Los inicios de la revolución industrial británica


Entre el último tercio del siglo XVIII y el primero del XIX, el crecimiento económico inglés se basó en la producción de bienes de consumo -curtidos, alimentos, bebidas, lino, seda, lana…- mediante técnicas tradicionales. No obstante, ninguno de estos sectores jugó un papel tan destacado como el del textil algodonero, que durante esta etapa actuó como dinamizador de la economía.

Entre las causas que favorecieron el desarrollo del sector textil algodonero cabe destacar la situación del mercado interior británico y las conexiones coloniales. No hemos de olvidar al respecto que, durante todo el siglo XIX, el Imperio Británico fue el más extenso del mundo.

Además, la industria del algodón supo aprovechar las ventajas que, en materia de cantidad y coste, tenía con respecto a la lana. Esto les permitió, a su vez, invertir más capital en innovación. Por tanto, los cambios organizativos y el desarrollo tecnológico, fueron factores fundamentales para el incremento de la productividad.

Sin embargo, junto al papel dinamizador de la industria textil algodonera, hemos de destacar otros elementos que facilitaron el desarrollo industrial británico. Entre ellos cabe destacar la utilización del carbón como fuente de energía, la invención y aplicación de la máquina de vapor, el auge de la siderurgia y la mejora en los transportes.

El carbón como fuente de energía

En esta época de grandes cambios, las fuentes de energía también se vieron afectadas. Junto a las tradicionales, que continuaron utilizándose, surgieron otras fruto del desarrollo y las necesidades de la industria. Así, de entre las nuevas fuentes de energía, cabe destacar el carbón.

En su origen, el carbón se vio notablemente favorecido por la escasez de madera en las islas británicas, lo que propició que se convirtiera en un elemento fundamental para el uso doméstico. Posteriormente, con el crecimiento demográfico y urbano, se hizo aún más necesario en este sentido.

Al margen de esto, hay que destacar a la industria de extracción del carbón como pionera en la organización de tipo capitalista, en la que también encontramos un gran interés por la innovación tecnológica.

Sin embargo, el gran impulso del carbón como fuente de energía vino dado por las mejoras siderúrgicas y el desarrollo de la máquina de vapor. La primera plasmación de este invento la encontramos a principios del siglo XVIII de la mano de T. Newman, siendo aplicada a la minería con cierto éxito.

No obstante, el culmen de esta mejora técnica llegó con J. Watt en 1755. Este desarrolló una máquina más potente y eficaz, que posteriormente fue aplicada también al transporte. La aparición de la máquina de vapor favoreció notablemente el desarrollo del proceso industrializador mediante el impulso del sistema fabril y de las nuevas formas de organización financiera.

El desarrollo de la siderurgia

A principios del siglo XVIII, la producción de hierro, aún siendo de cierta calidad, no satisfacía ni fomentaba la demanda: era demasiado caro y escaso. Sin embargo, con el paso de los años, la industria siderúrgica fue tomando un papel más relevante, hasta el punto de que, en el segundo tercio del XIX, tomó el relevo de la industria textil algodonera como motor económico.

Esta evolución de la industria siderúrgica fue posible gracias a la conjunción de dos factores:

  • La renovación tecnológica, que, de la mano de hombres como A. Darby y H. Cort, permitió reducir los costes y mejorar la calidad del producto.
  • El incremento de la demanda, que estuvo, sin duda, muy ligado al proceso revolucionario –industrial, agrícola y demográfico-, siendo precisamente este el impulsor de la sustitución de la madera por el hierro, tanto en el campo doméstico como en el de la producción.
A todo esto se unieron dos fenómenos que favorecieron este crecimiento de la demanda: las guerras de principios del XIX, y el desarrollo del ferrocarril.

Los cambios demográficos del siglo XIX


Desde los últimos años del siglo XVIII hasta los primeros del XX, Europa experimentó un crecimiento demográfico continuo. Esto facilitó que su población pasará de 110 millones de habitantes en 1700, a 423 en 1900. Se trató, por tanto, del mayoría aumento de población en la historia del Viejo Continente.

Ese cambio fue posible gracias a factores como la mejora de la sanidad, la expansión de una cultura más higiénica, y el crecimiento económico experimentado por varios de los países europeos durante ese periodo.

Esto, en palabras de los expertos en demografía, facilitó el tránsito de un ciclo demográfico antiguo a otro moderno.

El paso al ciclo demográfico moderno

La demografía de tipo antiguo se caracterizaba por un crecimiento de población lento e irregular. Esto se debía a la existencia de una alta natalidad (35-40%), una alta mortalidad (30-40%), y la aparición de grandes crisis provocadas por hambres, guerras y epidemias.

A finales del siglo XVIII se inició un periodo de tránsito entre ese modelo y el conocido como ciclo moderno. La demografía de tránsito se caracterizaba por un crecimiento de población rápido y continuo.

Esto se debía al mantenimiento de una natalidad alta, al descenso de la mortalidad, y a la práctica desaparición de grandes crisis.

Con la consolidación del crecimiento económico y el cambio de mentalidad en la sociedad europea, surgieron notables modificaciones con respecto al modelo demográfico anterior. El descenso de la natalidad, y la reducción al mínimo de la mortalidad, acabaron por configurar una demografía de crecimiento lento y tendente al envejecimiento de la población.

Teorías explicativas del tránsito demográfico

Distinguimos dos tipos teóricos que tratan de explicar los cambios demográficos del siglo XIX: los centrados en el factor mortalidad, y aquellos que hacen hincapié en el aumento de la mortalidad.

El primero de estos modelos defiende que el crecimiento demográfico fue, principalmente, consecuencia del descenso de la mortalidad. Esta disminución surgió a causa de las mejoras sanitarias e higiénicas, los avances en la medicina, y la mejora del nivel de vida.

El tipo centrado en la natalidad defiende que, tras una crisis demográfica, como venía siendo habitual durante el medievo y la modernidad, se produjo un aumento de la natalidad; a esto se unió el descenso de la mortalidad. La consecuencia de ambos fenómenos fue un crecimiento demográfico sin precedentes.

Las grandes migraciones y el auge de las ciudades

La enorme movilidad de la población europea durante este periodo se debió principalmente al empuje demográfico, a la mejora del sistema de transportes, y a los cambios económicos que se estaban produciendo, tanto los referentes a los distintos sectores, como los de tipo regional.

De esta forma, se fueron desarrollando las grandes migraciones, tanto regionales como interregionales. Estas, si bien comenzaron a mediados del XVIII, no alcanzaron su cenit hasta el periodo que va desde 1850 a 1930.

Por su parte, el crecimiento de la población urbana estuvo muy ligado al desarrollo del mercado, la especialización económica y la concentración empresarial. Mientras que en el Antiguo Régimen predominaba el poblamiento de tipo rural, desde el siglo XVIII se advierte una inversión de las tendencias a favor del asentamiento urbano.

Así, en el tránsito del XIX al XX, nos encontramos ante un mundo occidental mayoritariamente urbano, en el que existen 135 ciudades con más de 100.000 habitantes.

El desarrollo económico como impulsor de la demografía

El enorme crecimiento demográfico experimentado por los países desarrollados durante este periodo, con el consiguiente incremento de productores y consumidores, trajo consigo importantes consecuencias positivas para la economía y el desarrollo industrial.

Sin embargo, no está de más una matización de esta afirmación, ya que la demografía no deja de ser un factor complejo y, en numerosas ocasiones, contradictorio.

En último término, si bien la revolución demográfica fue un factor fundamental para que se produzca la industrialización, también es verdad que podría haber sido causa de su estrangulación.

Este incremento de población, para que se dé la revolución industrial, ha de llegar en el momento adecuado en cada región, y ha de contar con posibilidades de emigración y de apertura al mercado internacional

La crisis que vivimos

Compendio de imágenes que recogen algunas de las escenas más representativas de la crisis iniciada en el verano de 2007.

Democratización y modernización en España

De todo lo anterior no cabe concluir que el estudio del cambio de régimen en España pueda prescindir del análisis de las transformaciones económicas, sociales y culturales acaecidas en los años sesenta y setenta, sino más bien que estas permitieron e incluso facilitaron –pero no determinaron- una salida democrática a la dictadura, en la cual desempeñaron un papel igualmente decisivo otros factores, de naturaleza esencialmente política, que también merecerán nuestra atención.

Charles Powell, España en democracia, 1975-2000, p. 21.

La perspectiva de Juan Linz y Alfred Stepan

Para Juan Linz y Alfred Stepan, por ejemplo, el nexo entre el sistema capitalista y la democracia se produce en el ámbito de la sociedad civil: a su entender, una sociedad civil independiente y dinámica sólo puede surgir allí donde exista una economía con una cierta autonomía de mercado y formas diversas de propiedad. Si toda la propiedad está en manos del Estado, y si este controla todos los resortes de la economía, no es posible la relativa autonomía de la sociedad civil, sin la cual resulta inconcebible una verdadera democracia.

Charles Powell, España en democracia, 1975-2000, p. 20.

Relación entre desarrollo económico y democratización II

…buena parte de la literatura sobre la crisis del franquismo y la transición a la democracia tiene su punto de partida entre el desarrollo socioeconómico y el cambio político. Como es sabido, este enfoque goza de una larga tradición académica, que data (por lo menos) de la publicación en 1959 del ya clásico trabajo de Seymour M. Lipset sobre los requisitos de la democracia, en el que afirmaba que “los factores de industrialización, urbanización, riqueza y educación están tan estrechamente interrelacionados que constituyen un factor común. Y los factores que encierran el desarrollo económico traen consigo el correlativo político de la democracia” (…) Es importante subrayar que estos estudios no defienden la existencia de una relación mecánica de carácter determinista entre el desarrollo socioeconómico y la democracia, sino que afirman tan sólo que, si aquél se produce, las probabilidades de esta aumentarán.

Charles Powell, España en democracia, 1975-2000, p. 17-18.

Relación entre desarrollo económico y democratización I

Si se acepta la existencia de una cierta relación causal entre desarrollo económico y democratización, resulta ineludible explicitar la naturaleza de la misma. José María Maravall ha sostenido que dicho efecto causal opera de forma indirecta, a través de diversas variables intermedias. A medida que una economía se desarrolla, se hace también más compleja, y su administración a través de las instituciones de la dictadura se hará más difícil. Como sostiene Robert Dahl, en una economía avanzada el rendimiento a largo plazo será menos productivo bajo la coerción que si se basa en la aceptación voluntaria: los diktats autoritarios son menos eficientes que la negociación colectiva. A mismo tiempo, “el orden social también se haría más plural: como consecuencia, los recursos se descentrarían, la coerción resultaría menos viable y surgirían crecientes demandas de un pluralismo también político. Los grupos y organizaciones sociales adquirirían una mayor autonomía respecto del Estado: el número de asociaciones intermedias se multiplicaría, la sociedad civil se fortalecería, sus relaciones con el Estado alcanzarían un nuevo equilibrio, nuevas pautas de negociación sustituirían a relaciones de imposición.

Charles Powell, España en democracia, 1975-2000, p. 19.

La apertura de las libertades XII

Villar Mir, al detectar los problemas fundamentales, «inflación, balanza de pagos, estancamiento de la producción, amenaza de paro creciente y recesión de inversiones», propone soluciones similares a las de otros países europeos: consumir menos, ahorrar más, invertir más y exportar más en el marco de una economía de libre mercado. Y, todo ello acompañado, de una propuesta de congelación salarial. En definitiva, un plan necesario, y honestamente planteado, de austeridad económica. Pero, inmediatamente, los líderes de las Organización Sindical, ya bastante desprestigiada, se opusieron frontalmente. También los poderosos sindicatos ilegales, por razones obvias, concentrados en su anómala situación, rechazaron el plan. No había patronal con la que pactar. Y el Gobierno, enfrascado en el esencial cambio político, no se interesaba por la economía.

Salvador Sánchez-Terán, La Transición. Síntesis y claves, p. 106.

La evolución del sistema yugoslavo durante los años sesenta I

El desarrollo socioeconómico de las repúblicas continuó siendo muy dispar. Esta evolución diferenciada no puede valorarse sólo en términos de inversiones fijas, de participación de la producción manufacturera de los territorios en el total de la Federación o de volúmenes de exportación. Sabrina P. Ramet da numerosos ejemplos, igual de significativos que los económicos: en 1972, Croacia y Eslovenia, con el 29% de la población total del Estado yugoslavo, publicaban el 44% de los periódicos de todo el país y desde su territorio emitían el 46% de las emisoras de radio. Kosovo, con el 7% de la población global, tenía el 2,7% de los cines, sólo disponía de un diario en lengua albanesa y dos emisoras de radio de las 174 existentes en el país.

Ricardo Martín de la Guardia y Guillermo Pérez Sánchez, Europa balcánica. Yugoslavia, desde la Segunda Guerra Mundial hasta nuestros días, p. 37.

El movimiento de la labor

Desde las revoluciones de 1848 hasta la húngara de 1956, la clase trabajadora europea, por ser la única organizada y por lo tanto la dirigente del pueblo, ha escrito uno de los más gloriosos y probablemente más prometedores capítulos de la historia contemporánea. No obstante, aunque la frontera entre las demandas económicas y políticas, entre las organizaciones políticas y los sindicatos, estaba bastante difuminada, no hay que confundir ambas organizaciones. Los sindicatos al defender y luchar por los intereses de la clase trabajadora, son responsables de su incorporación final a la sociedad moderna, en especial del extraordinario incremento en la seguridad económica, prestigio social y poder político. Los sindicatos nunca fueron revolucionarios en el sentido de desear una transformación de la sociedad junto con una transformación de las instituciones políticas en que esta sociedad estaba representada, y los partidos políticos de la clase trabajadora han sido la mayor parte del tiempo partidos de intereses, en modo alguno diferentes de los partidos que representaban a las demás clases sociales. Sólo apareció una distinción en esos raros y decisivos momentos en que, durante el proceso de una revolución, resultó repentinamente que la clase trabajadora, sin estar dirigida por ideologías y programas oficiales de partido, tenía sus propias ideas sobre la posibilidad de gobierno democrático bajo las condiciones modernas. Dicho con otras palabras, la línea divisoria entre las organizaciones políticas y los sindicatos no es una cuestión de extremas exigencias económicas y sociales, sino sólo la propuesta de una nueva forma de gobierno.

Lo que fácilmente pasa por alto el historiador moderno que se enfrenta al auge de los sistemas totalitarios, en especial cuando se trata de los progresos de la Unión Soviética, es que de la misma manera que las masas modernas y sus líderes lograron, al menos temporalmente, producir en el totalitarismo una auténtica, si bien destructiva, forma de gobierno, las revoluciones del pueblo han adelantado durante más de cien años, aunque nunca con éxito, otra nueva forma de gobierno: el sistema de los consejos populares con el que sustituir al sistema continental de partidos que, cabe decir, estaba desacreditado incluso antes de cobrar existencia. Los destinos históricos de las dos tendencias de la clase trabajadora, el movimiento sindical y las aspiraciones políticas del pueblo, no podían estar más en desacuerdo: los sindicatos, es decir, la clase trabajadora en la medida en que sólo es una de las clases de la sociedad moderna, ha ido de victoria en victoria, mientras que al mismo tiempo el movimiento político laboral ha sido derrotado cada vez que se atrevió a presentar sus propias demandas, diferenciado de los programas de partido y de las reformas económicas. Si la tragedia de la revolución húngara sólo logró mostrar al mundo que, a pesar de todas las derrotas y apariencias, este impulso político aún no ha muerto, sus sacrificios no fueron en vano.

Hannah Arendt, La condición humana, p. 237-238.