Los judíos y la sociedad II

Inglaterra no conocía ni las masas judías ni la pobreza judía, puesto que había admitido a los judíos siglos después de su expulsión en la Edad Media; los judíos portugueses que se instalaron en Inglaterra en el siglo XVIII eran ricos y cultos. Sólo al final del siglo XIX, cuando los pogromos en Rusia  dieron paso a las modernas emigraciones, penetró en Londres la pobreza judía y, junto con esta, la diferencia entre las masas judías y sus hermanos acomodados. En la época de Disraeli, la cuestión judía, en su forma continental, resultaba completamente desconocida, porque en Inglaterra sólo vivían judíos gratos al estado. En otras palabras, los «judíos de excepción» no eran conscientes de ser excepciones como sus hermanos continentales. Cuando Disraeli despreciaba la «perniciosa doctrina de los tiempos modernos, la igualdad natural de los hombres», seguía conscientemente los pasos de Burke, que había «preferido los derechos de un inglés a los derechos del hombre», pero ignoraba la situación presente entonces en la que los derechos de todos habían sido reemplazados por los derechos de unos pocos.

Hannah Arendt, Los orígenes del totalitarismo, p. 146-147.

Los judíos y la sociedad I

Bejamin Disraeli, cuyo principal interés en la vida fue su carrera como lord Beaconsfield, se distinguía por dos cosas: en primer lugar, por la dádiva de los dioses que los modernos llaman banalmente suerte y que en otros períodos reverenciaban como una diosa llamada Fortuna, y, en segundo lugar, más íntima y maravillosamente relacionada con la Fortuna de lo que pudiera explicarse, por su grande y despreocupada inocencia de mente y de imaginación que hace imposible clasificarlo como advenedizo, aunque nunca pensó seriamente en nada que no fuera su carrera. Su inocencia le hacía advertir lo estúpido que hubiera sido sentirse un déclassé y también que era mucho más interesante para él y para los demás, además de mucho más útil para su carrera, acentuar su condición de judío «vistiéndose de un modo diferente, peinando sus cabellos con extravagancia y adoptando formas excéntricas de expresión y lenguaje». Se preocupó más apasionadamente y más descaradamente que cualquier otro intelectual judío de ser admitido en círculos cada vez más elevados de la sociedad; fue el único entre ellos que descubrió el secreto de preservar la suerte, ese milagro natural del estado de paria, y que supo desde el principio que no había que humillarse para «remontarse desde lo alto hasta lo más alto».

Hannah Arendt, Los orígenes del totalitarismo, p. 144-145.

Los judíos, el estado-nación y el nacimiento del antisemitismo VIII

Mientras que los políticos y los autores serios se ocupaban entonces de la cuestión judía menos que en cualquier otro momento desde la emancipación, y mientras que el antisemitismo desaparecía casi enteramente de la escena política visible, los judíos se convirtieron en símbolos de la sociedad como tal y en objeto de odio para todos aquellos a quienes la sociedad no aceptaba. El antisemitismo, tras haber perdido su base en las condiciones especiales que habían influido en su desarrollo durante el siglo XIX, podía ser libremente elaborado por charlatanes y fanáticos en esa fantástica mezcla de verdades a medias y salvajes supersticiones que emergió en Europa después de 1914, la ideología de todos los elementos frustrados y resentidos.

Hannah Arendt, Los orígenes del totalitarismo, p. 125-126.

Los judíos, el estado-nación y el nacimiento del antisemitismo VII

Cuando, tras la derrota de 1940, el antisemitismo francés alcanzó su oportunidad suprema bajo el gobierno de Vichy, tuvo un carácter definitivamente anticuado y, para sus fines principales, más bien inútil, algo que los escritores alemanes nazis jamás dejaron de subrayar. No poseyó influencia en la formación del nazismo y siguió siendo más significativo en sí mismo que como factor histórico activo en la catástrofe final.

La razón principal de estas limitaciones generales fue la de que los partidos antisemitas, aunque violentos en la escena nacional, carecían de aspiraciones supranacionales. Pertenecían, al fin y al cabo, al más antiguo y más completamente desarrollado de los estado-nación de Europa. Ninguno de los antisemitas trató siquiera de organizar seriamente un «partido por encima de los partidos» o de apoderarse del estado como partido y sin otra finalidad que los intereses del partido. Los pocos intentos de coup d´etat que pueden ser atribuidos a la alianza entre antisemitas y altos jefes del ejército fueron ridículamente inadecuados y abiertamente tramados. En 1898 fueron elegidos miembros del Parlamento, tras varias campañas antisemitas, unos diecinueve antisemitas, pero ésta fue una cota máxima que jamás volvió a ser alcanzada y a partir de la cual el declive fue rápido.

Hannah Arendt, Los orígenes del totalitarismo, p. 116-117.

Los judíos, el estado-nación y el nacimiento del antisemitismo VI

La completa falta de lealtad hacia su propio país y su gobierno, que los pangermanistas remplazaron por franca lealtad al Reich de Bismarck y el resultante concepto de la nacionalidad como algo independiente del estado y del territorio, condujo al grupo de Schoenerer a una verdadera ideología imperialista, en la que se halla la clave de su debilidad temporal y de su fuerza final. A ello se debe también el hecho de que el partido pangermanista en Alemania (los Alldeutschen), que nunca supero los límites de un chauvinismo corriente, permaneciera tan extremadamente suspicaz y poco inclinado a estrechar la mano que le tendían sus hermanos germanistas de Austria. Este movimiento austríaco apuntaba a algo más que a su elevación al poder como partido, a algo más que a la posesión de la maquinaria del estado. Quería una reorganización revolucionaria de Europa central en la que los alemanes de Austria, unidos y reforzados por los alemanes de Alemania, constituirían el pueblo dominante y en la que todos los demás pueblos de la zona serían mantenidos en el mismo tipo de servidumbre de las nacionalidades eslavas en Austria. Debido a esta estrecha afinidad con el imperialismo y al cambio fundamental que determinó en el concepto de la nacionalidad debemos aplazar el análisis del movimiento pangermanista austríaco. Éste ya no es, al menos en sus consecuencias, un simple movimiento preparatorio decimonónico; pertenece más que cualquier otro tipo de antisemitismo al curso de los acontecimientos del siglo XX.

Hannah Arendt, Los orígenes del totalitarismo, p. 115-116.

Los judíos, el estado-nación y el nacimiento del antisemitismo V

La agitación de Schoenerer en esta cuestión significó el comienzo de un claro movimiento antisemita en Austria. La realidad es que este movimiento, en contraste con la agitación de Stoecker en Alemania, fue iniciado y dirigido por un hombre cuya sinceridad resultaba indudable y que por eso no se detuvo en la utilización del antisemitismo como arma propagandística, sino que desarrolló rápidamente una ideología pangermanista que había de influir sobre el nazismo más que cualquier otro tipo de antisemitismo alemán.

Hannah Arendt, Los orígenes del totalitarismo, p. 114.

Los judíos, el estado-nación y el nacimiento del antisemitismo IV

Al finalizar el siglo, los efectos de los escándalos económicos de la década de los años setenta habían quedado atrás, y una era de prosperidad y de bienestar general, especialmente en Alemania, puso fin a las prematuras agitaciones de los años ochenta. Nadie podía predecir que este fin era sólo un respiro temporal, que todas las cuestiones políticas no resueltas, junto con todos los no apaciguados odios políticos, habían de redoblar en fuerza y violencia tras la Primera Guerra Mundial. Los partidos antisemitas en Alemania, tras sus éxitos iniciales, retornaron a la insignificancia; sus dirigentes, después de una breve agitación de la opinión pública, desaparecieron por la puerta trasera de la historia en la oscuridad de la confusión fanática y de la charlatanería curalotodo.

Hannah Arendt, Los orígenes del totalitarismo, p. 112.

Los judíos, el estado-nación y el nacimiento del antisemitismo II

La clase media baja, o pequeña burguesía, estaba constituida por los descendientes de los gremios de artesanos y de comerciantes que durante siglos habías estado protegidos contra los azares de la vida por un sistema cerrado que prohibía la competencia y que en última instancia se hallaba bajo la protección del estado. En consecuencia, culparon de su infortunio al sistema de Manchester, que les había expuesto a las asperezas de una sociedad competitiva y privado de toda protección especial y de los privilegios otorgados por las autoridades públicas. Fueron, por eso, los primeros en clamar por el «estado benefactor», del que esperaban no sólo que les protegiera contra la adversidad, sino que les mantuviera en las profesiones y oficios que habían heredado de sus familias. Y dado que el acceso de los judíos a todas las profesiones fue una característica destacada del siglo de la libertad de comercio, era casi corriente considerar a los judíos como «representantes del sistema de Manchester aplicado hasta sus últimos extremos», aunque nada distaba tanto de la verdad.

Hannah Arendt, Los orígenes del totalitarismo, p. 105.

El antisemitismo como insulto al sentido común I

La principal para nuestro propósito es el gran descubrimiento que Tocqueville hizo (en L`Ancien Régime et la Révolution, libro II, cap. 1) de los motivos del violento odio que, al estallar la Revolución, experimentaban las masas francesas hacia la aristocracia -un odio que estimuló a Burke a señalar que la Revolución se mostraba más preocupada por «la condición de un caballero» que por la institución de un rey. Según Tocqueville, el pueblo francés odiaba a los aristócratas a punto de perder su poder más de lo que les odiaba antes, precisamente porque su rápida pérdida del auténtico poder no se había visto acompañada por ningún declive considerable de sus fortunas. Mientras la aristocracia mantuvo vastos poderes de jurisdicción fue no sólo tolerada, sino respetada. Cuando los nobles perdieron sus privilegios, entre ellos el privilegio de explotar y de oprimir, el pueblo les consideró parásitos, sin ninguna función real en el gobierno del país. En otras palabras, ni la opresión ni la explotación como tales han sido nunca la causa principal del resentimiento; la riqueza sin función visible es mucho más intolerable, porque nadie puede comprender por qué debería tolerarse.

Análogamente, el antisemitismo alcanzó su cota máxima cuando los judíos habían perdido sus funciones públicas y su influencia y se quedaron tan sólo con su riqueza. Cuando Hitler llegó al poder, los bancos alemanes estaban casi totalmente judenrein (y era precisamente en ese sector donde los judíos habían mantenido posiciones decisivas durante más de cien años), y la judería alemana, en conjunto, tras un largo y firme progreso en estatus social y en número, estaba declinando tan rápidamente que los estadísticos predecían su desaparición en el plazo de unas pocas décadas. Es cierto que las estadísticas no apuntaban necesariamente a los verdaderos procesos históricos; sin embargo, vale la pena señalar que para un estadístico la persecución y el exterminio nazis podían parecer una insensata aceleración de un proceso que en cualquier caso se habría producido.

Cabe decir lo mismo de casi todos los países de Europa occidental. El affaire Dreyfus no estalló bajo el Segundo Imperio, cuando la judería francesa se hallaba en la cumbre de su prosperidad e influencia, sino bajo la Tercera República, cuando los judíos habían desaparecido casi por completo de las posiciones importantes (aunque no de la escena política). El antisemitismo austríaco no se tornó violento bajo Metternich y Francisco José, sino en la República austríaca de la posguerra, cuando se hizo evidente que ningún otro grupo había sufrido tal pérdida de influencia y de prestigio en razón de la desaparición de la monarquía en los Habsburgo.

Hannah Arendt, Los orígenes del totalitarismo, p. 66-67.

1938: la «Kristallnacht»

El régimen daba frecuente satisfacción a aquellos de sus súbditos que querían ser engañados, llegando a veces a organizar ridículos juicios en los cuales unos cuantos de los miles de participantes en la Noche de Cristal -la orgía de saqueo e incendio de propiedades judías que tuvo lugar a escala de todo el país en noviembre de 1938- fueron acusados de allanamiento de morada y robo y condenados a sentencias irrisorias.

El pogrom de noviembre constituyó además un ejemplo de cómo los nazis llegaron a dotar de significados nuevos a palabras y expresiones del idioma alemán, en este caso la palabra «orden». Las multitudes que contemplaban el atávico espectáculo de las sinagogas en llamas no podías por menos de quedarse impresionados por la eficiencia de los servicios públicos (policía y bomberos) al evitar la extensión de las llamas desde las propiedades judías a las zonas arias adyacentes. «Orden» pasó a significar cada vez más, la minuciosa regulación de la dosis de violencia necesaria a los propósitos del régimen en cada situación concreta.

Richar Grunberger, Historia social del Tercer Reich, p. 33.