Radek como cerebro de Rapallo


“…Radek se hizo con un abrigo del ejército austríaco y se coló en Berlín como si fuera un refugiado de guerra que regresa a su patria. (Hablaba tanto alemán austríaco como polaco y ruso a la perfección, aparte de otras tres o cuatro lenguas incorrecta pero fluidamente.) En Berlín no participó en el congreso de consejos, pero sí estuvo presente el día de la fundación del partido comunista alemán (KPD), vio el levantamiento de enero, el triunfo de la contrarrevolución y el asesinato de Liebknecht y Rosa Luxemburg, mantuvo contacto durante un par de semanas con sus compañeros de partido alemanes desde domicilios cambiantes y finalmente fue capturado durante una de las cazas de comunistas entonces frecuentes”.

Es bien sabido que Karl Radek no estuvo físicamente en Rapallo; es más, tampoco intervino desde la distancia en las negociaciones. No obstante, Sebastian Haffner dedica buena parte del capítulo que nos ocupa en narrarnos la historia de este curioso personaje. Esto se debe a que, gracias a la experiencia de Radek, los bolcheviques conocían perfectamente la herida que el tratado de Versalles había dejado en el corazón de los alemanes.

De vuelta a su Rusia natal, el prisionero comunista llevó consigo una información valiosísima para el desarrollo de la diplomacia soviética con respecto a Alemania. Karl Radek no intervino en Rapallo, pero sin el es posible que este tratado nunca hubiera llegado a buen puerto.

Bibliografía:

[1] El pacto con el diablo; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2007.

[2] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[3] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson – Barcelona – Debate – 2007.

[4] Sociedad y cultura en la República de Weimar: el fracaso de una ilusión; José Ramón Díez Espinosa – Valladolid – Universidad – 1996.

Rapallo


Nos adentramos en un nuevo capítulo de El pacto con el diablo, sobre él podrán leer los siguiente artículos: Radek como cerebro de Rapallo, El camino de Versalles a Rapallo, El fortalecimiento del bacilo soviético, Rathenau y la reinserción en Occidente, El diálogo entre los dos diablos, y Las razones soviéticas.

En 1922 se reunieron en Génova los representantes de las principales potencias europeas. El pretexto era solucionar los problemas generados por el sistema de Versalles –perfeccionar algunos flecos del mismo-; sin embargo, el fin último de la cumbre no era ese. Mediante hábiles maniobras, británicos y alemanes pretendían alcanzar un doble objetivo: la reinserción de Alemania en Occidente, y la integración de los soviéticos en el sistema capitalista dominante. Por un lado, se trataba de hacer más liviana -o incluso eliminar- la carga de las reparaciones alemanas. En definitiva, que dejase de ser deudora para pasar a colaborar de tú a tú con los vencedores de la Gran Guerra. Por el otro, se buscaba aislar a los soviéticos con el fin de obligarles a aceptar la intervención económica occidental en su territorio.

Sebastian Haffner nos narra en este capítulo como la falta de entendimiento, la desconfianza entre alemanes y británicos, llevó a que todo terminara con la firma de un tratado germano-soviético en la localidad italiana de Rapallo. La perspicacia de los bolcheviques, unida al peculiar modo de llevar las negociaciones por parte de Lloyd George y al recelo de varios miembros del gabinete Rathenau hacia los británicos, permitió desbaratar los planes occidentales para acabar con el socialismo ruso. Así lo expresa el autor al comienzo del capítulo:

Rapallo sigue siendo hoy en día una palabra clave y un concepto fijo del lenguaje diplomático. Se trata de una fórmula cifrada que significa dos cosas: en primer lugar, que según las circunstancias una Rusia comunista y una Alemania anticomunista pueden reunirse y aliarse; en segundo lugar, que esto puede ocurrir súbitamente, literalmente de un día para otro. Este segundo significado ha convertido a Rapallo más que el primero en una palabra que infunde horror entre los occidentales, cuyo efecto de choque perdura”.

Bibliografía:

[1] El pacto con el diablo; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2007.

[2] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[3] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson – Barcelona – Debate – 2007.

[4] Sociedad y cultura en la República de Weimar: el fracaso de una ilusión; José Ramón Díez Espinosa – Valladolid – Universidad – 1996.

Poner fin a la guerra con un levantamiento

“La revolución de Octubre había mostrado que era realmente posible acabar con la guerra a través de un levantamiento; también había enseñado cómo hacerlo. El instrumento de la revolución rusa fueron los consejos de los obreros y los soldados elegidos espontáneamente”. Como muy bien afirma Sebastian Haffner en varios puntos de su obra, la Revolución de Octubre fue posible gracias a la Gran Guerra. O mejor dicho, triunfo porque iba contra la guerra. El mismo Lenin se vio obligado a aceptar la paz de Brest-Litovsk porque comprendía perfectamente hasta qué punto estaba ligado el destino bolchevique con el del fin del conflicto. De igual manera, la revolución alemana de noviembre fue posible únicamente por su carácter pacifista.

Sin la guerra, sin sus desastres y los estragos que causo en la población y en el frente, esta no se hubiera producido. Los alemanes comprendieron bien pronto el mensaje del octubre ruso: la revolución era un instrumento eficaz a la hora de para el conflicto, de acabar con tanto sufrimiento y tantas privaciones. De esta manera, cuando lo creyeron conveniente, siguieron el ejemplo del gigante oriental. La Alemania revolucionaria se lanzó a la calle mientras los obreros y soldados constituían consejos a imitación de los soviets rusos. No obstante, el autor nos señala una diferencia clara entre el proceso alemán y el soviético: los primeros lo llevaron a cabo de una manera más ordenada y perfecta. Lo curioso es que en Rusia la revolución salió airosa, mientras que en Alemania fue la contrarrevolución la que ganó el pulso.

Bibliografía:

[1] El pacto con el diablo; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2007.

[2] Los siete pecados capitales del Imperio Alemán en la Primera Guerra Mundial; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2006.

[3] La revolución alemana de 1918-1919; Sebastian Haffner – Inédita – Barcelona – 2005.

[4] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[5] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson – Barcelona – Debate – 2007.

[6] La Primera Guerra Mundial; Hew Strachan – Barcelona – Crítica – 2004.

El bacilo bolchevique de la aventura asiática

“Lo que sí contribuyó fue la propaganda rusa en la propia Rusia entre los soldados de los ejércitos orientales alemanes, muchos de los cuales introdujeron el bacilo bolchevique, según el testimonio de Ludendorff, cuando fueron trasladados al oeste o de vuelta a las guarniciones del país a lo largo de 1918; y especialmente entre los prisioneros de guerra alemanes, a los que los bolcheviques liberaban inmediatamente y les lavaron el cerebro”.

Sebastian Haffner enumera a lo largo del capítulo que nos ocupa las numerosas iniciativas llevadas a cabo por el gobierno soviético con el fin de hacer estallar la revolución en Alemania. Sin embargo, ninguna de ellas fue tan eficaz como la vuelta a casa de los soldados destacados en el frente oriental tras el triunfo de la revolución en Rusia.

Estos hombres llevaron a los hambrientos hogares alemanes imágenes idealizadas del nuevo experimento político surgido en el este. Sus narraciones sobre el pueblo ruso, unidas al hastío que sentía el pueblo hacia la guerra del káiser, fueron una auténtica bomba de relojería que, en el mes de noviembre de 1918, acabó por estallar en las calles de las principales ciudades.

Bibliografía:

[1] El pacto con el diablo; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2007.

[2] Los siete pecados capitales del Imperio Alemán en la Primera Guerra Mundial; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2006.

[3] La revolución alemana de 1918-1919; Sebastian Haffner – Inédita – Barcelona – 2005.

[4] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[5] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson – Barcelona – Debate – 2007.

[6] La Primera Guerra Mundial; Hew Strachan – Barcelona – Crítica – 2004.

Alemania como bandera de la revolución mundial

“Y es que para los marxistas rusos la cosa estaba muy clara: una revolución proletario-socialista sólo podía tener lugar en un país plenamente industrial, en el que se pudiera relevar al capitalismo, y no en un país cuya mitad o sus tres cuartas partes todavía eran feudales, como Rusia, que primero debía realizar su revolución burguesa-capitalista. Y de todos los países capitalistas, Alemania, la tierra de Marx y Engels, que tenía el partido socialdemócrata más grande y fuerte y mejor organizado, era evidentemente el elegido para liderar el gran proceso histórico de transición del capitalismo al socialismo a escala mundial”.

Antes de 1917 ningún marxista serio y buen conocedor de la doctrina socialista hubiera podido imaginar que la revolución iba a iniciarse precisamente en Rusia. Es más, cuando Lenin tomó el tren que le llevó de Suiza a su tierra natal, muchos pensaron –eso afirma Sebastian Haffner- que había enloquecido.

Sin embargo, el líder de los bolcheviques no quería dejar pasar la oportunidad de hacer triunfar el socialismo en algún país, aunque fuese el menos indicado para ello.

Lenin creía que la revolución en Rusia era posible, pero no como un elemento independiente. Según se desprende de sus escritos y discursos, era imprescindible que en poco tiempo alguna nación capitalista con un alto grado de desarrollo económico siguiera el ejemplo ruso para convertirse en la bandera de la revolución mundial. Ese papel, no cabía la menor duda, debía desempeñarlo Alemania. La rusa debía quedar en la Historia socialista como la que dio el impulso a la verdadera revolución: la alemana. De ahí el empeño de los bolcheviques por extender las ideas revolucionarias a lo largo del territorio del II Reich. Así se entiende también ese pacto con el diablo imperial germano; esperaban que, de un momento a otro, ese aliado incómodo se convirtiera en fraternal amigo.

Bibliografía:

[1] El pacto con el diablo; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2007.

[2] Los siete pecados capitales del Imperio Alemán en la Primera Guerra Mundial; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2006.

[3] La revolución alemana de 1918-1919; Sebastian Haffner – Inédita – Barcelona – 2005.

[4] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[5] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson – Barcelona – Debate – 2007.

[6] La Primera Guerra Mundial; Hew Strachan – Barcelona – Crítica – 2004.

El triunfo de la alianza antinatural sobre la natural

“La alianza del imperio alemán con la revolución rusa fue antinatural e insincera, pero sumamente eficaz. La alianza de la Rusia bolchevique con la revolución alemana era absolutamente sincera, lo más natural del mundo; pero prontose evidenciaría como totalmente ineficaz”.

La paradoja que explicábamos en el artículo introductorio a este capítulo está presente también en la cita anterior de Sebastian Haffner. Consiste básicamente en comprobar la eficacia de la colaboración entre realidades tan distintas como el II Reich y la Rusia bolchevique; y, al mismo tiempos, la falta de entendimiento entre esta última y la Alemania revolucionaria.

Con todo en contra alemanes y rusos fueron capaces de ponerse de acuerdo –por interés propio, no desde luego por altruismo o afán de alcanzar algo juntos-, y con todo a favor, cuando parecía que las cosas iban a resultar sencillas, ambos se empantanaron.

Sin embargo, estos hechos no resultan tan incomprensibles como en principio nos los muestra Sebastian Haffner. La paradoja tiene su explicación. En primer lugar, no hemos de olvidar la situación bélica que acompañó a la relación de Lenin con los jerifantes del II Reich. El primero veía, tras muchos años de esfuerzo, la posibilidad de sacar adelante la revolución en su país. Mientras que los alemanes, si querían ganar la guerra, no tenían más remedio que centrarse en un solo frente; para ello había que eliminar al enemigo oriental fuese como fuese. Ninguno lo dudó, todos los esfuerzos, locuras y humillaciones merecían la pena. Alemania no podía ser derrotada en el conflicto, y los bolcheviques no querían desaprovechar el caldo revolucionario que les brindaba el contexto bélico. Así se entiende mejor que esta antinatural relación, no sin dificultades y retrocesos, funcionara.

Lo escrito en el anterior párrafo explicaría porque salió adelante el pacto de estos dos diablos en la parte final de la Gran Guerra. En los siguientes artículos relataremos por qué no sucedió lo mismo entre los bolcheviques y la revolución alemana.

Bibliografía:

[1] El pacto con el diablo; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2007.

[2] Los siete pecados capitales del Imperio Alemán en la Primera Guerra Mundial; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2006.

[3] La revolución alemana de 1918-1919; Sebastian Haffner – Inédita – Barcelona – 2005.

[4] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[5] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson – Barcelona – Debate – 2007.

[6] La Primera Guerra Mundial; Hew Strachan – Barcelona – Crítica – 2004.

Rusia y la revolución alemana


Nos adentramos en un nuevo capítulo de El pacto con el diablo, sobre él podrán leer los siguiente artículos: El triunfo de la alianza antinatural sobre la natural, Alemania como bandera de la revolución mundial, El bacilo bolchevique de la aventura asiática, Poner fin a la guerra con un levantamiento. En esta ocasión el autor analiza las relaciones entre Alemania y la Unión Soviética en el momento en que la primera de ellas cae en manos de la revolución (1918-1919). Se trata, pues, de un tiempo inmediatamente posterior a la derrota germana en la Gran Guerra. Los acontecimientos que Lenin había predicho, el estallido revolucionario en territoria del II Reich, parecían cumplirse. Alemania, urgida por la situación bélica, había favorecido el triunfo de los bolcheviques en Rusia. Posteriormente estos se vengaron: abandonaron su posición de marionetas y pusieron todos los medios para que los alemanes siguieran sus pasos. No obstante, las predicciones del líder bolchevique no se cumplieron: el II Reich se convirtió en república democrática en lugar de soviética.

La enorme paradoja que este desenlace esconde la muestra Sebastian Haffner en la siguiente cita:

“En 1917 Alemania había promovido la revolución rusa para perjudicar a ese país, y esa revolución promovida había triunfado. En 1918 –y durante unos años más- Rusia promovió la revolución alemana para favorecer a ese país (y de paso a sí misma). Pero esa revolución fracasó”.

Bibliografía:

[1] El pacto con el diablo; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2007.

[2] Los siete pecados capitales del Imperio Alemán en la Primera Guerra Mundial; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2006.

[3] La revolución alemana de 1918-1919; Sebastian Haffner – Inédita – Barcelona – 2005.

[4] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[5] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson – Barcelona – Debate – 2007.

[6] La Primera Guerra Mundial; Hew Strachan – Barcelona – Crítica – 2004.

La tragicomedia de la indecisión alemana


“¡Agosto de 1918! Fue cuando empezó la ofensiva inglesa en Amiens, el día negro del ejército alemán, cuando se perdió la guerra en el oeste definitiva e irreversiblemente. Resulta grotesco imaginar que en ese momento los hombres decisivos de Alemania no tuvieran nada mejor que hacer que discutir sobre cómo debían colonizar Rusia”.

Podríamos decir que en 1918 Lenin engañó al Imperio Alemán: le ofreció Rusia como colonia con tal que la limpiara de “blancos”. Los germanos aceptaron, y eso fue su tumba. Mantener los ejércitos en el frente oriental impidió que Alemania protagonizara una ofensiva en Francia con opciones de victoria.

Sin embargo, parece que el alto mando alemán no fue engañado por los bolcheviques, sino por su propia ambición. La idea de continuar avanzando por tierras rusas había calado en el seno del II Reich antes del ofrecimiento de Lenin. Este tan sólo vino a facilitar ese acontecimiento: proporcionó una excusa perfecta.

Alemania se empantanó en su aventura oriental. Ahí, como explica Sebastian Haffner en el sexto pecado de su obra “Los siete pecados capitales del Imperio Alemán durante la Primera Guerra Mundial, perdió su última oportunidad de ganar la guerra. Por su parte, los bolcheviques supieron aprovechar muy bien esa última alianza con el II Reich. Gracias a ella lograron sobrevivir al acoso de sus enemigos, al tiempo que la derrota alemana condujo al estallido revolucionario en ese país.

Bibliografía:

[1] El pacto con el diablo; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2007.

[2] Los siete pecados capitales del Imperio Alemán en la Primera Guerra Mundial; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2006.

[3] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[4] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson – Barcelona – Debate – 2007.

[5] La Primera Guerra Mundial; Hew Strachan – Barcelona – Crítica – 2004.

La revolución bolchevique en su peor hora


“Las consecuencias de la paz de Brest-Litovsk fueron catastróficas para el partido y el gobierno de Lenin. Durante el medio años transcurrido entre octubre y Brest- Litovsk, el gobierno se había impuesto de forma sorprendentemente rotunda y sin resistencia, y en marzo de 1918 parecía tener su posición bien asegurada. Cinco meses después su derrocamiento parecía inevitable”.

Brest-Litovsk marcó el final del impetu revolucionario en Rusia. Las duras condiciones de paz y la aparición de una oposición fuerte y organizada estuvo a punto de acabar con el régimen bolchevique en 1918. Durante ese año los representantes de la revolución tuvieron que luchar en varios frentes con distintos enemigos. Por un lado la oposición interna –“los blancos”-, que agrupaba en su seno todo el espectro político ruso desde la izquierda socialrevolucionaria hasta los defensores de la monarquía zarista. Por otro lado encontramos a la Legión checa: grupo militar extranjero que había luchado junto a los rusos contra los imperios centrales. Su objetivo era construir una Checoslovaquia independiente de alemanes y austro-húngaros. Por esa razón, cuando Lenin llegó a un acuerdo con ellos, los checoslovacos pasaron a engrosar la fila de los “blancos” con la esperanza de que estos volvieran a luchar contra Alemania. Otro frente fue el compuesto por los miembros de la Entente que, además de prestar ayuda económica y material a la oposición interna, emplearon sus propios ejércitos para invadir Rusia desde el norte y el este. Por último habría que citar las intervenciones de Alemania y el Imperio Otomano que, aunque habían llegado a acuerdos con los bolcheviques, no querían quedarse fuera del reparto del pastel ruso.

Por lo tanto, los “rojos” estaban en una situación desesperada: amenazados en todos los frentes y sin ningún aliado. Es más, desde la firma de Brest-Litovsk habían disuelto el ejército. No tenían tropas con las que defenderse. Tampoco contaban con instructores que pusieran en marcha un nuevo ejército, ya que los antiguos oficiales zaristas no eran de fiar. Sin embargo, los bolcheviques supieron salir de ese agujero gracias a la alianza con Alemania y la labor, casi milagrosa, de Trotski al frente del Ejército Rojo.

Bibliografía:

[1] El pacto con el diablo; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2007.

[2] Los siete pecados capitales del Imperio Alemán en la Primera Guerra Mundial; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2006.

[3] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[4] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson – Barcelona – Debate – 2007.

[5] La Primera Guerra Mundial; Hew Strachan – Barcelona – Crítica – 2004.

La soga y el ahorcado


“Un par de años después, Lenin aconsejó a un partido comunista occidental que apoyara a cierto gobierno “del mismo modo que la soga sostenía al ahorcado”. No es posible inventarse una imagen tan horrorosamente fácil de retener si lo que ésta expresa no se ha vivido en carne propia. Lenin lo había experimentado en agosto de 1918. Es la imagen exacta del tipo de apoyo que recibió entonces, cuando estaba en peligro de muerte, por parte del imperio alemán”.

Este tercer capítulo de El pacto con el diablo -en el incluimos La revolución bolchevique en su peor hora y La tragicomedia de la indecisión alemana– muestra como después de Brest-Litovsk los bolcheviques se vieron acosados por numerosos frentes; y lo peor de todo es que no tenían medios materiales, humanos y militares con que defenderse de la embestida conjunta protagonizada por la oposición rusa y las potencias occidentales.

Sin embargo, Lenin supo hacer del limón limonada, mostrando nuevamente su enorme capacidad para humillarse ante los alemanes con tal de salvar la revolución. Cuando todo parecía perdido para los “rojos”, estos procedieron a reemprender las negociaciones con Alemania. Se trataba, al fin y al cabo, de legitimar su colonización de Rusia a cambio de ayuda militar contra los “blancos”. Esto, como bien indica Sebastian Haffner, no era una idea tan descabellada ya que la oposición a los bolcheviques se había aliado con los enemigos del II Reich. Se trataba, pues, de un juego de doble alianza en el que los germanos creían tener mucho que ganar.

La ayuda de Alemania permitió a los bolcheviques ganar tiempo. En concreto les ayudó a sobrevivir hasta el final de la Gran Guerra. Una vez derrotados los ejércitos del II Reich en el frente occidental, las potencias de la Entente, deseosas de evitar nuevos conflictos, se fueron retirando poco a poco del territorio ruso. Fue así como los “blancos” perdieron una importante ayuda, que a la postre facilitó la victoria de los “rojos”.

Bibliografía:

[1] El pacto con el diablo; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2007.

[2] Los siete pecados capitales del Imperio Alemán en la Primera Guerra Mundial; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2006.

[3] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[4] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson – Barcelona – Debate – 2007.

[5] La Primera Guerra Mundial; Hew Strachan – Barcelona – Crítica – 2004.