El mundo griego clásico

Heródoto nació a comienzos del siglo V a. C. y llevó a cabo su gran investigación acerca de los conflictos que enfrentaron a griegos y persas al menos hasta los primeros años de la década de 420 a. C. Su ciudad natal no fue Atenas, sino Halicarnaso, en el suroeste de Asia Menor, donde coexistían la cultura griega y la no griega bajo el dominio vacilante del imperio persa. Era de noble cuna, y en su familia ya había precedentes literarios. Se le atribuyen diversos actos políticos contra un tirano de su patria que provocaron su exilio en el extranjero. Al final se estableció en Turios, en el sur de Italia, una ciudad cuya fundación a finales de la década de 440 fue planificada por los atenienses en el antiguo emplazamiento de la lujosa Síbaris. En el mundo griego, los historiadores solían acabar en el destierro, apartados del ejercicio cotidiano de la política y del poder que resultaba mucho más interesante que escribir un libro.

Heródoto se propuso contar y celebrar los grandes acontecimientos de las guerras médicas. La empresa lo llevó a realizar largas digresiones, tanto literarias como personales. Realizó grandes viajes para llevar a cabo su «investigación» y descubrir la verdad en la medida de lo posible. Visitó Libia, Egipto, el norte y el sur de Grecia e incluso Babilonia. No conocía ninguna lengua extranjera y, por supuesto, carecía de convenientes manuales de referencia provistos de fechas que situaran en tablas comparativas los acontecimientos ocurridos en los distintos países. En el curso de sus viajes observó un gran número de diversos objetos y monumentos con inscripciones, pero no siempre describió correctamente todos sus detalles y tampoco se puso a investigar los documentos conservados en los distintos lugares. Sin embargo, dispuso de varias fuentes escritas, incluida una que tomó por una «lista» del ejército de la gran invasión de Jerjes de 480 a. C. La mayoría de sus testimonios fueron orales, esto es, lo que las gentes de los distintos lugares le contaban cuando él les preguntaba. Con todo ello compuso un relato, aunque él no fuera un simple narrador como los demás. De vez en cuando utiliza fuentes escritas, sobre todo la obra (actualmente perdida) de su gran predecesor, Hecateo de Mileto, más inclinado por los detalles «geográficos» que por la «historia» política. Al parecer, se sirvió también de los poemas de Aristeas, el griego que había viajado por Asia central en ca. 600 a. C. Heródoto se mostró explícitamente crítico con muchas de las leyendas que él mismo recogió de sus fuentes orales, pero que no pudo confirmar.

Heródoto ofrece contundentes interpretaciones personales de sus complejas fuentes, relacionando unas con otras. Los grandes temas de la libertad, la justicia y el lujo son sumamente importantes en su «investigación»: compartía el punto de vista griego de que las batallas de 480-479 entre helenos y persas habían sido una lucha por la libertad y por una vida bajo el imperio impersonal y justo de la ley, y es sobre todo su historia la que las ha inmortalizado bajo ese prisma. El discurso final de su «investigación» se recrea en las diferencias existentes entre los persas, duros y pobres, que inauguraron una nueva época de conquistas, y el lujo «muelle» de los pueblos que habitaban en las «muelles» llanuras y se convirtieron en súbditos de otros. A ojo de Heródoto, ciertas cuestiones de la vida humana eran evidentes: que «el orgullo precede a una caída» y que el exceso de buena suerte conduce a una debacle, que una conducta realmente ofensiva recibe a menudo su merecido castigo, que las cosas humanas son muy inestables, que las costumbres de las diversas sociedades son muy distintas unas de otras y que una parte del comportamiento que tanto apreciamos, pero no su totalidad, tiene que ver, por tanto, con la sociedad en la que nos ha tocado vivir. Estos puntos de vista siguen teniendo plena validez en nuestro mundo actual.

Robin Lane Fox, El mundo clásico. La epopeya de Grecia y Roma, p. 186-187.

El mundo griego arcáico II

Luego también los oráculos se convertirían en un recurso de la comunidad para afrontar determinadas cuestiones relacionadas con las innovaciones en materia de culto o temores de insólita cólera divina: permitirían que un dios se expresara sobre asuntos que fueran competencia de los propios dioses. En la época de la aristocracia sirvieron además de apoyo para las propuestas de establecer nuevos asentamientos en el extranjero o de introducir cambios importantes en el ordenamiento político. A su vez, el resultado de esas empresas vino a realzar su prestigio: «no cabe la menor duda de que al principio la colonización fue más responsable del éxito de Delfos, que Delfos del éxito de la colonización».

Robin Lane Fox, El mundo clásico. La epopeya de Grecia y Roma, p. 92.

El mundo griego arcáico I

La postura más antigua y más convincente entre los historiadores es la de que tras la época de los reyes «micénicos» o durante los desórdenes de lo que llamamos la «época oscura» temprana (ca. 1100-900 a. C.) determinadas familias de la Grecia continental se establecieron con grandes posesiones de tierras en los antiguos territorios de los reyes y príncipes. Esas familias quizás fueron poderosas ya en tiempos de los antiguos reyes, o incluso tal vez fueran descendientes de la estirpe real. Los que conservaban su poder apelaban a sus antepasados y a veces hacían remontar su linaje hasta algún dios o héroe. Controlaban también determinados cultos de los dioses en el territorio de su comunidad y se transmitían hereditariamente el cargo de sacerdotes de esas divinidades dentro de la familia. No eran una «casta sagrada»; la posesión de la tierra era su rasgo distintivo fundamental y el sacerdocio constituía simplemente uno más de esos privilegios. Cuando se formaron las poleis o ciudades estado (allí donde se formaron) esas familias superiores se hicieron con su dominio. En ca. 750 a. C. los que poseían la mayor parte de las tierras y ostentaban esos sacerdocios eran llamados los «mejores» o los «buenos» o los de buena cuna (de ahí el nombre «Eupátridas»). En casi todas las comunidades griegas, las familias aristocráticas o genê ocupaban la cúspide de los grupos integrados por sus inferiores desde el punto de vista social, formando pirámides de dependencia…

Robin Lane Fox, El mundo clásico. La epopeya de Grecia y Roma, p. 73.