Desarrollo urbanístico guipuzcoano

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En un primer momento las villas fueron surgiendo en el territorio guipuzcoano como agrupaciones de población motivadas por fines defensivos.

Es decir, se huía del endeble poblamiento disperso con el objeto de ponerse bajo la protección del recinto urbano. Estos, para facilitar su defensa y abastecimiento, solían buscar su emplazamiento en la falda de pequeños montes y a las orillas de los ríos. Aunque también fue común que se situaran en valles estrechos.

De entre estos cabe destacar el de Deva, con núcleos como Mondragón, Deva, Vergara, Eibar y Plasencia; el de Urola, donde destacaron Azcoitia, Azpeitia y Zumaya; y el de Uria, con Segura, Villafranca, Tolosa y Hernani. Así se fue dotando a esos primeros poblamientos de una Carta-Puebla, que los convirtió, de facto, en villas.

Beatriz Arizaga distingue cinco etapas en el desarrollo de esos núcleos guipuzcoanos.

Con el fin de facilitar nuestro estudio en torno a esta cuestión, vamos a servirnos de su clasificación en este trabajo. En primer lugar sitúa la formación de San Sebastián, a la que siguió la de el resto de villas del mar: Guetaria, Bermeo, Lequeitio (segundo periodo). La tercera etapa vendría representada por las villas interiores situadas en dos vía comerciales: la que iba de Vitoria a San Sebastián pasando por Segura, Villafranca y Tolosa; y la que desde Vitoria -atravesando Mondragón, Vergara, Deva y Zumaya- llevaba a Guetaria. En cuarto lugar nos presenta aquellos núcleos surgidos en la frontera con Vizcaya. Posteriormente –quinta etapa- sólo se fundaron villas de forma esporádica.

Por tanto, salvo en el último caso, la aparición de esos núcleos obedeció a una necesidad concreta, bien de carácter comercial o de tipo defensivo. Y, en los cinco casos, existió una clara coincidencia cronológica entre las villas de cada grupo.

En lo referente a la situación de las villas guipuzcoanas –atendiendo a lo expuesto anteriormente- podemos distinguir tres tipos de núcleos urbanos: fronterizos, costeros y del interior.

Y, generalizando tal vez en exceso, tres funciones relacionadas con la situación: defensa, comercio y tránsito. Estas necesidades, como es lógico, generaron una red urbana adecuada a las características de Guipúzcoa. Se formó una estructura no condicionada por un estrato previo de carácter tardorromano, de tipo lineal y con villas relativamente cercanas entre sí. Además, en el caso de la costa hay que incidir en el condicionamiento que el mar imponía a esas fundaciones, tanto en las relaciones entre ellas como en el plano de las mismas.

La evolución del poblamiento en Vizcaya

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En los comienzos del proceso urbanizador de Vizcaya, los principales núcleos de población se concentraron entre las rías del Nervión y de Guernica. También destacó notablemente en ese aspecto el Duranguesado.

Fue este un fenómeno de progresivo traslado de gentes desde los montes a los valles. Estos grupos humanos se vieron atraídos por la seguridad y prosperidad económica que ofrecían esos emplazamientos. Su asentamiento en estos territorios marcó también el inicio de la transformación familiar: de la familia extensa a la nuclear.

Entre el año 1200 y el 1300 el cambio económico, social y de poblamiento se consolidó.

Factores como la incorporación a la Corona de Castilla, la creación física del señorío de Vizcaya, y el desarrollo económico, mercantil y demográfico, facilitaron notablemente este proceso. Este fenómeno iniciado en un pequeño espacio de Vizcaya al amparo de los monasterios y de sus propiedades era una realidad a comienzos del siglo XIV.

Estos mismos edificios religiosos se habían convertido en las parroquias de las distintas villas; y los límites entre las propiedades de las distintas comunidades religiosas en fronteras de influencia de los grupos urbanos colindantes. La propiedad conventual vizcaína sirvió como base para la formación de las grandes agrupaciones de población; grupos humanos que, en un principio, se acogieron a la autoridad del monasterio. Sin embargo, poco a poco, el protagonismo pasó de los religiosos al monarca, y del trabajo de la tierra del señorío eclesiástico a las nuevas rutas comerciales.

Nos adentramos por fin en la cuestión comercial, clave tanto para el desarrollo económico como urbanístico de Vizcaya.

Si ya en los siglos anteriores la existencia de la ruta jacobea había facilitado el desarrollo mercantil y urbano, fruto de unas mejores y más constantes comunicaciones, a partir del siglo XIII esa tendencia se intensificó. El eje Este-Oeste fue sustituído por el Norte-Sur, que comunicaba la Meseta con el mar.

Esto fue notablemente beneficioso para el territorio vizcaíno –también para el guipuzcoano-, que se convirtió en lugar de paso en las rutas comerciales entre Castilla y el Cantábrico. La industria lanera y textil castellana encontró los mercados británicos abiertos a absorver buena parte de su producción. Sin duda, este comercio fue favorecido por la buena relación existente entre el reino peninsular –especialmente en tiempos de Alfonso VIII- e Inglaterra.

De esta manera, los puertos del mar Cantábrico –a nosotros nos interesan solo los vascos- se convirtieron en puntos fundamentales de esa relación comercial.

Esas villas crecieron y se desarrollaron, pero también lo hicieron aquellas que ocupaban un lugar estratégico en las rutas terrestres que conducían de la Meseta al mar. Por tanto, el poderío de la economía castellana -reino que consolidaba poco a poco su hegemonía peninsular- y el antecedente pesquero de las gentes de esos puertos vascos, permitieron a las villas del mar lanzarse al comercio con Inglaterra.

Sin embargo, no sólo Castilla colocaba sus productos en los mercados británicos. La industria ferrona vizcaína experimentó un importante auge gracias a estas nuevas rutas marítimas y terrestres. Podríamos decir de una manera poco precisa que ayudaron a promocionar el hierro de Vizcaya.

Este cambio de los flujos mercantiles tuvo, como es lógico, importantes consecuencias para el desarrollo de las villas vizcaínas. Algunos de esos núcleos de población mantuvieron su importancia a pesar de la modificación de las rutas comerciales. Es decir, vieron confirmada la preeminencia que sobre sus respectivas comarcas le otorgó en su día el Camino de Santiago. No obstante, tampoco faltaron los agrupamientos humanos antiguos a los que esta transformación perjudicó notablemente.

Por último, hemos de citar el nombre de algunas de las villas surgidas al calor de las rutas comerciales que llevaban de la Meseta al mar.

Hablamos básicamente de lugares como Valmaseda, Orduña, Bermeo, Plencia, Durango, Ochandiano, Bilbao, Ermua y Lanestosa. Todos ellos estaban situados en puntos estratégicos que unían las villas del mar –bien fuesen cántabras o vascas- con poblaciones del interior como Vitoria, Burgos o Logroño.

De esta manera, Valmaseda aparecería vinculada a la circulación mercantil entre Burgos y Castro-Urdiales; Lanestosa sería un paso montañoso importante entre la ciudad del Cid y Laredo; y las demás se situarían apoyando las rutas de la Rioja y Álava con el mar. Tan sólo Ermua se mantuvo al margen de toda esta estructura viaria; su importancia y supervivencia se debió exclusivamente a la actividad ferrona.