Europa y las patrias


En los siguientes fragmentos Robert Schuman defiende con gran habilidad la idea de que el constructo europeista no es contrario al patriotismo. Es más, el estadista francés asegura que la integración de las diversas naciones dentro de Europa tiende a reforzar su identidad particular; fomentado el desarrollo de cada una de ellas y de la federación en su conjunto. Se trata, pues, de mantener el equilibrio entre el sentimiento nacional y, como indica en el último párrafo, la solidaridad entre los pueblos. Se aprecia en estas líneas el origen alsaciano de Schuman; ese que le permitía ser ciudadano del mundo al tiempo que de su pequeño rincón geográfico.

La política europea, según nuestro pensamiento, no está en absoluto en contradicción con el ideal patriótico de cada uno de nosotros.

(…)

No somos, no seremos jamás negadores de la patria. Pero por encima de cada patria reconocemos cada vez con mayor claridad la existencia de un bien común, superior al interés nacional, ese bien común en el que se fundan y en el que se confunden los intereses individuales de nuestros países.

(…)

La ley de la solidaridad de los pueblos se impone a la conciencia contemporánea. Nos sentimos solidarios unos con otros en la conservación de la paz, en la defensa contra la agresión, en la lucha contra la miseria, en el respeto de los tratados, en la salvaguarda de la justicia y de la dignidad humana.

La Europa de la mundialización


En este quinto artículo dedicado al pensamiento de Robert Schuman recojo una cita del político francés que, a pesar de su brevedad, tiene una importancia vital y una actualidad sorprendente. A mi las palabras del Padre de Europa me recuerdan a ese asunto del que tanto se habla en Bruselas: cohesión. Lo que viene a decir, al fin y al cabo, es que la eliminación de las barreras -de mercancías, personas y capitales- dentro de la Unión ha de estar precedida por la armonía entre sus miembros. Esto evitará que la competencia de unos -los más desarrollados, fuertes y cualificados- ahogue a los otros. Y para lograr esto será necesario recurrir a la solidaridad fraternal de la que Schuman hablaba en anteriores fragmentos de estos discursos.

Son necesarias cláusulas de salvaguardia para limitar los riesgos, cuando se lanza uno a la prueba de una concurrencia nueva. Hay que igualar, armonizar las condiciones de producción, las legislaciones, la masa de salarios y de cargas, con el fin de que cada país participante esté en condiciones de soportar la libre confrontación con los otros. Toda comunidad viable exige que primero sean atenuadas , y si es posible eliminadas, las diferencias de situación, para que una industria o una producción, que ha dejado de estar resguardada por el anterior proteccionismo, no se encuentre en peligro de ser aplastada.

Europa, los Estados y las fronteras


La cuarta entrega de Por Europa se centra en las relaciones que han de regir la convivencia entre los Estados miembros de la Unión, y su dependencia con respecto a ella. Robert Schuman demuestra aquí una gran capacidad para reconocer las identidades regionales, pero defiende con fuerza que estas no deben impedir el desarrollo del proyecto común. No se trata de fusionar los Estados, de crear un súper estado. Nuestros Estados europeos son una realidad histórica; sería psicológicamente imposible hacerlos desaparecer. Su diversidad es incluso una muy feliz cosa.

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Las fronteras políticas nacieron de una evolución histórica y étnica respetable; no se puede pensar en borrarlas. En otras épocas eran desplanzadas por conquistas violentas o por matrimonios fructuosos. Hoy bastará con quitarles fuerza. Nuestras fronteras en Europa deberán ser cada vez menos una barrera en el intercambio de las ideas, de personas y de bienes. El sentimiento de solidaridad de las naciones tiunfará sobre los nacionalismos que hoy están superados.

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¡Pobres fronteras! Ya no pueden pretender ser inviolables, ni garantizar nuestra seguridad, nuestra independencia.

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Pero no seamos injustos con esas venerables fronteras; no son inservibles en este estado de cosas. No tienen la culpa si los inventos transtornan todas las nociones militares de defensa. Siguen teniendo su razón de ser, si saben reconocer el papel que en adelante será su misión en cierto modo espiritualizada. En vez de ser barreras que separan, tendrán que convertirse en líneas de contacto en las que se organizan y se intensifican los intercambios materiales y culturales; delimitarán las tareas particulares de cada país, las responsabilidades y las iniciativas que le sean propias, en el conjunto de problemas que están a caballo de las fronteras e incluso de los continentes y que hacen que todos los países sean solidarios unos con otros.

La Europa democrática y el cristianismo


Continuamos con el tercer artículo dedicado a la obra de Robert Schuman Por Europa. En esta ocasión, el político francés relaciona -a modo de causa-efecto- cristianismo y democracia.

Europa es la realización de una democracia generalizada en el sentido cristiano de la palabra.

La democracia debe su existencia al cristianismo. Nació el día en que el hombre fue llamado a realizar en su vida temporal la dignidad de la persona humana, en su libertad individual, en el respeto de los derechos de cada cual y por la práctica del amor fraterno con respecto a todos. Nunca, antes de Cristo, estas ideas habían sido formuladas. La democracia está así unida al cristianismo doctrinal y cronológicamente. Tomó cuerpo con él por etapas, a través de largos titubeos, a veces a precio de errores y recaídas en la barbarie.

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El cristianismo ha enseñado la igualdad de la naturaleza de todos los hombres, hijos de un mismo Dios, rescatados por el mismo Cristo, sin distinción de raza, de color, de clase y de profesión. Ha hecho que se reconozca la dignidad del trabajo y la obligación de todos a someterse a él. Ha reconocido la primacía de los valores interiores, los únicos que ennoblecen al hombre. La ley universal del amor y de la caridad ha hecho de todo hombre nuestro prójimo., y sobre ella se apoyan desde entonces las relaciones sociales del mundo cristiano. Toda esta enseñanza y las consecuencias prácticas que de ella se derivan revolucionaron el mundo.

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Si encontramos rasgos profundos de la idea cristiana en la vida política contemporánea, el cristianismo no por ello está ni debe estar infeudado en un régimen político, ni ser identificado con ninguna forma cualquiera de gobierno, aunque sea democrática. En este punto, igual que en otros, hay que distinguir el terreno del César y el de Dios. Estos dos poderes tienen cada uno responsabilidades propias. La Iglesia debe velar por el respeto de la ley natural y de las verdades reveladas. La tarea del hombre político responsable consiste en conciliar, en una síntesis a veces delicada pero necesaria, estos dos órdenes de consideración, el espiritual y el profano (…). No existe conflicto que no tenga solución entre los dos imperativos.

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La teocracia desconoce el principio de separación de los dos ámbitos. Endosa a la idea religiosa las responsabilidades que no son suyas. Bajo ese régimen, las divergencias del orden político corren el riesgo de degenerar en fanatismo religioso; la guerra santa es la expresión más temible de una explotación sangrienta del sentimiento religioso.

Desde el primer momento, Cristo estuvo en el extremo opuesto del fanatismo; aceptó ser su víctima más augusta. Esto significa que la civilización cristiana no debería ser el producto de una revolución violenta e inmediata, sino una transformación progresiva, bajo la acción de los grandes principios de caridad, de sacrificio y de humildad, que están en la base de la sociedad nueva.

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La democracia no se improvisa; Europa ha tardado más de un milenio de cristianismo en darle forma (…). Concluyo, con Bergson, que “la democracia es en esencia evangélica, porque tiene por motor el amor”.

La democracia será cristina o no será democracia. Una democracia anticristiana será una caricatura que naufragará en la tiranía o en la anarquía.

Unificación basada en la fraternidad cristiana


El segundo fragmento de Por Europa aborda la cuestión de la unificación europea desde un punto de vista cristiano. Esto no nos ha de llevar a construir una Unión exclusivamente cristiana; lejos esta eso de los planteamientos de Robert Schuman. Se trata simplemente de basar el nuevo edificio europeo en los valores universales de ese credo; y, más en concreto, levantar el proceso integrador sobre los cimientos de la fraternidad entre los pueblos.

Frente a las terribles amenazas que hacen pesar sobre la humanidad los progresos vertiginosos de una ciencia orgullosa, nos vemos llevados de nuevo a la ley cristiana de una noble pero humilde fraternidad. Y por una paradoja que nos sorprendería si no fuésemos cristianos –quizá inconscientemente cristianos-, tendemos la mano a nuestros enemigos de ayer no simplemente para perdonar, sino para construir juntos la Europa del mañana (…) que esa idea de una Europa reconciliada, unida y fuerte, sea desde ahora una contraseña para las jóvenes generaciones deseosas de servir a una humanidad por fin liberada del odio y del miedo, y que vuelve a aprender , después de largos desgarramientos, la fraternidad cristiana.

(…)

Hay que preparar a los espíritus para que acepten las soluciones europeas luchando en todas partes no solo contra las pretensiones de la hegemonía y de la creencia en la superioridad, sino también contra las estrecheces del nacionalismo político, del proteccionismo autárquico y del aislamiento cultural. Todas esas tendencias, que nos ha legado el pasado, han de ser substituidas por la noción de solidaridad, es decir, la convicción de que el verdadero interés de cada uno consiste en reconocer y aceptar en la práctica la interdependencia de todos. El egoísmo ya no compensa.

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Europa adquirirá un alma en la diversidad de sus cualidades y de sus aspiraciones; la unidad de las concepciones fundamentales se concilia con la pluralidad de las tradiciones y de las convicciones con la responsabilidad de las opciones personales. La Europa contemporánea deberá ser hecha de una coexistencia que no sea una simple aglomeración de naciones rivales, periódicamente hostiles, sino una comunidad de acción libremente concertada y organizada.

¿Por qué una Europa unificada?


Este escrito pertenece a una serie de artículos que voy a publicar sobre una obra de Robert Schuman. El libro se llama Por Europa, y recoge algunos discursos del fundador de la CECA agrupados por temas. Yo voy a reproducir en esta serie los fragmentos más significativos del mismo. Este primero aborda una cuestión fundamental: se plantea el porqué de una Europa unificada. Las respuestas se las dejo al político francés:

Los pueblos y los continentes dependen más que nunca unos de otros, tanto para la producción de bienes como para abastecimiento, tanto para el intercambio de los resultados de la investigación científica como para el de la mano de obra indispensable y de los medios de producción. La economía política se está transformando en una economía mundial.

Esta dependencia mutua tiene como consecuencia que la suerte feliz o desgracia de un pueblo no puede dejar indiferentes a los demás. Para un europeo que piensa, ya no es posible alegrarse con malicia maquiavélica del infortunio del vecino; todos están unidos para lo mejor y para lo peor en un común destino.

(…)

La Europa contemporánea, y cada uno de los países europeos, debe tener en cierto modo el instinto de esa interdependencia, vivir y trabajar en ese clima nuevo de confianza y de voluntad, en el que cada uno aporta a la comunidad lo máximo de lo que es conforme a su genio propio. Así es como Europa y Occidente podrán salvarse frente a las coaliciones hostiles que amenazan su civilización.

(…)

Después de dos guerras mundiales hemos acabado por reconocer que la mejor garantía para la nación no consiste ya en su espléndido aislamiento, ni en su fuerza propia, cualquiera que sea su poder, sino la solidaridad de las naciones que se sienten guiadas por un mismo espíritu y que aceptan las tareas comunes en un interés común.

¿Hasta dónde llega Europa?


En este último fragmento de discurso a los europeos, Robert Schuman expresa de forma breve las ideas fundamentales de su planteamiento, al tiempo que nos descubre sus esperanzas ante la futura Europa. La necesidad de construir una Unión basada en la democracia y los valores cristianos que la sustentan, la cuestión del Este, y la vocación reconciliadora de la Comunidad europea, son las cuestiones tratadas en esta “despedida”.

“Todos los países europeos han sido modelados por la civilización cristiana. Esa es el alma de Europa que hay que hacer que reviva. Todos esos países tienen vocación a unirse en la Comunidad europea, con la condición de que vivan bajo un régimen auténticamente democrático. Entonces podrán unirse a ella cuando quieran. En cuanto a los países de Europa central y oriental hoy privados de libertad por un régimen totalitario, se unirán a la Europa comunitaria, no lo dudemos, en cuanto puedan”.

“Que esta idea de una Europa reconciliada, unida y fuerte sea en adelante la consigna para las jóvenes generaciones deseosas de servir a una humanidad libre por fin del odio y del miedo, y que vuelve a aprender, después de demasiado largos desgarramientos, la fraternidad cristiana”.

Bibliografía:

[1] La Unión Europea: guiones para su enseñanza; Antonio Calonge Velázquez (Coord.) – Comares – Granada – 2004.

[2] El proceso de integración comunitario en marcha: de la CECA a los Tratados de Roma; Guillermo A. Pérez Sánchez – Comares – Granada – 2007.

[3] Por Europa; Robert Schuman – Encuentro – Madrid – 2006.

[4] Robert Schuman, padre de Europa (1886-1963); René Lejeune – Palabra – Madrid – 2000.

¿Una federación de Estados europeos? II


Los siguientes párrafos son una muestra más de ese afán de Robert Schuman por defender las identidades nacionales de los Estados miembros de la Unión. Europa no ha de absorver y unificar esas realidades históricas, sino edificar progresivamente a través de ellas un constructo de similares características.

“Europa no se hará en un día ni sin choques. Su edificación seguirá el camino de los espíritus. Nada perdurable se consigue con facilidad. Europa ya está en marcha. Y más allá de las instituciones existentes, la idea de Europa, el espíritu de solidaridad comunitaria, han echado raíces.

Esta idea “Europa” mostrará a todos las bases comunes de nuestra civilización; creará poco a poco unos lazos parecidos a los que en otro tiempo forjaron las patrias. Será la fuerza contra la que se quebrarán todos los obstáculos.

Sin embargo, no se trata de fusionar los Estados asociados, de crear un súper estado. Nuestros Estados europeos son una realidad histórica; sería imposible psicológicamente hacerlos desaparecer. Su diversidad es incluso una fortuna y no deseamos nivelarlos ni igualarlos. En nuestra idea, la política europea no contradice en absoluto el ideal patriótico de cada uno de nosotros”.

Bibliografía:

[1] La Unión Europea: guiones para su enseñanza; Antonio Calonge Velázquez (Coord.) – Comares – Granada – 2004.

[2] El proceso de integración comunitario en marcha: de la CECA a los Tratados de Roma; Guillermo A. Pérez Sánchez – Comares – Granada – 2007.

[3] Por Europa; Robert Schuman – Encuentro – Madrid – 2006.

[4] Robert Schuman, padre de Europa (1886-1963); René Lejeune – Palabra – Madrid – 2000.

¿Una federación de Estados europeos? I


En el sexto fragmento de este “Discurso a los europeos” Robert Schuman retoma el que desde el primer momento ha sido el hilo conductor de su exposición: ¿cómo ha de construirse la Unión? Tan solo la alusión al cristianismo y a la nación germánica han desviado al Padre de Europa de su línea argumental original. Podría pensarse que eso es fruto de su convicción cristiana y sus lazos con Alemania. Sin embargo, me inclino a pensar que es consecuencia de una reflexión profunda y objetiva tras la que Schuman descubre en la herencia cristiana y en la fortaleza alemana dos pilares fundamentales para este proyecto. Por tanto, más que desviarse del camino previsto, se ha detenido a aclarar algunos aspectos importantes.

Tanto en este fragmento como en el próximo que ofreceré, Schuman se plantea si es posible una federación de Estados europeos. Es decir, cuál ha de ser el camino hacia la plena cooperación y con qué urgencia ha de recorrerse. Una vez más se aprecia en las palabras de este estadista su ilusión por construir una Europa unida y solidaria, pero también su respeto a la soberanía y a las peculiaridades de cada una de las naciones que la componen y compondrán.

“La idea misma de un gobierno federal y la de un parlamento federal implicaría, a mi parecer, un poder de decisión mayoritario que ligara a los Estados federados. Estimo que eso sería quemar etapas, comprometerse prematura e imprudentemente por el camino de un desprendimiento de la soberanía nacional en puntos de importancia esencial. Correríamos el riesgo de repetir la experiencia de la C.E.D. (Comunidad Europea de Defensa) con sus decepciones y retrocesos.

El medio más seguro de precavernos contra los riesgos de guerra y servidumbre será nuestra cohesión colectiva en todas las cosas, económica, política y militar. La cooperación estrecha que se instaurará en la Comunidad europea nos llevará a considerarlo todo desde el ángulo del interés y de la responsabilidad compartidas. Nos acostumbraremos a examinarlo todo ya no desde el punto de vista estrictamente nacional. No descuidaremos ciertamente las consideraciones nacionales, pero nos las encontraremos igual y necesariamente bajo un aspecto colectivo. Las incorporaremos junto con otras en una interdependencia recíproca. Así pues, será necesario, a partir de lo nacional, situarse en un conjunto en el que todo deberá acabar por unirse y completarse.

Tendremos que aprender a aprender y a comprender el punto de vista particular de nuestro asociado, igual que este hará el mismo esfuerzo con respecto a nosotros.

De esta manera, la política exterior ya no será la yuxtaposición de antagonismos que se enfrentan, sino la conciliación amigable y preventiva de divergencias que existen, que se reconocen y se discuten sin enconarse. Las experiencias que hemos realizado en las relaciones entre Francia y Alemania bastan para darnos optimismo y confianza”.

Bibliografía:

[1] La Unión Europea: guiones para su enseñanza; Antonio Calonge Velázquez (Coord.) – Comares – Granada – 2004.

[2] El proceso de integración comunitario en marcha: de la CECA a los Tratados de Roma; Guillermo A. Pérez Sánchez – Comares – Granada – 2007.

[3] Por Europa; Robert Schuman – Encuentro – Madrid – 2006.

[4] Robert Schuman, padre de Europa (1886-1963); René Lejeune – Palabra – Madrid – 2000.

La cuestión alemana


En este repaso a los discursos que, desde la primavera de 1953, pronunció Robert Schuman no podía faltar la referencia a Alemania. Esa pieza clave de la futura Unión fue en su día la nación –por lo menos legalmente- del Padre de Europa, que siempre se consideró galo de la Lorena. Sin embargo, su admiración por la nación germánica y sus deseos de paz hacia ella distaban mucho de los sentimientos de otros franceses de la época. Esa fe en el papel de Alemania empapa las siguientes líneas, en las que Schuman habla de un Estado que casualmente, a día de hoy, ha tomado el timón de Europa.

“Cuando, después de la guerra, pusimos los primeros jalones de la política europea, todos los que participaron en ello estaban convencidos de que el entendimiento, la cooperación, entre Alemania y Francia era para Europa el problema capital, que sin Alemania, igual que sin Francia, sería imposible edificar Europa.

Alemania nunca fue más peligrosa que cuando se aislaba, fiándose de sus propias fuerzas y de sus cualidades, que son grandes, embriagándose en cierto modo con su superioridad, sobre todo frente a las flaquezas de los demás. Alemania tiene más que cualquiera el sentido de comunidad; en el seno de la Europa unida podrá desempeñar plenamente su papel”.

Bibliografía:

[1] La Unión Europea: guiones para su enseñanza; Antonio Calonge Velázquez (Coord.) – Comares – Granada – 2004.

[2] El proceso de integración comunitario en marcha: de la CECA a los Tratados de Roma; Guillermo A. Pérez Sánchez – Comares – Granada – 2007.

[3] Por Europa; Robert Schuman – Encuentro – Madrid – 2006.

[4] Robert Schuman, padre de Europa (1886-1963); René Lejeune – Palabra – Madrid – 2000.