Analiza las diferentes corrientes ideológicas del movimiento obrero y campesino español, así como su evolución durante el último cuarto del siglo XIX


QUINCUAGÉSIMO PRIMER ESTÁNDAR DEL TEMARIO QUE, DE ACUERDO CON LO ESTIPULADO POR LA CONSEJERÍA DE EDUCACIÓN DE CASTILLA Y LEÓN, PODRÁ SER OBJETO DE EXAMEN EN LA EBAU, ANTIGUA SELECTIVIDAD.

Tal como sucedió en los restantes países de la Europa Central y Occidental, las corrientes ideológicas que más aceptación tuvieron entre los obreros y campesinos españoles fueron el anarquismo y el socialismo. A continuación se procederá a analizar cada una de ellas, prestando especial atención a sus planteamientos, dirigentes e instrumentos.

El anarquismo llegó a España durante el Sexenio Democrático (1868-1874) de la mano de un discípulo de Mijaíl Bakunin, el italino Giuseppe Fanelli. En esta etapa se centró en la captación de seguidores y la acción terrorista, por lo que fueron clandestinos y perseguidos. Aún así, logró ser la ideología obrera más influyente durante el periodo de la Restauración, difundiéndose especialmente entre el campesinado andaluz y los trabajadores de las fábricas y talleres catalanes. Su oposición a toda forma de poder y la acción violenta contra miembros del gobierno y de la burguesía, hizo que se convirtieran en una amenaza contra el poder establecido.

El Partido Socialista Obrero Español (PSOE), fundado como organización de clasepor Pablo Iglesias en 1879, combinaba el ideario revolucionario marxista con medidas más acordes a la realidad finisecular, como la participación en el juego electoral. Asociado a él surgió, en 1888, la Unión General de Trabajadores (UGT), un sindicato también de orientación socialista. Toda esta actividad en pro de la defensa de los derechos del proletariado se complementó con la puesta en marcha de prensa escrita –destacó El Socialista-, Casas del Pueblo y mutuas obreras.

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Resume el origen y evolución del catalanismo, el nacionalismo vasco y el regionalismo gallego


QUINCUAGÉSIMO ESTÁNDAR DEL TEMARIO QUE, DE ACUERDO CON LO ESTIPULADO POR LA CONSEJERÍA DE EDUCACIÓN DE CASTILLA Y LEÓN, PODRÁ SER OBJETO DE EXAMEN EN LA EBAU, ANTIGUA SELECTIVIDAD.

El proyecto de Estado unitario forjado por los liberales españoles durante los primeros dos tercios del XIX, no fue aceptado en todos los territorios. Su rechazo en Cataluña, el País Vasco y Galicia dio origen a los regionalismos periféricos que, con el tiempo, desarrollaron sus propias formas de nacionalismo. A lo largo de las siguientes líneas se pretende abordar cada uno de ellos, prestando especial atención a sus orígenes, fundamentos y desarrollo hasta comienzos del siglo XX.

El nacionalismo catalán decimonónico presentaba, en sus orígenes, un evidente rechazo a la concepción de nación uniforme propia del modelo canovista. Sin embargo, frente a esa idea surgieron dos concepciones que, sin ser del todo antagónicas, se mostraron irreconciliables. De un lado estaba el modelo conservador, que defendía una Cataluña singular dentro de una España plural -sus principales representantes fueron la Unión Catalanista, fundada en 1891, y la Lliga Regionalista, de 1901-, y del otro, el republicanismo federal catalán.

La cuestión foral fue, sin lugar a dudas, el eje fundamental de confrontación entre el Estado liberal y las provincias vascas. Ahora bien, en el origen del ideario nacionalista en ese territorio también desempeñaron un papel clave las guerras carlistas y el proceso de industrialización. De hecho, el principal promotor del Partido Nacionalista Vasco (PNV) fue Sabino Arana, un acérrimo defensor de Carlos VII antes de fundar ese grupo político en 1895.

Al igual que los restantes regionalismos periféricos, el gallego no adquirió importancia hasta los últimos años del XIX. De hecho, aunque la Asociación Regionalista Gallega de Santiago se fundó en 1890, no logró implantarse con fuerza en el territorio hasta los comienzos del siglo XX.