Tercera hoja de la Rosa Blanca II


Como anuncié en la introducción de la primera parte de esta hoja, en el segundo fragmento de la misma los autores señalan cómo se ha de desarrollar la oposición ciudadana al régimen nacionalsocialista. La respuesta se llama resistencia pasiva, y tiene bastante de sabotaje en tanto que el objetivo último de esta ha de ser acelerar la derrota del III Reich en la guerra. Para ello piden una colaboración masiva en todos los campos productivos y de la administración estatal, ya que sólo ese carácter masivo podría acabar con el régimen. En el fondo están convocando un especie de huelga general clandestina (si fuera manifiesta conllevaría la represión de los participantes). El escrito termina con una cita de Aristóteles muy sugerente. La resumo: los tiranos duplican el trabajo de sus súbditos para evitar que estos tengan tiempo de conspirar; les hacen pasar necesidad e incluso declaran guerras.

Muchos, quizá la mayoría de los lectores de estas hojas, no saben cómo pueden ejercer la resistencia. No ven la posibilidad de hacerlo. Nosotros vamos a intentar explicarles cómo cada persona individual está en condiciones de contribuir a derribar este sistema. No mediante una enemistad individualista al modo de una amarga vida anacoreta será posible preparar el terreno para derrocar a este “gobierno” o para conseguir que su caída se consiga lo antes posible, sino mediante la colaboración de muchas personas convencidas y que colaboren activamente. Personas que están de acuerdo sobre los medios con los que pueden alcanzar su objetivo. No disponemos de una amplia selección de dichos medios; sólo tenemos uno a nuestro alcance: la resistencia pasiva.

El sentido y el objetivo de esta resistencia es conseguir que caiga el nacionalsocialismo. Y en esta lucha no se puede retroceder ante ninguna posibilidad, ante ninguna actuación, estén donde estén. Hay que atacar al nacionalsocialismo en todos los lugares donde es vulnerable. Hay que conseguir terminar cuanto antes con este Estado ilegítimo: una victoria de la Alemania fascista en esta guerra tendría consecuencias incalculables y terribles. La preocupación de cada alemán no ha de ser la victoria militar sobre el bolchevismo, sino la derrota del nacionalsocialismo. Esto ha de encontrarse necesariamente en primer lugar. La necesidad de esta última exigencia se la demostraremos en nuestras próximas hojas.

Ahora, todo enemigo del nacionalsocialismo ha de plantearse la siguiente pregunta: ¿cómo puede luchar de modo más eficaz contra el actual “Estado”; cómo puede darle los golpes que más le afecten? Mediante la resistencia pasiva, sin lugar a dudas. Está claro que es imposible dar directrices para el comportamiento de cada persona individual; sólo podemos hacer alusiones generales; el camino concreto a la realización lo tiene que encontrar cada uno.

Sabotaje en las fábricas de armamento y otros productos bélicos, sabotaje en todas las reuniones, manifestaciones, celebraciones y organizaciones creadas por el partido nacionalsocialista. Impedir que funcione sin fricciones la maquinaria de la guerra (una maquinaria que sólo funciona para una guerra en la que se trata únicamente de salvar y mantener el partido nacionalsocilista y su dictadura). Sabotaje en todos los campos científicos e intelectuales, que permiten continuar la guerra, ya sea en las universidades, escuelas superiores, laboratorios, centros de investigación u oficinas técnicas. Sabotaje en todos los actos de índole cultural, que puedan elevar el “prestigio” de los fascistas en el pueblo. Sabotaje en todas las ramas de las artes plásticas, que estén en ralación con el nacionalsocialismo y a su servicio. Sabotaje en todo lo que se escriba, en los periódicos que estén a sueldo del “gobierno”, que luchen por sus ideas, por la difusión de la mentira nazi. No deis ni un céntimo en las cuestiones públicas (ni siquiera bajo la apariencia de tratarse de fines caritativos, pues se trata de un camuflaje). En realidad, no se benefician de ellas ni la Cruz Roja ni los necesitados. El gobierno no necesita ese dinero, no tiene necesidad económica de esas cuestiones, pues las máquinas impresoras siguen acuñando tanto dinero como se necesite; pero el pueblo ha de ser mantenido continuamente en tensión; no se debe rebajar la presión del candado. No deis nada cuando se recolecte metal, tejidos o cualquier otra cosa. Dirigíos también a todas las personas que conozcáis en las capas bajas para convencerlas del desatino de que continúe esta guerra, de su initualidad, de la esclavitud intelectual y económica que supone el nacionalsocialismo, de la desestructuración de los valores éticos y religiosos, y lograd que ejerzan resistencia pasiva.

Aristóteles, “Sobre la política”: “…de la sustancia de la tiranía forma parte buscar que ni permanezca oculto nada de lo que dice o hace un súbdito, sino que por doquier haya espías que le escuchen… sembrar la discordia y la calumnia entre los ciudadanos; poner en pugna unos amigos con otros, irritar al pueblo contra las altas clases que se procura tener desunidas. A todos estos medios se une otro procedimiento de la tiranía, que es empobrecedor a los súbditos, para que por una parte no le cueste nada sostener su guardia, y por otra, ocupados aquellos en procurarse los medios diarios de subsistencia, no tengan tiempo para conspirar… Puede considerarse como un medio análogo el sistema de impuestos que regía en Siracusa: en cinco años, Dionisio absorbía mediante el impuesto el valor de todas las propiedades. También el tirano hace la guerra para tener en actividad a sus súbditos…”

¡Por favor, reproduzca y difunda la hoja!

Bibliografía:

[1] La Rosa Blanca. Los estudiantes que se alzaron contra Hitler; José M. García Pelegrín – Madrid – LibrosLibres – 2006.

Tercera hoja de la Rosa Blanca


Iniciamos ahora el repaso a la tercera hoja de la Rosa Blanca. En ella nos encontramos, en primer lugar, con los requisitos que ha de cumplir un Estado para ser bueno y ganarse así el respeto y obediencia de sus ciudadanos. Los jóvenes autores dejan claro desde el inicio que no van a entrar al debate sobre las diferentes formas de Estado; tan sólo exigen de este que respete los derechos del individuo y cree las condiciones necesarias para el desarrollo de sus ciudadanos. Tampoco se detienen a explicar las razones por las que el régimen de Hitler no cumple esos requisitos; les parece evidente (y a mi también). Por último, instan al pueblo alemán a rebelarse contra ese Estado malvado que gobierna Alemania; buscan despertarlos de su sueño de miedo e indiferencia. En la segunda parte de esta hoja explicarán cómo.

“salus publica suprema lex”

Todas las formas ideales del Estado son utopías. Un Estado no puede construirse de un modo puramente teórico, sino que ha de crecer y madurar como cada persona individual. Pero no se debe olvidar que al comienzo de cada cultura había una forma previa al Estado. La familia es tan antigua como el hombre mismo y, partiende de esa convivencia primigenia, el hombre racional ha creado un Estado cuyo fundamento es la justicia y cuya ley suprema es el bienestar de todos. El Estado ha de representar una analogía al orden divino; la mayor de todas las utopías, la “civitas Dei”, es el modelo al que en último término ha de acercarse. aquí no queremos emitir un juicio sobre las diferentes formas posibles de Estado: la democracia, la monarquía constitucional, la monarquía, etc. Sólo un aspecto ha de ser resaltado inequivoca y claramente: toda persona individual tiene derecho a un Estado operativo y justo, que asegure tanto la libertad del individuo como el bienestar de la comunidad. Pues según la voluntad de Dios, el hombre debe buscar libre e independientemente, en la convivencia y la cooperación de la comunidad estatal, su fin natural, su felicidad terrena.

Nuestro “Estado” actual es la dictadura del mal. “Esto lo sabemos desde hace tiempo ya –te oigo objetar- y no necesitamos que nos lo vuelvan a repetir aquí”. Pero, te pregunto: si ya lo sabéis ¿por qué no reaccionáis, por qué permitís que los que detentan el poder se adueñen paso a paso, abiertamente o de modo oculto, de un dominio de vuestro derecho tras otro, hasta que un día no quede nada, pero absolutamente nada más que el engranaje mecanizado del Estado, mandado por criminales y borrachos? ¿Ha sucumbido vuestro espíritu a la violación de tal modo que olvidáis que destruir este sistema no sólo es vuestro derecho, sino vuestra obligación moral? Cuando una persona no tiene ya la fuerza para reclamar su derecho, entonces sucumbirá necesariamente. Nos mereceríamos ser dispersados por todo el mundo, como el polvo por el viento, si en esta última hora no nos alzáramos y no tuviéramos por fin la valentía de la que hemos carecido desde entonces ¡No ocultéis vuestra cobardía bajo el manto de la prudencia! Pues cada día que esperáis y no resistís a este engendro del infierno crece vuestra culpa según una curva parabólica, cada vez más y más.

Bibliografía:

[1] La Rosa Blanca. Los estudiantes que se alzaron contra Hitler; José M. García Pelegrín – Madrid – LibrosLibres – 2006.

Segunda hoja de la Rosa Blanca II


El final de esta segunda hoja de la Rosa Blanca comienza denunciando ante el pueblo alemán los delitos que cometía su propio gobierno contra la población judía y no judía de los territorios ocupados. A continuación critica la complicidad de los alemanes al tiempo que les incita a limpiar su culpa rebelándose contra el régimen que sustentan. Por último nos encontramos con una serie de citas de Lao Tse que guardan cierta relación con el escrito.

En esta hoja no queremos hablar de la cuestión judía; no deseamos escribir ninguna defensa. No, sólo como ejemplo queremos incluir el hecho de que desde la conquista de Polonia han sido asesinados bestialmente trescientos mil judíos en ese país. n esto comprobamos el horrible crimen contra la dignidad de la persona humana, que no tiene parangón en la historia de la Humanidad. También los judíos son seres humanos –se piense como se piense sobre la cuestión judía- y esto se ha hecho contra seres humanos. Quizá alguien diga que los judíos se merecían ese destino; esa afirmación sería una arrogancia inaudita; pero suponiendo que alguien lo dijera, ¿qué opinaría sobre el hecho de que toda la juventud noble polaca hubiese sido aniquilada (¡Dios quiera que todavía no lo haya sido!)?

¿De qué modo, preguntarán, se ha hecho? ¡Todos los descendientes masculinos de las familias nobles, de entre 15 y 20 años, han sido deportados a campos de concentración a Alemania, para hacer trabajos forzados, y todas las chicas de la misma edad a Noruega, a burdeles de la SS! ¿Para qué mencionar todo esto, si ya lo conocen ustedes, y si no estos, sí otros crímenes de la misma gravedad perpetrados por esos horribles infrahombres? Porque se trata de una cuestión que nos afecta profundamente a todos y que nos tiene que dar que pensar a todos ¿Por qué se comporta tan apaticamente el pueblo alemán frente a todos esos crímenes horrendos e inhumanos? Prácticamente nadie reflexiona sobre esto. Se acepta como un hecho y se olvida. De nuevo, el pueblo alemán duerme un sueño estúpido y sordo, y anima y da ocasión a los criminales fascistas a seguir actuando… y lo siguen haciendo ¿Será esto un signo de que los alemanes se han embrutecido en sus sentimientos humanos más primitivos, de que en ellos no se despierta ningún sentimiento frente a tales hechos, que han caído en un sueño letal, del que ya no hay despertar, nunca más? Así parece que lo será ciertamente si el alemán no despierta por fin de esa indiferencia; si no protesta allí donde pueda, contra esa camarilla de criminales, si no tiene compasión con esos cientos de miles de víctimas. Y ha de sentir no sólo compasión, sino mucho más: complicidad, pues con su apático comportamiento da a esos personajes turbios la posibilidad de actuar, soportar ese “gobierno” que ha cargado sobre sí una culpa infinita; ¡él mismo es culpable de que pudieran cometerse esos crímenes! Cada uno desea liberarse de esa complicidad, cada uno lo hace y vuelve a dormir con la conciencia más tranquila del mundo. Pero no puede absolverse, ¡cada uno es culpable, culpable, culpable! Sin embargo aún no es demasiado tarde para desembarazarse de este gobierno, el más abominable, para no cargar aún más culpa sobre si mismo. Ahora, después de que en los últimos años se nos han abierto completamente los ojos, ahora que sabemos con quiénes tratamos, ahora ha llegado el momento de aniquilar esa banda. Hasta el estallido de la guerra, la gran mayoría del pueblo alemán estaba cegada; los nacionalsocialistas no mostraron su verdadera figura; pero ahora, que se les ha reconocido, el deber único y más alto, el deber sagrado de todo alemán ha de ser aniquilar a esas bestias.

“Cuando el gobierno no se inmiscuye,
el pueblo es diligente.
Cuando el gobierno es activo,
el pueblo es indolente.
La desgracia reposa en la dicha,
y la dicha reposa en la desgracia.
¿A dónde llevaré esto?
El final no se aprecia.
La rectitud degenera en estravagancia
y la bondad en monstruosidad.
El pueblo queda confundido.
Mucho tiempo hace que el hombre se engaña por esto.
Así, el sabio es recto pero no tajante, anguloso pero no hiriente,
firme pero no insolente, claro pero no deslumbra”.

Lao-Tse

“Quien intenta dominar el reino y configurarlo de acuerdo con su arbitriariedad; le veo no conseguir su objetivo; eso es todo.

El reino es un organismo vivo; ¡en verdad, no se puede ser hecho! Quien quiere hacerlo lo echa a perder; quien quiere adueñarse de él, lo pierde.

Por tanto: “De los seres, algunos van por delante, otros les siguen; algunos respiran caliente, otro frío; unos son fuertes, otros débiles; algunos consiguen la plenitud, otros sucumben.

El alto hombre abandona la exageración, abandona la soberbia, abandona el abuso”.

Lao Tse

Le rogamos haga de este escrito el mayor número de copias posible y las difunda.

Bibliografía:

[1] La Rosa Blanca. Los estudiantes que se alzaron contra Hitler; José M. García Pelegrín – Madrid – LibrosLibres – 2006.

Segunda hoja de la Rosa Blanca


Transcribo a continuación el primero de los dos fragmentos que he seleccionado en la segunda hoja de la Rosa Blanca, organización muniquesa de estudiantes universitarios contrarios al régimen nacionalsocialista. En esta ocasión los autores resaltan dos aspectos del NSDAP: la utilización constante de la mentira, y su gran éxito a la hora de dividir a sus enemigos. En lo que se refiere a esta última cuestión, hemos de señalar que se encuentra también recogida en las memorias y diarios de otras personas que vivieron aquellos hechos. En concreto, Sebastian Haffner habla en Historia de un alemán de la “época de las desapariciones”. Los jóvenes de la Rosa Blanca ven necesario, fundamental, recuperar la conexión -”encontrarse mutuamente”- entre los grupos opuestos a Hitler para, al final, privarle del poder que desde enero de 1933 había ido concentrando.

Con el nacionalsocialismo no se puede debatir intelectualmente, porque es anti-intelectual. Es erróneo hablar de la ideología nacionalsocialista, pues si esta existiera, habría que intentar demostrarla o combatirla con medios intelectuales. Pero la realidad nos muestra una imagen distinta: ya desde su primer germen, ese movimiento se construía sobre un fraude, ya desde entonces presentaba descomposición en su interior y sólo se podía salvar mediante la mentira continua. El mismo Hitler, en una edición temprana de su libro (un libro escrito en el peor alemán que jamás he leído; y sin embargo ha sido elevado al carácter de Biblia por el pueblo de los escritores y pensadores): “Es increíble cómo hay que engañar a un pueblo para gobernarlo”. Si, en sus comienzos, este cáncer del pueblo no se hizo notar demasiado, sólo fue porque aún había suficientes fuerzas capaces de contenerlo. Sin embargo, conforme fue creciendo y llegó al final al poder mediante una corrupción vil, se desató el cáncer y afectó a todo el cuerpo; la mayoría de los antiguos enemigos se ocultó, la inteligencia alemana se escondió bajo tierra para ahogarse paulatinamente, oculta a la luz del día.

Ahora lo importante es encontrarse mutuamente, informar uno a uno y no cejar hasta que el último se haya convencido de la necesidad de luchar contra ese sistema. Si, así, se extiende una oleada de protesta por el país, si “está en el ambiente”, si muchos colaboran, entonces será posible deshacerse de este sistema, con un último y potente esfuerzo. Un final espantoso es peor que un espanto sin fin.

No nos es dado emitir un juicio sobre el sentido de nuestra historia. Sin embargo, si queremos que la catástrofe sirva para el bien, sólo podrá serlo de este modo: siendo purificados por el sufrimiento, anhelando la luz en la noche más profunda, alzándose para ayudar por fin a quitarnos este yugo que está subyugando al mundo.

Bibliografía:

[1] La Rosa Blanca. Los estudiantes que se alzaron contra Hitler; José M. García Pelegrín – Madrid – LibrosLibres – 2006.

Primera hoja de la Rosa blanca II


Ahí va el segundo, y último, fragmento de la primera hoja de la Rosa Blanca. En los próximos días comenzaré con el siguiente escrito de este grupo de jóvenes contrarios al régimen nacionalsocialista en la Alemania de 1943. Recuerden que mis comentarios al texto van subrayados y en cursiva.

Si cada uno espera hasta que sea otro quien comience, los mensajeros de la vengadora Némesis no podrán detenerse y se acercarán cada vez más; entonces se echará hasta la última víctima sin sentido en las fauces de un demonio insaciable. Por eso, cada uno ha de ser consciente de su responsabilidad como miembro de la cultura cristiana occidental y como tal ha de luchar, cada uno, tanto como pueda contra ese azote de la Humanidad que es el fascismo y todo sistema de Estado absoluto similar.

En numerosos momentos de este y otros escritos se pueden apreciar las convicciones cristianas -protestantes y católicas- de los miembros de la Rosa Blaca. Es curioso que, al igual que Robert Schuman, defendían una Europa unida basada en los valores cristianos en tanto que estos son el germen de la democracia actual. Oponed resistencia pasiva –resistencia- allí donde estéis; evitad que continúe la maquinaria atea de la guerra, antes de que sea demasiado tarde, antes de que hasta la última ciudad haya quedado reducida a ruinas como Colonia y antes de que la última juventud del pueblo se haya desangrado en algún lugar por la soberbia de un infrahombre ¡No olvidéis que cada pueblo se merece el gobierno que soporta! Cuestiones como la resistencia pasiva o el genocidio de la juventud alemana en los campos de batalla serán desarroladas en las hojas posteriores por los miembros de este grupo opositor.

De Friedrich Schiller, “Las leyes de Licurgo y Solón”:

“…contra su propio objetivo, las leyes de Licurgo son una obra maestra de la política y de la antropología. Pretendía un Estado poderoso, fundado sobre sí mismo e indestructible; la fuerza política y la estabilidad eran el objetivo que busca; alcanzó ese objetivo tanto como lo permitieron las circunstancias. Sin embargo, si se compara el objetivo que se propuso Licurgo con el objetivo de la Humanidad, la admiración que despierta una primera mirada ha de dejar paso a la reprobación. Al Estado todo se ha de sacrificar, con excepción de una cosa, aquello a lo que el Estado sirve como medio. Este modelo es imagen perfecta del Estado nacionalsocialista o de cualquier otro régimen totalitario. Nos describe un Estado cuyo fin último es su propio desarrollo, no el de los ciudadanos para los cuales fue constituido. Los constructos políticos -tal como indica Schiller, y como manifestarán los miembros de la Rosa Blanca en otros de sus escritos- tienen como único fin el desarrollo de los individuos; si esto no se cumple, entonces es injusto y debe ser destruido. El Estado nunca es fin, sólo es importante como condición en la que se puede cumplir el objetivo de la Humanidad, y ese objetivo de la Humanidad no es otro que desarrollar todas las fuerzas del hombre, que es el progreso. Si la constitución de un Estado impide que se desarrollen las fuerzas que hay en el hombre, si impide el progreso del espíritu, entonces es reprobable y dañina, por muy ponderada que esté por los demás, por muy perfecta que sea en su especie. Su estabilidad se convierte más en un reproche que en honor, pues tan sólo es la continuación del mal: cuanto más dure tanto más dañina será.

(…)

A costa de todos los sentimientos morales se obtuvo el mérito político y se formó la capacidad para ello. En Esparta no había amor conyugal ni amor materno, ni amor filial ni amistad; no había otra cosa que ciudadanos, que virtud ciudadana.

(…)

Una ley del Estado convertía en obligación, para los espartanos, la inhumanidad frente a los esclavos; en esos sacrificios desgraciados se insultó y maltrató a la Humanidad. En la ley espartana se predicó el peligroso principio de considerar a los seres humanos como medio y no como fin, con lo que se agrietaron los fundamentos del Derecho Natural y de la moralidad.

(…)

¡Qué bello espectáculo ofrece el rudo guerrero Cayo Marcio en su campamento situado ante Roma, que sacrifica la venganza y la victoria, porque no puede ver correr las lágrimas de la madre!

(…)

El Estado (de Licurgo) sólo podía mantenerse bajo una única condición: que se paralizara el espíritu del pueblo; es decir, sólo se podía conservar errando el más alto y único fin del Estado”.

De Goethe, “El despertar de Epimenides”, segundo acto, cuarta escena:

“Genios…

Pero lo que ha salido osadamente del abismo

puede dominar a medio universo

gracias a su destino de hierro.

Ha de volver al abismo.

Ya amenaza un temblor tremendo,

¡en vano logrará imponerse!

Y todos los que están unidos a él

han de quedar aniquilados con él.

Esperanza

ahora me encuentro con mis bravos,

que se han reunido en la noche,

para callar, no para dormir,

y la bella palabra de la libertad

se susurra y se balbucea,

hasta que en una novedad desusada

en los peldaños de nuestros templos

de nuevo gritemos, extasiados:

(con convencimiento, fuerte)

¡Libertad!

(más moderado):

¡Libertad!

(un eco, de todos lugares):

¡Libertad!”

Le rogamos que hagan cuantas copias puedan de este escrito y las difundan.

Bibliografía:

[1] La Rosa Blanca. Los estudiantes que se alzaron contra Hitler; José M. García Pelegrín – Madrid – LibrosLibres – 2006.

Primera hoja de la Rosa Blanca


Abro otra nueva brecha en la temática de este blog; en concreto en lo referente a la Historia de Alemania. Se trata de la publicación, con algún que otro comentario -en cursiva y subrayado-, de las hojas de la Rosa Blanca. Esta organización de estudiantes que se opuso al régimen nazi es un buen ejemplo de actuación contra el totalitarismo desde la propia sociedad civil. En cierto modo guarda cierta relación con la oposición interior a los regímenes comunistas de la Europa del Este. Les dejo con el primer fragmento:

Nada es más indigno para un pueblo civilizado que dejarse “gobernar”, sin oponer resistencia, por una camarilla irresponsable que se deja llevar por sus bajos instintos ¿No es cierto que, hoy en día, todo alemán honrado se avergüenza de su gobierno? ¿Quién alcanza a vislumbrar el alcance de la ignominia que sobrevendrá sobre nosotros y sobre nuestros hijos, cuando haya caído la venda de nuestros ojos y salgan a la luz los horrendos crímenes que superan toda medida? Si el pueblo alemán está ya tan corrompido y descompuesto en su interior que, sin mover una mano, y por una temeraria confianza en las equivocadas leyes de la historia, abandona lo más alto que posee el hombre, lo que lo alza por encima de las demás criaturas: su voluntad libre de injerir en la rueda de la historia y someterla a su decisión racional, si los alemanes –exentos de toda individualidad- se han convertido en una masa sin espíritu y cobarde, entonces se merecen el hundimiento.

Al llegar a este punto es inevitable relacionar esta última palabra con el título de una obra de Joaquim Fest llevada recientemente al cine: “El hundimiento”. Desde luego, los jóvenes miembros de la Rosa Blanca no imaginaban el final atroz del III Reich tal como lo había planeado Hitler si salía derrotado en la II Guerra Mundial. Sin embargo, fue el propio dictador el que afirmó que el pueblo alemán merecería ese destino si no triunfaba en el conflicto, si no demostraba ser superior a sus enemigos eslavos. Es más, una vez fue consciente de que la victoria era imposible, se aseguró de que el hundimiento de Alemania fuera total.

Goethe denominaba a los alemanes un pueblo trágico, similar al judío y al griego; pero hoy parece que se han convertido en un rebaño de secuaces, superficial y sin voluntad, a quienes les han quitado hasta los tuétanos; faltos de núcleo, están dispuestos a arrastrarse al hundimiento. Parece… pero no es así; antes bien, como fruto de una violación lenta mentirosa y sistemática, cada persona ha sido recluida en una cárcel inmaterial; sólo cuando se ha visto encadenada, ha sido consciente de la perdición. Esa cárcel inmaterial, tan típica de los sistemas totalitarios, se encontraría reflejada también en las obras como la de Victor Kemplerer, Sebastian Haffner y Stefan Zweig entre otros. Pocos han reconocido la amenaza de la corrupción, y el premio por sus advertencias heroicas ha sido la muerte. Sobre el destino de esas personas habrá que hablar aún.

Bibliografía:

[1] La Rosa Blanca. Los estudiantes que se alzaron contra Hitler; José M. García Pelegrín – Madrid – LibrosLibres – 2006.

1923-1939: la vendetta alemana

 Artículo publicado por la web Club Lorem Ipsum el 30 de marzo de 2007.


Sebastian Haffner escribió en su juventud que nada había envenenado tanto el alma de los alemanes como los sucesos del año 1923. El berlinés afirmaba que ninguna nación del mundo había experimentado un acontecimiento equivalente: “todas han vivido una Guerra Mundial, la mayoría también revoluciones, crisis sociales, huelgas, reclasificaciones de bienes y devaluaciones de la moneda. Sin embargo, ninguna ha experimentado el desbordamiento fantástico y grotesco de todo eso a la vez (…) esa danza de la muerte carnavalesca y gigante, esa saturnal eterna, sangrienta y grotesca, en la que no sólo se devaluó la moneda, sino todos los demás valores”.

El llamado “año inhumano” ha quedado reflejado también en obras de otros literatos, periodistas e historiadores como si se tratase de un acontecimiento demente a la par que clave en la experiencia vital del género humano. No obstante, sólo en los escritos de este alemán he encontrado una conclusión tan certera y lanzada con tanta decisión:

“El año 1923 preparó a Alemania no para el nazismo en particular, sino para cualquier aventura fantástica”.

Para entender qué sucedió en Alemania en el año 1923 hay que remontarse a los días de la Gran Guerra (1914-1918). Durante casi un lustro el II Reich luchó hasta la extenuación en un conflicto que difícilmente podía ganar. La decepción de la derrota, la penosa situación en la que se encontraba el país tras la contienda y las duras sanciones impuestas por los vencedores lastraron el desarrollo del sistema republicano nacido en noviembre de 1918.

Sin embargo, la situación germana fue mejorando en los siguientes años: la nación, aunque todavía envenenada interiormente por el amargo fruto de la derrota, parecía tender a estabilizarse. Todo hubiera seguido su rumbo ascendente si Francia, celosa defensora de sus intereses, no hubiera decidido intervenir nuevamente en los asuntos alemanes.

La IV República, necesitada de fondos para salir de una crisis de posguerra que también afectó a los vencedores, exigía al Estado germano el pago de las indemnizaciones atrasadas. La negativa alemana a saldar esa ingente deuda tuvo como respuesta la invasión de la región industrial del Ruhr por parte de los franceses. Fue entonces cuando los obreros germanos de esa comarca se declararon en huelga. Se produjeron disturbios y enfrentamientos entre el ejército ocupante y los huelguistas que se saldaron con varios muertos.

La maquinaria industrial alemana se paró y la economía se fue al traste. Al mismo tiempo la moneda se desplomaba en un proceso inflacionista sin precedente en la Historia.

Los ahorros de los ciudadanos perdían todo su valor, y los precios aumentaban con el paso de las horas. En Alemania se vivieron días de auténtica locura, pero no faltaron los que, con cierta dosis de audacia y pocos escrúpulos, aprovecharon la situación para enriquecerse. El final de la crisis no tardó en llegar, pero en la mente de los alemanes quedó grabado el recuerdo de ese “año inhumano”.

Fueron muchas las causas que favorecieron el ascenso de Hitler a la responsabilidad de canciller. Una de ellas fue, sin lugar a dudas, el recuerdo de los sucesos de 1923.

Pasaron diez años entre la locura del carnaval teutón y la constitución del primer gobierno del Führer; sin embargo, en la memoria de los alemanes seguían muy vivas la demencia, privaciones y humillaciones del “año inhumano”. Los nacionalsocialistas, como en muchos otros aspectos, supieron aprovechar de ese recuerdo lo que mejor se adaptaba a sus necesidades.

A aquellos que se beneficiaron con los acontecimientos del pasado –jóvenes que habían disfrutado con el juego del carnaval- les prometieron más dosis de esa extraña droga. Mientras, a los que temían la repetición de esos hechos, les aseguraron que en el III Reich reinaría la estabilidad. Y estos dos objetivos, aunque parezca curioso, no entraban en contradicción: la esquizofrénica maquinaria nacionalsocialista estaba perfectamente capacitada para mostrar al pueblo teutón el espejismo que este desease.

Cada alemán guardó su propio recuerdo del año 1923. Lo escondieron en las profundidades de su alma, y de ahí se evadió con fuerza cuando llegó su momento.

Un país entero estaba dispuesto a enseñar las heridas o los trofeos –depende el caso- de tan extraños días. Cada persona le pidió al nuevo régimen que hiciera realidad sus sueños; deseos de lo más variopintos. Sin embargo, casi todos parecían tener algo en común: necesitaban vengarse de las humillaciones sufridas.

Cierto es que los franceses habían encendido la mecha de semejante polvorín, pero fueron otros los que se beneficiaron de la situación de Alemania. Durante aquellos meses miles de inmigrantes del este y centro de Europa vivieron en las ciudades alemanas como auténticos marqueses. Aprovecharon la fortaleza de las divisas de sus respectivos países para hacer realidad sus fantasías de poder, riqueza y diversión. Los germanos sumidos en el caos y la pobreza fueron testigos de cómo los extranjeros se beneficiaban de su propia miseria.

El literato húngaro Sándor Márai nos relata en Memorias de un burgués sus vivencias en el Berlín de ese año. Se trata de un texto fundamentalmente descriptivo, pero en algunos párrafos encontramos valiosas reflexiones de este intelectual: “Estábamos unidos por unos lazos poco éticos, apartados de los alemanes y, en cierto modo, aliados en su contra, y no me habría sorprendido si un día nos hubiesen echado de la ciudad a patadas. Pero los alemanes, asombrados, se limitaban a callar (…), todos puestos en fila, mudos y severos, servían de telón de fondo para los desfiles tambaleantes de aquellas hordas”.

Años después fueron los nazis los que ofrecieron a los teutones la posibilidad de vengarse de polacos, checoslovacos, húngaros y rusos. Hitler defendía en sus postulados la inferioridad de estos pueblos y la necesidad de convertirlos en siervos del III Reich.

Sin embargo, tras el maltrato y el desprecio de los ejércitos alemanes a las gentes del Este se escondía algo más que los postulados ideológicos del nacionalsocialismo. Se trataba de una venganza por las humillaciones sufridas durante el año 1923; vendetta que no tenía sentido en el caso de los enemigos occidentales, por eso allí las crueldades fueron menores. Alemania purgó el recuerdo del “año inhumano” con las atrocidades de su guerra oriental.

Bibliografía:

[1] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[2] La guerra del mundo: los conflictos del siglo XX y el declive de occidente (1904-1953); Niall Ferguson – Barcelona – Debate – 2007.

[3] El periodo de entreguerras en Europa; Martin Kitchen – Madrid – Alianza Editorial – 1992.

[4] Sociedad y cultura en la República de Weimar: el fracaso de una ilusión; José Ramón Díez Espinosa – Valladolid – Universidad – 1996.

[5] El mundo de ayer. Memorias de un europeo; Stefan Zweig – Barcelona – El Acantilado – 2002.

[6] Memorias de un burgués; Sándor Márai – Barcelona – Salamandra – 2006.

[7] Historia de un alemán; Sebastian Haffner – Barcelona – Destino – 2006.

La postguerra que planeó Hitler

Artículo publicado por la web Club Lorem Ipsum el 15 de marzo de 2007.


En mayo de 1945 finalizaba la II Guerra Mundial en su ámbito europeo. Tras casi seis años de duro conflicto el Viejo Continente se encontraba devastado, y las otrora poderosas naciones exhaustas.

En ese tiempo el mundo había cambiado mucho: llegaba la hora de las superpotencias, y con ellas el declinar de imperios como el británico o el francés. Norteamericanos y soviéticos ocupaban Europa con el apoyo de sus frágiles aliados.

Sin embargo, esa gran coalición contra el nacionalsocialismo, fraguada en las diversas conferencias interaliadas –Moscú, Teherán, Yalta y Potsdam-, no tardaría en quebrarse. Los gestos de “amistad” entre Stalin, Churchill y Roosevelt fueron sustituidos por duros reproches y discursos acusatorios como el de Sir Winston en la universidad de Fulton (Missouri), el de Harry Truman ante el Congreso de los EE.UU., o el de Jdanov en el seno de la Kominform.

Después de la ruptura de la Gran Alianza, Europa y el orbe tendrían que someterse a uno de los dos bloques; daba comienzo así la Guerra Fría. El mundo anglosajón, capitaneado por los EE.UU., se enfrentaba al desafío de la revolución mundial promovida desde 1917 por los bolcheviques rusos. Se trataba de un nuevo conflicto mundial entre los vencedores de la guerra.

No obstante, la cuestión que nos ocupa aquí no es trazar el recorrido histórico –de ahí que nos centremos únicamente en sus inicios- de ese ciclópeo pulso. El objetivo de este artículo es demostrar que no fueron los políticos eslavos y anglosajones los que idearon el sistema de bloques. La postguerra la planeó un austriaco.

La organización del orbe en torno a dos grandes potencias surgidas tras la guerra era una idea que se encontraba en los planes de Adolf Hitler.

El líder nacionalsocialista pronosticaba en Mein Kampf un enfrentamiento entre el mundo germánico y el blochevique. De él tenía que surgir un Reich más fuerte capaz de dirigir a la Europa centro-oriental en su enfrentamiento contra el otro gran gigante: los EE.UU. La II Guerra Mundial era el medio que los nazis tenían para alcanzar ese objetivo: Hitler la necesitaba, por eso la provocó. El de 1939 fue un conflicto nacionalsocialista; tuvo, al contrario que en 1914, un único responsable.

El desarrollo de las operaciones militares acabó por desengañar a Hitler. En el enfrentamiento entre alemanes y bolcheviques fueron estos últimos los que lograron la victoria. No sería el III Reich el que protagonizaría el gran enfrentamiento de la postguerra, sino la URSS El imperio que pretendía utilizar el megalómano austriaco para derrotar al mundo anglosajón (Europa centro-oriental y la Rusia asiática) pasó a estar -también Alemania- en manos de Stalin. Muy pronto supo Hitler que la derrota era segura. Así se explican muchas de sus acciones desde 1943, incluida la declaración de guerra –prematura según su plan original- a los EE.UU.

El mundo surgido tras la II Guerra Mundial era, en cierto modo, hijo del nacionalsocialismo. Hitler forzó las estructuras del sistema de Versalles para alcanzar sus objetivos, pero lo que consiguió fue poner en manos de Stalin un gran imperio en el corazón de Europa.

Aún así, con independencia de su triunfo o derrota, el III Reich fue el que encendió la mecha de ese gran cambio. Los nazis empezaron la guerra que transformaría el mundo en tan sólo seis años. Es más, el resultado fue, en cierto modo, el que esperaban: del conflicto germano-soviético surgió un gigante, un poderoso imperio. Cierto es que Hitler esperaba que ese coloso fuese Alemania, pero el resultado, con independencia de los protagonistas, fue el mismo.

El mundo polar –dividido en dos bloques- fue idea del austriaco, y la guerra que lo formó también fue obra suya. Su derrota, el fin del Reich de los mil años, dejó en bandeja a su gran enemigo el destino que creía reservado para él. Los bolcheviques fueron los encargados de poner en marcha el “Imperio del Este”, pero de una manera más propia del ámbito panruso.

Efectivamente, la mentalidad alemana poco tenía que ver con la del extenso país oriental. Stalin no era partidario de un enfrentamiento directo con Occidente, simplemente pretendía asentar su dominio sobre los territorios adquiridos y los demás Estados satélite.

Durante los cuarenta años en que se mantuvo vigente el sistema de bloques, los EE.UU. y la URSS no protagonizaron ningún enfrentamiento militar directo. Los dirigentes de ambas potencias siempre fueron conscientes de las catástrofes que una lucha entre ambas hubiera provocado: se temían y respetaban a pesar de su enemistad. Cabe plantearse si los nacionalsocialistas hubieran actuado igual en el caso de vencer al enemigo eslavo en la II Guerra Mundial.

Sin duda, todo habría sido muy distinto; entre otras cosas porque el III Reich ya se había mostrado hostil al mundo anglosajón antes de invadir la Unión Soviética en 1940. Stalin inició la postguerra como aliado de EE.UU. y Gran Bretaña, mientras que Hitler la hubiera comenzado como enemigo. Es más, los planes del austriaco no contemplaban una coexistencia relativamente pacífica entre ambos bloques.

En la cabeza del líder nazi sólo cabía la opción de un choque inevitable, y deseado, entre los dueños de mundo por el control total del mismo.

Bibliografía:

[1] Historia Universal Contemporánea II; Javier Paredes (Coord.) – Barcelona – Ariel – 2004.

[2] Postguerra. Una historia de Europa desde 1945; Tony Judt – Madrid – Taurus -2006.

[3] Anotaciones sobre Hitler; Sebastian Haffner – Galaxia Gutenberg – Barcelona – 2002.

[4] El mundo de ayer. Memorias de un europeo; Stefan Zweig – Barcelona – El Acantilado – 2002.