La unificación alemana: primera parte


Después de la derrota de Napoleón en 1815, las potencias absolutistas pretendieron restaurar en Europa el sistema anterior a la Revolución Francesa. El símbolo de esa política fue, sin lugar a dudas, el Congreso de Viena. Ahora bien, tanto los liberales como buena parte de los defensores de la ideología nacionalista se opusieron a esas medidas, protagonizando las oleadas revolucionarias de 1820, 1830 y 1848. En esta clase se aborda el origen del nacionalismo italiano, clave para su posterior construcción como estado unificado. La materia se complementa con otros vídeos dedicados al Congreso de Viena y la Restauración, la ideología liberal y el nacionalismolas oleadas revolucionarias, el origen del nacionalismo italiano, el proceso de unificación de Italia y la constitución  de Alemania como estado. Además, teniendo en cuenta la coincidencia cronológica, se incluyen también varios vídeos sobre la independencia de Hispanoamérica: las causas del proceso, los movimientos precursores, las primeras insurrecciones y la emancipación definitiva.

 

El romanticismo dentro del mundo cultural decimonónico


La cultura de Occidente a lo largo del siglo XIX giró en torno a cuatro movimientos: la herencia ilustrada, el romanticismo, el progreso científico-técnico, y el socialismo.

Estas corrientes del pensamiento, en ocasiones contrapuestas y enfrentadas, fueron ensambladas por el liberalismo progresista a finales del XIX, dando lugar así a una cultura sustentada por un marcado optimismo antropológico –la idea de progreso sin límites esgrimida por los ilustrados- y por la conciencia de autorrealización humana originaria del romanticismo.

A su vez, cabe destacar también dentro de la cultura decimonónica la confianza en el avance científico y tecnológico -propia del positivismo-, y el rechazo activo del cristianismo heredado de la doctrina socialista.

A estas líneas maestras de la cultura occidental, hay que añadir su mayor amplitud difusiva, tanto social como territorial. Esto se vió, sin duda, muy favorecido por la extensión de la enseñanza y de la prensa, así como por el dominio europeo del mundo.

Por tanto, en pleno siglo XIX, de la mano del liberalismo, nació el movimiento cultural romántico. Ambos movimientos provenían de la Ilustración. El primero de sus excesos, manifestados en las jornadas revolucionarias francesas, y el segundo de sus principios.

Los antecedentes del Romanticismo

Si bien fueron abundantes los antecedentes del Romanticismo, podemos resaltar dos de entre ellos como influencias fundamentales: el pensamiento de Jean Jacques Rousseau y la corriente de pensamiento conocida como Sturm und Drag.

El pensamiento de Jean-Jacques Rousseau, filósofo francés de mediados del XVIII enmarcado dentro del racionalismo ilustrado, presenta numerosos rasgos que podrían ser considerados precursores del Romanticismo.

Además de resaltar el papel de los sentimientos –denostados por el racionalismo imperante-, Rousseau concebía una sociedad guiada por la voluntad general, lo cual diluía totalmente la libertad individual en la colectividad.

La corriente de pensamiento Sturm und Drag, cuyos principales representantes fueron Goethe, Schiller, Herder y Jacobi, surgió en Alemania en la década de 1770.

Encontramos dentro de su doctrina dos elementos fundamentales: la Naturaleza, no como orden –Ilustración-, sino como fuerza y vitalidad; y la figura del genio, poseedor de una fuerza creadora individual, desordenada e impulsada por el sentimiento.

Clasicismo y Romanticismo

La Ilustración había encumbrado la cultura clásica hasta el punto de imitarla en todo lo posible. El Romanticismo heredó también esa tendencia a admirar lo clásico y valerse de ello como modelos, sin embargo, los románticos entendieron esto de una manera distinta.

No se contentaron con imitar, sino que buscaron también conocer y superar a los clásicos en los referente a campos tan diversos como la literatura, la música, la arquitectura y la filosofía. Además, encontramos dentro del movimiento cultural romántico una lógica idealización de lo griego.

No obstante, la principal aportación de la cultura clásica al Romanticismo fue, sin duda, su carácter armónico y ordenado, que sirvió para templar el inicio radical de los románticos.

Rasgos generales del Romanticismo

A la hora de establecer las características del término Romanticismo encontramos serias dificultades a causa de su difuminación temporal y territorial. Sin embargo, partiendo de la base de que nos encontramos ante un fenómeno que surge como reacción al racionalismo ilustrado, podemos establecer una serie de rasgos comunes:

  • En contraposición a la abstracción propia del racionalismo, los románticos ensalzaron la realidad concreta.
  • Frente al universalismo de los ilustrados, surgió la concepción de pueblo.
  • La visión antropológica romántica ligó estrechamente al hombre con su entorno social e histórico; esto se presentó como una clara negación del individualismo.
  • Búsqueda del deseo insatisfecho, y anhelo de la libertad y la infinitud.
  • Religión basada en la relación de lo humano con lo infinito y lo eterno, y en las experiencias religiosas donde predominaba el carácter sentimental.

Primera hoja de la Rosa blanca II


Ahí va el segundo, y último, fragmento de la primera hoja de la Rosa Blanca. En los próximos días comenzaré con el siguiente escrito de este grupo de jóvenes contrarios al régimen nacionalsocialista en la Alemania de 1943. Recuerden que mis comentarios al texto van subrayados y en cursiva.

Si cada uno espera hasta que sea otro quien comience, los mensajeros de la vengadora Némesis no podrán detenerse y se acercarán cada vez más; entonces se echará hasta la última víctima sin sentido en las fauces de un demonio insaciable. Por eso, cada uno ha de ser consciente de su responsabilidad como miembro de la cultura cristiana occidental y como tal ha de luchar, cada uno, tanto como pueda contra ese azote de la Humanidad que es el fascismo y todo sistema de Estado absoluto similar.

En numerosos momentos de este y otros escritos se pueden apreciar las convicciones cristianas -protestantes y católicas- de los miembros de la Rosa Blaca. Es curioso que, al igual que Robert Schuman, defendían una Europa unida basada en los valores cristianos en tanto que estos son el germen de la democracia actual. Oponed resistencia pasiva –resistencia- allí donde estéis; evitad que continúe la maquinaria atea de la guerra, antes de que sea demasiado tarde, antes de que hasta la última ciudad haya quedado reducida a ruinas como Colonia y antes de que la última juventud del pueblo se haya desangrado en algún lugar por la soberbia de un infrahombre ¡No olvidéis que cada pueblo se merece el gobierno que soporta! Cuestiones como la resistencia pasiva o el genocidio de la juventud alemana en los campos de batalla serán desarroladas en las hojas posteriores por los miembros de este grupo opositor.

De Friedrich Schiller, “Las leyes de Licurgo y Solón”:

“…contra su propio objetivo, las leyes de Licurgo son una obra maestra de la política y de la antropología. Pretendía un Estado poderoso, fundado sobre sí mismo e indestructible; la fuerza política y la estabilidad eran el objetivo que busca; alcanzó ese objetivo tanto como lo permitieron las circunstancias. Sin embargo, si se compara el objetivo que se propuso Licurgo con el objetivo de la Humanidad, la admiración que despierta una primera mirada ha de dejar paso a la reprobación. Al Estado todo se ha de sacrificar, con excepción de una cosa, aquello a lo que el Estado sirve como medio. Este modelo es imagen perfecta del Estado nacionalsocialista o de cualquier otro régimen totalitario. Nos describe un Estado cuyo fin último es su propio desarrollo, no el de los ciudadanos para los cuales fue constituido. Los constructos políticos -tal como indica Schiller, y como manifestarán los miembros de la Rosa Blanca en otros de sus escritos- tienen como único fin el desarrollo de los individuos; si esto no se cumple, entonces es injusto y debe ser destruido. El Estado nunca es fin, sólo es importante como condición en la que se puede cumplir el objetivo de la Humanidad, y ese objetivo de la Humanidad no es otro que desarrollar todas las fuerzas del hombre, que es el progreso. Si la constitución de un Estado impide que se desarrollen las fuerzas que hay en el hombre, si impide el progreso del espíritu, entonces es reprobable y dañina, por muy ponderada que esté por los demás, por muy perfecta que sea en su especie. Su estabilidad se convierte más en un reproche que en honor, pues tan sólo es la continuación del mal: cuanto más dure tanto más dañina será.

(…)

A costa de todos los sentimientos morales se obtuvo el mérito político y se formó la capacidad para ello. En Esparta no había amor conyugal ni amor materno, ni amor filial ni amistad; no había otra cosa que ciudadanos, que virtud ciudadana.

(…)

Una ley del Estado convertía en obligación, para los espartanos, la inhumanidad frente a los esclavos; en esos sacrificios desgraciados se insultó y maltrató a la Humanidad. En la ley espartana se predicó el peligroso principio de considerar a los seres humanos como medio y no como fin, con lo que se agrietaron los fundamentos del Derecho Natural y de la moralidad.

(…)

¡Qué bello espectáculo ofrece el rudo guerrero Cayo Marcio en su campamento situado ante Roma, que sacrifica la venganza y la victoria, porque no puede ver correr las lágrimas de la madre!

(…)

El Estado (de Licurgo) sólo podía mantenerse bajo una única condición: que se paralizara el espíritu del pueblo; es decir, sólo se podía conservar errando el más alto y único fin del Estado”.

De Goethe, “El despertar de Epimenides”, segundo acto, cuarta escena:

“Genios…

Pero lo que ha salido osadamente del abismo

puede dominar a medio universo

gracias a su destino de hierro.

Ha de volver al abismo.

Ya amenaza un temblor tremendo,

¡en vano logrará imponerse!

Y todos los que están unidos a él

han de quedar aniquilados con él.

Esperanza

ahora me encuentro con mis bravos,

que se han reunido en la noche,

para callar, no para dormir,

y la bella palabra de la libertad

se susurra y se balbucea,

hasta que en una novedad desusada

en los peldaños de nuestros templos

de nuevo gritemos, extasiados:

(con convencimiento, fuerte)

¡Libertad!

(más moderado):

¡Libertad!

(un eco, de todos lugares):

¡Libertad!”

Le rogamos que hagan cuantas copias puedan de este escrito y las difundan.

Bibliografía:

[1] La Rosa Blanca. Los estudiantes que se alzaron contra Hitler; José M. García Pelegrín – Madrid – LibrosLibres – 2006.