Abolición de autonomía y resistencia civil V

Otro problema lo aportó la progresiva burocratización. La LDK alcanzó una posición de clara preeminencia, y en algún momento pareció asumir que la situación general era relativamente cómoda para sus cuadros. Así las cosas, y no sin flujos autoritarios, perdió imaginación y resolución. Rugova empezó a funcionar a la manera de líder carismático, con los problemas de paralización consiguientes, mientras que los parlamentarios elegidos en la clandestinidad no se reunían. Algunos analistas albanokosovares interpretaron que a partir de cierto momento el principal designio de la Liga dejó de ser la contestación de las políticas del gobierno serbio para colocar en un primer plano la necesidad de evitar el surgimiento de fuerzas eventualmente competidoras dentro del panorama albanokosovar.

Carlos Taibo, Guerra en Kosovo. Un estudio sobre la ingeniería del odio, p. 99-100.

Abolición de autonomía y resistencia civil IV

En el terreno económico- social se desarrollaron un sistema educativo y un sistema sanitario al margen del Estado. Los doctores y los profesores eran pagados -con salarios bien es verdad que muy bajos, y no siempre librados a tiempo- por la «República de Kosova», buena parte de cuyos fondos procedían de la emigración albano-kosovar. Los datos relativos al sistema educativo eran espectaculares:  en 1995 asistían a clases 312.000 alumnos de primaria, 57.000 de secundaria y más de 12.000 de enseñanza superior. El sistema, que contaba también con dos escuelas de educación especial, se servía las más de las veces de locales privados.

Carlos Taibo, Guerra en Kosovo. Un estudio sobre la ingeniería del odio, p. 97.

Abolición de autonomía y resistencia civil III

El 7 de septiembre de 1990 muchos de los miembros albanokosovares del disuelto parlamento se reunieron en Kaçanik y proclamaron una nueva Constitución que había de regir a la clandestina «República de Kosovo». Las normas aprobadas en Kaçanik sirvieron para articular un auténtico sistema institucional en la sombra y permitieron también que un año después, en septiembre de 1991, se celebrase un referéndum clandestino en el que participó un 87% de los electores y un 99% de los votantes respaldó la creación de una república kosovar independiente. Ésta fue proclamada por el parlamente el 18 de octubre. Varios días después veían la luz, bajo la dirección de la LDK, un gobierno presidido por Bujar Bukoshi.

Carlos Taibo, Guerra en Kosovo. Un estudio sobre la ingeniería del odio, p. 94-95.

Abolición de la autonomía y resistencia civil II

Pero si los efectos de la guerra fueron genéricamente negativos, los de la paz firmada en Dayton no fueron mejores. La estrategia de la resistencia albanesa experimentó un franco retroceso, toda vez que el acuerdo suscrito en los EE.UU. implicaba una aceptación de las fronteras internas del viejo Estado federal yugoslavo, acarreaba reconocimiento paralelo -por las potencias occidentales- de la federación que configuraban Serbia y Montenegro, otorgaba una inesperada legitimidad al gobierno serbio y, por si fuera poco, aceleraba la expulsión de refugiados albanokosovares por parte del gobierno alemán. Muchos albanokosovares se preguntaban por qué se reconocía una República Serbia en Bosnia y en cambio no se hacía otro tanto como una «República de Kosova» en Serbia; acaso las grandes potencias premiaban el uso de la fuerza y castigaban a quienes optaban por la resistencia pacífica. La única contrapartida, de sentido ambivalente en el caso de Kosova, era el compromiso internacional de no levantar las sanciones económicas que pesaban sobre Serbia y Montenegro en tanto en Kosova persistiesen problemas de violación de derechos humanos. En junio de 1996, en fin, los Estado Unidos abrieron en Prishtinë una oficina que tenía un simbólico rango semidiplomático.

Carlos Taibo, Guerra en Kosovo. Un estudio sobre la ingeniería del odio, p. 92.

Abolición de la autonomía y resistencia civil I

Para que nada faltase, la política oficial serbia alentó un ambicioso programa de colonización. Una ley del verano de 1991, que apenas tuvo eco, otorgaba cinco hectáreas de tierra a los serbios y montenegrinos que quisiesen instalarse en Kosova. Las guerras en Croacia y Bosnia-Hercegovina proporcionaron poco después, sin embargo, un número de refugiados serbios dispuestos a trasladarse a Kosova. Al respecto se manejaron las cifras de 6.000 serbobosnios, en 1994, y de 20.000 serbios procedentes de la Krajina, en 1995.

Carlos Taibo, Guerra en Kosovo. Un estudio sobre la ingeniería del odio, p. 90.

La desintegración de Yugoslavia

Los conflictos yugoslavos han tenido una raíz fundamentalmente endógena: han sido viejas rencillas entre pueblos y nuevos problemas entre las élites políticas lo que han provocado el estallido del decenio de 1990. Por ello, atribuir a la comunidad internacional, o a algunos de sus miembros, un papel de relieve en la gestación de los contenciosos yugoslavos parece excesivo. Naturalmente que hay que recordar, eso sí, que la crisis, y la posterior desaparición, del sistema y del bloque soviético algo tuvieron que ver con los conflictos yugoslavos: aunque en modo alguno eran la causa de estos últimos, sí que proporcionaron un entorno internacional en el que la manifestación de tensiones como las que nos ocupan era más factible.

Carlos Taibo, Guerra en Kosovo. Un estudio sobre la ingeniería del odio, p. 85.

#JMJ. Un movimiento social del siglo XXI alternativo

Al día siguiente de escribir mi artículo sobre la financiación de la JMJ, los editores de «Ruta 42» me invitaron a escribir una crónica del evento. Lo cierto es que no me compremetí en un primer momento: respondí con una incógnita. Sin embargo, a mi regreso de Madrid eran tantas las cosas que tenía que decir que no pude resistirme a la tentación de plasmar sobre el papel mis impresiones sobre este encuentro.

Una vez más he insertado esta entrada dentro de las dedicadas a los movimientos sociales del siglo XXI. La razón de está decisión es sencilla: creo que las JMJ, si bien con un carácter distinto a los demás, puede incluirse dentro de este grupo. Precisamente esa diferencia es la que me lleva a darle la denominación de «alternativo», en la que no pretendo en ningún momento dar a entender una oposición de este con respecto a los demás.

Aunque todo lo que vivimos durante esos días no se puede recoger en apenas dos folios, espero que el artículo sea de vuestro agrado.

JMJ Madrid 2011: una experiencia inolvidable

Sorprende que un octogenario como Joseph Ratzinger haya conseguido reunir en Cuatro Vientos a la mayor multitud en la historia de este país. Aún durante el pontificado de Karol Wojtyla podía argumentarse que se trataba de un hombre con un carisma especial, un gran comunicador. No es mi intención restar virtudes a Benedicto XVI, pero su perfil está muy alejado del típico fenómeno de masas.

Quizás deberíamos empezar a pensar que no son Karol ni Joseph los que mueven a millones de peregrinos, sino que hay algo detrás. De hecho, ni uno ni otro hablan de sí mismos en las JMJ. El protagonista de sus discursos es un tercer hombre: Jesucristo.

Sólo en ese contexto se entiende el acontecimiento que, durante esta última semana, ha tenido lugar en el madrileño parque de El Retiro. Doscientos confesionarios llenos y colas de miles de personas, muchas de ellas ajenas a la JMJ que, en ese ambiente especial, decidieron abrir su corazón al perdón de Dios. Los católicos no somos distintos a los demás ciudadanos; no somos perfectos, pero tenemos la suerte de poder reconocer nuestras culpas, repararlas en la medida de lo posible y empezar de nuevo el camino con más alegría si cabe. El perdón, al fin y al cabo, tiene una fuerza difícil de medir.

Desde mi llegada a la capital en la tarde del viernes fui testigo del cariño con el que los ciudadanos de Madrid han recibido a los peregrinos. La oposición de los primeros días de agosto -provocada por informaciones contradictorias y, en buena medida, malintencionadas- dio paso a una complicidad entre madrileños y jóvenes, fruto de la alegría y el buen humor que suele acompañar a las JMJ. Siempre hay tristes excepciones, pero lo habitual eran los saludos, aplausos, abrazos, ofrecimientos, conversaciones agradables… ¡Gracias, Madrid!

El sábado por la mañana los madrileños volvieron a mostrar su hospitalidad cuando caminábamos desde el metro de Aluche a Cuatro Vientos. Mientras miles de banderas de los cinco continentes avanzaban hermanadas hacia el aeródromo, muchas personas del barrio salían a los balcones a aplaudir y nos tiraban agua para aliviar el intenso calor del mediodía.

Lo agradecían los coreanos y los brasileños, los italianos y los nigerianos, los franceses y, por supuesto, los chinos.

A ellos en concreto quiero dedicar unas palabras, pues pocas cosas me emocionaron tanto como ver a representantes de un país que, durante décadas, ha perseguido a la Iglesia. Cualquier católico que esté medianamente informado sobre lo que han sufrido –y sufren- los cristianos de China, no puede evitar que la emoción le embargue al levantar la mirada y ver una bandera roja de ese país rodeada por cientos de orientales sonriendo.

Poco antes de entrar en el aeródromo nos detuvimos en una oficina de la organización para comprar nuestra acreditación y la mochila del peregrino con todo su contenido. En total, 55 euros y el orgullo de poder decir con conocimiento de causa: “esta mochila la he pagado yo”. Por fin, ya dentro de Cuatro Vientos, fuimos testigos de un espectáculo poco común: serbios y croatas –enemigos hace apenas una década- bailaban juntos al son de canciones tradicionales, palestinos y judíos se tumbaban juntos a descansar mientras compartían suelo y agua, miles de personas llenaban las capillas y no eran pocos los que continúan allí la avalancha de confesiones de El Retiro.

En definitiva, cánticos, lecturas, oraciones, conversaciones… amenizaron nuestra espera. Esta mereció la pena, pues el Benedicto XVI dedicaba esas horas a visitar un centro para personas deficientes. Tras un emocionante discurso de uno de esos muchachos, el Papa pronunciaba unas palabras que se me han quedado grabadas: “Una sociedad que no acepta a los que sufren, no es una sociedad humana; nuestra sociedad necesita de vuestro ejemplo”.

A las 20.00 llegó Benedicto XVI a Cuatro Vientos. Por aquel entonces ya no cabía un alfiler en el aeródromo, lo que provocó que más de 150.000 personas tuvieran que seguir los actos desde fuera del recinto.

Esto no les desanimó, sino que, plantando sus tiendas en una amplia vaguada, se prepararon para acompañarnos a todos a pesar de tan gran contradicción. De entre estas cabe destacar la gran tormenta que nos calló encima durante más de veinte minutos. Respondimos con cantos, aplausos y alegría, demostrando una vez más que esta no depende de las circunstancias, sino que sale de dentro.

Tampoco se libró Benedicto XVI de los efectos de la tormenta. Ante la atónita mirada de Rouco, el viento se llevaba el solideo papal. Sin embargo, este permanecía impasible, mirando el ejemplo de cientos de miles de jóvenes que no se movían de allí. El cardenal arzobispo de Madrid le sugirió volver a la nunciatura, pero la respuesta del Papa fue firme: “Nos quedamos”. Y allí estuvo hasta que paró la tormenta, mirando esa multitud a la que poco después, haciendo uso de cierta dósis de humor, felicitaba por “haber vencido a la tormenta”.

Gracias a una brisa cálida que sopló durante más de una hora, pudimos secar todas nuestras pertenencias y meternos en el saco como si nada hubiera pasado. Sin embargo, no todos aprovecharon la noche para dormir. Muchas personas pasaron horas rezando en las capillas habilitadas para tal fin, y no pocos sacrificaron sus horas de sueño entre tertulias, cánticos y juegos de cartas. Eso si, ningún incidente.

En España solemos relacionar la presencia de grandes grupos de jóvenes con la palabra disturbios. Por eso quizás ha sorprendido que más de millón y medio de jóvenes no generáramos ningún tipo de incidente durante las veinticuatro horas que permanecimos en Cuatro Vientos. La buena educación y la obediencia a los organizadores y fuerzas de seguridad fueron quizás el secreto de ese triunfo.

Los datos del SAMUR están ahí: un millón y medio de jóvenes en el país del botellón y ningún paciente atendido por cuestiones relacionadas con el exceso de alcohol.

A la mañana siguiente, con más ojeras de lo habitual, asistimos a la Misa celebrada por el Papa. Desde el sector D5, en pleno centro de la explanada se podía contemplar a la multitud extenderse por los cuatro puntos cardinales. Sin embargo, lo verdaderamente grande no era el número de asistentes. Si fueron un millón o dos, millón y medio o quinientos mil, carece de importancia. Lo trascendental de esa multitud era su piedad, el silencio que mantuvo durante toda la celebración. Estando allí percibías que los que te rodeaban -ya fueran alemanes, canadienses o libaneses- no estaban simplemente asistiendo a una celebración, sino que estaban rezando intensamente.

A las 12.00 terminó la celebración, y con ella mi participación en la JMJ. Llegaba el momento de partir y dejar atrás una experiencia inolvidable. Todos nos llevábamos de Cuatro Vientos nuestros propósitos de mejora, nuestras sanas inquietudes y un sinfín de imágenes en la retina. Nos íbamos, al fin y al cabo, con la esperanza de estar en la JMJ de Río de Janeiro 2013, aunque mucho tendremos que ahorrar para semejante viaje.

#15M. La financiación de la JMJ

El siguiente artículo precisa de una aclaración, ya que no es mi intención, ni mucho menos, comparar la JMJ con el 15M. Sin embargo, este artículo tiene su origen en otro de Ruta42 que lo hacía. La redacción entendió mi mensaje, se portó muy bien y me invitó a colaborar.

Teniendo en cuenta el origen del artículo, la posición contraria a la JMJ de parte del 15M, y mi incapacidad para buscarle un hueco en otra sección del blog, decidí que la del 15M podía ser buena opción. Espero que disfrutéis del artículo.


¿Cómo se financia la Jornada Mundial de la Juventud?

Todos somos conscientes de la difícil coyuntura económica que atraviesa nuestro país. Cientos de miles de españoles sufren a diario las consecuencias de una crisis que, lejos de afectar exclusivamente al ámbito productivo y financiero, parace extenderse también al político y cultural.

En este contexto, muchos han optado por ejercer su derecho a la protesta, exigiendo en la calle un cambio de rumbo. Sin embargo, el mensaje de estos movimientos -dentro de los que destaca el 15M- aún no ha encontrado una recepción adecuada entre la clase política nacional.

En esta situación de crisis parece lógico que se produzca un recorte en los gastos públicos superfluos –no los necesarios y los relacionados con el bienestar-, y así lo han percibido los citados movimientos.

Ahí es donde, mal informados o, incluso, manipulados por determinadas fuentes de información, algunos ciudadanos han asociado la Jornada Mundial de la Juventud (JMJ) con ese tipo de desembolsos estatales.

Los medios de comunicación tienen una gran responsabilidad, pues surten a la ciudadanía de un derecho fundamental: la información. Por esa razón, sosprende que muchos de ellos publiquen datos erróneos sobre la JMJ y su financiación; artículos y columnas que, en una situación de crisis como la que hemos descrito, pueden provocar conflictos sociales que poco ayudan a sacarnos del agujero económico, político y cultural en el que nos encontramos.

Por no hablar del espectáculo de intolerancia religiosa y crispación que España puede dar al mundo en los próximos días.

Ante las acusaciones que se han vertido contra la Jornada de la Juventud -a la que se tilda de “gasto público inútil”- hay que indicar, en primer lugar, que este evento se autofinancia, no recibiendo ni un solo euro de las arcas del Estado. El presupuesto de la JMJ es de 50 millones, de los que un 75% se recauda con la cuota de inscripción de los casi 2 millones de asistentes (la cuota mínima es de 30 euros), y un 25% de donaciones privadas. Por tanto, no existe esa subvención pública directa de la que tanto han hablado determinadas personas, organismos y medios de comunicación.

De entre las donaciones privadas, cabe destacar la aportación de los patricinadores –El Corte Inglés, Grupo Prisa, Banco Santander, Iberia, Movistar, Coca-Cola…-, agrupados en la fundación “Madrid Vivo”. Estas empresas, al ser declarada la JMJ de “interés excepcional” por la ley presupuestaria, se benefician de degravaciones fiscales.

Al respecto hay que indicar que esa denominación no supone un privilegio, pues son numerosos los actos que, así calificados, se celebran en nuestro país. Podríamos entrar al debate sobre si la Jornada de la Juventud aporta algún beneficio a la sociedad. Sin embargo, tan sólo el número de participantes –muy superior al de los restantes actos de “interés excepcional”- convertiría esa polémica en algo ridículo.

Ahora bien, si aún así se quiere poner en duda el beneficio cultural y social de la JMJ, podríamos defenderla acudiendo a datos económicos. Se calcula que, sólo en Impuestos sobre el Valor Añadido (IVA), este evento aportará a las arcas públicas 60 millones de euros.

A esto hemos de añadir los más de 6 millones de beneficios que obtendrá el sector de la hostelería y el pequeño comercio de la capital. Estos datos se magnifican, además, si tenemos en cuenta que agosto es, tradicionalmente, el peor mes del año para el empleo madrileño.

Es cierto, no obstante, que los entes públicos colaboran en la seguridad de los actos, y también ceden determinados lugares para la celebración de los actos de la JMJ. Ahora bien, todos los gastos relacionados con la puesta a punto de las instalaciones, así como de su limpieza posterior, corren a cargo de la organización. Si tenemos en cuenta los beneficios económicos antes descritos, la aportación estatal parece lógica.

Tampoco es cierto que el Estado deba cargar con los gasto de alojamiento de Joseph Ratzinger.

La Nunciatura Apostólica -embajada del Estado Vaticano en España- será su lugar de residencia durante la Jornada de la Juventud. Por tanto, su estancia y demás gastos personales serán sufragados por la Santa Sede.

En resumen, cientos de miles de españoles han sido mal informados a lo largo de la última semana sobre un evento que, de por sí, traerá enormes beneficios sociales, económicos y culturales. Esto ha creado el caldo de cultivo propicio para una intolerancia religiosa que, además de manchar la imagen de nuestra sociedad cara a la comunidad internacional, contribuye a fragmentarla y a crear rencores enconados.

La situación de crisis en la que nos encontramos es algo muy delicado. Por esa razón, medios de comunicación, líderes políticos y organizaciones de diversa índole, deben mostrarse responsables de sus actos. Falsear la información, en ocasiones con fines ideológicos y partidistas, va contra los derechos ciudadanos. Esto, que de por sí debería generar el rechazo por parte de todos, se agrava como falta si tenemos en cuenta que señala como culpable del sufrimiento –o de parte de él- a un grupo concreto.

#15M. La hora de la moderación


En artículos anteriores he tratado de reflexionar sobre los acontecimientos que, desde el pasado mes de mayo, han marcado el desarrollo de la plataforma cívica 15M. En ellos se abordaban cuestiones como el nacimiento de nuevas formas de protesta –los movimientos del siglo XXI-, la influencia de las redes sociales en su modus operandi, o los que, a mi juicio, han sido los principales errores y aciertos de la Indignación.

Desde la publicación, el pasado 25 de mayo, de mi segundo artículo “#15M. El ocaso de la Indignación”, he utilizado una clasificación tripartita en lo que se refiere a la postura de la sociedad española ante el 15M.

Por un lado estarían los enemigos de toda reforma, que he denominado “inmovilistas”. El segundo grupo, quizás al que más palabras he dedicado hasta ahora, es el de los “radicales” o partidarios de un cambio quasi-revolucionario. Por último, dentro de esta división, -he de reconocerlo que es bastante simplista- estarían los “moderados”. Los partidarios de una serie de reformas que, sin cambiarlo, devuelvan el vigor al sistema político son, precisamente, los protagonistas de este artículo.

En los siguientes párrafos trataré de describir, de manera sencilla, el programa de la moderación. Para llevar a cabo esa tarea he creído necesario partir de dos premisas: las deficiencias del sistema político actual y el desencuentro entre moderados y radicales a la hora de encontrar soluciones a esos problemas.

Sentando las bases para la democracia necesaria

En el campo de la moderación tiene cabida la esperanza, el deseo de buscar un sistema político más abierto y cercano a la ciudadanía. Sin embargo, una mezcla de sentido común y miedo a tomar caminos sin retorno, nos lleva a más de uno a desconfiar de las utopías. Los partidarios de una reforma moderada -de un acuerdo, no ideológico, de mínimos- sabemos que no existe sistema político perfecto.

Por esa razón, entendemos que la democracia de 1978 debe ser reformada, pero respetada en algunas de sus líneas generales.

El tránsito pacífico del régimen franquista a una democracia liberal y pluralista debe ser valorado en su justa medida. Las deficiencias con las que nació el sistema de la Transición, así como el proceso degenerativo que ha sufrido en las últimas décadas, no justifican el cambio total y radical de un modelo que nos ha permitido vivir en libertad y paz durante más de treinta años. La moderación reconoce esos méritos a la democracia de 1978, pero no esconde sus errores.

Se trata, por tanto, de una postura intermedia entre el empeño del inmovilismo por justificar los desajustes del sistema y la tabula rasa que pretenden imponer los radicales. Los moderados entienden que la historia de un país importa en la construcción de su futuro, pero sostienen que eso no debe atar de manera irremisible a las generaciones venideras.

Es necesario respetar y valorar el sistema de la Transición, pero abandonando ese miedo a abrir la Caja de Pandora constitucional. Las reformas son necesarias, pues un modelo que no es capaz de regenerarse está condenado, tarde o temprano, a ser sustituido por otro.

La nueva fachada democrática

Tal como hemos indicado, la moderación se construye sobre dos pilares: el respeto a la historia y el convencimiento de que es necesaria una reforma. La democracia española ha de ponerse al día para ser capaz de hacer frente a los retos que le presenta el siglo XXI.

Parece claro que, con la aparición de las nuevas tecnologías, la relación entre política y ciudadanía está destinada a cambiar. Los mensajes de dirección única están condenados a desaparecer, dando lugar a una comunicación bidireccional y a formas de democracia más participativas.

Sin embargo, antes de abordar la compleja cuestión de la democracia 2.0 –en referencia a la web 2.0-, España necesita reformar algunas otras cuestiones que son, de por sí, una rémora para un modelo 1.0. Llegamos, por tanto, al programa de mínimos del que tanto se hablaba en los últimos días de la acampada de Sol. Tres son los puntos básicos que definen esta reforma: separación real de poderes, transparencia de la actividad política y reforma de la ley electoral.

La separación de poderes, recogida en la Constitución de 1978, es de dudosa existencia en un país donde los partidos manejan sin ningún tipo de pudor el legislativo, el ejecutivo y el judicial.

Es cierto que las leyes se aprueban en el Parlamento. Sin embargo, la disciplina interna de las distintas facciones ahoga cualquier tipo de disidencia y, con ella, buena parte de la voz de los representados. En definitiva, el Congreso de los Diputados y del Senado no son más que instituciones al servicio de Ferraz o Génova, en función de quien tenga mayoría parlamentaria.

El poder ejecutivo necesita, por su parte, el respaldo de las Cortes para constituirse como gobierno. Es decir, una vez más son los partidos políticos los que, al controlar a los diputados, tienen la última palabra. Y no sólo la última, sino también la primera: son los partidos políticos los que eligen, a veces sin ningún tipo de democracia interna, a los candidatos que los españoles debemos votar.

Y, por último, son también los partidos políticos los que, desde mediados de la década de 1980, eligen a los miembros del Tribunal Constitucional. Se han convertido, al fin y el cabo, en una especie de Leviatán hobbesiano capaz de cambiar el modus operandi del sistema de 1978 sin mover una sola coma de nuestra ley fundamental. Estamos, pues, ante un claro ejemplo de degeneración de la democracia; ante un proceso al que, sin lugar a dudas, es necesario poner freno.

Los partidos, dueños y señores de la situación, se convierten en grandes estructuras clientelares donde todos buscan llevarse a la boca una parte del pastel.

De esta manera, el deseo de servir a la sociedad se desvirtúa hasta límites insospechados, transformándose en una especie de cacería en la que únicamente importa ocupar un sillón. De ahí a la corrupción o, al menos, a la falta de transparencia, sólo hay un paso.

Llegamos por fin al que, desde mi punto de vista, es el quid de la cuestión: la reforma de la ley electoral. Quizás cuando se confeccionó la norma que actualmente rige en nuestra democracia se buscaba dar solidez a los gobiernos salidos de las elecciones. Sin embargo, vistas las consecuencia, parace que lo más razonable a estas alturas es, precisamente, lo contrario.

En primer lugar, parece claro que una ley que favoreciera menos a los grandes partidos representaría mejor la diversidad ideológica y regional del Estado.

En segundo término, un mayor reparto del poder contribuiría a desmantelar, al menos en parte, ese Leviatán del que hablábamos anteriormente. Y, por último, no es descabellado pensar que, una mayor fragmentación del poder, debería fomentar esa cultura del acuerdo y del consenso que tanto hemos echado en falta los ciudadanos en la última década.

En definitiva, la estructura y el poder de los partidos políticos en la actualidad aparecen como los grandes enemigos para la existencia de una democracia real. La solución a ese grave problema parece estar en un mayor reparto del poder, imposible con la actual ley electoral.

El “secuestro” de Sol y el «renacer» del 19J

Llegados a este punto, cabe plantearse por qué los moderados tienen tan poco protagonismo dentro del 15M. El proceso mediante el cual los radicales se han hecho con el control de la protesta –a mi me gusta denominarlo “el secuestro de Sol”- se explica en base a tres factores: la tradicional capacidad de la izquierda para movilizarse de forma rápida y eficaz, la apatía de la derecha, y la existencia de grupos de revolucionarios profesionales.

Antes de nada, es necesario incidir en el carácter neutral del 15M. Como bien indicaba recientemente en un artículo el profesor Enrique Dans, este fenómeno posee un carácter metodológico, no ideológico.

Sin embargo, dentro de esa neutralidad, cada persona lleva dentro sus propias convicciones que, voluntaria o involuntariamente, acaban tiñendo de un color determinado la blancura de todo movimiento cívico. Esto de por sí no sería grave si existiera cierto equilibrio entre las diversas ideologías dentro del movimiento. El problema surge cuando en el seno de esa neutralidad primigenia empiezan a ser mayoritarios los partidarios de unas determinadas ideas.

En el 15M ha sucedido exactamente eso: las personas de izquierdas –no confundir con afiliados a partidos de esa ideología- son una abrumadora mayoría. Esto ha sido posible, en primer término, por la gran capacidad de movilización que existe dentro de ese grupo; y, en segundo lugar, por la resaca del efecto ZP. La izquierda en España se ha encontrado huérfana, sin deseos de votar a sus antiguos líderes. Ante esta situación, han visto en el 15M una forma de canalizar su actividad política.

El predominio de la izquierda en las protestas por una democracia real se ha visto favorecido, a su vez, por apatía de la derecha.

A una tradición poco callejera se ha unido la previsible victoria electoral. Mientras muchas personas de izquierdas se lanzaron a las plazas como última esperanza, las de derechas todavía conservaban una última opción: la victoria del Partido Popular en los próximos comicios generales. Quizás Mariano Rajoy no nos saque del agujero en el que estamos, pero sus votantes todavía tienen esa esperanza.

Llegados a este punto, podría pensar el lector que identifico a la derecha con los moderados y a la izquierda con los radicales. Nada de eso. Considero que cualquier ideologización del 15M es susceptible de ser denominada radical. Este proceso se ha producido en una dirección muy concreta, la del grupo predominante.

Sin embargo, en caso de haber sido mayoritaria la derecha, e ideologizarse este fenómeno en esa dirección, también deberíamos hablar de radicalización. La moderación debe ser neutral, y centrada, como decíamos antes, en un programa de mínimos basado en una reforma metodológica de nuestra democracia.

La tercera razón de la radicalización del 15M, y sin duda la más importante, es la existencia de grupos de revolucionarios profesionales que han marcado la dirección del movimiento. Al margen de la presencia de personas con ideología de derechas o de izquierdas, existe un pequeño grupo dedicado exclusivamente –profesionalmente- a la protesta. Estos, aunque sean una minoría, han logrado hacerse con el control gracias a su mejor organización y a su dedicación exclusiva al movimiento.

 En mi artículo “De Sol a sol. Los siete pecados de la Indignación” explicaba que la mayor parte de las personas que apoyan la protesta no son revolucionarios profesionales. Sin embargo, aquellos que trabajan y tienen responsabilidades familiares, tienen muy difícil seguir el día a día del movimimiento. Eso únicamente pueden hacerlo aquellos que viven de la revolución: los grupos organizados.

La manifestación del 19J fue una clara demostración de esto. A ella acudieron, en domingo, personas descontentas con la situación actual. Ahora bien, la mayor parte de los que se concentraron ese día en Neptuno no pueden dedicarle muchas horas al 15M. Así es como esta cae en manos de los grupos organizados.

Todo esto me lleva a concluir que, sin un triunfo de la moderación, todo esto acabará convirtiéndose, si no lo es ya, en un movimiento de protesta de un grupo determinado.

#15M. DemocraciaRealYa vs Movimientos Sociales del Siglo XXI


En mis reflexiones sobre el 15M siempre he tratado de distinguir dos aspectos que, a mi entender son clave. Por un lado, estaría el movimiento de protesta que desde mediados de mayo promueve la instauración en España de una democracia real. Se trata de una plataforma pionera y, como tal, de futuro poco claro. Nunca hemos vivido nada similar a los que se ha desarrollado en la Puerta del Sol y en otras plazas de las principales ciudades del país a lo largo de los últimos días. Eso, como es lógico, arroja un alto grado de incertidumbre sobre este fenómeno.

Por otro lado, si bien en estrecha conexión con el 15M, estarían los Movimientos Sociales del Siglo XXI (#XXI), cuyo origen y modos de acción he descrito ya en anteriores artículos. Estos últimos, con su peculiar modus operandi basado en la utilización de las redes sociales como canalizadoras del descontento y plataformas de organización, han venido para quedarse.

El 15M no es más que un #XXI. Sin embargo, su papel pionero es sumamente importante, ya que puede condicionar la recepción y desarrollo de otros posteriores. De esta manera, el gran peligro que amenaza a los movimientos cívicos de las próximas décadas no es el fracaso o el triunfo, la pervivencia, al fin y al cabo, de la Indignación. El riesgo es que los excesos del 15M desprestigien para siempre unas formas de organización ciudadanas extremadamente útiles.

Tratando de navegar en un mar revuelto

El elemento que define el 15M es, sin lugar a dudas, el contexto de crisis en el que se produce su alumbramiento. Es cierto que sin esa circunstancia es bastante probable que la protesta no hubiera tenido lugar. Sin embargo, el hecho de navegar en un mar revuelto ha condicionado su desarrollo de manera notable.

El primer rasgo de esta crisis a la que nos venimos refiriendo no es económico, sino político. No existe sistema perfecto, pero parece evidente que la democracia de 1978 exige una serie de reformas.

Un sistema con más de treinta años de vida que, además, ha degenerado en algunos aspectos básicos, pide a gritos una puesta al día.

El problema es que la reforma no llega, entre otras cosas por la incapacidad de la clase política para llegar a acuerdos a largo plazo. La amplitud de miras brilla por su ausencia en las sedes de los principales partidos. De ahí que la ciudadanía tienda a pensar que estamos gobernados por unas personas que sólo piensan en su propio beneficio o, en el mejor de los casos, que padecen una miopía que les impide salir del cortoplacismo.

La segunda caracterísica , ahora sí, es económica. La situación de crisis política y social –me atrevería a decir que también de valores- se ha visto acrecentada desde verano de 2007 por la debacle del sistema financiero y la consiguiente recesión. Incluso antes de esa fecha, la mayor parte de los españoles no dudaba en mostrar su descontento con el sistema. Sin embargo, tuvimos que sentirlo en nuestros bolsillos, en la falta de trabajo, en la ausencia misteriosa de crédito bancaro, para levantarnos a protestar.

Cuando hace tres semanas publiqué “#15M. Los movimientos sociales del siglo XXI”, mostré mi convencimiento de que el deseo actual de cambio político tiene raíces mucho más profundas que la crisis financiera. No obstante, también afirmaba que la situación económica ha servido de catalizador para la protesta contra las carencias y la degeneración del sistema de 1978.

En definitiva, estamos ante un  movimiento que, en su origen, pedía cambios políticos –democracia real-, pero movido las penurias económicas.

El tercer y último rasgo que define la crisis actual es la Indignación; que no hemos de confundir con el malestar. Se trata de un estadio más avanzado del descontento ciudadano. Un estadio capaz de sacar a los ciudadanos de su comodidad, de sus críticas al político de turno en las tertulias de los bares, para llevarlos a la calle y a las plazas.

La Indignación tiene sus raíces en la confluencia de los elementos anteriores –crisis política y económica-, y puede llevar, incluso, a la constitución de movimientos antisistema que gocen de cierto apoyo popular. El malestar se conformaría con criticar a los dirigentes desde casa; y, en caso de llevar a las personas a una protesta pública, siempre sería contra determinados aspectos del sistema, no contra los fundamentos de este. La Indignación tiene, como queda patente por lo que hemos vivido en las últimas semanas, otros objetivos.

Estos son, al fin y al cabo, los tres factores que han condicionado enormemente el desarrollo del primer #XXI de la historia de nuestro país. Al respecto, es de suma importancia que nos percatemos de  que ha aparecido en un contexto de crisis, por tanto, no cabe esperar las mismas reacciones de los movimientos futuros que nazcan en otras circunstancias.

Los #XXI posteriores a la indignación

El 15M no es tan sólo un proyecto piloto dentro de estos Movimientos Sociales. Es, además, un intento de dar solución a unas circunstancias muy concretas de un tiempo determinado.

Por tanto, cabe esperar que en los próximos años se desarrollen otros tipos de #XXI, con rasgos y formas distintas a las exhibidas por Democracia Real Ya.

Los objetivos de estos nuevos movimientos sociales no serán muy distintos a los de los antiguos. Es probable que surjan nuevos grupos de presión ciudadana de los más diversos orígenes; no obstante, lo más probable es que las reivindicaciones clásicas de las últimas décadas utilicen el traje más apropiado para el mundo que viene: el traje de los #XXI.

Es decir, permitirán, como hasta ahora, que personas con intereses comunes se agrupen para defenderlos. La diferencia con los actuales será, fundamentalmente, el papel de internet como canalizador y plataforma de las reivindicaciones. De esta manera, ciudadanos que jamás se hubieran encontrado sin la utilización de las redes sociales podrán, a través de ellas, dar forma a un movimiento común.

Sin embargo, ese no será el único cambio. La verdadera revolución, esa que parece no haber comprendido aún muchos de nuestros dirigentes –y me atrevería a decir que la mayoría de los que defienden la #spanishrevolution-, es que la tarea de gobierno ha dejado de ser unidireccional para transformarse en algo bidireccional. Gracias a las posibilidades que ofrece internet, los ciudadanos no serán, como hasta ahora, objetos pasivos de la tarea de los gobernantes.

Para dar respuesta a la agilidad de las exigencias de la ciudadanía, los partidos políticos deberán abandonar sus estructuras cerradas, opacas y jerárquicas.

El 15M es un movimiento con objetivos globales, surgido en un contexto de crisis y basado en la Indignación. No parece que esos vayan a ser los rasgos básicos de la mayor parte de los Movimientos Sociales del Siglo XXI. Salvo excepciones, sus protestas y exigencias no aspirarán a crear un nuevo sistema, ni siquiera a reformarlo. Se contentarán con influir en la construcción de la sociedad en aquel aspecto en el que entienden que pueden aportar algo.