La Conferencia de Berlín (1884-1885)


La lucha por el dominio de África –el “reparto de África”, como se lo denomina habitualmente- dio origen a la Conferencia de Berlín, convocada por el canciller alemán Bismarck y celebrada el 15 de noviembre de 1884 y el 26 de febrero de 1885.

Su objetivo era establecer “un espíritu de entendimiento mutuo” y un marco de actuación adecuado, tanto para los países interesados en la actuación africana como para el desarrollo moral y material de las comunidades autóctonas. Un objetivo también fundamental de aquella reunión fue fijar una serie de normas que racionalizaran –al menos en teoría- las nuevas actuaciones que habían de completar la ocupación del continente.

A ella asistieron las potencias europeas, y también el Imperio Otomano y los Estados Unidos. Los acuerdos adoptados para regular la presencia occidental en el continente africano, evidentemente dejaban fuera de esa regulación lo ya realizado, limitándose a establecer unas mínimas reglas del juego.

En sus conclusiones se contemplaban aspectos como la libertad de comercio en muy determinadas zonas, la neutralidad de ciertos territorios, la trata de esclavos o la regulación de navegación fluvial. Con todo, los resultados de la Conferencia no se pueden calificar precisamente de positivos.

Uno de sus principios –el de la ocupación efectiva como base del derecho colonial- impulsó a las potencias a una loca carrera, que aceleró el reparto de África de forma incontrolada y arbitraria. Además, en los acuerdos primaban por encima de cualquier otra consideración los intereses occidentales, que no contemplaban en ningún momento a los pueblos y culturas africanas.

No obstante, como consecuencia del ambiente creado por la Conferencia, se establecieron una serie de tratados mediante los cuales se superaba las diferencias surgidas entre las potencias.

Ni la Conferencia de Berlín, ni otros acuerdos internacionales posteriores evitaron que el ambiente se fuera enrareciendo, hasta llegar a convertirse en uno de los factores determinantes del estallido de la I Guerra Mundial.

¿Cómo se define el imperialismo en el siglo XIX?


[ORIGEN] DEL TÉRMINO IMPERIALISMO

Para la mejor comprensión de este fenómeno, es preciso considerar brevemente el momento histórico de aparición del término “imperialismo”.

La tradición milenaria de “imperio” se ve ampliada a mediados del siglo XIX con nuevas dimensiones. Su primera asociación terminológica se da en Francia con los partidarios del “bonapartismo”; un régimen imperial que se reanuda con el Segundo Imperio de Napoleón III.

Las connotaciones se extienden posteriormente a los defensores del viejo imperio alemán.

La versión más precisa se produce en Gran Bretaña, hacia 1850, donde el imperialismo designa al régimen de Luis Napoleón, fundado en la “gloria nacional” y el prestigio militar.

Pasados veinte años empieza a aplicarse en la propia Gran Bretaña para señalar sus lazos con el imperio de que es titular: William Gladstone, desde el liberalismo, se opone a la política colonial de Disraeli y la descalifica como “imperialista”.

El significado del término evoluciona entre los propios liberales británicos –Salisbury y Chamberlain- y adquiere connotaciones más complejas, entendiendo que el imperio es un marco de difusión de valores superiores ligada a un humanismo genérico que lo convierte en una cosa admirable.

[VÍDEO] SOBRE LA TEMÁTICA

[INFORMACIÓN] PARA AMPLIAR

El fenómeno colonizador -es decir, el asentamiento de población en un territorio para controlar su política, economía y cultura- no es exclusivo del siglo XIX, sino que se ha dado a lo largo de prácticamente toda la historia de la humanidad. Sin embargo, durante la segunda mitad de esa centuria, este proceso adquirió una nueva dimensión -un nuevo significado- que nos permite hablar de Imperialismo como un concepto distinto a colonialismo. Este vendría definido por una intensificación del control de los países occidentales sobre el resto del mundo.

Precisamente, la primera característica que hay que destacar del imperialismo es que afectó a un cuarto del territorio mundial. Y, de manera especial, a los continentes de África y Asia, donde hasta el momento la presencia de las potencias europeas había sido muy reducida. A esto se ha de añadir la existencia de dos países iniciadores del proceso, Gran Bretaña y Francia, a los que posteriormente se unieron otros, como fue el caso de Alemania, Rusia, los Países Bajos, Bélgica e Italia entre otros. También es preciso señalar la participación en el proceso de dos potencias no europeas, los Estados Unidos y Japón. Por último, la administración de las colonias presento diversas formas en función de los países a los que nos refiramos. De esta manera, se puede hablar de colonias de poblamiento, bases estratégicas, protectorados, mandatos, etc.

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El origen del término «Imperialismo»


Para la mejor comprensión de este fenómeno, es preciso considerar brevemente el momento histórico de aparición del término “imperialismo”.

La tradición milenaria de “imperio” se ve ampliada a mediados del siglo XIX con nuevas dimensiones. Su primera asociación terminológica se da en Francia con los partidarios del “bonapartismo”; un régimen imperial que se reanuda con el Segundo Imperio de Napoleón III.

Las connotaciones se extienden posteriormente a los defensores del viejo imperio alemán.

La versión más precisa se produce en Gran Bretaña, hacia 1850, donde el imperialismo designa al régimen de Luis Napoleón, fundado en la “gloria nacional” y el prestigio militar.

Pasados veinte años empieza a aplicarse en la propia Gran Bretaña para señalar sus lazos con el imperio de que es titular: William Gladstone, desde el liberalismo, se opone a la política colonial de Disraeli y la descalifica como “imperialista”.

El significado del término evoluciona entre los propios liberales británicos –Salisbury y Chamberlain- y adquiere connotaciones más complejas, entendiendo que el imperio es un marco de difusión de valores superiores ligada a un humanismo genérico que lo convierte en una cosa admirable.

La unificación alemana


Alemania antes de la unificación

El antiguo I Reich i Imperio alemán, después de 1815 quedó reconstruido en una Confederación Germánica formada por 39 Estados independientes, de entre los cuales Prusia era el más poderoso.

Las bases de la unificación de sentaron en el segundo tercio del siglo XIX, precisamente en torno al reino de Prusia.

Hasta 1848 el panorama del nacionalismo alemán giraba en torno a tres grupos opuestos de Prusia y Austria:

  • El movimiento de la “Joven Alemania”, más literario que político, contaba con apoyo entre la burguesía liberal. Su influencia era limitada, y políticamente eran nacionalistas liberales o republicanos demócratas.
  • La llamada izquierda hegeliana, de tendencia liberal y crítica que dará lugar a la introducción de las ideas socialistas en Alemania durante la década de 1840. Especial mención merece al respecto la obra de Marx y Engels: El manifiesto comunista (1848). Después del fracaso de la revolución de 1848 seguirán defendiendo su ideal de una Gran Alemania unificada a través de la voluntad popular.
  • El liberalismo burgués, cuyo programa se basaba en la demanda de reformas que garantizasen su participación a través de cartas constitucionales. Tras el fracaso de las revoluciones de 1848 este grupo renovó sus aspiraciones unitarias dándoles un carácter conservador y propugnando el liderazgo de Prusia.

El hecho de crucial importancia en la unificación alemana fue la culminación en 1834, bajo la iniciativa del reino de Prusia, de la Zollverein o Unión Aduanera, que englobaba a 25 Estados alemanes.

La Unión Aduanera impulsó los intercambios comerciales al crear un mercado unificado de 26 millones de alemanes.

Promovió, a su vez, la mejora de la red de transportes y especialmente de los ferrocarriles, aspecto fundamental para la gran expansión económica de la segunda mitad de siglo. Además, ayudó decisivamente al proceso de unificación al afirmar la hegemonía de Prusia gracias a su superioridad económica, y a disminuir la influencia de Austria.

A partir de ese momento se definieron las posturas sobre la unificación, que giraban en torno a dos posiciones:

  • Los defensores de la Gran Alemania (Reformverein), que pretendían incluir en la futura unificación del Reich a todo el Imperio Austríaco.
  • Los partidarios de la Pequeña Alemania (Nationalverein), que deseaban integrar únicamente las regiones alemanas del Imperio Austríaco.

Esta última solución no era posible, al negarse Viena a romper los lazos entre los Estados del Imperio. Así como por el miedo a un enfrentamiento por la supremacía entre el rey de Prusia y el Emperador de Austria. Por esa razón, en la década de los sesenta, la política de Prusia se orientó hacia el aislamiento de Austria. De ahí su interés en evitar su entrada en el Zollverein.

En 1862 Otto von Bismarck accedió a la cancillería de Prusia. Bismarck, descendiente de la aristocracia terrateniente prusiana (junkers), era un monárquico conservador que despreciaba el liberalismo y el constitucionalismo.

Su política iba dirigida al engrandecimiento de Prusia y su idea de la nación alemana, indiferente para él, representaba sólo el modo de asegurar la preponderancia prusiana. Con su política de afirmación de la hegemonía de Prusia en Alemania se inició, a través de una serie de guerras, el proceso de unificación.

La crisis de los ducados daneses en 1864.

La muerte de Federico VII de Dinamarca motivó esta crisis ya que los ducados de Schleswig y Holstein –administrados por Dinamarca desde 1852- se negaron a reconocer al nuevo rey. Austria y Prusia decidieron declarar la guerra a Dinamarca y, tras la derrota del ejército danés, hacerse cargo conjuntamente de dichos ducados.

En 1865, por el Tratado de Gastein, Holstein quedaba bajo la administración de Austria y Schleswig de Prusia.

La guerra austro-prusiana de 1866.

El clima de tensión entre Austria y Prusia desembocó en la guerra. Esta última, tras firmar acuerdos con Italia y Francia, decidió invadir Holstein lo que provocó la guerra. El ejército austríaco fue derrotado en Sadowa y Austria tuvo que firmar la Paz de Praga por la que aceptaba la incorporación de Holstein a Prusia.

Se despejaba así el camino para la creación de la Confederación Alemana del Norte (1867). Al mismo tiempo, Bismarck firmaba tratados comerciales y militares con los Estados del sur. Napoleón III consideró que este proceso podía llevar a la hegemonía prusiana en el continente, lo cual empeoró las relaciones entre ambos.

La guerra franco-prusiana y la fundación del II Reich.

El tenso clima entre Francia y Prusia estalló como resultado de la candidatura de Leopoldo de Hohenzollern al trono español (febrero de 1870). Napoleón III rechazó esta posibilidad y las negociaciones entre su embajador y el rey de Prusia en Ems no hicieron sino complicar más las cosas.

En julio estallaba la guerra: a las derrotas de Sedán y Metz siguió la capitulación de París en enero de 1871.

El fervor nacionalista de la victoria fue suficiente para justificar la proclamación del II Reich en Versalles, al que se integraron los Estados alemanes del sur. Este nacía como Estado federal, bajo la presidencia del rey de Prusia, Guillermo I, que se convirtió en Emperador. Además, como consecuencia del enfrentamiento bélico, el nuevo Reich se hacía, a costa de Francia, con los territorios de Alsacia y Lorena.

Imperialismo: auge del predominio europeo


Como ocurre con frecuencia en la historia, para llegar a comprender en su totalidad un fenómeno planteado y desarrollado en un momento concreto, hay que dar marcha atrás en el tiempo y buscar las claves que lo han propiciado e impulsado. Esto ocurre, sin duda, en el proceso de expansión europea que se pone en marcha en torno a 1880.

En este caso, esa marcha atrás nos sitúa en el inicio de los años setenta, en ese momentos histórico que marca el comienzo de una nueva época para el mundo occidental.

En líneas generales, cabe afirmar que entre esa fecha (1870-1871) y el comienzo de la I Guerra Mundial (1914-1918), el continente europeo alcanzó su máxima plenitud en todos los sentidos: triunfo del liberalismo, reconocimiento de los derechos sociales, proceso de industrialización, desarrollo científico y técnico…

La expansión colonial durante la primera mitad del siglo XIX

En un principio la expansión colonial estuvo muy ligada al gusto por la aventura propio del romanticismo. Fue esa una época de claro protagonismo británico y, en menor medida francés. Sin embargo, ese no era todavía el momento del gran imperialismo, sino el de sentar las bases para el gran desarrollo del último tercio del siglo.

A partir de la década de 1870, y especialmente en la de 1880, las potencias europeas, los EE.UU. y Japón, se repartieron los territorios del mundo.

Únicamente los territorios de América Latina, que habían sido colonizados en los siglos XV y XVI, y emancipados a comienzos del XIX, quedaron al margen de este proceso.

Teorías sobre el imperialismo

En términos generales, las corrientes de análisis sobre el fenómeno imperialista pueden agruparse en torno a cuatro variables.

La primera de ellas hace hincapié en la proliferación de las políticas de prestigio impulsadas por el auge del nacionalismo.

Desde la perspectiva económica se explica el imperialismo como consecuencia de la crisis de 1873, surgida a raíz de la saturación de los mercados. Ante esta situación, las potencias comerciales comenzaron a buscar nuevos espacios para sus economías. No obstante, la objeción que comúnmente se ha lanzado contra esta teoría es que la ocupación de territorios coloniales no siempre rentable.

Las otras dos teorías sobre el fenómeno imperialista se basan en la demografía –la necesidad de dar salida a la superpoblación de la metrópoli- y en la ideología racista que sostenía la superioridad del hombre blanco y su responsabilidad en la instrucción de las restantes culturas y razas.

Tipología de la colonización

Atendiendo a la ocupación del territorio, el gobierno del mismo y la explotación económica, podemos distinguir los siguiente tipos de colonización:
  • Colonia; territorio en el que se implanta un gobierno y una administración de la metrópoli; sometiéndose de esta manera totalmente la población nativa a estos nuevos organismos.
  • Bases económicas; lugares sobre los que se establece un control económico, pero no político.
  • Colonia de poblamiento; relativo al traslado de grandes contingentes humanos desde la metrópoli a los territorios coloniales a causa de la superpoblación del país colonizador.
  • Bases de carácter estratégico, generalmente pequeños enclaves destinados al mantenimiento de una guarnición militar; bien por razones estratégicas o comerciales.
  • Protectorado; territorio en el que, a pesar de la existencia de una estructura política y cultural de origen antiguo, se asientan tropas de las grandes potencias con el fin de prestar ayuda a esos regímenes. Esto supone por tanto el control militar y explotación económica de ese territorio.

La Conferencia de Berlín (1884-1885)

A medidos de siglo XIX los europeos, que hasta ese momento se habían contentado con el control de enclaves costeros, comenzaron a ocupar el interior del continente africano. Para ello utilizaron, como vías de penetración, los grandes ríos: los belgas el Congo, los franceses el Senegal, y los ingleses el Níger.

Mientras esto sucedía en el África central, el norte del continente también empezó a cobrar una enorme relevancia para las grandes potencias. Así, rivalidades en torno a las cuestiones de Argelia, Túnez, y el canal de Suéz, pasaron a un primer plano en las relaciones internacionales de la época.

Este proceso de ocupación de África dio lugar a la Conferencia de Berlín, que, bajo el patrocinio de Bismarck, trataba de dar respuesta a los roces surgidos entre las naciones europeas.

De esta manera, entre noviembre de 1884 y febrero de 1885, los europeos se repartieron África. Bajo la bandera del entendimiento mutuo, las potencias fijaron las zonas de influencia y las normas de las nuevas actuaciones en aquel continente.

El II Reich antes de la I Guerra Mundial

La victoria de Prusia sobre Austria en la década de 1860, así como la consolidación de una Alemania bajo el influjo prusiano, hicieron posible la unificación de los territorios alemanes. Sin embargo, la nueva Alemania presentaba una enorme heterogeneidad, que, al fin y al cabo, resultaba problemática para el proyecto unificador.

A partir de 1870, bajo la batuta de Prusia, los alemanes iniciaron un largo camino que los habría de llevar del federalismo a la unidad.

En primer lugar, se procedió a desterrar toda posible referencia a una alianza de monarquías constitucionales, potenciándose la monarquía constitucional imperial, cuyo principal organismo representativo era el Reichtag.

En cierto modo, en este proceso homogenizador, se tendió a la prusianización del Imperio. Esto se plasmó rápidamente en un claro autoritarismo, centrado en la figura del canciller, en un cierto conservadurismo, y en la preponderancia de la burocracia prusiana.

El auge económico finisecular

El primer factor que facilitó el gran desarrollo de la economía alemana fue la formación de un importante mercado nacional, cuyas bases fueron: el Zollverein, el desarrollo de la red ferroviaria y otras medidas unitarias, como el Derecho Comercial, las tasas, y los pesos y medidas.

Otro elemento fundamental fue el desarrollo de los instrumentos básicos de unidad monetaria y financiera, plasmados en la creación de una moneda única (el marco), y la conversión del Real Banco de Prusia en el Banco del Imperio.

Vistos estos factores, podemos estructurar la evolución económica alemana en dos fases: el boom de 1871-1873 y la época proteccionista.

En el primero de estos periodos, la economía de Alemania se vió favorecida tanto por la victoria militar sobre Francia como por una coyuntura económica favorable. La crisis financiera puso fin a esta fase de crecimiento, dando paso a unos años de paralización económica.

Durante el segundo de estos periodos se confió, para salir de la crisis y evitar fenómenos similares en el futuro, en una política proteccionista. De esta manera, Alemania logró retomar el camino del progreso económico, si bien no con tanto éxito como en la etapa anterior a la crisis.

La política del canciller Bismarck

En lo que se refiere a política interior, la actuación del canciller Bismarck se puede englobar en torno al plan del Kulturkampf, que trataba de eliminar cualquier peligro en el interior de Alemania.

En consecuencia, tanto grupos católicos como socialdemócratas fueron considerados como sospechosos por parte del gobierno.

Con respecto al catolicismo se produjo una separación radical entre Iglesia y Estado, lo que suponía el control estatal de la enseñanza y del clero por parte del gobierno. No obstante, a finales de la década de 1870, ante la envergadura que tomaba el conflicto, el canciller dio marcha atrás en esta política.

En lo referente a la socialdemocracia, Bismarck toleró su actividad política, pero prohibiendo su propaganda, publicaciones y mítines. Al igual que con los católicos, la Kulturkampf también fracasó en este caso; es más, los socialdemócratas salieron fortalecidos de su choque con la cancillería.

En lo referente a la política social, a pesar de su enemistad con los socialdemócratas, Bismarck dio pasos importantes al instaurar un seguro de vejez, de enfermedad y de accidentes. Sin embargo, tampoco hay que ocultar las carencias de su programa, especialmente en lo que se refirió a los derechos de la mujer y de los niños.

La política exterior de Bismarck se caracterizó por la búsqueda, pacífica y sutil con las grandes potencias, de un espacio colonial propio para Alemania.

La política de Alemania después de Bismarck

Tras la dimisión del canciller Bismarck (1890) a causa de sus malas relaciones con el nuevo káiser Guillermo II, se produjeron cambios sustanciales en la política internacional alemana.

En política exterior, se puso fin a la citada sutileza diplomática alemana; a nivel interior, el canciller perdió poder en favor del káiser.

Esta época Alemania experimentó un importante crecimiento económico, que la llevaría a convertirse junto a EE.UU. y Gran Bretaña en la gran potencia comercial. No obstante, unida al crecimiento económico, se produjo una escalada belicista basada en el rearme y el endurecimiento de la política internacional.

Toda esta tendencia provocó el rechazo de buena parte de los grupos políticos alemanes. Sin embargo, el camino estaba ya tomado: Alemania entró en la guerra en un momento de auge económico pero con numerosos problemas internos pendientes.

Los siete pecados capitales del Imperio Alemán en la Primera Guerra Mundial


A lo largo de siete artículos he tratado de resumir Los siete pecados del Imperio Alemán en la Primera Guerra Mundial. Esta obra de Sebastian Haffner relata, en siete capítulos, los principales errores de los germanos en ese conflicto. Se pueden consultar el resto de “pecados” en los siguientes enlaces:

Primer pecado: El alejamiento de Bismarck
Segundo pecado: el Plan Schlieffen
Tercer pecado: Bélgica y Polonia o la huída de la realidad
Cuarto pecado: la guerra submarina sin cuartel
Quinto pecado: el juego de la revolución mundial y la bolchevización de Rusia
Sexto pecado: Brest-Litovsk o la última oportunidad desaprovechada
Séptimo pecado: la verdadera puñalada