El antisemitismo como un insulto al sentido común II

En otras palabras, si una patente falsificación como los «Protocolos de los Sabios de Sión» es creída por tantos que pueda llegar a convertirse en el manual de todo un movimiento político, la tarea del historiador ya no consiste en descubrir una falsificación. Ciertamente, no consiste en inventar explicaciones que soslayen el principal hecho político e histórico de la cuestión: que la falsificación está siendo creída. Este hecho es más importante que la circunstancia (secundaria, históricamente hablando) de que sea una falsificación.

Hannah Arendt, Los orígenes del totalitarismo, p. 70.

El antisemitismo como insulto al sentido común I

La principal para nuestro propósito es el gran descubrimiento que Tocqueville hizo (en L`Ancien Régime et la Révolution, libro II, cap. 1) de los motivos del violento odio que, al estallar la Revolución, experimentaban las masas francesas hacia la aristocracia -un odio que estimuló a Burke a señalar que la Revolución se mostraba más preocupada por «la condición de un caballero» que por la institución de un rey. Según Tocqueville, el pueblo francés odiaba a los aristócratas a punto de perder su poder más de lo que les odiaba antes, precisamente porque su rápida pérdida del auténtico poder no se había visto acompañada por ningún declive considerable de sus fortunas. Mientras la aristocracia mantuvo vastos poderes de jurisdicción fue no sólo tolerada, sino respetada. Cuando los nobles perdieron sus privilegios, entre ellos el privilegio de explotar y de oprimir, el pueblo les consideró parásitos, sin ninguna función real en el gobierno del país. En otras palabras, ni la opresión ni la explotación como tales han sido nunca la causa principal del resentimiento; la riqueza sin función visible es mucho más intolerable, porque nadie puede comprender por qué debería tolerarse.

Análogamente, el antisemitismo alcanzó su cota máxima cuando los judíos habían perdido sus funciones públicas y su influencia y se quedaron tan sólo con su riqueza. Cuando Hitler llegó al poder, los bancos alemanes estaban casi totalmente judenrein (y era precisamente en ese sector donde los judíos habían mantenido posiciones decisivas durante más de cien años), y la judería alemana, en conjunto, tras un largo y firme progreso en estatus social y en número, estaba declinando tan rápidamente que los estadísticos predecían su desaparición en el plazo de unas pocas décadas. Es cierto que las estadísticas no apuntaban necesariamente a los verdaderos procesos históricos; sin embargo, vale la pena señalar que para un estadístico la persecución y el exterminio nazis podían parecer una insensata aceleración de un proceso que en cualquier caso se habría producido.

Cabe decir lo mismo de casi todos los países de Europa occidental. El affaire Dreyfus no estalló bajo el Segundo Imperio, cuando la judería francesa se hallaba en la cumbre de su prosperidad e influencia, sino bajo la Tercera República, cuando los judíos habían desaparecido casi por completo de las posiciones importantes (aunque no de la escena política). El antisemitismo austríaco no se tornó violento bajo Metternich y Francisco José, sino en la República austríaca de la posguerra, cuando se hizo evidente que ningún otro grupo había sufrido tal pérdida de influencia y de prestigio en razón de la desaparición de la monarquía en los Habsburgo.

Hannah Arendt, Los orígenes del totalitarismo, p. 66-67.

Introducción: la fascinación totalitaria por la muerte

Pero la diferencia específica remite necesariamente al hecho de la natalidad. Ella representa la capacidad de los hombres para empezar algo nuevo, para añadir algo propio al mundo, y ningún totalitarismo puede soportar esto. Morir significa separarse de la comunidad, aislarse, mientras que la natalidad simboliza (y constituye) ese acto inaugural, ese hacer aparecer por primera vez en público: “Los hombres, aunque han de morir, no han nacido para eso sino para comenzar”, se lee en este libro. Por eso no hay exageración en la tesis de que la lógica profunda de la sociedad totalitaria es la lógica del campo de concentración. El totalitarismo se aplica con tanta saña a suprimir la individualidad, porque con la pérdida de toda individualidad se pierde también toda posible espontaneidad o capacidad para empezar algo nuevo: desaparece cualquier sombra de iniciativa en el mundo. No tiene más secreto la fascinación totalitaria por la muerte.

Hannah Arendt, La condición humana, p. VIII-IX.

Introducción: el ser superfluo del totalitarismo

La conclusión de Arendt ya no es un juicio de intenciones: “El totalitarismo busca, no la dominación despótica sobre los hombres, sino un sistema en el que los hombres sean superfluos”.

Es por todo ello por lo que no incurre en el error, tranquilizador en el fondo, de considerar el nazismo –y a los nazis, por extensión- como una patología de la historia. Su opinión acerca de Eichmann resulta, a ese respecto, absolutamente inequívoca. En 1961 Hannah Arendt recibió de la revista americana The New York Times el encargo de informar sobre el proceso contra el dirigente nacionalsocialista. Su contacto personal con él no hizo otra cosa que reafirmar sus convicciones: “Me impresionó la manifiesta superficialidad del acusado, que hacía imposible vincular la incuestionable maldad de sus actos a ningún nivel más profundo de enraizamiento o motivación. Los actos fueron monstruosos, pero el responsable –al menos el responsable efectivo que estaba siendo juzgado- era totalmente corriente, del montón, ni demoníaco ni monstruosos”. Nada hay de sorprendente, ni mucho menos de provocador, en estas afirmaciones, que se limitan a ser mera aplicación de las categorías. Ese hombre del montón es un hombre de la masa, y la característica principal del hombre-masa no es la brutalidad y el atraso, sino su aislamiento y su falta de relaciones sociales.

Hannah Arendt, La condición humana, p. V-VI.

Introducción: el régimen de lo público

Porque uno de los rasgos del totalitarismo es justamente que en él todo se presenta como político: lo jurídico, lo económico, lo científico, lo pedagógico. De este rasgo se sigue en cierto modo un segundo: el totalitarismo aparece como un régimen en el que todas las cosas se tornan públicas. Ambos deben ser entendidos en su sentido fuerte, como desarrollo de la novedad enunciada. La experiencia en la que se funda el totalitarismo es la soledad. Soledad es ausencia de identidad, que sólo brota en la relación con los otros, con los demás. El totalitarismo se aplicará sistemáticamente a la destrucción de la vida privada, al desarraigo del hombre respecto al mundo, a la anulación de su sentido de pertenencia al mundo. A la profundización en la experiencia de la soledad.

Se entenderá ahora mejor uno de los reproches mayores que Hannah Arendt le dirige al totalitarismo, a saber, el de ser un individualismo gregario (“comprimidos los unos contra los otros, cada uno está absolutamente aislado de todos los demás”). La soledad, que hace referencia a la vida humana en conjunto, encuentra en la vida política totalitaria su complemento obligado en el aislamiento. La crítica del libro va dirigida específicamente contra la pretensión, propia de los movimientos totalitarios, de organizar a las masas. De ahí el matiz que se añade a continuación: “No a las clases, como los antiguos partidos de interés de la Naciones-Estados continentales; no a los ciudadanos con opiniones acerca de la gobernación de los asuntos públicos y con intereses en éstos, como los partidos de los países anglosajones”. Lo que define a las masas es precisamente ese ser puro número, mera agregación de personas incapaces de integrarse en ninguna organización basada en el interés común: “Las masas (…) carecen de esa clase específica de diferenciación que se expresa en objetivos limitados y obtenibles”.

Hannah Arendt, La condición humana, p. IV.

La autosugestión de la sociedad

La autosugestión era un elemento crucial en el proceso de condicionamiento totalitario. La adaptación a las formas de conducta exigidas se producían a menudo como anticipación de las órdenes oficiales, más que como consecuencia de ellas. Mientras el castigo aplicado a los delitos no estaba definido como tal por las leyes, ocurría que, en apariencia, los ciudadanos obedecían los mandatos del estado por su propia voluntad, pues lo que determinaba inmediatamente su conducto no era la promulgación de ninguna ukase sino su sensación de inquietud. Esta progresiva limitación de la autonomía individual podía imponerse con notable facilidad en una sociedad en una sociedad en la cual la propia estimación del individuo no deriva tanto de la sensación de libertad como de su función profesional o de su papel dentro de la familia. Este hecho contribuye también a explicar la preferencia de la nación por un buen gobierno (es decir: un gobierno eficaz) antes que por el autogobierno. Se daba, además, una carencia de anticuerpos capaces de resistir el contagio de la ideología nazi. La oposición habría necesitado una contra-ideología viable, más allá de la simple no aceptación de la doctrina corrientemente impuesta. Pero los recuerdos de la debacle republicana pesaban obsesivamente sobre todas las opiniones políticas; ni siquiera los socialdemócratas, situados ahora en la ilegalidad, se planteaban un retorno a los mecanismos de Weimar después de la eventual desaparición de Hitler.

Richard Grunberger, Historia social del III Reich, p. 34.

La crisis ideológica


Uno de los principales elementos de la crisis de entreguerras fue la irrupción de las fuerzas antisistema. Estas, como réplicas al modelo burgués, liberal y capitalista, al que consideraban inferior, socavaron las estructuras del liberalismo democrático. Sin embargo, no hemos de caer en el error de pensar que, en los países donde triunfó un modelo antisistema, fue únicamente ese grupo el que desgastó al liberalismo: la caída del sistema se debía a la actuación de todos los elementos antisistema.

La alternativa comunista. En contraposición al sistema democrático-liberal, el comunismo proponía el siguiente modelo:

– Frente al parlamento: democracia socialista de los soviets.

– Frente al capitalismo: planificación, socialización y centralización de los medios de producción.

– Frente a la burguesía: predominio del proletariado.

– Frente al idealismo artístico: realismo socialista predominante en el arte.

La alternativa fascista o nacionalsocialista. En contraposición al sistema democrático-liberal, el fascismo proponía el siguiente modelo:

– Frente al parlamento: imperio del ejecutivo.

– Frente al capitalismo: intervensionismo y corporativismo.

– Frente a la burguesía: comunidad nacional orgánica.

– Frente al idealismo artístico: vitalismo y exaltación del instinto.

Teorías sobre la quiebra de las democracias.

En un principió, muchos investigadores afirmaban que la clave de la quiebra de las democracias había que buscarla en el fascismo. E. Hobsbawm, principal defensor de esta postura, afirmaba que, al haber sido sustituidas por la derecha todas las democracias derrocadas en el periodo de entreguerras, el peligro vendría pues de ese lado. Además, señalaba que la operatividad soviética durante esos años era prácticamente inexistente porque:

– La Unión Soviética se encontraba aislada y centrada en sus importantes problemas internos.

– Las oleadas revolucionarias bolcheviques habían experimentado un notable retroceso desde 1921.

– Los movimientos marxistas socialdemócratas colaboraban con el sistema.

– Los movimientos específicos comunistas eran débiles y, en algunos países, se encontraban escindidos o prohibidos.

Más adelante fueron surgiendo una serie de teorías que culpaban al comunismo de la crisis del sistema liberal democrático. Estos veían el fascismo como una respuesta al comunismo surgida a partir del miedo a la expansión del bolchevismo.

Además, también fueron apareciendo teorías más moderadas, cuyo principal representante fue Linz. Éste afirma que la propia crisis de legitimidad experimentada por la democracia favoreció el desarrollo de los grupos antisistema. De esta manera, la subida al poder de uno de estos elementos no es la causa de la crisis, sino su manifestación.

Una vez expuestas las principales teorías en torno a la cuestión, procederemos a revisarlas, matizarlas y extraer nuestras conclusiones. En primer término, abordando la cuestión de la debilidad comunista, hemos de señalar que:

– No sólo afectó a Rusia, así que esta no es el único –si el principal- transmisor.

– El mero hecho de la existencia de una alternativa es, sin lugar a dudas, un factor de desestabilización para otros países, y especialmente los fronterizos.

– La Internacional comunista está presente en muchos países.

– Genera miedo en la sociedad capitalista, donde existe una gran confusión entre comunismo y socialismo.

En segundo lugar procederemos a limitar el papel jugado por el fascismo, a demostrar que se trató únicamente de un factor más:

– En las naciones donde existía una democracia estable apenas tuvo seguidores.

– Sólo llegaron al poder en Italia y Alemania; en otros países compartieron el poder.

– En ciertos regímenes autoritarios se receló del fascismo, que llegó incluso a ser perseguido.

– No es la única alternativa existente en la derecha, ya que existía también un conservadurismo tradicional y otro de corte corporativista. Si bien es verdad que estas tres variantes tenían muchos elementos comunes –eran contrarios a la revolución social posterior a 1914 y a las instituciones liberales; favorecían al ejército, a la policía y a los aparatos represivos; eran de carácter nacionalista- no es menos cierto que también existían diferencias –mientras que el fascismo buscaba destruir el sistema vigente, movilizar a las masas, llevar a cabo una revolución que mire al futuro…; los conservadurismos luchaban por una vuelta al pasado-.

Por tanto, siguiendo las directrices marcas por E. Nolte en La época del fascismo, podemos concluir afirmando que existían dos grandes grupos de ideología antisistema: el autoritarismo y el totalitarismo, dentro del cual encontraríamos al fascismo y al comunismo.

Por último, nos dejaremos guiar por Pomian en lo referente a la explicación de por qué cae la democracia. Según éste autor, a finales del siglo XIX existía ya una lucha por la legitimidad entre las instituciones democráticas y las tradicionales. Esta se intensificó a partir de 1914, finalizando la Gran Guerra con dos resultados: la consolidación de la democracia y la aparición de la alternativa comunista. De esta manera, a lo largo de los años veinte, se abrieron numerosas posibilidades: bien la erosión del sistema democrático, bien la del tradicional, o bien la de ambos. Esto condujo, según el caso, a tres soluciones: la democracia parlamentaria, las dictaduras autoritarias, y los regímenes totalitarios.

Los totalitarismos.

Los totalitarismos, tanto de izquierdas como de derechas, son fácilmente reconocibles por las siguientes características fundamentales:

– Una ideología específica y oficial que los inunda todo.

– Un sistema político basado en la supresión de todos los partidos menos el oficial –es decir, sistema de partido único-, el sometimiento del legislativo al ejecutivo, el culto a la personalidad del líder, y la movilización de las masas, especialmente las juveniles.

– Subordinación del individuo a la sociedad y al Estado, siendo éste último el encargado de adoctrinarle en la ideología oficial y reprimirle si fuera necesario.

– Un sistema económico controlado totalmente por el Estado, que se encarga de coordinar todos los elementos de la economía y expresar sus objetivos básicos mediante los planes de desarrollo.

Bibliografía:

[1] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[2] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson – Barcelona – Debate – 2007.

[3] El periodo de entreguerras en Europa; Martin Kitchen – Madrid – Alianza Editorial – 1992.

[4] Sociedad y cultura en la República de Weimar: el fracaso de una ilusión; José Ramón Díez Espinosa – Valladolid – Universidad – 1996.

[5] Los orígenes del totalitarismo; Hannah Arendt – Madrid – Alianza -2006.

[6] La época del fascismo; Ernst Nolte – Madrid – Península – 1967.

En torno al imperialismo

Artículo publicado por Historia en Presente el 24 de diciembre de 2008.


Con el inicio de las fiestas navideñas –mis mejores deseos para todos- me voy a permitir el lujo de establecer una analogía entre las jugueterías y la Historia Política. Mis disculpas a todos, porque esto no deja de ser más que una extravagancia literaria. No obstante, puedo asegurar que no es consecuencia del excesivo consumo de cava.

El imperialismo sería en la gran juguetería de la Historia uno de los productos estrella. Deseado y comprado en numerosas ocasiones por los “niños” de los más diversos orígenes: historiadores, políticos, periodistas, demagogos, solidarios, antisistema… El término “imperialismo”, ya sea en su sentido positivo o con tintes peyorativos, es de uso frecuente entre todos ellos (entre todos nosotros, porque yo también me incluyo).

Sin embargo ¿sabemos realmente lo que significa? ¿Somos niños caprichosos que utilizan sus juguetes únicamente el días después de Navidad o de Reyes? ¿Somos de esos que se divierten con el regalo un día y luego lo mandan al baúl de lo que “ya no nos gusta”? Cada uno de nosotros ha de plantearse qué entiende por imperialismo, que concepción tiene de este fenómeno. Porque, si lo tenemos claro, seremos como esos niños que, después de leer el manual de instrucciones, son capaces de disfrutar de su nuevo juguete durante años.

Todos aquellos que hayan sido capaces de aguantar mi infantilidad de los dos primeros párrafos descubrirán a partir de ahora a qué me he venido refiriendo. Los que se hayan quedado en el camino están justificados: en estas fechas hay cosas más importantes que hacer que leer semejantes tonterías. Sea como fuere, mi escritura se torna seria de aquí en adelante.

Sin embargo, no hemos de olvidar el punto de partida: el uso de la palabra “imperialismo” sin apenas conocer su significado.

Este será el primero de los artículos que dedique a la cuestión. Mi objetivo: debatir sobre este fenómeno tan importante en el desarrollo de nuestra Historia. Un compañero de viaje que, desde el siglo XIX, nos ha llevado a los europeos, entre otras cosas, a conquistar el mundo y a dos guerras fratricidas, y que actualmente sigue tejiendo, con sutileza, sus hilos en nuestro mundo globalizado…

El contenido de lo que sigue no es más que la consecuencia de numerosas lecturas, pero de una en particular: Los orígenes del totalitarismo de Hannah Arendt.

Corrientes de análisis sobre el fenómeno imperialista

En futuros artículos intentaré profundizar más en esta cuestión. De momento, permítanme citar, tan sólo, los cuatro aspectos en los que se agrupan las corrientes de análisis sobre el imperialismo:

  • El primero sitúa el énfasis en los aspectos económicos del imperialismo y comprende tanto la posición liberal como la marxista.
  • El segundo conecta el imperialismo con un complejo ideológico que vincula lo que supone que son actitudes básicas del ser humano, es decir, el afán de dominio y la lucha por la supervivencia sustentados por teorías sobre biología, superioridad racial, valores éticos y normas estéticas.
  • El tercero se asienta en consideraciones militares y estratégicas ligadas al conjunto de teorías y prácticas comprendidas bajo la noción de “geopolítica”.
  • El cuarto es puramente ideológico y cultural, y posee connotaciones de tipo mesiánico fundadas en creencias como el providencialismo político, la superioridad de una determinada civilización, la conversión religiosa…[7]

Algunas aproximaciones al concepto de “imperialismo”

El término “imperialismo” se presta a usos ambiguos y equívocos, en tanto que «se emplea a veces como calificativo de actitudes y actuaciones reales que muestran el espíritu de dominio que una determinada comunidad política ejerce sobre otra a la que a menudo ni siquiera reconoce como tal» [7].

Así, Edgard Said en Cultura e imperialismo lo definía como “la práctica, la teoría y las actitudes de un centro metropolitano dominante que rige un territorio distante”. Por su parte, Michael Doyle en Empires afirmaba que “el imperialismo es, sencillamente, el proceso o política de establecer o mantener un imperio”.

«El hecho de trascender la frontera nacionales originarias y el de imponerse a poblaciones que no aceptan voluntariamente tal soberanía son típicos de cualquier política imperialista. Una consecuencia de todo ello es la necesidad del uso de la fuerza por parte de la potencia imperialista, lo que da lugar a comprensibles resistencias y condenas morales. Sin embargo, el dominio no sólo se asegura con medios militares, políticos económicos y sociales, sino también con procedimientos ideológicos y culturales» [7]. A este y otros aspectos dedicaremos los próximos artículos.

Bibliografía.

[1] Historia Universal Contemporánea; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[2] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson – Barcelona – Debate – 2007.

[3] Postguerra. Una historia de Europa desde 1945; Tony Jutd– Madrid – Taurus – 2006.

[4] Historia del mundo actual; VVAA – Valladolid – Universidad – 2000.

[5] Los orígenes del totalitarismo; Hannah Arendt – Madrid – Alianza -2006.

[6] Historia de las relaciones internacionales; Charler Zorgbibe – Madrid – Alianza Universidad – 1994.

[7] Teoría breve de las relaciones internacionales, Paloma García Picazo – Madrid – Tecnos – 2004.