Luis XIV en el cine: la humillación de la nobleza ante el monarca absoluto


Se ha de relacionar este corte de la película «Vatel» (2000) con el de la entrada Luis XIV en el cine: el poder de la monarquía sobre la nobleza. En concreto, si en aquel fragmento se señalaba la dependencia económica de los privilegiados con respecto al rey, en este se aprecia claramente la superioridad de este último. El príncipe de Condé, uno de los nobles más poderosos de Francia, permanece de pie ante el Luis XIV, a pesar de padecer de la gota. Y todo ello sin que el monarca se inmute: no hace el más leve gesto cuando entra en la sala, e incluso continúa comiendo como si no le importara la presencia de ese hombre.

La relación de dependencia existente hace que Condé sea capaz de aguantar cualquier humillación con tal de que Luis XIV le otorgue un cargo militar. Solo eso puede salvarlo de la bancarrota, y ambos personajes lo saben. Por eso el rey, haciendo gala una vez más de su superioridad, abandona la sala sin dar respuesta. La deja en manos de un subalterno, como si hablar con el príncipe fuera para él rebajarse. Es así como Condé, uno de los grandes nobles de Francia, debe esperar a que sus deseos se vean confirmados por boca del secretario de Luis XIV.

 

Luis XIV en el cine: el poder de la monarquía sobre la nobleza


La trama de «Vatel» (2000) transcurre durante la visita de Luis XIV al palacio de un aristócrata francés, el príncipe de Condé. El rey va a iniciar la guerra contra las Provincias Unidas y necesita un general que dirija las operaciones militares. El problema es que el mejor estratega de Francia está enemistado con él desde que, en sus primeros años de reinado, participara en una revuelta nobiliar -fronda de los príncipes- contra la Corona. Sin embargo, Condé está económicamente arruinado y necesita, a toda costa, recibir ese encargo del rey para recuperar su estatus económico.

El fragmento que se muestra a continuación se desarrolla al inicio de la película. En él, además de mostrarse la llegada del rey -en su atuendo podemos ver algunas cuestiones relacionadas con la moda en Versalles-, se hace visible la penuria económica en la que vive Condé. De hecho, el protagonista del film, Vatel, es el encargado de explicársela a los acreedores del príncipe cuando estos vienen a cobrar. En definitiva, aquellos nobles que habían disputado su poder al rey, al que consideraban primus inter pares -primero entre iguales-, necesitan ahora del monarca para no arruinarse. Luis XIV, al igual que el resto de mandatarios absolutistas, ya no se considera un igual a ellos. Es superior, y no solo eso, los aristócratas dependen de su favor, de los cargos públicos, para subsistir económicamente. Él ha pasado a ser el sol, y el resto de la nobleza los planetas y satélites que giran a su alrededor.

 

La Europa de la Restauración y los congresos


Con la derrota napoleónica de 1815 se firmó el Primer Tratado de París.

En ese momento se buscaba, no una paz que oprimiese a los vencidos con múltiples cláusulas y sanciones, sino otra que mostrase la buena voluntad de los vencedores. Además, ante la necesidad de reestructurar el mapa territorial e ideológico europeo, se anunció la convocatoria de un congreso.

El Congreso de Viena

Bajo la dirección del ministro austríaco Metternich, se reunieron en Viena los representantes, diplomáticos, ministros e, incluso, monarcas de los estados vencedores.

En un principio se estableció que, a pesar de la presencia de varios reinos, las decisiones solo podían ser tomadas por los países de la Cuádruple Alianza (Austria, Inglaterra, Prusia y Rusia).

Sin embargo, con una hábil jugada política, Talleyrand consiguió incluir a España, Francia, Portugal y Suecia. Además, con el fin de evitar las sesiones plenarias, se crearon diez comités independientes, cuyas decisiones tenían que ser aprobadas por la asamblea general.

La reorganización territorial de Europa

El centro de las discusiones entre las grandes potencias fue el problema territorial, centrado en las cuestión polaca y sajona. Los rusos defendían que el primer territorio se incorporase a sus dominios, mientras que el segundo se incorporaría a Prusia; sin embargo, Austria e Inglaterra mostraron su disconformidad.

Ante la falta de acuerdo las relaciones entre los vencedores se deterioraron notablemente, e incluso llegó a estar cerca el estallido de una nueva guerra. No obstante, el pacto de apoyo mutuo entre Francia, Austria e Inglaterra, al que más tarde se unieron Baviera, Hannover y los Países Bajos, logró que Prusia y Rusia dieran marcha atrás y aceptaran una solución intermedia.

Así, el 9 junio 1815 se firmaban los 121 artículos del acta final, cuyas principales conclusiones eran las siguientes:
  • Reparto de Polonia entre Prusia, Rusia y Austria.
  • Reorganización de los Estados alemanes; se decidió no restaurar el Imperio, sino formar una nueva Confederación Germánica, compuesta por 34 príncipes y 4 ciudades libres, dirigida por una Dieta presidida por Austria. Además Sajonia fue restablecida, aunque tuvo que ceder buena parte de sus territorios a Prusia. Suecia perdió sus territorios alemanes, es decir, Pomerania, que pasó también a Prusia.
  • Reorganización de los Estados italianos; el reino lombardo-veneciano se incorporó a Austria, mientras que los Habsburgo lograban colocar a miembros de su familia en Toscana, Parma y Módena. Al reino de Cerdeña, formado antes de la guerra por la propia isla, Piamonte, Saboya y Niza, se sumó Liguria. Por su parte, Nápoles era recuperada por los Borbones, que también situaban a otro miembro de la familia en Lucca.
  • Norte de Europa; Suecia, perdió Finlandia a favor de Rusia y Pomerania, que fue anexionada por Prusia. Sin embargo, se hizo con Noruega en detrimento de Dinamarca, que recibió algunos territorios alemanes a modo de compensación.
  • Reconocimiento internacional de la neutralidad de Suiza, cuyas fronteras quedaron delimitadas.

La Cuádruple Alianza y las revoluciones de 1820

Tras las guerras napoleónica, los monarcas y emperadores vencedores se plantearon la posibilidad de formar un organismo de carácter supranacional que permitiera organizar el orden internacional mediante un sistema de conferencias. Con este objetivo nació la Cuádruple Alianza, que fijó el sistema de conferencias y el de las grandes potencias, que se mantuvo hasta la Gran Guerra.

La divergencia de criterios dentro de la Alianza favoreció la propagación de las revoluciones de 1820. Estas se desarrollaron principalmente en los países mediterráneos, aunque también surgieron tentativas en Francia, Austria, Rusia e Iberoamérica.

Como ya se indicó más arriba, la reacción de la Alianza fue lenta, y estuvo cargada de complicaciones. No obstante, para las intervenciones en Italia y en los Balcanes no fue difícil llegar a un consenso.

Los problemas surgieron con el caso ibérico, ya que Inglaterra, a causa de la independencia de las colonias españolas, se mostraba favorable a la nueva situación del antiguo Imperio hispánico, que le beneficiaba desde el punto de vista comercial. Finalmente, los franceses actuaron en España con dos condiciones: no intervenir en Portugal y no ayudar a España a recuperar sus colonias.

A partir de 1823 la Alianza perdió fuerza, ya que cada potencia velaba más por sus intereses que por los de la coalición. Así, dos años después, se celebró la última conferencia de este organismo.

La revolución francesa de 1830

La monarquía francesa de Carlos X había significado, con respeto a la de su antecesor –Luis XVIII-, una regresión.

De esta forma, pronto se produjo el choque entre la asamblea y el primer ministro, el reaccionario Polignac. En esta situación, el monarca, en un acto propio del absolutismo, suspendió la libertad de prensa, disolvió la cámara, y reformó la ley electoral.

A estos hechos siguieron las protestas de los periodistas, estudiantes, obreros, y algunos diputados, que protagonizaron tres jornadas de barricadas en julio de 1830. Esta revuelta fue tomando, poco a poco, un carácter revolucionario y republicano, que lleno de intranquilidad a los monárquicos.

Así, con el fin de salvar la institución monárquica, en agosto, mediante una hábil maniobra de Thiers, Luis Felipe de Orleans fue proclamado rey. Su entronización del de Orleans supuso la aceptación de los postulados del liberalismo y de la soberanía nacional.

En consecuencia, se reformó la Carta Otorgada para darle un sentido liberal, se suprimió la censura de la prensa, y se amplió la base electoral.

Durante dos años Francia mantuvo una orientación revolucionaria, de apoyo a otros procesos similares en otros países, y de medidas radicales en el interior. Sin embargo, a partir de 1832, el reinado de Luis Felipe tomó un rumbo más conservador, distanciándose así el régimen de la revolución.

La prerrevolución aristocrática en la Francia del XVIII


En el imaginario popular la Revolución Francesa de 1789 fue un acontecimiento protagonizado por el pueblo, especialmente por los habitantes de París, en contra del absolutismo monárquico y los privilegios de la nobleza. Sin embargo, pocas veces esa imagen de protesta popular va acompañada de un precedente imprescindible para entenderla: el descontento de la aristocracia.

Efectivamente, la Revolución Francesa la iniciaron los mismos privilegiados mediante un proceso que conocemos como la prerrevolución aristocrática.

Su labor fue llevada a cabo a través de escritos y proclamas anteriores a 1789, y fue completada en los primeros acontecimientos de la primavera de ese año.

Los nobles frondistas

Desde finales del siglo XVII el descontento de la nobleza francesa con respecto al absolutismo impuesto por los Borbones empezó a hacerse patente. Sin embargo, sólo a la muerte de Luis XIV comenzaron a circular los rumores de una posible revuelta armada para hacer retornar el antiguo pacto de soberanía en el que el monarca era simplemente primus inter pares (principal entre iguales).

Las protestas de la nobleza frondista contra la centralización política inaugurado en el siglo anterior por el Rey Sol marcó el inició de un proceso que, en pocas semanas, se les fue de las manos a sus protagonistas primigenios.

La burguesía y el pueblo parisino tomaron pronto el control de los acontecimientos, que acabaron derivando en un resultado que no era el esperado en sus inicios.

Los planteamientos de Claude Joly

Sin embargo, antes de que se iniciaran los sucesos de 1789, una serie de autores de origen aristocrático y de talante conservador sembraron el campo ideológico para la posterior revolución aristocrática.

Uno de ellos fue Claude Joly, jurista de profesión. Este autor defendía que el poder del monarca estaba limitado a la tarea de mantener la justicia y que, por tanto, no era absolutos.

Además, Joly sostenía que la autoridad del rey derivaba del pueblo. Era este el que se la concedía para que, en base a las leyes, el monarca ejerciera el gobierno. En definitiva, el soberano estaba sometido al derecho y debía mantenerlo porque esa es precisamente la tarea para la que se le ha encomendado el poder.

Las cartas de Pierre Jurieu

Pierre Jurieu desarrolló su crítica al absolutismo monárquico por medio de epístolas enviadas a los protestantes franceses entre 1686 y 1689. En ellas defendía que la libertad e independencia de los seres humanos era algo innato que no podía ser violentado por ningún gobernante.

No obstante, siguiendo las líneas del pensamiento calvinista francés del XVI, sostenía que, como consecuencia del pecado, se hacía imprescindible la existencia de un poder político que gobernase sobre la comunidad.

Por tanto, el pueblo otorgaba la soberanía al rey como consecuencia de la inseguridad generada por la tendencia humana a pecar.

Sin embargo, y ahí es donde precisamente el pensamiento de Pierre Jurieu se revuelve contra el absolutismo borbónico, al no poseer la comunidad autoridad sobre la conciencia de las personas, no podía cedérsela al rey. Este debía de respetar, por consiguiente, ese espacio de libertad individual.

La obra de Salignac de la Mothe

En Felenon, François de Salignac de la Mothe abordó la misma cuestión que Pierre Jurieu -la libertad de conciencia-, pero desde la perspectiva del catolicismo. Además, al igual que Claude Joly, este autor se mostró partidario de la supremacía del derecho sobre la voluntad del monarca.

Por último, Salignac de la Mothe defendía la existencia de instituciones representativas que cooperasen con el monarca. Esta colaboración, cuya principal manifestación sería la labor de consejo, debía llevarse a cabo mediante las asambleas representativas del reino.

El Trienio Liberal y la Década Ominosa

Esta entrada forma parte de un conjunto de artículos sobre la España de Fernando VII. Para leer los restantes textos dedicados a esta cuestión, haz clic aquí.


Podemos distinguir dos fases dentro del Trienio Liberal. El un primer momento lo constituyó el levantamiento de Riego y su reclamación de los postulados gaditanos de 1812. La segunda estuvo marcada por el regreso de los exiliados y la convocatoria de unas nuevas Cortes. En este periodo Fernando VII, preso de la situación, no puede más que dejar hacer a los liberales. Sin embargo, estos pronto se dividieron en dos facciones: “doceañistas” y “veinteañistas”.

Finalmente, el régimen liberal fue aplastado por la intervención internacional venida de Francia. El contingente conocido como “Los cien mil hijos de San Luís” repuso a Fernando VII en su trono como rey absolutista.

A esta intervención militar siguió una década de rígido absolutismo. No obstante, la inviabilidad de este proyecto acabó por condenarlo al fracaso en los últimos años de vida de Fernando VII. Es esos momentos se produjo una escisión dentro de los defensores del absolutismo en torno a la cuestión sucesoria:

  • Por un lado estaban los carlistas o realistas, defensores del establecimiento de un Antiguo Régimen radical y de la causa de Carlos María Isidro, hermano de Fernando VII.
  • Por otro los fernandinos o isabelinos, abiertos a la reforma del sistema. Por lo tanto, a la muerte del rey, el país estaba ante tres grandes problemas: el conflicto dinástico, el surgimiento de un absolutismo radical, y el deterioro económico.

Bibliografía:

[1] Historia Contemporánea de España II; Javier Paredes (Coord.) – Madrid – Ariel – 2005.

[2] Historia Contemporánea de España II; José Luis Comellas – Madrid – Rialp – 1986.

[3] Historia de España; José Luis Martín, Carlos Martínez Shaw, Javier Tusell – Madrid – Taurus – 1998.

[4] Las Cortes de Cádiz; Federico Suárez Verdeguer – Madrid – Rialp – 1982.

La reacción absolutista

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Distinguimos tres etapas en la pugna entre liberalismo y absolutismo durante el reinado de Fernando VII: el Sexenio Absolutista (1814-1820), el Trienio Liberal (1820-1823), y la Década Ominosa (1823-1833). La situación política del continente fue muy parecida a la española durante esos años. Una vez derrotado Napoleón, se procedió a restaurar el absolutismo en todo el continente. Sin embargo, los brotes revolucionarios que se sucedieron después trataron de acabar con el Antiguo Régimen para implantar un sistema liberal.

Situación en 1813-1814

Al finalizar los trabajos constituyentes de Cádiz, las Cortes se disolvieron y se procedió a convocar unas nuevas de carácter ordinario. Esto vino acompañado por la victoria sobre el invasor francés, la firma de la paz de Valencia, y el regreso a España del rey Fernando VII.

Fue entonces cuando se produjo un gran rebrote absolutista, que logró convencer al monarca de que lo mejor era suprimir la obra de los liberales. Prueba de esta influencia es el “manifiesto de los persas”, un auténtico programa político expuesto al rey al poco de su retorno a España.

Vuelta al absolutismo

Por el decreto de Valencia (mayo de 1814) se declaró nula la obra legislativa de Cádiz. El capitán general de la zona procedió, por orden del rey, a disolver las Cortes Ordinarias. Además, en este acto fueron detenidos varios de sus miembros. Estos hechos marcaron el retorno de España al Antiguo Régimen; Fernando VII volvió a Madrid como un rey absolutista.

Ante la persecución de la que eran objeto por parte del nuevo régimen, muchos liberales se decidieron a emigrar. Otros fueron detenidos, y los que eran miembros del ejército fueron relevados de sus cargos para evitar levantamientos militares en favor del liberalismo. Los privilegios estamentales abolidos durante el conflicto volvieron a ser válidos. Como consecuencia de esto, la crisis de la Hacienda, que se pensaba resolver con la aportación fiscal de los privilegiados, continuó acrecentándose.

Contexto internacional

En los primeros años del siglo XIX, España perdió la mayor parte de sus posesiones coloniales. Dentro de este proceso distinguimos tres etapas:

  • Primer periodo (1800-1815); la debilidad de la metrópoli, ocupada por los franceses, se hace patente.
  • Segundo periodo (1815-1818); se consolidaron los primeros movimientos secesionistas. Además, estos fueron apoyados por las potencias europeas con intereses comerciales en Hispanoamérica.
  • Tercer periodo (1818-1824); el proceso emancipador llegó a su fin con la batalla de Ayacucho. A partir de ese momento España pierde de manera inevitable su presencia en la inmensa mayoría de las colonias americanas.
Por el decreto de Valencia (mayo de 1814) se declaró nula la obra legislativa de Cádiz.

El capitán general de la zona procedió, por orden del rey, a disolver las Cortes Ordinarias. Además, en este acto fueron detenidos varios de sus miembros. Estos hechos marcaron el retorno de España al Antiguo Régimen; Fernando VII volvió a Madrid como un rey absolutista.

Ante la persecución de la que eran objeto por parte del nuevo régimen, muchos liberales se decidieron a emigrar. Otros fueron detenidos, y los que eran miembros del ejército fueron relevados de sus cargos para evitar levantamientos militares en favor del liberalismo. Los privilegios estamentales abolidos durante el conflicto volvieron a ser válidos. Como consecuencia de esto, la crisis de la Hacienda, que se pensaba resolver con la aportación fiscal de los privilegiados, continuó acrecentándose.

Bibliografía:

[1] Historia Contemporánea de España II; Javier Paredes (Coord.) – Madrid – Ariel – 2005.

[2] Historia Contemporánea de España II; José Luis Comellas – Madrid – Rialp – 1986.

[3] Historia de España; José Luis Martín, Carlos Martínez Shaw, Javier Tusell – Madrid – Taurus – 1998.

[4] Las Cortes de Cádiz; Federico Suárez Verdeguer – Madrid – Rialp – 1982.