El golpe napoleónico del 18 de Brumario


Fragmento de la miniserie «Napoleón» (2002) en donde se escenifica el 18 de Brumario (1799). Se puede observar como, tras haber planificado el golpe de Estado al detalle, la falta de docilidad de la Asamblea pone en duda su triunfo. La situación llega a tal grado de tensión que, en plena discusión entre bonapartistas y antibonapartistas, intentan apuñalar al propio Napoleón. Finalmente, la presencia del ejército de Murat a las puertas de la Asamblea permite desalojarla y repetir la votación solo con los diputados afines. Mediante ese mecanismo, Napoleón pasa a convertirse en primer cónsul de la República, poniendo fin así al Directorio. Los otros dos cónsules serán Sieyès y Roger Ducos.

 

Fouché y el 18 de Brumario


Fragmento de la miniserie «Napoleón» (2002) con la escena en la que Napoleón visita a Fouché, ministro de la Policía, para implicarle en el golpe del 18 de Brumario (1799). En un primer momento, este se muestra reticente a aceptar la propuesta de Bonaparte. Sin embargo, cuando se menciona el posible restablecimiento del régimen monárquico y la implicación de Fouché en la ejecución de Luis XVI -votó a favor de la condena a muerte en la Asamblea Nacional-, la situación da un giro de ciento ochenta grados.

La Conspiración del 18 de Brumario


Fragmento de la miniserie «Napoleón» (2002) con la escena en la que tres miembros de la familia -José, Carolina y el propio general- preparan el golpe de Estado del 18 de Brumario. Además de la propia conspiración, se hace referencia a la vuelta de la monarquía o, incluso, a una nueva revolución jacobina.

 

 

1799. El retorno de Napoleón


Fragmento de la miniserie «Napoleón» (2002) con la escena en la que Barras recibe la noticia del retorno de Bonaparte de Egipto (1799). Se puede observar como los miembros del Directorio están preparando el retorno de la monarquía en la persona de Luis XVIII, y también que las únicas alternativas a esos planes son la toma del poder por Napoleón o una nueva revolución encabezada por los jacobinos. La presencia de Bonaparte en Egipto impediría que la primera posibilidad se llevara a término. Sin embargo, su retorno hace que los cimientos del gobierno se tambaleen.

Las causas de la Revolución Francesa

En 1789 estalló en Francia una revolución que terminó, en primer lugar, con la Monarquía y, en segundo término, con la vida de los propios reyes. Después de esos acontecimientos, la I República Francesa terminó por convertirse en el Imperio Napoleónico, que se mantuvo hasta 1815. En esta clase se explican las principales causas del proceso revolucionario; mientras que en los siguientes vídeos se abordan cada una de sus etapas: la Monarquía Constitucional, la Convención, el Directorio, el Consulado y el Imperio Napoleónico.

 

 

 

 

Fouché en la Asamblea Nacional, en «Fouché, el genio tenebroso» de Stefan Zweig


«Con los setecientos cincuenta que entran solemnemente a la sala del destronado rey entra también, en silencio, con la banda tricolor de los comisionados del pueblo cruzando el pecho, Joseph Fouché, diputado por Nantes. La tonsura ya ha crecido, hace mucho que se ha quitado la ropa talar; lleva, como todos, un traje civil carente de adornos ¿Dónde tomará asiento Joseph Fouché? ¿Entre los radicales, en la montaña, o entre los moderados, en la llanura? Joseph Fouché no duda mucho tiempo. No conoce más que un partido, al que es y será fiel hasta el final: el más fuerte, el de la mayoría. Así que esta vez sopesa y cuenta interiormente los votos y ve que por el momento el poder aún está en los girondinos, en los moderados. Se sienta, pues, en sus bancos, junto a Condorcet, Roland, Servan, junto a los hombres que tienen en sus manos los ministerios, que influyen en todos los nombramientos y reparten las prebendas. Allí, en medio de ellos, se siente seguro, allí se sienta».

Antes de la Revolución…, en «Fouché, el genio tenebroso» de Stefan Zweig


«Los clérigos buscan el contacto con los círculos intelectuales, y esto es lo que ofrece en Arras un círculo social muy especial, llamado «Rosati» (…) A menudo se sienta allí en un ambiente de compañerismo, y escucha cuando, por ejemplo, un capitán del cuerpo de ingenieros llamado Lazare Carnot lee burlones poemas de su propia invención o el pálido abogado de finos labios Maximilian de Robespierre (entonces aún da importancia al de de nobleza) pronuncia un débil discurso en honor del «Rosati». Porque en provincias aún se respiran las últimas bocanadas de la filosofía dieciochesca, el señor de Robespierre aún escribe delicados versitos en vez de sentencias de sangre, el médico suizo Marat aún redacta una novela dulzona y sentimental en vez de furibundos manifiestos comunistas, el pequeño teniente Bonaparte aún se afana en algún lugar de provincias por escribir una novelita que imita el Werther: las tormentas aún son invisibles al otro lado del horizonte. Pero, juego del destino: precisamente con este pálido, nervioso, desenfrenadamente ambicioso abogado De Robespierre hace especial amistad el tonsurado profesor (…) entonces aún no saben nada del jacobismo ni del odio. Al contrario, incluso cuando Maximilian de Robespierre es enviado como diputado a los Estados Generales de Versalles para colaborar en la nueva Constitución de Francia, es el tonsurado Joseph Fouché el que presta al pobrísimo abogado De Robespierre las monedas de oro para pagar el viaje y poder hacerse un nuevo traje».

Descripción de José Fouché, en «Fouché, el genio tenebroso» de Stefan Zweig


«Todos, o casi todos los que estuvieron en primer plano durante la época de los Estado Generales y la Asamblea Legislativa, están hoy olvidados o han sido víctimas del odio. El cadáver de Mirabeu, ayer aún en el Panteón, ha sido sacado oprobiosamente de él; Lafayette, hace pocas semanas aún festejado en triunfo como padre de la patria, es ya hoy traidor; Custine, Pètion, hace pocas semanas todavía celebrados se escurren ya temerosos hacia la sombra de la opinión pública (…). Mientras otros se atan a sus convicciones, a sus palabras y gestos públicos, él, oculto y temeroso de la luz, se mantiene interiormente libre y se convierte así en el polo persistente en la sucesión de los fenómenos. Los girondinos caen, Fouché sigue, los jacobinos son ahuyentados, Fouché sigue, el Directorio, el Consulado, el Imperio, la Monarquía y otra vez el Imperio desaparecen y sucumben; pero él siempre permanece, el único, Fouché, gracias a su refinada contención y gracias a su audaz valor unido a su absoluta falta de carácter, a su imperturbable falta de convicciones».

La reina ante el patíbulo, en «María Antonieta» de Stefan Zweig


«La carreta se detiene delante del patíbulo. Tranquila y sin auxilio de nadie, «con aire aún más sereno que al salir de la prisión», asciende la reina, rechazando toda ayuda, las escaleras de tablas del cadalso; sube exactamente con la misma halada facilidad, calzando sus negros zapatos de satén de tacones altos, por esta última escalera, como en otro tiempo por las escalinatas de mármol de Versalles. Ahora, por encima del repulsivo verbeneo de las gentes, una última mirada que se pierde en el cielo. ¿Reconoce, al otro lado de la plaza, en medio de la neblina otoñal, las Tullerías, en las que ha vivido y sufrido indecibles dolores? ¿Recuerda todavía, en estos últimos minutos, el día en que estas mismas muchedumbres la saludaron con entusiasmo, en el mismo jardín, como heredera del trono? No se sabe. Nadie conoce los últimos pensamientos de un moribundo».

El destino de Luis XVII, en «María Antonieta» de Stefan Zweig


«Por fin -¡pequeño e insuficiente consuelo!- descubre María Antonieta que, por una única ventana de la escalera de la torre, en el tercer piso, puede acecharse aquella parte del patio en la cual juega a veces el delfín. Y allí se está durante horas enteras, innumerables veces y con frecuencia en vano, esta mujer que en otro tiempo fue reina de todo un reino, a la espera de ver si puede descubrir fugazmente en el patio de su prisión, de una manera furtiva, un aspecto de la clara silueta querida. El niño, que no sospecha que desde un ventanuco enrejado sigue cada uno de sus movimientos la mirada, con frecuencia turbia por el llanto, de su madre, juega alegre y despreocupado. El muchacho se va adaptando velozmente, demasiado velozmente, a su ambiente nuevo; ha olvidado, en su alegre abandono, de quién es hijo, qué sangre corre por sus venas y cuál es su nombre. Valiente y en voz alta, sin sospechar su sentido, canta la Carmagnole y el Ça ira, que le ha enseñado Simón y sus compañeros; lleva la gorra roja de los sans-culottes…»