El siglo XVI

1. Introducción

El establecimiento del Estado Moderno en los reinos hispánicos por obra de los Reyes Católicos inició el tránsito hacia la Edad Moderna. Con el Estado Moderno se instauró una cierta capacidad unificadora de los reinos hispánicos basada en la lealtad al soberano. Así se produjo la unión de entidades con distinta personalidad, unión que se fortaleció con la llegada de la dinastía de los Austrias.

Durante el siglo XVI y hasta mediados del XVII, los reinos que constituían la Corona española, dirigidos por Castilla, desempeñaron un papel de primera potencia mundial. Esto se debía, en buena medida, a la fuerza que representaba la posesión de los territorios americanos, recientemente descubiertos y conquistados.

En paralelo a este ámbito de carácter político, se desarrollaron otros dos fenómenos destacados. Por un lado, la expansión económica de Europa occidental, bajo el signo de los primeros indicios de capitalismo. Por otro, un extraordinario desarrollo cultura, primero con el Renacimiento y más tarde con el Barroco.

1. El Imperio de Carlos V. Conflictos internos: Comunidades y Germanías.

– Páginas 79 a 82 (hasta «La Monarquía Hispánica de Felipe II»): Historia de España, Santillana, 2º de Bachillerato.

2. La Monarquía Hispánica de Felipe II.

– Páginas  82 a 85 (hasta «La organización institucional bajo los Austrias»): Historia de España, Santillana, 2º de Bachillerato.

3. La unidad ibérica.

– Página 85 (segundo párrafo): Historia de España, Santillana, 2º de Bachillerato.

4. El modelo político de los Austrias.

Página 85 (desde «La organización institucional bajo los Austrias»): Historia de España, Santillana, 2º de Bachillerato.

5. Economía, sociedad y cultura en la España del siglo XVI.

Expansión demográfica.

A finales del siglo XV la Corona de Castilla tenía 5 millones de habitantes, la Corona de Aragón 800.000 y Navarra 120.000. En su mayoría se trataba de una población rural, que vivía en núcleos de menos de 2.000 habitantes. En Castilla, sólo algunas ciudades como Burgos, Valladolid, Salamanca, Medina del Campo, Toledo, Málaga o Granada superaban los 10.000 habitantes. Sevilla era el mayor centro económico, y contaba con 45.000 habitantes. Por su parte, las capitales de la Corona de Aragón (Zaragoza, Barcelona, Palma) superaban también los 10.000 habitantes. Valencia, con unos 75.000 habitantes, era una gran ciudad en la época.

La población hispana debió disminuir a finales de siglo, a consecuencia de la expulsión de unos 150.000 judíos y la marcha de alrededor de 200.000 granadinos en 1492. La evolución demográfica del siglo XVI fue positiva, a pesar de las epidemias, las hambrunas y las migraciones. Aunque no contamos con cifras exactas, un recuento de población de 1591 sitúa a los reinos en 8 millones de habitantes, de los cuales tres cuartas partes vivía en la Corona de Castilla.

En el siglo XVI el crecimiento vegetativo se veía favorecido por una natalidad muy alta, en torno al 35-40 por mil, sobre todo entre los moriscos del Reino de Valencia. Sin embargo, la mortalidad también era alta y llegaba a ser enorme en el caso de la infantil.

La sociedad del siglo XVI.

Tenía una estructura jerárquica basada en el privilegio; es decir, se trataba de una sociedad estamental (nobles, clero, estado llano), pero en la que existía una cierta movilidad: se podía pasar de hidalgo a caballero, de caballero a nobleza titulada, de la burguesía mercantil a la nobleza, por nombramiento o por compra.

Después de la expulsión de los moriscos, la población había quedado unificada desde el punto de vista religioso, pero eso no significó que la cuestión de la limpieza de sangre perdiera importancia. La ausencia de esta excluía a los descendientes de conversos de los cargos públicos, los beneficios eclesiásticos, las enmiendas militares o la enseñanza universitaria.

Los nobles con título eran más de 100 en Castilla y unos 50 en Aragón. Las Leyes de Toro (1505) les habían otorgado el privilegio de establecer mayorazgos (título y bienes quedaban adscritos al derecho de primogenitura). A su vez, Carlos I había creado el título de Grande para los nobles de mayor categoría. Además, había más de cien mil familias hidalgas en Castilla, equiparables a los barones catalanes y a los infanzones aragoneses.

Nobles e hidalgos estaban exentos de pagar tributos y hacían alarde de no profanar sus manos en empresas industriales y mercantiles, lo que perjudicó enormemente a la economía del país.

El clero, también estamento privilegiado, era muy numeroso en estos siglos (se calcula en torno a 100.000 personas). Tenía poder económico, influencia social y política. Vivía de los diezmos y de las rentas de sus propiedades, que por estar adscritas a instituciones eclesiásticas recibieron el nombre de manos muertas. Tenía una estrecha relación con la nobleza, en parte porque los altos cargos de la Iglesia solían recaer en los hijos segundones de la nobleza.

Los campesinos constituían el 80% de la población. La mayoría de ellos no poseía tierras y trabajaban como colonos de los nobles y de la Iglesia. Sobre ellos recaían pesadas cargas fiscales: diezmos, impuestos reales, derechos señoriales, cánones de arriendo… En Cataluña, liberados los payeses de remensa en tiempos de Fernando II, obtuvieron un cierto bienestar al establecerse el arriendo de tierras mediante contratos a largo plazo.

La sociedad urbana estaba constituida por caballeros, que ejercían los cargos públicos, artesanos, mercaderes y miembros de profesiones liberales. El servicio doméstico era numerosísimo y existía una amplia marginación social en torno a las minorías étnicas y a los oficios considerados degradantes. Pero sobre todo era impresionante la pobreza que, según se ha calculado, afectaba al 20% de la población, sobre todo durante la segunda mitad del XVII.

Economía: de la expansión a la decadencia.

A consecuencia de la apertura del mercado americano, la agricultura y la ganadería experimentaron una gran expansión en el siglo XVI. Se roturaron nuevas tierras y se amplió el cultivo del olivo y la vid en Andalucía. Los nobles y la Iglesia, que eran los propietarios de la mayor parte de las tierras, fueron los grandes beneficiados de esta coyuntura.

El XVI fue, además, el siglo del gran esplendor de la ganadería lanar castellana, que llegó a tener tres millones y medio de cabezas de ganado, en gran parte controladas por la Mesta. Fue muy importante la exportación de lana, hacia Flandes especialmente, a través de las ferias de Medina del Campo y del Consulado de Burgos.

El comercio con América, concentrado en Sevilla, fue muy floreciente durante gran parte del siglo XVI. Para proteger la navegación de ataques extranjeros, se estableció un sistema de flotas, con dos tipos de naves: las normales de carga y los galeones, armados con cañones. Partían de Sevilla dos flotas anuales: en primavera hacia Veracruz y en verano hacia Panamá. Desde los puertos de llegada las mercancías se distribuían por los diferentes territorios americanos, donde llegaban a alcanzar precios hasta veinte veces superiores a los de Sevilla.

Un gran problema económico de la época de los Austrias fue la inflación, denominada revolución de los precios. Según estudios recientes, entre 1503 y 1560 entraron por la Casa de Contratación de Sevilla 185.000 kilos de oro y 16 millones de kilos de plata. Además, de forma clandestina, debió entrar una cantidad similar de ambos metales. La plata, cuya cantidad se multiplicó por tres, fue la principal responsable de la inflación. El alza de los precios fue incontenible: entre 1500 y 1600 se cuadriplicaron, siendo su momento culminante al año 1562.

Una parte importante de la riqueza provenientes de las Indias (el “quinto” real) estaba destinado a pagar deudas e intereses a banqueros extranjeros, alemanes y genoveses sobre todo. Por tanto, el Estado y el pueblo apenas se beneficiaron del exceso de riqueza, porque no se utilizó para desarrollar la economía del país, sino para pagar esas deudas.

Así, aunque hubo una industria lanera bastante desarrollada en Segovia, Toledo, Cuenca, Córdoba y en algunas ciudades de la Corona de Aragón, las importaciones eran excesivas. Esto, a su vez, produjo un notable incremento en el precio de los productos, que afecto no sólo a España, sino a toda Europa.

A finales del siglo XVI la Corona, que tenía una deuda de 12 millones de ducados, hubo de recurrir a nuevos impuestos. Entre ellos se encontraba la sisa, que encareció los alimentos básicos: carne, vino, aceite y vinagre. Pero aún así no pudo hacer frente a los gastos y en 1596 se produjo una quiebra (la tercera del reinado de Felipe II): el Estado no estaba en condiciones de pagar las deudas.

Cultura: del Renacimiento a la Contrarreforma.

Hacia 1520 estalló en los reinos hispánicos un problema de carácter religioso cuyo origen podía encontrarse en la imposición de la unidad religiosa por parte de los Reyes Católicos. En esos momentos se planteó el dilema que tanto había de influir en el desarrollo de la cultura española: el enfrentamiento entre la ortodoxia católica y el humanismo erasmista. Mientras algunos intelectuales, como Juan Luis Vives, aceptaban las doctrinas de Erasmo, los ortodoxos desaprobaban el erasmismo al considerarlo antesala del protestantismo. La actuación de la Inquisición fue definitiva para la condena y abandono del “sospechoso” erasmismo.

Durante el reinado de Felipe II se desarrollaron algunos focos de luteranismo, especialmente importantes fueron los de Valladolid y Sevilla, que fueron sofocados por el rey y por la Inquisición con gran dureza. En 1558 se prohibió la importación de libros extranjeros, y al año siguiente se prohibió a los estudiantes cursar estudios en otros países.

A partir de 1560 España se convirtió en uno de los más sólidos baluartes de la Contrarreforma, que contó con el apoyo de la Compañía de Jesús, fundada por San Ignacio de Loyola en 1534. La religiosidad española tuvo algunas características de extraordinaria vitalidad, reflejada en el reformismo de las órdenes religiosas y en la literatura mística. Entre las principales figuras de este fenómeno destaca Santa Teresa de Jesús, autora del Libro de mi vida y de Las Moradas, donde relata sus experiencias místicas.

6. Conclusiones.

El siglo XVII

1. Introducción

El establecimiento del Estado Moderno en los reinos hispánicos por obra de los Reyes Católicos inició el tránsito hacia la Edad Moderna. Con el Estado Moderno se instauró una cierta capacidad unificadora de los reinos hispánicos basada en la lealtad al soberano. Así se produjo la unión de entidades con distinta personalidad, unión que se fortaleció con la llegada de la dinastía de los Austrias.

Durante el siglo XVI y hasta mediados del XVII, los reinos que constituían la Corona española, dirigidos por Castilla, desempeñaron un papel de primera potencia mundial. Esto se debía, en buena medida, a la fuerza que representaba la posesión de los territorios americanos, recientemente descubiertos y conquistados.

En paralelo a este ámbito de carácter político, se desarrollaron otros dos fenómenos destacados. Por un lado, la expansión económica de Europa occidental, bajo el signo de los primeros indicios de capitalismo. Por otro, un extraordinario desarrollo cultura, primero con el Renacimiento y más tarde con el Barroco.

2. Los Austrias del siglo XVII. Gobierno de validos y conflictos internos. El ocaso del Imperio español en Europa.

– Páginas 86 a 89: Historia de España, Santillana, 2º de Bachillerato.

3. Evolución económica y social. La cultura del Siglo de Oro.

El siglo XVII comenzó con una situación heredada de crisis económica y de creciente pérdida de hegemonía por parte de la Monarquía Hispánica, que se encontraba muy endeudada tras las guerras llevadas a cabo durante el reinado de Felipe II (1556-1598). La mayor parte de los ingresos del Estado se gastaron en el pago de la deuda. Además, los intentos de incrementar la presión fiscal, sostenida sobre todo por Castilla, agudizaron los efectos de la crisis.

La crisis demográfica.

Desde 1580 se venía observando una desaceleración, y en algunos casos un descenso, del crecimiento demográfico. El comportamointo de la demografía no puede atribuirse a una única causa, sino a la conjunción de diversos factores de carácter tanto estructural como coyuntural.

Entre los primeros, hay que señalar la relación entre el modelo demográfico antiguo, con altas tasas de natalidad y mortalidad, y la evolución de la agricultura, principal medio de sustento de la población. Entre los factores coyunturales destaca la emigración a las Indias, así como las continuas guerras emprendidas en el XVII. A estos dos elementos hemos de añadir la sucesión de cataclismos demográficos a lo largo del siglo y la expulsión de los moriscos en 1609.

La crisis económica.

El descenspo de la produccióna agrícola puso fin a la etapa expansiva del siglo anterior. Estuvo motivada por la caída de la demanda y de la renta agraria, la despoblación, las sucesivas plagas y malas cosechas, la excesiva concentración de la propiedad y el estancamiento o fuertes fluctuaciones de los precios agrarios.

En respuesta a la crisis se produjeron cambios significativos en los cultivos, como el avance de la vid a costa de los cereales en Andalucía y Castilla, y el incremento general de los cultivos comerciales, como el olivo y las moreras.

Las actividades ganaderas, artesanales y comerciales se vieron también envueltas en el ciclo recesivo. La industria textil sufrió importantes pérdidas, producidas por el descenso de la demanada, la descapitalización provocada por la presión fiscal y la rigidez de los gremios, incapaces de adaptarse a las innovaciones.

La creciente ruralización de la economía fue especialmente perceptible en Castilla, mientras que en Cataluña y Valencia se produjo una reorganización de las estructuras artesanales que permitió remontar la crisis con relativa rapidez. Las medidas proteccionistas y de apoyo a la industria de mediados de siglo ayudaron a esa recuperación, más evidente en la periferia mediterránea.

Las dificultades económicas afectaron igualmente al comercio interior, ya muy lastrado por las malas condiciones de los transportes y las barreras aduaneras. Más espectaculares fueron las dificultades del comercio exterior, fundamentalmente americano, que sufrió los efectos de los bloqueos marítimos, la emergencia de las economías criollas, el aumento de los costos de los fletes y la competencia de holandeses, franceses e ingleses.

Las consecuencias de la crisis

Las consecuencias de la crisis se dejaron sentir a nivel económico y social:

– Se produjo un desplazamiento del dinamismo económico desde el centro hacia la periferia.

– La riqueza se concentró en manos de la alta nobleza, sobre todo en Castilla, Andalucía y zonas de Aragón, en detrimento de otros sectores sociales.

– Se redujo el realengo en favor de los dominios señoriales y se incrementó la presión sobre el campesinado.

– Se consolidaron poderosas y cerradas oligarquías locales, que hicieron vitalicios y hereditarios los cargos municipales.

– A nivel popular, la desprotección se combatió con el bandidaje y la mendicidad, fenómenos endémicos durante todo el siglo.

En este contexto deben analizarse también las sucesivas crisis financieras y las bancarrotas estatales de 1607, 1627, 1647 y las más graves de 1652, 1662 y 1666. Estas significaron la pérdida generalizada de credibilidad de la monarquía entre los banqueros españoles y europeos.

El final del Renacimiento y la época de la Contrarreforma y del Barroco.

 La decadencia política y económica no supuso la decadencia cultural. El siglo XVII fue una de las etapas más brillantes de la cultura española, que recibe el nombre de “Siglo de Oro. Dos grandes figuras de la literatura fueron Francisco de Quevedo, pensador crítico que pretendió empujar al lector hacia la reflexión, y Luis de Góngora, que buscaba en sus poemas la huída de la realidad. Sin embargo, el autor más destacado de la época fue, sin lugar a dudas, Miguel de Cervantes, autor de El Quijote.

El teatro adquirió unas formas características muy en consonancia con la estética del Barroco: libertad y amplitud de temas, mezcla de lo trágico y lo cómico, de los popular y lo culto… Entre un sinfín de excelentes dramaturgos destacaron: Lope de Vega (El caballero de Olmedo) Tirso de Molina (EL burlador de Sevilla) y Pedro Calderón de la Barca (La vida es sueño).

En arquitectura predominó el gusto por los adornos recargados, de tal modo que las fachadas parecen desaparecer tras la abundancia ornamental. Ribera y Churriguera reflejan en sus obras los rasgos más representativos de ese estilo. La escultura y la pintura reflejaron la religiosidad de la sociedad española mediante una gran variedad de temas: Cristo agonizante, la Inmaculada, santos y santas. Entre los autores de la época destacaron el Greco, Velázquez, Murillo y Zurbarán, entre otros.

4. Conclusiones.

La segunda mitad del siglo XVII es, en España, uno de los momentos más tristes de su historia. La ruina económica, reducidas casi a cero las remesas de metal precioso, y sin una industria capaz de atraerlo, estaba ya consumada. La población se había reducido a 7 millones de habitantes, mermada al máximo por la terrible peste de 1648-1652. La administración era lenta, vena e ineficaz; faltaban grandes políticos y grandes ideas.

Hasta en el campo del arte, del pensamiento, de la literatura, la postración es espectacular: mueren los epígonos del “Siglo de Oro”, Gracián, Calderón, Murillo… sin que otros hombres tomen el relevo. Esto indica que la crisis no era sólo material, sino que alcanzaba los campos del espíritu.

El símbolo de esta situación de decadencia es, sin duda, el final de la dinastía de los Austrias españoles al morir sin descendencia Carlos II.

 

Kosovo: una pérdida humillante

La cuestión de Kosovo es delicada para cualquier serbio, no porque quiera y crea que Kosovo debe formar parte de Serbia. Nadie en su sano juicio querría lidiar con una población enemiga e independentista, trufada de mafias y narcotraficantes. De hecho, la mayoría de los serbios es consciente de que, sin Kosovo, Serbia solucionaría mucho más rápido sus problemas. La pérdida de Kosovo significaría para Serbia lo mismo que fue para Hungría la amputación de Transilvania en 1920, por el Tratado de Trianon. Una pérdida humillante.

Mira Milosevich, ¿Un nuevo Trianon?, p. 2.