Un largo combate por Palestina IV

La contradicción exterior de la URSS es sólo aparente. Si bien, por un lado, Stalin había comenzado a partir de finales de los años 20 una importante depuración del establishment judío soviético (partido, administración, ejército) que continuará hasta la «conspiración de las batas blancas» de 1952; y por otro lado, había reanimado un antisemitismo latente en la sociedad rusa, alimentaba por el contrario intenciones geopolíticas en Oriente Medio, que le llevarán a apoyar al Estado hebreo, pequeño núcleo «socialista» en medio de los «feudos» árabes y única cabeza de puente en la región factible para la URSS en esa época.

Alain Duret, Oriente Medio. Crisis y desafíos, p. 42.

El modelo yugoslavo V

Las disidencias con respecto a la línea oficial de Moscú habían comenzado antes, entre 1928 y 1931, cuando muchos de los comunistas yugoslavos exiliados en la URSS habían sido perseguidos por apoyar las posturas de la oposición de izquierda. Stalin, además, fomentó la división de los comunistas yugoslavos en los años treinta al apoyar las aspiraciones croatas de emancipación nacional. Al finalizar la guerra, y a diferencia de lo que sucedió en los demás estados de la Europa central y oriental, Tito  y sus seguidores se sentían protagonistas de la liberación, e incluso criticaron a las fuerzas soviéticas por ciertos abusos cometidos contra la población yugoslava al penetrar en el país, como consecuencia de un acuerdo firmado en septiembre de 1944, al final de la segunda guerra mundial.

José Carlos Lechado y Carlos Taibo, Los conflictos yugoslavos, p. 24.

Imre Nagy

Este texto forma parte de un conjunto de breves biografías que he elaborado sobre la Revolución Húngara de 1956. Para ver la lista completa, pincha aquí.


Imre_Nagy(1896-1958) A la hora de elaborar la reseña bibliográfia de Imre Nagy me ha parecido conveniente recurrir a un artículo de The New York Times. Su título es «Retrato de Imre Nagy» y fue publicado en octubre de 1956. Por tanto, teniendo en cuenta que la muerte del estadista húngaro acaeció poco tiempo después, nos encontramos ante una biografía inconclusa. No obstante, puede completarse con nuestra obra de referencia: La Batalla de Budapest. Historia de la insurrección húngara de 1956.

“Incluso durante los últimos años que pasó en Moscú como refugiado comunista, el nuevo Primer Ministro de Hungría, Imre Nagy, era considerado por sus camaradas un comunista extraño. Expresaban la perplejidad que les producía mediante el apodo que le daban, kulak, que es la palabra rusa que designa al campesino rico de la clase de los que exterminó Stalin al comienzo de la década de 1930.

Los compañeros comunistas del señor Nagy le llamaban kulak porque sus antecedentes, su aspecto y sus gustos les recordaban a los campesinos ricos y sólidamente burgueses que había conocido en Hungría. Hombre corpulento (…) no hacía un secreto de su afición a la buena comida, la buena bebida y la buena ropa.Cuando caminaba por las calles de Moscú parecía un campesino húngaro próspero ataviado con su mejor traje dominical y que se dirigía a la iglesia antes des que lo que era realmente: el técnico agrícola del Partido Comunista húngaro que se dirigía a su puesto de especialista del Instituto Agrario soviético. Cuando en 1944 volvió a Budapest con el Ejército Rojo y se convirtió en uno de los principales gobernantes húngaros, mantuvo sus costumbres extrañas. Dejó que su hija se casara con un ministro protestante en ejercicio. Le gustaba sentarse en los cafés de Budapest y discutir sobre política o los méritos de los distintos equipos de fútbol húngaros.Su esposa, con la que se había casado hacía más de 35 años, era hija de un empleado de pueblo.

Ya en 1945 los amigos del señor Nagy se dieron cuenta de que era políticamente “peculiar” y quizás hasta peligroso. Aunque había pasado más de una cuarta parte de su vida en la Unión Soviética y se había hecho ciudadano soviético en torno a 1930, les decía a sus amigos de Budapest que no era necesario que Hungría siguiera a la Unión Soviética en todo.Esto constituía una herejía notoria, pero al comienzo del período de la posguerra los comunistas húngaros preparados eran demasiado pocos y estaban demasiado diseminados como para que nadie pudiera permitirse el lujo de depurarlos. Imre Nagy nació en 1896 en una familia campesina con firme fe calvinista. De joven aspiraba a llegar a ser cerrajero y fue aprendiz de cerrajero hasta la Primera Guerra Mundial, cuando ingresó en el ejército austro-húngaro. Lo capturaron los rusos, que lo llevaron a su patria. Allí luchó con los bolcheviques en la guerra civil y luego volvió a su país para tratar de establecer en él el “gobierno de los obreros y los campesinos”.Siguió un cuarto de siglo en el que su vida fue semejante a la de otros revolucionarios profesionales de la Europa Oriental. Desempeñó un papel de poca importancia en el breve gobierno comunista húngaro de Béla Kun y luego actuó clandestinamente como agitador comunista hasta que tuvo que huir a la Unión Soviética en 1929. En Moscú siguió estudiando la situación de Hungría y observó como Stalin transformaba la Unión Soviética mediante la fuerza y la violencia. De vuelta a Hungría después de la Segunda Guerra Mundial fue el autor de la primera reforma agraria de la posguerra, dividiendo las grandes propiedades y concediendo pequeñas parcelas a los campesinos y peones de granja. Como buen comunista, se hizo cargo de la policía política durante un tiempo y actuó contra los antianticomunistas. Pero siempre, en lo recóndito de su pensamientos, conservaba, al parecer, la esperanza de que se podría alcanzar un camino húngaro para llegar al socialismo”.

Si Creso cruza el Halys, se destruirá un gran imperio


“Sea como fuere, sopesemos los pros y los contras: lo que tenemos hoy en día se lo debemos al Führer, tanto el fin del poder nacionalsocialista como la división de Alemania y Europa. Se ocupó de ambas cosas cuando, el 22 de junio de 1941, a las tres de la madrugada, y sin que nadie le forzara a hacerlo, entró en Rusia con 153 divisiones. Si Creso cruza el Halys, se destruirá un gran imperio, dijo el oráculo de Delfos, y se refería a su propio imperio. El 22 de junio de 1941, cuando Hitler cruzó el Bug, que a propósito pasa por Brest-Litovsk, empezó a destruir un gran imperio: pero no el ruso, sino el alemán”.

Hemos recorrido un largo camino en nuestro repaso de las relaciones ruso-alemanas durante la época de entreguerras. La relación entre los dos diablos llega a su final, y no podría hacerlo de forma más teatral. La Alemania de Adolf Hitler –Sebastian Haffner lo pone en el papel del lidio Creso- trató de invadir la Unión Soviética. Esto marcó el final de la Alemania conocida hasta entonces. Había sido un imperio, una república, un régimen totalitario; había crecido territorialmente, le habían amputado provincias enteras; había pretendido dominar el mundo, la habían humillado en sus propias fronteras… pero siempre había sido una Alemania. Lo que surgió en los años posteriores a la Guerra Nacionalsocialista fue algo distinto: el experimento de las dos Alemanias.

La ambición alemana le había llevado a pactar con el diablo en numerosas ocasiones a lo largo de todos esos años. Había favorecido el nacimiento y desarrollo del experimento soviético; le había permitido sobrevivir. Y, finalmente, con esa fracasada invasión por parte de los ejércitos hitlerianos, le había entregado el control de media Europa. En Mein Kampf Adolf Hitler se mostraba convencido de que, de su enfrentamiento con los rusos surgiría un pueblo capaz de hacer sombra al mundo anglosajón. Lo que tal vez no imaginaba el líder nazi es que ese pueblo era el eslavo.

Bibliografía:

[1] El pacto con el diablo; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2007.

[2] Anotaciones sobre Hitler; Sebastian Haffner – Galaxia Gutenberg – Barcelona – 2002.

[3] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[4] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson – Barcelona – Debate – 2007.

Las razones de Stalin


Gracias a los artículos anteriores, sabemos las razones que llevaron a Adolf Hitler a la alianza con la Unión Soviética. Sin embargo, todavía no hemos explicado el porqué del si de Stalin al ofrecimiento del III Reich. Es más, puede parecernos absurda la elección del líder soviético si tenemos en cuenta que en Mein Kampf se profetizaba la destrucción de su imperio a manos de los ejércitos alemanes ¿No era un contrasentido la alianza con el peor enemigo, ese que ha jurado eliminarte?

A todo esto hemos de añadir un factor más: Occidente estaba abierto, después de muchos años, a alcanzar cualquier tipo de acuerdo con la Unión Soviética. Por tanto ¿no hubiera sido más lógico un pacto con Francia e Inglaterra con el fin de acabar con el poder nacionalsocialista en Alemania? Podría parecernos que Stalin se equivoco al elegir a sus compañeros de viaje en el inicio del conflicto. Sin embargo, no es así. El líder soviético sabía perfectamente lo que hacía, y así nos lo muestra Sebastian Haffner en su obra:

“Pero el motivo determinante era simplemente el de que con la opción alemana Rusia ganaba un par de años de paz, de los que aún estaba muy necesitada, mientras que la opción occidental significaba casi con toda seguridad una guerra inmediata. Por decirlo así, la decisión de Hitler de liquidar a Polonia había lanzado la guerra como una pelota en el campo europeo, y ahora el este y el oeste se la estaban pasando (…) Con el pacto entre Hitler y Stalin este último dejó definitivamente la pelota en el campo occidental”.

Bibliografía:

[1] El pacto con el diablo; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2007.

[2] Anotaciones sobre Hitler; Sebastian Haffner – Galaxia Gutenberg – Barcelona – 2002.

[3] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[4] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson – Barcelona – Debate – 2007.

La cuestión polaca: de la alianza al exterminio


Como vimos en el artículo anterior, el primer gran objetivo del proyecto nacionalsocialista era el enfrentamiento con la Unión Soviética. No obstante, para alcanzar ese fin, los alemanes tenían que salvar un escollo: Polonia. Este país separaba el territorio del III Reich del imperio soviético. El propio Adolf Hitler sabía que sin ese requisito no podría emprender su aventura rusa. Por esa razón le propuso al gobierno polaco un acuerdo: la alianza de ambos contra los bolcheviques. Así lo narra Sebastian Haffner:

“A finales de 1938-1939, Hitler propuso a Polonia nuevos y mayores negocios de ese estilo: el pacto de no agresión se convertiría en una alianza durante veinticinco años… contra Rusia. Así Polonia recibiría otros buenos bocados, tal como dejó entrever claramente Ribbentrop, el ministro de Asuntos Exteriores de Hitler”.

Todo parecía medido; los planes descritos en Mein kampf se iban cumpliendo. Según estos Polonia debía ser un importante aliado en la futura empresa del III Reich; cumpliría un papel similar al que tiempo después jugo la Hungría de Miklós Horthy. Sin embargo, de manera sorprendente, Polonia dijo no a las pretensiones alemanas. Adolf Hitler se enfureció –no entendía que sus planes no se cumplieran- y decidió que si no era con los polacos, tendría que ser contra ellos.

El fracaso de los planes nacionalsocialistas con respecto a Polonia tuvo importantes consecuencias. En primer lugar llevó al III Reich a una guerra prematura, y puede que no deseada, contra Inglaterra y Francia. En segundo término facilitó la firma del pacto Ribbentrop-Molotov. Y, por último, condenó al pueblo polaco a ser víctima de la renovada maquinaria militar alemana, de las crueldades de las SS, y de la locura racial propia de los nazis.

Bibliografía:

[1] El pacto con el diablo; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2007.

[2] Anotaciones sobre Hitler; Sebastian Haffner – Galaxia Gutenberg – Barcelona – 2002.

[3] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[4] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson – Barcelona – Debate – 2007.

El pacto entre los mayores diablos


“Pero entonces, ¿por qué pactó en agosto de 1939 con Stalin? Para comprenderlo, hay que tener en cuenta que ni en 1933 ni en 1939 estaba Hitler en condiciones de atacar directamente Rusia. Antes debía llevar a cabo tres operaciones preparatorias, las tres sumamente difíciles y que tendían a involucrarlo contra su voluntad en un conflicto con Occidente, que entonces significaba Inglaterra y Francia. El hecho de que realizara las dos primeras sin obstáculos ni dificultades demuestra las estupendas dotes políticas de Hitler. Sólo con la tercera operación tropezó y se vio en la necesidad de buscar el apoyo y la ayuda de Rusia, que estaba predestinada a ser su víctima”.

En torno a 1935 las relaciones entre la Unión Soviética y el III Reich estaban prácticamente rotas. Este proceso se acentuó con la intervención de ambas potencias en la Guerra Civil española. Sin embargo, la actitud hostil de Occidente ante las pretensiones expansionistas de Adolf Hitler a costa de Polonia, llevaron a este a buscar la alianza con los soviéticos. Sólo así podría lanzarse a una guerra en el frente francés sin temer una agresión por parte del gigante oriental. Se trataba, en definitiva, de evitar otra guerra en dos frentes; habían aprendido la lección de la Gran Guerra.

Los nacionalsocialistas habían logrado no alarmar en exceso a franceses e ingleses con el “Anschluss” y la desmembración de Checoslovaquia. Sin embargo, los occidentales no iban a dejar pasar su agresión a Polonia. Esta fue la principal razón por la que Adolf Hiter se lanzó a la aventura del pacto Ribbentrop-Molotov. Por su parte, Stalin no veía con malos ojos esta oportunidad: le permitía ganar territorios a costa de Polonia y los países bálticos, ganar tiempo para rearmarse ante el inminente ataque alemán, y empujar a su mayor enemigo a una sangrienta guerra con Francia e Inglaterra. No obstante, los soviéticos no esperaban una capitulación tan rápida por parte de los franceses.

Bibliografía:

[1] El pacto con el diablo; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2007.

[2] Anotaciones sobre Hitler; Sebastian Haffner – Galaxia Gutenberg – Barcelona – 2002.

[3] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[4] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson – Barcelona – Debate – 2007.

Dos personajes con sus respectivos proyectos


“Ambos tenían una idea fundamental a la que se mantuvieron fieles a través de errores y extravíos. Una vez se comprenden estas ideas, se posee la clave para todo. Entonces se entiende por qué entre la Alemania de Hitler y la Rusia de Stalin tenía que darse un enfrentamiento de una brutalidad sin igual; y uno reconoce fácilmente por qué Rusia superó ese enfrentamiento y Alemania no: porque la idea fundamental de Stalin, con toda su desmesura y crueldad, era razonable; en cambio, la de Hitler era fantasiosa”.

El objetivo de este artículo es explicar brevemente el objetivo, fantasioso según Sebastián Haffner, del nacionalsocialismo alemán. El autor se basa en el contenido de Mein Kampf a la hora de analizar el proyecto alemán. Cree, y en mi opinión acierta, que ahí se encuentra toda la información necesaria para entender los planteamientos de Adolf Hitler; lo cual no quiere decir que, ante diversas circunstancias, el propio Führer retocase algo el guión. Por lo tanto, en la obra del líder nazi encontramos esas ideas fundamentales que nos facilitan entender sus movimientos. Sebastián Haffner dice lo mismo de Stalin. Ese caso no lo conozco con certeza, así que no me pronunciaré. Puede que el georgiano tuviera un plan a partir del cual se movió a lo largo de todo el conflicto; yo no lo tengo claro por falta de conocimiento. De lo que si estoy seguro es de que Adolf Hitler lo tenía.

Sebastián Haffner nos dice que el Führer concebía el desarrollo histórico como una lucha de razas. En este panorama todas debían buscar la supremacía racial, al tiempo que se mantenían libres del bacilo judío (estos buscaban, única y exclusivamente, la decadencia de las demás etnias). Adolf Hitler sostenía que los arios germanos debían enfrentarse, como primer paso para alcanzar la victoria, a los eslavos, cuyo representante más importante era la Unión Soviética. Después les tocaría el turno a otros pueblos, pero para los nacionalsocialistas era fundamental derrotar a tan temido enemigo. Además, esto contribuiría al cumplimiento del eterno sueño alemán: convertir Rusia en un rico territorio colonial dependiente de Alemania.

Bibliografía:

[1] El pacto con el diablo; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2007.

[2] Anotaciones sobre Hitler; Sebastian Haffner – Galaxia Gutenberg – Barcelona – 2002.

[3] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[4] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson – Barcelona – Debate – 2007.

Hitler y Stalin: Alemania y la Unión Soviética


Abordamos ahora el último capítulo de El pacto con el diablo, sobre él podrán leer los siguientes artículos: Dos personajes con sus respectivos proyectos, El pacto entre los mayores diablos, La cuestión polaca: de la alianza al exterminio, Las razones de Stalin, y Si Creso cruza el Halys, se destruirá un gran imperio.

“A partir de 1933, la historia de Alemania y Rusia se convierte en la historia de un duelo entre dos hombres, Hitler y Stalin, que durará doce años. Los dos eran hombres de una fuerza de voluntad fuera de lo común, de grandes dotes políticas, audacia y fantasía, enorme obstinación y crueldad sin escrúpulos; y ambos se habían vuelto todopoderosos en sus respectivos países. Ahora, durante doce años, sólo contaba lo que ellos pensaran”.

La cita anterior nos introduce en un nuevo capítulo –el último- de El pacto con el diablo. En él, Sebastián Haffner deja de lado la realidad de ambas naciones para centrarse, como bien indica la cita anterior, en el estudio de los dos personajes que rigieron los destinos de ambas naciones. El “Alemania es Hitler y Hitler es Alemania” de Rudolf Hess es tomado al pie de la letra por el autor del libro para describirnos el final de este curioso baile entre los dos diablos. Es más, Sebastián Haffner defiende la similitud de ambos regímenes totalitarios al decirnos de manera velada: “La Unión Soviética es Stalin y Stalin es la Unión Soviética”.

Bibliografía:

[1] El pacto con el diablo; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2007.

[2] Anotaciones sobre Hitler; Sebastian Haffner – Galaxia Gutenberg – Barcelona – 2002.

[3] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[4] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson – Barcelona – Debate – 2007.

La ruptura de la cooperación militar


Finalizábamos el artículo anterior señalando el error de Stalin al juzgar, en un primer momento, el carácter e intenciones del nuevo régimen nacionalsocialista. La aparición de una nueva forma de gobernar en el estado alemán trajo consigo la quiebra de la amistad germano-soviética, que sólo se restauró de manera temporal en 1939. Poco a poco, el edificio de Rapallo se fue cayendo. El derrumbe comenzó con el fin de la colaboración militar:

“La amistad germano-rusa de la época de Rapallo tardó tiempo en morir. Se desmoronó lentamente a lo largo de 1933, algunos restos pervivieron incluso durante un año más, y la situación de enemistad absoluta que caracterizó la etapa de Hitler llegó en 1935. Pero el pilar central de esta amistad, la cooperación militar, fue lo primero que se rompió, de forma completamente repentina y en apariencia inesperada”.

Bibliografía:

[1] El pacto con el diablo; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2007.

[2] Anotaciones sobre Hitler; Sebastian Haffner – Galaxia Gutenberg – Barcelona – 2002.

[3] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[4] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson – Barcelona – Debate – 2007.