Aceleración del ritmo histórico


El estallido de la guerra no trajo consigo únicamente el enfrentamiento entre las grandes potencias mundiales en el conflicto más sangriento que hasta entonces había visto la Humanidad, sino que también favoreció la aceleración del ritmo histórico. Los nuevos fenómenos surgidos durante el periodo bélico acabaron por derribar las estructuras políticas, económicas, sociales y culturales del mundo contemporáneo; siendo así imposible una vuelta al orden vigente en el periodo anterior a la Gran Guerra.

Oleadas revolucionarias y crisis.

Tras los primeros meses de euforia y exaltación nacional, aquella guerra que en teoría iba a ser rápida y victoriosa parecía alargarse. De esta manera, la duración del conflicto, el poco previsible término del mismo a corto plazo, las dificultades en el frente y en la retaguardia, y los errores políticos y militares de determinados mandos, condujeron a crear un enorme descontento entre la población de las potencias combatientes. Como indica S. Haffner en el siguiente fragmento, la revolución fue preparándose poco a poco:

(Sebastian Haffner, Historia de un alemán) “Y entonces, a partir de octubre, empezó a avecinarse la revolución. Ésta fue preparándose poco a poco, como la guerra, con palabras y conceptos nuevos que de repente zumbaban en el aire y, lo mismo que la guerra, al final la revolución llegó casi por sorpresa”.

El fin del consenso social y político logrado en el verano de 1914, abrió una etapa de crisis y revoluciones dentro de los países contendientes. De la adaptación del gobierno a las estructuras vigentes y a las reivindicaciones de sus ciudadanos dependía que se tratase de lo primero –crisis- o de lo segundo –revolución-. Sin embargo, para facilitar la comprensión de estos fenómenos, seguiremos un criterio cronológico en su descripción:

-Revoluciones socialista y conflictos profesionales (mil novecientos diecisite y mil novecientos dieciocho) manifestados en: movimientos huelguistas en Rusia, Suecia, Alemania, Austria, Italia y Gran Bretaña; motines militares en Rusia, Francia, Alemania, Italia, Gran Bretaña, Austria, Bulgaria, Turquía y Portugal; y revoluciones bolcheviques en Rusia y Finlandia.

– Estallido socialdemócrata (otoño de mil novecientos dieciocho) en Alemania, Hungría, Suecia, Dinamarca, Holanda, Suiza y Noruega.

– Revoluciones comunistas en Centroeuropa -Alemania, Hungría y Austria-, y agitaciones marginales en Italia, Francia y Gran Bretaña (1919).

Factores desestabilizadores.

En contra de lo que se pensó en un principio, la oleada revolucionaria del final de la Gran Guerra no se limitó al espacio ruso; es más, Rusia ni siquiera fue el origen. Por tanto, con el fin de extraer un modelo aplicable a los distintos países beligerantes, hemos de buscar los factores comunes de la crisis:

– Factor psicológico; las repercusiones de una guerra larga y los efectos negativos de la propaganda, tornaron la euforia de los primeros días del conflicto en desilusión. Tanto entre las trincheras como en la retaguardia crecía la indignación y, de forma global, la sensación de vivir una guerra inútil. Los frentes se estabilizaron, favoreciendo la falta de actividad de los propios soldados, entre los que aumentaba día tras día la desmoralización, la indisciplina y las deserciones.

– Factor político; por su parte, los movimientos pacifistas fueron tomando fuerza. De esta forma podemos distinguir tres tendencias: a título individual, cuyos principales representantes fueron B. Russel, R. Rolland, S. Zweig, Guilboux…; de inspiración católica, de la mano del Papa Benedicto XV; y de inspiración socialista, mediante la convocatoria de tres congresos: primero uno para los partidos socialistas de los países neutrales, celebrado en Copenhague (1915); después otro para los partidos socialistas de cada uno de los bloques por separado, en Londres y Viena respectivamente; y por último se convocó uno de carácter general en Estocolmo, que nunca llegó a realizarse.

-Factor económico; la escasez de alimentos, plasmada en las largas colas para recoger los cupones de racionamiento, las listas de productos racionados, y las “recetas milagrosas” recogidas en los periódicos, propició que naciera un nuevo frente de guerra: la retaguardia. Faltaban alimentos, el vestuario era escaso y la población se hacinaba en incómodos y pequeños alojamientos. Además, los ciudadanos comprobaban también como iban perdiendo poder adquisitivo; es decir, como subían más los precios que los salarios. El jefe de la policía berlinesa nos aporta una visión global de las consecuencias de la guerra en la retaguardia:

“…nadie aquí puede aguantar por mucho tiempo con las raciones entregadas, y menos cuando las raciones de pan, de materias grasas, de patatas y de carne se han ido viendo reducidas varias veces ya (…) Durante el verano se ha ido pasando con lo que se ha tenido y podido, pero para el invierno hay centenares de miles de personas que se encuentran ante un problema insoluble: cómo –con unos modestos recursos- vestirse y calzarse; para ello hay que hacer cola noches enteras ante las tiendas de calzados (…) Hay una carestía tal de pequeños y medianos apartamentos, que no hay la menor perspectiva de poder preparar un fuego y un techo a los soldados que volverán a Berlín al acabarse la guerra”.

Con este panorama una de las pocas soluciones que se les presentaba a los habitantes de las ciudades era buscar, en la frontera y en las zonas rurales, los bienes a los que no tenían acceso. Así relata E. M. Remarque una de esas expediciones al ámbito rural en busca de alimentos:

(E. M. Remarque, Después) “Los merodeadores se reúnen en la estación ya al atardecer y por la noche, para internarse de madrugada por las aldeas. Nosotros salimos en el primer tren para que nadie se nos adelante… Nos cruzamos con enjambres enteros de merodeadores, rondando en torno a los corrales como avispas hambrientas alrededor de un panal de miel. Viéndolos comprendemos que los aldeanos se exasperen y nos insulten. La necesidad no conoce límites. Seguimos andando, a pesar de todo; de unas partes nos echan, en otras sacamos algo, coincidimos con otros competidores que nos insultan, como nosotros los insultamos a ellos y así vamos haciendo la jornada. Por la tarde nos reunimos todos en la taberna, donde nos hemos dado cita. El botín no es grande. Un par de libras de patatas, un poco de harina, unos cuantos huevos, manzanas, algunas verduras y carne. A Willy es al único a quien le hace sudar la carga. Es el último que llega, y viene con media cabeza de cerdo bajo el brazo. Por los bolsillos le asoman otros cuantos paquetes. Lo que no trae es abrigo. Lo cambió por las vituallas, fiando en que tiene otro en casa y en que algún día vendrá la primavera…”

Por último vamos a proceder a analizar los efectos de la guerra en los países beligerantes y en los neutrales. En las naciones combatientes la producción se orientó a las necesidades de la guerra -economía de guerra-, acentuándose el comercio interno ante las dificultades que presentaba el exterior. Además se apreció un claro descenso de la inversión. En los países neutrales se produjo una reactivación del comercio exterior ante la demanda de los países beligerantes. Ésta exigía un importante aumento de la productivo, que condujo a un rápido proceso de enriquecimiento. Sin embargo, las naciones no beligerantes tuvieron que enfrentarse a dos graves problemas: la sustitución de los bienes que habitualmente importaban por otros de fabricación nacional, y el desabastecimiento de los propios mercados por la mayor rentabilidad de la exportación.

La euforia de la catástrofe.

Dos factores, la duración y dureza del conflicto -en el frente y en la retaguardia-, hicieron posible que de la “euforia de la catástrofe” se pasase a la “catástrofe de la euforia”. Poco a poco se fue generalizando el malestar hacia el conflicto; surgieron así importantes movimientos contrarios al mismo que exigían a los gobernantes la paz. En éste contexto se propagaron, además, las ideas revolucionarias, por lo que podemos afirmar que durante los últimos meses de guerra se vivió un ambiente prerrevolucionario. Pues bien, en el caso alemán, ante la más que previsible derrota militar, todo esto se acentuó notablemente. Sebastian Haffner, como testigo de estos sucesos, nos va narrando en sus memorias como vivió él ese cambio de ánimos en la retaguardia:

(Sebastian Haffner, Historia de un alemán) “Por aquel entonces tampoco me pasó inadvertido el hecho de que, con el trascurso del tiempo, muchos, muchísimos, casi todos se habían formado una opinión respecto de la guerra distinta a la mía, si bien mi postura había sido inicialmente la más generalizada (…) oía a las mujeres quejarse y pronunciar palabras malsonantes dando muestras de una gran disconformidad”.

También E. Glaeser en Los que teníamos doce años nos describe los efectos de la guerra en la retaguardia:

“La guerra comenzaba a saltar por encima del frente y a hincar su garra en los pueblos. El hambre hizo flaquear aquella hermosa unión de los primeros días y hasta los hermanillos se robaban unos a otros sus raciones (…) pronto las mujeres que esperaban delante de las tiendas, formando largas colas oscuras, hablaban ya más del hambre de sus niños que de la guerra o de los peligros de sus maridos en el frente”.

Sin embargo, la escasez no sólo afectó a la retaguardia; la penosa situación en la que se encotraban las tropas del frente, embarcadas en una inútil guerra de trincheras desde cuatro años atrás, acabo por minar también la moral de los soldados. Veamos como describe E. M. Remarque el frente alemán durante los últimos meses de guerra:

(E. M. Remarque, Sin novedad en el frente) “…nabos cortados en seis trozos y cocidos tan sólo en agua; pequeñas zanahorias llenas, todavía, de tierra. Las patatas picadas son ya un manjar exquisito y la suprema delicia es una sopa de arroz, muy clara, en la que, se supone, deben nadar unos pequeños pedazos de tendón de buey. Sin embargo, están cortados a trocitos tan menudos que no es posible encontrarlos. Naturalmente nos lo comemos todo. Si alguien, por casualidad, se siente tan opulento que no termina de rebañar el plato, hay diez más que esperan hacerlo con mucho gusto. Tan sólo los restos que la cuchara no puede coger caen, junto con el agua del fregadero, en los barriles de basura. También alguna vez pueden mezclarse pieles de zanahoria, unos pedazos de pan enmohecidos y otras porquerías”.

En definitiva, la población y los soldados de las distintas naciones combatientes estaban hartos de la guerra que con tanto júbilo habían acogido en un principio. Anhelaban la paz, la vuelta a la normalidad, el fin de la escasez… El conflicto dejó grabado un sentimiento de rechazo ante la guerra en la conciencia de sus contemporáneos; todos coincidían en que la paz era necesaria, en que aquella catástrofe no debía repetirse:

(E. Toller, Una juventud en Alemania) “El pueblo sólo piensa en la paz. Se ha pasado demasiado tiempo pensando en la guerra y creyendo en la victoria… El pueblo no quiere pasar un nuevo invierno en guerra, no quiere volver a pasar hambre y frío en habitaciones sin calefacción, no quiere más sangre, está harto de morirse de hambre y desangrarse. El pueblo quiere la paz”.

(E. Glaeser, Paz) “La paz ¿Qué era la paz? Era estar allí, estar en casa. Estar en la era, detrás del mostrador, en la mesa, a la hora de comer; en la iglesia a la hora de Misa (…) estar en casa y poder decir: vámonos a la cama, y apagar la luz y dar las buenas noches, poseerse, repelerse, amarse, odiarse, pero estar allí juntos: eso era la paz (…) anhelaban volver a aquella paz y a aquel orden que en agosto del 14 habían perdido en un falso arrebato de entusiasmo. Ansiaban retornar al hogar y volver a sentarse en las viejas sillas”.

Bibliografía:

[1] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[2] Los siete pecados capitales del Imperio Alemán en la Primera Guerra Mundial; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2006.

[3] La Primera Guerra Mundial; Hew Strachan – Barcelona – Crítica – 2004.

[4] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson – Barcelona – Debate – 2007.

[5] El mundo de ayer. Memorias de un europeo; Stefan Zweig – Barcelona – El Acantilado – 2002.

[6] Historia de un alemán; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2006.

[7] Paz; Ernst Glaeser – Madrid – Cenit – 1930.

[8] Los que teníamos doce años; Ernst Glaeser – Madrid – Cenit – 1929.

[9] Sin novedad en el frente; Erich Maria Remarque – Barcelona – Edhasa – 2007.

[10] Una juventud en Alemania; Ernst Toller – Buenos Aires – Imán – 1937.

La doble vida en la Alemania nazi

Tercer_ReichArtículo de Cristina Losada -resumen de Alemania: Jekill y Hyde– publicado por La ilustración Liberal en julio de 2005.

Sebastian Haffner termina de escribir este libro en abril de 1940, ocho meses después del ataque de Hitler a Polonia que marca el estallido de la Segunda Guerra Mundial. Como informa su primer editor, se imprime antes de que los nazis invadieran los Países Bajos. Antes también de que Churchill se hiciera cargo de la jefatura del Gobierno británico, cosa que ocurriría en mayo, tras la ocupación de Holanda y Bélgica, lo que conferiría más claridad y determinación a la dirección de la guerra, algo que Haffner echa de menos en las potencias occidentales en el momento en que escribe.

El autor, que ha huido de Alemania en 1938, siendo una víctima aria del nazismo, está refugiado en Inglaterra. Su objetivo es suministrar a la propaganda británica y francesa datos tan útiles como los que las fotos aéreas de la línea Sigfrido proporcionan a la artillería aliada. Por propaganda entiende algo más que las octavillas y emisiones radiofónicas. Haffner tiene claro que en las guerras modernas el aspecto militar es, al menos, tan importante como la guerra psicológica. Hay que convencer a la gente de la necesidad de luchar, de la causa por la que se lucha. Hay que desarmar intelectualmente al enemigo. Y a esa labor deben coadyuvar las palabras, los gestos y los propios acontecimientos militares.

El análisis en que sustentará sus recomendaciones se divide en los siguientes tramos: Hitler, los dirigentes nazis, los nazis, la población leal, la población desleal, la oposición y los emigrantes. La suya es una visión desde dentro, tal y como reza el subtítulo del libro. Y da respuesta a la pregunta que surge invariablemente cuando se trata el ascenso del nazismo: ¿cómo fue posible que un pueblo como el alemán cayera en las garras de una pandilla de rufianes como los nazis?

De entrada, desmonta las ideas convencionales acerca de Hitler. Es un error, dice, tratar de entenderlo como “un tender acoplado a la locomotora de una idea o de un movimiento”. Hitler no se siente vinculado a los objetivos que anuncia. La única idea consistente que se oculta tras la política de Hitler es Hitler. Y más útil resulta juzgarle “considerando la historia alemana y europea como parte de su vida privada”.

Eso sí, “fue una casualidad trágica para todo el mundo que la miseria personal de Hitler coincidiera con la miseria alemana en el año 1919”. Alemania, como aquel hombre hundido en la escoria, no reaccionó ante la derrota afrontándola, buscando sus propios errores y rectificando, sino con exasperación, terquedad y odio. Y puede decirse que Hitler es Alemania “en el sentido de que responde a la idea alemana de un poderoso, articula la exasperación alemana y satisface cierta tendencia de los alemanes a lo teatral”.

El autor, que está convencido de que los dirigentes nazis y el régimen nazi no sobrevivirían sin Hitler, prevé ya que el Führer se suicidará “cuando se acabe el juego”. Pues “posee exactamente el valor y la cobardía necesarios para un suicidio por desesperación”.

¿Quiénes son los nazis? La actitud hacia los judíos es el rasgo inconfundible. Y señala un aspecto sobre el que volverá en Historia de un alemán: el objetivo principal del antisemitismo es ser una “señal oculta y de secreto vinculante”, como un asesinato ritual permanente, y anular la conciencia de la segunda generación de nazis.

El autor esboza el retrato, que redondeará en la Historia, de la primera generación de nazis. La que vivió la Gran Guerra como un espectacular acontecimiento deportivo. La que carecía de talento y aptitud para la vida privada y la felicidad personal. La juventud “sin formación y sin ganas de aprender, [que] rechazaba como ridículo e insignificante todo lo que suponía un esfuerzo y era demasiado refinado para su paladar, acostumbrado a una dieta monótona”.

Una juventud, en fin, para la que iba a ser una satisfacción “poder pisarle el cuello a ese extraño mundo del espíritu, la civilización, la burguesía”, acabar con la familia, con los frailes, con los judíos… Para esa generación, con el gran juego de la guerra, la vida volvía a tener sentido.

La segunda generación está formada por hombres a los que se ha extirpado la conciencia, la inteligencia y el alma sin necesidad ya de un pretexto ideológico. Es gente para la que el asesinato, la tortura y la destrucción no suponen “el caos voluptuoso”, sino “el nuevo orden”. Una generación que juzga muy semejante a la segunda generación bolchevique. “En muchos sentidos, Rusia es hoy ya nazi”.

Pero, ¿a qué viene lo de Jeckyll y Hyde? El acertijo que Alemania plantea al mundo, dice, es éste: viven allí millones de personas normales y civilizadas, honradas y amables, y se cometen atrocidades con su consentimiento y, siempre, sin su expresa desaprobación. Es la doble personalidad de la población leal al régimen. Aunque se queja y sufre, quiere la continuidad de los nazis. Son los devotos del Kaiser y el Reich que no admiten que se ha producido un cambio esencial con el desembarco de los nazis.

Haffner examina la propaganda nazi: nadie la cree, pero es efectiva. Genera imágenes y asociaciones imaginarias que ocultan la realidad. No pretende convencer, sino impresionar. No apela a la razón, sino a los sentimientos y la fantasía. Y ello encuentra terreno abonado en el poco desarrollado sentido de la realidad que poseen los alemanes leales. Y en su “apoliticismo”.

El patriotismo de los leales, que les lleva a coincidir con las proclamas de los nazis, no es amor a la patria sino obsesión por ella. Una obsesión que no han creado los nazis: ella ha creado a los nazis. Haffner investiga la leyenda histórica del Reich y concluye que los nazis encajaron a la perfección en la misma. Mientras que la República de Weimar no pudo gobernar “contra ese monstruo asesino [que] seguía moviéndose (…) hacia una nueva guerra y hacia nuevos pillajes”.

¿Y la otra mitad, la población desleal, que desea la derrota y el castigo de los nazis? También debe llevar una doble vida. Se encuentra indefensa, desorganizada y desesperada. Parte de la responsabilidad es de las potencias occidentales, que han hecho más por desmoralizarla –el Acuerdo de Munich de 1938– que por animarla. Frente a quienes creen que son cobardes por no rebelarse, Haffner señala que todos los días hay individuos heroicos que se sacrifican. Pero el régimen ha desarrollado un mecanismo que imposibilita una rebelión masiva. A los desleales sólo les queda la vida privada, el pequeño círculo de amigos. Y aún así. Cada persona está aislada y vigilada. La parte del pueblo hostil a los nazis no ve ninguna posibilidad de derrocarlos. Y prefiere emigrar antes que hacer la revolución.

El autor critica acerbamente la política de las potencias occidentales hacia los emigrantes alemanes y los refugiados judíos. El cierre de puertas a unos y otros hizo que los alemanes perdieran la confianza en el mundo occidental. Hay en Alemania, dice, quienes, “cuando son pisoteados por los hombres de las SS en Buchenwald, al menos mueren con la tranquilidad de tener en regla los papeles con los que podrían haber viajado al país de la libertad en 1942 o 1943… de haber sobrevivido”.

Haffner concluye este libro, escrito con sentido de urgencia, de impecable factura literaria, advirtiendo del peligro de las actitudes apaciguadores y de compromiso que detecta en Inglaterra y Francia. Sólo hay un camino: eliminar el régimen y castigar a los nazis por sus crímenes. Y acabar con el Reich”.

La República entre 1919 y 1923


«Curiosamente, la República se mantuvo. “Curiosamente” es la palabra correcta y justa en vista de que, a más tardar, a partir de la primavera de 1919, la defensa de la República estuvo exclusivamente en manos de sus enemigos, pues, por aquel entonces, todas las organizaciones revolucionarias militantes habían sido abatidas, sus dirigentes estaban muertos, sus miembros diezmados, y sólo los Freicorps llevaban armas; los Freicorps que, en realidad, eran ya unos buenos nazis, sólo que sin el nombre. ¿Por qué no derrocaron a sus débiles dirigentes e instauraron ya entonces un Tercer Reich? Apenas les habría resultado difícil”.

La socialdemocracia -elemento predominante de la revolución de noviembre- llevó a cabo, una vez logrados sus objetivos, una amplia tarea anticomunista con el fin de evitar que en Alemania se repitieran los sucesos del octubre ruso. De esta forma, además de tratar de llevar la iniciativa revolucionaria mediante el control de los consejos de obreros, intentaron ganarse el apoyo de los poderes del antiguo régimen imperial: el ejército y la burguesía. Finalmente la República respaldada por los socialdemócratas se mantuvo, pero a costa de importantes concesiones a las fuerzas de la reacción. Desde ese momento, y especialmente a partir de 1923, estas controlaron los resortes del nuevo régimen.

El putsch de Kapp.

«Un sábado por la mañana, mientras la Brigada Ehrhardt desfilaba bajo la Puerta de Brandenburgo, el Gobierno se fugó (…) Kapp, el líder del golpe, proclamó la República Nacional bajo la bandera negra, blanca y roja, los obreros iniciaron la huelga, el ejército se mantuvo “leal al Gobierno”, la nueva Administración no logró ponerse en marcha y, cinco días más tarde, Kapp volvió a dimitir. El Gobierno regresó y exigió a los obreros que reanudaran su labor, pero entonces éstos demandaron su salario (…) la reacción del Gobierno fue volver a dirigir sus leales tropas contra los obreros…»

El putsch de Kapp constituyó el golpe más importante que, desde las filas de la reacción, recibió la República. Haciendo uso de la Brigada Ehrhardt, Kapp marchó sobre Berlín, llegando a esta ciudad poco después de que el gobierno huyese. Sin embargo, las numerosas dificultades con la que el viejo militar se encontró y, especialmente, la movilización obrera, propiciaron el fracaso de la breve experiencia militar.

En su obra, Sebastian Haffner nos narra cómo percibió él los acontecimientos que rodearon al putsch –en general con incertidumbre y desconfianza-, y cómo estos dejaron sus secuelas en la joven República. De estas consecuencias señala dos:

– El surgimiento de una relativa enemistad entre la República y la clase obrera, reprimida tras el fracaso de Kapp.

– La aparición –o reaparición en el primer caso- del nacionalismo radical alemán y de la simbología antisemita.

Las agrupaciones juveniles.

«Fue entonces cuando se adscribieron a agrupaciones “de verdad”, como la Asociación Nacional de Jóvenes Alemanes o la Agrupación Bismarck (las Juventudes Hitlerianas no existían aún), y pronto exhibieron en el colegio puños americanos, porras e incluso “rompecabezas”, se vanagloriaban de haber participado en peligrosas salidas nocturnas (…) siempre lo mismo: un par de rayas que de forma sorprendente y satisfactoria componían un ornamento simétrico parecido a un cuadrado. Enseguida estuve tentado de imitarlo. “¿Qué es eso?”, le pregunté por lo bajo. “Símbolos antisemitas”, me susurró él en estilo telegráfico (…) Éste fue mi primer encuentro con la cruz gamada».

A raíz del putsch de Kapp fueron surgiendo asociaciones juveniles de carácter nacionalista. Poco a poco aglutinaron a su alrededor un buen número de jóvenes, que eran adoctrinados en la ideología de la respectiva agrupación. Como se aprecia en este fragmento extraído de Historia de un alemán, la violencia y la simbología -especialmente antisemita- eran dos características fundamentales de estas asociaciones. En relación con esto hay que añadir la importancia que sus miembros daban a la forma física, y el carácter militarista de estos grupos.

La época Rathenau.

«Un día, los periódicos de mediodía trajeron simple y llanamente el siguiente titular: “Asesinado el ministro de Asuntos Exteriores Rathenau”. Tuvimos la sensación de que el suelo se esfumaba bajo nuestros pies y ésta se intensificó al leer de qué forma tan extremadamente sencilla, carente de esfuerzo y casi obvia se había producido el hecho (…) Era obvio que el futuro no les pertenecía a los Rathenau, que se esforzaban por convertirse en personalidades excepcionales, sino a los Techov y Fischer, que simplemente aprendían a conducir y a disparar».

El primer atisbo de estabilidad del que pudieron gozar los alemanes tras la Gran Guerra fue la época de Rathenau. Sin embargo, como muy bien indica Sebastian Haffner en su libro, aquellos no eran años para gente como este ministro de Exteriores. Era la época de los que, por la fuerza, imponían sus criterios al conjunto de la población. Así, la figura que mantenía en pie a la República, se esfumó: asesinado por ser judío y dar estabilidad al régimen político alemán; esto -sobra decirlo- no favorecía nada a los grupos antisistema.

Además, como conclusión a este capítulo, el autor nos revela una idea que poco a poco comenzó a estar presente en las conciencias de los alemanes: “nada de lo que hace la izquierda funciona”. Se barruntaba, pues, la pérdida de credibilidad de la socialdemocracia que, al fin y al cabo, era el baluarte del sistema de Weimar.

Bibliografía:

[1] Historia de un alemán; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2005.

[2] El pacto con el diablo; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2007.

[3] Los siete pecados capitales del Imperio Alemán en la Primera Guerra Mundial; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2006.

[4] Anotaciones sobre Hitler; Sebastian Haffner – Galaxia Gutenberg – Barcelona – 2002.

[5] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[6] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson – Barcelona – Debate – 2007.

[7] La Primera Guerra Mundial; Hew Strachan – Barcelona – Crítica – 2004.

[8] El periodo de entreguerras en Europa; Martin Kitchen – Madrid – Alianza Editorial – 1992.

[9] Sociedad y cultura en la República de Weimar: el fracaso de una ilusión; José Ramón Díez Espinosa – Valladolid – Universidad – 1996.

[10] El desempleo de masas en la Gran Depresión. Palabras, imágenes y sonidos; José Ramón Díez Espinosa – Valladolid – Universidad – 2006.

Ferenc Münnich

Este texto forma parte de un conjunto de breves biografías que he elaborado sobre la Revolución Húngara de 1956. Para ver la lista completa, pincha aquí.


Ferenc_Munnich(1886-1977) Como militante comunista desde los primeros momentos, en 1919 había participado junto a Béla Kun en el intento fallido de crear la primera república socialista húngara. Ante el fracaso revolucionario tuvo que emigrar a la Unión Soviética y pasado el tiempo luchó con las Brigadas Internacionales en la Guerra Civil Española. Al terminar la Segunda Guerra Mundial fue nombrado jefe de la policía de Budapest y posteriormente embajador en Moscú. En octubre de 1956 fue Ministro del Interior en el Gobierno Nagy. Colaborador de János Kádár, participó junto a éste en la formación del “Gobierno revolucionario, obrero y campesino” de 4 de noviembre y fue nombrado Vicepresidente y Ministro de Defensa. Siempre fiel al comunismo soviético, perteneció al Politburó del Partido Socialista Obrero Húngaro kádárista entre 1957 y 1965; también en esta época, de 1958 a 1961, ocupó el cargo de Primer Ministro, y entre ese último año y 1965 fue Ministro de Estado.

Mátyás Rákosi

Este texto forma parte de un conjunto de breves biografías que he elaborado sobre la Revolución Húngara de 1956. Para ver la lista completa, pincha aquí.


Matyas_Rakosi

(1892-1972) Personaje vinculado al internacionalismo socialista de obediencia soviética desde los años de la Gran Guerra, colaboró en la primera experiencia socialista húngara: la efímera República de los Consejos dirigida por Béla Kun entre el 21 de marzo y el 1 de agosto de 1919. En los primeros años veinte trabajó en el Komintern y a partir de 1924 regresó a a Hungría para organizar en la clandestinidad el Partido Comunista, pero un año más tarde fue encarcelado. Una vez en libertad, en 1940, viajó a la Unión Soviética para ponerse al frente de los comunistas húngaros. Al regresar a Hungría en 1944 como persona de confianza de Stalin fue hasta 1956 el máximo dirigente del Partido Comunista húngaro; entre 1952 y 1953 desempeñó el encargo de Primer Ministro. Abandonó Hungría durante la insurrección del otoño de 1956 y murió en Moscú en 1971.

Rusia y la revolución alemana


Nos adentramos en un nuevo capítulo de El pacto con el diablo, sobre él podrán leer los siguiente artículos: El triunfo de la alianza antinatural sobre la natural, Alemania como bandera de la revolución mundial, El bacilo bolchevique de la aventura asiática, Poner fin a la guerra con un levantamiento. En esta ocasión el autor analiza las relaciones entre Alemania y la Unión Soviética en el momento en que la primera de ellas cae en manos de la revolución (1918-1919). Se trata, pues, de un tiempo inmediatamente posterior a la derrota germana en la Gran Guerra. Los acontecimientos que Lenin había predicho, el estallido revolucionario en territoria del II Reich, parecían cumplirse. Alemania, urgida por la situación bélica, había favorecido el triunfo de los bolcheviques en Rusia. Posteriormente estos se vengaron: abandonaron su posición de marionetas y pusieron todos los medios para que los alemanes siguieran sus pasos. No obstante, las predicciones del líder bolchevique no se cumplieron: el II Reich se convirtió en república democrática en lugar de soviética.

La enorme paradoja que este desenlace esconde la muestra Sebastian Haffner en la siguiente cita:

“En 1917 Alemania había promovido la revolución rusa para perjudicar a ese país, y esa revolución promovida había triunfado. En 1918 –y durante unos años más- Rusia promovió la revolución alemana para favorecer a ese país (y de paso a sí misma). Pero esa revolución fracasó”.

Bibliografía:

[1] El pacto con el diablo; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2007.

[2] Los siete pecados capitales del Imperio Alemán en la Primera Guerra Mundial; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2006.

[3] La revolución alemana de 1918-1919; Sebastian Haffner – Inédita – Barcelona – 2005.

[4] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[5] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson – Barcelona – Debate – 2007.

[6] La Primera Guerra Mundial; Hew Strachan – Barcelona – Crítica – 2004.