El chivo expiatorio de los conflictos balcánicos

En Belgrado y hace poco más de seis años, el cinco de octubre de 2000, fue derrocado por una revolución democrática el régimen de Slobodan Milosevic. Los serbios que celebraron su caída creían que, a pesar de su responsabilidad en la desintegración y destrucción de la Yugoslavia postcomunista, volverían de inmediato al seno de la comunidad internacional. Como todas las explicaciones que se daban entonces en el mundo del conflicto yugoslavo comenzaban y acababan con la inculpación absoluta de Milosevic, se había ido asentando la convicción de que, con la desaparición de éste, se desvanecerían todos los problemas.

Mira Milosevich, ¿Un nuevo Trianon?, p. 1.

La reacción internacional

La comunidad internacional, es decir, los Estados Unidos seguidos con temor y temblor por sus aliados europeos, sólo se decidió a pararle los pies cuando se enfrentó con la perspectiva de acoger a más de un millón de refugiados kosovares albaneses, en su mayoría musulmanes, continuar con una posible quinta guerra en Montenegro y una segura sexta en Macedonia, centro de bajísimas presiones que atraería indefectiblemente a Bulgaria, Grecia y Albania. Los enteros Balcanes en llamas. Tamaña hoguera podía ya resultar incontrolable.

Manuel Coma, Adiós, Milosevich, no vuelvas, p. 1.