Sionismo: radiografía de un concepto demonizado I

Bajo los efectos de este discurso y del ambiente opresivo que se respiraba dentro de los confines de Rusia, nace el mismo años de 1882 un modesto movimiento migratorio que, hasta 1891, trasladará hacia los míseros distritos otomanos de Palestina a uno 25.000 jóvenes obreros y estudiantes judíos rusos y balcánicos, resueltos a redimirse de las malformaciones de la diáspora y a redimir a su antigua patria del atraso y la pobreza, sobre la doble base del trabajo agrícola y de la resurrección de la lengua hebrea.

Hasta aquí, el fenómeno -que será conocido a posteriori como la primera aliá u oleada de inmigración judía a la Palestina contemporánea- no habría merecido en los libros de historia más que una brevísima nota a pie de página.

Varios Autores, En defensa de Israel, p. 87-88.

De los ilirios a la Segunda Guerra Mundial V

La derrota otomana frente a Rusia condujo, en 1878, a la firma del tratado de San Stefano, cuyas consecuencias fueron tres: el freno impuesto al imperio austrohúngaro, la consolidación de un proyecto yugoslavista y la creciente influencia de Rusia en los Balcanes. Bulgaria y Serbia salieron claramente beneficiadas. A la segunda, que alcanzó por vez primera una independencia efectiva con respecto al imperio otomano, le fue asignada la mayor parte del territorio de Kosovo, si bien es verdad que fragmentos pequeños correspondieron a Montenegro y al propio imperio otomano. Como respuesta a estos hechos, en junio de 1878 se reunieron en Prizren trescientos delegados albaneses -en su mayoría terratenientes musulmanes que, más bien conservadores, se mostraban partidarios de las estructuras del poder otomano se mantuviesen en pie- que dieron en configurar la llamada «Liga de Prizren». Los acontecimientos exteriores pronto se volvieron en contra de los intereses de Rusia. Las potencias de la Europa occidental y central consideraban que la mayor prioridad debía estribar en reducir las dimensiones territoriales, visiblemente engrosadas en San Stefano, de Bulgaria. A las medidas encaminadas a que la parte meridional de ésta fuese reintegrada al imperio otomano, siguieron otras en virtud de las cuales el mismo procedimiento se aplicó a los territorios en que vivían los albaneses, con lo cual las cosas serbias hubieron de retirarse de Kosova.

Carlos Taibo, Guerra en Kosovo. Un estudio sobre la ingeniería del odio, p. 31.

De los ilirios a la Segunda Guerra Mundial IV

La debilidad, con todo, que seguía caracterizando a las estructuras del poder otomano facilitó, en 1877-1878, una invasión de Kosova por parte de los serbios y montenegrinos, que protagonizaron una confrontación aguda con los albaneses. Varios millares de éstos fueron expulsados de la región de Nis. Es verdad que poco después las unidades otomanas se ensañaron en las represalias contra los serbios que residían en el sur de Kosova. La tregua a la postre alcanzada obligó a los ejércitos serbios a retirarse.

Carlos Taibo, Guerra en Kosovo. Un estudio sobre la ingeniería del odio, p. 30-31.

Turquía: Atatürk camina hacia Europa

Presento a continuación un texto que escribí en mayo de 2007 para la revista digital «Luz y Taquígrafos». El sexto número de esta publicación se dedicó, con motivo del Día de Europa -9 de mayo-, al proceso de integración europeo. Yo me decidí, animado por los recientes acontecimientos de abril y mayo, a tratar la cuestión turca dentro del marco de su posible incorporación a la Unión Europea. Este es el resultado.


La Historia de los turcos es la de un pueblo que lleva casi mil años llamando a las puertas de Europa. Constituyen el recuerdo de una antigua amenaza para la entonces llamada Cristiandad, pero también el de un muro de contención contra las imprevisibles y devastadoras incursiones centroasiáticas. Forman parte de la tradición histórica de nuestro entorno; sin embargo, somos muy diferentes. Han sido durante mucho tiempo el límite oriental del mundo europeo. Y, como habitantes de una tierra de frontera, han desarrollado aspectos culturales propios de nuestro ámbito, pero también del de otros pueblos situados más allá de ese limes. Tal vez esa peculiar situación geográfica sea la responsable de que hoy por hoy los europeos veamos al turco como un extraño.

No obstante, aunque también participan de otras tradiciones culturales, ellos se consideran parte de Europa. Y lo cierto es que, tal vez, pesen más las similitudes que las diferencias.

Turquía comenzó hace más de ochenta años su proceso de occidentalización. De la mano de Mustafa Kemal Atatürk se iniciaron una serie de reformas tendentes a desislamizar el Estado y proporcionar a la población una educación moderna y de carácter liberal. Incluso, en ese afán por abandonar las viejas tradiciones, el líder turco llegó a prohibir el alfabeto árabe, imponiéndose como oficial el de tipo occidental. Tras la Segunda Guerra Mundial, Turquía se convirtió en una pieza clave en el escenario de Guerra Fría como aliada de los Estado Unidos. Eso explicaría las abundantes ayudas que recibió del Plan Marshall, y su elección como miembro del Consejo de Europa en 1949. No obstante, su entrada en el proyecto comunitario se frustró en tres ocasiones –1973, 1981 y 2004- por la desidia de sus gobernantes y las dificultades internas.

Entre estas últimas destaca una que, a día de hoy, todavía preocupa notablemente en Bruselas. Se trata de la continua intromisión del ejército en la vida política del país. Desde los años de gobierno de Atatürk, los militares han cumplido el papel de defensores de la democracia y la laicidad del Estado. Esto explicaría un fenómeno que en Occidente, cuya Historia casi siempre ha funcionado en el sentido contrario, difícilmente podemos entender: el ejército es el garante del liberalismo republicano. Así ha sucedido hasta la década de 1980, cuando se produjo el último de los cuatro golpes militares vividos por Turquía desde el final de la Gran Guerra. Es cierto que desde entonces el estamento militar no ha vuelto a tomar el control directo del país, pero su sombra –como bien se ha podido comprobar a raíz de la crisis presidencial de este año- siempre ha estado presente en la vida política nacional.

Turquía pretende ahora acercarse a la Unión Europea, y esta, consciente de la complejidad de la cuestión, elude responder de forma inmediata. Los miembros comunitarios no quieren precipitarse a la hora de dar entrada a un gigante tan peculiar en el seno de Europa. Por su parte, los turcos, de la mano del islamista Recep Tayyip Erdogan, repiten la misma jugada que durante siglos han utilizado para alcanzar sus objetivos: presionar al adversario –en este caso futuro aliado- jugándose todo a una carta. Sin embargo, como tantas veces les ha sucedido en la Historia a los gobiernos turcos y otomanos, se han encontrado con divisiones dentro de su propio territorio: son muchos los turcos que no quieren entrar en Europa. Y, para complicar la cuestión, son más los europeos que no desean ver dentro del proceso integrador a los hijos de la media luna.

Turquía frente a Europa

Las negociaciones para la adhesión de Turquía a la Unión Europea como miembro de pleno derecho se iniciaron el 3 de octubre de 2005. El largo camino de los turcos hacia el paneuropeísmo parecía estar llegando a su fin cuarenta años después. Sin embargo, los ciudadanos europeos hemos abierto un debate completamente nuevo: se trata de dilucidar si queremos tener a los antiguos otomanos dentro de nuestro proceso integrador. Y, como suele suceder en los casos en que la prensa no especializada toma la batuta, la discusión está marcada por la ignorancia y los viejos prejuicios.

De pronto han resurgido de las páginas de la Historia las figuras de los antiguos sultanes que ponían cerco a Viena y asaltaban naves venecianas en el Mediterráneo Oriental. La atención de nuestros ojos se ha centrado en su retraso socioeconómico y en el auge de los movimientos islamistas en todo Próximo Oriente. Se han magnificado las diferencias al tiempo que se tapan las numerosas similitudes. En definitiva, muchos europeos estamos dando la espalda a los esfuerzos turcos que, sin ser suficientes, no merecen tal desprecio por nuestra parte.

Nos olvidamos de aquellos sultanes que negociaron con Europa, que respetaron a los cristianos de sus territorios, que frenaron las hordas asiáticas dispuestas a terminar con la cultura occidental… Reprochamos a los gobernantes turcos la deplorable situación de su país mientras dejamos entrar en la Unión a naciones –véase el caso rumano- con similar nivel de desarrollo. Les cerramos las puertas por miedo al Islam sin percatarnos de que un aliado poderoso dentro del mundo musulmán sería beneficioso para la propia Europa.

Cierto es que en la actualidad todavía le queda a Turquía un largo trecho por recorrer en su andadura hacia la Unión Europea.

No obstante, lo curioso es que a esta nación no se le perdona ninguno de sus errores y carencias, mientras que otros países en situaciones similares pudieron integrarse fácilmente en el ámbito europeo sin demasiados reproches. Es más, los turcos tienen una mayor riqueza que aportar a Europa, tanto en el ámbito geoestratégico como en el cultural. A mi juicio, Turquía está llamada a ser la puerta de Europa en sus futuras relaciones con el Islam. Y eso incluye tanto el avispero de Oriente Próximo como toda la franja costera del norte de África. También es, por tradición histórica, uno de lo grandes protagonistas de la región que más quebraderos de cabeza ha dado a Europa: los Balcanes. Turquía vendría a cerrar el círculo creado con la integración de los antiguos países del Este, al tiempo que daría a la Unión un mayor potencial diplomático y militar. El peso de los europeos en política exterior se vería sumamente reforzado con la presencia turca.

Europa también ha de entonar el mea culpa

Una de las cuestiones que más ha perjudicado a Turquía en este debate sobre su posible entrada en la Unión Europea ha sido la relativa al genocidio armenio. No pretendo quitar hierro a un asunto tan grave como este, pero pienso que exige atender a numerosos matices. Armenia pertenecía desde siglos atrás al Imperio Otomano, y sus habitantes habían convivido pacíficamente con los turcos. Incluso habían llegado a desempeñar altas responsabilidades de gobierno.

No obstante, a finales del XIX, al tiempo que el territorio de los sultanes era invadido por el nacionalismo turcomano, los armenios rescataron del baúl de la Historia su propia identidad. Reclamaban un Estado-nación propio, algo que el gobierno de Estambul no podía permitir. La actuación imperial para detener el movimiento independentista no estuvo exenta de actos represivos. Sin embargo, hasta 1915 la situación estuvo marcada por una relativa normalidad.

Fue en la Gran Guerra cuando las autoridades otomanas, previendo el peligro quintacolumnista que el pueblo armenio constituía en la frontera con Rusia, se decidieron a internar a miles de personas en campos de prisioneros. Se esperaba para el verano de 1915 una invasión zarista que contase con el apoyo incondicional de la población de Armenia; por esa razón se optó por trasladar a los habitantes de esta región al sur del Imperio. No se trataba de una operación de exterminio como la que llevarían a cabo los nazis treinta años después, pero todo acabó en tragedia.

La causas de esta catástrofe, no del todo involuntaria, fueron la escasez de suministros que asoló Anatolia desde esa fecha hasta el final de la contienda, el odio al “traidor armenio”, y la dureza física que suponía trasladar por el desierto a miles de personas famélicas con el calor del verano a sus espaldas. La mayor parte de los deportados sucumbieron de camino a su destino, y los que quedaron vivos acabaron por encontrar la muerte en los propios campos de prisioneros.

Las cifras oficiales hablan de un millón y medio de seres humanos desaparecidos; aunque los turcos rebajan ese número a doscientos mil.

No se trató, aunque muchas veces se ha querido ver así, de un plan para exterminar la nación Armenia. Y, aunque así fuera, eso justificaría poco el empeño occidental por lastrar a los turcos con semejante losa. Fue el Imperio Otomano, y no la República de Turquía, la que llevó a cabo tales actos. La nueva nación democrática y laica surgida tras la Gran Guerra hizo todo lo posible por alejarse de la herencia imperial. Sería, pues, una situación similar a la de los alemanes cuando renegaron del Tercer Reich. La diferencia es que a Alemania se le permitió dar ese paso, mientras que en el caso turco miramos con recelo y desconfianza ese deseo por olvidar el pasado.

Desde Bruselas se exige a Turquía que pida perdón por el exterminio armenio de 1915. Sin embargo, los europeos nos olvidamos con demasiada facilidad de los años del imperialismo. Naciones como Inglaterra, Italia, Francia o Alemania tienen tras de sí –incluso en el siglo XX- una larga lista de víctimas equiparable, si no superior, a la de los turcos. Hoy todos nos sentamos juntos para construir una Europa más justa y solidaria; nos horrorizamos por los errores cometidos en el pasado, y procuramos evitar que se repitan ¿Acaso no debemos dar la misma oportunidad a la República Turca? Han de pedir perdón, eso está claro, pero esperemos que ahí termine el acoso contra la candidatura de los turcos.

Actualidad: la crisis presidencial de 2007

En las últimas semanas Turquía ha sido noticia por el enfrentamiento entre islamistas y kemalistas. Los primeros, agrupados en torno a la formación política mayoritaria en el Parlamento –Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP)-, trataron de llevar a la presidencia de la República a Abdullah Gül, Ministro de Exteriores del ejecutivo Erdogan. Por su parte, la oposición –Partido Republicano del Pueblo (CHP)-, con el apoyo del Ejército y del Tribunal Constitucional, logró bloquear ese nombramiento. En definitiva, el país ha atravesado la mayor crisis institucional y política de los últimos veinte años.

Estas pocas líneas resumen los hechos acaecidos en Turquía a lo largo del malogrado proceso de investidura de Abdullah Gül. No obstante, detrás de cada una de esas palabras se vislumbra cuál es la situación actual de la política turca; reflejo, al fin y al cabo, de su desarrollo a lo largo del siglo XX. El kemalismo sirvió en su momento para modernizar la nación y librarla de las ataduras de la confesionalidad más estricta. Sin embargo, ochenta años después, su discurso choca con la libertad religiosa defendida por las democracias occidentales. Atatürk, en su afán por desislamizar Turquía, pisoteó muchos derechos reconocidos como fundamentales por la Carta de los Derechos Humanos y los propios postulados del liberalismo democrático.

Ahí es donde se sitúan los llamados islamistas del Partido de la Justicia y el Desarrollo. No son, como piensan los altos mandos del ejército turco –de ahí su oposición al AKP-, radicales ni fundamentalistas; tampoco han de ser considerados continuadores de las formaciones políticas fundadas por Necmettin Erbakan. Los actuales gobernantes de Turquía son republicanos y demócratas que defienden un ligero, a la par que necesario, viraje en la política kemalista. Desean vivir en una nación laica –que no laicista-; un país que reconozca los derechos de las religiones, incluida la musulmana. Y son precisamente estos hombres los que desean ardientemente entrar en la Unión Europea.

La élite kemalista, ahogada en su nacionalismo laicista, mira con recelo a Bruselas.

Desde Occidente se mira con desconfianza a los miembros del actual gobierno turco por tratarse de islamistas. Sin embargo, esa denominación no tiene, como en otras naciones musulmanas, un carácter radical. Son personajes contrarios al laicismo predominante en Turquía. No quieren volver al Estado-religión de otras épocas y lugares, sino establecer una aconfesionalidad respetuosa con las creencias. Por esa razón miran a Europa. Esperan que ella ayude a consolidar su democracia, a hacerla más estable. Buscan también en la Unión un respaldo a sus reivindicaciones en pro de la libertad individual; en este caso referida a la expresión religiosa.

Por su parte, no quedan dudas, tras las últimas declaraciones de las autoridades comunitarias, de que Bruselas prefiere a Abdullah Gül al frente de Turquía. Una vuelta de la élite kemalista al poder reavivaría las llamas del nacionalismo turco, contrario a la integración de la República en Europa. El futuro es incierto, aunque todo parece indicar que el Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP) volverá a imponerse sobre las destartaladas filas socialdemócratas en las elecciones del próximo mes de julio. Para entonces, con el sólido respaldo de las urnas, Recep Tayyip Erdogan podrá operar el cambio que necesita Turquía para encaminarse definitivamente a Europa.

La revolución bolchevique en su peor hora


“Las consecuencias de la paz de Brest-Litovsk fueron catastróficas para el partido y el gobierno de Lenin. Durante el medio años transcurrido entre octubre y Brest- Litovsk, el gobierno se había impuesto de forma sorprendentemente rotunda y sin resistencia, y en marzo de 1918 parecía tener su posición bien asegurada. Cinco meses después su derrocamiento parecía inevitable”.

Brest-Litovsk marcó el final del impetu revolucionario en Rusia. Las duras condiciones de paz y la aparición de una oposición fuerte y organizada estuvo a punto de acabar con el régimen bolchevique en 1918. Durante ese año los representantes de la revolución tuvieron que luchar en varios frentes con distintos enemigos. Por un lado la oposición interna –“los blancos”-, que agrupaba en su seno todo el espectro político ruso desde la izquierda socialrevolucionaria hasta los defensores de la monarquía zarista. Por otro lado encontramos a la Legión checa: grupo militar extranjero que había luchado junto a los rusos contra los imperios centrales. Su objetivo era construir una Checoslovaquia independiente de alemanes y austro-húngaros. Por esa razón, cuando Lenin llegó a un acuerdo con ellos, los checoslovacos pasaron a engrosar la fila de los “blancos” con la esperanza de que estos volvieran a luchar contra Alemania. Otro frente fue el compuesto por los miembros de la Entente que, además de prestar ayuda económica y material a la oposición interna, emplearon sus propios ejércitos para invadir Rusia desde el norte y el este. Por último habría que citar las intervenciones de Alemania y el Imperio Otomano que, aunque habían llegado a acuerdos con los bolcheviques, no querían quedarse fuera del reparto del pastel ruso.

Por lo tanto, los “rojos” estaban en una situación desesperada: amenazados en todos los frentes y sin ningún aliado. Es más, desde la firma de Brest-Litovsk habían disuelto el ejército. No tenían tropas con las que defenderse. Tampoco contaban con instructores que pusieran en marcha un nuevo ejército, ya que los antiguos oficiales zaristas no eran de fiar. Sin embargo, los bolcheviques supieron salir de ese agujero gracias a la alianza con Alemania y la labor, casi milagrosa, de Trotski al frente del Ejército Rojo.

Bibliografía:

[1] El pacto con el diablo; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2007.

[2] Los siete pecados capitales del Imperio Alemán en la Primera Guerra Mundial; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2006.

[3] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[4] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson – Barcelona – Debate – 2007.

[5] La Primera Guerra Mundial; Hew Strachan – Barcelona – Crítica – 2004.

Austria-Hungría: de la Monarquía Dual a la desintegración (1867-1918)

 Artículo publicado por la web Club Lorem Ipsum el 16 de diciembre de 2007.


El siglo que va desde la derrota napoleónica en 1815 al comienzo de la Gran Guerra en 1914 estuvo marcado por el auge del nacionalismo en el continente europeo. En este contexto la monarquía de los Habsburgo sufrió no pocas dificultades para mantener unido su imperio plurinacional. Además, el XIX no fue únicamente la época de las naciones; lo fue también de la ideología liberal. Es bien sabido que, de igual forma, los austro-húngaros presentaban en este aspecto numerosas carencias.

Por lo tanto, unas estructuras arcaicas tuvieron que hacer frente durante casi cien años a las embestidas de las dos grandes corriente ideológicas del momento.

En esta batalla podemos distiguir claramente los elementos disgregadores de los que tendían a fortalecer el viejo sistema. Entre los primeros encontramos a las fuerzas liberales y democráticas del momento, y a los distintos pueblos que formaban parte del Imperio (germanos, eslavos del norte, eslavos del sur, magiares, rumanos e italianos). Dentro del segundo grupo estaban la propia Corona, el ejército, la burocracia, la alta nobleza, los grandes empresarios y los ciudadanos de las distintas etnias que se mantenían fieles al poder central.

Como consecuencia de la victoria sobre la revolución en 1848, se estableció en el Imperio una política centralista y absolutista; al tiempo que se procedió a la modernización de las estructuras económicas. No obstante, con la derrota en las guerras contra Italia (1859) y Prusia (1866) se hizo inevitable el cambio dentro de la estructura estatal. Nació así la Monarquía Dual.

Se redactó entonces una constitución que prometía la igualdad de derechos, y que obligaba, en el periodo de diez años, a convocar una votación en los territorios húngaros del Imperio con el fin de ratificar o rechazar la unión con Austria (Ausgleich). Además, el triunfo de Prusia puso fin a la influencia de los Habsburgo en territorio alemán. Esto obligó a los austríacos a reorientar su política expansionista hacia los Balcanes, que ya en esas fechas era uno de los puntos más conflictivos del mapa continental. Allí el Imperio chocó tanto con los intereses italianos en el Adriático, como con las ideas yugoslavistas de los propios serbios.

La situación de los Balcanes dentro del panorama internacional fue, hasta los primeros años del siglo XX, una cuestión de segundo orden.

Su cambio de status –la transformación de este en un problema de vital importancia para la paz- fue consecuencia de la intervención de las potencias extra-balcánicas en las luchas de los nacionalismos autóctonos ¿Qué potencias y qué nacionalismos? En el primer grupo destacaron Austria, Rusia, e Italia; y en el segundo Serbia –el sueño de la Gran Serbia- y Bulgaria.

Sin embargo, una guerra de proporciones similares a la de 1914-1918 no se produjo en un primer momento gracias a la vigencia del equilibrio bismarckiano. Fue con la ruptura de este –aproximadamente a partir de 1907- cuando comenzaron los problemas. La Monarquía Dual, aprovechando la debilidad exhibida por Rusia en su conflicto de 1905 con Japón, procedió a la anexión de Bornia-Herzegovina en 1908.

Esto produjo un enorme malestar en la Corte de Pedro I, que en aquellos mismos meses estaba embarcado en el proyecto de construcción de la Gran Serbia. A continuación los acontecimientos siguieron un desarrollo muy similar a los de 1914: se desató la cadena de alianzas, que involucró en el naciente conflicto a Alemania y Francia. Finalmente, la mediación británica y el sentido común de los gobernantes lograron frenar la escalada belicista.

El escollo se salvó en 1908, pero de la crisis se habían extraído enseñanzas muy útiles para el verano de 1914. Además, los bloques que más tarde se enfrentaron en la Gran Guerra quedaron perfectamente perfilados tras estos sucesos.

En 1912 tuvo lugar la guerra entre el Imperio Otomano y la Liga Balcánica. La causa: sacar el mayor provecho a la debilidad del primero en sus posesiones europeas. Los turcos resultaron derrotados, firmándose la Paz de Londres que, sin embargo, no puso fin a la guerra. Una vez vencido el “hombre enfermo” –nombre dado a los otomanos durante el siglo XIX- los miembros de la Liga se enfrentaron para repartirse el botín. Todo acabó con el triunfo de Serbia, que logró hacerse con la hegemonía tras la Paz de Bucarest.

Esto reavivó el recelo austro-húngaro hacia sus vecinos eslavos. Tan sólo hacía falta una afrenta como el atentado sobre el Archiduque Francisco Fernando, asesinado junto con su mujer el 28 de junio de 1914 por el estudiante Gabrilo Princep, para empujar a Europa a una catastrófica guerra civil. En esa ocasión volvió a desencadenarse el juego de las alianzas sin que nadie pudiera detenerlo.

La Gran Guerra duró cuatro años y provocó millones de muertos, entre ellos la Monarquía Dual de Austria-Hungría.

Bibliografía:

[1] Historia Universal Contemporánea I y II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[2] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson – Barcelona – Debate – 2007.

[3] El mundo de ayer. Memorias de un europeo; Stefan Zweig – Barcelona – El Acantilado – 2002.