Primer acto: la danza tragicómica


“Nunca se había celebrado una conferencia de paz como ésta, que empezó poco antes de las navidades de 1917 en el desierto del invierno ruso-polaco, con unos interlocutores tan grotescos y desiguales como los que se reunieron allí”.

Sebastian Haffner dedica en su obra unas pocas líneas para describir a los personajes de la tragicomedia de Brest-Litovsk. En aquel lugar no podían haberse reunido polos tan opuestos, figuras de mundos tan distintos. Príncipes, generales y hombres de negocios se sentaron a negociar con maestros, campesinos, obreros y marineros. Lo más conservador de Europa conversaba de pronto con los profesionales de la revolución. El autor insiste en tildar ese hecho de grotesco, y se detiene, con el fin de ilustrarlo mejor, en algunas de las anécdotas más sorprendentes.

Si los objetivos con los que ambos interlocutores acudían a la reunión hacían casi imposible el entendimiento, los representantes escogidos por las dos naciones complicaban todavía más el buen fin de la misma. Brest-Litovsk fracasó en su primer acto: Alemania no llegó a ningún acuerdo con los bolcheviques. De esta manera, sólo los apuros de ambos contendientes –sobre todo por parte de los rusos- permitió que las conversaciones se reanudaran posteriormente en unos términos más razonables.

Bibliografía:

[1] El pacto con el diablo; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2007.

[2] Los siete pecados capitales del Imperio Alemán en la Primera Guerra Mundial; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2006.

[3] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[4] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson – Barcelona – Debate – 2007.

[5] La Primera Guerra Mundial; Hew Strachan – Barcelona – Crítica – 2004.

El drama de la paz y la victoria en el último momento


“Para los alemanes la conferencia de Brest-Litovsk no sólo tenía por finalidad firmar rápidamente una paz (pues contaban con muy poco tiempo para efectuar la ofensiva decisiva en el oeste), sino también construir un poderoso imperio alemán con el este extirpado a Rusia. Si eso no era posible, la conferencia les parecería un fracaso. Y para los rusos, ésta no sólo debía servir para obtener la paz (que necesitaban), sino para hacer asimismo propaganda de la revolución, para proporcionar a la revolución alemana sus propios lemas”.En la conferencia de paz con Rusia el Imperio Alemán comenzó a andar el camino hacia uno de los pecados capitales que el propio Sebastian Haffner nos relata en una de sus obras. Los dirigentes germanos, como bien indica el autor, no sólo aspiraban a librarse del frente oriental tras una paz victoriosa con los bolcheviques. Alemania no se conformaba con volcar todo su potencial sobre Francia para, así, ganar la Gran Guerra. Quería levantar un gran imperio en el este: convertir buena parte de Rusia en su gran colonia. La falta capital alemana consistió en tratar de abarcar más de lo que podía; un pecado de ambición sin medida. Así, mientras sus ejércitos conquistaban grandes porciones de terreno a costa de una Rusia postrada, perdía la oportunidad de acabar con el frente occidental y, en consecuencia, con la guerra.

Alemania llegó a Brest-Litovsk con la firme postura de alcanzar la paz sólo si se aceptaban sus términos. Los representantes del II Reich no iban, pues, a una reunión entre iguales: se trataba de una relación entre vencedores y vencidos. Por esa razón, no estaban dispuestos a dejar pasar la oportunidad de ganar territorio a costa de los rusos; la paz, aún con algunas importantes compensaciones, no les valía. Por su parte, los bolcheviques viajaron a Brest-Litovsk con una idea muy distinta. Se veían como triunfadores, no de la guerra, pero si de la revolución. Estaban dispuestos a ceder ciertas cosas ante Alemania –desde luego, no tanto como esta pedía-, pero en el fondo se veían como vencedores. Necesitaban a toda costa que la maquinaria militar germana dejara de hostigarlos, pero estaban convencidos de que al final la revolución triunfaría. Es más, Alemania sería la primera gran escala de la misma. De ahí el valor propagandístico de la conferencia de paz al que alude Sebastian Haffner.

Bibliografía:

[1] El pacto con el diablo; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2007.

[2] Los siete pecados capitales del Imperio Alemán en la Primera Guerra Mundial; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2006.

[3] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[4] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson – Barcelona – Debate – 2007.

[5] La Primera Guerra Mundial; Hew Strachan – Barcelona – Crítica – 2004.

Brest-Litovsk


Nos adentramos en las páginas dedicadas a Brest-Litovsk, el segundo capítulo de El pacto con el diablo, donde podrás leer: El drama de la paz y la victoria en el último momento, Primer acto: la danza tragicómica, Segundo acto: el combate, y Tercer acto: la derrota en el último momento. Seguramente en ningún momento de la Historia germano-soviética ambos fueron más conscientes de sus diferencias. El carácter peculiar de las conversaciones da buena fe de ello. Se reunieron campesinos con personajes de la alta nobleza, obreros con burgueses adinerados, profesionales e la revolución con altos cargos militares. Al fin y al cabo, tal como afirma la siguiente cita de Sebastian Haffner, los dos diablos divergían en sus intereses.

“Hasta aquí coincidían los intereses de ambas partes: ambas deseaban la paz; ambas necesitaban la paz. Pero más allá de estas convergencias, las dos partes del negocio querían obtener otra cosa, y allí divergían enormemente sus intereses. Los alemanes aspiraban a grandes conquistas en el este a costa de Rusia; los bolcheviques esperaban la revolución alemana”.

Bibliografía:

[1] El pacto con el diablo; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2007.

[2] Los siete pecados capitales del Imperio Alemán en la Primera Guerra Mundial; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2006.

[3] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[4] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson – Barcelona – Debate – 2007.

[5] La Primera Guerra Mundial; Hew Strachan – Barcelona – Crítica – 2004.

La victoria en el último momento


“El conde Von Brockdorff-Rantzau esperaba de la misión de Lenin la victoria en el último momento”. Las élites del II Reich se embarcaron en la aventura revolucionaria de los bolcheviques con el objetivo de ganar la Gran Guerra. La paz con la Rusia revolucionaria permitiría a los alemanes orientar todo su potencial militar del frente ruso hacia el francés. Es decir, un eficaz aprovechamiento de esos refuerzos podía decantar la suerte del conflicto del lado germano “en el último momento”. Nos encotramos, pues, ante una de las “locuras” ideadas por el alto mando alemán a lo largo de los últimos meses de guerra: la alianza con la revolución, su peor enemigo. Esta iba a permitir, según sus planes, vencer de forma milagrosa una guerra que ya duraba tres largos años.

Sebastian Haffner describe en otra de sus obras –Los siete pecados capitales del Imperio Alemán en la Primera Guerra Mundial– algunos de los principales errores del II Reich a lo largo del conflicto. Alemania, presa de su ansia de triunfo, fue cayendo cada vez en un pozo más profundo donde, dadas las circunstancias, era lícito probar todas las opciones; incluso la de negociar con el diablo. La victoria se convirtió en el único objetivo, todo lo demás quedaba supeditado a ello. En esa ristra de pecados enunciados por el autor el apoyo a Lenin ocupa el quinto lugar.

Bibliografía:

[1] El pacto con el diablo; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2007.

[2] Los siete pecados capitales del Imperio Alemán en la Primera Guerra Mundial; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2006.

[3] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[4] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson – Barcelona – Debate – 2007.

[5] La Primera Guerra Mundial; Hew Strachan – Barcelona – Crítica – 2004.

La figura de Alexander Helphand


“Al igual que Lenin, Helphand aspiraba a la revolución mundial y tenía como objetivo una Europa socialista. Pero a diferencia de Lenin, nunca tuvo dudas ni escrúpulos respecto a que el camino que debían seguir para alcanzar ese objetivo era la alianza incondicional con la Alemania imperial, porque ésta, según el razonamiento de Helphand, paulatinamente se volvería socialista, sin revolución alguna, puesto que ya estaba encaminada hacia ello. El Partido Socialdemócrata (SPD) iría cogiendo las riendas de la guerra, y la victoria alemana sería de hecho su victoria”.

Alexander Helphand, revolucionario ruso que a comienzos de la Gran Guerra había colaborado con Trotski, era partidario de la alianza con el II Reich. Según sus postulados la situación alemana llevaba inevitablemente a que el SPD se hiciese con el poder de forma incruenta. Alemania se volvería entonces socialista y, tras un más que deseable triunfo en el conflicto bélico, extendería por toda Europa este sistema. Por el contrario, Rusia si iba a necesitar de una revolución para librarse del yugo zarista; la gran nación de la estepa no estaba preparada –como bien predijo Marx- para acoger el sistema socialista. Por tanto, aceptar la ayuda alemana para “revolucionar” las tierras rusas, era la mejor opción según Helphand. Además, con los bolcheviques en el poder, Rusia abandonaría la guerra, facilitando así el triunfo de la futura Alemania del SPD.

Lenin no compartía muchos de los planteamientos de Helphand. Veía necesario llevar a cabo una revolución en Rusia, pero también en Alemania. Creía que esta era la nación más importante para el desarrollo del socialismo, pero defendía que su triunfo en la Gran Guerra sólo beneficiaba a los fines imperialistas del Reich. Sostenía que el SPD no llegaría al poder y que, en caso de conseguirlo, no construirían un país socialista. Los socialdemócratas le producían sarpullidos al líder de los bolcheviques; los consideraba traidores de la clase obrera: odiados enemigos. Y entre ellos estaba el doctor Alexander Helphand. El alto mando alemán creyó acertar al utilizarlo como intermediario en su relación con Lenin. Sin embargo, ese error les costó la negativa de este hasta febrero de 1917. Finalmente, a causa de la urgencia, ambos llegaron a un acuerdo. No obstante, eso no sirvió para que el bolchevique modificara su opinión sobre la tibia socialdemocracia.

Bibliografía:

[1] El pacto con el diablo; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2007.

[2] Los siete pecados capitales del Imperio Alemán en la Primera Guerra Mundial; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2006.

[3] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[4] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson – Barcelona – Debate – 2007.

[5] La Primera Guerra Mundial; Hew Strachan – Barcelona – Crítica – 2004.

El pacto de los dos diablos


“Una alianza cuyos objetivos por ambas partes estaban enormemente alejados: Lenin quería la revolución mundial, incluida la revolución contra el imperio del káiser alemán, y sus socios alemanes perseguían la victoria y la hegemonía en Europa de dicho imperio. Sin embargo, los objetivos inmediatos coincidían: ambas partes deseaban un gobierno revolucionario en Rusia y una oferta de paz por parte del mismo; y las dos esperaban aprovecharse de la otra parte para alcanzar sus objetivos”. Mediante esta cita Sebastian Haffner nos muestra como, a pesar de su coincidencia circunstancial, los fines de ambas partes eran diametralmente opuestos. Cada una de ellas tenía la sensación de estar llegando a un acuerdo con su peor enemigo, con el diablo; y eso les llenaba –en ese momento y en las décadas posteriores- de vergüenza.

Lenin incluso llegó a declinar la oferta alemana para colaborar en semejante proyecto. No obstante, las pobres circunstancias personales, el estallido de la revolución burguesa de febrero, y el convencimiento de que sin la ayuda del Reich no podría regresar a Rusia a tiempo, le impulsaron a aceptar los términos del acuerdo. El líder de la revolución de octubre tuvo que aceptar la humillación que suponía someterse a uno de sus grandes enemigos. Sin embargo, aún a riesgo de que le colgaran el sanbenito de agente alemán, participó en semajante experimento.

Bibliografía:

[1] El pacto con el diablo; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2007.

[2] Los siete pecados capitales del Imperio Alemán en la Primera Guerra Mundial; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2006.

[3] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[4] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson – Barcelona – Debate – 2007.

[5] La Primera Guerra Mundial; Hew Strachan – Barcelona – Crítica – 2004.

La desarticulación de Rusia como objetivo


“…si querían revolucionar Rusia, desarticular el imperio del zar desde su interior, los bolcheviques eran el instrumento que había que utilizar. El resto de ex revolucionarios, al igual que los socialdemócratas alemanes, se habían convertido en patriotas de guerra; algunos aún querían derrocar al zar, pero con el argumento de que dirigía mal la guerra. Por supuesto, a Alemania eso no le servía de nada. Sólo los bolcheviques estaban absolutamente contra la guerra y dispuestos a hacer la revolución incluso durante la misma…” En sus tratos con Lenin el II Reich buscaba sacar a Rusia de la Gran Guerra para tener las manos libres en el este y poder volcar todo su potencial bélico en el frente occidental. Y, en 1917, los bolcheviques eran los únicos que, bajo la promesa de alcanzar la paz, buscaban la revolución para sacar a la nación del conflicto.

Sólo así podrían vencer en la guerra occidental. Este objetivo, nos indica Sebastian Haffner, se pudo haber alcanzado con el Nicolás II en el poder. Sin embargo, Alemania quería algo más; por eso llevó a cabo la grotesca decisión de aliarse con Lenin. El II Reich no quería una paz sin vencedores ni vencidos, deseaba ardientemente desarticular el podería ruso durante mucho tiempo. Para eso no servía el zar; había que recurrir a una revolución que instalara en el país un gobierno débil e incapaz de oponerse a los deseos expansionistas alemanes.

Bibliografía:

[1] El pacto con el diablo; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2007.

[2] Los siete pecados capitales del Imperio Alemán en la Primera Guerra Mundial; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2006.

[3] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[4] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson – Barcelona – Debate – 2007.

[5] La Primera Guerra Mundial; Hew Strachan – Barcelona – Crítica – 2004.

El descubrimiento de Lenin


“Y es que en marzo de 1917, Lenin no era de ninguna manera la figura conocida mundialmente en la que se convirtió medio año después (…) las más altas instancias del Reich se ocuparon de este emigrante ruso medio muerto de hambre, y él trato con ellas de igual a igual. Medio año más tarde daría un giro a la historia mundial. Pero ¿cómo llegaron los alemanes a él?” Ciertamente Lenin no resultaba una amenaza inminente para el sistema zarista. No era más que un mediocre revolucionario exiliado en Suiza desde comienzos de la Gran Guerra. Allí malvivía y se deprimía en medio de una situación miserable desde el punto de vista material e intelectual. Sin embargo, en su peor momento, lo fueron a buscar a ese preciso lugar los grandes jerarcas del Reich alemán.

Al llegar a este punto Sebastian Haffner se pregunta cómo descubrieron los alemanes a Lenin. A modo de respuesta da un nombre, Kesküla: un joven estonio de origen alemán. Este personaje de tendencias políticas izquierdistas dibujo en la mente del II Reich la figura del único revolucionario enemigo de Nicolás II y de la Gran Guerra. Si los líderes germanos buscaban eliminar a Rusia de la contienda, su hombre estaba en Zúrich. La lectura de sus textos acabó por convercerlos de ello. Fue así como, desde noviembre de 1914, la opción revolucionaria bolchevique contó en los planes de guerra de los miembros del alto mando alemán. Fueron ellos los que, tras descubrir a Lenin, lo trasladaron a Rusia para que allí mostrara al mundo su valía como revolucionario. El mérito fue del bolchevique, pero sin el II Reich hubiera sido imposible el octubre ruso de 1917.

Bibliografía:

[1] El pacto con el diablo; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2007.

[2] Los siete pecados capitales del Imperio Alemán en la Primera Guerra Mundial; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2006.

[3] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[4] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson – Barcelona – Debate – 2007.

[5] La Primera Guerra Mundial; Hew Strachan – Barcelona – Crítica – 2004.

Introducción a «El pacto con el diablo»


En las próximas semanas voy a dedicar varios artículos a otro de los trabajos de Sebastián Haffner. El pacto con el diablo es un apasionante y ameno repaso a las relaciones germano-soviéticas entre 1914 y 1945. Un viaje a través de esos años que, sin ser exhaustivo, aborda las escenas fundamentales de las relaciones entre ambos Estados. En este libro el autor nos describe una vez más su peculiar visión de la Historia alemana; aspectos que ya venía tratando en otras de sus obras. Sin embargo, el carácter específico de El pacto con el diablo nos permite redescubrir esas ideas desde una óptica distinta. Además, Sebastián Haffner nos descubre otras cuestiones nuevas no recogidas en sus otros libros. Es, en definitiva, un trabajo que nos ayuda a profundizar aún más en la Historia de Alemania y la Unión Soviética en el siglo XX.

Como adelanto de este repaso les dejo con esta cita sacada del libro: “La historia de las relaciones entre Alemania y Rusia en el período de entreguerras es más apasionante que cualquier novela. Todo intento de buscar otro ejemplo de una ligazón tan mortal e íntima entre dos pueblos sería en vano. En la novela germano-rusa se ha probado y ejecutado casi cada variación pensable de posibles relaciones, incluidas las más extremas”.

Bibliografía:

[1] El pacto con el diablo; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2007.

[3] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[4] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson – Barcelona – Debate – 2007.

China: el gigante asiático de 1800 a 1949

 Artículo publicado por Historia en Presente el 3 de julio de 2008.


Existen mil y un motivos para escribir en la actualidad sobre China, así que este artículo apenas precisa de presentación. No obstante, como siempre viene bien explicar el porqué de las cosas, les diré que he escogido este momento con motivo de los próximos Juegos Olímpicos de Pekín. A continuación trato de analizar, de forma sintética y general, la Historia de ese país entre comienzos del XIX y mediados del XX. Pongo punto y final a mi relato con el triunfo del comunismo maoísta en China; aunque no descarto completar ese repaso histórico en artículos futuros.

China a comienzos del XIX: política interior y exterior

A comienzos del siglo XIX China era, como en la actualidad, un enorme país que contaba con un gran potencial demográfico. Sin embargo, ese gigante oriental era víctima de la inercia marcada por su centenaria tradición y por las élites gobernantes. Mientras el mundo occidental vivía un intenso proceso de urbanización e industrialización, China era un país de campesinos, compuesto por un sinfín de pequeñas y grandes aldeas; apenas existían ciudades que, desde luego, no eran como las europeas.

Esa sociedad rural era relativamente homogénea; tan sólo destacaba del común un pequeño grupo aristocrático al que, debido al inmovilismo existente, era muy difícil acceder.

En Pekín, una de las pocas urbes a las que nos referíamos anteriormente, vivía el emperador con su séquito y los miembros de la administración estatal. El gobernante, para escarnio de algunos habitantes del país, pertenecía a una dinastía extranjera de origen manchú [3]. No obstante, la labor de gobierno, donde destacaba la figura de los mandarines, era relativamente eficaz. Estos, al igual que la mayor parte de la población china, recelaban de la presencia mercantil y militar extranjera que, a lo largo del siglo XIX, se fue haciendo más abrumadora.

La primera apertura de China a las exigencias comerciales de esos países –exceptuando, claro está, las tímidas relaciones establecidas desde los viajes de Marco Polo- se produjo en Cantón, y los beneficiados fueron los británicos. Posteriormente, el Tratado de Nankín puso fin a la llamada Guerra del Opio, que enfrentó a los chinos con el Imperio de la Reina Victoria entre 1839 y 1842 [4].

Según las cláusulas del mismo, los vencedores adquirían el derecho a comerciar en cinco puertos de China, uno de ellos a orillas del Yang Tse Kiang. Además, se otorgaba un estatuto especial para Hong Kong. En este mismo periodo también Francia y los EE.UU. lograron arrancar concesiones al receloso gobierno oriental. Había dado comienzo el reparto de la “tarta china” que tan bien caricaturizaron a finales de siglo los dibujantes de la prensa europea.

Estas concesiones fueron ampliadas a estas y otras potencias con motivo de la larga insurrección de los Taiping, donde los occidentales tomaron postura en favor de estos o del gobierno en función de sus propios intereses [4].

Estancamiento y crisis en China

La, en cierto modo violenta, incursión comercial de Occidente provocó un generalizado rechazo -en ocasiones rozando lo cómico- hacia todo lo relacionado con los “invasores”; incluido el desarrollo de estos. Y, por si fuera poco, la fidelidad a la civilización tradicional china no ayudó precisamente a superar estos prejuicios. Mientras el poder imperial se iba poco a poco descomponiendo, el territorio fue dividiéndose en feudos controlados por los “señores de la guerra”.

Sin embargo, no todo eran desgracias para el pueblo chino. En los puertos abiertos al comercio, lugares donde se concentraban los principales intereses europeos y norteamericanos, se fueron formando enclaves de desarrollo económico. Fruto de la acumulación de población que huía de la pobreza rural, se levantaron grandes ciudades; lugares que sirvieron como catalizadores de las nuevas ideas.

La manifestación más clara del retraso de China la encontramos en el control que su vecino nipón empieza a tener sobre ella. Japón se convierte, al igual que las potencias occidentales, en “señor” de los destinos chinos tras derrotar al gigante asiático en la Guerra de Corea.

La victoria japonesa tuvo consecuencia territoriales y comerciales para la propia China, de las que también procuraron sacar partido los europeos. Sin embargo, el temor de estos últimos a que el expansionismo japonés pusiera en peligro sus intereses comerciales, les llevó a apoyar al más débil. De esta manera, la nueva potencia fuerte –Japón- no pudo sacar de su victoria todas las concesiones que deseaba.

Las sucesivas derrotas y humillaciones facilitaron el surgimiento de sociedades secretas que actuaban contra los intereses del gobierno, de los señores, y de las propias potencias occidentales. Esas organizaciones constituyeron el germen de la “revuelta de los boxers”, ante cuyas reclamaciones los emperadores no tuvieron más remedio que ceder.

Tan sólo la intervención occidental en pleno cambio de siglo impidió que los radicales chinos se hicieran con todo el poder. Las potencias, que por supuesto descartaban la posibilidad de colonizar territorialmente China –era demasiado extensa y llevaba asociada consigo demasiados problemas-, se limitaron a obtener nuevas garantías y privilegios una vez finalizado el conflicto.

Las revoluciones chinas

La crítica situación que vivía China obligó a la emperatriz Tseu-Hi a aceptar el programa reformista propuesto por la nueva clase de hombres de negocios que había surgido en el país [3].

Estos impulsaron un proceso de desarrollo basado en prácticas económicas de tipo moderno, que vino acompañado de una reforma del Ejercito y del funcionariado, y por la promulgación de una Constitución. Además, se abandonaron muchas de las antiguas tradiciones, de entre las que destaca el culto a la figura divina imperial. Esto, junto con el aumento del número de funcionarios y altos cargos antidinásticos, debilitaron la posición de la familia imperial.

En 1912, tras la caída de la dinastía reinante Sun Yat Sen se convirtió en el primer presidente de la República China. Este personaje había elaborado unos años antes una teoría política en la que defendía el nacionalismo antimanchú, el antiimperialismo, la democracia y el socialismo. Sin embargo, su ineficacia en la lucha contra los imperiales y los “señores de la guerra”, a la que se unió la anarquía existente dentro del propio territorio republicano acabaron propiciando el relevo en la presidencia; Sun Yat Sen fue sustituido por Yuan Che-kai.

Al término de la Gran Guerra (1914-1918), los acuerdo de paz acabaron por legitimar la ocupación japonesa de varios territorios del Pacífico, incluidos algunos pertenecientes a China.

Este hecho, unido a la inercia desastrosa que arrastraba el gigante asiático desde comienzos del XIX, volvió a sumir al país en una profunda crisis. Tras el periodo de caos, en 1927 el Kuomintang asumió el poder. La tranquilidad se prolongo durante un breve periodo de cuatro años, en los cuales este grupo mantuvo unidos en su seno a nacionalistas, socialistas y demócratas. La ruptura del pacto con los comunistas marcó el inicio de un nuevo periodo de crisis.

Las luchas entre “señores de la guerra” volvieron a asolar el territorio chino, al tiempo que Japón invadía Manchuria en 1931. Con este panorama interno China iba a enfrentarse al convulso periodo bélico de finales de los años treinta y principios de los cuarenta. En 1937 iniciaba una guerra con Japón que, enlazando con los II Guerra Mundial, no tocó a su fin hasta el años 1945 [1]. La nación china sufrió grandes pérdidas en el conflicto, fue humillada en numerosas ocasiones, pero gracias a la victoria aliada salió triunfadora en la conflagración.

El final victorioso sobre Japón en la guerra de 1937-1945 no acabó de apaciguar los ánimos en China. La división dentro del Koumintang tras la ruptura protagonizada por los comunistas de Mao Tse-Tung, llevó al ejército de este a enfrentarse con el gobierno de Chang Kai-Shek [5].

La guerra civil china duró cuatro años (1945-1949). En ella los comunistas, con apoyo de la URSS, se alzaron con la victoria.

Los nacionalistas huyeron del territorio continental, constituyendo un gobierno en el exilio en la isla de Taiwán (Formosa) bajo la protección y el reconocimiento de los EE.UU. Desde entonces existen dos estado que reclaman la herencia china: uno comunista en el continente, y otro nacionalista en la isla.

Bibliografía

[1] Historia Universal Contemporánea I y II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[2] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson – Barcelona – Debate – 2007.

[3] Los Manchúes; Pamela Kyle Crossley – Barcelona – Ariel – 2002.

[4] Historia breve de China; Pedro Ceinos – Madrid – Silex – 2003.

[5] Cisnes salvajes: tres hijas de China; Jung Chang – Barcelona – Circe – 2006.

[6] Historia del nacionalismo; Hans Kohn – México – Fondo de Cultura Económica – 1984.