#15M. El ocaso de la Indignación

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El 15 de mayo miles de ciudadanos salieron a la calle para pedir un cambio. Todos ellos tenían una idea común: el sistema político, la democracia española de 1978, necesitaba una profunda reforma. Quizás ese día pasaron desapercibidos, pero cuando las acampadas, especialmente la de la Puerta del Sol, comenzaron a coger fuerza, se convirtieron en noticia.

Durante varios días eclipsaron en los medios de comunicación a los protagonistas de la campaña electoral, llenaron Twitter con sus tweets y retweets, y, sobre todo, se ganaron las simpatías de millones de personas en todo el mundo.

Sin embargo, una semana después, la amenaza acecha al movimiento de protesta: la radicalidad de algunos planteamientos, la pérdida del consenso inicial, la desconfianza entre algunos de ellos, el miedo al desalojo, el derrotismo, el cansancio o el creciente protagonismo de algunos grupos organizados afectan negativamente al 15M. Es más, la plataforma no sólo se debilita por dentro. Ha perdido también parte del protagonismo mediático que la vio nacer y, lo que es más importante, empieza a resultar incomprensible para el pueblo que ellos dicen representar.

En mi comienzo está mi fin

Uno de los errores fundamentales de los indignados ha sido olvidar su punto de partida: un programa de mínimos que, debido a su sentido común, era aceptado por buena parte de la población. El movimiento del 15M daba voz a una idea que muchos españoles respaldaban: el sistema político necesita reformas.

Su proyecto, por tanto, no iba más allá de la reforma de la Ley Electoral, un mayor control sobre la actividad y el gasto de la actividad política, una nueva relación entre ciudadanos y partidos, y la independencia real del Poder Judicial. En definitiva, ideas que buena parte de los españoles suscribiríamos desde hace muchos años y que, únicamente las redes sociales, el descontento con la marcha de la economía y la decisión valiente de un grupo primigenio de indignados, hizo salir a la luz pública.

La sencillez de esas primeras ideas permitieron que el movimiento creciera y que buena parte de la población les brindara su apoyo. Incluso los partidos –muchos de ellos buscando un mayor respaldo electoral- se mostraron comprensivos con los protagonistas de la protesta.

Al respecto, hay que tener en cuenta que, en los primeros días del movimiento 15M no se pedía la cabeza de los políticos, sino que encabezaran ellos mismos las reformas.

No obstante, la responsabilidad que sentían sobre sus hombros, el saber que eran objeto de atención en todo el país, les hizo perder el norte. Del consenso de mínimos se pasó a un sinfín de peticiones, o mejor dicho, exigencias. Proyectos que, en muchos casos, estaban lejos del sentido común exibido durante los primeros días del movimiento. Las asambleas logísticas pasaron a convertirse en entes pseudolegislativos, de los que salían propuestas más propias de grupos minoritarios.

Stefan Zweig cuenta en una de sus obras que María Estuardo, antes de dirigirse al patíbulo, dejó escrito: “en mi comienzo está mi fin”. Con independencia de los motivos que impulsaron a esta reina de Escocia a plasmar esa frase en un papel, y también al margen de lo que interpreta el autor, queda claro que el movimiento 15M olvidó su punto de partida, su comienzo, y eso le ha llevado al fin. Los indignados supieron en su momento interpretar los deseos de la ciudadanía, pero fue sólo un instante, como un espejismo que después dejó paso a propuestas que ya no tenían el respaldo del pueblo.

Perdiendo el tren de la moderación

El jueves por la tarde podía oírse en la madrileña Puerta del Sol: “Nosotros somos el pueblo”. Para aquellos que hemos profundizado un poco en el estudio de la Historia, esa frase nos suele traer malos recuerdos. Cuando una persona o colectivo se han elevado tanto que pretenden ser ellos la voz del popular, las consecuencias no suelen ser buenas.

Dejando de lado esos temores propios de experiencias pretéritas, lo cierto es que Sol necesitaba al pueblo para sobrevivir.

El 15M quería ser el pueblo; esa era su única fuerza, su única fuente de legitimidad ante las instituciones a las que exigía un cambio. No le valía con tener la simpatía popular, ni tampoco esa tolerancia de quien deja a unos chiquillos hacer travesuras porque resultan simpáticos. No. La protesta necesitaba a la ciudadanía.

En esta situación, aquellas actitudes que excedieran la moderación, las llevadas a cabo como quien no tiene nada que perder, resultaban totalmente erróneas y llevaban al movimiento hacia su perdición. Quizás los indignados no tenían nada que perder, y tal vez muchos de ellos simpatizaban con las ideas más radicales, pero ellos necesitaban al pueblo, y este era moderado.

Mientras Sol se autoproclamaba asamblea constituyente, los indignados no se percataban de que buena parte de la ciudadanía tenía mucho que perder ante el triunfo de las ideas radicales. Cada panfleto pseudolegislativo que salía de las comisiones alejaba, centímetro a centímetro al verdadero pueblo de su supesta voz. Ese programa de mínimos se había ido transformando en un complejo Leviatán que, lejos de acercarles al triunfo, les hundía cada vez más en las profundidades de su propia soledad.

La Puerta del Sol tenía cada vez más inquilinos, pero ya no representaba al pueblo. Radicales, aventureros y ahogados por su propio e inesperado éxito se reunían entre festivales improvisados, asambleas de papel mojado y enrevesadas propuestas.

La ciudadanía, por su parte, seguía su propio camino. Habían pasado de apoyarles a, simple y llanamente, respetarles. Sin embargo, el respeto no les servía para nada a los representantes del 15M: el respaldo del pueblo era imprescindible, y lo habían perdido. Con sus ideas radicales habían perdido el tren de la moderación, y con él el de las reformas. Ya no eran la voz del pueblo, sino un grupo de personas indignadas y con algunas ideas peligrosas. Y así, llegó el ocaso a la madrileña plaza de Sol.

El Sol poniéndose en las calles

El sábado 21, jornada de reflexión, ellos eran los protagonistas. Pero, sin saberlo, ese mismo día transformaron el carácter de su protagonismo: pasaron de ser una protesta moderada a otra de carácter ilegal. La experiencia de estar fuera de la ley los sedujo, y ahí empezó su camino hacia el aislamiento.

El primer paso para abandonar la moderación fue, aunque muchos no opinen lo mismo, violar la jornada de reflexión.

En Sol brillaba la protesta, pero en las calles el ocaso del 15M comenzó a hacerse evidente en las últimas horas del sábado. El pueblo, fuente inagotable de legitimación, se alejaba del movimiento de protesta. El gran divorcio se consumo el domingo. Los medios de comunicación que en su día habían consentido su protagonismo, les daban de pronto la espalda. La actualidad no estaba ya en Sol, sino en la jornada electoral, en la participación, los resultados y las reacciones de los nuevos protagonistas. Los políticos, eclipsados durante casi una semana, volvían a la palestra.

Sin embargo, el 15M había perdido, no sólo la iniciativa de la información, sino también la popular. A su viraje radical que tan poco gustó a la ciudadanía, se unió el empeño de Sol por concentrar el debate en las cifras de abstención, votos en blanco o apoyo a los partidos minoritarios. Dejaron de ser una protesta que pedía a los partidos una reforma en algunos puntos del sistema político a enfrentarse a ellos, cual fuerza electoral, en las urnas. Dejaron su programa de mínimos para vender unas propuestas tendentes al radicalismo.

Al final, perdieron en las urnas, a donde nunca debieron acudir, y, más importante aún, perdieron al pueblo. En la noche del 22 de mayo, mientras Génova celebraba su victoria, Sol se preparaba para dormir. El silencio tomaba la plaza, pero no para realizar un necesario examen de conciencia. El 15M se refugiaba en sí mismo, se aislaba más, se sentía incomprendido, quizás incluso agredido.

Aunque ellos no lo supieran en ese momento, el camino hacia su final había comenzado.: Sol y la calle ya no eran lo mismo.

Sobre Saturno y sus satélites

Las revoluciones, al igual que Saturno en el relato mitológico, tienen la mala constumbre de devorar a sus propios hijos. El 15M, aunque no queda claro aún si es revolución o protesta, no ha sido distinto. Los más moderados han sido los primeros en caer. Más tarde o más temprano, con o sin escarnio público, han ido abandonando poco a poco un movimiento que no aguantaba por más tiempo su tibieza.

El Terror, en esta ocasión, no sabe de guillotinas. Utiliza un arma más sutil, pero con consecuencias globales: internet y, especialmente, Twitter. Las protestas contra la radicalidad que tomaba el movimiento, las que reclamaban un retorno a los primeros principios del 15M, han sido ahogados en un mar de tweets contra los que poco se podía hacer salvo preparar la retirada. Los hijos de Saturno han abandonado el campo de batalla.

Ahora simplemente esperan el ocaso de Sol y una nueva oportunidad que les permita volver a reclamar, de manera moderada, sus reformas.

En algún momento entre el jueves 19 y el domingo 22, el 15M se convirtió en Saturno. El momento exacto es difícil de establecer, si bien los más moderados comenzaron a abandonarles en la noche del sábado. Quizás ese sea el mejor indicador de la transformación, de la deriva hacia el radicalismo.

Sol, y algunos movimientos similares en otras grandes ciudades españolas, sufrieron un cambio notable durante el pasado fin de semana. Sin embargo, hubo otros que no cambiaron: los satélites de Saturno. Las pequeñas ciudades, aquellas que se sumaron al 15M de manera tardía, fueron tomadas desde el primer momento por grupos radicales organizados. Incluso, en algunos casos, estos se trasladaban de unas ciudades a otras para tomar el mando de la protesta en distintos puntos.

Los moderados perdieron así muchas capitales de provincia, y con ello, fuerza en Madrid. Las noticias que llegaban a Sol desde sus satélites daban alas a los más extremistas: la protesta que se extendía por la mayor parte de las pequeñas y medianas capitales de provincia era claramente radical. A esto hay que añadir otro elemento perjudicial para los moderados: la población de esas ciudades comenzó a percibir el 15M como un movimiento antisistema y, por tanto, peligroso.

El futuro: la noche no es infinita

La Historia, como buena maestra, nos enseña que muy pocos movimientos de protesta triunfan en su primer intento ¿Por qué el Sol debería ser distinto? Se han cometido errores, pero también es cierto que, incluso con una trayectoria impecable, el triunfo no estaba asegurado. El espíritu del 15M ha de tener continuidad, ha aprender de la experiencia y plantearse nuevos retos.

Los movimientos por un cambio volverán, ya sea con el nombre #democraciarealya o #conotronombredistinto. Deberán ser respetuosos con el programa de mínimos, deberan contar con los partidos, deberan mostrar moderación… y si no lo hacen y fracasan, vendrán otros. Una de las afirmaciones con más fundamento que se han hecho estos días en Sol es que este movimiento era imparable. Es así porque el camino está abierto, porque nos han mostrado a todos un nuevo canal de comunicación y de protesta: las redes sociales.

El 15M se equivocó en su deriva radical, pero acertó en las reclamaciones primigenias y en la forma de organización. Ese es su legado.

Además, con independencia de lo que suceda en España, queda claro que, a nivel mundial, ha nacido una nueva generación de movimientos sociales. El siglo XXI ha liquidado, a comienzos de su segunda década, los movimientos asociativos heredados de los setenta. Estos, absorbidos por la comodidad del propio sistema, han dejado paso a nuevos cauces para la participación de la ciudadanía.

Los movimientos sociales del siglo XXI, basados en el uso de las redes sociales y de las nuevas tecnologías, están llamados a protagonizar el futuro. Veremos como, a lo largo de los próximos años, y con las reclamaciones más dispares, se multiplican las protestas organizadas a través de estos nuevos canales.

La red social no aisla a las personas, sino todo lo contrario. Soy de los que opinan que no son más que una prolongación de la vida real en internet. No obstante, los movimientos de esta primavera demuestran que, en ocasiones, es la vida real la que se convierte en prolongación de la red social.

#15M. Los movimientos sociales del siglo XXI

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Quizás sea demasiado pronto para sacar conclusiones sobre los acontecimientos que han protagonizado en los últimos meses jóvenes de las dos orillas del Mediterráneo. Es apresurado pretender entenderlos en toda su amplitud, pero se hace necesaria una primera comprensión que permita enmarcar un modus operandi que, lejos de ser algo aislado y temporal, está llamado a protagonizar las protestas sociales de las próximas décadas.

En esta breve reflexión trato de aportar mi punto de vista sobre estos acontecimientos. Se trata, en definitiva, de la opinión de una persona que no pertenece a ninguno de los grupos que han llevado adelante estas protestas. Sin embargo, si mi opinión posee algún valor, ese es el de la reflexión, el seguimiento exhaustivo de estos grupos y de sus actuaciones, así como la labor de comparación con otros fenómenos similares, ya sean contemporáneos o pretéritos.

Dos peligros: la utopía y el desprecio

Mi punto de partida es la desconfianza ante los partidarios de una u otra postura; la huida, al fin y al cabo, de las simplificaciones y del afán de poner etiquetas.

No estamos ante un movimiento que vaya a solucionar todos nuestros problemas llevándonos al paraíso terrenal. Las utopías, por desgracia, siempre nos han conducido a callejones sin salida, a lugares más inhóspitos que aquellos de los que salíamos. Tampoco es cierto que los profesionales de la política sean todos unos sinvergüenzas, ni que el sistema, ya sea político o económico, esté totalmente corrompido y deba ser cambiado –derribado- de arriba a abajo.

Lógicamente, no todos los que protestan piensan así, pero entre algunos de ellos se aprecia una tendencia hacia esa peligrosa utopía, hacia ese querer cambiarlo todo sin contar de donde venimos.

A los historiadores, como es lógico, eso nos produce escalofríos que, según pasan las horas, se transforman en auténtico pánico.

Ahora bien, la simplificación puede tomar otro camino: el desprecio. Las protestas de Sol pueden solucionarse en las mentes más cerradas con la simple descalificación. Es un grave error acusar al movimiento del 15M de turba izquierdista tendente al botellón; de vagos que, por no buscar trabajo, son capaces de irrumpir en nuestras vidas únicamente para molestar; de personajes, al fin y al cabo, despreciables e indignos de nuestra atención.

En la plataforma del 15M hay personas muy válidas. La mayoría de ellos son universitarios, incluso algunos con estudios de posgrado y masters en las más diversas materias. En Sol no hay gente borracha, no hay violencia, no hay ideologías políticas predominantes, lo único que existe es deseo de cambio.  Incluso no son todos desempleados, pues buena parte de los protagonistas de este movimiento son personas que se turnan para compatibilizar sus horarios de trabajo con su presencia en la protesta.

Tampoco son vagos, y buena muestra de ello es el curriculum vitae de algunos de los promotores o el hecho de que hayan logrado ser autónomos en cuestiones como la electricidad. Por no hablar de los servicios de alimentación, guardería, coordinación con las fuerzas de orden público, limpieza, distribución de artículos de primera necesidad, información o alojamiento.

La verdadera importancia del 15M

En la jornada de reflexión –sábado 21 de mayo- las cuestiones en torno a la protesta de Sol se centraban en dos puntos: la abstención electoral y la continuidad del movimiento. De esta manera, el triunfo o fracaso de estos grupos se medirá a partir del domingo en torno a esas dos coordenadas.

Si pensamos así, nos equivocamos. Esas no son las verdaderas claves de lo que está pasando. Creo que la repercusión del 15M en las urnas será mínima, y no vaticino una larga vida a estos grupos. Pero, a pesar de todo, su importancia es demasiado grande como para que pase desapercibida.

No estamos asistiendo a una protesta de unos grupos determinados contra una situación determinada en un lugar determinado, sino al nacimiento de una nueva manera de encauzar el descontento.

Han nacido unos nuevos canales de protesta y una nueva manera de actuar por parte de la ciudadanía. En definitiva, estamos ante el alumbramiento de unos movimientos sociales, los del siglo XXI, cuyo protagonismo amenaza con dejar sin validez a los antiguos modelos asociativos.

Los movimientos sociales del siglo XXI

En la década de los setenta comenzaron a tomar fuerza los llamados Nuevos Movimientos Sociales, con un especial protagonismo de campos como el ecologismo, el feminismo y el pacifismo. Estos, sin perder validez en algunos de sus postulados, iniciaron el siglo XXI en un campo distinto al de su origen. Ya no pertenecían al mundo de la protesta sino que, integrados en las instituciones, habían pasado a formar parte de la estructura contra la que, en sus incios, protestaban.

En definitiva, los Nuevos Movimientos Sociales habían dejado de ser canales de expresión de la ciudadanía para convertirse en instrumentos de los centros de poder. Este anquilosamiento, fruto a su vez de su triunfo, se manifestaba en cuestiones tan evidentes como la aparición de ministerios de Medio Ambiente, la imposición de la ideología de género o el desarrollo de la legislación tendente a la igualdad entre mujeres y hombres.

No cabe duda de que algunas de estas conquistas han resultado positivas. Sin embargo, nos han conducido al inevitable distanciamiento entre estos grupos y la sociedad civil. La respuesta a esta orfandad parace estar en una nueva generación de movimientos sociales, los del siglo XXI.

Estos surgen como los fenómenos asociativos de la juventud actual que, lejos de aceptar el modelo creado por sus padres, busca rebelarse contra él y fundar un nuevo paradigma.

Los movimientos sociales del siglo XXI surgieron en la primavera de 2011 en la revolución egipcia. Desde allí han ido extendiéndose y, ahora, amenazan por extenderse por el continente europeo. No cabe duda de que no son comparables las reclamaciones de los jovenes egipcios con las de los españoles, porque tampoco es comparable el régimen de Mubarak con la democracia de 1978. Sin embargo, los modos de actuación y los protagonistas de ambos movimientos presentan muchos rasgos en común.

En resumen, el contenido de la protesta no es lo que caracteriza a estos nuevos movimientos, sino su modus operandi.

El primer elemento común a las dos principales protestas, la egipcia y la española, es el protagonismo de las redes sociales. Ya sea Facebook –Egipto- o Twitter –España-, lo cierto es que estamos asistiendo al nacimiento de unos nuevos canales de comunicación y expresión capaces de conectar a miles de personas de los más diversos lugares sin necesidad de organizar ningún tipo de reunión.

La novedad, sin embargo, no es esa. La verdadera revolución se produce cuando los contenidos de la red rebosan y son capaces de tomar las calles. Los últimos acontecimientos nos demuestran que las redes sociales son, actualmente, un canal idóneo para convocar protestas.

El segundo rasgo en común es el descontento. En principio, tanto en Egipto como en España los manifestantes pretenden lograr cambios políticos, pues consideran que se encuentran ante un sistema que no funciona bien. Partiendo de la base de que no existe sistema político perfecto, hay que reconocer que el de 1978 se ha ido deteriorando notablemente en las tres últimas décadas.

No obstante, todos sabíamos que era así, y nadie salía a la calle. Cabe preguntarse por qué ahora. La respuesta es económica, no política. Únicamente la falta de trabajo, de dinero, la frustración… han llevado a la calle a personas que, desde hace décadas, sabían de sobra los problemas del sistema político.

La revolución egipcia y los movimientos del 15M español tienen un último rasgo en común: el protagonismo de la juventud.

Los jóvenes siempre han sido inconformistas y menos tendentes al pensamiento conservador que, lógicamente, poseen las personas mayores, con la vida hecha y sin mucha necesidad de cambio. Es más, estos últimos suelen temer ese cambio. No obstante, en el caso actual nos encontramos con dos elementos más que justifican el protagonismo de la juventud en los movimientos sociales del siglo XXI: el uso de las redes sociales y su frustración ante una crisis económica que les afecta, especialmente, a ellos.

Estos jóvenes han nacido con ordenadores en sus casas. De esta manera, desde pequeños se han ido familiarizando con el uso de la informática y, más tarde, con internet. Con el tiempo han ido apareciendo las redes sociales, y, justamente, han sido ellos los primeros en usarlas y los que con más fuerza han participado de este fenómeno.

Por tanto, es lógico que, ante unos movimiento que se mueven en las redes sociales, sean ellos los que lleven la voz cantante.

Pero además, los españoles entre los 25 y los 35 años han sido los más castigados por la crisis. No hemos de olvidar que un 50% de paro juvenil es un escándalo para cualquier país, y un drama para una generación entera. Generación que, además, lejos de obtener compresión, ha sido vilipendiada y etiquetada con las más diversas descalificaciones.

Es cierto que muchos de ellos viven con sus padres y que, por tanto, no pasan necesidad. Sin embargo, la frustración existe y es cada día más pesada, y el deseo de independencia se resiente. Hemos de tener en cuenta que, en muchos casos, hablamos de universitarios, personas de posgrado y masters; es decir, estamos ante buenos curriculums, no ante gente con el graduado escolar y poco más. Lo que no implica que no existan, como en toda generación, personas mal preparadas y con pocas ganas de trabajar.

Conclusión

Las protestas de primavera han conducido, por tanto, al nacimiento de un nuevo modelo asociativo que, lejos de ser algo temporal, ha llegado con vocación de permanencia. El futuro de los movimientos surgidos en torno a él es incierto. Únicamente el paso del tiempo y el desarrollo de cada una de las protestas en cada uno de los países nos darán una respuesta adecuada.

Lo que parece claro es que los Nuevos Movimientos Sociales de los años setenta, predominantes hasta la fecha, irán perdiendo protagonismo. Algunas de sus ideas, no obstante, quedarán recogidas en los programas de sus sustitutos: los movimientos sociales del siglo XXI.

Estos, con una nueva generación como protagonista y con las redes sociales como canal de comunicación, están llamados a canalizar la protesta ciudadana de las próximas décadas.

Ahora bien, todos estos movimientos no están exentos de peligros. La radicalización de los mismos es, sin duda, uno de los más importantes. La moderación debería ser la bandera de las protestas. Sólo a través de ella se puede dar credibilidad a las propias ideas y hacerlas aceptables para toda la sociedad, también para los no tan jóvenes.

Otro peligro es el de la absorción. Es decir, que la protesta caiga en manos de grupos organizados o, incluso, partidos políticos que, con fines distintos a los originales, traten de orientar el descontento hacia sus intereses particulares.

El siglo XVI

1. Introducción

El establecimiento del Estado Moderno en los reinos hispánicos por obra de los Reyes Católicos inició el tránsito hacia la Edad Moderna. Con el Estado Moderno se instauró una cierta capacidad unificadora de los reinos hispánicos basada en la lealtad al soberano. Así se produjo la unión de entidades con distinta personalidad, unión que se fortaleció con la llegada de la dinastía de los Austrias.

Durante el siglo XVI y hasta mediados del XVII, los reinos que constituían la Corona española, dirigidos por Castilla, desempeñaron un papel de primera potencia mundial. Esto se debía, en buena medida, a la fuerza que representaba la posesión de los territorios americanos, recientemente descubiertos y conquistados.

En paralelo a este ámbito de carácter político, se desarrollaron otros dos fenómenos destacados. Por un lado, la expansión económica de Europa occidental, bajo el signo de los primeros indicios de capitalismo. Por otro, un extraordinario desarrollo cultura, primero con el Renacimiento y más tarde con el Barroco.

1. El Imperio de Carlos V. Conflictos internos: Comunidades y Germanías.

– Páginas 79 a 82 (hasta «La Monarquía Hispánica de Felipe II»): Historia de España, Santillana, 2º de Bachillerato.

2. La Monarquía Hispánica de Felipe II.

– Páginas  82 a 85 (hasta «La organización institucional bajo los Austrias»): Historia de España, Santillana, 2º de Bachillerato.

3. La unidad ibérica.

– Página 85 (segundo párrafo): Historia de España, Santillana, 2º de Bachillerato.

4. El modelo político de los Austrias.

Página 85 (desde «La organización institucional bajo los Austrias»): Historia de España, Santillana, 2º de Bachillerato.

5. Economía, sociedad y cultura en la España del siglo XVI.

Expansión demográfica.

A finales del siglo XV la Corona de Castilla tenía 5 millones de habitantes, la Corona de Aragón 800.000 y Navarra 120.000. En su mayoría se trataba de una población rural, que vivía en núcleos de menos de 2.000 habitantes. En Castilla, sólo algunas ciudades como Burgos, Valladolid, Salamanca, Medina del Campo, Toledo, Málaga o Granada superaban los 10.000 habitantes. Sevilla era el mayor centro económico, y contaba con 45.000 habitantes. Por su parte, las capitales de la Corona de Aragón (Zaragoza, Barcelona, Palma) superaban también los 10.000 habitantes. Valencia, con unos 75.000 habitantes, era una gran ciudad en la época.

La población hispana debió disminuir a finales de siglo, a consecuencia de la expulsión de unos 150.000 judíos y la marcha de alrededor de 200.000 granadinos en 1492. La evolución demográfica del siglo XVI fue positiva, a pesar de las epidemias, las hambrunas y las migraciones. Aunque no contamos con cifras exactas, un recuento de población de 1591 sitúa a los reinos en 8 millones de habitantes, de los cuales tres cuartas partes vivía en la Corona de Castilla.

En el siglo XVI el crecimiento vegetativo se veía favorecido por una natalidad muy alta, en torno al 35-40 por mil, sobre todo entre los moriscos del Reino de Valencia. Sin embargo, la mortalidad también era alta y llegaba a ser enorme en el caso de la infantil.

La sociedad del siglo XVI.

Tenía una estructura jerárquica basada en el privilegio; es decir, se trataba de una sociedad estamental (nobles, clero, estado llano), pero en la que existía una cierta movilidad: se podía pasar de hidalgo a caballero, de caballero a nobleza titulada, de la burguesía mercantil a la nobleza, por nombramiento o por compra.

Después de la expulsión de los moriscos, la población había quedado unificada desde el punto de vista religioso, pero eso no significó que la cuestión de la limpieza de sangre perdiera importancia. La ausencia de esta excluía a los descendientes de conversos de los cargos públicos, los beneficios eclesiásticos, las enmiendas militares o la enseñanza universitaria.

Los nobles con título eran más de 100 en Castilla y unos 50 en Aragón. Las Leyes de Toro (1505) les habían otorgado el privilegio de establecer mayorazgos (título y bienes quedaban adscritos al derecho de primogenitura). A su vez, Carlos I había creado el título de Grande para los nobles de mayor categoría. Además, había más de cien mil familias hidalgas en Castilla, equiparables a los barones catalanes y a los infanzones aragoneses.

Nobles e hidalgos estaban exentos de pagar tributos y hacían alarde de no profanar sus manos en empresas industriales y mercantiles, lo que perjudicó enormemente a la economía del país.

El clero, también estamento privilegiado, era muy numeroso en estos siglos (se calcula en torno a 100.000 personas). Tenía poder económico, influencia social y política. Vivía de los diezmos y de las rentas de sus propiedades, que por estar adscritas a instituciones eclesiásticas recibieron el nombre de manos muertas. Tenía una estrecha relación con la nobleza, en parte porque los altos cargos de la Iglesia solían recaer en los hijos segundones de la nobleza.

Los campesinos constituían el 80% de la población. La mayoría de ellos no poseía tierras y trabajaban como colonos de los nobles y de la Iglesia. Sobre ellos recaían pesadas cargas fiscales: diezmos, impuestos reales, derechos señoriales, cánones de arriendo… En Cataluña, liberados los payeses de remensa en tiempos de Fernando II, obtuvieron un cierto bienestar al establecerse el arriendo de tierras mediante contratos a largo plazo.

La sociedad urbana estaba constituida por caballeros, que ejercían los cargos públicos, artesanos, mercaderes y miembros de profesiones liberales. El servicio doméstico era numerosísimo y existía una amplia marginación social en torno a las minorías étnicas y a los oficios considerados degradantes. Pero sobre todo era impresionante la pobreza que, según se ha calculado, afectaba al 20% de la población, sobre todo durante la segunda mitad del XVII.

Economía: de la expansión a la decadencia.

A consecuencia de la apertura del mercado americano, la agricultura y la ganadería experimentaron una gran expansión en el siglo XVI. Se roturaron nuevas tierras y se amplió el cultivo del olivo y la vid en Andalucía. Los nobles y la Iglesia, que eran los propietarios de la mayor parte de las tierras, fueron los grandes beneficiados de esta coyuntura.

El XVI fue, además, el siglo del gran esplendor de la ganadería lanar castellana, que llegó a tener tres millones y medio de cabezas de ganado, en gran parte controladas por la Mesta. Fue muy importante la exportación de lana, hacia Flandes especialmente, a través de las ferias de Medina del Campo y del Consulado de Burgos.

El comercio con América, concentrado en Sevilla, fue muy floreciente durante gran parte del siglo XVI. Para proteger la navegación de ataques extranjeros, se estableció un sistema de flotas, con dos tipos de naves: las normales de carga y los galeones, armados con cañones. Partían de Sevilla dos flotas anuales: en primavera hacia Veracruz y en verano hacia Panamá. Desde los puertos de llegada las mercancías se distribuían por los diferentes territorios americanos, donde llegaban a alcanzar precios hasta veinte veces superiores a los de Sevilla.

Un gran problema económico de la época de los Austrias fue la inflación, denominada revolución de los precios. Según estudios recientes, entre 1503 y 1560 entraron por la Casa de Contratación de Sevilla 185.000 kilos de oro y 16 millones de kilos de plata. Además, de forma clandestina, debió entrar una cantidad similar de ambos metales. La plata, cuya cantidad se multiplicó por tres, fue la principal responsable de la inflación. El alza de los precios fue incontenible: entre 1500 y 1600 se cuadriplicaron, siendo su momento culminante al año 1562.

Una parte importante de la riqueza provenientes de las Indias (el “quinto” real) estaba destinado a pagar deudas e intereses a banqueros extranjeros, alemanes y genoveses sobre todo. Por tanto, el Estado y el pueblo apenas se beneficiaron del exceso de riqueza, porque no se utilizó para desarrollar la economía del país, sino para pagar esas deudas.

Así, aunque hubo una industria lanera bastante desarrollada en Segovia, Toledo, Cuenca, Córdoba y en algunas ciudades de la Corona de Aragón, las importaciones eran excesivas. Esto, a su vez, produjo un notable incremento en el precio de los productos, que afecto no sólo a España, sino a toda Europa.

A finales del siglo XVI la Corona, que tenía una deuda de 12 millones de ducados, hubo de recurrir a nuevos impuestos. Entre ellos se encontraba la sisa, que encareció los alimentos básicos: carne, vino, aceite y vinagre. Pero aún así no pudo hacer frente a los gastos y en 1596 se produjo una quiebra (la tercera del reinado de Felipe II): el Estado no estaba en condiciones de pagar las deudas.

Cultura: del Renacimiento a la Contrarreforma.

Hacia 1520 estalló en los reinos hispánicos un problema de carácter religioso cuyo origen podía encontrarse en la imposición de la unidad religiosa por parte de los Reyes Católicos. En esos momentos se planteó el dilema que tanto había de influir en el desarrollo de la cultura española: el enfrentamiento entre la ortodoxia católica y el humanismo erasmista. Mientras algunos intelectuales, como Juan Luis Vives, aceptaban las doctrinas de Erasmo, los ortodoxos desaprobaban el erasmismo al considerarlo antesala del protestantismo. La actuación de la Inquisición fue definitiva para la condena y abandono del “sospechoso” erasmismo.

Durante el reinado de Felipe II se desarrollaron algunos focos de luteranismo, especialmente importantes fueron los de Valladolid y Sevilla, que fueron sofocados por el rey y por la Inquisición con gran dureza. En 1558 se prohibió la importación de libros extranjeros, y al año siguiente se prohibió a los estudiantes cursar estudios en otros países.

A partir de 1560 España se convirtió en uno de los más sólidos baluartes de la Contrarreforma, que contó con el apoyo de la Compañía de Jesús, fundada por San Ignacio de Loyola en 1534. La religiosidad española tuvo algunas características de extraordinaria vitalidad, reflejada en el reformismo de las órdenes religiosas y en la literatura mística. Entre las principales figuras de este fenómeno destaca Santa Teresa de Jesús, autora del Libro de mi vida y de Las Moradas, donde relata sus experiencias místicas.

6. Conclusiones.

El siglo XVII

1. Introducción

El establecimiento del Estado Moderno en los reinos hispánicos por obra de los Reyes Católicos inició el tránsito hacia la Edad Moderna. Con el Estado Moderno se instauró una cierta capacidad unificadora de los reinos hispánicos basada en la lealtad al soberano. Así se produjo la unión de entidades con distinta personalidad, unión que se fortaleció con la llegada de la dinastía de los Austrias.

Durante el siglo XVI y hasta mediados del XVII, los reinos que constituían la Corona española, dirigidos por Castilla, desempeñaron un papel de primera potencia mundial. Esto se debía, en buena medida, a la fuerza que representaba la posesión de los territorios americanos, recientemente descubiertos y conquistados.

En paralelo a este ámbito de carácter político, se desarrollaron otros dos fenómenos destacados. Por un lado, la expansión económica de Europa occidental, bajo el signo de los primeros indicios de capitalismo. Por otro, un extraordinario desarrollo cultura, primero con el Renacimiento y más tarde con el Barroco.

2. Los Austrias del siglo XVII. Gobierno de validos y conflictos internos. El ocaso del Imperio español en Europa.

– Páginas 86 a 89: Historia de España, Santillana, 2º de Bachillerato.

3. Evolución económica y social. La cultura del Siglo de Oro.

El siglo XVII comenzó con una situación heredada de crisis económica y de creciente pérdida de hegemonía por parte de la Monarquía Hispánica, que se encontraba muy endeudada tras las guerras llevadas a cabo durante el reinado de Felipe II (1556-1598). La mayor parte de los ingresos del Estado se gastaron en el pago de la deuda. Además, los intentos de incrementar la presión fiscal, sostenida sobre todo por Castilla, agudizaron los efectos de la crisis.

La crisis demográfica.

Desde 1580 se venía observando una desaceleración, y en algunos casos un descenso, del crecimiento demográfico. El comportamointo de la demografía no puede atribuirse a una única causa, sino a la conjunción de diversos factores de carácter tanto estructural como coyuntural.

Entre los primeros, hay que señalar la relación entre el modelo demográfico antiguo, con altas tasas de natalidad y mortalidad, y la evolución de la agricultura, principal medio de sustento de la población. Entre los factores coyunturales destaca la emigración a las Indias, así como las continuas guerras emprendidas en el XVII. A estos dos elementos hemos de añadir la sucesión de cataclismos demográficos a lo largo del siglo y la expulsión de los moriscos en 1609.

La crisis económica.

El descenspo de la produccióna agrícola puso fin a la etapa expansiva del siglo anterior. Estuvo motivada por la caída de la demanda y de la renta agraria, la despoblación, las sucesivas plagas y malas cosechas, la excesiva concentración de la propiedad y el estancamiento o fuertes fluctuaciones de los precios agrarios.

En respuesta a la crisis se produjeron cambios significativos en los cultivos, como el avance de la vid a costa de los cereales en Andalucía y Castilla, y el incremento general de los cultivos comerciales, como el olivo y las moreras.

Las actividades ganaderas, artesanales y comerciales se vieron también envueltas en el ciclo recesivo. La industria textil sufrió importantes pérdidas, producidas por el descenso de la demanada, la descapitalización provocada por la presión fiscal y la rigidez de los gremios, incapaces de adaptarse a las innovaciones.

La creciente ruralización de la economía fue especialmente perceptible en Castilla, mientras que en Cataluña y Valencia se produjo una reorganización de las estructuras artesanales que permitió remontar la crisis con relativa rapidez. Las medidas proteccionistas y de apoyo a la industria de mediados de siglo ayudaron a esa recuperación, más evidente en la periferia mediterránea.

Las dificultades económicas afectaron igualmente al comercio interior, ya muy lastrado por las malas condiciones de los transportes y las barreras aduaneras. Más espectaculares fueron las dificultades del comercio exterior, fundamentalmente americano, que sufrió los efectos de los bloqueos marítimos, la emergencia de las economías criollas, el aumento de los costos de los fletes y la competencia de holandeses, franceses e ingleses.

Las consecuencias de la crisis

Las consecuencias de la crisis se dejaron sentir a nivel económico y social:

– Se produjo un desplazamiento del dinamismo económico desde el centro hacia la periferia.

– La riqueza se concentró en manos de la alta nobleza, sobre todo en Castilla, Andalucía y zonas de Aragón, en detrimento de otros sectores sociales.

– Se redujo el realengo en favor de los dominios señoriales y se incrementó la presión sobre el campesinado.

– Se consolidaron poderosas y cerradas oligarquías locales, que hicieron vitalicios y hereditarios los cargos municipales.

– A nivel popular, la desprotección se combatió con el bandidaje y la mendicidad, fenómenos endémicos durante todo el siglo.

En este contexto deben analizarse también las sucesivas crisis financieras y las bancarrotas estatales de 1607, 1627, 1647 y las más graves de 1652, 1662 y 1666. Estas significaron la pérdida generalizada de credibilidad de la monarquía entre los banqueros españoles y europeos.

El final del Renacimiento y la época de la Contrarreforma y del Barroco.

 La decadencia política y económica no supuso la decadencia cultural. El siglo XVII fue una de las etapas más brillantes de la cultura española, que recibe el nombre de “Siglo de Oro. Dos grandes figuras de la literatura fueron Francisco de Quevedo, pensador crítico que pretendió empujar al lector hacia la reflexión, y Luis de Góngora, que buscaba en sus poemas la huída de la realidad. Sin embargo, el autor más destacado de la época fue, sin lugar a dudas, Miguel de Cervantes, autor de El Quijote.

El teatro adquirió unas formas características muy en consonancia con la estética del Barroco: libertad y amplitud de temas, mezcla de lo trágico y lo cómico, de los popular y lo culto… Entre un sinfín de excelentes dramaturgos destacaron: Lope de Vega (El caballero de Olmedo) Tirso de Molina (EL burlador de Sevilla) y Pedro Calderón de la Barca (La vida es sueño).

En arquitectura predominó el gusto por los adornos recargados, de tal modo que las fachadas parecen desaparecer tras la abundancia ornamental. Ribera y Churriguera reflejan en sus obras los rasgos más representativos de ese estilo. La escultura y la pintura reflejaron la religiosidad de la sociedad española mediante una gran variedad de temas: Cristo agonizante, la Inmaculada, santos y santas. Entre los autores de la época destacaron el Greco, Velázquez, Murillo y Zurbarán, entre otros.

4. Conclusiones.

La segunda mitad del siglo XVII es, en España, uno de los momentos más tristes de su historia. La ruina económica, reducidas casi a cero las remesas de metal precioso, y sin una industria capaz de atraerlo, estaba ya consumada. La población se había reducido a 7 millones de habitantes, mermada al máximo por la terrible peste de 1648-1652. La administración era lenta, vena e ineficaz; faltaban grandes políticos y grandes ideas.

Hasta en el campo del arte, del pensamiento, de la literatura, la postración es espectacular: mueren los epígonos del “Siglo de Oro”, Gracián, Calderón, Murillo… sin que otros hombres tomen el relevo. Esto indica que la crisis no era sólo material, sino que alcanzaba los campos del espíritu.

El símbolo de esta situación de decadencia es, sin duda, el final de la dinastía de los Austrias españoles al morir sin descendencia Carlos II.

 

Kosovo: una pérdida humillante

La cuestión de Kosovo es delicada para cualquier serbio, no porque quiera y crea que Kosovo debe formar parte de Serbia. Nadie en su sano juicio querría lidiar con una población enemiga e independentista, trufada de mafias y narcotraficantes. De hecho, la mayoría de los serbios es consciente de que, sin Kosovo, Serbia solucionaría mucho más rápido sus problemas. La pérdida de Kosovo significaría para Serbia lo mismo que fue para Hungría la amputación de Transilvania en 1920, por el Tratado de Trianon. Una pérdida humillante.

Mira Milosevich, ¿Un nuevo Trianon?, p. 2.

La lentitud de las reformas

La tardía Constitución es un espejo de la situación política actual en Serbia: las reformas democráticas han sido lentas e insuficientes. El mayor problema interno es la corrupción, que no ha cesado de aumentar en los últimos tres años, como informan los analistas de la UE. A ello se une el estancamiento económico en niveles de pobreza (el sueldo medio en Serbia es de 250 Euros). Esta pésima situación , así como el fracaso en el cumplimiento de las exigencias de la UE, los ha intentado disimular el actual gobierno de Vojislav Kostunica (Partido Democrático Serbio) con un nuevo discurso sobre la cuestión de Kosovo, aunque sin prometer batallas, como lo hizo su antecesor. Según Kostunica, los serbios no pueden aceptar el chantaje que ya les había propuesto el «arquitecto de paz en los Balcanes», Richard Hoolbrok: la renuncia a Kosovo como condición necesaria para el ingreso en la UE.

Mira Milosevich, ¿Un nuevo Trianon?, p. 2.

El chivo expiatorio de los conflictos balcánicos

En Belgrado y hace poco más de seis años, el cinco de octubre de 2000, fue derrocado por una revolución democrática el régimen de Slobodan Milosevic. Los serbios que celebraron su caída creían que, a pesar de su responsabilidad en la desintegración y destrucción de la Yugoslavia postcomunista, volverían de inmediato al seno de la comunidad internacional. Como todas las explicaciones que se daban entonces en el mundo del conflicto yugoslavo comenzaban y acababan con la inculpación absoluta de Milosevic, se había ido asentando la convicción de que, con la desaparición de éste, se desvanecerían todos los problemas.

Mira Milosevich, ¿Un nuevo Trianon?, p. 1.