Segunda hoja de la Rosa Blanca II


El final de esta segunda hoja de la Rosa Blanca comienza denunciando ante el pueblo alemán los delitos que cometía su propio gobierno contra la población judía y no judía de los territorios ocupados. A continuación critica la complicidad de los alemanes al tiempo que les incita a limpiar su culpa rebelándose contra el régimen que sustentan. Por último nos encontramos con una serie de citas de Lao Tse que guardan cierta relación con el escrito.

En esta hoja no queremos hablar de la cuestión judía; no deseamos escribir ninguna defensa. No, sólo como ejemplo queremos incluir el hecho de que desde la conquista de Polonia han sido asesinados bestialmente trescientos mil judíos en ese país. n esto comprobamos el horrible crimen contra la dignidad de la persona humana, que no tiene parangón en la historia de la Humanidad. También los judíos son seres humanos –se piense como se piense sobre la cuestión judía- y esto se ha hecho contra seres humanos. Quizá alguien diga que los judíos se merecían ese destino; esa afirmación sería una arrogancia inaudita; pero suponiendo que alguien lo dijera, ¿qué opinaría sobre el hecho de que toda la juventud noble polaca hubiese sido aniquilada (¡Dios quiera que todavía no lo haya sido!)?

¿De qué modo, preguntarán, se ha hecho? ¡Todos los descendientes masculinos de las familias nobles, de entre 15 y 20 años, han sido deportados a campos de concentración a Alemania, para hacer trabajos forzados, y todas las chicas de la misma edad a Noruega, a burdeles de la SS! ¿Para qué mencionar todo esto, si ya lo conocen ustedes, y si no estos, sí otros crímenes de la misma gravedad perpetrados por esos horribles infrahombres? Porque se trata de una cuestión que nos afecta profundamente a todos y que nos tiene que dar que pensar a todos ¿Por qué se comporta tan apaticamente el pueblo alemán frente a todos esos crímenes horrendos e inhumanos? Prácticamente nadie reflexiona sobre esto. Se acepta como un hecho y se olvida. De nuevo, el pueblo alemán duerme un sueño estúpido y sordo, y anima y da ocasión a los criminales fascistas a seguir actuando… y lo siguen haciendo ¿Será esto un signo de que los alemanes se han embrutecido en sus sentimientos humanos más primitivos, de que en ellos no se despierta ningún sentimiento frente a tales hechos, que han caído en un sueño letal, del que ya no hay despertar, nunca más? Así parece que lo será ciertamente si el alemán no despierta por fin de esa indiferencia; si no protesta allí donde pueda, contra esa camarilla de criminales, si no tiene compasión con esos cientos de miles de víctimas. Y ha de sentir no sólo compasión, sino mucho más: complicidad, pues con su apático comportamiento da a esos personajes turbios la posibilidad de actuar, soportar ese “gobierno” que ha cargado sobre sí una culpa infinita; ¡él mismo es culpable de que pudieran cometerse esos crímenes! Cada uno desea liberarse de esa complicidad, cada uno lo hace y vuelve a dormir con la conciencia más tranquila del mundo. Pero no puede absolverse, ¡cada uno es culpable, culpable, culpable! Sin embargo aún no es demasiado tarde para desembarazarse de este gobierno, el más abominable, para no cargar aún más culpa sobre si mismo. Ahora, después de que en los últimos años se nos han abierto completamente los ojos, ahora que sabemos con quiénes tratamos, ahora ha llegado el momento de aniquilar esa banda. Hasta el estallido de la guerra, la gran mayoría del pueblo alemán estaba cegada; los nacionalsocialistas no mostraron su verdadera figura; pero ahora, que se les ha reconocido, el deber único y más alto, el deber sagrado de todo alemán ha de ser aniquilar a esas bestias.

“Cuando el gobierno no se inmiscuye,
el pueblo es diligente.
Cuando el gobierno es activo,
el pueblo es indolente.
La desgracia reposa en la dicha,
y la dicha reposa en la desgracia.
¿A dónde llevaré esto?
El final no se aprecia.
La rectitud degenera en estravagancia
y la bondad en monstruosidad.
El pueblo queda confundido.
Mucho tiempo hace que el hombre se engaña por esto.
Así, el sabio es recto pero no tajante, anguloso pero no hiriente,
firme pero no insolente, claro pero no deslumbra”.

Lao-Tse

“Quien intenta dominar el reino y configurarlo de acuerdo con su arbitriariedad; le veo no conseguir su objetivo; eso es todo.

El reino es un organismo vivo; ¡en verdad, no se puede ser hecho! Quien quiere hacerlo lo echa a perder; quien quiere adueñarse de él, lo pierde.

Por tanto: “De los seres, algunos van por delante, otros les siguen; algunos respiran caliente, otro frío; unos son fuertes, otros débiles; algunos consiguen la plenitud, otros sucumben.

El alto hombre abandona la exageración, abandona la soberbia, abandona el abuso”.

Lao Tse

Le rogamos haga de este escrito el mayor número de copias posible y las difunda.

Bibliografía:

[1] La Rosa Blanca. Los estudiantes que se alzaron contra Hitler; José M. García Pelegrín – Madrid – LibrosLibres – 2006.

Segunda hoja de la Rosa Blanca


Transcribo a continuación el primero de los dos fragmentos que he seleccionado en la segunda hoja de la Rosa Blanca, organización muniquesa de estudiantes universitarios contrarios al régimen nacionalsocialista. En esta ocasión los autores resaltan dos aspectos del NSDAP: la utilización constante de la mentira, y su gran éxito a la hora de dividir a sus enemigos. En lo que se refiere a esta última cuestión, hemos de señalar que se encuentra también recogida en las memorias y diarios de otras personas que vivieron aquellos hechos. En concreto, Sebastian Haffner habla en Historia de un alemán de la “época de las desapariciones”. Los jóvenes de la Rosa Blanca ven necesario, fundamental, recuperar la conexión -”encontrarse mutuamente”- entre los grupos opuestos a Hitler para, al final, privarle del poder que desde enero de 1933 había ido concentrando.

Con el nacionalsocialismo no se puede debatir intelectualmente, porque es anti-intelectual. Es erróneo hablar de la ideología nacionalsocialista, pues si esta existiera, habría que intentar demostrarla o combatirla con medios intelectuales. Pero la realidad nos muestra una imagen distinta: ya desde su primer germen, ese movimiento se construía sobre un fraude, ya desde entonces presentaba descomposición en su interior y sólo se podía salvar mediante la mentira continua. El mismo Hitler, en una edición temprana de su libro (un libro escrito en el peor alemán que jamás he leído; y sin embargo ha sido elevado al carácter de Biblia por el pueblo de los escritores y pensadores): “Es increíble cómo hay que engañar a un pueblo para gobernarlo”. Si, en sus comienzos, este cáncer del pueblo no se hizo notar demasiado, sólo fue porque aún había suficientes fuerzas capaces de contenerlo. Sin embargo, conforme fue creciendo y llegó al final al poder mediante una corrupción vil, se desató el cáncer y afectó a todo el cuerpo; la mayoría de los antiguos enemigos se ocultó, la inteligencia alemana se escondió bajo tierra para ahogarse paulatinamente, oculta a la luz del día.

Ahora lo importante es encontrarse mutuamente, informar uno a uno y no cejar hasta que el último se haya convencido de la necesidad de luchar contra ese sistema. Si, así, se extiende una oleada de protesta por el país, si “está en el ambiente”, si muchos colaboran, entonces será posible deshacerse de este sistema, con un último y potente esfuerzo. Un final espantoso es peor que un espanto sin fin.

No nos es dado emitir un juicio sobre el sentido de nuestra historia. Sin embargo, si queremos que la catástrofe sirva para el bien, sólo podrá serlo de este modo: siendo purificados por el sufrimiento, anhelando la luz en la noche más profunda, alzándose para ayudar por fin a quitarnos este yugo que está subyugando al mundo.

Bibliografía:

[1] La Rosa Blanca. Los estudiantes que se alzaron contra Hitler; José M. García Pelegrín – Madrid – LibrosLibres – 2006.

Primera hoja de la Rosa blanca II


Ahí va el segundo, y último, fragmento de la primera hoja de la Rosa Blanca. En los próximos días comenzaré con el siguiente escrito de este grupo de jóvenes contrarios al régimen nacionalsocialista en la Alemania de 1943. Recuerden que mis comentarios al texto van subrayados y en cursiva.

Si cada uno espera hasta que sea otro quien comience, los mensajeros de la vengadora Némesis no podrán detenerse y se acercarán cada vez más; entonces se echará hasta la última víctima sin sentido en las fauces de un demonio insaciable. Por eso, cada uno ha de ser consciente de su responsabilidad como miembro de la cultura cristiana occidental y como tal ha de luchar, cada uno, tanto como pueda contra ese azote de la Humanidad que es el fascismo y todo sistema de Estado absoluto similar.

En numerosos momentos de este y otros escritos se pueden apreciar las convicciones cristianas -protestantes y católicas- de los miembros de la Rosa Blaca. Es curioso que, al igual que Robert Schuman, defendían una Europa unida basada en los valores cristianos en tanto que estos son el germen de la democracia actual. Oponed resistencia pasiva –resistencia- allí donde estéis; evitad que continúe la maquinaria atea de la guerra, antes de que sea demasiado tarde, antes de que hasta la última ciudad haya quedado reducida a ruinas como Colonia y antes de que la última juventud del pueblo se haya desangrado en algún lugar por la soberbia de un infrahombre ¡No olvidéis que cada pueblo se merece el gobierno que soporta! Cuestiones como la resistencia pasiva o el genocidio de la juventud alemana en los campos de batalla serán desarroladas en las hojas posteriores por los miembros de este grupo opositor.

De Friedrich Schiller, “Las leyes de Licurgo y Solón”:

“…contra su propio objetivo, las leyes de Licurgo son una obra maestra de la política y de la antropología. Pretendía un Estado poderoso, fundado sobre sí mismo e indestructible; la fuerza política y la estabilidad eran el objetivo que busca; alcanzó ese objetivo tanto como lo permitieron las circunstancias. Sin embargo, si se compara el objetivo que se propuso Licurgo con el objetivo de la Humanidad, la admiración que despierta una primera mirada ha de dejar paso a la reprobación. Al Estado todo se ha de sacrificar, con excepción de una cosa, aquello a lo que el Estado sirve como medio. Este modelo es imagen perfecta del Estado nacionalsocialista o de cualquier otro régimen totalitario. Nos describe un Estado cuyo fin último es su propio desarrollo, no el de los ciudadanos para los cuales fue constituido. Los constructos políticos -tal como indica Schiller, y como manifestarán los miembros de la Rosa Blanca en otros de sus escritos- tienen como único fin el desarrollo de los individuos; si esto no se cumple, entonces es injusto y debe ser destruido. El Estado nunca es fin, sólo es importante como condición en la que se puede cumplir el objetivo de la Humanidad, y ese objetivo de la Humanidad no es otro que desarrollar todas las fuerzas del hombre, que es el progreso. Si la constitución de un Estado impide que se desarrollen las fuerzas que hay en el hombre, si impide el progreso del espíritu, entonces es reprobable y dañina, por muy ponderada que esté por los demás, por muy perfecta que sea en su especie. Su estabilidad se convierte más en un reproche que en honor, pues tan sólo es la continuación del mal: cuanto más dure tanto más dañina será.

(…)

A costa de todos los sentimientos morales se obtuvo el mérito político y se formó la capacidad para ello. En Esparta no había amor conyugal ni amor materno, ni amor filial ni amistad; no había otra cosa que ciudadanos, que virtud ciudadana.

(…)

Una ley del Estado convertía en obligación, para los espartanos, la inhumanidad frente a los esclavos; en esos sacrificios desgraciados se insultó y maltrató a la Humanidad. En la ley espartana se predicó el peligroso principio de considerar a los seres humanos como medio y no como fin, con lo que se agrietaron los fundamentos del Derecho Natural y de la moralidad.

(…)

¡Qué bello espectáculo ofrece el rudo guerrero Cayo Marcio en su campamento situado ante Roma, que sacrifica la venganza y la victoria, porque no puede ver correr las lágrimas de la madre!

(…)

El Estado (de Licurgo) sólo podía mantenerse bajo una única condición: que se paralizara el espíritu del pueblo; es decir, sólo se podía conservar errando el más alto y único fin del Estado”.

De Goethe, “El despertar de Epimenides”, segundo acto, cuarta escena:

“Genios…

Pero lo que ha salido osadamente del abismo

puede dominar a medio universo

gracias a su destino de hierro.

Ha de volver al abismo.

Ya amenaza un temblor tremendo,

¡en vano logrará imponerse!

Y todos los que están unidos a él

han de quedar aniquilados con él.

Esperanza

ahora me encuentro con mis bravos,

que se han reunido en la noche,

para callar, no para dormir,

y la bella palabra de la libertad

se susurra y se balbucea,

hasta que en una novedad desusada

en los peldaños de nuestros templos

de nuevo gritemos, extasiados:

(con convencimiento, fuerte)

¡Libertad!

(más moderado):

¡Libertad!

(un eco, de todos lugares):

¡Libertad!”

Le rogamos que hagan cuantas copias puedan de este escrito y las difundan.

Bibliografía:

[1] La Rosa Blanca. Los estudiantes que se alzaron contra Hitler; José M. García Pelegrín – Madrid – LibrosLibres – 2006.

Primera hoja de la Rosa Blanca


Abro otra nueva brecha en la temática de este blog; en concreto en lo referente a la Historia de Alemania. Se trata de la publicación, con algún que otro comentario -en cursiva y subrayado-, de las hojas de la Rosa Blanca. Esta organización de estudiantes que se opuso al régimen nazi es un buen ejemplo de actuación contra el totalitarismo desde la propia sociedad civil. En cierto modo guarda cierta relación con la oposición interior a los regímenes comunistas de la Europa del Este. Les dejo con el primer fragmento:

Nada es más indigno para un pueblo civilizado que dejarse “gobernar”, sin oponer resistencia, por una camarilla irresponsable que se deja llevar por sus bajos instintos ¿No es cierto que, hoy en día, todo alemán honrado se avergüenza de su gobierno? ¿Quién alcanza a vislumbrar el alcance de la ignominia que sobrevendrá sobre nosotros y sobre nuestros hijos, cuando haya caído la venda de nuestros ojos y salgan a la luz los horrendos crímenes que superan toda medida? Si el pueblo alemán está ya tan corrompido y descompuesto en su interior que, sin mover una mano, y por una temeraria confianza en las equivocadas leyes de la historia, abandona lo más alto que posee el hombre, lo que lo alza por encima de las demás criaturas: su voluntad libre de injerir en la rueda de la historia y someterla a su decisión racional, si los alemanes –exentos de toda individualidad- se han convertido en una masa sin espíritu y cobarde, entonces se merecen el hundimiento.

Al llegar a este punto es inevitable relacionar esta última palabra con el título de una obra de Joaquim Fest llevada recientemente al cine: “El hundimiento”. Desde luego, los jóvenes miembros de la Rosa Blanca no imaginaban el final atroz del III Reich tal como lo había planeado Hitler si salía derrotado en la II Guerra Mundial. Sin embargo, fue el propio dictador el que afirmó que el pueblo alemán merecería ese destino si no triunfaba en el conflicto, si no demostraba ser superior a sus enemigos eslavos. Es más, una vez fue consciente de que la victoria era imposible, se aseguró de que el hundimiento de Alemania fuera total.

Goethe denominaba a los alemanes un pueblo trágico, similar al judío y al griego; pero hoy parece que se han convertido en un rebaño de secuaces, superficial y sin voluntad, a quienes les han quitado hasta los tuétanos; faltos de núcleo, están dispuestos a arrastrarse al hundimiento. Parece… pero no es así; antes bien, como fruto de una violación lenta mentirosa y sistemática, cada persona ha sido recluida en una cárcel inmaterial; sólo cuando se ha visto encadenada, ha sido consciente de la perdición. Esa cárcel inmaterial, tan típica de los sistemas totalitarios, se encontraría reflejada también en las obras como la de Victor Kemplerer, Sebastian Haffner y Stefan Zweig entre otros. Pocos han reconocido la amenaza de la corrupción, y el premio por sus advertencias heroicas ha sido la muerte. Sobre el destino de esas personas habrá que hablar aún.

Bibliografía:

[1] La Rosa Blanca. Los estudiantes que se alzaron contra Hitler; José M. García Pelegrín – Madrid – LibrosLibres – 2006.

Séptimo pecado: la verdadera puñalada


“Tan sólo un año más tarde volvieron a presentarse los que en octubre y noviembre de 1918 habían huido tan miserablemente de su responsabilidad, y lo hicieron en calidad de acusadores. Los socialdemócratas a quienes ellos habían cargado con la responsabilidad de la derrota se convirtieron entonces en los “criminales de noviembre” que habían “apuñalado por la espalda al frente victorioso” y provocado la derrota, es más, la habían deseado”. Sebastián Haffner trata de desmontar en el último capítulo de su obra la leyenda de la “puñalada por la espalda”, descrita de forma bastante acertada en el párrafo anterior. Al mismo tiempo plantea lo que él llama la “verdadera puñalada”: efectuada por los altos mandos políticos y militares del Imperio Alemán contra sus opositores –socialdemócratas y democristianos fundamentalmente-, el ejército y la propia nación. La artimaña consistió, básicamente, en entregar el poder a otros justo cuando la derrota era inevitable e inminente. De esta forma, las manos de los verdaderos culpables aparecían limpias ante la Historia y el pueblo, quedando como responsables aquellos que se dejaron engañar al tomar las riendas del poder de modo ingenuo.

La Revolución de noviembre no afectó para nada al desenlace final de la guerra. La derrota alemana, una vez fracasada su última embestida sobre el frente occidental, era cuestión de tiempo. Las tropas norteamericanas e inglesas crecían con el paso de los meses, sin que los alemanes encontraran el modo de mantener por más tiempo la firmeza de sus líneas defensivas. Es más, desde el 29 de septiembre se estaba negociando el alto al fuego con el presidente Wilson. Por tanto, la paz deshonrosa para Alemania –el yugo de Versalles- lo forjaron los que después cargaron sobre los hombros de Weimar esa responsabilidad. No obstante, el séptimo “pecado” no consistió tan solo en afirmar que determinados parlamentarios deseaban la derrota para llevar a cabo la revolución. Eso, desde luego, era falso –se podría plantear solamente esta tesis para el caso de los futuros espartaquistas-; pero había más.

La Alemania imperial pudo llegar, una vez sumida en el pozo de la derrota, a una paz más favorable. Lo que sucedió fue que sus líderes, bien por miopía política o bien por la ya habitual huída de la realidad, no tomaron el camino adecuado. Los ejércitos alemanes tenían que haber abandonado Francia y Bélgica a principios de mayo con el fin de plantear una defensa seria y posible en el Rin. Esto obedecía no solo a la lógica militar, sino también diplomática: desde una posición fuerte se podría llegar a una paz más conveniente. Sin embargo, una vez más, el alto mando se mostró incapaz de reconocer la derrota; y eso incluía la cabezonería de no abandonar Bélgica, que en principio era simplemente un lugar de paso.

Haffner nos muestra a Ludendorff como responsable de estos hechos: un general omnipotente, con cierto trastorno mental a esas alturas del conflicto, y ejemplo claro de los dos males más nocivos de Alemania es la Gran Guerra, la huida de la realidad y la búsqueda de chivos expiatorios. Este militar, además de ejercer de comadrona de la puñalada, cometió dos “pecados” en el último momento: no retirarse al Rin y pedir, públicamente y sin ningún tipo de preparación política, el alto al fuego el 29 de septiembre. Este último suceso no solo desmoralizó a la nación entera –exhausta a esas alturas de conflicto-, sino que también mostró a los enemigos el agotamiento alemán. Eso sirvió para que las condiciones de paz fueran más duras, ya que los germánicos pasaron a ocupar una posición de debilidad también en lo diplomático.

El autor suaviza al final del capítulo la culpa de Ludendorff, ya que su ascenso vino causado por la renuncia a su obligación de gobernar de algunos políticos. Si el general se encontró en un momento de la guerra con todo el poder en sus manos fue, básicamente, porque casi le obligaron a aceptarlo; los demás no cumplieron con su obligación de gobierno.

Bibliografía:

[1] Los siete pecados capitales del Imperio Alemán en la Primera Guerra Mundial; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2006.

[2] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[3] La Primera Guerra Mundial; Hew Strachan – Barcelona – Crítica – 2004.

Sexto pecado: Brest-Litovsk o la última oportunidad desaprovechada


El penúltimo “pecado” capital guarda una íntima relación con el quinto: el apoyo la revolución de Lenin. Con la paz de Brest-Litovsk, favorecida indudablemente por el triunfo del partido bolchevique en Rusia, Alemania podía, por fin, combatir en un solo frente: el occidental. El II Reich debía haber apostado todo a la única carta que le quedaba para lograr la victoria o, al menos, una paz honrosa. Tenía que utilizar todo su poderío en el oeste para dar un golpe definitivo antes de que los americanos desembarcaran con todo su potencial en el Viejo Continente. Sin embargo, los líderes alemanes, no supieron aprovecharlo:

“El fallo que cometió Alemania en el invierno de 1917-1918 y la primavera de 1918 no fue arriesgarlo todo a esa oportunidad, sino no hacerlo. Si realmente se hubiese querido aprovechar aquella posibilidad inesperada, surgida una vez más en el último instante, de lograr una victoria militar en el oeste (una posibilidad desesperada, escasa, y terriblemente efímera), Alemania debería haber volcado todo, absolutamente todo lo que tenía en ese momento al frente oeste”.

Este sexto “pecado” es, en contra de lo que llega a afirmar Haffner en la cita anterior, gemelo de los anteriores. Es cierto que Alemania, al contrario que en otros casos, no arriesgó justamente cuando debía hacerlo. Sin embargo, no lo hizo porque dejó, una vez más, que el idealismo tomara el las riendas del carro germano. El Imperio Alemán volvió a huir de la realidad al no aprovechar todo su potencial oriental en el oeste. Mientras medio ejército del II Reich preparaba la última y desesperada ofensiva occidental, la otra mitad de sus efectivos se lanzaba a la aventura asiática. Si, los alemanes nunca penetraron tanto en Rusia –un país ya derrotado- como en esos meses en los que perdía la guerra en territorio francés.

El II Reich estuvo muy cerca de derrotar a sus enemigos en el frente occidental con aquella ofensiva de 1918; le faltó tan solo un último empujón. Pero ese impulso estaba dedicado a una gran e inútil aventura: un juego oriental en el que incluso se permitieron el lujo de intervenir en la guerra civil rusa a favor de los blancos.

¿Qué habría sucedido si Alemania no hubiese pecado por sexta vez? Sebastian Haffner deja que al lector vislumbrar un Reich victorioso, pero no lo asegura al cien por cien. Es un autor lo suficientemente prudente e inteligente como para darse cuenta de que podían haber sucedido muchas cosas: no solo los alemanes movía ficha. En primer lugar, los rusos podía haber vuelto a las armas ante la certeza de una retirada germana, lo que haría retornar la guerra en dos frentes. Y, en segundo término, quedaba la por despejar la incógnita de cómo reaccionarían los occidentales ante un hipotético triunfo de la última ofensiva alemana. Podían no dar por acabado el conflicto, decisión fatal para el II Reich.

Bibliografía:

[1] Los siete pecados capitales del Imperio Alemán en la Primera Guerra Mundial; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2006.

[2] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[3] La Primera Guerra Mundial; Hew Strachan – Barcelona – Crítica – 2004.

Quinto pecado: el juego de la revolución mundial y la bolchevización de Rusia


“…en el hecho de que a raíz de la Primera Guerra Mundial hubiese un gobierno comunista en Moscú no sólo influyó de manera decisiva el entonces gobierno del Reich, sino que éste así lo quiso. La bolchevización de Rusia fue consecuencia de una política consciente, muy meditada y sólo en esa ocasión lograda por parte de la Alemania imperial durante la Primera Guerra Mundial. Sin embargo, serán pocos los que hoy en día disientan de que, a pesar de todo, aquello también fue un error desde el punto de vista alemán”.el II Reich se alió con todos sus fantasmas con el fin de acabar con la guerra en dos frentes. Resulta difícil comprender como dos ideas políticas tan opuestas -el autoritarismo y el socialismo bolchevique- pudieron llegar a entenderse; pero así fue.

No obstante, Alemania no buscaba tan solo firmar una paz por separado con la Rusia revolucionaria para poder volcarse en el frente occidental. La política germana esperaba que, tras el triunfo de Lenin, el antiguo imperio zarista quedase sumido en el caos: consideraban a los bolcheviques incapaces para la labor de gobierno. El II Reich trasladó al líder revolucionario de Suiza a Rusia con el fin de borrar a esta nación de la lista de grandes potencias durante mucho tiempo. La Historia ha demostrado que el efecto fue el contrario.

Alemania y los bolcheviques, aliados por mutua necesidad, sabían que tarde o temprano su camino tendría que separarse. Los objetivos de ambos eran divergentes, de ahí que cada uno tratase de sacarle todo lo posible al compañero de viaje para luego reírse de él.

Durante los primeros meses el general alemán se presentó al mundo como el gran triunfador de la partida. Sin embargo, el tiempo demostró lo contrario: el II Reich quedó sumido en el caos, mientras los bolcheviques construían una superpotencia que con los años sometería a la misma Alemania que la había creado. Los dirigentes romántico-conservadores alemanes no dudaron en aliarse con algunos de sus grandes miedos: revolución proletaria, nacionalismo, islamismo, antimperialismo…

Lenin fue, por contra, más pragmático: dio varios pasos hacia atrás con el convencimiento de que la revolución -auspiciada y financiada por el Imperio Alemán- acabaría abriéndose camino en la vieja Europa.

Bibliografía:

[1] Los siete pecados capitales del Imperio Alemán en la Primera Guerra Mundial; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2006.

[2] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[3] La Primera Guerra Mundial; Hew Strachan – Barcelona – Crítica – 2004.

Cuarto pecado: la guerra submarina sin cuartel


“Con la guerra submarina sin cuartel Alemania cometió por segunda vez el mismo error, sólo que de mayor envergadura, que el que había supuesto el plan Schlieffen. De nuevo estuvo dispuesta a aceptar un mal seguro a cambio de una mera expectativa de obtener un beneficio incierto”.

De inicio Sebastián Haffner nos plantea una acertada analogía entre el segundo y el cuarto “pecado capital”. La entrada del Imperio Británico en el conflicto fue fruto del empecinamiento alemán por derrotar más fácilmente a Francia ignorando la neutralidad belga. De la misma manera, tratar de someter a los ingleses por medio del empleo masivo de fuerzas submarinas iba a provocar que los EE.UU. declarasen la guerra al II Reich.

Se repetía, pues, la misma situación: con el fin de derrotar a un enemigo se asume el riesgo de provocar –con total seguridad- la animadversión de otra potencia mayor. Si a esto añadimos que, como sucedió tanto en el caso francés como en el británico, el tan ansiado objetivo de dejar fuera de combate a un enemigo puede no cumplirse, el desastre es aún mayor. A causa de esta política El Imperio Alemán introdujo a Inglaterra y los EE.UU. en la Gran Guerra, y a cambio no consiguió nada: de dos contrincantes pasó a tener cuatro. No obstante, Haffner defiende que existieron importantes diferencias entre estos dos “pecado”: la guerra submarina sin cuartel fue un fallo aún más imperdonable que la invasión de Bélgica. En primer lugar porque se cometió el mismo error por segunda vez.

En segundo término porque la posición de los EE.UU. en 1917 era bastante más clara que la del Imperio Británico en 1914: los americanos manifestaron repetidamente que en caso de guerra submarina declararían la guerra a Alemania, afirmación que nunca fue pronunciada en Londres cuando se planteo la cuestión belga. La entrada de Inglaterra en la Gran Guerra era una posibilidad; la de los Estados Unidos era segura. Finalmente el autor señala que la tercera diferencia consistió en la forma de tomar la decisión: mientras que el plan Schlieffen, rodeado de todo el secretismo militar, se ejecutó rápidamente, la guerra submarina se debatió durante dos años, siendo sometida a la voluntad del Reichstag y de la opinión pública.

¿Cómo llegaron los alemanes a convencerse de que la guerra submarina sin cuartel era la mejor manera para ganar la guerra? La respuesta a esta incógnita hemos de buscarla en el tercer “pecado capital”: la huída de la realidad. Alemania, encerrada en su habitual idealismo, había renunciado a toda paz que no supusiera una victoria total. De esta manera, es lógico llegar a la conclusión de que solo ahogando el comercio marítimo británico se podía llegar a tal meta. Una vez conseguido ese objetivo el II Reich confiaba en poder mantener a los americanos lejos de Europa mediante un cordón submarino en el Atlántico.

Sin embargo, aunque estuvieron cerca provocar el colapso de la flota inglesa, los alemanes no llegaron nunca a controlar los océanos. Sus enemigos, duramente golpeados por el impacto inicial de la guerra submarina sin cuartel, fueron poco a poco encontrando revulsivos ante el acoso germánico. De esta forma, las islas británicas nunca quedaron aisladas, y los americanos pudieron cruzar el Atlántico y luchar en suelo francés con el fin de derrotar a Alemania.

Bibliografía:

[1] Los siete pecados capitales del Imperio Alemán en la Primera Guerra Mundial; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2006.

[2] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[3] La Primera Guerra Mundial; Hew Strachan – Barcelona – Crítica – 2004.

Tercer pecado: Bélgica y Polonia o la huída de la realidad


«A lo largo de cuatro años –más exactamente hasta el 29 de septiembre de 1918-, el gobierno alemán, secundado por el aplauso de la opinión pública, rechazó siempre en un tono casi indignado, como si de una exigencia inmoral se tratara, pactar una paz general sobre las bases de un status quo, sin vencedores ni vencidos”.El tercer capítulo de la obra de Haffner nos describe una Alemania heroica, sacrificada y fuerte, enfrentada a una misión que supera sus fuerzas. La alabanza a la capacidad de resistencia del pueblo y del ejército alemán es una constante a lo largo de estos párrafos. No obstante, el autor lamenta la ceguera existente dentro del II Reich: el no percatarse de que la victoria era imposible. Tras el fracaso del Plan Schlieffen, y con los británicos como enemigos, la guerra estaba perdida. A los germanos solo les quedaba llegar una paz entre iguales que les permitiera salir de ese conflicto sin demasiados daños que lamentar. Los dirigentes del Imperio Alemán tuvieron a lo largo de esos cuatro años varias ocasiones para firmar esa paz “sin vencedores ni vencidos” que tanto le convenía a su nación; sin embargo, rechazaron, una tras otra, las posibilidades que se les presentaban. Para la ceguera del II Reich solo valía la victoria, y esta era imposible. Ese es el tercer “pecado” denunciado por Sebastián Haffner en su libro: la huída de la realidad. Ahora bien, ese juego infantil de no querer afrontar a los hechos –soñar con una victoria imposible- fue acompañado de otras manifestaciones poco coherentes. Toca, pues, hablar de Polonia y Bélgica. De pronto estos dos territorios, que no le habían importado nunca a ningún alemán –habían interesado solo como lugar de paso para otras grandes conquistas-, se convirtieron, de la noche a la mañana, en partes fundamentales del proyecto imperial. A tal punto llegó esa obsesión que en más de una ocasión la paz “sin vencedores ni vencidos” se frustró por la incapacidad de los alemanes para renunciar a sus conquistas en esos territorios.

Por tanto, Polonia y Bélgica son nombres propios que representan parte de esa huída de la realidad. Los dirigentes del Reich se agarraron con todas sus fuerzas a la idea de una Alemania victoriosa; sueño demente en el que, poco a poco, fueron ocupando su lugar los territorios de esas dos naciones. Mientras esto sucedía, a la nación se le acababa el tiempo: cada vez resultaba más difícil mantener la línea del frente. No obstante, durante cuatro años, la posibilidad de evitar la catástrofe fue rechazada por unos líderes borrachos de un triunfalismo inexistente.

Bibliografía:

[1] Los siete pecados capitales del Imperio Alemán en la Primera Guerra Mundial; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2006.

[2] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[3] La Primera Guerra Mundial; Hew Strachan – Barcelona – Crítica – 2004.

Segundo pecado: el Plan Schlieffen


“La política alemana se encontraba ya ante un duro dilema. Debido lógicamente a sus errores previos tenía encima dos “guerras frías”: una contra Rusia y Francia por la hegemonía continental y otra contra Inglaterra por ocupar “un lugar bajo el sol”. Alemania estaba obligada a separar ambas cosas y reventar la Entente”. Y lo cierto es que, como afirma Sebastian Haffner en los siguientes párrafos de este segundo capítulo, casi lo consiguió. El II Reich estuvo muy cerca de mantener al margen de la guerra a Inglaterra, pero sus errores –el segundo “pecado”- lo impidieron.

Las relaciones entre los germanos y las potencias continentales apuntaban inevitablemente hacia la guerra; una lucha en la que Alemania tenía posibilidades de alzarse con la victoria. Por el contrario, en el caso británico, la distensión comenzaba a dar sus frutos, por lo que es de suponer que los insulares se mantendrían al margen de una guerra europea. A Inglaterra no le interesaba poner en peligro su mastodóntica y frágil estructura comercial, y al II Reich no se le pasaba por la cabeza enfrentarse a tal potencial naval al tiempo que desarrollaba una guerra con Francia y Rusia. En definitiva, el enfrentamiento entre Austria y Serbia podía arrastrar al campo de batalla a alemanes, rusos y franceses, pero no tenía porque dar pie a la entrada de Inglaterra. Es más, al tratarse básicamente de una guerra en la Europa oriental, la situación de Francia era más que comprometida. Resultaba impensable que los ejércitos de la tricolor se plantaran en los Balcanes; la única misión de los franceses en la conflagración adveniente era atacar Alemania por su frontera occidental. Basándose en el testimonio de los miembros del gobierno inglés y de sus embajadores en París y Berlín, Haffner llega a afirmar que, salvo que se produjera una invasión germana del territorio francés, Inglaterra estaba dispuesta a mantenerse al margen del conflicto. Es decir, el Imperio Alemán debía contentarse con una guerra oriental, limitándose solo a defenderse en el oeste de los ataques franceses. Por tanto, se le presentaba a Alemania la posibilidad, no solo de mantener la neutralidad británica, sino también de mostrar al mundo como Francia se había apuntado –fruto de su revanchismo- a una guerra a la que no había sido invitada y en la que no tenía nada que hacer. En los primeros días de la guerra los militares tomaron el control de las operaciones en Alemania, fijando entre sus prioridades la materialización del Plan Schlieffen. Este contemplaba la invasión de Francia atravesando Bélgica y Luxemburgo con el fin de evitar las líneas defensivas francesas; así quedaba desbaratada toda la acción diplomática germana para con Inglaterra. Este acto no solo significaba la renuncia a un conflicto puramente oriental, sino que suponía una acción hostil hacia dos países que se habían manifestado neutrales ante la lucha que se avecinaba. A esto hemos de añadir el compromiso del Imperio Británico para con estas dos naciones europeas en peligro.

Los militares alemanes con sus tácticas y envolventes lograron lo que con tanto esmero habían procurado evitar los políticos: la entrada de Inglaterra en la guerra. Ese fue el segundo “pecado” capital del II Reich: “ante la posibilidad de dejar fuera de combate a una gran potencia, Francia, el plan prefería arrastrar hacia el conflicto con toda seguridad a otra más fuerte, Inglaterra”. De esta manera, aún logrando un rotundo éxito en el frente francés –que como sabemos no se produjo-, la situación de Alemania en la Gran Guerra había empeorado.

Hoy sabemos -al igual que Haffner cuando redactó en 1964 Los siete pecados capitales del Imperio Alemán en la Primera Guerra Mundial- que las cosas hubieran sido muy distintas si los dirigentes del II Reich se hubieran inclinado por un conflicto oriental. Los hechos demostraron en esos años de lucha que Alemania estaba más que capacitada para defenderse de Francia en el oeste y resultar victoriosa en el frente este; sin embargo, la elección fue otra. Aún así, al Imperio Alemán se le presentarían otras ocasiones de alcanzar resultado favorable de cara al fin de la guerra. Oportunidades que, como veremos en los próximos “pecados”, tampoco aprovechó.

Bibliografía:

[1] Los siete pecados capitales del Imperio Alemán en la Primera Guerra Mundial; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2006.

[2] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[3] La Primera Guerra Mundial; Hew Strachan – Barcelona – Crítica – 2004.