El recurso a Necker, en «María Antonieta» de Stefan Zweig


«Conforme se siente venir con mayor rapidez el hundimiento, tanto más inquieta se siente la corte. Por fin, se comienza a comprender que no basta cambiar de ministros, sino que hay que cambiar de sistema. Al borde de la bancarrota, por primera vez, no se exige ya del anhelado salvador público que sea de familia ilustre, sino, ante todo, que sea popular -concepto nuevo en la corte francesa- e infunda confianza a ese desconocido y peligroso ser llamado «pueblo». Tal hombre existe, se le conoce en la corte; ya antes, estrechados por la necesidad, han llegado a solicitar sus consejos, aunque sea de origen burgués, extranjero, suizo, y, lo que es mil veces peor, un verdadero hereje, un calvinista (…) Pero como ve todavía vacilante a su siempre indeciso marido, acude resuelta a este hombre peligroso como se echa mano de una traca. En agosto de 1788 hace venir a Necker a su gabinete particular y emplea la reina todo su arte de persuasión en ganar para su causa a ese hombre. Necker alcanza en aquellos minutos un doble triunfo: ser no sólo llamado, sino suplicado por una reina, y, al mismo tiempo, ver exigida por todo un pueblo su presencia en el gobierno».

La reina y París, en «María Antonieta» de Stefan Zweig


«Pero ¿qué ve de París María Antonieta? En los primeros días examina por curiosidad toda suerte de cosas dignas de ser vistas: los museos, los grandes comercios; asiste a una fiesta popular, y hasta una vez a una exposición de pinturas. Mas con ello queda plenamente satisfecha, para los próximos veinte años, su necesidad de instruirse en París. En general, se consagra exclusivamente a los lugares de diversión: va con regularidad a la Ópera, a la Comedia Francesa, a la Commedia italiana, a bailes; visita las salas de juego; por tanto, precisamente el Paris at night, el Paris city of pleasure de las norteamericanas ricas de hoy. Lo que más le atrae son los bailes de la Ópera, pues la libertad del disfraz es la única permitida a aquella joven prisionera de su categoría (…) Pero jamás, en todos aquellos años, penetra en una casa burguesa, jamás asiste a una sesión del Parlamento o de la Academia, jamás visita un hospital, un mercado; ni una sola vez intenta conocer algo de la existencia cotidiana de su pueblo. María Antonieta permanece siempre, en estas escapadas parisienses, dentro del estrecho círculo centelleante de los placeres mundanos, y piensa haber hecho ya bastante por las buenas gentes, el bon peuple, correspondiendo con una sonrisa indolente a sus entusiastas aclamaciones… mientras que en su falta de presentimientos se imagina renunciar a la corte y hacerse popular en París con sus diversiones, pasa realmente en su lujosa carroza de muelles, encristalada y chirriante, durante veinte años, al lado del verdadero pueblo y del París verdadero, sin verlos».