Desarrollo urbanístico guipuzcoano

Esta entrada forma parte de un conjunto de artículos sobre las villas vascas en la Edad Media. Para leer los restantes textos dedicados a esta cuestión, haz clic aquí.


En un primer momento las villas fueron surgiendo en el territorio guipuzcoano como agrupaciones de población motivadas por fines defensivos.

Es decir, se huía del endeble poblamiento disperso con el objeto de ponerse bajo la protección del recinto urbano. Estos, para facilitar su defensa y abastecimiento, solían buscar su emplazamiento en la falda de pequeños montes y a las orillas de los ríos. Aunque también fue común que se situaran en valles estrechos.

De entre estos cabe destacar el de Deva, con núcleos como Mondragón, Deva, Vergara, Eibar y Plasencia; el de Urola, donde destacaron Azcoitia, Azpeitia y Zumaya; y el de Uria, con Segura, Villafranca, Tolosa y Hernani. Así se fue dotando a esos primeros poblamientos de una Carta-Puebla, que los convirtió, de facto, en villas.

Beatriz Arizaga distingue cinco etapas en el desarrollo de esos núcleos guipuzcoanos.

Con el fin de facilitar nuestro estudio en torno a esta cuestión, vamos a servirnos de su clasificación en este trabajo. En primer lugar sitúa la formación de San Sebastián, a la que siguió la de el resto de villas del mar: Guetaria, Bermeo, Lequeitio (segundo periodo). La tercera etapa vendría representada por las villas interiores situadas en dos vía comerciales: la que iba de Vitoria a San Sebastián pasando por Segura, Villafranca y Tolosa; y la que desde Vitoria -atravesando Mondragón, Vergara, Deva y Zumaya- llevaba a Guetaria. En cuarto lugar nos presenta aquellos núcleos surgidos en la frontera con Vizcaya. Posteriormente –quinta etapa- sólo se fundaron villas de forma esporádica.

Por tanto, salvo en el último caso, la aparición de esos núcleos obedeció a una necesidad concreta, bien de carácter comercial o de tipo defensivo. Y, en los cinco casos, existió una clara coincidencia cronológica entre las villas de cada grupo.

En lo referente a la situación de las villas guipuzcoanas –atendiendo a lo expuesto anteriormente- podemos distinguir tres tipos de núcleos urbanos: fronterizos, costeros y del interior.

Y, generalizando tal vez en exceso, tres funciones relacionadas con la situación: defensa, comercio y tránsito. Estas necesidades, como es lógico, generaron una red urbana adecuada a las características de Guipúzcoa. Se formó una estructura no condicionada por un estrato previo de carácter tardorromano, de tipo lineal y con villas relativamente cercanas entre sí. Además, en el caso de la costa hay que incidir en el condicionamiento que el mar imponía a esas fundaciones, tanto en las relaciones entre ellas como en el plano de las mismas.

Características generales de Guipúzcoa

Esta entrada forma parte de un conjunto de artículos sobre las villas vascas en la Edad Media. Para leer los restantes textos dedicados a esta cuestión, haz clic aquí.


En el siglo XIII Guipúzcoa se integró en la Corona de Castilla.

Esta provincia vasca estaba formada por dos mil doscientos kilómetros cuadrados de tierra de realengo rodeados en tres de los cuatro puntos cardinales por otros reinos y señoríos; al norte quedaba el mar. Francia, Navarra, Oñate y Vizcaya convertían a los territorios guipuzcoanos en tierra de frontera. Estos habían iniciado su proceso urbanizador a mediados del siglo anterior.

Así comenzó un enorme esfuerzo colonizador comparable al de otras importantes regiones europeas como el Elba alemán o Zähringen (actual Suiza).

Sin duda la incorporación a Castilla ayudó al desarrollo de este proceso. Los monarcas castellanos buscaban mediante estas fundaciones, no sólo hacer valer su poder frente a los nobles y otros reyes –principalmente el navarro-, sino también favorecer el desarrollo de la actividad artesanal y mercantil de sus territorios. La industria lanera y textil necesitaba puertos en el cantábrico que se convirtieran en punto de partida para sus exportaciones. Eso permitió el desarrollo urbano de la costa guipuzcoana.

Desde ahí, de manera rogresiva, se fueron desarrollando nuevos núcleos en el interior como puntos intermedios entre la Meseta castellana y el mar. No nos detendremos más en este aspecto, ya que ha sido tratado anteriormente al hablar de Vizcaya. Tan sólo insistir en la importancia que para las villas costeras vascas, que hemos de incluir dentro de las llamadas “villas del mar”, tuvo el auge de la industria lanera castellana y su comercio con las islas británicas.

Podemos describir la economía de Guipúzcoa en los siglos XIII y XIV como una estructura escasa en lo que a recursos naturales se refiere e intensa en el ámbito comercial.

Actividades como la agricultura, la ganadería, la pesca y la explotación del bosque fueron predominantes entre la población guipuzcoana. Sin embargo, hay que resaltar también la minería. De ella, como en el caso de Vizcaya, destacamos el hierro, cuyo peso económico no se redujo tan sólo a la extracción. Existió cierto desarrollo de la industria ferrona. Con todo, la verdadera riqueza de estos territorios fue su posición estratégica, tanto en cuestiones mercantiles como políticas. Sin duda, el interés de Castilla por el desarrollo –económico y urbano- de Guipúzcoa se debió fundamentalmente a este aspecto.

La evolución del poblamiento en Vizcaya

Esta entrada forma parte de un conjunto de artículos sobre las villas vascas en la Edad Media. Para leer los restantes textos dedicados a esta cuestión, haz clic aquí.


En los comienzos del proceso urbanizador de Vizcaya, los principales núcleos de población se concentraron entre las rías del Nervión y de Guernica. También destacó notablemente en ese aspecto el Duranguesado.

Fue este un fenómeno de progresivo traslado de gentes desde los montes a los valles. Estos grupos humanos se vieron atraídos por la seguridad y prosperidad económica que ofrecían esos emplazamientos. Su asentamiento en estos territorios marcó también el inicio de la transformación familiar: de la familia extensa a la nuclear.

Entre el año 1200 y el 1300 el cambio económico, social y de poblamiento se consolidó.

Factores como la incorporación a la Corona de Castilla, la creación física del señorío de Vizcaya, y el desarrollo económico, mercantil y demográfico, facilitaron notablemente este proceso. Este fenómeno iniciado en un pequeño espacio de Vizcaya al amparo de los monasterios y de sus propiedades era una realidad a comienzos del siglo XIV.

Estos mismos edificios religiosos se habían convertido en las parroquias de las distintas villas; y los límites entre las propiedades de las distintas comunidades religiosas en fronteras de influencia de los grupos urbanos colindantes. La propiedad conventual vizcaína sirvió como base para la formación de las grandes agrupaciones de población; grupos humanos que, en un principio, se acogieron a la autoridad del monasterio. Sin embargo, poco a poco, el protagonismo pasó de los religiosos al monarca, y del trabajo de la tierra del señorío eclesiástico a las nuevas rutas comerciales.

Nos adentramos por fin en la cuestión comercial, clave tanto para el desarrollo económico como urbanístico de Vizcaya.

Si ya en los siglos anteriores la existencia de la ruta jacobea había facilitado el desarrollo mercantil y urbano, fruto de unas mejores y más constantes comunicaciones, a partir del siglo XIII esa tendencia se intensificó. El eje Este-Oeste fue sustituído por el Norte-Sur, que comunicaba la Meseta con el mar.

Esto fue notablemente beneficioso para el territorio vizcaíno –también para el guipuzcoano-, que se convirtió en lugar de paso en las rutas comerciales entre Castilla y el Cantábrico. La industria lanera y textil castellana encontró los mercados británicos abiertos a absorver buena parte de su producción. Sin duda, este comercio fue favorecido por la buena relación existente entre el reino peninsular –especialmente en tiempos de Alfonso VIII- e Inglaterra.

De esta manera, los puertos del mar Cantábrico –a nosotros nos interesan solo los vascos- se convirtieron en puntos fundamentales de esa relación comercial.

Esas villas crecieron y se desarrollaron, pero también lo hicieron aquellas que ocupaban un lugar estratégico en las rutas terrestres que conducían de la Meseta al mar. Por tanto, el poderío de la economía castellana -reino que consolidaba poco a poco su hegemonía peninsular- y el antecedente pesquero de las gentes de esos puertos vascos, permitieron a las villas del mar lanzarse al comercio con Inglaterra.

Sin embargo, no sólo Castilla colocaba sus productos en los mercados británicos. La industria ferrona vizcaína experimentó un importante auge gracias a estas nuevas rutas marítimas y terrestres. Podríamos decir de una manera poco precisa que ayudaron a promocionar el hierro de Vizcaya.

Este cambio de los flujos mercantiles tuvo, como es lógico, importantes consecuencias para el desarrollo de las villas vizcaínas. Algunos de esos núcleos de población mantuvieron su importancia a pesar de la modificación de las rutas comerciales. Es decir, vieron confirmada la preeminencia que sobre sus respectivas comarcas le otorgó en su día el Camino de Santiago. No obstante, tampoco faltaron los agrupamientos humanos antiguos a los que esta transformación perjudicó notablemente.

Por último, hemos de citar el nombre de algunas de las villas surgidas al calor de las rutas comerciales que llevaban de la Meseta al mar.

Hablamos básicamente de lugares como Valmaseda, Orduña, Bermeo, Plencia, Durango, Ochandiano, Bilbao, Ermua y Lanestosa. Todos ellos estaban situados en puntos estratégicos que unían las villas del mar –bien fuesen cántabras o vascas- con poblaciones del interior como Vitoria, Burgos o Logroño.

De esta manera, Valmaseda aparecería vinculada a la circulación mercantil entre Burgos y Castro-Urdiales; Lanestosa sería un paso montañoso importante entre la ciudad del Cid y Laredo; y las demás se situarían apoyando las rutas de la Rioja y Álava con el mar. Tan sólo Ermua se mantuvo al margen de toda esta estructura viaria; su importancia y supervivencia se debió exclusivamente a la actividad ferrona.

Características generales de Vizcaya

Esta entrada forma parte de un conjunto de artículos sobre las villas vascas en la Edad Media. Para leer los restantes textos dedicados a esta cuestión, haz clic aquí.


El fin de este epígrafe es describir la situación de Vizcaya durante el periodo de desarrollo urbanístico bajo medieval. No obstante, como en numerosos aspectos existió cierta similitud con el caso guipuzcoano, trataremos de abordar las cuestiones de ambas provincias en este apartado. De esta forma -señalando siempre antes qué características son aplicables a ambos territorios-, evitaremos repetirnos en exceso al llegar a los párrafos dedicados a Guipúzcoa.

Hemos de señalar tres aspectos comunes dos provincias vascas:
  • En primer término trataremos la evolución de la estructura social durante ese periodo. El paso de la familia extensa a la nuclear estuvo, en estos territorios, muy unido a la cuestión del desarrollo urbano. Por tanto, hemos de identificar medio rural con el primer modelo familiar y con la población rústica, y las villas con el segundo tipo de familia.
  • En segundo lugar nos centraremos en la transformación de los espacios comunales. El aumento de la población y del numero y tamaño de sus asentamientos hizo necesario el empleo del terreno comunal para usos particulares. Este fue un fenómeno generalizado y, discutido, en todo el territorio vasco.
  • El tercer aspecto, referido a la cuestión mercantil, será desarrollado el siguiente epígrafe; de momento, nos conformaremos tan sólo con nombrarlo.

En lo que se refiere a la actividad económica –ahora hablamos únicamente de Vizcaya-, y dejando de lado una vez más la cuestión mercantil, se distinguen dos claros pilares: la agricultura y la explotación del hierro. Ambos favorecieron el enriquecimiento de la provincia, bien por medio de los excedentes alimenticios exportables a otros mercados, o por el desarrollo de la industria ferrona.

Además, la situación geográfica de Vizcaya –nudo de comunicaciones: primero en el Camino de Santiago, y después entre el mar y la Meseta- facilitó sin lugar a dudas ese desarrollo.

Factores que favorecieron el desarrollo urbano

Esta entrada forma parte de un conjunto de artículos sobre las villas vascas en la Edad Media. Para leer los restantes textos dedicados a esta cuestión, haz clic aquí.


A lo largo de este epígrafe trataremos algunos de los fenómenos que facilitaron el desarrollo urbano de Europa durante la Edad Media. No obstante, sin perder de vista que nos encontramos ante aspectos que afectaron a buena parte del territorio europeo –no sólo a las villas vascas-, intentaremos explicar como influyeron en el caso concreto de Vizcaya y Guipúzcoa. Esto se basa en el convencimiento de que, a pesar de ser objeto del mismo fenómeno, este se manifiestó y tuvo consecuencias diferentes en cada lugar donde se dio. Es, en definitiva, un guiño a las circunstancias y peculiariedades de los distintos territorios; en este caso al vasco.

El primero de los factores al que nos referiremos tiene que ver con la oposición rústica al proceso de fundación de villas.

A la hora de estudiar la sociedad vasca anterior al siglo XI se aprecia su eminente carácter rural. También resulta fácil concluir que nos encontramos ante grupos humanos claramente estratificados –existía una clara diferenciación entre pobladores dominantes y dominados- y agrupados en linajes formados por familias extensas. Esa estructura se vio amenazada por el fenómeno urbanizador. Y este, como es lógico, se ganó la animadversión de esa tradición rústica.

En los casos de Vizcaya y Guipuzcoa se aprecia claramente esa oposición ante el establecimiento de redes de villas, pero no fue esta una reacción exclusiva de los vascos. Toda Europa, con mayor o menos virulencia –el caso que nos ocupa ha de situarse entre los de mayor hostilidad-, experimentó ese rechazo hacia la fundación de núcleos urbanos.

El segundo de los aspectos que nos ocupa es el que tiene que ver con el Camino de Santiago.

A día de hoy es incuestionable la importancia que tuvieron para Europa, y más en concreto para los reinos hispánicos del norte, las peregrinaciones a Compostela. Estas vinieron acompañadas de una renovación de la vida cultural, artística, económica y -lo más interesante para nuestro estudio- urbana.

La ruta jacobea favoreció el desarrollo de los numerosos núcleos de población situados en torno a la misma. Estos se convirtieron en lugares de paso muy transitados –ciudades puente- y con amplias posibilidades de desarrollo económico, fundamental para atraer pobladores. Es más, en la mayoría de los casos nos encontramos con villas planificadas -tanto desde el punto de vista legal como material- por los poderes públicos interesados en el florecimiento del camino de los peregrinos.

En lo que atañe al territorio vasco el Camino de Santiago tuvo importantes repercusiones. El fenómeno jacobeo influyó en el desarrollo urbano de Vizcaya y Guipúzcoa de manera similar a como lo hizo en otros lugares de la Península Ibérica. Ahí también existieron ejemplos de villas fundadas a lo largo de la ruta, a la cual debieron su primer florecimiento.

El impulso económico que supuso el camino de los peregrinos fue fundamental para el crecimiento de muchas de las villas vascas; quedando, por contra, al margen del desarrollo urbano y mercantil aquellos núcleos alejados de la ruta jacobea.

Es necesario señalar dos aspectos más de la influencia del Camino de Santiago en las tierras vascas. En primer lugar hay que destacar el carácter lineal, jalonado por hospitales y santuarios, de la urbanización originada por la ruta jacobea. Estas villas se desarrollaron en un primer momento siguiendo el camino de los peregrinos; es decir, una calle principal, secundada por construcciones a ambos lados, que a su vez formaba parte de la ruta compostelana. Además, no resulta raro comprobar que el origen de ese emplazamiento estuvo marcado por la existencia de algún edificio de tipo religioso o asistencial en torno al cual se estructuraba la villa.

En segundo término haremos mención, de manera breve, al sentimiento de rechazo étnico que provocaba la presencia de algunos peregrinos y emigrantes extranjeros. Parece que, gracias a la apertura que supuso el Camino de Santiago, se fortaleció la conciencia de pertenencia a un determinado grupo. No obstante, resultaba raro encontrar en el territorio vasco poblaciones de francos, tan comunes en zonas circundantes como Navarra y La Rioja. Fueron casos excepcionales que generaron tensiones entre los distintos grupos, pero también desarrollo económico.

El tercer elemento a comentar es el que atañe a la propia situación geopolítica de ambas provincias vascas, y tiene como protagonista a la monarquía.

Vizcaya y Guipúzcoa constituyeron a lo largo de la Baja Edad Media la frontera entre Castilla y Navarra. Fueron por tanto territorios de disputa entre ambos reinos, que trataron de asegurar su control mediante el establecimiento de villas fortificadas. Esto explica que se fomentase la agrupación de la población en ciudades y se evitase, a su vez, la dispersión en el poblamiento.

Estamos, pues, ante fundaciones con un fin defensivo, pero también comercial, ya que desde ellas resultaba sencillo controlar los cominos de esas comarcas. De esta manera, a las villas se les concedía el control sobre una zona, incluyendo las rutas mercantiles existentes en ella.

A la propia disputa entre navarros y castellanos por el control del territorio vasco, hay que añadir la lucha que cada monarca mantenía con los diversos poderes autónomos existentes dentro de sus reinos. Los reyes no sólo impulsaron el desarrollo urbano para afianzar sus fronteras, también pretendían con esto arrebatar algo de poder a la nobleza. De esta forma, el hecho de otorgar fuero a una determinada villa tenía en los territorios vascos varios significados: asegurar la frontera, favorecer el desarrollo burgués, debilitar a los nobles, desarraigar ciertas formas de vida rústica…

Por último, en este repaso de los principales factores en el surgimiento y desarrollo de las villas vascas, habría que tratar la cuestión del estrato urbano procedente de época romana.

A pesar de ser abundantes los restos de ciudades romanas en territorios circundantes como Navarra, Álava o La Rioja, en los casos de Vizcaya y Guipúzcoa existe una notable carencia de estas manifestaciones arquitectónicas. En los territorios donde existieron y se conservaron asentamientos romanos fue común su repoblación –se despoblaron fruto de la inseguridad producida por la invasiones germánicas y por las posteriores aceifas musulmanas-; es decir, las nuevas villas medievales se edificaron sobre los núcleos de la Antigüedad.

De esta manera, las redes urbanas de buena parte de Europa fueron herencia directa de las romanas. No sucedió así en el caso que nos ocupa. Nos encontramos ante poblaciones fundadas sin la presencia de un precedente; siendo, por tanto, novedosas también las redes de villas establecidas. Ante la ausencia de ciudades grandes y antecedentes de época romana, las villas fundadas en los siglos XII y XIII constituyeron el estrato fundamental en la conformación económica y física del mundo vasco.

Aspectos introductorios

Esta entrada forma parte de un conjunto de artículos sobre las villas vascas en la Edad Media. Para leer los restantes textos dedicados a esta cuestión, haz clic aquí.


En el año 1170 el rey Sancho el Sabio otorgaba a San Sebastián un fuero. Surgía así la primera villa de la actual provincia de Guipúzcoa. Veintinueve años después –1199- era Valmaseda la que recibía ese privilegio, convirtiéndose en la decana de Vizcaya. Ambos casos son itos históricos de un amplio proceso urbanizador que, a finales del siglo XIV, permitió a ambas provincias contar con cuarenta y seis villas en su territorio.

Sin embargo, este no fue un fenómeno exclusivamente vasco. A Vizcaya y Gipúzcoa llegó la influencia del proceso de urbanización más amplio, uno europeo iniciado en el siglo XI y generalizado en los tres siglos siguientes. Este fue, sin duda, el factor fundamental –no el único- de ese desarrollo.

Por tanto, resulta necesario enmarcar la urbanización bajomedieval de Vizcaya y Gipúzcoa dentro de un amplio fenómeno que afectó a buena parte de Europa, dentro de la cual se incluye la Península Ibérica. No obstante, el caso vasco presenta una serie de peculiaridades que trataremos de exponer en los siguientes artículos. Sólo atendiendo a esos dos aspectos, el origen europeo y la peculiaridad vasca, se puede llegar a entender cómo y por qué se llevaron a cabo los procesos urbanizadores vizcaíno y guipuzcoano.

El turco. Diez siglos a las puertas de Europa


En noviembre de 2006 veía la luz El turco. Diez siglos a las puertas de Europa, último trabajo del profesor Francisco Veiga; una libro llamado a convertirse en obra de referencia para los estudios de Historia de Turquía en el mundo castellano-parlante. En sus más de seiscientas páginas el lector se sumerge en el poco conocido túnel histórico turco para realizar un largo viaje que le llevará desde los mitos fundacionales de este pueblo hasta las puertas del siglo XXI.

Ahí radica el gran mérito del autor, sabe guiarnos con una prosa ligera a través de diez complejos siglos.

El trabajo de documentación es sin lugar a dudas admirable, pero posee un valor superior la capacidad del autor para organizar esa información. Consigue que el libro resulte ameno y comprensible para personas no iniciadas en la materia; y, al mismo tiempo, ofrece a los conocedores del fenómeno turco un trabajo serio en el que poder profundizar en sus conocimientos. Hoy por hoy, para conocer al turco en su historia y costumbres, es imprescindible acudir a la obra del profesor Veiga.

Desde las primeras páginas se descubre el inmenso reto al que el autor se lanzó cuando inició este trabajo. Resulta llamativo que una sola persona sea capaz de condensar, en un único volumen, tal cantidad de información. No obstante, es aún más admirable hacerlo de tal manera que un público como el hispano, tan poco versado y lleno de prejuicios en lo relativo a la cuestión turca, pueda comprenderlo a la perfección.

Francisco Veiga no nos ofrece en esta obra una visión de la Historia de Turquía; ni siquiera un panorama conjunto de esta con los imperios y estructuras políticas anteriores. Nos lleva de la mano ante el turco, un personaje cercano a la par que desconocido; un compañero en nuestro viajes histórico situado a medio camino entre nuestro mundo y el oriental. En definitiva, una figura que desde hace décadas –y más especialmente desde el año 2005- está llamando a la puerta del proceso integrador europeo.

Al finalizar la lectura uno se queda con la sensación de que el autor ha logrado su objetivo. Se ha sobrepuesto a la difícil tarea de recoger en el papel -con palabras- la esencia de Turquía en su Historia. Es más, consigue también dejar dentro del lector el “gusanillo” de lo turco; le convence de que se trata de un mundo que merece la pena conocer.

Nos encontramos, pues, ante un trabajo centrado en la figura del turco, pero no en solitario. Francisco Veiga lo resume a la perfección en el título de la obra: Turquía y sus antecedentes históricos son los protagonistas, pero siempre en relación con el ámbito europeo. Es verdad que tanto el mundo islámico como el oriental están presentes a lo largo de los capítulos del libro.

Sin embargo, la orientación hacia el occidente parece evidente.

El autor orienta su labor desde la perspectiva del presente; y no sólo por las pretensiones europeístas de la actual República de Turquía. Basa esa posición en seis siglos de intensas relaciones. Un contacto que, durante los últimos doscientos años, ha estado marcado por el afán turco de imitar a los europeos. A pesar de la amplitud temática y cronológica de la obra, el profesor Veiga muestra desde la misma introducción un claro interés por justificar la candidatura de Turquía a la Unión Europea. Es más, no trata de ocultarlo; manifiesta que en el origen de sus investigaciones están los sucesos más recientes de la Historia turca y sus relaciones con Europa.

No obstante, su afán por defender la entrada de Turquía en la Unión Europea no resta valor al conjunto de la obra.

Esta es rica en argumentos a favor de la integración de los turcos en el proceso integrador, pero también en otros aspectos históricos y culturales que nada tienen que ver con esa cuestión. El autor se detiene tal vez más en la Historia actual, protagonista tanto en la introducción como en las conclusiones. Pero se muestra riguroso en todos y cada uno de los temas que aborda su trabajo. Esto permite al lector conocer al turco en mil años de devenir histórico para, posteriormente, valorar con cierto conocimiento de causa las interesantes opiniones de Francisco Veiga sobre la situación del momento.

Kosovo: una discrepancia historiográfica

Artículo publicado por Historia en Presente el 9 de junio de 2008.


Voy a completar el repaso iniciado en este blog sobre la cuestión de Kosovo con dos artículos más. El primero de ellos –el que publico hoy- aborda el tema desde una perspectiva historiográfica; es decir, la interpretación del pasado de la región desde el punto de vista de los historiadores serbios y albaneses. El segundo de ellos, que publicaré en las próximas semanas, tratará de recoger los aspectos más significativos de la Historia kosovar durante el siglo XIX. Para escribir ambos textos me he basado en la información contenida en los libros que cito en la bibliografía. Sin embargo, debo reconocer que estos artículos siguen muy de cerca los planteamientos del profesor Carlos Taibo en “Guerra en Kosovo”.

Kosovo según los albaneses

Los historiadores albaneses consideran a su etnia descendiente directa de los ilirios de época clásica. La provincia romana de Iliria ocupaba el territorio que va desde el Danubio hasta el Adriático, alcanzando su límite septentrional en la actual Macedonia. Este pueblo se vio obligado a retroceder hacia la costa como consecuencia de las invasiones eslavas del siglo VI [6]. Sin embargo, con la conquista otomana de los Balcanes, pudieron regresar a su antiguo hogar en los siglos XV y XVI.

La historiografía albanesa sostiene que, bajo la protección del Islam, la región de Kosovo comenzó a repoblarse de albaneses. Desde ese momento superaron a los eslavos, convirtiéndose en la etnia mayoritaria de la región; situación que se mantiene hoy día.

Según la visión albanesa expuesta anteriormente, los serbios serían una etnia invasora y ajena a Kosovo y al resto de los Balcanes. Estos habrían desarrollado a lo largo de varios siglos, y especialmente a partir del XIX, una labor claramente hostil a la población autóctona. Su gran pecado habría sido tratar de dividir a los albaneses en distintos estados –Kosovo, Macedonia, Montenegro, Albania…- con el fin de obstaculizar la construcción de un gran estado propio [4].

Kosovo según los serbios

Los historiadores serbios, como es lógico, discrepan de la visión expuesta anteriormente. Según ellos, los albaneses no serían más que el conjunto de pueblos suroccidentales de los Balcanes que en su cruce de los ilirios formaron un nuevo grupo étnico. Reconocen la presencia de estos en la costa del Adriático en épocas anteriores a las invasiones eslavas. Sin embargo, niegan su relación con Kosovo hasta bien entrado el siglo XVII; es decir, al amparo de las conquistas otomanas. La historiografía de serbia los acusa de jugar, hasta el siglo XIX, el papel de punta de lanza de la colonización islámica que tanto mal les hizo.

Por tanto, para los serbios Kosovo es un territorio que les pertenece por “derechos históricos” desde que, en el año 1389, se libró la batalla de Kosovo-Polje [3].

Ellos se consideran la población autóctona de la región. Es más, la represión a la que se vieron sometidos durante siglos no ha hecho más que acrecentar el mito de la vinculación del espíritu de Serbia a Kosovo, así como el odio al invasor albanés. Esto último no sólo surge de la oposición entre ambas etnias; también se basa en el carácter oportunista de los albaneses; primero se aprovecharon de la presencia otomana, y más tarde se mostraron fieles servidores del poder autro-húngaro [6], claramente contrario a los serbios.

Breve conclusión

Es indudable el carácter nacionalista de los dos puntos de vista expuestos anteriormente; razón por la que no podemos fiarnos a pies juntillas de ninguno de ellos. Sin embargo, una lectura crítica de los postulados de cada grupo nos permite ver algo de luz en medio de tantos argumentos contrapuestos. Parece evidente que los albaneses, bien fueran ilirios o miembros de otra etnia, estaban en los Balcanes antes de la llegada de los serbios. Controlaban tan sólo una pequeña región cercana al Adriático que, tal vez, llegase hasta el propio Kosovo.

Esta claro, ya que lo afirman ambas versiones, que los albaneses fueron desplazados hacia el oeste por la invasión eslava del siglo VI.

Con la llegada musulmana, y gracias a su conversión mayoritaria al Islam y a su fidelidad a la Sublime Puerta, recuperaron algunos de sus antiguos territorios. No obstante, parece inexacto considerar que ya en el siglo XVII eran mayoría en Kosovo; sobre la cuestión mantengo lo enunciado en mi artículo De Kosovo a Kosova: una visión demográfica. En este sostenía que hasta mediados XIX los serbios habían sido la etnia mayoritaria de la región [3].

Además, parece poco creíble la postura albanesa de considerar que sus antepasados volvieron diez siglos después a sus antiguos territorios. Puede que en el pasado hubieran habitado allí, pero de ahí a tener conciencia de regresar al hogar mil años después es poco probable.

En definitiva, el pasado de ambos pueblos se entrecruza constantemente a lo largo de los últimos siglos. En muchas ocasiones adquiere un carácter mítico, y siempre, en ambos casos, un tono victimista. Nos encontramos, pues, ante un clásico puzzle balcánico en el que la Historia se utiliza y transforma para convencer al resto del mundo de lo honorable de la propia postura.

Bibliografía:

[1] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[2] Postguerra. Una historia de Europa desde 1945; Tony Judt – Madrid – Taurus -2006.

[3] La Europa balcánica. Yugoslavia, desde la Segunda Guerra Mundial hasta nuestros días; Ricardo M. Martín de la Guardia y Guillermo A. Pérez Sánchez – Madrid – Síntesis – 1997.

[4] La trampa balcánica; Francisco Veiga – Barcelona – Grijalbo – 2002.

[5] Los conflictos yugoslavos. Una introducción; Carlos Taibo y José Carlos Lechado – Madrid – Fundamentos – 1993.

[6] Guerra en Kosovo; Carlos Taibo – Madrid – Catarata – 2002.