De Kosovo a Kosova (1912-2008)

Artículo publicado por Historia en Presente el 24 de abril de 2008.


Presento a continuación un artículo que pretende analizar la reciente independencia de Kosovo con respecto a Serbia. El original es, a mi juicio, demasiado largo para publicarlo de una vez, por esa razón lo he dividido en varios fragmentos. Este primero se centra casi exclusivamente en los aspectos histórico-políticos de la región a lo largo del siglo XX; mi intención es que el siguiente se refiera a la evolución económica kosovar en ese mismo periodo de tiempo. El título elegido pretende reflejar el cambio introducido por la independencia de esta región balcánica: de Kosovo, propio del idioma serbio, a Kosova, como lo denominan los albaneses. La bibliografía que encontrarán al final del texto es igualmente válida para los próximos fragmentos del artículo.

Introducción: Kosovo en el puzzle yugoslavo

Si la antigua Yugoslavia fuera un complicado puzzle, Kosovo sería, recién inaugurado el siglo XXI, una pieza que no acaba de encajar. Casi tres lustros después de los Acuerdo de Dayton (21 de noviembre de 1995), la herida de los Balcanes continúa sangrando por esta región de mayoría albanesa.

A pesar de los esfuerzos -no siempre desinteresados- de gobiernos, organismos internaciones y personalidades de la vida pública, el mapa definitivo para la zona aún no acaba de perfilarse. La declaración unilateral de independencia –si bien con el respaldo de numerosas naciones occidentales- por parte de las autoridades albano-kosovares ha sido, en 2008, el último capítulo de este episodio en la Historia europea.

¿Qué es Kosovo?

Hoy día, como el resto de las antiguas Repúblicas de la Yugoslavia de Joseph Broz (Tito), no es más que el resultado de la desintegración de un Estado artificial. Es el final de un sueño forjado por los eslavos del sur que, arrastrado por el oleaje de los años ochenta y noventa –la desaparición del mundo bipolar-, terminó convirtiéndose en una pesadilla.

Al igual que los otros dos experimentos surgidos al finalizar la Primera Guerra Mundial -la URSS y Checoslovaquia- Yugoslavia desapareció al derrumbarse el Telón de Acero.

No pertenecía del todo al bloque soviético, pero la crisis del socialismo real también se llevó consigo a la federación balcánica. La transición del comunismo al capitalismo estuvo marcada en este estado multinacional, al contrario que el de los demás países de la Europa centro-oriental, por una sucesión de enfrentamientos bélicos. En ese contexto hemos de enmarcar Kosovo: en el fracaso del ideal yugoslavista.

No obstante, Kosovo es mucho más que otra consecuencia de la desmembración de Yugoslavia. Es una región que nunca estuvo a gusto con su estatus dentro de la federación; no es que pretendiera abandonarla, pero deseaba actuar en ella de manera autónoma, como una república más en lugar de como provincia de Serbia, a la que pertenecía desde la guerra entre la Liga Balcánica y el Imperio Otomano (1912). Las raíces históricas de su dependencia con respecto a los serbios se remontan a la batalla de Kosovo-Polje (28 de junio de 1389). La victoria de los turcos marcó el final del reino serbio, que desapareció del mapa europeo durante muchos siglos.

La Serbia contemporánea –desde los años de lucha con turcos y austro-húngaros, hasta la época de Slobodan Milosevic- ha entendido que la región de Kosovo, como último vestigio del antiguo reino medieval, es la cuna de la nueva nación balcánica. Por esa razón, la renuncia a ese territorio es considerada en Belgrado como algo parecido a una herejía. Sin embargo, Kosovo es una región de mayoría albanesa; ciudadanos que no tienen nada que ver –y no quieren tener nada que ver- con Serbia. La cuestión es, por tanto, compleja.

¿Qué ha sido Kosovo dentro de Yugoslavia?

Al término de la Primera Guerra Mundial surgió el Reino de los serbios, croatas y eslovenos. Se trataba de un estado multiétnico –serbios, croatas, eslovenos, montenegrinos, bosnios, albaneses, húngaros, búlgaros, italianos y griegos- cuya constitución (Vidovdan, 1921) fue denunciada por organizaciones contrarias a la política de Belgrado como “un medio ideado por los serbios para terminar con sus tradiciones seculares y lograr su completa asimilación (como sucedía con los albaneses de Kosovo y los macedonios, considerados serbios a todos los efectos). Por ello, pretendieron una revisión de la misma, al menos sobre postulados federalistas” [3].

En concreto, el Partido popular esloveno propuso, sin éxito, la formación de un Estado yugoslavo muy parecido al que años después presidió Tito: “Serbia con Kosovo y Macedonia, Croacia con Eslavonia y Dalmacia, Eslovenia, Montenegro, Bosnia-Herzegovina y Voivodina” [3]. Por tanto, en la época de entreguerras, nos encontramos con un Kosovo sometido al gobierno serbio, tanto en los planteamientos centralistas de la Constitución de Vidovdan y del gobierno del rey Alejandro I, como en los postulados revisionistas de croatas y eslovenos.

Pocos meses antes de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945) el Reino de los serbios, croatas y eslovenos comenzó a desmembrarse “fruto de las crisis internas y de la tensión internacional” [4].

Esa situación fue aprovechada por las potencias del Eje en 1941, año en que decidieron a ocupar el territorio yugoslavo y establecer ahí estados colaboracionistas. Italia, que previamente había satelizado Albania, se anexionó la región de Kosovo por considerarla, precisamente, territorio albanés. Esto ha sido olvidado de manera sistemática por historiadores y expertos en relaciones internacionales. Sin embargo, es de una importancia vital, no tanto por sus repercusiones –la situación se prolongó sólo unos meses – como por su valor simbólico: la única vez en todo el siglo XX en que Kosovo ha abandonado el yugo del gobierno serbio.

Tras la derrota de las potencias del Eje en 1945, los vencedores procedieron a reorganizar el mapa europeo. Los Balcanes quedaron bajo la órbita de la URSS. Sin embargo, la Yugoslavia liberada por los partisanos de Tito pudo desarrollarse con cierta autonomía. “Al contrario que otros estados de la Europa central y oriental, no eran un territorio ocupado por el Ejército Rojo” [2].

La primera constitución de la Federación declaraba que esta estaba compuesta por cinco repúblicas (Serbia, Croacia, Eslovenia, Bosnia-Herzegovina y Macedonia) y, como muestra de reconocimiento a las peculiaridades de las poblaciones albanesa y húngara, dos provincias autónomas vinculadas a Serbia: Kosovo y Voivodina. A estas les correspondían, respectivamente, diez y dieciocho representantes en la Cámara de las Nacionalidades, de ciento setenta y ocho miembros.

La muerte de Stalin fue aprovechada por las autoridades yugoslavas para redactar una nueva Constitución (1953). Esta mantuvo los principios del anterior documento, pero marcaba ciertas distancias con los principios centralistas de tipo estalinista. Los albano-kosovares vieron en esto un avance hacia el objetivo definitivo: ser reconocidos como república independiente dentro de la Federación yugoslava.

Sin embargo, en contra de las esperanzas albergadas por Kosovo, la Constitución de 1963 no varió en nada la estructura de Yugoslavia.

En ella se mantenían las cinco repúblicas, con diez diputados cada una en el Consejo de las Nacionalidades, y las dos provincias autónomas, con cinco representantes. La protesta ante el inmovilismo de las autoridades federales se hizo esperar hasta 1968. Kosovo participó a su manera en ese mar de sentimiento inconformista que sacudió al mundo a finales de los sesenta. Pedían ser reconocidos como república independiente dentro de la Federación. La concesión de un mayor grado de autonomía sirvió para acallar temporalmente las protestas en la provincia.

El último episodio en lo que a la cuestión constitucional se refiere es el de 1974. Este documento establecía, de cara al gobierno yugoslavo, un Consejo Federal, con treinta delegados por república y veinte de cada provincia autónoma, y un “consejo de repúblicas y provincias compuesto por doce delegados de las repúblicas y ocho de las provincias” [3].

¿Qué es Kosovo después de Yugoslavia?

El proceso de descomposición de la Federación yugoslava se inició en la década de los ochenta; si bien es verdad que sus repercusiones no se dejaron notar hasta los años noventa. En Kosovo las protestas reaparecieron, de forma violenta, en 1981. La reivindicación de la independencia como república apareció acompañada en este caso de dos fenómenos cada vez más extendidos: la crisis económica y el odio a la minoría étnica serbia, que era marginada de manera sistemática por las autoridades autonómicas (durante la década de los setenta abandonaron Kosovo el 17% de sus ciudadanos serbios). La resistencia albano-kosovar fue reprimida por la policía y el ejército federal, pero su ejemplo sirvió para avivar el sentimiento nacionalista dentro de todo el territorio yugoslavo.

El auge nacionalista en Serbia tuvo un nombre: Slobodan Milosevic. Este personaje se erigió en el salvador de un pueblo que, a pesar de ser mayoría, se sentía maltratado dentro de las estructuras federales.

La grandeza de los serbios parecía perderse en medio de la crisis económica de la república y la ineficacia del aparato yugoslavo para evitar el descalabro. Por esa razón, el nuevo gobierno republicano, aupado por los aires de cambio que recorrían la Europa centro-oriental, se decidió a redactar una nueva Constitución en 1989. Este texto sancionaba el fin de la autonomía de Kosovo y Voivodina, lo que provocó la protesta de ambas minorías étnicas. Sin embargo, el proyecto de Milosevic siguió adelante.

Poco a poco Yugoslavia se fue rompiendo en medio de guerras y secesiones pactadas. No obstante, Kosovo no conseguía quitarse de encima el yugo serbio. El 19 de octubre de 1991, como consecuencia del centralismo practicado por Belgrado, la provincia proclamó su independencia. Esta sólo contó con el reconocimiento expreso de Albania, lo que sirvió para que Milosevic proclamara, una vez más, que detrás de la cuestión kosovar estaba el irredentismo albanés. Unos meses después, Ibrahim Rugova era elegido Presidente en el exilio de la República nonata.

Los años que siguieron a estos hechos estuvieron marcados por la actividad terrorista de ambas facciones: la albanesa y la serbia. Una vez resueltos los conflictos con Eslovenia, Croacia, Bosnia y Macedonia, Serbia volvió los ojos a Kosovo. Corría el año 1999, y había llegado el momento de llevar a cabo la tan ansiada limpieza étnica que iba a “solucionar” la cuestión de Kosovo. Para el gobierno de Milosevic la única solución era echar a los albaneses de la región. La intervención de los EE.UU. a través de la OTAN impidió que el ejército serbio completara su tarea.

La ocupación del territorio kosovar por parte de las fuerzas internacionales pospuso sine die la solución para el problema de la región. No obstante, desde las Naciones Unidas se empezó a trabajar por medio de una comisión presidida por Martti Ahtisaari. La actual independencia de Kosovo se ha basado en las conclusiones publicadas por este organismo en primavera de 2007. El problema es que, ante la amenaza del veto ruso, estas no han sido aprobadas por el Consejo de Seguridad de la ONU. Por esa razón, muchos entendidos no dudan en tildar este proceso emancipador de ilegal.

Además, en el seno de la Unión Europea, organismo al que se ha encargado la tutela del nuevo estado de Kosovo, no existe consenso en torno a la cuestión. En apariencia, el camino hacia la solución de esta problemática parece despejarse; sin embargo, no debemos engañarnos, queda mucho por andar. No sólo ha de confirmarse la independencia kosovar –reconocimiento por parte de la comunidad internacional, con Serbia a la cabeza-, sino también la viabilidad del proyecto en un territorio lastrado por abundantes desequilibrios económicos, culturales y sociales.

Bibliografía:

[1] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[2] Postguerra. Una historia de Europa desde 1945; Tony Judt – Madrid – Taurus -2006.

[3] La Europa balcánica. Yugoslavia, desde la Segunda Guerra Mundial hasta nuestros días; Ricardo M. Martín de la Guardia y Guillermo A. Pérez Sánchez – Madrid – Síntesis – 1997.

[4] La trampa balcánica; Francisco Veiga – Barcelona – Grijalbo – 2002.

[5] Los conflictos yugoslavos. Una introducción; Carlos Taibo y José Carlos Lechado – Madrid – Fundamentos – 1993.

[6] Kosovo. Una independencia sin dinero; Ramón Lobo – El País – 31 de mayo de 2007.

[7] Kosovo independiente; Florentino Portero – GEES -12 de junio de 2007.

La sovietización de la Europa del Este

Artículo publicado por la web Club Lorem Ipsum el 13 de abril de 2007.


El final de la II Guerra Mundial trajo consigo la división del mundo entre las dos grandes cosmovisiones. En contra de lo que esperaban los occidentales más optimistas, Stalin y su régimen no habían cambiado -salvo en el incremento de su poderío- a raíz de su estrecha relación con británicos y norteamericanos durante el conflicto. La URSS mantenía su antigua aspiración de llevar a cabo la revolución comunista a escala mundial.

De esta manera, a lo largo de los años 1945 y 1946, las diferencias entre los miembros de la triunfadora Gran Alianza –anglosajones y eslavos- fueron ampliándose. En 1947, como demuestran los documentos oficiales de estas potencias y las declaraciones de sus dirigentes, la brecha resultaba ya insalvable: había dado comienzo la Guerra Fría.

El “Telón de Acero”, descrito magistralmente por Winston Churchill en Fulton (Missouri), había caído sobre Europa. Sin embargo, cabe preguntarse cómo llegaron todos los países del Este a formar parte del sistema planetario que giraba en torno al gran sol del Kremlin.

Es cierto que así lo habían acordado los vencedores de la II Guerra Mundial en las conferencias de Yalta y Potsdam. También es verdad que el Ejército Rojo ocupaba, con la presión que ello suponía, esos territorios. No obstante, lo más interesante de todo el proceso de sovietización de la Europa del Este no son estas cuestiones fundamentales para el triunfo comunista.

Lo curioso, el aspecto en el que se va a centrar este artículo, es cómo se las ingeniaron los soviéticos para dar un ropaje de aparente legalidad a la revolución política que llevaron a cabo en esos países; cómo trataron de hacer creer al mundo –aunque en el fondo todos sabían la verdad- que eran esos pueblos los que habían escogido la senda del marxismo-leninismo.

Mientras el ejército de los soviets iba liberando la parte oriental del continente del yugo nacionalsocialista –es curioso ese fenómeno de cambiar la esclavitud parda por la roja-, desde Moscú se preparaban para transformar estos territorios en estados-satélite. Cientos de políticos y propagandista comunistas de nacionalidad húngara, polaca, checoslovaca, búlgara y rumana caminaban detrás de las divisiones rusas con la misión de organizar el partidos comunista de sus respectivos países.

Sándor Márai, al hablar de ellos en ¡Tierra! ¡Tierra!, dice que llegaron demacrados y sin nada que llevarse a la boca. Sin embargo, con la ayuda de las autoridades soviéticas, lograron ocupar los principales puestos de la administración del Estado en pocas semanas. Dejaron de ser unos miserables y pasaron a disfrutar de las comodidades y lujos reservados a marqueses, empresarios y mariscales. Así, más o menos, describe el literato húngaro la llegada de estos personajes.

Ahí estarían comunistas míticos como Bierut, Rákosi, Gottwald, Rajk, Pauker… políticos que en pocos meses, bajo la supervisión y auxilio de Moscú, tomaron el control de media Europa.

No obstante, resultaba evidente que, de cara a los primeros comicios de posguerra, estos misioneros del internacionalismo no iban a lograr el respaldo electoral necesario para gobernar. Por esa razón, Stalin decidió resucitar la figura del frentepopulismo para formar grandes coaliciones de izquierdas. Los Frentes Populares habían funcionado ya en el periodo anterior a la II Guerra Mundial -en especial en Francia y España-, y su finalidad principal era contener la expansión del fascismo por Europa.

El Kremlin favoreció en los años treinta la consecución de esos pactos porque veía en ellos, no sólo un arma eficaz para evitar el surgimiento de nuevos hitleres, sino también porque aspiraba a instaurar el comunismo a través de ellos. En los gobiernos frentepopulistas los comunistas estaban destinados a ocupar los principales resortes del control estatal: la seguridad y la propaganda. Podían no ser numerosos, tampoco hacía falta que ocuparan muchos ministerios; tan sólo hacía era necesario que se situasen en los puestos claves.

Desde esa posición de influencia los comunistas miembros del ejecutivo tendrían que ir eliminando legal o moralmente a sus rivales. Seguían la llamada “táctica del salchichón”: iban minando poco a poco a los enemigos, después a los aliados, y, finalmente, era en el propio partido donde se llevaban a cabo las purgas. Este manera de extender la revolución bolchevique se ensayó al final del periodo de Entreguerras, pero su gran éxito como modelo de actuación política llegó con el final de la II Guerra Mundial.

Entre 1945 y 1947 fueron desfilando por las cárceles y juzgados de la Europa del Este miles de personas acusadas de apoyar al fascismo. Las primeras víctimas de estos procesos fueron los políticos de la derecha, pero más tarde les llegó el turno a la izquierda moderada.

A todos se les tachó de fascistas, tan sólo se salvaron los miembros de los partidos comunistas. Quedaba un pequeño paso para establecer regímenes totalitarios de partido único: su proclamación. A la altura de 1948 todos los países ocupados por el Ejército Rojo, con la excepción de Austria y Alemania, habían cumplido ese requisito.

En apenas tres años el frentepopulismo había abierto a los soviéticos las puertas de la “revolución legal”. Habían eliminado toda oposición, incluso la de los antiguos aliados de la izquierda. A partir de ahí comenzaba un camino aún más tortuoso: el de las purgas internas. Entre 1948 y 1953 el pecado ya no era ser fascista, sino revisionista.

Así fue como, bajo el amparo del Ejército Rojo, se operó el cambio político al otro lado del “Telón de Acero”. Fueron necesarias la presencia militar de la URSS y la, hasta 1947, aquiescencia del mundo occidental. Sin embargo, la operación nunca hubiera llegado a ser tan perfecta sin el frentepopulismo y la “táctica del salchichón”. Gracias a estos dos elementos el comunismo construyó en estos países un edificio político que logró mantenerse durante cuarenta años en pleno corazón de Europa.

Bibliografía:

[1] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[2] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson – Barcelona – Debate – 2007.

[3] Postguerra. Una historia de Europa desde 1945; Tony Judt – Madrid – Taurus -2006.

[4] La Batalla de Budapest. Historia de la insurrección húngara de 1956; Ricardo M. Martín de la Guardia, Guillermo A. Pérez Sánchez, István Szilágyi – Madrid – Actas – 2006.

[5] ¡Tierra! ¡Tierra!; Sándor Márai – Barcelona – Salamandra – 2006.

Los Tratados de Roma vistos desde Moscú

 Artículo publicado por la web Club Lorem Ipsum el 8 de abril de 2007.


Han pasado 50 años de la firma de los Tratados de Roma; un periodo de tiempo en el que el proceso integrador ha ido consolidándose. Este se ha enfrentado a no pocas dificultades. Una de ellas, sin lugar a dudas de las más difíciles de superar, ha sido la oposición de la Unión Soviética. Sin embargo, desde hace pocos años contemplamos un fenómeno impensable hace décadas: Europa se extiende más allá de lo que fuera el “Telón de Acero”.

La incorporación en mayo de 2004 y enero de 2007 de los países excomunistas al proyecto europeo ha venido a cumplir uno de los grandes sueños de las personas que, tras la II Guerra Mundial, iniciaron su construcción. Éste ha sido el gran triunfo de miles de occidentales. Pero también el de tantos otros ciudadanos del Este que, con su oposición desde el interior al régimen comunista, o con su actividad desde el exilio, han permitido la caída del totalitarismo de izquierdas en Europa.

Desde sus inicios -Tratado de París, 1951- el proceso integrador era visto por los líderes soviéticos como una amenaza para el “statu quo” de posguerra.

Sin embargo, la oposición del Parlamento francés a la construcción de la Comunidad Europea de Defensa (1954) precipitó el fracaso de la misma. En un pacto extraño, gaullistas y comunistas -los primeros por miedo al rearme alemán y los segundos siguiendo órdenes del Partido Comunista de la Unión Soviética- echaron por tierra el que estaba llamado a ser el segundo gran paso de la nueva Europa.

Tras estos hechos el Kremlin bajó la guardia: el peligro paneuropeo parecía desvanecerse. Aún así, la consigna era clara: en caso de que el embrión de la Comunidad Europea del Carbón y del Acero se fortaleciera habría que descargar contra él toda la artillería propagandística comunista. Los Tratados de Roma (1957) vinieron a corroborar los temores de Moscú. Desde entonces se inició un pulso que, con mayor o menor virulencia, acabó a finales de los años ochenta.

Las sucesivas incorporaciones de la Europa del Este a la Unión Europea son reflejo de la lucha de dos mundos contra la maquinaria soviética: el oriental buscaba emanciparse, y el occidental consolidarse.

El porqué de la actitud hostil de la URSS es, a primera vista, evidente. Los protagonistas de la construcción europea siempre dejaron claro que esta quedaba abierta a todo el Continente. Por su parte, Moscú veía en esas declaraciones una amenaza a su “imperio” de Estados satélite. Además, en plena pugna con los otros vencedores de la II Guerra Mundial por el futuro germano, el Kremlin no podía permitir que la República Federal de Alemania fuera una de las protagonistas en la configuración de las Comunidades Europeas.

Esto no sólo suponía reconocer la división del pueblo alemán en dos Estados, sino que también venía a demostrar la viabilidad de la mitad occidental. La Unión Soviética siempre había sido partidaria de un solo país de carácter neutral y, en su defecto, una República Democrática que demostrase su superioridad sobre la otra parte. Lógico que, ante las perspectivas abiertas por los tratados de París y Roma, surgiera la alarma entre las élites comunistas.

Los ideólogos soviéticos respondieron al fortalecimiento del constructo europeo con dos documentos: uno en 1957, formado por 17 tesis, y otro en 1962, de 32 puntos. Ambos están magistralmente estudiados en La URSS contra las Comunidades Europeas, obra de Ricardo M. Martín de la Guardia y Guillermo A. Pérez Sánchez.

En este libro también se resalta la importancia de la efeméride que celebramos: clave para el despegue de Europa que tanto revuelo levantó al otro lado del “Telón de Acero”. En definitiva se trata de una investigación que, bajo la excusa de ofrecer una explicación a los postulados soviéticos, repasa casi cuarenta años de coexistencia entre los proyectos europeos y el bloque comunista.

La situación actual del panorama comunitario y continental viene a desmentir muchos de los argumentos esgrimidos en su momento –algunos, incluso, han llegado hasta nuestros días- por intelectuales prosoviéticos. Las Comunidades Europeas no constituían la última resistencia del capitalismo contra el inevitable triunfo del socialismo real; entre otras cosas porque era éste el que estaba condenado al fracaso. Y, por supuesto, tampoco constituía una organización militarista auspiciada por los EE.UU. con el fin de derrotar a la URSS; hoy no existe dicho Estado y, a pesar de todo, Europa sigue su andadura.

Bibliografía:

[1] La URSS contra las Comunidades Europeas: la percepción soviética del mercado común (1957-1962); Ricardo M. Martín de la Guardia, Guillermo A. Pérez Sánchez – Valladolid- Universidad – 2005.

[2] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[3] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson – Barcelona – Debate – 2007.

[4] Postguerra. Una historia de Europa desde 1945; Tony Judt – Madrid – Taurus -2006.

[5] La Unión Europea: guiones para su enseñanza; Antonio Calonge Velázquez (Coord.) – Comares – Granada – 2004.

[6] El proceso de integración comunitario en marcha: de la CECA a los Tratados de Roma; Guillermo A. Pérez Sánchez – Comares – Granada – 2007.

La otra herencia de la II Guerra Mundial

 Artículo publicado por la web Club Lorem Ipsum el 23 de marzo de 2007.


En un artículo anterior indicaba que el nuevo orden internacional surgido tras la II Guerra Mundial era, en buena medida, obra del nacionalsocialismo. La postguerra que planeó Hitler explica como en los propios postulados de dictador alemán se encontraba el germen del sistema de bloques que dio lugar a la llamada “Guerra Fría”.

Él pensaba que el III Reich sería el encargado de dirigir el Imperio del Este contra el poder anglosajón. Sin embargo, como bien sabemos hoy, el conflicto acabó por dejar en bandeja a la Unión Soviética esa posición de privilegio. Hitler fracasó en su intento de llevar a los alemanes hacia la primacía mundial, pero parte de sus pronósticos fueron acertados: el mundo quedó dividido tras el conflicto que sacudió el orbe entre 1939 y 1945.

Pues bien, en este nuevo artículo, en cierto modo continuación del que venimos comentado hasta ahora, trato de mostrar otro de los legados del austriaco: el proceso de integración europea. Esta afirmación, como es lógico, hay que matizarla para evitar que el lector se escandalice; a esa tarea dedicaré el resto del escrito.

La guerra provocada por el mundo nacionalsocialista fue uno de los factores indirectos que permitieron a los sueños de Coudenhove-Kalergi –autor de Paneuropa– hacerse realidad. En la mente de personajes como Robert Schuman, Konrad Adenauer o Jean Monet, estaba muy presente la idea de evitar una nueva guerra civil europea. Este miedo, lógicamente, surgía de la experiencia de dos conflagraciones en apenas treinta años.

Sin estas el ansia de paz hubiera sido imposible. Pues bien, no hemos de olvidar que la segunda de estas dos guerras fue obra, deseo y voluntad de Hitler. Los “padres” de Europa querían dejar atrás para siempre las rivalidades existentes dentro del Continente, esas que tanto habían azuzado el expansionismo alemán y el “revanchismo” francés. Pretendían crear un organismo supranacional basado en la colaboración de todos sus miembros desde una posición de igualdad.

Europa se edificó sobre cimientos de ilusiones y buenos deseos, pero también sobre el miedo a los nazis. Este, no lo olvidemos, fue un factor fundamental en la construcción del edificio europeo en sus primeros años.

No obstante, esta no fue la única aportación de Hitler al proyecto paneuropeo. La colaboración, especialmente de carácter económico, estaba esbozada en los planteamientos hitlerianos. El dictador austriaco tenía un proyecto de lo que debía ser, en el plano productivo y comercial, la Europa de postguerra. Y, como es lógico, la supresión de las aduanas y la planificación económica común estaban presentes en este plan.

Es más, esto no fue sólo una idea en la mente de los economistas del Reich; desde 1941 los nacionalsocialistas fueron ejecutando esa unión económica. Hitler se percató de que los europeos necesitaban colaborar para crecer, de que en las pugnas de las últimas décadas las necesidades económicas jugaban un importante papel.

De esta manera, los dirigentes alemanes fueron configurando esa estructura productiva y comercial en los territorios ocupados. Su éxito, todo hay que decirlo aunque este mal visto, fue notable: la maquinaria de guerra del III Reich se mantuvo más tiempo del previsto gracias a ese modelo económico.

El plan Schuman de 1950 presentaba al mundo un proyecto bastante reducido, pero ambicioso en sus aspiraciones. La CECA (Comunidad Europea del Carbón y del Acero) trataba de solucionar un problema del que Europa comenzaba a ser consciente: el futuro pasaba por la colaboración. Sin ella la paz no sería nunca un valor seguro, y las economías salidas de la guerra no podrían crecer.

Tras las reuniones y discursos que configuraron la primera Comunidad Europea asomaban algunos fantasmas, uno era el de Adolf Hitler. Él provocó la II Guerra Mundial y el miedo a una nueva conflagración europea; él pensó y puso en práctica primero los planes de colaboración económica. La paradoja es que, en la década que siguió a la derrota del nacionalsocialismo, la recuperación económica tenía que fundamentarse en las bases de colaboración europea impuestas por el III Reich a la Europa ocupada.

En cierto modo eso fue lo que hizo la URSS en el centro y este del continente, donde mantuvo la planificación económica de bloque al servicio de Moscú en lugar de Berlín. A esa conclusión también había llegado Jean Monet al presentar su famoso plan para Francia en 1947.

La construcción europea, aunque suene muy mal, era deudora de Hitler en aquellos primeros años. Muchos fueron los factores que condicionaron su formación; el austriaco fue uno de ellos. No obstante, la idea y puesta en práctica del proyecto hitleriano se diferencia en un aspecto fundamental de las incipientes Comunidades Europeas de los años cincuenta. Los alemanes entendían la colaboración entre Estados como una jerarquía: todos debían servir al astro rey, el Reich germano de los mil años. Por su parte, los “padres” de Europa postulaban la igualdad de todas las naciones que integrarían la comunidad. No existirían siervos ni señores; se trataría de una colaboración de todos en favor de todos.

De esta manera, las naciones occidentales del Viejo Mundo comenzaron la postguerra sometidas a dos grandes potencias. En cierto modo Hitler tenía razón cuando, consciente de su derrota, consideró que con él Europa había perdido su “última oportunidad”. Creía profundamente que sólo él y su Reich podrían salvarla de la amenaza bolchevique y anglosajona.

Al fin y al cabo, el final de la II Guerra Mundial vino a confirmar el declive del Continente y su dependencia con respecto a los enemigos de Hitler. Sin embargo, los europeos ya habían tomado su decisión: preferían llevar su propio camino –por muy humillante que fuera- antes que someterse a los mandatos de un megalómano. Ahora que celebramos los cincuenta años después de los Tratados de Roma (25 de marzo de 1957) da la sensación de que la elección fue correcta.

Bibliografía:

[1] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[2] Postguerra. Una historia de Europa desde 1945; Tony Judt – Madrid – Taurus -2006.

[3] La Unión Europea: guiones para su enseñanza; Antonio Calonge Velázquez (Coord.) – Comares – Granada – 2004.

[4] El proceso de integración comunitario en marcha: de la CECA a los Tratados de Roma; Guillermo A. Pérez Sánchez – Comares – Granada – 2007.

[5] Anotaciones sobre Hitler; Sebastian Haffner – Galaxia Gutenberg – Barcelona – 2002.

[6] El mundo de ayer. Memorias de un europeo; Stefan Zweig – Barcelona – El Acantilado – 2002.

La postguerra que planeó Hitler

Artículo publicado por la web Club Lorem Ipsum el 15 de marzo de 2007.


En mayo de 1945 finalizaba la II Guerra Mundial en su ámbito europeo. Tras casi seis años de duro conflicto el Viejo Continente se encontraba devastado, y las otrora poderosas naciones exhaustas.

En ese tiempo el mundo había cambiado mucho: llegaba la hora de las superpotencias, y con ellas el declinar de imperios como el británico o el francés. Norteamericanos y soviéticos ocupaban Europa con el apoyo de sus frágiles aliados.

Sin embargo, esa gran coalición contra el nacionalsocialismo, fraguada en las diversas conferencias interaliadas –Moscú, Teherán, Yalta y Potsdam-, no tardaría en quebrarse. Los gestos de “amistad” entre Stalin, Churchill y Roosevelt fueron sustituidos por duros reproches y discursos acusatorios como el de Sir Winston en la universidad de Fulton (Missouri), el de Harry Truman ante el Congreso de los EE.UU., o el de Jdanov en el seno de la Kominform.

Después de la ruptura de la Gran Alianza, Europa y el orbe tendrían que someterse a uno de los dos bloques; daba comienzo así la Guerra Fría. El mundo anglosajón, capitaneado por los EE.UU., se enfrentaba al desafío de la revolución mundial promovida desde 1917 por los bolcheviques rusos. Se trataba de un nuevo conflicto mundial entre los vencedores de la guerra.

No obstante, la cuestión que nos ocupa aquí no es trazar el recorrido histórico –de ahí que nos centremos únicamente en sus inicios- de ese ciclópeo pulso. El objetivo de este artículo es demostrar que no fueron los políticos eslavos y anglosajones los que idearon el sistema de bloques. La postguerra la planeó un austriaco.

La organización del orbe en torno a dos grandes potencias surgidas tras la guerra era una idea que se encontraba en los planes de Adolf Hitler.

El líder nacionalsocialista pronosticaba en Mein Kampf un enfrentamiento entre el mundo germánico y el blochevique. De él tenía que surgir un Reich más fuerte capaz de dirigir a la Europa centro-oriental en su enfrentamiento contra el otro gran gigante: los EE.UU. La II Guerra Mundial era el medio que los nazis tenían para alcanzar ese objetivo: Hitler la necesitaba, por eso la provocó. El de 1939 fue un conflicto nacionalsocialista; tuvo, al contrario que en 1914, un único responsable.

El desarrollo de las operaciones militares acabó por desengañar a Hitler. En el enfrentamiento entre alemanes y bolcheviques fueron estos últimos los que lograron la victoria. No sería el III Reich el que protagonizaría el gran enfrentamiento de la postguerra, sino la URSS El imperio que pretendía utilizar el megalómano austriaco para derrotar al mundo anglosajón (Europa centro-oriental y la Rusia asiática) pasó a estar -también Alemania- en manos de Stalin. Muy pronto supo Hitler que la derrota era segura. Así se explican muchas de sus acciones desde 1943, incluida la declaración de guerra –prematura según su plan original- a los EE.UU.

El mundo surgido tras la II Guerra Mundial era, en cierto modo, hijo del nacionalsocialismo. Hitler forzó las estructuras del sistema de Versalles para alcanzar sus objetivos, pero lo que consiguió fue poner en manos de Stalin un gran imperio en el corazón de Europa.

Aún así, con independencia de su triunfo o derrota, el III Reich fue el que encendió la mecha de ese gran cambio. Los nazis empezaron la guerra que transformaría el mundo en tan sólo seis años. Es más, el resultado fue, en cierto modo, el que esperaban: del conflicto germano-soviético surgió un gigante, un poderoso imperio. Cierto es que Hitler esperaba que ese coloso fuese Alemania, pero el resultado, con independencia de los protagonistas, fue el mismo.

El mundo polar –dividido en dos bloques- fue idea del austriaco, y la guerra que lo formó también fue obra suya. Su derrota, el fin del Reich de los mil años, dejó en bandeja a su gran enemigo el destino que creía reservado para él. Los bolcheviques fueron los encargados de poner en marcha el “Imperio del Este”, pero de una manera más propia del ámbito panruso.

Efectivamente, la mentalidad alemana poco tenía que ver con la del extenso país oriental. Stalin no era partidario de un enfrentamiento directo con Occidente, simplemente pretendía asentar su dominio sobre los territorios adquiridos y los demás Estados satélite.

Durante los cuarenta años en que se mantuvo vigente el sistema de bloques, los EE.UU. y la URSS no protagonizaron ningún enfrentamiento militar directo. Los dirigentes de ambas potencias siempre fueron conscientes de las catástrofes que una lucha entre ambas hubiera provocado: se temían y respetaban a pesar de su enemistad. Cabe plantearse si los nacionalsocialistas hubieran actuado igual en el caso de vencer al enemigo eslavo en la II Guerra Mundial.

Sin duda, todo habría sido muy distinto; entre otras cosas porque el III Reich ya se había mostrado hostil al mundo anglosajón antes de invadir la Unión Soviética en 1940. Stalin inició la postguerra como aliado de EE.UU. y Gran Bretaña, mientras que Hitler la hubiera comenzado como enemigo. Es más, los planes del austriaco no contemplaban una coexistencia relativamente pacífica entre ambos bloques.

En la cabeza del líder nazi sólo cabía la opción de un choque inevitable, y deseado, entre los dueños de mundo por el control total del mismo.

Bibliografía:

[1] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[2] Postguerra. Una historia de Europa desde 1945; Tony Judt – Madrid – Taurus -2006.

[3] Anotaciones sobre Hitler; Sebastian Haffner – Galaxia Gutenberg – Barcelona – 2002.

[4] El mundo de ayer. Memorias de un europeo; Stefan Zweig – Barcelona – El Acantilado – 2002.