Planteamiento general del mundo de posguerra (1945-1990)


Al término de la II Guerra Mundial, el mundo se dividió en dos bloques enfrentados: el comunista, dirigido por la Unión Soviética, y el capitalista, liderado por los EE.UU. Se trataba de un enfrentamiento entre las dos grandes cosmovisiones del momento que, además, estaban avaladas por las dos superpotencias.

A su vez, ambos bloques crearon estructuras militares -el Pacto de Varsovia en el caso soviético y la OTAN en el occidental- con el fin de garantizar su seguridad y mantener en vilo al adversario mediante la constante amenaza. La rivalidad entre las cosmovisiones y las propias superpotencias es el mejor reflejo de lo que se ha llamado “mundo bipolar”.

Sin embargo, no se dieron enfrentamientos directos entre los EE.UU. y la Unión Soviética, sino que la pugna se localizó en terceros países: Corea, Cuba, Vietnam o Afganistán entre otros.

La reconstrucción política: un mundo bipolar

La reconstrucción política del mundo fue el resultado de las decisiones tomadas por los dirigentes de los países aliados en una serie de grandes conferencias: Teherán (noviembre de 1943), Yalta (febrero de 1945) y Potsdam (julio de 1945).

Las dos ultimas fueron las más importantes, porque en ellas se decidió la ocupación y partición de Alemania, su desmilitarización, así como la “desnazificación”, basada en la defensa de los principios democráticos.

Precisamente en estas conferencias surgieron las primeras divergencias respecto a la reconstrucción de la Europa de posguerra, los regímenes políticos a instaurar y las nuevas fronteras. Estados Unidos era, desde el final de la I Guerra Mundial, el líder del mundo capitalista.

La URSS era, en ese momento, el único representante del mundo socialista, que veía en la victoria bélica una oportunidad sin precedentes para extender su área de influencia.

La disparidad entre ambas superpotencias, aparecida al acabar la contienda, dio paso a la configuración de dos bloques opuestos, que coexistieron durante casi cincuenta años. La caída de los regímenes comunistas a finales de la década de los ochenta y principios de los noventa puso fin a la política de bloques, dando comienzo a un periodo de indiscutible liderazgo político, económico y militar de los EE.UU.

La reconstrucción económica tras la II Guerra Mundial

Los dos bloques se reconstruyeron económicamente tras el desastre bélico. Los países capitalistas experimentaron un importante desarrollo bajo la creciente influencia de los EE.UU., que penetró en Europa de la mano del Plan Marshall.

Poco después se inició la integración económica europea con la creación del Mercado Común (1957), que dio lugar a la Unión Europea en 1992.

La reconstrucción económica del bloque comunista sea realizó bajo la tutela de la URSS y el organismo creado a tal fin: el COMECON.

El proceso descolonizador

La descolonización es uno de los grandes hechos históricos del siglo XX. Veinte años después de la II Guerra Mundial, los antiguos imperios coloniales habían desaparecido.

En sus vastas posesiones surgieron nuevos países, que constituyen hoy la mayor parte del territorio y de la población mundial. Los nuevos estados fueron captados por uno u otro bloque, aunque algunos pasaron a formar parte de los países no alineados.

Antes de la II Guerra Mundial, ya habían hecho acto de presencia una serie de fenómenos que permitían augurar un rápido desarrollo del proceso de descolonización:

  • La aparición de movimientos nacionalistas en algunas colonias.
  • La influencia de la Revolución Rusa, con su defensa de la autodeterminación de los pueblos y su crítica de la explotación económica colonial.
  • El aumento de las protestas contra los colonizadores, duramente reprimidas.
  • El influjo que ejerció en las colonias la aparición de nuevas naciones europeas después de la Gran Guerra (1914-1918).

Sin embargo, los factores inmediatos de la descolonización fueron básicamente tres: la debilidad de las metrópolis, el apoyo internacional a los movimientos de liberación, y la fuerza creciente de estos en sus propios países.

El nacimiento de las Naciones Unidas

El mundo de posguerra fue testigo también del nacimiento de la Organización de las Naciones Unidas (ONU). El embrión de este organismo surgió en la Conferencia de Yalta (febrero de 1945), para acabar de tomar forma en San Francisco (abril de 1945).

Esta organización internacional surgía con la finalidad de evitar los conflictos bélicos por la vía del diálogo, así como para la promoción de los derechos humanos en todo el planeta.

De hecho, en 1948 la Asamblea General de la ONU aprobó la Declaración de los Derechos Humanos. Dentro del entramado institucional de la ONU cabe destacar la Asamblea General, el Consejo de Seguridad, la Secretaría General y el Consejo Económico y Social.

Interpretaciones sobre la Revolución Soviética


La escuela liberal.

En opinión de estos investigadores no hemos de calificar los sucesos de octubre como revolucionarios, sino como golpe de Estado llevado a cabo por una minoría de fanáticos que no contaba con el apoyo popular. Según la escuela liberal, la verdadera revolución fue la de febrero. Esta si gozó del respaldo de la población rusa.

Los defensores de esta teoría hacen especial hincapié en señalar que, durante las décadas anteriores a la Gran Guerra, la nación rusa había experimentado un importante proceso de modernización que le acercó a las grandes potencias económicas del momento. Sin embargo, el estallido del conflicto sumió a Rusia en el caos, que fue aprovechado por los bolcheviques para hacerse con el poder. Sólo estas circunstancias hicieron posible la que en el antiguo imperio de los zares se instaurara un Estado socialista caracterizado por la represión política, la colectivización de los medios de producción, y el culto a la personalidad del líder.

La escuela oficial.

La interpretación de los hechos realizada por los defensores del régimen soviético dista mucho de la explicada anteriormente. Según estos la revolución de octubre fue el culmen de un proceso de liberación inevitable que, además, contó con el apoyo de las masas populares rusas. Por lo tanto, no se trataría de un golpe de Estado, como afirmaba la teoría liberal, sino de un cambio de poder legítimo.

Los teóricos de esa escuela afirman que, el poder surgido en octubre, convirtió la antigua Rusia imperialista y opresora en la unión y hermandad de las repúblicas soviéticas creadas tras el triunfo bolchevique. Estas, como organizaciones políticas de la clase obrera, fueron las encargadas de vencer a los enemigos del proletariado y construir una sociedad sin clases y, por tanto, sin lucha entre los distintos estratos de la misma. En este proceso jugó un papel fundamental el Partido Comunista, que, a modo de catalizador, fue el encargado organizar todas las tareas dentro de esta unión de repúblicas.

Aunque se reconoce que en todo este proceso pudieron existir desviaciones -véase el caso estalinista-, estas no restarían legitimidad a los sucesos de octubre, que de por sí se consideran puros y acordes a la teoría comunista. Con el fin de resaltar la independencia de la revolución con respecto a las posibles desviaciones, surgió una corriente de pensamiento tendente a mitificar los hechos de 1917.

La escuela independiente.

Por su parte, situada a medio camino entre las dos anteriores, y sin ningún aparente interés político tras sus investigaciones, encontramos la interpretación de la que podríamos denominar “escuela independiente”. Esta defiende que la revolución de octubre fue un movimiento de masas, al frente del cual había un pequeño grupo bien organizado: los bolcheviques. Se trató, pues, de la convergencia entre dos fuerzas:

– Una revolución de tipo social, dentro de la que podemos distinguir cuatro grupos: movimientos de protesta de los campesinos, movimientos de protesta de los obreros, proceso de descomposición del ejército ruso, y movimiento de las nacionalidades.

– Un golpe de Estado; planeado por los bolcheviques, que sacaron provecho del descontento de social existente en Rusia para atraerse a las masas populares.

Buscando los posibles puentes de unión con el descontento popular, los bolcheviques fueron atrayendo hacia sí a campesinos, obreros, militares y nacionalistas. Estos dos movimientos convergentes fueron destruyendo, poco a poco, toda forma de autoridad existente en Rusia hasta dar el paso definitivo en octubre de 1917; ahí esa unión de intereses se hizo más patente: era el momento propicio.

Se trataron de dos movimientos, uno revolucionario y otro golpista, que coincidieron en sus intereses a finales de 1917. Sin embargo, la diferencia entre ambos se hizo patente al finalizar ese periodo de casual afinidad. Después estuvieron separados durante décadas.

Bibliografía:

[1] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[2] Obras completas; Vladimir Ilich Lenin – Madrid – Akal – 1975.

[3] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson – Barcelona – Debate – 2007.

[4] El mundo de ayer. Memorias de un europeo; Stefan Zweig – Barcelona – El Acantilado – 2002.

Sionismo: radiografía de un concepto demonizado IV

En noviembre de 1917, en medio de la enorme convulsión geopolítica de la Gran Guerra, el sionismo obtuvo el primer compromiso internacional relevante a favor de sus aspiraciones: la Declaración Balfour, a través de la cual el gobierno británico hacía suya y garantizaba su apoyo a la idea de crear en Palestina «un hogar nacional para el pueblo judío», sin perjuicio de «los derechos civiles y religiosos de las comunidades no judías» en aquel territorio. Es, desde luego, un compromiso ambiguo, contradictorio con las promesas hechas casi simultáneamente a los árabes para espolear su rebelión antiturca, y concebido por Londres más que nada para asegurar su futuro control sobre Palestina, frustrando toda aspiración francesa sobre el territorio.

Varios Autores, En defensa de Israel, p. 91.

Desarrollo del conflicto


1914: la guerra de movimientos.

– Frente occidental: se fueron desarrollando los planes elaborados por los Estados Mayores franceses y alemanes; es decir, el Plan Schlieffen y el Plan XVII. Además, como último acontecimiento relevante de esta guerra de movimientos en la frontera franco-germana, cabe destacar la batalla del Marne.

– Frente oriental: la victoria germana en Tannenberg marcó lo que iba a ser la tónica general de la guerra en el este, el avance alemán y la desorganización rusa.

1915-1916: la guerra de posiciones.

– Frente occidental: se paso, desde el mar del Norte hasta Suiza, a una guerra de trincheras, desarrollándose algunas batallas relevantes como las de Verdún o el Somme. Otros dos hechos importantes fueron la entrada de Italia en la guerra en favor de los aliados, la utilización por primera vez de los gases tóxicos por parte de los alemanes (abril), y la batalla naval de Jutlandia.

– Frente oriental: los alemanes prosiguieron su avance sobre Polonia y Lituania, mientras que los franceses desembarcaron en Grecia. Además, Bulgaria ingresó en la Triple Alianza.

1918-1919: el desenlace de la guerra

1917 fue un año clave para la Gran Guerra y su posterior desenlace por tres hechos: la Revolución rusa, la entrada de los EE.UU. en la guerra , y la reanudación de la guerra submarina.

1918 fue el año del desenlace de la Gran Guerra: el tres de marzo, mediante el Tratado de Brest-Litovsk, la Unión Soviética abandonó el conflicto. El once de noviembre, tras el fracaso de la ofensiva alemana y el desembarco de los ejércitos americanos en Europa, la paz también llegó al frente occidental. Así pues, la derrota de Alemania se gestó desde dos frentes: el de batalla y la retaguardia. En lo relativo al primero, el fracaso se debió, como ya indicamos anteriormente, a la ineficacia de la ofensiva alemana y a la enorme superioridad de sus enemigos tras el desembarco norteamericano en el continente. De esa impotencia germana nos habla E. M. Remarque en Sin novedad en el frente:

“No se habla mucho de ello. Retrocedemos; después de esta gran ofensiva, no podremos volver a atacar; no tenemos gente ni municiones. Pero la campaña continúa… La muerte continúa… Por cada avión alemán, hay como mínimo cinco ingleses o americanos. Por cada soldado alemán hambriento y extenuado en la trinchera, hay cinco hombres vigorosos y fuertes al otro lado. Por cada pan de munición hay cincuenta latas de carne en conserva enfrente. No nos han vencido, ya que, como soldados, somos mejores y más expertos que ellos; simplemente nos han aplastado, machacado con su enorme superioridad numérica…”

De la desesperada situación que E. M. Remarque nos describe en el anterior fragmento eran muy conscientes los mandos militares alemanes. De esta manera, con el fin de buscar una paz honrosa y no demasiado dura en sus condiciones para con Alemania, algunos de ellos propusieron a Guillermo II que pusiera fin a las hostilidades:

“…el mariscal Hindenburg y el general Ludendorff han decidido proponer a S. M. el emperador que intente acabar la lucha, para ahorrar al pueblo alemán y a sus aliados mayores sacrificios (…) cada día que pasa el enemigo se acerca más a sus objetivos y se muestra menos dispuesto a firmar una paz honorable con nosotros. Por lo tanto no hay que perder ni un momento”.

Sin embargo, en el otro frente, la retaguardia, se gestó otro de los factores fundamentales de la derrota alemana, la revolución de noviembre:

(Stefan Haffner, Historia de un alemán) “Entretanto estaba pendiente el final de la guerra. Tanto yo como cualquiera teníamos claro que la revolución equivalía al término de la guerra, y era evidente que se trataba de un desenlace sin victoria final (…) cuando me presenté en la comisaría de mi distrito a la hora habitual ya no había ningún parte de guerra (…) Pude ver lo que todos leían malhumorados y silenciosos. Lo que estaba expuesto era un periódico de edición temprana con el siguiente titular: Firmado el alto al fuego. Debajo figuraban las condiciones, una larga lista”.

Finalmente, la huída de los dirigentes alemanes, tras su fracaso en ambos frentes, supuso el final de la Gran Guerra:

(Stefan Zweig, El mundo de ayer) “…cuando el emperador alemán anunció de repente que a partir de entonces quería gobernar democráticamente, nosotros ya sabíamos lo que iba a pasar (…) y el día en que el emperador Guillermo, que había jurado luchar hasta el último aliento de hombres y caballos, huyó a través de la frontera y Ludendorff, que había sacrificado millones de hombres a su paz por la victoria, escapó a Suecia con sus gafas azules, aquel día fue un gran consuelo para nosotros, porque creímos –y el mundo entero también- que con aquella se había acabado la guerra para siempre…”

Bibliografía:

[1] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[2] Los siete pecados capitales del Imperio Alemán en la Primera Guerra Mundial; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2006.

[3] La Primera Guerra Mundial; Hew Strachan – Barcelona – Crítica – 2004.

[4] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson – Barcelona – Debate – 2007.

[5] El mundo de ayer. Memorias de un europeo; Stefan Zweig – Barcelona – El Acantilado – 2002.

[6] Historia de un alemán; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2006.

[7] Sin novedad en el frente; Erich Maria Remarque – Barcelona – Edhasa – 2007.

El estallido de la Gran Guerra


“Claro que durante los días previos habían sucedido cosas inquietantes. El periódico traía algo inexistente hasta entonces: titulares. Mi padre lo leía durante más tiempo que de costumbre; al hacerlo mostraba un semblante preocupado e insultaba a los austríacos cuando terminaba de leer. En una ocasión el titular decía: ¡Guerra!”.

En la primera parte de su libro Sebastian Haffner nos muestra como vivió él –un niño alemán- el comienzo, desarrollo y final de la Gran Guerra. Sin embargo, además de los pequeños detalles cotidianos que el autor nos va mostrando a lo largo de la narración, podemos disfrutar también de su propia interpretación de los hechos; elaborada, por supuesto, en su fase adulta. De esta manera, nos expone su opinión poseedora de un doble valor: son los comentarios de un intelectual y, al mismo tiempo, los de un hombre que vivió aquellos acontecimientos.

Haffner resalta en lo referente a la Primera Guerra Mundial el sacrificio del pueblo alemán, al que no le rindió el hambre, sino la certeza de su derrota; la pasión de su generación por la guerra, que, en su opinión, la convirtió en caldo de cultivo para el nacionalsocialismo; y el papel desempeñado por la propaganda a lo largo del conflicto.

Del comienzo de la Gran Guerra Haffner nos deja dos testimonios interesantes en su obra: un final inesperado para las vacaciones de verano, y la movilización del ejército alemán. Ambos aspectos los encontramos también en El mundo de ayer. Memorias de un europeo de Stefan Zweig. Fueron, sin duda, experiencias vividas por un buen número de alemanes y austriacos en esos días. Así lo relata Sebastian Haffner:

“Cuando me despertaron al día siguiente, el equipaje se iba haciendo a marchas forzadas. Al principio no entendí absolutamente nada de lo ocurrido; la palabra “movilización” no me decía nada, a pesar de que habían intentado explicármela unos días antes. Pero había poco tiempo para cualquier explicación, pues ya a mediodía debíamos liar los bártulos…

El viaje en tren no duró siete horas, como siempre, sino doce. Hubo paradas continuas, nos cruzamos con trenes llenos de soldados (…) No tuvimos un compartimento para nosotros solos, como solía ser habitual cuando viajábamos, sino que íbamos en los pasillos de pie o sentados sobre nuestras maletas, apretujados entre mucha gente que cotorreaba y hablaba sin parar (…) La casa no estaba en modo alguno preparada para nuestro regreso, los muebles estaban cubiertos con sábanas, las camas sin hacer”.

El mapa de la guerra.

“Un niño de siete años como yo (…) supo enseguida no sólo el qué, cómo y dónde de la guerra, sino incluso el porqué: supe que la culpa de todo la tenían el ansia revanchista de Francia, el afán de protagonismo de Inglaterra y la brutalidad de Rusia (…) Pedí que me enseñaran el mapa de Europa, con solo un vistazo supe que “nosotros” probablemente acabaríamos con Francia e Inglaterra, pero experimenté un sordo sobresalto al ver el tamaño de Rusia, si bien acepté el consuelo de que los rusos compensaban su aterrador número con una estupidez y depravación increíbles…”

Como todos los alemanes, el protagonista de esta obra se ve afectado por la propaganda de guerra. Descubrimos así, por medio de sus palabras, los prejuicios más habituales de los ciudadanos del II Reich: el revanchismo francés, el afán de protagonismo inglés, y la estupidez de los rusos.

Este testimonio constituye un claro ejemplo de cómo la propaganda influía en el pensamiento de las personas. Y nos permite conocer en qué dirección se movía esa labor propagandística: la defensa de la superioridad del pueblo alemán y su inocencia ante el estallido de un conflicto impuesto desde fuera.

Además, también se muestra en ésta obra la complicada situación geoestratégica en la que se encontró la nación alemana a lo largo del conflicto: entre dos frentes. No obstante, por encima de todo hay que destacar la invasión, por parte de la Guerra, de la vida cotidiana de los individuos y las familias. Los alemanes -bien por medio de una prensa cada vez más desarrollada, o por las carencias propias del contexto bélico en que se encontraban- vivieron el conflicto con una cercanía no experimentada hasta entonces en ninguna guerra anterior.

La euforia de la catástrofe.

“No tenía ni idea de que fuera posible mantenerse al margen de aquella locura festiva generalizada. Ni de lejos se me pasó por la cabeza la idea de que pudiera haber algo malo o peligroso en una cosa que causaba una felicidad tan obvia y regalaba aquellos estados de alegre embriaguez tan poco frecuentes”.

El estallido de la Gran Guerra estuvo acompañado de numerosas manifestaciones populares en favor del conflicto y de la causa de la nación. Este fenómeno –“la euforia de la catástrofe”- se dio en todos los países beligerantes con similares características: exaltación del nacionalismo romántico, odio inconsistente hacia las naciones enemigas, y apoyo generalizado de la población, las clases dirigentes y los intelectuales.

En su obra, Sebastian Haffner nos describe su experiencia de aquellos días de euforia y nacionalismo generalizado. Pero además, como hombre que ve los hechos con la perspectiva de los años, analiza los sucesos de ese verano de 1914. En su opinión, cabría destacar tres aspectos de aquella “euforia de la catástrofe”:

– El triunfo de la propaganda nacionalista y de las teorías que justificaban la guerra.

– Insiste en que las manifestaciones masivas de nacionalismo fueron una demostración más de la dificultad de los alemanes para alcanzar la felicidad individual.

– Describe, en último lugar, el sacrificio y las privaciones materiales que tuvieron que soportar los alemanes para lograr la ansiada “victoria total”. Y que, a la postre, acabaron por marcar el fin de la euforia y la derrota germana.

El juego de la guerra

“Para un niño que viviese en Berlín una guerra era, evidentemente, algo en extremo irreal: tan irreal como un juego. No había ataques aéreos ni bombas. Había heridos, pero solo a distancia (…) Lo importante era la fascinación que ejercía el juego de la guerra: un juego en el que, según las reglas secretas, el número de prisioneros, los territorios invadidos, las fortalezas conquistadas y los barcos hundidos desempeñaban aproximadamente el mismo papel que los goles en el fútbol (…) Mis amigos y yo jugamos a lo largo de toda la guerra, durante cuatro años, impune y libremente, y fue este juego (…) lo que dejó marcas peligrosas en todos nosotros”.

La Guerra, como hemos indicado anteriormente, invadió todos los ámbitos de la vida de los ciudadanos pertenecientes a las distintas potencias beligerantes. De esta forma, en lo que a la vida de un niño se refiere, es lógico pensar que el conflicto irrumpiese en sus juegos y diversiones. Eso es justamente lo que nos viene a mostrar Historia de un alemán. En unas pocas páginas el autor nos describe el “juego de la guerra”, inofensivo en apariencia, pero con nefastas consecuencias: esa excitante diversión, acabó, en opinión de Haffner, formando la “generación de los nazis”.

La catástrofe de la euforia

«Por aquel entonces tampoco me pasó inadvertido el hecho de que, con el trascurso del tiempo, muchos, muchísimos, casi todos se habían formado una opinión respecto de la guerra distinta a la mía, si bien mi postura había sido inicialmente la más generalizada (…) oía a las mujeres quejarse y pronunciar palabras malsonantes dando muestras de una gran disconformidad».

Dos factores, la duración y dureza del conflicto tanto en el frente como en la retaguardia, hicieron posible que de la “euforia de la catástrofe” se pasase a la “catástrofe de la euforia”. Poco a poco se fue generalizando el malestar hacia el conflicto. Surgieron así importantes movimientos contrarios al mismo que exigían a los gobernantes la paz. En éste contexto iban propagándose, además, las ideas revolucionarias, por lo que podemos afirmar que durante los últimos meses de guerra se vivió un ambiente prerrevolucionario. Pues bien, en el caso alemán, ante la más que previsible derrota militar, todo esto se acentuó notablemente.

Sebastian Haffner nos narra en sus memorias cómo vivió él ese cambio de ánimos en la retaguardia. No obstante, lo realmente interesante de este testimonio es comprobar como ese niño no fue consciente de los hechos hasta los últimos momentos. La aparición de la “catástrofe de la euforia” y la difusión de las ideas revolucionarias le cogieron por sorpresa, como surgidas de la noche a la mañana. También la derrota alemana llegó casi sin avisar. De esta manera, terminó para los niños alemanes el “juego de la guerra” que, en el caso concreto de Haffner, nos deja un interesante testimonio acerca de los partes bélicos de la época.

Bibliografía:

[1] Historia de un alemán; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2005.

[2] El pacto con el diablo; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2007.

[3] Los siete pecados capitales del Imperio Alemán en la Primera Guerra Mundial; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2006.

[4] Anotaciones sobre Hitler; Sebastian Haffner – Galaxia Gutenberg – Barcelona – 2002.

[5] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[6] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson – Barcelona – Debate – 2007.

[7] La Primera Guerra Mundial; Hew Strachan – Barcelona – Crítica – 2004.

[8] El periodo de entreguerras en Europa; Martin Kitchen – Madrid – Alianza Editorial – 1992.

[9] Sociedad y cultura en la República de Weimar: el fracaso de una ilusión; José Ramón Díez Espinosa – Valladolid – Universidad – 1996.

[10] El desempleo de masas en la Gran Depresión. Palabras, imágenes y sonidos; José Ramón Díez Espinosa – Valladolid – Universidad – 2006.

Pál Maléter

Este texto forma parte de un conjunto de breves biografías que he elaborado sobre la Revolución Húngara de 1956. Para ver la lista completa, pincha aquí.


Pal_Maleter(1917-1958) Militar de carrera que, durante la Segunda Guerra Mundial, había caído prisionero de los soviéticos. Rápidamente se convirtió en partisano y luchó en territorio eslovaco contra los alemanes. Al terminar la guerra fue nombrado comandante de un batallón acorazado. Ascendido a teniente coronel entre 1947 y 1949, mandó la guardia personal del Presidente de la República. Se incorporó entonces al Ministerio de Defensa como jefe de Departamento. Al producirse el levantamiento popular de octubre de 1956 se pasó a los insurrectos y destacó al frente de los defensores del Cuartel de Kilián. Como dirigente destacado de la insurrección, el 31 de octubre se convirtió en comandante de las fuerzas armadas unificadas revolucionarias, el denominado “Comité de la Milicia Revolucionaria”. El 1 de noviembre el Gobierno de Imre Nagy lo nombró Viceministro de Defensa. Formó parte de la comisión del Gobierno húngaro encargada de negociar con las autoridades soviéticas el fin de su intervención armada y la retirada del Ejército Rojo de Hungría. En la noche del 3 de noviembre, en el momento de iniciarse las conversaciones en Tököl, fue detenido por agentes de la KGB. Condenado a muerte en el proceso contra el grupo de Nagy, Maléter fue ejecutado el 16 de junio de 1958. Sobre este personaje y su tiempo publicó Miklós Horváth un libro en 1995: Maléter Pál, Budapest, Osiris-Századvég Kiadó, 1956-os Intézet.

László Piros

Este texto forma parte de un conjunto de breves biografías que he elaborado sobre la Revolución Húngara de 1956. Para ver la lista completa, pincha aquí.


Laszlo_Piros(1917-2006) Carnicero de profesión, había comenzado como dirigente sindical en el Partido Comunista. En 1950 fue nombrado Comandante de las Fuerzas Guardafronteras, y entre 1954 y 1956 fue Ministro del Interior. Al estallar la insurrección de octubre de 1956 buscó refugio en Moscú, pero el 4 de noviembre volvió a Hungría. En el régimen de Kádár fue apartado de la política activa y nombrado director de la fábrica de salchichón Pick Szeged, de fama mundial.

Miklós Gimes

Este texto forma parte de un conjunto de breves biografías que he elaborado sobre la Revolución Húngara de 1956. Para ver la lista completa, pincha aquí.


Miklos_Gimes(1917-1958) En 1954 trabajaba como corresponsal de Szabad Nép, desde donde pasó a la redacción de Magyar Nemzet. Entre 1955 y 1956 destacó por su compromiso con los postulados de Imre Nagy y por su oposición al sector ortodoxo del Partido Comunista. Con la intención de mantener viva la llama de la insurrección del otoño de 1956, Gimes continuó luchando contra Kádár en la clandestinidad y, entre otras muchas iniciativas, llegó a editar ilegalmente el periódico Október huszonhamadika (Veintitrés de octubre). Finalmente, fue arrestado por la policía política comunista: en el proceso contra el grupo de Nagy fue condenado a muerte y ejecutado el 16 de junio de 1958.

Miklós Vásárhelyi

Este texto forma parte de un conjunto de breves biografías que he elaborado sobre la Revolución Húngara de 1956. Para ver la lista completa, pincha aquí.


Miklos_Vasarhelyi(1917-2001) Periodista y militante comunista, fue colaborador de Imre Nagy contrario al sector estalinista-rákosista, lo que le costó la expulsión del Partido. En 1956 fue jefe de prensa del Gobierno de Nagy. Compañero de reclusión de éste, fue procesado y condenado a cinco años de prisión. En 1960 quedó en libertad y desde ese momento impulsó la oposición al kádárismo. Fue uno de los fundadores de la “Comisión para la Reparación Histórica”, uno de cuyos objetivos fundamentales fue la rehabilitación moral y política de los insurrectos de 1956 represaliados y condenados por el régimen comunista. Miklós Vásárhelyi perteneció a la Alianza de Demócratas Libres desde su creación en 1989 y durante la década de los noventa fue diputado en el nuevo Parlamento democrático húngaro.

Géza Losonczy

Este texto forma parte de un conjunto de breves biografías que he elaborado sobre la Revolución Húngara de 1956. Para ver la lista completa, pincha aquí.


Geza_Losonczy(1917-1957) Colaborador y hombre de confianza de Imre Nagy, periodista y miembro del Partido Comunista desde la época de la clandestinidad, fue condenado con pruebas falsas en 1951 en uno de los procesos del estalinismo-rákosismo húngaro; en 1954 fue rehabilitado. Losonczy era jefe de redacción del periódico Magyar Nemzet (Nación Húngara) cuando en 1956 Nagy le nombró Ministro de Estado. Una vez derrotada la insurrección, Géza Losonczy permaneció refugiado junto a Nagy en la embajada de Yugoslavia y lo acompañó en sus día de reclusión en Rumania. Con él fue procesado y murió en la cárcel al agravarse su estado de salud por una huelga de hambre que protagonizó para protestar por lo ignominioso del arresto y del proceso iniciado contra el grupo.