

El pogrom de noviembre constituyó además un ejemplo de cómo los nazis llegaron a dotar de significados nuevos a palabras y expresiones del idioma alemán, en este caso la palabra «orden». Las multitudes que contemplaban el atávico espectáculo de las sinagogas en llamas no podías por menos de quedarse impresionados por la eficiencia de los servicios públicos (policía y bomberos) al evitar la extensión de las llamas desde las propiedades judías a las zonas arias adyacentes. «Orden» pasó a significar cada vez más, la minuciosa regulación de la dosis de violencia necesaria a los propósitos del régimen en cada situación concreta.

Richar Grunberger, Historia social del Tercer Reich, p. 33.

El ineludible final de la República de Weimar

Aun negando al III Reich el carácter de ineludible que a veces se le atribuye, es difícil dejar de considerar ineludible el fin de la República de Weimar. La inmadurez política del pueblo alemán (especialmente de la élite), la deformación del sistema social y el mal funcionamiento de la economía se unieron para dar lugar a su colapso. Pero la forma concreta que tomó este colapso no estaba en modo alguno predeterminada. En Alemania (donde, por cierto, los verdugos desempeñaban su función con sombrero de copa y levita), los verdugos de la democracia hubieran podido llevar igualmente galones dorados que camisas pardas, pues los minoritarios gobiernos republicanos de 1932 se vieron ante la alternativa de instaurar una rígida dictadura presidencial apoyada por las armas o someterse al movimiento nazi, de amplio apoyo popular.

La vía adoptada el 30 de enero de 1933 (el día de la llamada «toma del poder») era, de hecho, la más democrática, por absurdo que esto pueda parecer. Aunque Hitler no pudo dar a Alemania el anunciado Milenio, la arrastró a pesar de sus débiles protestas, a la era de las masas.

Richard Grunberger, Historia social del Tercer Reich, p. 26.

El precio del nacionalismo

Si la idea de soberanía nacional había sido la gran aportación liberadora de la Revolución francesa, si en nombre de la libertad que conquistaban los ciudadanos frente al soberano absoluto se llamó a los pueblos a levantarse en armas, un siglo más tarde las naciones hijas de la Revolución habían entregado al dios sangriento del nacionalismo toda una generación de sus hijos, a sus hijos en armas, teóricamente llamados a defender su libertad y su progreso.

Pablo Pérez López, Una generación destruida por la guerra: Sin novedad en el frente, p. 77.

La guerra vista por Milestone y Remarque

La película trata de mostrarnos el impacto de esa guerra brutal tiene en la generación de jóvenes soldados enviados a combatir en ella. Inbuídos de una educación patriótica, llegan al frente pensando en la guerra como algo heroico para encontrarse con la terrible realidad que va a desautorizar todas sus convicciones ciudadanas. Los hechos del frente desmienten lo que se pretende como verdad en la retaguardia, en un proceso doloroso que destruye todo el sistema de convicciones políticas de los combatientes, que sólo siguen adelante por lealtad. Pero una lealtad que si tenía por objeto a la Patria, poco a poco sólo encuentra justificación en la lealtad a los compañeros de combate del frente, especialmente a los de la propia unidad. De esa forma, algunos se adaptan como pueden, otros mueren y otros, aunque sobreviven quedan marcados para siempre tal como se dice en el rótulo del comienzo de la película, siguiendo casi siempre al pie de la letra la entradilla de la novela que citábamos al principio: el relato de sus hechos de guerra es también el relato de su íntima destrucción en aras de una supervivencia que termina por parecer sin sentido.

Precisamente por eso, el contraste con la retaguardia es brutal. Los soldados están solos. Esto se ve claramente en las escenas que suceden durante el permiso de Paul, cuando regresa a su hogar, donde su madre está profundamente preocupada, pero su padre se enorgullece de ver a su hijo de uniforme, y junto con sus amigos discute sobre un mapa la mejor manera de ganar la guerra, como si los soldados fueran meros peones. Y sobre todo, cuando regresa a su antigua escuela para ver cómo su profesor alecciona a los nuevos alumnos, relatándoles el esplendor y la gloria que les espera. Así, resulta que el soldado está dando su vida por un sistema de valores en el que él ya no puede cree, precisamente por lo que se ha visto obligado a hacer para defenderlo. Por eso, paradójicamente el único lugar donde el soldado se siente comprendido es en el frente, donde están y han caído sus compañeros, los únicos iguales que le quedan. Se anuncia ya el drama de la posguerra donde la inadaptación de millones de desmovilizados tendrá graves consecuencias, y será causa del surgimiento de los primeros grupos fascistas.

Pablo Pérez López, Una generación destruida por la guerra: Sin novedad en el frente, p. 75.

La destrucción de una generación

Con frase tomada de la entradilla de la novela en la que se inspira la película, se puede decir que ésta trata de la destrucción de una generación por la guerra. Pero mirando con algo más de amplitud cronológica, me parece que convendría hablar de la evidencia de la destrucción en Europa de algunos elementos humanos esenciales y la huella que esto dejó en la cultura occidental. Dentro de ella destacaría la conciencia que ésta adquiere de estar dañada en sus raíces: no cabe pensar otra cosa cuando se ha dado un fruto tan amargo como la Gran Guerra. Por eso se entiende que los historiadores, al hablar de las consecuencias de la prolongación de la guerra y de las intensidad con que se vivió, hablen de un cambio en las mentalidades.

Sin novedad en el frente habla del fracaso de nacionalismo como religión del Estado, del fracaso de cierta forma de entender la solidaridad nacional y el patriotismo, y de la muerte de un proyecto optimista que se suele identificar con el espíritu de progreso decimonónico, estrechamente vinculado al proyecto nacional. Sin novedad en el frente habla, en definitiva, de cómo todo el esfuerzo por construir un mundo más habitable dio lugar a todo lo contrario, a una realidad que destruía o vaciaba de sentido algunos elementos de la vida de los hombres sin los cuales la vida no merecería ese nombre.

Pablo Pérez López, Una generación destruida por la guerra: Sin novedad en el frente, p. 65.

Una guerra más absurda que honrosa

En mi opinión la Gran Guerra debe ser mirada como el origen de muchas circunstancias de nuestro modo de vivir actual. Dicho de otra forma, los cambios sociales y culturales que alumbró ese conflicto tan duradero, extenso e intenso, afectaron hondamente a las sociedades que lo vivieron. Tan hondamente que todavía hoy perviven, y que todavía hoy nos cuesta dar cuenta de las razones de semejante desastre.

Pablo Pérez López, Una generación destruida por la guerra: Sin novedad en el frente, p. 59.

Heroísmo III

Nuestra era del reclamo no conoce esa restricción de los medios. El reclamo sobrecarga toda idea con tantas sugestiones como pueda soportar. Impone sus lemas al público, como verdades dogmáticas, colmadas de todos los sentimientos posibles de aversión y sublimación. El que tiene un lema que manejar -aunque sea sólo un término político, como racismo, bolchevismo, etc.- tiene un palo para pegar al perro. La publicidad política vende al por mayor palos para pegar a perros, y excita en sus clientes un estado de delirio, que les hace ver perros en todas partes.

El heroísmo de las camisas coloreadas y los saludos con la mano en alto no significa en realidad mucho más que un primitivo refuerzo del sentimiento colectivo. Ese conjunto de «nosotros y los nuestros», que se llama partido, ha monopolizado el supremo heroísmo, y lo otorga a quien le sirve. Mirados desde el punto de vista sociológico, tales refuerzos del sentimiento colectivo -sentimiento del «nosotros»- son de trascendental importancia.

Johan Huizinga, Entre las sombras del mañana, p. 151

Heroísmo II

Nietzsche, que fue discípulo de Burckhardt, ha desarrollado sus ideas acerca del supremo valor humano, tomando como punto de partida complicaciones espirituales muy diferentes de las que conociera el espíritu tranquilamente contemplativo de su maestro. Sobre la absoluta desesperación del valor de la vida, Nietzsche llega a proclamar su ideal de héroe. Encumbra a éste en una esfera, en donde el espíritu ha dejado muy atrás todo lo que se llama orden del Estado y convivencia social. Es una idea del profeta fantástico, buena para poetas y sabios, no para políticos y ministros.

Hay algo trágico en el hecho de que la degeneración del ideal heroico haya tenido su punto de partida en el éxito superficial que gozó la filosofía de Nietzsche cuando, hacia 1890, penetró en amplios círculos. La idea del poeta filósofo, nacida de la desesperación, se extravió en la calle, antes de haber pasado por los vestíbulos del puro pensamiento. El estúpido ambiente que reinó a fines del siglo hablaba del superhombre como si se tratará de su hermano mayor. Esta vulgarización prematura del pensamiento de Nietzsche ha sido sin duda la que ha iniciado este modo de pensar que ahora eleva el heroísmo a la categoría de lema y programa.

Con todo ello ha sufrido el concepto de héroe una inversión increíble, que le roba su sentido más profundo. El galardón de héroe, aún cuando la retórica lo haya otorgado a veces a personas vivas, ha permanecido en realidad siempre reservado a los muertos; como el de santo. Era el premio que la gratitud de los vivos concedía a los muertos. Los hombres no partían a la guerra para ser héroes, sino para cumplir con su deber.

Johan Huizinga, Entre las sombras del mañana, p. 148

Heroísmo

Los partidos políticos de hoy apelan a todas las ideas fuertes y a los nobles instintos de que dan fe Trafalgar y las Termópilas: disciplina, obediencia, sacrificio. Pero no les basta ya el vocablo deber. Enarbolan la bandera del heroísmo. «El principio del fascismo es heroísmo; el de la burguesía es egoísmo». Eso decían los carteles electorales que cubrían las paredes en Italia durante la primavera de 1934. Es sencillo y elocuente como una proporción algebraica. Es cosa hecha y artículo de fe.

Johan Huizinga, Entre las sombras del mañana, p. 141