La crisis que vivimos

Compendio de imágenes que recogen algunas de las escenas más representativas de la crisis iniciada en el verano de 2007.

Egipto en la era post-Mubarak

Esta entrada forma parte de un conjunto de artículos que he escrito sobre el origen y desarrollo de la «Primavera Árabe» en Túnez y Egipto. Para leer los restantes textos dedicados a esta cuestión, haz clic aquí.

*Esta texto se terminó de escribir en marzo de 2012, por lo que no incluye los acontecimientos históricos posteriores a esa fecha.


La revolución en manos del ejército

El mensaje televisado de Omar Suleiman anunciando la renuncia del presidente Hosni Mubarak devolvió temporalmente la calma a las plazas y calles de Egipto. El poder se entregó, de manera temporal, al Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas. Este, mediante un comunicado hecho público el 12 de febrero se comprometía a «traspasar pacíficamente el poder, en el marco de un sistema democrático, a una autoridad civil». Es decir, a convocar elecciones legislativas para la constitución de una nueva cámara que tuviese como misión fundamental la redacción de una constitución para el país.

Al abrigo de la nueva autoridad militar, los distintos grupos de oposición comenzaron a prepararse para las primeras elecciones de la era post-Mubarak. El mejor organizado de todos era, sin lugar a dudas, el partido de los Hermanos Musulmanes.

El largo periodo de clandestinidad al que se habían visto relegados los islamistas durante los treinta años de dictadura no había sido suficiente para terminar con su prestigio entre determinados sectores de la sociedad. Los resultados de las elecciones de 2005, a las que habían concurrido bajo otras siglas obteniendo el 20% de los escaños, constituían buena prueba de ello.

Entre los restantes grupos políticos con posibilidades de obtener representación parlamentaria destacaba el partido laico Al Ghad, bajo el liderazgo de Ayman Nur; la Coalición de Jóvenes de la Revolución, formada por algunas de las organizaciones responsables de las revueltas; el partido de Mohamed el-Baradei, Premio Nobel de la Paz y ex Director General de la Agencia Internacional de la Energía Atómica; y el Partido Nour, otro grupo integrista, en este caso de corte salafista.

Además, algunas de las principales figuras del régimen no descartaban su participación en los comicios. Este era el caso del diplomático Amr Musa o del propio ex vicepresidente Omar Suleiman.

Mientras tanto, el nuevo hombre fuerte de Egipto, si bien de manera interina, era Mohamed Hussein Tantawi, mariscal que ostentaba la presidencia del Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas.

En su haber, al margen de su historial militar, cabe destacar su condición de ministro de Defensa y Armamento desde 1991, así como de viceprimer ministro desde el 31 de enero de 2011. Sobre él recaía la compleja tarea de lleva al país a un régimen democrático, sin despertar por el camino los recelos de los revolucionarios, islamistas, aliados occidentales o del propio ejército al que representaba.

Si bien las manifestaciones disminuyeron en las primeras semanas tras la marcha de Mubarak, pronto la tensión volvió a ser frecuente en las calles. A comienzos de marzo la crisis económica se convirtió en la protagonista de las protestas de miles de egipcios. Los bajos salarios y el alto índice de paro, monopolizaron unas consignas que poco a poco fueron volviéndose más críticas con el gobierno interino y con el mariscal Tantawi.

La frustración por la falta de recursos acabó por transformarse en un clamor contra la lentitud con la que las autoridades estaban llevando a cabo la transición política. En las calles y plazas del país comenzaba a circular la sospecha de que habían hecho la revolución para cambiar un dictador, Mubarak, por otro, Tantawi.

Lo cierto es que, a la mala situación económica de finales de 2010, se unían las consecuencias negativas que para el sector del turismo había tenido la revolución de enero y febrero de 2011.

La crisis política se dejó notar en el producto interior bruto de Egipto, que se contrajo un 7% en ese periodo. Además, la ausencia de turistas afectó a casi dos millones de trabajadores, lo que suponía elevar la tasa de desempleo por encima del 10%. El gobierno, temiendo que esta situación llevase a un estancamiento de la economía que contribuiría a elevar la pobreza y, por ende, la tensión social, pidió al Fondo Monetario Internacional un préstamo de tres mil millones de dólares. Buena parte de estos fondos fueron dirigidos, de manera inmediata an aumento en los subsidios de alimentos y comestibles.

Una vez solventada la papeleta económica, el gobierno de Tantawi inició una serie de actuaciones con el fin de dar a entender a la población que la transición real estaba en marcha. En primer lugar, el mariscal ratificó que su único objetivo era conducir al país a unas elecciones legislativas que le llevaran a convertirse en una democracia.

Al mismo tiempo, para de demostrar el compromiso del Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas con la revolución, se despidieron a más de cien policías de alto rango por los actos llevados a cabo contra los manifestantes de la plaza de Tahrir en el mes de enero. Además, se condenó a muerte a un policía por el asesinato de varios manifestantes durante la jornada del 28 de enero, y se condenó a doce años de prisión al ex ministro del Interior, Habib El Adly.

En el viaje emprendido por Tantawi para romper los puentes con el régimen de Hosni Mubarak cabe destacar el propio juicio del antiguo dirigente egipcio. En el mes de agosto, bajo la atenta mirada de millones de televidentes, el octogenario dictador comparecía por primera vez ante un tribunal.

Permaneció toda la vista tumbado en una camilla y acompañado por sus hijos Gamal y Alaa, también acusados de corrupción.

La agenda democrática egipcia

A finales de 2011, en los meses de noviembre y diciembre, la Junta Militar cumplió su promesa de convocar elecciones legislativas. Los comicios se llevaron a cabo en tres rondas –dos en noviembre y una en diciembre-, de tal modo que los ciudadanos acudían a las urnas en una fecha u otra en función de su territorio de residencia.

Ahora bien, ni siquiera reinó la calma en el país durante el periodo electoral. Un grupo de personas volvió a acudir a la plaza de Tahrir para protestar contra lo que consideraban un secuestro de su revolución. Estos manifestantes, muy inferiores en número a los reunidos en los meses de enero y febrero, acusaban a la Junta Militar de retrasar la transición democrática, al tiempo que denunciaban su alianza con el partido Libertad y Justicia (FJP) de los Hermanos Musulmanes.

La protesta de estos jóvenes no andaba del todo desencaminada, puesto que no es descabellado pensar que un ejército con más de medio siglo de gobierno a sus espaldas le cueste dejar el poder y los privilegios que ello conlleva.

Sin embargo, el tiempo ha terminado por demostrar que la Junta Militar no pretendía mantener el poder, sino pilotar el cambio político de tal modo que no afectara negativamente a sus intereses. De ahí que muchos analistas hayan afirmado que el modelo turco era el preferiodo del mariscal Tantawi y de sus correligionarios. Según este esquema, el ejército se convertiría en el defensor de la república y garante de la constitución frente a las desviaciones de los grupos extremistas que pudieran llegar a hacerse con el poder.

En esa situación, sobre cualquier gobierno con ambiciones demasiado reformistas, pendería la espada de Damocles del ejército. Esto es lo que sucede en Turquía desde que, en el año 2002, el partido islamista Justicia y Desarrollo (AKP) ganara las elecciones legislativas llevando a su candidato, Recep Tayyip Erdogan, al cargo de primer ministro del país.

En Egipto, con las encuestas dando la victoria al partido Libertad y Justicia (FJP), primo hermano del AKP turco, no era extraño pensar por aquel entonces en una posible alianza entre los militares y los islamistas.

Un pacto que permitiría a los primeros conservar ciertos privilegios y, a los segundos, llegar al poder; si bien bajo la tutela y vigilancia del ejército.

Tal como indicaban las encuestas, los grupos islamistas fueron los grandes triunfadores de las elecciones legislativas. Sus dos ramas, el partido Libertad y Justicia (FJP), con un 47% de los escaños, y el partido Nour de los salafistas, con un 23%, sumaban el 70 % de los asientos de la nueva cámara legislativa. No obstante, esa superioridad en la cámara no les otorgaba más poder que el propio del legislativo, puesto que el ejecutivo permanecerá en manos de la Junta Militar hasta las elecciones presidenciales previstas para junio de 2012.

El 24 de enero, trescientos sesenta y cuatro días después de la Jornada de la Ira, se reunían por primera vez los quinientos ocho miembros del nuevo parlamento egipcio. Previamente, en una carta dirigida al Consejo de ministros y hecha pública por la prensa del país, el mariscal Tantawi renunciaba al poder legislativo en favor de la nueva asamblea. A su vez, especificaba que el parlamento debía ser el encargado de nombrar una comisión constitucional que redactara la nueva Carta Magna.

Desde entonces Egipto sigue una apretada agenda que le encamina, en principio, hacia un régimen democrático vigilado por el ejército.

En mayo de 2012 debe estar terminado el texto constitucional, y, un mes después, se llevarán a acabo las elecciones presidenciales. Mientras tanto, no hay que descartar que se produzcan nuevas protestas, como la de la plaza de Tahrir en el primer aniversario de la revolución, o incluso actos violentos, como los acaecidos en Port Said durante un partido de fútbol o en octubre contra la comunidad cristina copta de El Cairo.

Wael Ghonim

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En el seno de una familia cairota de clase media nació, el 23 de diciembre de 1980, Wael Said Abbas Ghonim. Siendo todavía un niño, sus padres se trasladaron Dubai, ciudad de los Emiratos Árabes Unidos donde Ghonim pasó los trece primeros años de su vida. Sus conocimientos en materia informática le permitieron colaborar, desde los dieciocho años, en Islamway.com, una empresa dedicada a la apertura de sitios web en el mundo árabe.

Desde esa modesta ocupación dio, en 2002, el salto al departamento de marketing de Gawar.com, un servidor de correo electrónico bastante extendido en Medio Oriente.

A los veinticuatro, Wael Ghonim no sólo había obtenido su primer título universitario -la licenciatura de ingeniería informática por la Universidad de El Cairo-, sino que también había adquirido un marcado espíritu emprendedor. Un año después, en 2005, abandonó el departamento de marketing de Gawar.com para fundar su propio portal con información financiera de Medio Oriente: Mubasher.info. Mientras desempeñaba la tarea de gerente de esta empresa, cursó en la Universidad Americana de El Cairo un MBA en Marketing y Finanzas.

Tras una década dedicado a diversas actividades dentro del mundo de las nuevas tecnologías, Google.INC se cruzó en la vida de este joven egipcio. En 2008, con apenas veintiocho años, Wael Ghonim se convirtió en trabajador de uno de los gigantes de la informática a nivel mundial.

En 2010, apenas unos meses antes de poner en marcha la página de Facebook “Mi nombre es Khaled Saeed”, fue nombrado director de Marketing de Google.INC para Medio Oriente y África del Norte.

A las puertas de la tercera década de su vida, se abría ante Wael Said Abbas Ghonim un futuro prometedor en el sector de las nuevas tecnologías. Las circunstancias, sin embargo, iban a encargarse de llevarle por otro camino: el de la lucha cívica contra el régimen de Hosni Mubarak.

Desconocemos en qué momento desperto ese anhelo por convertir su país en un estado de derecho. Sin embargo, su primer compromiso lo adquirió en la primavera de 2010, poco después de convertirse en director de Marketing de Google.INC. Ghonim colaboró de manera activa en la campaña electoral del opositor Mohamed El Baradei, encargándose, entre otras cosas, de crear y actualizar su perfil de Facebook.

En los días de la revolución egipcia podía verse aún una imagen en el perfil del informático con el siguiente pie de foto: “Mi nombre es Wael Ghonim y apoyo públicamente a El Baradei”. Sobre el texto aparecía él junto al líder de la oposición. De ese “mi nombre es Wael Ghonim…” al “Mi nombre es Khaled Saeed” pasaron menos de tres meses.

A partir de entonces cambió de nombre a la hora de hacer oposición -adoptó ElShaheed (el mártir) como apodo- pero sin abandonar sus armas. Internet seguía siendo su hábitat natural, y desde allí pretendía llevar al pueblo a la calle.

El 23 de enero de 2011, desde el aeropuerto Al Maktoum de Dubai, Wael Ghonim tomaba un vuelo con destino a El Cairo. Su objetivo: participar en “El Día de la Ira”, la protesta masiva contra el régimen de Hosni Mubarak que él mismo había contribuido a organizar.

Al igual que Asmaa Mahfouz, del Movimiento Juvenil 6 de Abril, participó con miles de jóvenes egipcios en una jornada que marcaría el inicio de la revolución. El éxito de esa convocatoria le convenció de la necesidad de continuar adelante. Por esta razón, desde la página homenaje a Khaled Shaeed, promovió una nueva protesta para el 28 de enero.

En la víspera de esa jornada, Wael Ghonim escribía el siguiente mensaje en Facebook: “Nuestro día es mañana. Dios mío, trabajemos para congreguemos a ese millón de personas”. Poco después de teclear esas palabras en su ordenador, era arrestado en plena calle por cuatro agentes de la Mujabarat, el servicio de inteligencia egipcio.

El hombre que había encendido la chispa de la revolución iba a pasar once días incomunicado y, por consiguiente, al margen de la evolución del incendio que él mismo había iniciado. Mientras, al desconocer su paradero, tanto su familiares como los responsables de Google.INC., lo buscaban por los hospitales de El Cairo.

Finalmente, tres días después del primer “Día de la Despedida”, también conocido por los fieles al régimen como “El Día de la Lealtad”, Wael Ghonim fue liberado.

El 7 de febrero la multitud reunida en la Plaza de Tahrir lo recibió como a un héroe. Al ser preguntado por su detención, el ejecutivo de Google.INC. afirmó que en ningún momento había sido objeto de tortura. Si bien había permanecido aislado y con los ojos vendados la mayor parte de ese periodo. Así lo describía él en la página de Facebook sobre Khaled Saeed: “Nadie me amenazó ni me torturó. Los agentes de la seguridad que me interrogaron salieron el último día con lágrimas en los ojos. A la hora de liberarme, algunos me abrazaron y se alegraban de ver a jóvenes que aman y se preocupan por Egipto”.

El triunfo de la revolución

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Una semana del mes de enero había bastado para demostrar tanto la importancia de las redes sociales como plataformas para la protesta como la indefensión del régimen egipcio ante semejante novedad.

Además, el movimiento iniciado el día 25 había ido ganando apoyos en las jornadas siguientes, hasta el punto de gozar de cierta simpatía en determinados ambientes del ejército. La caída de Mubarak parecía inminente, tan sólo hacía falta un último empujón.

Conscientes del estado de shock en el que se encontraba el régimen, los opositores se conjuraron para no dejar pasar la oportunidad: era necesario rematar la revolución cuanto antes. Con ese fin, se programó para el primero de febrero una marcha que pretendía reunir a un millón de participantes. Según datos de Al Jazeera, el objetivo se cumplió con creces: dos millones de personas acudieron ese día a la convocatoria de El Cairo.

Una vez más, el epicentro de la manifestación fue la plaza de Tahrir. Desde allí, bajo la atenta mirada de unos soldados cada vez más comprensivos con las exigencias del pueblo, los opositores se dirigieron al palacio presidencial. El objetivo era, tal como se podía leer en los cientos de pancartas que portaban, pedir la dimisión de Hosni Mubarak.

La situación, no obstante, era delicada, pues un empecinamiento del presidente por mantenerse en el poder podía conducir a una guerra civil entre partidarios de uno y otro bando.

A principios de febrero la actitud de Mubarak podía conducir a una transición pacífica, como la que se había producido Túnez, o a un conflicto bélico similar al que meses después vivió Libia.

Al respecto cabe destacar las palabras que, ese mismo día, pronunciaba en una entrevista Mohamed el-Baradei: «Ahora Mubarak debería abandonar el país para evitar que se extienda la violencia (…) la negociación no llegará hasta que se acepten las exigencias de los egipcios, y la primera de ellas es que el presidente Mubarak abandone el cargo. Deseo ver un Egipto en paz; si el presidente se va, entonces todo se desarrollará correctamente».

Los temores de El Baradei empezaron a tomar forma apenas veinticuatro horas después. El día 2 de febrero los habitantes de El Cairo fueron testigos directos de los duros enfrentamientos que, a base de piedras y palos, protagonizaron los partidarios de Mubarak y los opositores al régimen. La plaza de Tahrir fue el principal escenario de una auténtica batalla campal que ni siquiera el ejército pudo detener. La lucha de ese miércoles dejó como legado un nuevo muerto y más de medio millar de heridos.

El viernes 4 de febrero, tal como había sucedido la semana anterior, la salida de la mezquita se convertía en una oportunidad única para organizar una nueva manifestación.

Así lo percibieron los opositores que, a las puertas del propio palacio presidencial, exigieron el final de la dictadura, en lo que bautizaron como el “Viernes de la Despedida”. Sin embargo, el régimen no se iba a dejar sorprender tan fácilmente en esta ocasión. Los fieles a Mubarak convocaron una contra-manifestación que denominaron el “Día de la Lealtad”.

Ambas marchas coincidieron, como dos días antes, en la plaza de Tahrir. Fue necesaria la intervención de el ejército que, haciendo uso de las tanquetas, dividió a los dos grupos. Tan sólo se produjeron tumultos sin relevancia en una jornada donde la tensión existente podía haber llevado a algo mucho más grave.

Según estimaciones de Al Jazeera, más de un millón de opositores se congregaron en la plaza de Tahrir, y muchos de ellos pasaron allí la noche. Además, otras de las principales ciudades del país celebraron también su particular “Viernes de la Despedida”. De entre ellas hay que destacar una vez más a la segunda ciudad del país, Alejandría, que registró una asistencia de medio millón de personas según datos de Al Jazeera.

Mientras tanto, en el palacio presidencial todo era silencio. De sus salones, pasillos y despachos no salía ninguna declaración pública, nada que arrojara luz sobre las intenciones de Hosni Mubarak. La cabeza visible del régimen, salvo breves entrevistas a medios extranjeros, no hizo acto de presencia hasta el día 10 de febrero, casi una semana después del “Viernes de la Despedida”.

En un discurso televisado, el presidente desmintió los rumores que anunciaban su inminente salida del poder.

Reconocía el descontento del pueblo egipcio y sus deseos de cambio, pero imponía un calendario a su medida para llevar a cabo la ansiada transición: Mubarak manifestó su intención de dejar el poder en el mes de septiembre. Hasta entonces delegaría sus funciones ejecutivas en el vicepresidente Omar Suleiman, que sería el encargado de organizar las elecciones, reformar la constitución y derogar la Ley de Emergencia de 1981.

La instalación de varias pantallas gigantes permitió a los opositores que permanecían en la plaza de Tahrir seguir en directo la declaración pública de Mubarak. Todos esperaban que el presidente anunciara su renuncia inmediata. De ahí que, tras las primeras palabras la expectación inicial se tornara en indignación al hacerse evidente que no sería así. Esa misma noche se convocó un nuevo “Día de la Despedida” para la jornada siguiente.

Los egipcios volvieron a salir a la calle un viernes más para exigir la dimisión inmediata del presidente Mubarak. Argumentaban que las medidas de reforma anunciadas en la declaración pública del día anterior llegaban tarde y era insuficientes.

Mientras miles de personas iniciaban a mediodía una nueva concentración, Al Arabiya informó que el presidente había abandonado el país con toda su familia. La noticia fue seguida con espectación por todo el país, si bien pronto se descubrió que la información no era correcta.

Al parecer, el que había salido del país era Youssef Butros Gali, antiguo ministro de Finanzas. Según fuentes gubernamentales, Hosni Mubarak permanecía en Egipto. En concreto se había desplazado a Sharm el Sheij, ciudad del Sinaí, para descansar tras los agitados días que había vivido.

Un nuevo viernes de concentraciones, unido al malentendido sobre la huída del presidente, acabó por derribar definitivamente el régimen. El encargado de anunciar su defunción fue el vicepresidente Omar Suleimán. En un breve comunicado se dirigía a la nación para informar de que Hosni Mubarak abandonaba definitivamente el poder. En su lugar, el Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas, dirigido por el ministro de Defensa, Hussein Tantawi, sería el encargado de supervisar la transición.

La plaza de Tahrir, desde el 25 de enero principal escenario de las protestas, se convirtió en una auténtica fiesta. El sacrificio de Khaled Saeed no había sido en vano. Su labor a través de la red y su asesinato a manos de la policía habían encendido la mecha de la revolución. Es difícil imaginar el cambio político en Egipto, el final de treinta años de dictadura, sin la figura de este martir.

Sin embargo, la primavera egipcia tuvo otros protagonistas. Ha llegado el momento de hablar del organizador en la sombra: Wael Ghonim.

El pulso por el poder

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El régimen de Hosni Mubarak sobrevivió diecisiete días a la presión popular. Un periodo de tiempo -del 25 de enero y el 11 de febrero- en el que Egipto fue el centro de la opinión pública internacional.

#Día26. Sin tiempo para asimilar lo acaecido en la jornada anterior, los egipcios volvieron a lanzarse a la calle. En El Cairo la violencia entre manifestantes y miembros de los cuerpos de seguridad aumentaba por momentos, hasta el punto de registrarse dos nuevas muertes: una por cada bando.

Sin embargo, donde mayor virulencia tomaron los enfrentamientos fue en Suez, donde los manifestantes tomaron y prendieron fuego a varios edificios gubernamentales. Acosada por la presión popular, la policía tuvo que abandonar la ciudad, quedando esta bajo la custodia del ejército. Era la primera vez que los militares intervenían para sofocar las protestas. De su fidelidad o desobediencia al régimen iba a depender en gran medida el triunfo o el fracaso de la revolución.

La tarde del día 26 tenía reservada una nueva sorpresa para los habitantes de Egipto. Desde el aeropuerto de la capital, en un jet privado, huía a Inglaterra, con su mujer y su hija, Gamal Mubarak, hijo del dictador. La imagen del régimen sufría así un duro golpe, asemejándose a un muro que se resquebraja poco a poco. Sin duda el ejemplo tunecino hacía mella entre los gobernantes del país y sus familias.

#Día27. El 27 de enero fue bautizado por los opositores al régimen como “jornada de descanso”. El motivo de esta interrupción de las protestas no era otro que preparar la manifestación masiva que se había convocado para el día 28. No obstante, en Suez continuaban los enfrentamientos violentos entre la población y las fuerzas de seguridad.

Volvieron a producirse incendios en varios edificios públicos, entre ellos una comisaria. A su vez, los saqueos permitieron a los manifestantes hacerse con armas de fuego. En una nueva jornada de violencia en esta ciudad, el número de muertos se elevó a ocho personas.

Mientras todo esto sucedía dentro del país, Mohamed el-Baradei, líder de la oposición, Premio Nobel de la Paz 2005 y director general de la Agencia Internacional de la Energía Atómica (AIEA) entre 1997 y 2009, anunciaba su intención de volver del exilio para estar el la protesta del día siguiente.

Esa misma tarde, los Hermanos Musulmanes hicieron su primera declaración pública relacionada con los sucesos que venían sacudiendo el país desde “El Día de la Ira”. El grupo islamista mostró su apoyo a las protestas, al tiempo que anunciaban su intención de participar en la manifestación prevista para el viernes 28.

#Día28. El objetivo de las manifestaciones era sacar a la calle a todas aquellas personas que, por miedo, se habían quedado en sus casas durante “El Día de la Ira”. Tanto la revolución de los jazmines en Túnez, como el 25 de enero egipcio habían contribuido a disipar ese temor; por tanto, se esperaba una gran afluencia. Además, la elección del día, un viernes, favorecía que las personas se unieran a la protesta a la salida de las mezquitas.

Las previsiones se cumplieron: pocos minutos después de terminar la oración, cientos de miles de egipcios salieron a la calle con intención de manifestarse contra el régimen de Hosni Mubarak. Según cifras de los organizadores, el número de asistentes sobrepasó el millón de personas. Entre ellos, avanzando por el barrio de Guiza, se encontraba Mohamed el-Baradei.

Por su parte, el gobierno también había aprovechado la jornada de descanso para preparar su defensa. En la noche del 27 de enero el servicio de internet y buena parte de la telefonía móvil quedaron cortados en todo el país; si bien algunas personas lograron comunicarse mediante software alternativo. A su vez, se ordenó la inmediata detención de el-Baradei, que se produjo a pocos metros de la mezquita del barrio de Guiza. Por último, se preparó un amplio dispositivo policial capaz de hacer frente a la multitud mediante la utilizacion de gases lacrimógenos y cañones de agua.

No obstante, a pesar de los esfuerzos del régimen, la convocatoria del 28 de enero fue un éxito sin precedentes en la historia del país.

Esto obligó a Hosni Mubarak a hacer las primeras concesiones: nombró un nuevo gabinete, al tiempo que se comprometía a llevar a cabo un plan de amplias reformas. Era demasiado tarde. Con unos opositores conscientes de su fuerza y más de cuarenta muertos entre El Cairo y Suez, no había marcha atrás.

#Día29. La historia nos enseña que en toda revolución, en tanto que poseedores de la mayor fuerza existente, resulta casi decisiva la postura del ejército. Su fidelidad al poder establecido permite a este enfrentarse a los insurrectos. Ahora bien, el hecho de que los militares apoyen a la oposición o, como mínimo, se mantengan al margen, conlleva, casi con total seguridad, el derrumbe del gobierno.

La jornada del 29 de enero marcó un hito al respecto. Tras las protestas del viernes 28, el gobierno sacó al ejército a la calle con el fin de mantener el orden y evitar disturbios como los del día anterior. Se trataba de una medida desesperada tras el fracaso de la acción policial, pero también de una prueba de fuego para Hosni Mubarak: si los militares no respondían a las expectativas, su régimen comenzaría a tambalearse.

La plaza cairota de Tahrir fue tomada por cerca de 50.000 manifestantes en torno a las 14.00 horas.

Se trataba de una masa envalentonada por los resultados de las últimas protestas, pero también enfurecida por la situación del país y por las muertes que se estaban produciendo. En un primer momento, los soldados cumplieron con las órdenes recibidas: tomaron posiciones en las inmediaciones de la plaza y se limitaron a vigilar a la multitud.

Viendo el cariz que tomaba la situación en la plaza, así como en otros puntos de las principales ciudades del país, el régimen dio un paso más: decretó el toque de queda en la capital, así como en Alejandría y Suez, entre las 16.00 de la tarde del sábado y las 8.00 de la mañana del domingo. Al ejército se le encomendó la tarea de velar por su cumplimiento.

Sin embargo, no pudieron -o no quisieron- conseguir que este se respetara. Por la tarde, una vez sobrepasadas las 16.00, las calles volvieron a llenarse de manifestantes. La respuesta del ejército fue ambigua: en algunos puntos se actuó, y en otros su pasividad demostró que su fidelidad al régimen se estaba resquebrajando.

#Día30. Tras una noche de desórdenes, saqueos y enfrentamientos entre policía y manifestantes; una noche en la que no se respeto, al fin y al cabo, el toque de queda. La plaza de Tahrir amaneció llena egipcios que pedían el final del régimen.

Conforme la luz se iba haciendo dueña de las calles de El Cairo, miles de personas se dirigían a ese punto de encuentro para iniciar una nueva jornada de lucha. Dos dudas flotaban en el ambiente después de comprobar la pasividad del ejército a la hora de hacer respetar el toque de queda. La primera de ellas era si el gobierno volvería a hacer uso de los militares, y la segunda era la reacción de estos.

No hizo falta mucho tiempo para resolver esas dos incógnitas. Mientras la plaza se llenaba de gente, las autoridades dieron orden al ejército de tomar posiciones y disparar contra la multitud. La respuesta de estos no fue simplemente negarse, sino que se unieron al pueblo en su protesta.

El pulso entre el régimen y la oposición había terminado; la caída de Hosni Mubarak era únicamente cuestión de tiempo.

El Día de la Ira

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Tres fueron los factores que llevaron a cientos de miles de habitantes de El Cairo a congregarse el 25 de enero de 2011 –“El Día de la Ira”- para protestar contra el régimen.

El primero de ellos fue, sin lugar a dudas, el descontento generalizado -si bien más intenso entre los jóvenes- por la falta de libertad política y la crisis económica. A los abusos de la autoridad, cuyo paradigma era el asesinato de Khaled Saeed, se unían una tasa de paro del 9.7%, -afectaba a casi ocho millones de personas-, algo más de dieciséis millones de egipcios viviendo bajo el umbral de la pobreza (20% de la población), y un alto índice de corrupción gubernamental: un 3.1 para el año 2010 sobre 10 en el Índice de Percepción de Corrupción.

El segundo elemento que hizo posible la protesta del 25 de enero fue la canalización de ese descontento a través de las redes sociales. En concreto, la labor de la página “Kullum Khaled Saeed” y el empeño de su creador por utilizarla como medio para ganar adeptos y plataforma para llevarlos a la protesta en la calle.

Por tanto, no es aventurado afirmar que sin la muerte de Khaled Saeed y la actividad de Wael Ghonim, “El Día de la Ira” no hubiera tenido lugar; o, al menos, no tal y como lo conocemos.

Ahora bien, no hemos de olvidar el apoyo del que gozó la convocatoria por parte de otros grupos opositores como el Movimiento Juvenil 6 de Abril y la coalición Kifaya. El primero de ellos surgió en la ciudad de Mahallah en solidaridad con los trabajadores del sector textil que se habían declarado en huelga a mediados de 2010. Por su parte, Kifaya había sido fundado en 2004 como grupo político opositor al régimen de Hosni Mubarak y partidario de reformas que condujeran al país hacia la democracia.

De hecho, Asmaa Mahfouz, un joven de 26 años que había participado en la formación del Movimiento Juvenil 6 de Abril, publicó un video en Facebook pocos días antes del 25 de enero. En él se dirigía a los internautas egipcios con las siguientes palabras: “Estoy haciendo este video para darles un simple mensaje: queremos ir a la plaza Tahrir el 25 de enero. Iremos allí a exigir nuestros derechos fundamentales. Simplemente queremos nuestros derechos, nada más. Voy a ir el 25 de enero, y distribuiré octavillas por la calle. No voy a prenderme fuego. Si las fuerzas de seguridad quieren prenderme fuego, que vengan y lo hagan. Si te consideras hombre, ven conmigo el 25 de enero. Quien diga que las mujeres no deberían ir a las manifestaciones porque las van a golpear, que se ahorre el honor y la hombría y venga conmigo el 25 de enero”.

Los sucesos de Túnez fueron, no sólo la tercera de las causas a las que nos venimos refiriendo, sino también la chispa que encendió el polvorín egipcio.

El 17 de diciembre de 2010, el joven vendedor ambulante Mohamed Bouazizi decidió protestar contra los abusos de las autoridades, la corrupción y la situación económica, quemándose a lo bonzo frente a la policía. Con ese lamentable suceso dió comienzo la revolución de los jazmines. Apenas un mes después, el 14 de enero de 2011, caía el régimen de Ben Alí.

La influencia de los acontecimientos de Túnez sobre la revolución egipcia se hace evidente cuando repasamos las fechas de las cuatro inmolaciones registradas en el país del Nilo: una de ellas se produjo el 17 de enero, la de Abdou Abdel-Moneim Jaafar, y las tres restantes el día 18 -Mohammed Farouk Hassan, Ahmed Hashim al-Sayyed y Mohammed Ashour Sorour.

Es decir, tuvieron lugar una vez hubo triunfado la revolución de los jazmines. El modo de protesta de estas cuatro personas fue, además, el mismo que el utilizado por el tunecino Mohamed Bouazizi: quemarse a lo bonzo; si bien el único fallecido fue Ahmed Hashim al-Sayyed, natural de Alejandría.

Por tanto, cuando los egipcios se echaron a la calle el día 25 de enero para expresar su descontento, contaban con el triunfo de la experiencia tunecina, así como con el apoyo virtual de cientos de miles de internautas. La gran incógnita de los convocantes era si de verdad ese clamor popular de la red se transformaría en una manifestación masiva en el “mundo real”.

La respuesta la encontraron en la plaza de Tahrir de El Cairo, con algo más de 15.000 asistentes; pero también en otras ciudades como Alejandría, Asuán, Ismailia o Mahallah.

La policía tenía órdenes de evitar la manifestación de la plaza de Tahrir con todos los medios a su alcance. De ahí que intentaran dispersar a la multitud con gases lacrimógenos y cañones de agua. La población respondió con piedras, y pronto aquel escenario se convirtió en una batalla campal. El saldo: cientos de heridos y un policía muerto. Tampoco Suez, donde apenas una semana antes ya se habían producido disturbios, se libró de la violencia entre población y fuerzas de seguridad. En este caso, el enfrentamiento acabó con la vida de dos manifestantes.

“El Día de la Ira” se había convertido en la mayor muestra de descontento popular de la historia del régimen de Hosni Mubarak. El gobierno comenzaba a ser consciente de que de la red a la calle había sólo un paso. De ahí que entre las primeras medidas tomadas por las autoridades estuviera el cierre de Twitter en todo el espacio egipcio.

Además, fuentes gubernamentales se apresuraron a culpar de los hechos al grupo islamista de los Hermanos Musulmanes. El objetivo, como es lógico, era señalar a los radicales para dar la impresión de que se trataba de un hecho aislado y que el pueblo egipcio seguía siendo fiel al régimen. Sin embargo, esas medidas fueron insuficientes, por lo que el gobierno de Egipto se vio obligado a cortar totalmente internet, siendo el primer país de la historia en tomar esa medida.

Una vez recuperado de las emociones vividas el día anterior, Asmaa Mahofouz, del Movimiento Juvenil 6 de Abril, grababa el siguiente mensaje: «Lo que aprendimos ayer es que somos nosotros los que tenemos el poder, no ellos. La fuerza está en la unidad y no en la división. Ayer vivimos los mejores momentos de nuestras vidas».

Mi nombre es Khaled Said

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Khaled Mohamed Saeed, joven informático de 28 años de edad, caminaba por las calles de Alejandría en la tarde del 6 de junio de 2010. Su objetivo: visitar un cibercafé desde donde subir a la red una serie de grabaciones en las que se demostraba la implicación de la policía en el contrabando de narcóticos. La falta de libertad existente en el país, unida al riesgo que suponía llevar a cabo esa tarea desde su domicilio, le convencieron de la necesidad de acudir a un local situado en el barrio de Sidi Gaber.

La historia de Khaled Saeed era similar a la de cientos de jóvenes egipcios que, haciendo uso de las nuevas tecnologías, denunciaban los abusos de las fuerzas de seguridad y la falta de libertad existente en Egipto.

Un país al que Hosni Mubarak mantenía en el estado de emergencia desde su ascenso al poder. La red se convertía así en el mejor medio de expresión para una generación frustrada por la situación política y la crisis económica.

Sin embargo, en la tarde del 6 de junio, Khaled Saeed iba a dejar de ser uno más de los miles de blogueros, tuiteros y usuarios de Facebook que aprovechaban estos medios para canalizar su descontento. A partir de su visita a ese pequeño cibercafé iba a convertirse en un mito de la oposición al régimen. El precio a pagar: su propia vida.

Mientras iniciaba su labor, un coche patrulla con dos agentes se dirigía al cibercafé con el propósito de acabar con sus denuncias para siempre.

Una vez dentro del local, se acercaron al habitáculo donde se encontraba el joven informático con intención de sacarlo de allí. Según testigos oculares, Khaled Saeed trató de resistirse, pero su defensa se quebró cuando le golpearon con una mesa de mármol en la cabeza. En ese momento, Haizam Hassan Hanafi, propietario del establecimiento, les pidió que se marcharan.

En la misma calle, los agentes empujaron al joven egipcio contra la pared de un edificio cercano. Khaled Saeed volvió a golpearse en la cabeza y cayó al suelo. Sin embargo, su calvario no terminaría ahí. Fue levantado del suelo y, apoyado en el muro, recibió varios puñetazos por parte de sus agresores.

Así transcurrió la escena, entre gritos, golpes y sangre, hasta que el cuerpo del opositor quedó inerte. Los policías volvieron a su vehículo dejandole en el suelo y se marcharon. Sólo entonces salieron los clientes del cibercafé. Uno de ellos, médico de profesión, certificó su muerte tras realizar un breve examen.

La manipulación posterior de la autopsia confirmó la versión de los hechos defendida por los responsables policiales: la causa del fallecimiento había sido la asfixia, provocada por un intento de ingerir hachís.

Los testimonios de los testigos presenciales, así como la condición de opositor de Khaled Saeed, eran motivos más que suficientes para sospechar de ese relato. Finalmente, la difusión de las fotografías de su cadaver, lleno de heridas y contusiones –un rostro completamente desfigurado-, echó por tierra la credibilidad de la versión oficial. La hipótesis sobre un posible abuso policial -un asesinato- comenzó a tomar cuerpo.

Los dos agentes fueron arrestados durante cuatro días e interrogados sobre los sucesos de aquella tarde. Se trató simplemente de una pantomima: la versión oficial se mantuvo y los policías fueron puestos en libertad. Para las autoridades del país, Khaled Mohamed Saeed, de 28 años de edad, no había sido asesinado. Pero ¿qué opinaban sobre esto los egipcios? ¿cómo reaccionaron los jóvenes que, como él, reclamaban más libertad desde internet?

Pocos días después, la fotografía del torturado Khaled Saeed circulaba por la red levantando una oleada de protestas que rebasó, incluso, las fronteras de Egipto. Las críticas internacionacionales se fueron sucediendo, mientras que la situación interna llegó a tal nivel de tensión que las autoridades se vieron obligadas a reabrir el caso. Se celebraría un juicio para determinar la culpabilidad de los dos agentes que le detuvieron y, presuntamente, torturaron.

Una imagen difundida por internet había sido capaz de vencer la fría y tenaz oposición de un régimen con casi tres décadas de vigencia.

El gobierno empezaba a percibir la oposición en la red como algo incomodo, pero seguía sin verla como un peligro real. Para los dirigentes egipcios, no existían puentes visibles entre el ámbito de lo virtual y la calle. Esto les permitía sentirse seguros ante las actividades subversivas llevadas a cabo desde los blogs y las redes sociales. Sería precisamente el fantasma de Khaled Saeed el que, casi seis meses después, acabó por demostrarles lo equivocados que estaban.

La repulsa de buena parte de los egipcios al maltrato y asesinato del joven informático hizo germinar una nueva solidaridad entre los habitantes del país. Un sentimientos que, sin lugar a dudas, les unía más como grupo, al tiempo que despertaba su deseo de acabar con el régimen. Los más afectados fueron, como es lógico, aquellos que, a través de la red, habían desempeñado una labor de oposición similar a la llevada a cabo por Khaled Saeed. De uno de ellos partió la idea que iba a cambiar el rumbo de la vida política en Egipto, el origen de una revolución que, en unos pocos meses, iba a derrocar a Hosni Mubarak.

Bajo el seudónimo ElShaheed (el mártir), Wael Said Abbas Ghonim puso en marcha a principios de julio la página de Facebook “Mi nombre es Khaled Saeed”.

Lo que le motivo a llevar a cabo esa iniciativa fue la conmoción que sintió al ver la fotografía del joven torturado en el perfil del activista político y líder del al-Ghad (Partido del Mañana) Ayman Nur: “Sentí que podía haberme pasado a mí. Al día siguiente, tras verificar lo que había sucedido, decidí crear un grupo en Facebook para unir a la juventud egipcia contra las prácticas brutales de la policía. Soy el único administrador de esta página, y así ha sido desde que comencé”.

Con Khaled Saeed por bandera, ElShaheed se propuso utilizar la red social como plataforma para canalizar el descontento popular y llevarlo de internet a la calle. La cantidad de apoyos recibidos en la primera semana sorprendieron hasta al propio creador del perfil. Sin embargo, la página fue bloqueada, por lo que tuvo que generar una nueva: “Kullum Khaled Saeed” (Todos somos Khaled Saeed).

A comienzos de 2011, pocos días antes de la revolución, los usuarios conectados a ella superaba los 500.000 dentro del territorio egipcio. Faltaba tan sólo la chispa que encendiera la mecha del descontento, la llave que abriera las puertas de la esperanza al país del Nilo. Un pueblo del entorno, el tunecino, sería el encargado de marcar el camino.

Nuevos faraones sobre el país del Nilo

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Gammal Abder Nasser, el primer faraón del siglo XX

A comienzos de la década de 1950, la inestabilidad política hacía tambalearse los otrora sólidos cimientos de la monarquía egipcia. La sumisión de Faruk I a los desginios británicos, así como la dolorosa derrota militar en la guerra de 1948 contra Israel, debilitaron enormemente la credibilidad de la casa real. A esto, por supuesto, tampoco ayudaba la condición de cleptómano del monarca, que era conocido dentro y fuera de sus fronteras como “el ladrón de El Cairo”.

El 23 de julio 1952, una sublevación militar llevada a cabo por la agrupación Movimiento de Oficiales Libres, encabezada por Gamal Abder Nasser y Muhammad Naguib obligó a Faruk a abdicar en su hijo Ahmed, un bebé que subió al trono como Fuad II.

Efímero fue su reinado: sólo se le permitió mantener la corona once meses. El 18 de junio de 1953, la monarquía de la dinastía de Muhammad Alí, que había gobernado el país desde la época napoleónica, fue abolida. Egipto pasó a ser una república bajo la presidencia de Nasser.

Con el incondicional apoyo del ejército, el nuevo presidente convirtió el país en una dictadura con régimen de partido único: Unidad Nacional. A su vez, la importante política social desplegada por el el gobierno, otorgó enorme popularidad a su líder, que se ganó el favor de buena parte del pueblo egipcio.

No obstante, las ambiciones de Nasser iban más allá de las fronteras de su propio país. Aspiraba a unir al pueblo árabe bajo la bandera de una izquierda respetuosa con el Islam. El primer paso en ese proceso fue calificar a su partido como “socialista”, al tiempo que, sin abandonar totalmente las estructuras capitalistas, imitó las medidas nacionalizadoras de corte soviético. El segundo escalón en su ascenso a líder del mundo árabe fue su progresivo acercamiento a Moscú, sin que esto le impidiera pertenecer al grupo de los No Alineados o mantener relaciones comerciales con Occidente.

Por último, gracias al prestigio adquirido fuera de sus fronteras como consecuencia de la crisis de Suez (1956), apadrinó la fundación de la República Árabe Unida.

El proyecto panarabista vio la luz el 1 de febreo de 1958 y a él se adhirieron Siria, Yemen y el propio Egipto. Sin embargo, las diferencias entre las élites de los países miembros, así como la distancia entre lo territorios llevaron a la República Árabe Unida al colapso. En 1961 se certificaba el fracaso del proyecto de unidad. Este acontecimiento marcó, al mismo tiempo, el final del ascenso político del presidente egipcio.

El 28 de septiembre de 1970, entre las lágrimas de sus abundantes partidarios y la alegría contenida de los opositores, moría el carismático Gamal Abder Nasser. El hombre que había derrocado a la monarquía dejaba asentada en el país una dictadura capaz de sobrevivir a su ausencia durante cuarenta años.

Anwar el Sadat, el faraón asesinado

A la muerte de Nasser se hizo con el poder Anwar el Sadat, secretario del partido Unidad Nacional.

El nuevo presidente había luchado desde muy joven contra la monarquía de Faruk I y la influencia británica que este permitía. En 1939 se integró en el grupo de oposición liderado por Gamal Abder Nasser y Muhammad Naguib, el Movimiento de Oficiales Libres; y once años después participó activamente en la sublevación militar contra el rey. Tras la proclamación de la República fue nombrado miembro del Consejo de la Revolución.

En el momento de la muerte de Nasser, Anwar el Sadat ocupaba el cargo de vicepresidente de la República. Era, por tanto, el mejor situado para suceder al carismático difunto. De esta manera, a pesar de no gozar con la popularidad de su antecesor, logró imponerse a todos sus rivales y hacerse con las riendas del poder. Su ideología no se alejaba demasiado del nacionalismo de izquierdas propio de Nasser. Además, a pesar del fracaso de la primera experiencia de unidad árabe, no había abandonado sus ideas panarabistas.

En política interior, Sadat mantuvo en líneas generales marcadas por el gobierno anterior. Es decir, ayudas sociales de corte populista y dura represión de los opositores. Dentro de estos últimos, tomaban cada vez mayor fuerza los Hermanos Musulmanes, un grupo islamista fundado en 1928 por Hassan el-Banna y que, como consecuencia del acercamiento de Egipto a Moscú, venía recibiendo importantes ayudas por parte de los Estados Unidos.

En lo que a política exterior se refiere, Egipto continuó coqueteando, dentro del contexto de Guerra Fría, con la Unión Soviética. A mismo tiempo, desde la perspectiva árabe, Israel constituía el gran obstáculo para construir el sueño de la unidad.

El cambio en la política internacional de Sadat llegó como consecuencia de la derrota en la Guerra del Yom Kippur. En 1973, el ataque combinado de Egipto y Siria contra Israel contaba con el factor sorpresa como principal aliado. Sin embargo, tras un primer momento en el que la victoria parecía algo más que probable, los judíos reaccionaron y desbarataron los planes de las naciones árabes.

A partir de entonces, consciente de que el país no podía estar sometido a las constantes sacudidas que suponían las derrotas contra Israel, el presidente renunció a la lucha por la unidad árabe. En el plazo de cinco años reconoció diplomáticamente al Estado judío, visitó Jerusalén para reunirse con su presidente y se desvinculó de la política soviética.

El establecimiento de relaciones amistosas con Israel y los Estados Unidos fue considerado como una traición por parte de las naciones árabes. A su vez, dentro de sus propias fronteras, las medidas de Sadat tampoco tuvieron buena acogida. Más teniendo en cuenta que abandonó el socialismo populista impuesto por Nasser para abrir una intensa etapa de liberalismo económico. La tensión se hizo notar en la calle, donde las fuerzas de seguridad tuvieron que actuar con dureza contra los opositores.

La represión, en especial contra los Hermanos Musulmanes, alcanzó su grado máximo desde la instauración de la República en 1953.

Finalmente, el 6 de octubre de 1981, Anwar el Sadat era asesinado por los integristas islámicos mientras presidía un desfile militar. Su cruenta muerte abrió las puertas a un estado de excepción que se mantuvo en el país durante todo el gobierno de su sucesor.

El faraón de Occidente

Hosni Mubarak, vicepresidente de la República desde 1975, fue elegido sucesor de Anwar el Sadat tras el atentado que acabó con la vida de este en 1981. El protagonismo de los islamistas en ese acontecimiento permitió al nuevo presidente intensificar aún más el sistema represivo que habían mantenido sus antecesores.

El régimen de Hosni Mubarak contó, a lo largo de sus treinta años de existencia, con el apoyo del mundo occidental, y especialmente de los Estados Unidos.

Para Egipto resultaba fundamental desde el punto de vista económico la alianza con el gigante americano. Mientras que para este, el país del Nilo era un punto geopolítico clave en sus relaciones con el mundo árabe. De esta manera, el silencio de Washington y de las cancillerías europeas ante las constantes violaciones de los derechos humanos en Egipto era el precio a pagar por contar con un Caballo de Troya dentro de la Liga Árabe.

Entre los grandes logros de Mubarak cabe destacar la buena marcha de la economía en sus primeros años al frente del país, así como la restitución de la península del Sinaí por parte de Israel en 1982. Este último hecho le permitió a Egipto recuperar su prestigio dentro del mundo árabe, muy deteriorado tras el establecimiento de relaciones con Israel.

Sin embargo, la estabilidad del régimen iba a verse sacudida a comienzos del siglo XXI por la situación política en la zona y la crisis económica. El pueblo egipcio, sometido durante demasiado tiempo, tenía cada día menos paciencia con el último de los faraones modernos. Una nueva violación de los derechos humanos sería el desencadenante de la revolución.

Túnez después de Ben Alí

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La huida de Ben Alí y la formación, el 17 de enero, de un nuevo ejecutivo no marcaron el final de la Revolución de los Jazmines.

Apenas veinticuatro horas bastaron para que el pueblo tunecino retirara su confianza al gobierno de transición. En la base del rebrote de la protesta estaba la presencia en el ejecutivo de personalidades que habían ostentado cargos de alta responsabilidad durante el régimen –doce en el gabinete sobre un total de veinte miembros-, en especial el primer ministro Mohamed Ghanuchi, hombre de confianza del ex presidente.

De esta manera, convencidos de que se encontraban ante un gobierno continuista, los tunecinos volvieron a salir a la calle el día 18 de enero. Argumentaban que no habían hecho la revolución para terminar simplemente con Ben Alí, sino con el régimen en su conjunto.

Miles de personas llenaron la medina del centro de Túnez, sede de los principales edificios gubernamentales, para mostrar su rechazo al ejecutivo dirigido por Mohamed Ghanuchi. Ante la ventana de la oficina del primer ministro, en la plaza del Palacio de Gobierno, se formó, en pocas horas, un extenso campamento.

La capital de esta república Mediterránea inauguraba, por tanto, ese mecanismo de protesta, que más tarde se haría famoso en España y los EE.UU.

La mayor parte de los miembros de esa improvisada acampada eran habitantes del interior del país, de regiones como Gafsa, Kaserín, Gabes o Sidi Bouzid, ciudad natal de Mohamed Bouazizi. Personas, al fin y al cabo, que se habían trasladado a la capital para unirse a la protesta y que, a falta de un lugar donde hospedarse, habían echado mano de sus propias tiendas.

Los manifestantes se comprometieron a no marcharse de la plaza hasta que todos los colaboradores del régimen de Ben Alí abandonaran el gobierno. Sin embargo, ese mismo día, las fuerzas de seguridad consiguieron dispersar a los ciudadanos, obligándoles a levantar la acampada. La violencia policial, esta vez sin víctimas mortales, volvió ha hacer acto de presencia. En protesta contra estos actos, cuatro miembros del ejecutivo, todos ellos miembros de la oposición, presentaron su dimisión a Mohamed Ghanuchi.

La jornada del 18 de enero, con su gran manifestación, la actuación policial y la dimisión de cuatro ministros, había dejado herido de muerte al gobierno de transición.

Quizás por esa razón, el ejecutivo decidió tomar una serie de medidas para congraciarse con el pueblo. En primer lugar, declaró su intención de legalizar todos los partidos políticos salvo el islamista Ennahdha, al tiempo que se anunciaba la liberación de los presos políticos. En segundo término, con el fin de distanciarse lo máximo posible del huido presidente, las autoridades pidieron a Arabia Saudí su extradición. La diplomacia tunecina basaba sus exigencias en los crímenes cometidos por Ben Alí durante la revuelta de los días anteriores.

En concreto, se le acusaba de participar en varios delitos graves como “incitación al asesinato o fomento de la discordia entre los ciudadanos del país”. Además, a estos cargos había que añadir aquellos anteriores a la Revolución de los Jazmines: especulación ilegal, blanqueo de dinero, corrupción a gran escala… El documento de la embajada tunecina terminaba pidiendo a los saudíes información sobre el estado de salud de Ben Alí, puesto que, sobre la cuestión, circulaban rumores contradictorios, e incluso se hablaba de la posible muerte del dictador.

No obstante, las medidas tomadas por el gobierno de Ghanuchi no fueron suficientes para calmar al pueblo. En los días que siguieron al desalojo del 18 de enero, los manifestantes volvieron a ocupar la plaza, llenándola nuevamente con sus tiendas de campaña. Además, a partir del día 22, cientos de agentes de policía comenzaron a simpatizar con la protesta, hasta el punto de unirse a ella.

Finalmente, la llegada a la plaza de un gran grupo de universitarios y jóvenes de la capital, elevó el número de acampados a los tres mil en la tarde del jueves 24.

Con el fin de aprovechar la masa humana que se concentraba frente al Palacio de Gobierno, y percibiendo a su vez la fragilidad del ejecutivo, la oposición convocó para el viernes 25 de enero una nueva manifestación masiva por las calles del centro de la capital. Lo que comenzó siendo una marcha pacífica en pro de la dimisión de Ghanuchi, fue degenerando hasta terminar en una batalla campal entre un grupo de radicales y la policía.

El enfrentamiento tuvo su origen en la avenida Burguiba, donde los agentes de seguridad cortaron el paso a los manifestantes que se disponían a asaltar la sede del Ministerio del Interior. En respuesta a la acción policial, estos comenzaron a lanzarles piedras, al tiempo que prendían fuego al mobiliario urbano. En ese momento se produjo la carga policial, que dejó a su paso tres muertos. Escenas similares se vivieron en los aledaños del Parlamento, cuyo asalto fue también detenido por las fuerzas de seguridad.

La primera reacción del gobierno ante los acontecimientos de la jornada de protesta fue pedir calma a la población, al tiempo que apelaba a su responsabilidad, vital para llevar a buen puerto el proceso de transición. Pero, a pesar de esas recomendaciones, los disturbios continuaron a lo largo del 26 de enero, con un saldo de tres muerto y ochenta y cinco heridos.

Al día siguiente, con la situación totalmente fuera de control, el primer ministro Mohamed Ghanuchi presentaba su dimisión ante el presidente Fouad Mebaza. Desaparecía así de la escena política el sucesor de Ben Alí, un hombre que, a causa de su pasado ligado al régimen, no había podido llevar a buen puerto el cambio político en su país.

El elegido para sucederle fue Beji Caid-Essebsi, un veterano político de ochenta y cuatro años que, durante la etapa de Habib Burguiba, había desempeñado cargos ministeriales.

Tras el relevo gubernamental, las aguas volvieron a su cauce. Las manifestaciones cesaron, al tiempo que la acampada frente al Palacio de Gobierno fue perdiendo integrantes poco a poco hasta desaparecer a comienzos del mes de marzo. A todo esto contribuyó, sin lugar a dudas, la mejora de las relaciones entre el ejecutivo y las fuerzas de oposición agrupadas en el Alto Consejo para la Protección de la Revolución.

También influyó la dimisión de los ministros Aziz Chlabi y Mohamed Nuri Yuini. Estos, titulares de los departamentos de Industria y Cooperación Internacional respectivamente, pertenecían al partido Reagrupación Constitucional Democrática (RCD), vinculado al régimen de Ben Alí.

Otro símbolo del cambio político fue la legalización, tras veintitrés años en la clandestinidad, del partido islamista Ennahdha. El 1 de marzo, a las pocas horas de confirmarse la noticia, su líder, Rachid Ghanuchi, manifestaba su voluntad de aceptar y respetar las reglas del juego democrático, al tiempo que anunciaba su deseo de convocar un congreso nacional del partido.

El 3 de marzo, en un discurso televisado a la nación, Fouad Mebaza anunciaba que las elecciones a la Asamblea Constitucional se celebrarían el 24 de julio.

El presidente confirmó que el gobierno de transición se mantendría en el poder hasta que los nuevos representantes del pueblo estuvieran en situación de designar un nuevo ejecutivo. A su vez, Mebaza informó a los ciudadanos sobre la elaboración de una normativa electoral, cuya aprobación estaba prevista para finales de marzo. Terminaba su intervención asegurando que la gran misión del gobierno interino, así como de la asamblea elegida por el pueblo en julio era “consagrar las aspiraciones del pueblo tunecino y su revolución”.

Cuatro días después de este importante discurso, se legalizaban nueve partidos políticos, entre ellos Congreso para la República (CPR) del médico, escritor y opositor a Ben Alí, Moncef Marzouki. De igual modo, el 18 de marzo, el Partido Comunista de los Obreros de Túnez (PCOT) abandonaba la clandestinidad.

A comienzos de junio, el ejecutivo tunecino decidió retrasar las elecciones legislativas hasta el 23 de octubre. En una comparecencia pública, Beji Caid-Essebsi explicó detenidamente las razones por las que creían preferible convocar los comicios en otoño en lugar del 24 de julio.

A lo largo de su discurso, el octogenario primer ministro, puntualizó que la decisión se había tomado teniendo en cuenta la opinión de la Comisión Electoral. Este organismo era partidario de dar más tiempo a los partidos políticos para organizar sus estructuras y confeccionar las listas de candidatos. A su vez, Beji Caid-Essebi dejó entrever que la situación del país aún era demasiado tensa como para enfrentarse a una consulta popular.

El cambio de la fecha fue acogido con cierto malestar en el seno de las fuerzas opositoras. Sin embargo, la inmensa mayoría de los partidos políticos no dudó en reconocer que ese plus de tiempo otorgado por la Comisión Electoral les permitiría llegar mejor organizados a los comicios. De esta manera, salvo incidentes aislados protagonizados por simpatizantes del Tahrir, grupo político fundamentalista de carácter salafista, la noticia no provocó ningún tipo de reacción popular.

Además, los actos de protesta de ese grupo islamista, declarado ilegal por el gobierno de transición, eran más un intento de presión para estar presente en las urnas que una expresión de malestar por el cambio de fecha. Los incidentes de comienzos de junio, así como otros previos a la cita electoral, no influyeron en la decisión del ejecutivo: se mantuvo el carácter ilegal del partido Tahrir basándose en su rechazo a la democracia, así como en su intención de imponer el Sharia de forma integral.

Las pocas esperanzas del movimiento salafista se desvanecieron cuando, el 12 de septiembre, la Instancia Superior Independiente para las Elecciones publicó el registro de las listas autorizadas a participar en los comicios. Las candidaturas del partido Tahrir no se encontraban presentes entre las 11.618 admitidas. La comisión organizadora había seleccionado 1517 listas -148 del extranjero-, de las cuales 828 pertenecían a partidos políticos, 34 a coaliciones, y 655 a independientes.

Además, una cuarta parte de los candidatos no superaban los treinta años, mientras que únicamente un 7% de las listas estaban encabezadas por mujeres.

En los días previos a la cita electoral del 23 de octubre, comenzaron a circular un gran número de encuestas. La mayoría de ellas daba como vencedor, con un 30% de los votos, al partido islamista Ennahdha. Desde ese momento, algunos de sus rivales -Partido Democrático y Progresista (PDP) y el Foro Democrático para el Trabajo y las Libertades (FDLL)- comenzaron a explotar el argumento del miedo al establecimiento de un régimen fundamentalista en el país.

Sin embargo, el alto número de simpatizantes con los que contaba este grupo, así como el discurso moderado de su líder Rachid Ghanuchi, contrarrestaron con bastante eficacia el discurso de los demás partidos. A lo largo de la campaña, el Ennahdha trató de mostrarse como un partido respetuoso con la democracia y partidario de la línea política del islamismo moderado. Es decir, manifestaron su deseo de seguir los pasos del AKP turco de Recep Tayyip Erdogan.

Además, Rachib Ghanuchi no olvidó cuidar su imagen en el exterior, tal como se reflejó en la entrevista que concedió a The Guardian la semana previa a las elecciones. En ella, anunció su intención de estrechar las relaciones con la Unión Europea, al tiempo que apostaba por la vía democrática “dentro de la tendencia general del Islam político moderado”, con Turquía como modelo.

El Ennahdha también tuvo que hacer frente a las declaraciones de los grupos feministas, temerosos de que, con su victoria, el país retrocediera en el campo de la igualdad.

El líder del partido salió al paso de esas acusaciones en numerosas intervenciones y entrevistas, entre ellas la citada para The Guardian: «Nuestro manifiesto subraya nuestra defensa de los derechos de la mujer y el respaldo al sistema de participación que fija la igualdad de hombres y mujeres.

Las mujeres juegan un papel importante a todos los niveles de nuestro partido, como cabría esperarse de cualquier formación democrática». Las palabras de Ghanuchi estaban, además, respaldadas por los hechos. Un alto porcentaje de los candidatos de su partido eran mujeres, y la mayoría de ellas no usaba de manera habitual el velo.

El domingo 23 de octubre, los ciudadanos tunecinos acudieron a las urnas para elegir a los parlamentarios que iban a formar parte de la Asamblea Constituyente.

Además, tal como quedaba reflejado en la convocatoria electoral, si estos lo creían conveniente, estarían autorizados para nombrar un nuevo gobierno, así como un presidente de la república. El sistema electoral, diseñado por la Alta Instancia para la Realización de los Objetivos de la Revolución, de la Reforma Política y de la Transición Democrática, contemplaba un modelo representativo proporcional mayoritario, a una vuelta y con listas cerradas.

A su vez, el país quedaba dividido en treinta y tres circunscripciones diferentes. Estas, en función de su población, se repartían ciento noventa y nueve de los doscientos diecisiete asientos parlamentarios, quedando los restantes dieciocho reservados para el voto emigrante. Yadh Ben Achour, director del citado organismo, aseguraba que, de este modo, se buscaba establecer “un panorama lo más representativo posible”, al tiempo que se evitaba la presencia de un partido hegemónico. Así, las distintas fuerzas políticas estaban obligadas a llegar a acuerdos, construyendo una Constitución basada en el consenso.

Si bien en la mañana del día 24 ya circulaban numerosos rumores, los resultados no fueron publicados por la Instancia Superior Independiente para las Elecciones hizo hasta el día 28 de octubre. El recuento final arrojó una participación del 86% -4.308.888 votos emitidos-, con un 3,6% de votos nulos y un 2,3% en blanco. El sistema electoral utilizado configuró un parlamento con doce fuerzas parlamentarias, de las cuales ninguna llegaba a la mayoría absoluta. En lo que se refiere a distribución de escaños por género, las mujeres alcanzaron un 27% frente al 73% de los varones. Porcentajes, por otro lado, muy similares al de los candidatos de cada sexo.

El triunfo fue para los islamistas del Ennahda, con el 37% de los votos. El partido de Rachib Ghanuchi obtuvo así 89 escaños, 42 de ellos ocupados por mujeres. El Partido Congreso para la República, liderado por Moncef Marzouki, se convirtió en la segunda fuerza política, con el 8,7% y un total de 29 representantes.

El 6,9% y tres parlamentarios menos obtuvo el grupo Al Aridha, y veinte, con un 7% de los sufragios, Ettakatol (Forum Democrático para el Trabajo y las Libertades). El Partido Democrático Progresista (PDP) obtuvo un 4% de los votos y 16 escaños, mientras que Polo Democrático Modernista (PDM) y Al Moubadara consiguieron 5 representantes cada uno, con un 2,8% el primero y un 3,2% el segundo. Por debajo del 2% se situaron Afek Tounis, con 4, Alternativa Revolucionaria, con 3 escaños, así como el Movimiento de los Socialdemócratas y Echaab, con 2 cada uno. A su vez, 16 independientes alcanzaron también representación parlamentaria.

La comparecencia pública del líder de Ennahda se produjo a las pocas horas de conocerse los resultados. Ghanuchi volvió a tranquilizar a la población y a las fuerzas políticas laicas, dando a entender de forma clara que su partido respetaría las conquistas democráticas de los tunecinos, así como el papel de la mujer y los derechos humanos: “La democracia es para todo el mundo, nuestros corazones están abiertos a todo el mundo y pedimos a nuestros hermanos, cualesquiera que sean sus orientaciones políticas, que participen en la redacción de la Constitución y en la instauración de un régimen democrático (…) Ennahda no va a cambiar el modo de vida. Dejará el asunto en manos de las mujeres tunecinas. Habrá mujeres en el nuevo Gobierno que lleven o no lleven velo”.

A su vez, el líder islamista aprovechó para lanzar varios mensajes al exterior: “Ennahda se compromete (…) a respetar todos los compromisos de Túnez (…) La revolución no ha destruido al Estado, solo destruyó al régimen (…) Estamos abiertos a las inversiones de todas partes y nos comprometamos a respetar los intereses de los inversores”.

Hamadi Jebali, número dos de Ennahda, fue la persona designada por Rachib Ghanuchi para formar un nuevo gobierno. La negociación con los restantes partidos políticos no se cerró hasta finales de diciembre. De ella salió un ejecutivo de coalición con cuarenta y dos miembros, dieciocho de ellos islamistas. A su vez, Jebali fue nombrado primer ministro.

Previamente, con el apoyo de Ennahda, Congreso para la República y Ettakatol, el parlamento había aprobado una Constitución provisional que debía regir el país durante un año. Es decir, hasta la redacción de un texto definitivo. Sus veintiséis artículos, además de distribuir los poderes entre las distintas instituciones de la república, establecían el proceso para designar al presidente y al primer ministro.

A partir de lo establecido por el texto constitucional, los parlamentarios eligieron presidente de Túnez al líder del Congreso para la República. Moncef Marzouki, médico de profesión, comenzó su labor como opositor en la etapa de Habib Burguiba, poco tiempo después de licenciarse en la Universidad de Estrasburgo.

En 1980 se unió a la Liga Tunecina de Derecho Humanos, cuestión sobre la que publicó más de diez obras en francés y árabe. A sus sesenta y seis años, este polifacético personaje fue elegido presidente de su país con el apoyo de 153 parlamentarios, 3 votos en contra, 44 en blanco y 2 abstenciones.

De esta forma, con la designación de Marzouki y, posteriormente, con la formación del ejecutivo de Jebali, se iniciaba en Túnez una nueva etapa. El gobierno de transición, así como el presidente Mebaza, dejaban paso a los nuevos cargos electos, encargados de llevar a buen puerto el último reto de la Revolución de los Jazmines: la redacción de la Constitución.

Los comienzos de la Primavera Árabe

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Mohamed Bouazizi, el joven que inició las protestas

En su vivienda de la turística ciudad de Sidi Bouzid, Menobia Bouazizi hacía esfuerzos por alimentar a sus siete hijos. En esa tarea contaba con la inestimable ayuda de su hijo Mohamed que, desde los diez años, ayudaba al sostenimiento de la familia vendiendo frutas y verduras por las calles. Así se las habían arreglado hasta la llegada de la crisis económica.

Pero, incluso en ese contexto, podían considerarse afortunados: mientras vecinos y amigos perdían sus empleos, con el consiguiente empobrecimiento, ellos contaban aún con el puesto de frutas y verduras.

A finales de 2010, Mohamed era un ciudadano más de un país que se hundía en lo más profundo de la crisis. Un informático de 26 años dentro de una masa anónima que sufría las consecuencias del desempleo y de la subida de precios de los productos básicos. Sin embargo, en apenas unos días iba a pasar a protagonizar los noticiarios de medio mundo.

El 17 de diciembre, la policía confiscó su mercancía argumentando que no contaba con los permisos necesarios para ejercer la venta ambulante.

Mohamed Bouazizi, consciente de que iban a quitarle la única fuente de recursos con la que contaba su familia, trató de resistirse. Ante la actitud tomada por el joven, los agentes procedieron a arrebatarle la fruta por la fuerza.

La primera reacción de Mohamed fue dirigirse a la sede de la autoridad local, donde presentó una queja formal. Sin embargo, su recurso se rechazó de inmediato. Fue en ese momento cuando, de manera inconsciente, tomó la decisión que iba a cambiar el rumbo de su país y de todo el norte de África.

Se dirigió a una tienda, compró una lata de pintura inflamable y, rociándose con ella frente al ayuntamiento, se prendió fuego. Fuera un intento real de suicidio o un simple acto de protesta que terminó en accidente, lo cierto es que este hecho acabó con Mohamed Bouazizi.

El 4 de enero de 2011, tras haber recibido la visita del mismísimo Ben Alí, su vida se apagaba en el hospital de Sidi Bouzid. No obstante, su muerte encendió la mecha del cambio.

A partir del 17 de diciembre, las protestas se extendieron por todo el país. La inmolación de Mohamed Bouazizi empujó a la calle a buena parte de la población, especialmente a los más jóvenes; no estaban dispuestos a convivir más con el desempleo –una tasa del 15%-, la corrupción de la clase política y la inflación.

Los enfrentamientos entre la policía y los manifestantes se convirtieron en algo común durante esos primeros días de revuelta. Los jóvenes gritaban consignas contra el gobierno y lanzaban piedras y cócteles molotov contra los agentes; mientras que estos, poco a poco, pasaron de las pelotas de goma y los gases lacrimógenos a la munición convencional.

Durante las dos semanas que siguieron a la inmolación de Mohamed Bouazizi, el número de manifestantes en las calles y plazas de Túnez fue incrementándose. Pero también los afectados por la brutalidad policial: veintiún muertos según el régimen entre el 17 y el 31 de diciembre, cifra que la oposición elevaba por encima de los cincuenta.

A pesar de todo, el pueblo tunecino se esforzó por enfrentarse a los obstáculos con la madurez que la gravedad de la situación exigía. De esta manera, con el objeto de evitar escenas de pillaje y la violación de la propiedad privada, se crearon “comités cívicos”.

Se trataba así de poner fin –o al menos limitar- a esas actuaciones que poco o nada tenían que ver con el espíritu de la protesta. Siguiendo esa misma línea, en las últimas jornadas de 2010, se produjo la adopción del jazmín como icono de la revolución. Esta flor, con un valor emblemático en el país mediterráneo, se erigía en símbolo de la tolerancia.

Al término de la segunda semana de protestas, el ejecutivo comenzó a sentir el aguijón de la presión internacional. El 2 de enero de 2011, comenzó la “Operación Túnez”, vinculada al movimiento Anonymous. El objetivo de la plataforma de internautas era colapsar los portales de las instituciones gubernamentales tunecinas como forma de apoyo a los manifestantes.

A su vez, por esas mismas fechas, la Organización de las Naciones Unidas (ONU) hizo público un informe el que se criticaba duramente la acción de las fuerzas de seguridad. Los observadores internacionales consideraban que la mayor parte de los manifestantes expresaban su rechazo al régimen de manera pacífica, al tiempo que calificaban la respuesta del gobierno como algo violento y desproporcionado.

Por tanto, exigían a Ben Alí una investigación «transparente, creíble e independiente sobre la violencia y las muertes».

Las jornadas decisivas de la revolución

Entre el 4 y 11 de enero, el país vivió los días más tensos desde el comienzo de las protestas. Esa semana comenzó con el fallecimiento del propio Mohamed Bouazizi, bautizado como “padre de la revolución”. En medio del duelo del pueblo tunecino y las condolencias llegadas desde numerosos países democráticos, se anunció la convocatoria de una huelga general. A su vez, los manifestantes continuaron llenando las calles de forma más insistente.

Por su parte, el gobierno, superado por los acontecimientos, no tuvo más remedio que acudir al ejército para retomar el control de las calles.

El 7 de enero, consciente de que la situación se le iba de las manos, el régimen intentó frenar el empuje de la revolución actuando contra algunos de sus líderes. Ese día fueron detenidos algunos miembros destacados de partidos políticos, disidentes, periodistas… Entre ellos se encontraba el bloguero Slim Amamou, redactor de RedWriteWeb y promotor de una manifestación por la libertad de expresión en mayo de 2010.

La respuesta internacional no se hizo esperar. La Alta Comisionada de la ONU para Túnez manifestó su frontal rechazo ante la política de arrestos del régimen. Además, denunciaba la violencia física y psicológica a la que eran sometidos los detenidos, entre los que se encontraban “defensores de los derechos humanos, blogueros, y activistas”.

A pesar de las detenciones, Ben Alí no logró desarticular el movimiento opositor. El 8 de enero las protestas se repetían en las principales ciudades del país, y una vez más la dureza represora del gobierno se hacía notar: nueve muertos y seis heridos graves.

El día 11 la crispación llegó a niveles tan altos que Ben Alí optó por decretar el toque de queda en las ciudades de Béja, Gafsa, Kasserine y Telab. En veintitrés años de régimen, era la primera vez que se tomaba esa medida.

Ese mismo día, fue detenido en la ciudad de Cheba el periodista de Radio Kalima Ben Hassen. Agentes de las fuerzas especiales entraron de improviso en su domicilio particular y se lo llevaron arrestado sin orden judicial. En idénticas circunstancias se llevó a cabo, en la mañana del día 12, la detención de Hamma Hammami, ex director de diario Alternatives –prohibido por el régimen- y portavoz del Partido Comunista de los Obreros Tunecinos (PCOT).

Según su esposa, Radhia Nasraoui, los agentes irrumpieron en la vivienda “forzando la puerta de nuestro apartamento”. A continuación “lo registraron destrozando todo lo que encontraron a su paso”, y detuvieron a Hammami “delante de su propia hija”. Al parecer, el desencadenante de ambos hechos fue la actividad subversiva que los periodistas llevaban a cabo en la red social Facebook, desde donde animaban a salir a la calle y reclamaban la dimisión de Ben Alí.

Una vez libre de su cautiverio, el propio Hamma Hammami relataba las circunstancias que rodearon a su detención: “el martes día 10, el Partido Comunista Obrero Tunecino acababa de hacer pública una declaración exigiendo la salida de Ben Alí. Fuimos el único partido que la pedimos. La reacción del poder fue violenta. Una veintena de hombres irrumpieron en mi casa. Destrozaron la puerta de mi apartamento. Cogieron el ordenador de Radhia y una cámara de fotos. Me llevaron al ministerio del Interior, donde permanecí con las manos atadas hasta mi liberación”.

Ante la evidencia de los hechos y la presión internacional, el gobierno tunecino fue, poco a poco, suavizando su postura. Del toque de queda y del despliegue militar por las calles –días en los que se denominaba “actos terroristas” a las manifestaciones-, se pasó a una política de conciliación. El miércoles 12 de enero, el primer ministro Mohamed Ghanuchi destituyó al responsable de Seguridad, Rafik Belhaj Kacem.

Este hecho marcó un hito en la evolución de los acontecimientos: el régimen comenzaba a ceder. Inmediatamente se anunció que los detenidos durante las protestas serían liberados.

El jueves 13 fue el propio Ben Alí el que salió a escena con el fin de apaciguar al pueblo. En un discurso a la nación, se comprometía a llevar a cabo lo antes posible reformas políticas y económicas. En concreto, aseguró que no se presentaría a la reelección, al tiempo que adelantaba una reducción de precios en los productos básicos. La declaración de Ben Alí incluía también la promesa de crear 300.000 puestos de trabajo y permitir la libertad de prensa.

Esa misma noche, los portales de internet que permanecían bloqueados desde el comienzo de la protesta volvieron a ser accesibles. Los tunecinos recuperaron el acceso a sitios web como Flickr, Youtube o Dailymotion, desde donde mostraron a todo el planeta las imágenes de su revolución.

En su discurso, el presidente tampoco olvido la brutal actuación de las fuerzas de orden público contra los manifestantes: ordenó de manera tajante a la policía que no disparara más sobre los ciudadanos.

Al mismo tiempo, prometió una investigación profunda e independiente para aclarar los hechos y exigir responsabilidades a los culpables. Sin embargo, sus palabras no lograron detener ni el avance de la revolución, ni la acción policial. Ese mismo día, manifestantes y fuerzas de seguridad volvieron a enfrentarse en las calles con un saldo de trece muertos.

A su vez, la presidenta de la Federación Internacional de Ligas de Derechos Humanos (FIDH), Souhayr Belhassen, declaraba que ocho personas más habían fallecido en las afueras de la capital. Este organismo aprovechó esa circunstancia para hacer pública una lista con los datos personales de sesenta y seis personas fallecidas desde el 17 de diciembre como consecuencia de la represión del régimen.

El 14 de enero, aprovechando el precepto islámico de acudir a la mezquita el viernes, se organizó una manifestación multitudinaria en la capital. Al salir de la oración, miles de tunecinos se concentraron en las calles para exigir el final del régimen. Bajo el lema “¡Fuera Ben Alí!”, los manifestantes avanzaron sin apenas oposición de las fuerzas de orden público.

Esa misma tarde, el Jefe de Estado Mayor de las Fuerzas Armadas se reunió con el presidente. Durante la conversación, Ahmed Chebir informó a Ben Alí de que el ejército no estaba dispuesto a mantenerlo en el poder en contra de la voluntad del pueblo.

Esta no era la primera muestra de deslealtad hacia su persona por parte de los militares. Dos días antes, el propio presidente se había visto obligado a destituir al Jefe de Estado Mayor, Rachib Ammar, por su negativa a dar la orden de disparar sobre los manifestantes. Es más, según testigos oculares, en determinados momentos de la revolución, los soldados defendieron a los ciudadanos de la acción policial.

Chebir recomendó a Ben Alí que abandonara el país. Este, viendo que no tenía otra salida, preparó su huida de manera precipitada. Durante las últimas horas del viernes 14 se especuló mucho acerca del destino definitivo del ya ex presidente tunecino. En un primer momento, se negoció la posibilidad de que recibiera asilo político en Francia. Sin embargo, el presidente Sarkozy descartó de forma inmediata y tajante la posibilidad de acogerlo en su país.

En esta situación, el avión presidencial se dirigió a Malta, lo que hizo sospechar a muchos que su destino definitivo estaría en algún país del Golfo Pérsico, como Dubai, Qatar o Bahrein. Finalmente, en el transcurso de una escala en el aeropuerto italiano de Cagliari, Ben Alí pudo hablar con el rey Abdalá de Arabia Saudí, que se mostró dispuesto a recibirlo.

No obstante, a la aventura del dictador tunecino aún le faltaba un patético epílogo que demuestra hasta qué punto, ignorando la evidencia, se aferraba al poder. Recién llegado a Arabia Saudí, telefoneó al presidente en funciones, Mohamed Ghanuchi. En la conversación, Ben Alí le manifestó su intención de volver a Túnez, inmediatamente, con el fin de retomar el mando.

Su antiguo colaborador, sorprendido por una decisión tan alejada de la realidad, le contestó que eso ya no era posible. Horas más tarde, Ghanuchi renunciaba a la presidencia en favor de la máxima autoridad del Parlamento, Fouad Mebaza, y formaba un nuevo gobierno de transición en el que ocupaba el cargo de primer ministro.

Las predicciones de Robert Godec, embajador norteamericano en Túnez, se habían cumplido. En un informe enviado a Hillary Clinton el 17 de julio de 2009, el diplomático mostraba sus dudas sobre la continuidad del régimen.

El texto íntegro fue hecho público por el portal Tunileaks, situado en el ámbito de Wikileaks, y en él se pueden leer párrafos como el siguiente: “El presidente Ben Alí está envejecido, su régimen sufre de esclerosis y no hay un claro sucesor. Muchos tunecinos están frustrados por la falta de libertad política y sienten rabia por la corrupción de la familia del presidente, por las elevadas tasas de desempleo y por las desigualdades regionales. El extremismo es una amenaza continua (…) Túnez es un estado policial, con escasa libertad de expresión o asociación, y con serios problemas de derechos humanos (…) Como consecuencia de todo esto, los riesgos para la estabilidad a largo plazo del régimen son crecientes».

La publicación de este y otros documentos en el portal de Julian Assange, llevó a la revista Foreign Policy a coquetear con la idea de una revuelta-Wikileaks. Sin embargo, estudiando los hechos detenidamente, parece evidente que los textos de Tunileaks tuvieron poca influencia en la reacción de los tunecinos.

En primer lugar, porque el régimen cerró el acceso a esa web, lo que complicó sobremanera la difusión de su contenido entre la población. Y, en segundo término, porque esa información no resultaba desconocida para ellos. El deterioro del régimen, la corrupción de la esposa de Ben Alí, el desempleo o el aumento de precio en los productos básicos formaban parte del día a día de los ciudadanos de Túnez.