Cuarto pecado: la guerra submarina sin cuartel


“Con la guerra submarina sin cuartel Alemania cometió por segunda vez el mismo error, sólo que de mayor envergadura, que el que había supuesto el plan Schlieffen. De nuevo estuvo dispuesta a aceptar un mal seguro a cambio de una mera expectativa de obtener un beneficio incierto”.

De inicio Sebastián Haffner nos plantea una acertada analogía entre el segundo y el cuarto “pecado capital”. La entrada del Imperio Británico en el conflicto fue fruto del empecinamiento alemán por derrotar más fácilmente a Francia ignorando la neutralidad belga. De la misma manera, tratar de someter a los ingleses por medio del empleo masivo de fuerzas submarinas iba a provocar que los EE.UU. declarasen la guerra al II Reich.

Se repetía, pues, la misma situación: con el fin de derrotar a un enemigo se asume el riesgo de provocar –con total seguridad- la animadversión de otra potencia mayor. Si a esto añadimos que, como sucedió tanto en el caso francés como en el británico, el tan ansiado objetivo de dejar fuera de combate a un enemigo puede no cumplirse, el desastre es aún mayor. A causa de esta política El Imperio Alemán introdujo a Inglaterra y los EE.UU. en la Gran Guerra, y a cambio no consiguió nada: de dos contrincantes pasó a tener cuatro. No obstante, Haffner defiende que existieron importantes diferencias entre estos dos “pecado”: la guerra submarina sin cuartel fue un fallo aún más imperdonable que la invasión de Bélgica. En primer lugar porque se cometió el mismo error por segunda vez.

En segundo término porque la posición de los EE.UU. en 1917 era bastante más clara que la del Imperio Británico en 1914: los americanos manifestaron repetidamente que en caso de guerra submarina declararían la guerra a Alemania, afirmación que nunca fue pronunciada en Londres cuando se planteo la cuestión belga. La entrada de Inglaterra en la Gran Guerra era una posibilidad; la de los Estados Unidos era segura. Finalmente el autor señala que la tercera diferencia consistió en la forma de tomar la decisión: mientras que el plan Schlieffen, rodeado de todo el secretismo militar, se ejecutó rápidamente, la guerra submarina se debatió durante dos años, siendo sometida a la voluntad del Reichstag y de la opinión pública.

¿Cómo llegaron los alemanes a convencerse de que la guerra submarina sin cuartel era la mejor manera para ganar la guerra? La respuesta a esta incógnita hemos de buscarla en el tercer “pecado capital”: la huída de la realidad. Alemania, encerrada en su habitual idealismo, había renunciado a toda paz que no supusiera una victoria total. De esta manera, es lógico llegar a la conclusión de que solo ahogando el comercio marítimo británico se podía llegar a tal meta. Una vez conseguido ese objetivo el II Reich confiaba en poder mantener a los americanos lejos de Europa mediante un cordón submarino en el Atlántico.

Sin embargo, aunque estuvieron cerca provocar el colapso de la flota inglesa, los alemanes no llegaron nunca a controlar los océanos. Sus enemigos, duramente golpeados por el impacto inicial de la guerra submarina sin cuartel, fueron poco a poco encontrando revulsivos ante el acoso germánico. De esta forma, las islas británicas nunca quedaron aisladas, y los americanos pudieron cruzar el Atlántico y luchar en suelo francés con el fin de derrotar a Alemania.

Bibliografía:

[1] Los siete pecados capitales del Imperio Alemán en la Primera Guerra Mundial; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2006.

[2] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[3] La Primera Guerra Mundial; Hew Strachan – Barcelona – Crítica – 2004.

El Japón contemporáneo hasta 1945

Artículo publicado por Historia en Presente el 10 de julio de 2008.


La semana pasada publicaba un artículo sobre la Historia de China entre 1800 y 1949. En esta ocasión, teniendo en cuenta la intensa relación entre el gigante asiático y sus vecinos nipones, me he decidido a escribir algo acerca de Japón en esas mismas fechas. Como se comprueba a lo largo de las siguientes líneas, las referencias a China son constantes.

Japón a comienzos del siglo XIX

Japón era a principios del periodo contemporáneo un país agrícola. Sin embargo, aunque era heredero cultural de China, no estaba tan lastrado por la tradición como esta. La estructura japonesa, que presentaba rasgos propios de la jerarquización feudal, estaba abierta a un rápido desarrollo; tan sólo era necesario ponerlo en marcha. Hemos dicho que Japón debía buena parte de su identidad a la aportación del gigante continental.

No obstante, a diferencia de los chinos, los japoneses no despreciaban las virtudes militares, sino todo lo contrario. Además, aunque existía un rechazo al extranjero, veían con buenos ojos la práctica del comercio, que era controlado por el grupo de los daimíos.

La evolución japonesa es análoga a la de China. A lo largo de este periodo Japón hace concesiones a los países industrializados: cede una base a los holandeses en Nagasaki, permite la entrada de los norteamericanos en 1853, y otorga privilegios a Rusia tras ser derrotada militarmente. No obstante, en lugar de cerrarse más sobre sí mismo, tal como tendió a hacer el gobierno chino, Japón se sume en una profunda crisis. El final de esta marcó el comienzo del desarrollo de los nipones hasta llegar a convertirse en una gran potencia industrial, diplomática y militar.

La formación del imperio japonés: ruptura del aislacionismo

Tras la crisis originada por las derrotas y concesiones comerciales de la década de 1850, Japón emprendió el camino del desarrollo; un avance que le iba a equiparar en pocas décadas a las potencias occidentales. De esta forma, en la guerra que le enfrentó a China por el control de Corea y Manchuria (1894-1895), los japoneses obtuvieron un rápida y sorprendente victoria.

El éxito militar se repitió en el conflicto de 1904-1905 con Rusia por idénticos territorios. Cinco años más tarde, en 1910, Japón se anexionó Corea, y en 1914, aprovechando la Gran Guerra, las posesiones alemanas en el Océano Pacífico. Finalmente, los japoneses presentaron a China en 1915 una lista de veintiún peticiones. La aceptación de la misma suponía de hecho el control de la nación nipona sobre el gigante continental.

Las causas del imperialismo japonés que acabamos de describir hemos de buscarlas en la Revolución Meiji, que afectó a casi todos los campos de la vida política, económica, social y cultural de Japón.

A este hecho hemos de añadir la explosión demográfica experimentada por el país, el aumento de la producción de arroz y las consiguientes ganancias vía exportación, el rápido desarrollo industrial de esos años, las indemnizaciones de guerra aportadas por las naciones derrotadas… Además, los japoneses tomaron conciencia de que la escasez de materias primas en su propio territorio les obligaba a importarlas y, por tanto, para equilibrar la balanza de pagos debían exportar productos manufacturados. En definitiva, este desarrollo le permitió a Japón llevar una política de rechazo a la presencia occidental en extremo oriente algo similar a la Doctrina Monroe norteamericana.

El expansionismo japonés

Tras la Gran Guerra (1914-1918), Japón se integró en las corrientes políticas de Occidente. Fue uno de los protagonistas de los tratados de paz, en los que, como potencia victoriosa, sacó compensaciones; eso sí, no tantas como las que esperaba, lo que le llevó a formar bloque con la irredenta Italia. Los japoneses se vieron arrastrados también por la oleada democrática-liberal que sacudió el globo tras el conflicto. Esto obligó al gobierno imperial a introducir ligeros cambios en su propio sistema político. No obstante, esos ideales democráticos fueron barridos por la crisis de los años treinta.

En esos años, el poder militar, que nunca había llegado a someterse a las autoridades civiles, tomó el poder tras un breve periodo de rumores y “ruido de sables”.

Con un gobierno semifascista en el poder, los japoneses invadieron Manchuria en el año 1931, estableciendo en este territorio un estado satélite. Posteriormente, envalentonados con el progresivo repliegue británico en el Pacífico, presentaron nuevas exigencias a la China de Chiang Kai-shek, a la que finalmente declararon la guerra en 1937. Este conflicto se solapó con la II Guerra Mundial, en la que Japón se integró en virtud del pacto Antikomintern firmado con la Alemania nacionalsocialista y la Italia fascista.

El declive de la potencia japonesa en la guerra se inició con el mayor de sus éxitos: el bombardeo de Pearl Harbour.

El enfrentamiento con los EE.UU., caracterizado por numerosos enfrentamientos en las numerosas islas del Pacífico, terminó en derrota tras la batalla de Midway y los ataques atómicos sobre Hiroshima y Nagasaki en verano de 1945. En los acuerdos de Potsdam y Yalta se sancionaba la pérdida, por parte de Japón, de los territorios ocupados en China, Formosa y Corea. Además, los norteamericanos ocuparon varias islas en el Pacífico a costa del poder japonés, que era obligado a desmilitarizarse y a establecer un régimen democrático de estilo anglosajón.

Bibliografía

[1] Historia Universal Contemporánea I y II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[2] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson – Barcelona – Debate – 2007.

[3] La creación de Japón 1853-1964; Ian Buruma – Barcelona – Mondadori– 2003.

[4] Historia del Japón I. El fin del shogunato y el Japón Meiji, 1853-1912; J. Mutel – Barcelona – Vicens Vives– 1972.

[5] Japón en el siglo XX: de imperio militar a potencia económica; Luis Eugenio Togores Sánchez – Madrid – Arco-Libros– 2000.

[6] Historia del nacionalismo; Hans Kohn – México – Fondo de Cultura Económica – 1984.

China: el gigante asiático de 1800 a 1949

 Artículo publicado por Historia en Presente el 3 de julio de 2008.


Existen mil y un motivos para escribir en la actualidad sobre China, así que este artículo apenas precisa de presentación. No obstante, como siempre viene bien explicar el porqué de las cosas, les diré que he escogido este momento con motivo de los próximos Juegos Olímpicos de Pekín. A continuación trato de analizar, de forma sintética y general, la Historia de ese país entre comienzos del XIX y mediados del XX. Pongo punto y final a mi relato con el triunfo del comunismo maoísta en China; aunque no descarto completar ese repaso histórico en artículos futuros.

China a comienzos del XIX: política interior y exterior

A comienzos del siglo XIX China era, como en la actualidad, un enorme país que contaba con un gran potencial demográfico. Sin embargo, ese gigante oriental era víctima de la inercia marcada por su centenaria tradición y por las élites gobernantes. Mientras el mundo occidental vivía un intenso proceso de urbanización e industrialización, China era un país de campesinos, compuesto por un sinfín de pequeñas y grandes aldeas; apenas existían ciudades que, desde luego, no eran como las europeas.

Esa sociedad rural era relativamente homogénea; tan sólo destacaba del común un pequeño grupo aristocrático al que, debido al inmovilismo existente, era muy difícil acceder.

En Pekín, una de las pocas urbes a las que nos referíamos anteriormente, vivía el emperador con su séquito y los miembros de la administración estatal. El gobernante, para escarnio de algunos habitantes del país, pertenecía a una dinastía extranjera de origen manchú [3]. No obstante, la labor de gobierno, donde destacaba la figura de los mandarines, era relativamente eficaz. Estos, al igual que la mayor parte de la población china, recelaban de la presencia mercantil y militar extranjera que, a lo largo del siglo XIX, se fue haciendo más abrumadora.

La primera apertura de China a las exigencias comerciales de esos países –exceptuando, claro está, las tímidas relaciones establecidas desde los viajes de Marco Polo- se produjo en Cantón, y los beneficiados fueron los británicos. Posteriormente, el Tratado de Nankín puso fin a la llamada Guerra del Opio, que enfrentó a los chinos con el Imperio de la Reina Victoria entre 1839 y 1842 [4].

Según las cláusulas del mismo, los vencedores adquirían el derecho a comerciar en cinco puertos de China, uno de ellos a orillas del Yang Tse Kiang. Además, se otorgaba un estatuto especial para Hong Kong. En este mismo periodo también Francia y los EE.UU. lograron arrancar concesiones al receloso gobierno oriental. Había dado comienzo el reparto de la “tarta china” que tan bien caricaturizaron a finales de siglo los dibujantes de la prensa europea.

Estas concesiones fueron ampliadas a estas y otras potencias con motivo de la larga insurrección de los Taiping, donde los occidentales tomaron postura en favor de estos o del gobierno en función de sus propios intereses [4].

Estancamiento y crisis en China

La, en cierto modo violenta, incursión comercial de Occidente provocó un generalizado rechazo -en ocasiones rozando lo cómico- hacia todo lo relacionado con los “invasores”; incluido el desarrollo de estos. Y, por si fuera poco, la fidelidad a la civilización tradicional china no ayudó precisamente a superar estos prejuicios. Mientras el poder imperial se iba poco a poco descomponiendo, el territorio fue dividiéndose en feudos controlados por los “señores de la guerra”.

Sin embargo, no todo eran desgracias para el pueblo chino. En los puertos abiertos al comercio, lugares donde se concentraban los principales intereses europeos y norteamericanos, se fueron formando enclaves de desarrollo económico. Fruto de la acumulación de población que huía de la pobreza rural, se levantaron grandes ciudades; lugares que sirvieron como catalizadores de las nuevas ideas.

La manifestación más clara del retraso de China la encontramos en el control que su vecino nipón empieza a tener sobre ella. Japón se convierte, al igual que las potencias occidentales, en “señor” de los destinos chinos tras derrotar al gigante asiático en la Guerra de Corea.

La victoria japonesa tuvo consecuencia territoriales y comerciales para la propia China, de las que también procuraron sacar partido los europeos. Sin embargo, el temor de estos últimos a que el expansionismo japonés pusiera en peligro sus intereses comerciales, les llevó a apoyar al más débil. De esta manera, la nueva potencia fuerte –Japón- no pudo sacar de su victoria todas las concesiones que deseaba.

Las sucesivas derrotas y humillaciones facilitaron el surgimiento de sociedades secretas que actuaban contra los intereses del gobierno, de los señores, y de las propias potencias occidentales. Esas organizaciones constituyeron el germen de la “revuelta de los boxers”, ante cuyas reclamaciones los emperadores no tuvieron más remedio que ceder.

Tan sólo la intervención occidental en pleno cambio de siglo impidió que los radicales chinos se hicieran con todo el poder. Las potencias, que por supuesto descartaban la posibilidad de colonizar territorialmente China –era demasiado extensa y llevaba asociada consigo demasiados problemas-, se limitaron a obtener nuevas garantías y privilegios una vez finalizado el conflicto.

Las revoluciones chinas

La crítica situación que vivía China obligó a la emperatriz Tseu-Hi a aceptar el programa reformista propuesto por la nueva clase de hombres de negocios que había surgido en el país [3].

Estos impulsaron un proceso de desarrollo basado en prácticas económicas de tipo moderno, que vino acompañado de una reforma del Ejercito y del funcionariado, y por la promulgación de una Constitución. Además, se abandonaron muchas de las antiguas tradiciones, de entre las que destaca el culto a la figura divina imperial. Esto, junto con el aumento del número de funcionarios y altos cargos antidinásticos, debilitaron la posición de la familia imperial.

En 1912, tras la caída de la dinastía reinante Sun Yat Sen se convirtió en el primer presidente de la República China. Este personaje había elaborado unos años antes una teoría política en la que defendía el nacionalismo antimanchú, el antiimperialismo, la democracia y el socialismo. Sin embargo, su ineficacia en la lucha contra los imperiales y los “señores de la guerra”, a la que se unió la anarquía existente dentro del propio territorio republicano acabaron propiciando el relevo en la presidencia; Sun Yat Sen fue sustituido por Yuan Che-kai.

Al término de la Gran Guerra (1914-1918), los acuerdo de paz acabaron por legitimar la ocupación japonesa de varios territorios del Pacífico, incluidos algunos pertenecientes a China.

Este hecho, unido a la inercia desastrosa que arrastraba el gigante asiático desde comienzos del XIX, volvió a sumir al país en una profunda crisis. Tras el periodo de caos, en 1927 el Kuomintang asumió el poder. La tranquilidad se prolongo durante un breve periodo de cuatro años, en los cuales este grupo mantuvo unidos en su seno a nacionalistas, socialistas y demócratas. La ruptura del pacto con los comunistas marcó el inicio de un nuevo periodo de crisis.

Las luchas entre “señores de la guerra” volvieron a asolar el territorio chino, al tiempo que Japón invadía Manchuria en 1931. Con este panorama interno China iba a enfrentarse al convulso periodo bélico de finales de los años treinta y principios de los cuarenta. En 1937 iniciaba una guerra con Japón que, enlazando con los II Guerra Mundial, no tocó a su fin hasta el años 1945 [1]. La nación china sufrió grandes pérdidas en el conflicto, fue humillada en numerosas ocasiones, pero gracias a la victoria aliada salió triunfadora en la conflagración.

El final victorioso sobre Japón en la guerra de 1937-1945 no acabó de apaciguar los ánimos en China. La división dentro del Koumintang tras la ruptura protagonizada por los comunistas de Mao Tse-Tung, llevó al ejército de este a enfrentarse con el gobierno de Chang Kai-Shek [5].

La guerra civil china duró cuatro años (1945-1949). En ella los comunistas, con apoyo de la URSS, se alzaron con la victoria.

Los nacionalistas huyeron del territorio continental, constituyendo un gobierno en el exilio en la isla de Taiwán (Formosa) bajo la protección y el reconocimiento de los EE.UU. Desde entonces existen dos estado que reclaman la herencia china: uno comunista en el continente, y otro nacionalista en la isla.

Bibliografía

[1] Historia Universal Contemporánea I y II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[2] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson – Barcelona – Debate – 2007.

[3] Los Manchúes; Pamela Kyle Crossley – Barcelona – Ariel – 2002.

[4] Historia breve de China; Pedro Ceinos – Madrid – Silex – 2003.

[5] Cisnes salvajes: tres hijas de China; Jung Chang – Barcelona – Circe – 2006.

[6] Historia del nacionalismo; Hans Kohn – México – Fondo de Cultura Económica – 1984.

Los caudillos mexicanos del XIX

Artículo publicado por la web Club Lorem Ipsum el 29 de abril de 2007.


De Miguel Hidalgo a Porfirio Díaz el siglo XIX mexicano es la historia de sus caudillos y héroes que, con más o menos suerte, guiaron los pasos de la nación americana.

En la tradicional pugna de los grandes personajes con el devenir histórico, Enrique Krauze nos presenta Siglo de caudillos. Con este recorrido por la Historia decimonónica de México pretende, sin caer en los extremos que considera erróneos -el culto a la personalidad y la negación de la intencionalidad individual-, aportar su pequeño granito de arena a la polémica. La nación de los antiguos aztecas es resultado de numerosos factores, no sólo la acción de sus élites. Sin embargo, la actuación de estas personas pesó en su configuración final. Esa es la línea argumental que sigue esta investigación con apariencia de novela.

Enrique Krauze se sirve de una celebración -el centenario del “Grito de Dolores”, hito fundamental en el proceso de independencia mexicano-, para iniciar su repaso histórico. Desde esa atalaya de repasa cien años de Historia marcados por dos visiones bien diferenciadas, la liberal y la conservadora. No obstante, ambas coinciden en un punto: tratar a sus padres ideológicos como héroes y a los contrarios como traidores.

La obra parte de la historiografía liberal de la época de Porfirio -personificada en los discursos, monumentos, fiestas y avenidas de la capital- con el fin de criticar su excesivo partidismo. A continuación el autor plantea una reflexión histórica más imparcial -alejada de esa Historia de dioses y demonios- que recupere para México esos protagonistas que la historiografía oficial de principios del XX dejaba a un lado.

A continuación la obra nos muestra con detalle la vida de los principales caudillos de México que, a modo de guías, nos permiten también repasar la Historia de esa nación.

Es más, no faltan en la obra capítulos que, sin tener como protagonista a ninguno de estos personajes, tratan de situarnos en los acontecimientos mexicanos del momento. Por tanto, estos epígrafes son, al mismo tiempo, nexos de unión entre la vida de los diferentes líderes y perspectivas generales de la situación del país.

Además, Krauze nos ofrece también la visión que, en las sucesivas épocas, se ha tenido de estas grandes figuras. Las dos primeras nos muestran lo cerca que se movieron en la década de 1810 la revolución y el sentimiento religioso. No obstante, son muchas las diferencias que se aprecian entre el cura Hidalgo y José María Morelos. El primero se nos presenta en esta obra como un loco, un visionario que desató una orgía de saqueo y muerte sin más finalidad que la propia atrocidad vengativa.

Por el contrario, Morelos si parecía tener un proyecto que poner en práctica tras la guerra. Fue un personaje más equilibrado, ordenado y pragmático; un hombre capaz de legislar con más respaldo que el mero providencialismo de Hidalgo. El de Valladolid de Michoacán demostró una vez más ser superior a su antecesor al no retractarse ante el tribunal que lo juzgaba. José María Morelos murió sin traicionar a sus ideas y a sus compañeros de revolución.

Agustín de Iturbide es la siguiente figura que nos presenta Enrique Krauze. Destaca su magistral actuación en Iguala y su lucha incansable contra la anarquía desatada por los “curas revolucionarios”.

Sin embargo, a juicio de numerosos contemporáneos –Simón Bolívar entre ellos- su gran error fue aceptar la corona imperial en 1822. Esta, a la postre, resultó ser una trampa que lo arrojó sin remedio al infierno de la historiografía mexicana. A juicio del autor, Agustín I abdicó sin ofrecer resistencia por su temor a la anarquía que, inevitablemente, una guerra civil tendría que desatar.

Su vida se movería entre ese miedo y su ansia de poder. Ambos elementos lo llevaron a coordinar la concordia Trigarante, pero también al exilio en Europa tras la rebelión de Santa Anna. Es precisamente esta figura, cuya vida corrió paralela a la de la nación desde Casamata hasta Ayutla, la siguiente en salir al escenario de caudillos fabricado por Enrique Krauze. Este militar, a pesar de su intermitencia en el poder, fue el alma de México entre 1822 y 1854; el líder sediento de gloria al que el país siempre pudo recurrir en los momentos de dificultad.

Santa Anna fue un hombre al que le aburría la tarea de gobierno, de ahí su confianza en la labor del vicepresidente Gómez Farias y sus habituales retiradas de la vida pública. Como el México de su tiempo, parecía encontrarse cómodo en la anarquía, en el rol de salvador. Sin duda este personaje nació para esa época de la Historia mexicana; en periodos de estabilidad hubiera pasado –nos dice el autor- totalmente desapercibido.

Antes de adentrarse en el México de Benito Juárez y Porfirio Díaz, Krauze dedica un amplio capítulo a lo que llama “Biografía del saber”. En él aborda la cuestión ideológica de liberales y conservadores acudiendo a las figuras de sus padres intelectuales: José María Mora –“el futuro como un proceso de liberación”- y Lucas Alamán –“el futuro como un proceso de preservación”-.

Estos personajes guiaron las ideas de ambos partidos hasta el periodo comprendido entre los años de la derrota contra los EE.UU. (1848) y el posterior final del general Santa Anna (1854). Después de esos hechos fueron otros los ideólogos que, manteniendo las líneas fundamentales de los planteamientos de Mora y Alamán, azuzaron el debate político de la nación.

La crisis de 1848 marcó el inició de un cambio que culminó en México seis años después. Toda una generación de estadistas, teóricos y militares desapareció del panorama político para dejar paso a una nueva hornada de caudillos.

El fracaso de los primeros cincuenta años de independencia era fruto de la inoperancia de los líderes recién retirados del gran teatro del poder, pero también el de una clase social: los criollos. El relevo no fue, como destaca Enrique Krauze, únicamente de tipo generacional; el gobierno pasó a manos de mestizos e indios como Melchor Ocampo, Ignacio Ramírez, Ignacio Comonfort y, sobre todo, Benito Juárez y Porfirio Díaz.

Estos hombres que trataron de reformar México en medio de dificultades, guerras civiles, invasiones extranjeras e imperios fabricados desde el Viejo Continente –Krauze dedica también un epígrafe a Maximiliano I-, iban a guiar a su país hasta el centenario de su independencia.

Como hemos indicado, se trataba de una nueva generación no perteneciente al criollismo. Sin embargo, también se produjo un relevo en el ámbito profesional: ya no eran religiosos y militares los que acaudillaban México, estos personajes surgidos a mediados del XIX eran abogados, ingenieros, médicos… las profesiones liberales iban a gobernar la nación desde ese momento.

Siglo de caudillos termina con la revolución que llevó a Porfirio Díaz al exilio en 1911. Con este personaje comenzaba Krauze su obra, y con él da por finalizado un ameno repaso al siglo XIX mexicano.

Nos encontramos, al fin y al cabo, ante un trabajo que, a pesar de sus numerosas lagunas –fruto del modelo prosopográfico escogido por el autor- sabe despertar en el lector el interés por la cuestión mexicana. Enrique Krauze no nos ofrece un repaso exhaustivo de la Historia de México. Sin embargo, todo aquel que tenga una mínima base sobre los asuntos planteados, valorará esta obra como un tesoro y, por qué no, como fuente de conocimientos.

Bibliografía:

[1] Siglo de caudillos; Enrique Krauze – Barcelona – Tusquest – 1994.

[2] Historia Universal Contemporánea I; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[3] La emancipación de Hispanoamérica; Jaime Delgado Martín.

[4] Las revoluciones hispanoamericanas 1808-1826; John Lynch – Barcelona – Ariel- 2008.

La postguerra que planeó Hitler

Artículo publicado por la web Club Lorem Ipsum el 15 de marzo de 2007.


En mayo de 1945 finalizaba la II Guerra Mundial en su ámbito europeo. Tras casi seis años de duro conflicto el Viejo Continente se encontraba devastado, y las otrora poderosas naciones exhaustas.

En ese tiempo el mundo había cambiado mucho: llegaba la hora de las superpotencias, y con ellas el declinar de imperios como el británico o el francés. Norteamericanos y soviéticos ocupaban Europa con el apoyo de sus frágiles aliados.

Sin embargo, esa gran coalición contra el nacionalsocialismo, fraguada en las diversas conferencias interaliadas –Moscú, Teherán, Yalta y Potsdam-, no tardaría en quebrarse. Los gestos de “amistad” entre Stalin, Churchill y Roosevelt fueron sustituidos por duros reproches y discursos acusatorios como el de Sir Winston en la universidad de Fulton (Missouri), el de Harry Truman ante el Congreso de los EE.UU., o el de Jdanov en el seno de la Kominform.

Después de la ruptura de la Gran Alianza, Europa y el orbe tendrían que someterse a uno de los dos bloques; daba comienzo así la Guerra Fría. El mundo anglosajón, capitaneado por los EE.UU., se enfrentaba al desafío de la revolución mundial promovida desde 1917 por los bolcheviques rusos. Se trataba de un nuevo conflicto mundial entre los vencedores de la guerra.

No obstante, la cuestión que nos ocupa aquí no es trazar el recorrido histórico –de ahí que nos centremos únicamente en sus inicios- de ese ciclópeo pulso. El objetivo de este artículo es demostrar que no fueron los políticos eslavos y anglosajones los que idearon el sistema de bloques. La postguerra la planeó un austriaco.

La organización del orbe en torno a dos grandes potencias surgidas tras la guerra era una idea que se encontraba en los planes de Adolf Hitler.

El líder nacionalsocialista pronosticaba en Mein Kampf un enfrentamiento entre el mundo germánico y el blochevique. De él tenía que surgir un Reich más fuerte capaz de dirigir a la Europa centro-oriental en su enfrentamiento contra el otro gran gigante: los EE.UU. La II Guerra Mundial era el medio que los nazis tenían para alcanzar ese objetivo: Hitler la necesitaba, por eso la provocó. El de 1939 fue un conflicto nacionalsocialista; tuvo, al contrario que en 1914, un único responsable.

El desarrollo de las operaciones militares acabó por desengañar a Hitler. En el enfrentamiento entre alemanes y bolcheviques fueron estos últimos los que lograron la victoria. No sería el III Reich el que protagonizaría el gran enfrentamiento de la postguerra, sino la URSS El imperio que pretendía utilizar el megalómano austriaco para derrotar al mundo anglosajón (Europa centro-oriental y la Rusia asiática) pasó a estar -también Alemania- en manos de Stalin. Muy pronto supo Hitler que la derrota era segura. Así se explican muchas de sus acciones desde 1943, incluida la declaración de guerra –prematura según su plan original- a los EE.UU.

El mundo surgido tras la II Guerra Mundial era, en cierto modo, hijo del nacionalsocialismo. Hitler forzó las estructuras del sistema de Versalles para alcanzar sus objetivos, pero lo que consiguió fue poner en manos de Stalin un gran imperio en el corazón de Europa.

Aún así, con independencia de su triunfo o derrota, el III Reich fue el que encendió la mecha de ese gran cambio. Los nazis empezaron la guerra que transformaría el mundo en tan sólo seis años. Es más, el resultado fue, en cierto modo, el que esperaban: del conflicto germano-soviético surgió un gigante, un poderoso imperio. Cierto es que Hitler esperaba que ese coloso fuese Alemania, pero el resultado, con independencia de los protagonistas, fue el mismo.

El mundo polar –dividido en dos bloques- fue idea del austriaco, y la guerra que lo formó también fue obra suya. Su derrota, el fin del Reich de los mil años, dejó en bandeja a su gran enemigo el destino que creía reservado para él. Los bolcheviques fueron los encargados de poner en marcha el “Imperio del Este”, pero de una manera más propia del ámbito panruso.

Efectivamente, la mentalidad alemana poco tenía que ver con la del extenso país oriental. Stalin no era partidario de un enfrentamiento directo con Occidente, simplemente pretendía asentar su dominio sobre los territorios adquiridos y los demás Estados satélite.

Durante los cuarenta años en que se mantuvo vigente el sistema de bloques, los EE.UU. y la URSS no protagonizaron ningún enfrentamiento militar directo. Los dirigentes de ambas potencias siempre fueron conscientes de las catástrofes que una lucha entre ambas hubiera provocado: se temían y respetaban a pesar de su enemistad. Cabe plantearse si los nacionalsocialistas hubieran actuado igual en el caso de vencer al enemigo eslavo en la II Guerra Mundial.

Sin duda, todo habría sido muy distinto; entre otras cosas porque el III Reich ya se había mostrado hostil al mundo anglosajón antes de invadir la Unión Soviética en 1940. Stalin inició la postguerra como aliado de EE.UU. y Gran Bretaña, mientras que Hitler la hubiera comenzado como enemigo. Es más, los planes del austriaco no contemplaban una coexistencia relativamente pacífica entre ambos bloques.

En la cabeza del líder nazi sólo cabía la opción de un choque inevitable, y deseado, entre los dueños de mundo por el control total del mismo.

Bibliografía:

[1] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[2] Postguerra. Una historia de Europa desde 1945; Tony Judt – Madrid – Taurus -2006.

[3] Anotaciones sobre Hitler; Sebastian Haffner – Galaxia Gutenberg – Barcelona – 2002.

[4] El mundo de ayer. Memorias de un europeo; Stefan Zweig – Barcelona – El Acantilado – 2002.